El amor se considera algo tan sagrado, tan sublime, tan excelso, que cualquier relación o encuentro temporal podría valorarse como todo –evasión, aventura, amistad, calentura- menos como amor. No nos cansamos de pensar que el amor, el verdadero amor, debe ser para siempre.  ¿Y cómo podemos connotar esos encuentros de corta duración que no son banales, que transforman nuestras vidas, que expanden la experiencia de nosotros mismos; esos “amores” que acompañan por un rato, que cuestionan la existencia, que trastocan nuestra vida?

Quizás en un mundo mercantil, que usa y abusa de las cosas, de los animales y de paso de las personas, nos cuesta reconocer un intercambio erótico afectivo temporal, pero cuidadoso, revivificante, como una experiencia que forma parte del territorio del amor. Y aún habiendo experimentado el encanto y la grandeza de un encuentro así, lo banalizamos o minimizamos, excluyéndolo – por ser pasajero – del campo amoroso.

No siempre, ni todos, estamos dispuestos y disponibles para un amor de larga duración, particularmente después de un rompimiento amoroso: una separación de pareja implica un duelo importante que se tiene que atravesar, y en esas circunstacias no estamos en condiciones emocionales de construir una relación contundente, particularmente larga, con intenciones de estructurar un proyecto de vida tejido en común. Recuperarnos de una ruptura amorosa, de un divorcio, nos requiere energías para resolver conflicos y superar retos, nos inhabilita a tomar decisiones magnas en el área amorosa y nos impele a aplicarnos a resolver asuntos que devienen tras la pérdida de un gran amor. ¿Pero por eso hemos de negarnos a los intercambios sexuales, eróticos, incluso amorosos en tal periodo de transición? Las personas nos construimos en y por los encuentros humanos, y los que tienen que ver con la atracción, los afectos, el sexo y el erotismo, son los que más conmocionan la percepción de nosotros mismos: nos permiten reconocernos, estirar nuestros límites, recuperar la confianza, expandir nuestra dimensión afectiva y erótica y habilitarnos para “reinsertarnos”, si así lo deseamos, en el mundo del amor.

 ¿En que consiste un amor de entretiempo?

Los amores de entretiempo son todas esas experiencias erótico afectivas que se dan en un marco de intercambio y respeto, sin proyectar un futuro común de larga duración. Incluyen desde un encuentro sexual, hasta una relación amorosa que se intuye temporal. Quizás se distinguen de una aventura fugaz y banal que simplemente da salida a un impulso sexual, por su capacidad de favorecer el crecimiento personal integral incluyendo el cuidado propio y el cuidado de los demás.

Un amor de entretiempo permite reconocer el propio cuerpo, experimentar el potencial sexual, distinguir errores del pasado, intercambiar placeres, compartir actividades, rebotar ideas, recuperar la confianza, conocer más del sexo opuesto o de los demás, retomar las riendas de la vida, descartar prejuicios e ideas erroneas del sexo y del amor, afianzar los propios valores, ubicar el modelo amoroso en el que se elige vivir, y cuestionar qué se necesita en el presente para continuar. En síntesis, conocerse y conocer, recuperarse y acompañar.

Los amores de entretiempo permiten no sólo avanzar en el proceso de recuperación amorosa sino primero descubrir qué es adecuado, constructivo, deseado y oportuno para el momento presente. Los comportamientos sexuales y las decisiones tomadas en esta área de la vida son profundamente individuales, algunas personas pagan precios emocionales muy altos porque experimentaron con conductas que no eran compatibles con su forma de ser, sus principios y sus valores.

Algo bello de los amores de entre tiempo es descubrir cómo quieres manejarte en esta área, pocas dimensiones de la vida han sido tan reprimidas como la sexual.  Generalmente atravesar este desconcierto te permite llegar a un punto de libertad para elegir lo que quieres y no lo que debes. Descubriendo tu naturaleza sexual y manejándola constructivamente, baja la tentación desesperada de realizar conductas sexuales compulsivas que te dejan vació para adentrarte en encuentros sexuales humanos y quizás en alguna relación amorosa de corta duración.

Gustos y Sustos

La sexualidad puesta en perspectiva es una de las dimensiones que facilitan más un medio de autoexpresión y de mostrar amor y cuidado a otras personas. Si bien es un camino privilegiado de comunicación, de compartición y de encuentro, no es el único. Una moral sexual que incluye la sexualidad como expresión de la propia individualidad y unicidad y al mismo tiempo se preocupa por las necesidades y el bienestar del compañero sexual, es responsable, actualizada y humana sin que esto implique necesariamente una relación amorosa comprometida de larga duración, al menos al principio.

Pero el erotismo humano que se da en estos amores, si bien incluye la sexualidad, es más que la pura corporalidad, por eso los amores de entretiempo conmueven nuestro cuerpo y nuestro corazón. El erotismo que incluyen es exigente:  pide que desarrollemos una capacidad de vivir la vulnerabilidad y la intimidad. Ser vulnerable, íntimo, develarse, arriesgarse hasta cierto punto con y por el otro, y por eso es algo que puede confrontar y  atemorizar.

Algo que se puede temer, y no es algo que distinga a los amores de entretiempo,  es el consumo de un sexo físico, genital, confundiéndolo con el erotismo o con el amor, cuando no es así. Y por eso muchas personas al volver a la realidad después de un ecuentro puramente sexual se preguntan “¿qué hago yo aquí?” Una relación sexual vivida como algo no relacional, en la que el otro es  un objeto de consumo, no es el inicio de un acto amoroso o de conocimiento, es sólo placer rápido –legítimo y válido-, pero limitado y con poco que ver con los amores de entretiempo.

No desperdicies tu oportunidad de aprender a decir que no por respeto a ti mismo y al otro. Es el momento de aprender –o recordar- que no es tu obligación el satisfacer a una mujer o a un hombre. Tampoco estas obligado a adivinar deseos que no se expresan ni a condescender en lo que tú no gustas ni deseas.

Bríndate la posibilidad de explorar aspectos desconocidos de tu sexualidad: fantasías, pasividad, ternura, dar y recibir,  ritmos y tiempos diversos, entre otras cosas. Pero sobre todo has de generar un espacio para descubrir tu propio cuerpo y reconocer cómo se comporta tu deseo. Conocerte físicamente, reconocer tu funcionamiento sexual, explorar nuevos caminos de gozo es una tarea de todo ser humano. Esto lo has de hacer a solas y también acompañado.

Respeta tu experiencia de vida, tu personalidad, tus necesidades, deseos y valores. No corras riesgos innecesarios pero tampoco sostengas prejuicios y tabúes represivos. Lograr este equilibrio en tu vida sexual te ayudará, tanto en encuentros pasajeros como en relaciones comprometidas, incluso en el comienzo de una nueva relación matrimonial.

 10 imprescindibles en los amores de entretiempo

  • Salir de tu zona de confort posibilitará que el miedo que experimentas al iniciar amores de entretiempo sea reemplazado por la sorpresa, la novedad y el asombro.
  • Las relaciones de corta duración, pueden resultar benéficas si se saben manejar, y esto tiene mucho que ver con estar consciente de lo que buscas de ellas, y hacer al otro parte de esto.
  • Cada encuentro, si es humano, cuidadoso y amoroso, te acercará a la claridad respecto del tipo de vínculo y relación que quieres tener. Cada persona será un regalo para conocerte, conocer la naturaleza humana y entender el erotismo y el amor.
  • Los encuentros eróticos y amorosos son siempre enriquecedores. No nos referimos a una compulsión de conquistas sexuales sino a relaciones significativas, más allá de su estructura y relación.
  • Un componente imprescindible y adicional que le da verdadero poder transformador a la vida es la conexión humana.
  • Para encontrarnos con un compañero de vida, antes tendremos que aprender cosas que sólo otras parejas pueden enseñarnos.
  • La relación puede no durar toda la vida pero también puede cumplir un cometido y terminar.
  • No hay una definición única que describa el amor y, por lo tanto, tampoco existe un modo único de vivirlo. Tal vez tu intento de adaptarte a un modelo amoroso único haya sido parte de tus desventuras. Toda relación amorosa es un riesgo: el amor es al mismo tiempo atractivo y peligroso.
  • Cuando toque un encuentro de larga duración, aparecerá ese extraño deseo de involucrarse en más aspectos con la vida del otro, de permanecer con él. En una experiencia así aparece ese deseo que une los cuerpos y las almas
  • Y al final, aferrarse a que una relación dure para siempre requiere que ignores o pases por alto la complejidad, la contradicción y la ambivalencia del amor.

Es un error pensar que nuestro amor o esfuerzo puede cambiar a la otra persona.Las parejas cuando no entendemos la naturaleza de los conflictos y no sabemos manejarlos, nos empeñamos en cambiar al otro

Pero nos evitaríamos muchos problemas si:

  • – Tuviéramos claro lo que NO queremos de una pareja
  • – Hiciéramos una mejor elección de la pareja

Hay conflictos de pareja que tienen solución y conflictos que no tienen solución.

