…Y no me parezco a nadie

Pues como Pedro Infante: “Yo soy quien soy, y no me parezco a naiden”. Y la verdad es que me parezco a muy pocos porque mi 1.80 de estatura me distingue de muchas personas, hombres y mujeres, particularmente en este mi adorado México.

Se pensaría, como mucha gente me dice, que “mi tamañito” es un privilegio en una sociedad que sobreestima la estatura. ¡Como recuerdo a mis 14 años (hace ya algunas décadas) cuando por primera vez viajé a Europa  -siendo ya cuan larga soy- que tuvimos que hacer un trasbordo en Ámsterdam para llegar a Barcelona: en la escasa hora que deambulé por el aeropuerto vi a muchas más mujeres tanto más altas que yo –o de mi vuelo al menos– de las que había visto en México en toda mi quinceañera vida.

Lo curioso, además de la s1ngular sensación de “igualdad”, fue la experiencia de respetuosa “invisibilidad”. Es que para mi era extraño que nadie se me quedara viendo con cara de ”¿será de verdad mujer?”, o de “¿qué clase de zancos porta esta chica?”, ni decir los murmullos irrespetuosos de “grandotas aunque me peguen…”

Será la “manga del muerto” y dirán que la altura proyecta respeto, seguridad, y elegancia. Yo me veo grandota en un Fiat de esos chiquititos que me gustan, rozo al pasar bajo algunos candelabros colocados -desde mi longitudinal perspectiva– fuera de lugar, y sufro para encontrar pantalones de mi largo.

Mi querida Martha Debayle, en uno de sus programas de radio contaba que se volaría los dedos chiquitos del pie por medir 20 cm más, ¡y yo que le donaría unos 12 cm de mil amores! Pero la vida, en ese sentido, ni es justa, ni es igualitaria.

“Pero como digo una cosa digo la otra”, con el correr de los años mi “tamañón” ha jugado también a mi favor. Será que al paso del tiempo he acabado por creerme que la estatura, al menos en México, tiene algún significado. Y sin dejar de recordar mi frustración escolar de no poder ir hasta delante de la fila de la manita de la “Miss”, pienso que hoy la cosa del 1.80 me permite ver “literalmente” la vida desde un panorama más amplio y experimentarme de una forma diferente y peculiar.

Y eso de llamar la atención, que antaño me horrorizaba, se ha convertido en algo gracioso, sobre todo por lo que atañe a desafiar tabús y atravesar prejuicios. Especialmente cuando ando por la calle de la mano con mi novio, (quien es notoriamente más bajito que yo),  ya que a tanto privilegio ancestral masculino, su 1.68 y mi 1.80, nos genera una sensación de compensatorio y amoroso desafío e igualdad.

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