El mundo ha cambiado rápidamente, y entre los cambios más llamativos, controvertidos y dramáticos se encuentra la transformación de las mujeres. Hay un mar de mujeres en universidades y en especializaciones. El 47% de la fuerza de trabajo es femenina. Aún así, el porcentaje de empresas sin mujeres en la alta dirección ha caído de 36% a 27% en los últimos años.

¿Por qué las mujeres no tienen las mismas oportunidades laborales, las mismas compensaciones, la misma proyección de crecimiento y las mismas posiciones de liderazgo que los hombres? ¿Por qué seguimos hablando de empoderarlas si nunca antes el mundo les había abierto tantas puertas?

Seguimos viviendo en un mundo patriarcal que prioriza la visión masculina sobre la visión femenina. Las mujeres seguimos siendo educadas dentro de una sociedad androcéntrica que legitima la violencia y la diferencia laboral. En los espacios de trabajo, particularmente en los altos mandos, se continúan privilegiando las formas de pensar, comunicar y actuar “masculinas” por encima de aquellas intervenciones “femeninas” que incluyen la empatía, la colaboración, la intuición y la emoción. Éstas son consideradas de menor valor, de menor utilidad e incluso se perciben como obstáculos para el logro de objetivos y el crecimiento de la productividad.

En este pequeño artículo no desarrollaré un tratado sobre feminismo (aunque buena falta nos hace a todos entenderlo), pero sí haré un llamado generalizado a considerar que hombres y mujeres requerimos sumar competencias y perspectivas para generar mejores resultados laborales y mayor satisfacción personal.

No es lo mismo la inclusión de género que la inteligencia de género. La inteligencia de género no solo se forja con políticas de cumplimiento de cuotas, trabajos de tiempo flexible y empoderamiento a grupos de mujeres. La inteligencia de género consiste en la comprensión, aprecio y uso de los talentos y habilidades diferentes que hombres y mujeres aportan en el área laboral.

La inteligencia de género estudia las diferencias en los cerebros femenino y masculino así como de la química de hombres y mujeres efecto de los diferentes niveles hormonales, y sin privilegiar una cosa sobre las otra, considera que sumar estas diferencias es mejor que eliminarlas con un discurso de “igualdad a rajatabla”. Ante tanto abuso de poder masculino en el mundo patriarcal en el que vivimos, no es fácil  afirmar que ser iguales no significa ser idénticos. Sin duda faltan muchas políticas que faciliten el tema de la equidad, pero ¿por qué negar aquellas distinciones que suman y potencian el bienestar y la efectividad?

Las empresas que reconocen las distinciones biológicas sin construir sobre ellas estereotipados roles de género e integran estrategias laborales que faciliten que las mujeres ocupen cargos de poder, favorecen el trabajo colaborativo entre hombres y mujeres y aprovechan el efecto de dichos intercambios para el bienestar personal de sus equipos de trabajo y para el crecimiento  de la organización.

Me pregunto yo y le pregunto a usted- ¿Por qué nos sigue siendo tan difícil dar este paso?

La verdad más poderosa de la experiencia amorosa consiste en su posibilidad de transformarnos. Su existencia nos permite desde superar heridas pasadas hasta desarrollar nuestro potencial humano al máximo. Bueno, esto si estamos hablando de construir un buen amor, lo cual toma tiempo, algunas caídas, y mucha experiencia asimilada que nos vaya acercando a la madurez.

Un amor lo suficientemente bueno es aquel que es sólido en su unión sin que se deteriore con la individualidad. Muchas veces este balance no es entendido debido a las ideas sobre el amor romántico que prevalecen en nuestra sociedad. El amor como concepto que circula en canciones, revistas, películas y novelas, exalta el ideal de fusión y de completud.

Por otro lado, los vínculos humanos se han fragilizado gracias a la tendencia a la fugacidad, la superficialidad y la falta de compromiso. La ideología consumista provoca que el amor parezca un consumo guiado por lo que vemos en las redes sociales, una necesidad de conexión y posesión más que de relación. Este tipo de amor es una simulación de un eterno presente que se sustenta más en el “aglutinamiento” físico y emocional, que en la genuina intimidad, sustituyendo la mutualidad necesaria entre los amantes por una rígida y pesada codependencia.

En las relaciones amorosas que se viven desde nuestro ser adulto, el “nosotros” coexiste con una individualidad íntegra. Ambos danzan de manera dinámica y fluida ya que esta experiencia nos lleva a integrar en cierta forma al otro, a que su cercanía sume a nuestra vida, a transformarnos a través de él y por él, y al mismo tiempo, a seguir diferenciándonos uno del otro para no renunciar a ser nosotros mismos.