  • ¿En qué se distinguen?
  • ¿Cómo se resuelven o manejan?
Caminos inadecuados para le resolución de conflictos:
  • Hacer más de lo mismo y esperar resultados diferentes.
  • Puntualizar: Explicación de cómo son las cosas y cómo deben ser para que funcionen mejor.
  • Recriminar: Puntualizar las culpas del otro, aunque sean legítimas, produce rebeldía. Sentirse cuestionado y condenado genera reacciones de rabia.
  • Echar en cara: Acto comunicativo que induce a exacerbar en vez de reducir aquello que se quisiera corregir. Utilizar un lenguaje jurídico legal en el ámbito de las relaciones afectivas. Estrategia de victimismo: ser acusados de haberle hecho sufrir con nuestras acciones.
  • Sermonear: Proponer aquello que es justo o injusto a nivel moral y así examinar y criticar el comportamiento ajeno. Estrategia de “predicación” como ámbito moral y religioso.
  • “Lo hago por ti”: Sacrificio unidireccional que obliga al otro a recibir algo de un “generoso altruista” que le hace sentirse inferior y en deuda.
  • Estuvo bien, pero... pudo ser mejor.
  • ¡Te lo dije!
Mejores opciones para un diálogo estratégico:
  • Distinguir la naturaleza del problema
  • Preguntar antes que afirmar
  • Parafrasear antes que sentenciar. Pasar de la competencia a la colaboración
  • Evocar antes que explicar. Tocar las cuerdas emotivas del otro antes que convencerlo. Pasar de lo lógico a algo más sensorial (Ejemplo de comparaciones y metáforas)
  • Actuar antes que pensar: No basta entender, hay que actuar diferente.

El cambio es un proceso, no un evento. Y se cambia solo cuando se quiere cambiar: Nadie puede cambiar al otro.

  • En las relaciones afectivas más que los contenidos de nuestra comunicación cuentan los mensajes emocionales que se derivan de la manera de comunicar. Aun cuando tenga las mejores intenciones produce el efecto contrario. Por lo tanto el problema no nace como consecuencia de las ideas o intenciones de la persona sino por las formas de comunicación que se llevan a cabo que modelan el contenido de las declaraciones
  • Mientras más rígido me vuelvo en mis convicciones más incremento la posibilidad de discusión con el otro. . Además no existe la “verdad absoluta” o lo “definitivamente correcto” pues la misma cosa percibida desde puntos de vista diferentes, cambia.
  • Dialogo significa intercambio de inteligencias, encuentro de dos inteligencias. Cualquier interacción entre dos personas, se quiera o no, consciente o inconscientemente, representa un proceso de influencia recíproca. El lenguaje persuasivo más que manipulación ayuda a lograr un acuerdo. No es manipulación sino conjunción interactiva.

Esta forma de conversar  es una competencia relacional y al mismo tiempo una iniciación personal a la propia mejora. Ya que las personas mientras se comunican se cambian y se modelan recíprocamente. No infravaloremos por tanto la importancia social del dialogar constructivamente.

  • Si al dialogar nos ponemos en la perspectiva del otro hasta creerla razonable nos entrenamos en la tolerancia y el respecto ajeno.
  • Si nos habituamos a ver las cosas desde perspectivas diferentes, nos entrenamos en la elasticidad mental.
  • Si nos ejercitamos en asumir una actitud agradable en las relaciones, se forma la capacidad de controlar nuestras reacciones impulsivas.
  • Si nos esforzamos en utilizar un lenguaje enriquecido pro imágenes evocadores, se alimenta nuestra creatividad.
  • Si usamos el dialogo estratégico nos construimos nosotros mismos en la forma que es la propia de dialogo la colaboración y el acuerdo.
  • Es mejorarnos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea…

A mí me gusta vestirme de colorines y tener en mi closet “prendillas” varias de tonalidades múltiples. Y por ahí me dicen algunos “quesque” especialistas en moda que por qué no uso colores más sobrios, que con negro y blanco me vería mejor, que no le quite elegancia a mi lucir. Y yo que traigo un “gen” de artesanía mexicana, ahí ando en las tienditas y bazares buscando una mascada fucsia –que pa´darle color a la camisa blanca- ,  una pulsera esmeralda y brillocita – para combinarla con mi anillo plata- y unos zapatos de dos colores rústicos, para usarlos con un par de bolsas que no encuentro cómo combinar. Si  bien algunas personas me ven curioso, y de reojo revisan que cosita rara me eché encima hoy, yo me desconcierto un poco con aquellos a los que les gusta siempre andar con saquito azul marino, pantalón en tonos grises, y “tan tan”. Y del guardarropa a la cama la cosa tampoco cambia: en el sexo, el erotismo y el amor, la cuestión de la variedad de encuentros, gustos, estímulos y deseos – a los que les gusta solo vestir de “blanco y negro” – les parecen desviaciones sino es que francas “perversiones” y sinónimo de enfermedad. ¡Ah, cuánta moralidad e ignorancia en un espacio que puede ser tan pintoresco, gozoso, variadito y lúdico! Y es que ha sido taaaaan difícil desafiar la heteronormatividad hegemónica (¿suena rimbombante verdad?) como referente absoluto en cuestiones de amores y de sexualidad.  ¿Desde dónde es que nadie piensa que la heterosexualidad sea “rarita”? ¿Por qué asumir que quien explora y adopta otros caminos tiene que tener alguna “tuerca mal”? Con el estandarte de la “reproducción” no podemos soltar la necesidad de prohibir o juzgar la existencia de diferencias en la cama y en el corazón. A mí que no me digan que “la naturaleza dice” o que “la esencia clama”. Muchas cosas de lo humano son producto de la evolución –como el apéndice y el himen que hoy de poco sirven-. La sexualidad y los amores son también producto de lo social y por tanto son mucho más “variopinto” que lo que los sistemas de “salud” pretenden aceptar. Lo que sirve, se usa, lo que no sirve y no molesta ahí está, y lo que no sirve y estorba, a volar. La sexualidad no es “black and white”,  así que pintémonos del color que nos apetezca en este amplio continuo entre homos, heteros, bis  X Y Z  y combinaciones más.

Tras un par de años de soltería  y entendiendo mejor a tantas mujeres que quieren tener pareja y la buscan con cierta decepción-  miro con una chispa especial a diestra y siniestra y consiento con secreto regocijo el deseo que recorre mi mente, mi cuerpo y mi corazón de tener más cerquita a un “santo varón”. Aclaro, nada de boda y de eso de que “los tuyos y los míos…” ¡menos los nuestros! ni quiero ni puedo ya. Y es que – como dice Pilar Montes de Oca – “quien se casa dos veces, merece estar casado”. Y no es que yo tenga particular aversión al matrimonio, opción muy respetable (de hecho dure 26 años en uno y no me resistía a que -con las condiciones adecuadas – hubiera durado más), pero los tiempos cambian, la vida con sus necesidades e intereses también, y no considero necesitar hoy “anillo, acta matrimonial, y menos convivencia domiciliaria” para vivir un buen amor.

¡Pero ah cómo he recibido señalamientos de amigas y “enemigas”!: “Que para qué quiero un hombre teniendo una vida tan completa”, “que qué necesidad de meterme en problemas”, “que les recuerde para qué sirven los varones, ¡que a ellas  ya se les olvidó!”, “que ya viví dos buenas relaciones y que cuándo voy a madurar”. ¿Madurar? Si justamente por la madurez es que uno puede elegir sin presiones, sin urgencias y sin complacencias cómo quiere plantear su vida. Además, lo que te gusta te gusta y lo que no te gusta pues a volar…

Entiendo de dónde viene tanto “sainete”. Y es que no puedo dejar de empatizar con un sector de mujeres agraviadas por años ancestrales de opresión, abuso y desilusión: yo misma podría citar diversos sucesos y algunos procesos de mi vida que ponen de manifiesto privilegios masculinos que nos dejan a las mujeres en una situación no solo desventajosa sino lastimosas también. Tampoco puedo dejar de reconocer que en pleno siglo XXI ya hay un buen trecho andado en cuanto a igualdad de género; esto se refleja en el lento pero sostenido debilitamiento del patriarcado y en concretos cambios en los roles y estereotipos de género que favorecen espacios mixtos de mayor equidad. Pero falta mucho por caminar, de ahí la infinidad de cursos, talleres, libros, terapias, leyes y charlas que buscan apuntalar a hombres y a mujeres en esta transición; transición que nos tiene a unos y otras desorientadas y espantadas, tratando de construir a punta de “prueba y error” lo que nos funciona en la cama y en el corazón, y desechando -entre desilusiones y espantos- lo que nomás no. Seguimos así buscando encuentros eróticos y amorosos que nos den más de lo que nos quitan, y que aporten satisfacción suficiente y opciones de crecimiento y placer.

No hay modo de no mencionar el típico de “los hombres no se comprometen”; y es que en esta transición no hay duda de que de eso algo hay . ¿Pooooor? Las mujeres en general nos mostramos más disponibles emocional y sexualmente que los hombres, más propensas a desear el compromiso y la exclusividad; esto –como cualquier oferta de mercado – facilita que ellos controlen mejor las condiciones de los encuentros. ¡Si hubiera menos mujeres dispuestas a “dar sin condición y en abundancia”! Está bien que nos gusten los hombres, ¿pero de ahí a ceder, permitir, conceder y padecer? La abundancia de opciones femeninas dificulta a los varones a crear valor en los encuentros, ya que sería justo la escasez y la distancia lo que podría generar valor. La persona más deseada tiene más poder, de ahí que los varones se cuestionen por qué agotarse en una relación si seguro pueden encontrar algo mejor. Y es a que a nadie le gusta una batalla con un triunfo seguro, y en ese sentido los hombres sienten cierto rechazo hacia el exceso de poder sobre las mujeres, y eso les impide de alguna manera enamorarse, y por tanto comprometerse, y luego – si algo medio va saliendo- perseverar. Solo el amor y el deseo conducen al compromiso que al mismo tiempo involucra la voluntad, esa estructura cognitiva, moral y afectiva que nos permite vincularnos con un futuro y renunciar a la posibilidad de maximizar nuestras opciones. La mayor posibilidad de opciones, entonces, no facilita sino que inhibe la capacidad de comprometerse con un único objeto en una sola relación. Y sí, hay más mujeres disponibles, dispuestas, y deseantes, de cualquier edad, raza, clase y religión, que hombres en la misma condición.

Son estos y otros factores los que nos hacen caminar de “puntitas” en los territorios amorosos; y es que hoy no hay trayectos probados para llegar a “la tierra prometida” del amor. De hecho me pregunto: “¿Existirá el paraíso <amoroso> terrenal?”. Nuestra cultura sostiene aún ideas románticas y por tanto irrealizables del amor que saltan fácilmente por los aires en un contexto pragmático, individualista, posmoderno, globalizado, con altas expectativas de gratificación y una decadente capacidad de tolerar la frustración. El amor no todo lo puede, ni todo lo soporta, ni es eterno, ni es total: el amor humano es eso, demasiado humano, e imperfecto y limitado y con frecuencia temporal. El amor infantil busca esa “satisfacción eterna”, el amor adulto –en cambio- siempre se queda con cierta insatisfacción. Aun así pienso que se pueden construir amores “suficientemente” buenos, y no por ello mediocres: relaciones que aporten más tranquilidad que desasosiego, que abran puertas y no cierren oportunidades, que generen gusto y placer, y que complementen la vida y que aporten madurez.

A todo esto sumemos la ecuación tiempo: nunca la especie humana vislumbró vivir los años que se vive hoy. Y es que en la actualidad alcanzamos un promedio de vida muy largo que –sumado a la infinidad de factores que están en juego y  a la velocidad de los cambios avasalladores-  hace poco sostenible un solo amor eterno. ¿Será que las generaciones presentes habremos de vivir dos, tres o cuatro relaciones en el tiempo que transcurre nuestra vida? Quizás cuatro parejas se antojan demasiadas, pero difícilmente nos agotaremos en tan larga existencia con una sola relación. Y esto no es ni bueno ni malo, es: aprendamos pues a bailar este “tango” con mejor estilo y menos riesgo de un resbalón.

“Lo que Dios – y la ley – ha unido”, hoy sí lo separará “el hombre” porque las elecciones amorosas conectan más con sentimientos vivos que con necesidades básicas de sobrevivencia, con anhelos de realización que con un deber ser y una coerción, con la atracción mutua y el deseo vivo del encuentro que con la anuencia de nuestra gente y la clase, raza o estatus de nuestra condición. Esta fragilidad de los vínculos de pareja – libres finalmente tras tantos años de luchar por la validación de las elecciones amorosas propias – produce miedo, recelo y decepción.

Así con “los puntos puestos sobre las “íes” – y en medio de tormentas y vociferaciones – regreso a mi gusto por los hombres y a tantas mujeres que están en parecida situación. Y sin desacreditar a todas aquellas que se encuentran entre genuinamente lastimadas y filosamente resentidas, no puedo dejar de pensar que muchas de ellas, en su recóndito fuero interno anhelan – entre la resignación y el recelo – el acompañamiento de un buen amor. Nadie dice que encontrarlo y cultivarlo sea fácil, ¿pero por eso hemos de desacreditar, descalificar, menospreciar la búsqueda, el deseo del encuentro, y con ello lo que un hombre nos puede aportar?

Va entonces una larga lista de aquello que no me puede dar ni mi bendito padre, ni mi querida madre,  ni mi amorosa hermana, ni mis adoradas amigas, ni mis hermosos hijos, ni nadie más. Y miren que de todos ellos, y de otros tantos, recibo cosas hermosas, pero no, hay cosas que a mí solo un hombre me puede aportar.

  • Observarlos – con premura o con detenimiento- me genera gozo:  indagar en su fisonomía, atender a sus gestos, descubrir sus modos… Experimento algo entre estético y poético al verlos moverse, conversar, reflexionar, sentir. Advertir su aroma, escuchar su caminar. Son mi objeto de deseo: me gustan, los veo; sí me gustan, los veo más, me gustan más…
  • Su mirada me confirma como mujer. Esa mirada discretamente curiosa y a la vez explícitamente deseante; esos ojos inquieto y penetrantes que aprecian nuestras diferencias y con ello afirman mi feminidad. Saberme escudriñada por ellos me arraiga gozosamente a mi sexo.
  • Su masculina compañía me conecta a mi ser mujer y a dejar de lado los papeles de madre, hija, esposa, hermana. Puedo saberme mujer siempre, pero me despliego como tal al lado de un hombre, libre de roles femeninos que me encasillan en un papel. Experimento un florecimiento “primitivo”, intuyo una complementariedad categórica: y para ello me basta ser quien soy, me basta ser mujer.
  • El contacto piel a piel me alimenta. Si bien puedo ser afectuosa físicamente a través de abrazos y caricias con muchas personas, el “trenzado físico”, el toqueteo, el contacto, el simple sentir el roce de su piel, más allá del erotismo y la excitación, concientiza mi cuerpo y me aporta un bienestar general. El abrazo de pareja contiene una intimidad y un derrumbamiento de barreras psíquicas que me nutre.
  • El intercambio del juego erótico: esa danza de palabras, miradas, sonrisas, gestos, decires, roces, “ires y venires” me resulta un baile delicioso. Con o sin encuentro sexual, la seducción y sensualidad estimula mi espíritu mediante la actualización de mi dimensión erótica, que si bien se monta en lo sexual, no se reduce a ello, lo integra al tiempo que tiñe todas las otras dimensiones de mi ser – la intelectual, la ética, la actitudinal -. El intercambio erótico genera en mí una vitalidad y un particular arraigo a la tierra.
  • Me gusta el cuerpo masculino, y me gustan los penes, simplemente me gustan. Me cuesta entender la falta de promoción artística a una lúdica y estética exposición del desnudo masculino que deleite los sentidos y la emocionalidad de quienes los apreciamos. En la cama, sin duda el preludio sexual es embelesante, pero un pene erecto, listo para una penetración sin protocolo es también una excitante provocación.
  • Ser el deseo del otro es un gran generador de deseo. Me gusta ser el deseo de un hombre no solo porque cabalgando sobre su deseo se agudiza el mío, sino también por el simple disfrute que me produce su gozo; ver el placer de su deleite en mí: con mi compañía, con mi cuerpo, con mi conversación, con mi presencia simple, es deleitable. Me deleito en su deleite.
  • Siendo una mujer fuerte, amo la sensación de su fortaleza física y de mi cierta “debilidad”. La cotidiana exigencia femenina para estar a la altura en un mundo aún competitivo patriarcal requiere de una postura sostenida de fuerza que termina siendo agotadora: permitirme soltar, soltarme, sentir que por momentos no tengo ni quiero poder, poderme recargar y sentir su solidez, es un placer. Las mujeres que luchan contra la supuesta idea del “sexo débil”, sepan que estoy con ellas, pero esa lucha por la igualdad no me quita la profunda riqueza de recibir la contención de unos sólidos y apretados brazos masculinos.
  • Su pensamiento práctico, concreto y resolutivo, al tiempo que ayuda a parar mi mente en momentos de excesivo “futureo” y obsesivo escudriñamiento, me estimula a pensar, mirar y entender la vida dese perspectivas diferentes. Su pensar y sentir concluyente puede contener un río de ideas que de pronto fluyen disparatadamente de mi cabeza y facilitar darles foco, forma y dimensión. Además de mi ser mujer, mi vida ha estado rodeada -por mi profesión tradición, familia, educación- de mujeres y en un sentido mi óptica se puede hacer extremadamente sesgada. Su estilo más lineal y racional me suma y amplía mi visión.
  • Su presencia me reta a desbancar roles pasivos de género, abre en mi posibilidad de ser proactiva, provocativa, actuar y vivir mis propios valores. Tomar la iniciativa –en la cama y en la vida- me invita a ver sus reacciones, conocer, conocerlos y reconocerme. Rastrear su sorpresa, sumar a su vida, y al final, de alguna forma, desafiar lo establecido e intercambiar el timón en las diversas facetas de la vida.