Este pasaje de “El Profeta” de Gibran Jalil describe de forma maestra, precisa y bella el complejo equilibrio entre intimidad e independencia:

 

“Amaos uno a otro, mas no hagáis del amor una prisión.
… dejad que en vuestra unión crezcan los espacios.
Y dejad que los vientos del cielo dancen entre vosotros.
Llenaos mutuamente las copas, pero no bebáis sólo en una.
Compartid vuestro pan, mas no comáis de la misma hogaza.
Cantad y bailad juntos, alegraos, pero que cada uno de vosotros conserve la soledad para retirarse a ella a veces.
Hasta las cuerdas de un laúd están separadas, aunque vibren con la misma música.
Ofreced vuestro corazón, pero no para que se adueñen de él.
Porque sólo la mano de la Vida puede contener vuestros corazones.
Y permaneced juntos, más no demasiado juntos:
Porque los pilares sostienen el templo, pero están separados.

Y ni el roble ni el ciprés crecen el uno a la sombra del otro.”

 

 

Que así sea…

Las nuevas masculinidades

 

Mucho he hablado de las mujeres en la actualidad pero en textos recientes he comenzado a  destacar la necesidad del involucramiento de los hombres en esta transición relacional que vivimos como sociedad. Sobra decir que el primer paso para subirse al barco” es viendo por sí mismo, pero –importante precisión- no de la misma manera en que se les ha dictado por tantas generaciones.

 

Los cambios de las mujeres generan un impacto en los distintos roles que los hombres vienen desempeñando ancestralmente en el día a día, por eso, el re significar el sentido y el valor sobre el cual construyen su identidad y su quehacer es no solo importante para su mejor estar, sino indispensable para hacer frente a los nuevos paradigmas que están surgiendo.

 

Y para ello, lo primero es identificar los terrenos sobre los cuales se requiere hacer una nueva exploración.

 

¿Cuáles son esos terrenos y qué podría preguntarse un hombre para explorar estas áreas de su vida?

  1. Identidad: son aquellos rasgos que te diferencian de otro. ¿Cómo te defines? ¿Sobre qué estructuras tu identidad? ¿Qué deseas para ti? 
  2. Intimidad: es el aspecto interior o profundo de alguien; comprende emociones y sentimientos, así como las relaciones más cercanas. ¿Cómo lograr la experiencia de la auténtica intimidad? ¿De qué forma podrías aumentar tu lenguaje emocional para poder entenderte y conectarte con los demás? ¿Te serviría aumentar tu repertorio verbal para poder expresarte? 
  3. La sexualidad es un área de gran oportunidad:
    • La geografía del sexo no es la narrativa del sexo. ¿Para qué usas tu sexualidad? ¿Con ella compensas el miedo o la pérdida? ¿Por qué quieres lo que quieres? No solo es importante saber qué quieres en la cama, sino qué significado le das a eso que quieres.
    • “Dime cómo coges y te diré quién eres”: hablar de tu sexualidad da cuenta no solo del placer que disfrutas sino de tus profundos anhelos. 
  4. Poder: es la capacidad de hacer y ejercer. Muchas veces el poder es un privilegio invisible para el que lo tiene. ¿Cuáles son los costos y las ganancias de los privilegios que tienes? ¿Temes ser subyugado? ¿Te sientes tratado como niño? ¿Reconoces que los que te quieren se disminuyen ante la “grandiosidad” que despliegas? ¿De qué nuevas formas puedo utilizar el poder que tengo?

  1. Trauma: aquellos momentos que marcaron tu vida y dejaron una herida o huella. ¿Cómo han afectado experiencias de trauma temprano, por abandono, abuso, humillación en tus relaciones de familia, de trabajo, de pareja? La minimización o incluso negación de situaciones tempranas que te lastimaron pueden llevarte a ocultar la vergüenza a través de conductas de “superioridad”.           

 

Como hombre, cuestiónate. Atrévete a hacer frente a lo desconocido en cada uno de estos terrenos. Es justo en ese punto en donde pones en jaque tus antiguas ideas y conceptos, tanto de ti como del mundo, y es también ahí en donde está la oportunidad de re significar y construir algo nuevo.

 

Como mujer, escúchalos. Con curiosidad, complejidad y esperanza. No es fácil ser hombre hoy. Las mujeres no los conocemos ni entendemos del todo, sabemos lo que nos lastima de ellos, lo que nos falta, lo que no nos gusta y lo que necesitamos, pero no

entendemos los dilemas y las presiones que ellos están viviendo, los dolores que vienen cargando, y su estar atrapados en una masculinidad que los aliena y enajena.

 

Nos necesitamos en el “mismo bando”: ¡caminemos juntos en esta transformación!