Si bien esta es mi experiencia, sobra decir que las parejas heterosexuales empiezan a dejar de ser la norma, codo a codo compartimos con amigos, familiares, colegas que viven diversidad de intercambios amorosos – homosexuales, bisexuales, poliamorosos, y demás -. Ni qué decir de los modelos de familia que permiten intercambiar funciones y dejar de lado “los mandatos de la naturaleza” que “determinan” a las mujeres a ser madres y a los hombres a proveer. Es evidente que somos tanto más flexibles en funciones y aficiones de lo que nos enseñaron nuestros abuelos, y así, sin saber si lo que me pasa a mí con los hombres le ocurre parecido a otros con sus objetos de deseo, yo he hablado desde mis propias preferencias: “ellos”, a quienes con todas sus “metidas de pata” y falta de actualizaciones, defiendo desde mi “ronco pecho” por lo mucho que me estimulan y la buenaventura que generan en mí.

Pero dejo abierta la pregunta sobre qué de lo dicho aplica a otras preferencias sexuales, qué habría que dejar fuera de la lista y qué tanto más se necesitaría adicionar. Intuyo –en tanto que estamos como especie humana hechos de la misma pasta- que algo de lo que experimento desde mi preferencia heterosexual le ocurre a todos mis congéneres, pero distinciones de lo que experimenta un hombre heterosexual con la presencia de una mujer, o un hombre o  una mujer homosexual con su objeto de deseo, y a otros tantos que oscilan entre lo uno y lo otro, sería tema para explorar y precisar. Diversas posibilidades erótico amorosas quedan excluidas en este texto.

Indago y divago queriendo entender la complejidad de mi deseo: la contradicción que me genera la lucha por la paridad con los hombres y a la vez cierta dificultad a renunciar a mirarlos con crecida admiración La igualdad, si bien es una conquista y facilita el desarrollo y el posicionamiento activo de nosotras en muchas áreas de la vida incluyendo la vida de pareja, en la intimidad produce cierta incertidumbre y ambivalencia: ¿Me desea o no?  ¿Se quedará o se irá? ¿Acaso le soy suficiente?¿Será esto lo que funcione o nos llevará a la disolución?. Quizás el anhelo perdido de esa complementariedad engolosinadora es – en palabras de Eva Illouz en su libro Erotismo de Autoayuda – “una añoranza del patriarcado y no por la dominación en sí, sino por la cohesión de los vínculos emocionales que implicaba”. En los vínculos de antaño, los hombres recibían los servicios domésticos y sexuales de las mujeres y a cambio les daban su protección (incluso con el propio cuerpo). Sin duda era un sistema desigual basado en relaciones de recíproca dependencia que al tiempo de los costos que conllevaba generaba algunas formas de placer:  la claridad de los roles que implicaba y el consiguiente “natural” adhesivo emocional del intercambio de las complementarias “esencias” masculinas y femeninas.

La igualdad tan trabajosamente conquistada produce –en cambio y afortunadamente- libertad. La conciencia y ejercicio de los propios derechos y necesidades permiten un despliegue de potencialidades antes impensables, pero al mismo tiempo pueden entran en conflicto con los del otro, y por tanto poner en entredicho la antes inquebrantable vinculación. La igualdad, con todos los beneficios que acarrea, requiere de muchos más procedimientos –entre consentimientos y negociaciones- que en algún sentido debilita la chispa del erotismo y la sensualidad: estamos más elaborando un convenio que planeando una aventura con o sin acostón.  Y esto es por lo que hemos luchado, pero la transición tiene sus “estiras y aflojes”, y sus costos en términos de “primitiva” y fusional pasión.

Pareciera que de algún modo la masculinidad tradicional sigue generando cierto placer, más en la fantasía de la intimidad, en el intercambio uno a uno, que en el acotamiento real del que venimos huyendo por lo que ha implicado en el ejercicio de nuestra libertad. Siguiendo esta línea, críticos literarios del corte de Daphne Merkin – también novelista y ensayista – afirman que los hombres que han integrado bien las lecciones del feminismo, a un nivel pierden cierta franqueza y vigor en el sexo, y ante esto, muchas mujeres añoran una forma masculina más estilizada, más segura de sí misma y más lúdica.

Pues sí, el tema da para darle la vuelta por muchos lados, yo prefiero resaltar que estamos en una transición en donde no existen – ni existirán más – esquemas amorosos claramente trazados, y por tanto toca entender las nuevas geografías del corazón con más curiosidad y menos desazón. Antaño bastaba ser hombre o ser mujer para entender claramente en qué posición nos correspondía colocarnos en la vida – ya en la cama –  y cómo debía uno proceder; ¡y ay de aquel que se desviara del camino! (el del matrimonio heterosexual –de preferencia con juez y cura- para toda la vida) porque maldiciones, culpas y señalamientos caían sobre él. ¿Pero a todo esto, cómo hemos de posicionamos hombres y mujeres partiendo de nuestras diferentes situaciones y condiciones? Pues a disponernos – con riesgos medidos – a cuestionar prejuicios limitantes, desbancar creencias añejas, y experimentar, caernos, aprender del “sopetón” y repuntar. ¿Cómo? Curiosos, abiertos, responsables, reflexivos, cautos, fortalecidos y proactivos. A amar se aprende, y a conocernos para entender la danza y elegir mejor, también.

Y a mí me disculparán por insistir en lo mismo, con todo lo que disfruto sostenerme sola, elijo –cuando las condiciones lo permiten- soltarme y dejarme “poseer”. Y es que me gustan los hombres que de manera masculinamente “estilizada” le pierden miedo a mi libertad y a mi 1.80 de estatura, e integran la gracia sólida y lúdica de hacerme sentir su fuerza, su deseo, su protección, y también su vulnerabilidad. Despliego pues junto con ellos la capacidad de vulnerarme, de dejarme rendir y cuidar, y guardo en el cajón –por tiempo suficiente – la ansiedad, la negociación, la incertidumbre  “de nuestro mal de amores” y me dejo gozar en esa experiencia que es – para mí –  una probadita de cielo con muchos rayitos de sol.

 

Este texto busca acompañar a las personas a habilitarse en el tema de la pérdida, de la transformación, del desafío, para asumir la transitoriedad de la época que estamos viviendo, la falta de verdades absolutas, la escases de peldaños alcanzados para siempre y la dificultad de construir relaciones eternas.

Para ello hemos de hablar de resiliencia. La resiliencia es el proceso por el cual logramos adaptarnos a los cambios y logramos salir airosos de la adversidad. Tales cambios o adversidades pueden ser desde traumas, amenazas, tragedias, pero también fuentes de tensión causadas por problemas familiares, laborales o económicos. Por ejemplo, la pérdida de un vínculo personal, una mudanzas, o el enfrentamiento de enfermedades, son fuente de tensión y pérdida y por tanto urgen la necesidad de desplegar conductas resilientes.

Ser resiliente significa “rebotar” de una experiencia difícil, del mismo modo en que un resorte o una bola lo harían al caer al suelo. La resiliencia es más que resistir, es también aprender a vivir. Antes de vivir experiencias dolorosas que cambian el rumbo de nuestras vidas,  consideramos que la vida y la felicidad son cosas que nos merecemos, por una u otra razón: de cierto modo, el hecho de estar vivos nos hace sentir que, ya con la vida en mano, merecemos seguir viviendo y llegar a ser felices. El hecho de enfrentar situaciones extremas, hace nacer en nosotros un peculiar sentimiento de supervivencia:  desde ese hecho, vivenciarnos como supervivientes nos hace sentir que recibimos “tiempo prestado”, y que, dado el valor de tal préstamo, es importante gozar cada instante que venga y buscar la plenitud. Toda situación extrema, dado que es capaz de arrebatar la vida, fomenta, paradójicamente, la vida misma. Esto es, cuando alguien siente cerca su final, y sobrevive, se siente más vivo que antes.

Si bien la resiliencia surge de la capacidad de ciertas personas para salir airosas de episodios de extrema adversidad causados por catástrofes naturales o sociales, la vida cotidiana -más cuando abandonamos “caminos seguros” trazados por los discursos dominantes, que con todo y su incómodas limitantes dan un marco de certeza y seguridad-, genera estrés y crisis y los desafíos que la transformación presenta requieren, para atravesarlos, de la capacidad de sobreponerse a los cambios de paradigma, a ciertos “fracasos” y a múltiples pérdidas.

Se ha demostrado que la resiliencia es una característica natural de los individuos y no, como podría pensarse, un don especial de ciertas personas. La gente comúnmente demuestra resiliencia, desde las situaciones más sencillas como retrasarse en el tráfico y tener que esforzarse el doble para llegar puntuales a una cita, hasta sobreponerse a enfermedades más o menos difíciles que requieren de un proceso de recuperación.

El término resiliencia nació primeramente en las ciencias exactas, más puntualmente en la física. La resiliencia de un objeto se entiende como la capacidad que éste tiene para resistir un choque. Se refiere a cierta elasticidad que le permite soportar embates sin que con ellos sea destruida sus estructuras física y química fundamentales. Sobre todo, cuando se decía de tal objeto como altamente resiliente, se enfocaba en la sustancia del material, la naturaleza del objeto por la cual podía resistir mayormente los golpes. Cuando dio el salto hacia las ciencias sociales, se redefinió especificando la capacidad para salir avante de situaciones difíciles, de los choques de la vida.

Esta capacidad de resistir presenta una idea dialéctica, es decir, la necesidad de enfrentarse a dos posturas que, comúnmente, podrían parecer contrarias pero que, en el momento, se presentan como complementarias, por ejemplo, la felicidad de la tristeza, o, como suele decirse, “de lo malo, lo bueno”.

La realidad nos ofrece ejemplos donde la lógica y el lenguaje son trascendidos, de modo tal que podemos concebir que algo que nos causa tristeza, al mismo tiempo nos causa felicidad, por determinadas razones: en ciertos momentos de la vida, los antónimos pueden ser usados de manera integrada, de modo tal que no se enfrenten tan tajantemente. En el lenguaje retórico, el uso de palabras de significado opuesto en una misma estructura sintáctica es conocido como oxímoron. La experiencia de la resiliencia está atestada de oxímoros.

Pensemos en un familiar que, luego de pasar largo tiempo padeciendo una enfermedad dolorosa, al fin fallece: si bien su muerte nos causa un gran dolor, también sentimos cierta paz y alegría al saber que alguien a quien amamos ya no sufrirá más. Hay en nosotros cierta ambigüedad que, al final, se integra para ayudarnos a enfrentar, en este caso, la muerte. Más aún, cada persona puede citar una experiencia cotidiana donde descubrió cierta capacidad para que convivan dentro suyo cierta melancolía con el disfrute del presente, o cierta vergüenza frente a un logro alcanzado.

De este modo, la resiliencia se nos muestra como una herramienta para enfrentar sólidamente las vicisitudes y fomentar nuestra madurez emocional. Aunque, cabe decirlo, no es algo que se desarrolle sin cierta práctica, y no todas las pérdidas nos exigirán el mismo nivel de resiliencia.

La pérdida de algo valioso siempre presenta un reto. Dejar ir algo que consideramos importante para nuestra vida nos requiere hacer uso de nuestros recursos para salir adelante. Esto es, una parte de la persona que recibe un choque, sufre y se mira abatida, dañada, fragmentada, mientras que otra parte, aquella que es pieza de su “deseo de vivir”, reúne la energía restante en el individuo y lo lleva a encontrar sentido donde el dolor podría mostrar que ya no lo hay.

¿Cómo enfrentar estas nuevas formas de existencia individuales?, ¿cómo hacer frente a la ambigüedad que se presenta ante aquellos que viven una vida s1ngular, por elección o por otras circunstancias? Quizá la mejor manera será desarrollando y ejerciendo su resiliencia.

Factores que desarrollan la resiliencia.

La resiliencia no es una característica que la gente tiene o no tiene, como se mencionó escuetamente más arriba. Al contrario, ésta se forma de conductas, ideologías, acciones y pensamientos que pueden aprenderse y desarrollarse por quien se lo proponga:

  1. Como seres primordialmente sociales, los humanos requerimos rodearnos de más individuos para enfrentar los retos. Si bien la vida individual está en evidente crecimiento, esto no nos libera de la natural y necesaria interdependencia –además de la responsabilidad- de unos con otros. Así, establecer vínculos afectuosos, de apoyo mutuo, es el primer factor que favorece el desarrollo de la resiliencia. Los grupos de apoyo mutuo como familia (de crianza o extendida), amigos o personas que vivan circunstancias similares, aporta una mayor seguridad a quien atraviesa una pérdida o un reto complejo.
  2. Luego, es necesario dar un giro a la percepción que tenemos de la crisis, pérdida o reto que cruzamos. En muchas ocasiones, existen circunstancias que no podemos cambiar –precisamente, por ejemplo, determinadas pérdidas ambiguas-, pero en la mayoría de ellas sí podemos cambiar el modo en que las interpretamos. Dar un vuelco a nuestra perspectiva, pensar y observar desde otro punto lo que estamos enfrentando, ayudará a fortalecer nuestras ideas y construir diferentes cursos de acción.
  3. El cambio, lo queramos o no, lo aceptemos o no, es parte esencial de la vida. Lo único constante es el cambio, parafraseando al antiguo filósofo Heráclito. De este modo, aceptar que a lo largo de la vida nos enfrentaremos a cambios, -aún si estos son consecuencia de cierto azar y no de nuestra voluntad directa- es parte importante al buscar enfrentarse a los conflictos. Un individuo que comprende los cambios, que procura practicar cierta elasticidad en sus planes y visión a futuro, será mucho más propenso a manejar adecuadamente las vicisitudes.
  4. Actuar con aplomo, pero con una visión centrada. Es decir, enfrentar las circunstancias adversas nos requiere firmeza de carácter, pero esto no quiere decir que todo saldrá a pedir de boca. Es necesario poner en su justo sitio el presente, el pasado y el futuro.
  5. Conocerse mejor a uno mismo es menester. Cada uno, en mayor o menor medida, sabe hasta dónde es capaz. Quienes no saben de qué son capaces, terminan descubriéndolo al paso. “Conócete a ti mismo” sugirieron os griegos hace más de dos mil años, y al paso del tiempo sigue siendo uno de los objetivos que más recompensas existenciales brinda a quien se lo propone. Esto, trae también quizá como consecuencia colateral, un mejor control de las emociones, de los sentimientos y los impulsos. Es menester para ser resilientes el saber dominar los impulsos que surgen en los conflictos: el impulso de huir, de vengarse, de actuar osadamente, etc. Ser resiliente no significa ser invulnerable, significa saber enfrentarse al dolor de manera adecuada, equilibrada e inteligente.

Todo lo anterior, claro está, tendrá variantes que dependan específicamente del carácter e historia de vida de cada persona. Para ejercer la resiliencia no se necesita no sentir dolor, o estar en un constante estado de actitud positiva. La resiliencia solicita de nosotros el enfrentar problemas inteligentemente, permitir integrar en nuestras vidas el cambio y trabajar maduramente la frustración.

 

 

La pérdida de algo valioso siempre presenta un reto. Dejar ir algo que consideramos importante para nuestra vida nos requiere hacer uso de nuestros recursos para salir adelante. Esto es, una parte de la persona que recibe un choque, sufre y se mira abatida, dañada, fragmentada, mientras que otra parte, aquella que es pieza de su “deseo de vivir”, reúne la energía restante en el individuo y lo lleva a encontrar sentido donde el dolor podría mostrar que ya no lo hay.

Una pérdida nunca es igual a otra. Existen pérdidas que podríamos considerar más duras que otras, sin que ninguna de ellas sea más o menos importante. Hay pérdidas que no dejan “lugar a dudas”, es decir, existen ciertas circunstancias en ellas que nos dejan ver que “no hay marcha atrás”. Volviendo al ejemplo de líneas arriba, mirar morir a un familiar que ha pasado por una larga agonía representa el punto final, la pérdida en sí. La muerte, en este caso, es la conclusión, tanto como puede ser un divorcio, un despido, una mudanza, una migración, una renuncia, etc. La conclusión en un proceso de pérdida permite enfrentársele de mejor manera, puesto que se ha alcanzado el “suceso detonante”, el momento que, quizá, tanto temíamos pero que indica, también, un nuevo comienzo, el banderazo de salida para comenzar con la propia recuperación.

Sin embargo, existen también otro tipo de pérdidas. El término “pérdida ambigua”, el cual habremos de acreditar a la psicoanalista y terapeuta familiar Pauline Boss, define estas otras pérdidas, a saber, aquellas donde no existe, como en las descritas líneas arriba, un punto concluyente, aquellas donde se encuentra una enorme carga de ambigüedad, de incertidumbre y el sentimiento sólido de no conclusión. Como integrar lo siguiente: pienso que una mudanza, un divorcio, sí son pérdidas ambigúas

Este tipo de pérdida se relaciona con todos aquellos sucesos donde, si bien sabemos que algo cambió y que nuestra vida no volverá a ser la misma, existe un fantasma que nos permite pensar que “las cosas quizás se puedan resolver”. Este tipo de pérdida se encuentra en casos como la desaparición o el secuestro de un familiar, la separación de una pareja sin un final explícito, o bien, enfermedades de orden mental o incapacitantes que, aunque no acaban con la vida de quien las padece, los hace estar ausentes de la vida de quien los rodea. Pensemos en un paciente en coma, de quien los médicos no pueden asegurar con total certeza la muerte o la recuperación. Quienes se encuentren a su alrededor –amigos, familiares, pareja- sentirán ciertamente su pérdida, pero esta no es concluyente: la muerte no le ha alcanzado, pero su existencia se encuentra en una especie de limbo que no permite, entre otras cosas, seguir adelante a sus cercanos.

En todos los casos de pérdida ambigua, salvando las diferencias específicas, existe algo en común: la confusión, la indeterminación, en fin, la ambigüedad, y con ella el estrés que la misma genera. Al no existir algo que nos de certeza del preciso final, algo palpable, la vida se vuelve física y emocionalmente agotadora y profundamente inestable: lo rutinario, la cotidianeidad, se vuelven tensos, siempre a la espera de “una señal”: una llamada, una visita, el timbre sonando anunciando alguna noticia, una mueca, una mirada. Las personas que sufren la pérdida ambigua van por la vida esperando y, de cierto modo, fantaseando, jugando con las posibilidades o inventando realidades donde las cosas van bien.

Esta inestabilidad no podría menos que acarrear problemas psicológicos delicados. Las personas que se ven inmersas en una pérdida ambigua sufren de constante ansiedad, insomnio o sueño intranquilo, depresión, padecimientos psicosomáticos e incluso enfermedades físicas derivadas del alto agotamiento emocional. A esto se aúna la longevidad de los padecimientos: si bien en una pérdida “normal” existe un conjunto de síntomas que denotan un estrés post-traumático, en la pérdida ambigua estos síntomas permanecen indefinidamente ante la posibilidad de una solución real. Así, el ir y venir entre la desesperación y frustración y la esperanza y la fantasía crean en el individuo un sufrimiento de mayor complejidad.

Ante esa terrible exigencia emocional que significa la pérdida ambigua, quien la padece tiene un camino, si bien no es el mayor consuelo ni la panacea: aprender a vivir con la ambigüedad. Esto no significa demeritar el sufrimiento o solicitar el olvido y la indiferencia. Como un dolor crónico que viene y va, a veces ante ciertos climas o ciertas circunstancias, quienes se enfrentan a una pérdida ambigua encuentran en el tiempo y el esfuerzo un camino hacia la integración en su vida de la incertidumbre. Repetimos: no una resignación, no un olvido, sino una nueva forma de vida donde la inestabilidad, la ambigüedad y la esperanza se vuelven constitutivos del carácter y la cotidianeidad de la persona, dando lugar ya no a las fantasías, sino a una esperanza prudente que convive con las posibilidades y las probabilidades realistas.

Migración de identidad

Michael White, trabajador social, terapeuta familiar y creador junto con David Epston, habla de la migración de identidad como un proceso en el que la persona se mueve de una forma de ser inoperante, lastimosa o caduca, a una identidad actualizada y preferida. Esta migración se da por etapas, en tanto que consideramos que el cambio es más un proceso y no un evento. La resiliencia, con el rescate de las propias competencias, sueños, y valores, permite atravesar las etapas que describiremos a continuación con el fin de instalarnos en esa nueva identidad de manera más enriquecedora.

  •  Fase de separación o de rompimiento con la vida que han conocido hasta el momento.
  • Fase intermedia, en que lo familiar está ausente y nada significa lo mismo que significada antes.
  • Fase de reincorporación: se ha llegado a un nuevo lugar en la vida. Una vez más estás “en casa” contig mismos y con una manera de vivir. Recuperas la sensación de tener conocimientos y herramientas para vivir.

No podemos dejar de recordar que no todas las pérdidas de la vida son iguales, no todos los retos nos exigen el mismo esfuerzo y la misma transición, y la vida actual nos lleva a atravesar dificultades nuevas, las cuales rompen aquellas cosas que tomábamos como seguras o confiables en la vida.

A mí me gusta comer, variado y mucho, además seguidito, ya sea en mi casa, en la calle, incluso cuando voy a casa de mi tía Lencha. Lo disfruto, lo procuro y lo comparto. Y si estoy satisfecha y no voy a pedir nada más, me gusta que me cuenten de qué va un platillo, me narren cómo se prepara y me inviten a comerlo en la próxima ocasión. Si  bien algunas personas me ven curiosito (sobre todo por aquel horrendo prejuicio machista de que para ser mujer me cabe un poquito de más), generalmente envidian el disfrute que en ello pongo. Yo me desconcierto un poco con aquellos a los que les gusta siempre lo mismo, a la misma hora, con el mismo plato, en el mismo lugar y con la misma gente… pero mientras disfruten también (y no sea causado por una neurosis empedernida) bienvenidos los gustos y placeres de cada quien.

¿Pero qué tal a la hora del sexo, del amor y del erotismo? La cosa cambia: la cuestión de la variedad de encuentros, gustos, estímulos y deseos se vuelven “perversiones”, sino es que algunas transgresiones se catalogan como francas desviaciones y patologías. ¡Ah, cuánta moralidad en un espacio que puede ser tan tan gozoso, lúdico, diverso y vinculante! Yo no soy quién para entrar en detalles de preferencias y orientaciones, pero de que la sexualidad hegemónica se toma como referente absoluto, qué ni qué.  Y así, vivimos en un mundo heterocéntrico, falocéntrico, heteronormativo y binomial (palabrillas domingueras que hay que incorporar): y todo lo que no es claramente hombre o mujer estrictamente distinguido, se borra; si el poder y la autoridad no se centra en el “macho”, se desprecia; si lo que se practica no va acorde a la “naturaleza” reproductiva, se juzga. Y en tanto que la heterosexualidad se toma como “lo normal”, la gente –en la familia, en la escuela, en el trabajo y en los bailongos- va suponiendo (y suplicando) que quien se nos ponga enfrente, mientras no exprese explícitamente lo contrario, será heterosexual.

No olvido la metida de pata de mi papá la semana pasada en la fiesta de 40 de mi primo Carlos. Al ver a un bebé hermoso arrullado en brazos de su padre, le dice: “qué lindo chiquito, ¿pero dónde está su mamá?”. A lo que el orgulloso padre contesta: “señor, Juan es mi pareja, somos dos papás”. Y mi papá con cara de “what” se dio la media vuelta y no dijo más (afortunadamente a sus 84 ha adquirido cierta prudencia). Pero como él, ¡centenas! Y cuando te sales del “cuadrito” ¿cómo se te trata, cómo se te habla, cómo se te evalúa?

¿Desde dónde es que nadie piensa que la heterosexualidad sea “anómala”? ¿Por qué asumir que quien disfruta, elije y explora otros caminos tiene que tener alguna tuerca mal? Si las multitudes mexicanas disfrutan a discreción los tamales de chile, de mole, de dulce, de elote, de raja, con o sin ajonjolí, ¿no podemos soltar la necesidad de prohibir o juzgar la existencia de diferencias en la cama y en el corazón? Y es que aún hoy cargando esta “lápida” circulan miles de congéneres que no se ubican en la norma y sobrevienen a tanta carga poniendo resistencia o actuando con resignación.

A mí que no me digan que “la naturaleza dice” o que “la esencia clama”. Querer explicar el “para qué” de todo es una manía sencilla para desacreditar conductas válidas: no todo tiene un para qué. Muchas cosas de lo humano son producto de la evolución –como el apéndice y el himen que hoy de poco sirven-. Lo que sirve, se usa, lo que no sirve y no molesta ahí está, y lo que no sirve y estorba, con permiso… Y como la sexualidad y los amores son también producto de lo social, son tanto más flexibles que lo que los sistemas de “salud” prescriben (me atrevo a afirmar que si le buscamos “chichis a las hormigas” bien poquitos de nosotros seríamos sanos sanos). Y bien sabemos que lo que platicamos que hacemos en la cama es mucho menos de lo que realmente practicamos en ella

La sexualidad no es fija,  la construimos durante toda la vida y así podemos movernos –más menos-  en un continuo entre homos, heteros, bis y j, y z demás. Así que de  adaptarme y resignarme a las circunstancias que imponen un discurso heterosexual hegemónico, yo prefiero cambiarlas y transitar por mi versátil barrio integrando, disfrutando y atestiguando la diversidad.

 

 

 

 

 

 

“El único viaje es el viaje interior”

 Rainer Maria Rilke

 Escribo frente a una ventana estrechita que da a un hermoso jardín rectangular lleno de flores coloridas y diversas plantas aromáticas. Alquilé este acogedor espacio dentro de una casa estilo inglés en una ciudad estadounidense, y todos los días me siento un buen rato en mi escritorio blanco, al interior del cuartito blanco que me asignaron  – blancas las paredes, blancas la cabecera, blancos los muebles, blanco el edredón que cubre la cama y blanca la página que está frente a mi – con la cabeza en blanco también, a escribir sin prisa alguna.

Estoy en una pequeña capital norteamericana: tranquila, suficiente, rodeada de montañas con restos de nieve que dejó el invierno y llena de espacios verdes que enmarcan las calles en este verano caliente. Y no es que haya llegado aquí tras largas deliberaciones sobre donde pasar mi periodo vacacional, sino porque el destino me arrojó aquí inesperadamente y ahora me doy a la tarea de retarlo construyendo con su jugarreta un destino personal. La Fontaine dijo que “Una persona suele encontrar su destino en el camino que eligió para evitarlo”, yo agrego que siempre que creo haber aprendido lo forma más oportuna para vivir, mi vida cambia, y tengo que descartar planes, reaprender estrategias, considerar opciones desconocidas y reconstruirme.

Difícilmente hubiera elegido este lugar para vacacionar pero ya que he sido yo elegida por el lugar mismo, me dispongo a descubrir el trayecto que estoy invitada a recorrer. Abro la venta y respiro un aire tibio, lleno de olores de jardín, ajeno a mi y al mismo tiempo mío y solo mío. Me lleno de energía. Integro imágenes y sensanciones, luego las suelto. Pienso poco, siento mucho. Cierro los ojos y vuelvo a respirar, y a kilómetros de mi mundo empieza a darse ese asombroso fenómeno que permiten los espacios desconocidos, esa sensación que en el día a día es imposible experimentar: fuera de contexto me vivo diferente, soy yo y al tiempo soy muchas otras más, y ante mi se presenta una historia no escrita, algo por diseñar, por descubrir, por precisar.

Y aquí, en mi silla blanca, en mi blanca habitación, con la mente en blanco, no puedo mentirme mucho: amplío mis perspectivas, entiendo de lo que estoy escapando, y me dispongo a descubrir lo que quiero, lo que puedo, lo que sueño hoy. Confirmo en la distancia que puedo ser más extranjera de mi misma en mi propia tierra, y que las tierras lejanas pueden ayudarme a adueñarme de versiones de mi que en el diario vivir se esconden, se minimizan, y mueren a punta de ser ignoradas. Me reconozco, me cuestiono, me expando. ¿Será que los destinos de viaje importan menos como lugares en sí que como creadores de experiencias transformadoras?

No dejo de recordar – por ejemplo – viajes de compras al extranjero que hoy confundo unos de otros, que resuenan en mi con aturdimiento, y que nubladamente vienen a mi recuerdo sin mayor trascendencia vital. Y no es que la vida toda se trate de “sumergirnos en las profundidades”, pero hay viajes bien planeados que no .tienen ningún efecto reparador.

Sigo escribiendo, y mientras me pierdo en las letras me voy encontrando a mi misma. En tanto desconozco lo que cada día me depara, comprendo el sentido del camino que recorro. Al acercarme a gente desconocida, reconozco una humanidad compartida, compasiva, y doy cabida a aspectos de mi que vivo como vergonzosos, dolientes, y que he intentado –con poca fortuna- desterrar. Experimentando la sublime sensación de salirme de cualquier trama y liberándome de todo referente puntual que me encadene, me desempolvo, me libero.  Como Julien Green confirmo que “ni siquiera el mejor explorador del mundo hace viajes tan largos como aquel hombre que desciende a las profundidades de su corazón”.

Penetro en mi alma y voy rescatando saberes enterrados, los honro. Comienzo a descifrar mis contradicciones, asumo temblorosamente mis temores, integro con aplomo mis dolores, dejo ir mis empecinamientos, y descanso –por un rato- del tiempo cuando corre de prisa, de los otros que me atrapan en el día a día, y de esa parte de me aprisiona desde la prisa, la costumbre y la falta de flexibilidad.

La página en blanco sobre el escritorio blanco dentro de mi blanca habitación se va tiñendo de colores, se va llenando de vida. Y complacientemente experimento que de a poco empiezo a extrañar las miradas de los míos y los quehaceres de mis rutinas. Por eso de vez en vez he de dejarme ir a donde el destino me lleve y hacer de un aparente viaje sin propósito un recorrido que me devuelva a mi.

Te odio,

Amor mío…

“Te querré siempre, y de no lograrlo – o de conseguirlo a medias -, te amaré y te odiaré por toda la eternidad”. A veces lo que prevalece en las relaciones de pareja no es el buen amor, sino la unión perenne, la permanencia a fuerzas y el pegoteo fatigoso. ¿Que esto te lleva a sufrir? Sí. ¿Que una vida de pareja así se puede gozar? Muy a ratos. ¿Que el verdadero amor es siempre felicidad? No. Pero hay de casos a casos: pienso, sólo para poner un ejemplo, en la inagotable relación de Mariana y Pablo – ambos profesionistas, cuarentones, y extrovertidos – quienes llevan viviendo juntos más de 12 años, y pasan de las más largas discusiones nocturnas, (con reclamos, llantos, desvelos) a la más apasionada encamada con queso, champagne y amanecer de cuerpos trenzados sobre el sillón de suede que han puesto en el salón recibidor. Pero ahora no hablaremos de ellos.

No hay duda que al inicio de cualquier relación amorosa mostramos nuestro lado más amable, a veces por temor a desilusionar a nuestra pareja, pero comúnmente como “paquete incluido” del enamoramiento que exalta de forma natural nuestras mejores actitudes y nuestros más loables sentimientos. La idealización mutua permite que el otro tome -de eso que dejamos a la luz- lo que necesita su propio ego enamorado, logrando así un “sube y baja” de gozos, suspiros y encantos, que facilitan el inicio de una relación.

Pero el tiempo va haciendo su tarea y los deberes y la convivencia continua –cuando no un hijo, una suegra o el pago de la hipoteca- desvanecen el idilio del comienzo y van poniendo al enamoramiento su punto final: donde lo que era pura alegría y cuidado mutuo, empieza a filtrarse el desencanto, el resentimiento y la frustración.

Esto es propio de toda pareja que transita el encanto del engolosinamiento mutuo, pero en el trayecto amoroso algunos llegan a edificar una relación que vale la pena y otros descubren, con menor o mayor frustración, que la pareja no marcha y que se aproxima la fecha de caducidad de la relación. En esta encrucijada hay quienes dan gracias por lo vivido y no sin cierto dolor terminan lo iniciado; pero existen algunos que se empeñan en recuperar a toda costa la gratificación del “papaloteo” inicial y en sostener de cualquier modo la relación.

Se puede amar y odiar al mismo tiempo.

 El mundo afectivo se caracteriza por integrar una diversidad de emociones y sentimientos. Las emociones son un “radar” que capta los estímulos exteriores en el cuerpo, son reacciones básicas de supervivencia, mientras que los sentimientos pertenecen a la mente y dan cuenta del significado que damos a lo que acontece en nuestro entorno con base en un sistema de creencias familiar y cultural.

Nuestra estructura psíquica nos permite experimentar al mismo tiempo una gama contradictoria de afectos. Esta experiencia se torna compleja en tanto que la cultura ha categorizado las emociones como “buenas y malas” dependiendo del efecto placentero o desagradable que produce en nosotros y en los demás. Es por esto que como personas “civilizadas” nos hemos dado a la tarea de acallar aquellas experiencias afectivas que son “negativas”, capotearlas “como vayamos pudiendo” y mostrar sólo los sentimientos “lucidores y agradables”.

Cabe aclarar –por si queda alguna duda – que sentir lo que sea que sintamos no es ni bueno ni malo, de hecho son las acciones realizadas con dichos sentimientos las que sí conllevan un atributo moral. La vivencia de un espectro diverso y contradictorio de  afectos no es en sí un “problema” (si bien esta experiencia sostenida en el tiempo sí desgasta y confunde de manera particular), lo que sí complica su manejo es que su intensidad y frecuencia te lleven a reacciones y desmanes que tengan a la relación de pareja en una permanente “montaña rusa”. Una vida en común requiere de estabilidad, sensación de seguridad, frecuente disfrute y suficiente paz interior.

¿Qué caracteriza a las relaciones de amor y odio?

 Las relaciones de pareja son complicadas siempre, de eso no cabe duda. Las discusiones, los malos entendidos y las dificultades son parte de cualquier relación, incluso de las amistosas o familiares. Tal vez sin esta complejidad no las valoraríamos tanto: sacan una parte de nosotros que se esfuerza, que se compromete y que busca más. Pero, cuando el goce y solidez no se experimentan con suficiente frecuencia en un intercambio amoroso, podemos hablar ya de un problema y algunas parejas se niegan a cuestionar o a terminar la relación, generando roces permanentes y sentimientos ambivalentes que llevan al desgaste.

Son muchas las conductas y experiencias que caracterizan estos tortuosos intercambios “amorosos”:

  • Altas expectativas de que el otro satisfaga las propias carencias.
  • Intención frenética de que el otro me entienda y de que el otro cambie.
  • Incapacidad de tolerar la frustración que se genera ante la imposibilidad de lograrlo.
  • Intensidad emocional que lleva a experimentar todo lo que ocurre como algo “de vida o muerte” al tiempo que da una sensación de estar vivos y unidos.
  • Alto nivel pasional y con frecuencia una sexualidad compulsiva sin importar su calidad.
  • Dificultad para sostener por tiempo suficiente las negociaciones acordadas.
  • Discusiones cada vez más frecuentes e intensas, así como dificultad para detenerlas.
  • Deseo de fusión que se ve frustrado y ansiedad ante la distancia del amado.
  • Atrapamiento ante la imposibilidad de dejar al otro.
  • Miedo de perder a la pareja.

Estas particularidades –que si bien se dejan sentir de manera tenue en cualquier relación amorosa- dan una sensación de equilibrio precario en las relaciones de amor y odio: alternándose momentos de cierto alivio y entusiasmo (cuando la pareja muestra interés y cercanía) y de ansiedad y furia (cuando se ven frustrados los propios deseos y necesidades). Una lucha permanente entre amor/comunión y odio/frustración.

¿Qué personas son más proclives a construir este tipo de interacciones?

 Si bien todos  experimentar cierto grado de ambivalencia hacia una persona –hijos, padres, amigos, pareja-, algunas personas son más propensas a construir relaciones amorosas teñidas por esta permanente oscilación. Mencionemos diversos factores que predisponen a intercambios de amor-odio:

– Características temperamentales personales: sujetos que tienen personalidades intensas y tienden a experimentar vehementemente los sentimientos. Estas personas son particularmente sensibles a los estímulos del medio en general y a las señales que da su pareja en relación a ellas en particular. Hay quienes, además,  tienden -por su estructura de carácter- a fluctuar con mayor facilidad de estados de ánimo, lo cual acentúa la ambivalencia natural de toda relación. Con frecuencia estas personalidades son impulsivas y les cuesta trabajo reflexionar sobre el sentimiento que experimentan, actuando de manera casi automática como reacción a sus emociones básicas.

Es importante señalar que existen patologías bien descritas que generan específicas dificultades para cualquier interacción social y que –en caso de no ser tratadas adecuadamente-  dificultan o bien imposibilitan la construcción de relaciones estables. Podemos mencionar entre otras los trastornos limítrofes, el trastorno bipolar en todas sus variantes, el trastorno narcisista de la personalidad, entre otros, los cuales rebasan las complejidades de un temperamento intenso y hacen no sólo complicada sino sumamente lastimosa una relación.

– Dependencia emocional: en ocasiones la intensidad conductual, más que ser producto de un temperamento como el descrito, da cuenta de una cualidad personal de necesidad y apego. Personalidades con apegos infantiles ansiosos o inseguros, es decir, personas que en su infancia fueron criadas por cuidadores o padres que no pudieron hacerles sentir confianza, que los atendían pero al mismo tiempo expresaban ambivalencia en el afecto que sentían por ellas, personas que se sintieron siempre amenazadas de ser abandonadas, o bien fueron abandonadas de hecho. Tienden a tener dificultad para sentirse seguras y confiar en su pareja, demandando que las confirmen en exceso y apegándose enfermizamente para adquirir certeza en la relación.

El miedo perenne a la pérdida lleva a la desconfianza constante, al chantaje emocional, a la manipulación, las culpas y las acusaciones perennes, generándose como efecto la contradicción entre la necesidad de la presencia amorosa que genera una sensación de bienestar (“amor”) y la frustración de nunca lograrlo en su totalidad (“odio”).

 – Creencias idealizadas sobre el amor: mucho daño nos ha hecho pensar que el amor todo lo puede y todo lo soporta. Las ideas románticas sobre la experiencia amorosa como sentimiento sublime, siempre grato, lleno de entrega incondicional, hace poner en la persona amada excesivas expectativas de satisfacción personal. El amor humano es limitado, más en una época en que la vida individual y el desarrollo personal son la constante de una sociedad que promueve y requiere de personas autónomas (con carreras profesionales propias, posibilidades de movilidad dada las necesidades del mercado, capacidad de autonomía física y emocional). A esto suma el impacto de un mundo posmoderno en el que no existen verdades absolutas ni modelos únicos de vida, lo cual en el plano amoroso se refleja en la búsqueda de esquemas de pareja únicos – tejiendo a punta de “acierto y error” – que más favorezcan la funcionalidad de cada relación particular.

Quizás la idea de “para siempre” a costa de lo que sea es una de las más dañinas en la vida amorosa. Lograr una relación para toda la vida pueda traer bienestar y seguridad a algunas parejas, pero si el costo de lograrlo va en detrimento de la integridad personal y de la fluidez de la relación, habría que cuestionar tal intención.

Presos de una cultura que favorece la fantasía del amor total, sospechamos que las personas que se relacionan de manera equilibrada, pausada y respetuosa, no se quieren ni se importan de verdad; pareciera que la madurez emocional y la autonomía se consideran egoísmo, indiferencia o falta de sensibilidad por la pareja. Hoy, el amor no puede ser “el único proyecto de la vida” como antes lo era, sobre todo en el caso de las mujeres que no tenían otra forma de sobrevivir. Es por ello necesario construir proyectos personales satisfactorios a los cuales la vida de pareja se sume, pero sin esperar de ella todo el sentido de vida y la  única fuente de realización personal.

– Influencia familiar: la forma en que entablamos relaciones – ya sea por elección, reacción o imitación – tiene que ver con la forma en que fuimos criados en nuestra familia de origen. Lo que vivimos en casa en nuestros primeros años de vida deja una impronta que nos hace sentir “en casa” con cierto tipo de intercambios e interacciones. Tendemos a repetir patrones aprendidos en la infancia y a establecer relaciones similares a las que vivimos con nuestros cuidadores primarios.

Si tenemos conciencia de que nuestros padres normalizaban las relaciones de amor-odio, es probable que consideremos que tal forma de vincularnos es normal y minimicemos el desgaste que produce; incluso podemos creer que no tener ese tipo de convivencia es por falta de verdadero amor. Desafiar las historias y pautas de conducta de nuestros ancestros es condición indispensable para la autonomía personal, la madurez emocional y la mejor elección de pareja.

– Contexto de cierto aislamiento o de recuperación: generalmente atribuimos a nuestra historia y a nuestro carácter las razones de nuestros apegos extremos y, sin duda, como lo hemos dicho, sí hay algo de eso. Sin embargo hay situaciones particulares y contextos en los que las relaciones amorosas son sustentos de “sobrevivencia” que permiten hacer transiciones importantes en la vida: experiencias de inmigración, de enfermedad, de duelos lastimosos. ¿Cómo criticar elecciones que permiten atravesar momentos de crisis como los mencionados? Quizás lo cuestionable es sostenerlas cuando la crisis ha pasado y la pareja está lista para decir adiós.

Los seres humanos hemos devenido en la especie que somos gracias a nuestra naturaleza gregaria y a nuestra capacidad solidaria. Sin duda la vida de pareja antaño tenía más que ver con la reproducción, producción y sobrevivencia que con el amor. Hoy, dos personas inicialmente unidas por el atractivo mutuo, el gusto por estar con el otro y el amor, pueden poco a poco y sin dar cuenta, construir agendas diferentes, emergidas de necesidades y momentos particulares en la vida de cada uno. Pasado el tiempo, estas agendas requerirán de la pareja o una actualización de la relación (de ser posible) o un agradecer lo vivido y un buen adiós.

Amor o adicción

¿Por qué es tan difícil romper las relaciones de amor y odio? Quizás a estas alturas de la lectura te darás cuenta que la complejidad de estos vínculos no hace tan sencilla su disolución. Muchas personas – como Mariana y Pablo a quienes citamos iniciando este texto – vienen a mi consultorio por problemas resultantes de una relación amor/odio extrema; es común escucharlas decir “me estoy ahogando en esta convivencia pero sin ella no podría vivir”, “una parte de mí sabe que no puedo seguir así pero no sé como terminarlo”.

El apego excesivo – como le llama Walter Riso, psicólogo de origen italiano especialista en Terapia Cognitiva – impide la creación de amores constructivos. Siguiendo a Riso, pienso que este tipo de vínculos genera una especie de adicción afectiva que tiene efectos potentes en la “subida y bajada” de las emociones experimentadas por las personas. La presencia del otro, “sustancia adictiva”, da una temporal sensación de plenitud existencial o de sobrevivencia en situaciones de carencia y reto extremo.

Los factores mencionados con anterioridad de alguna manera se entretejen y, a mayor presencia de ellos, mayor dificultad para soltar una relación contradictoria y desdichada. De la ternura a la agresión puede haber una distancia pequeña cuando se vive en esta ambivalencia y si bien la pareja aporta algún sentido a la vida, las interacciones fluctuantes sostenidas llevan al cansancio, a la desesperación y en muchos casos a la violencia.

¿Sobrevivencia o violencia?

 En ocasiones este tipo de relaciones se tornan violentas ante la imposibilidad de sostenerlas constructivamente o de terminarlas de forma civilizada. Cuando la gracia de cierta intensidad emocional se transforma en desgracia relacional, pueden aparecer episodios abusivos: desde indiferencia, burlas e ironías, hasta maltrato emocional y físico. Sobra decir que sostener en el tiempo un amor de este tipo no sólo impide la comunicación y el disfrute mutuo, sino que termina minando la libertad e igualdad para dar entrada a la posesión, el control, la amenaza, los celos, la asfixia, el empobrecimiento para ambos, todos efectos del trato violento.

La situación se complica cuando el equilibrio del poder en la pareja se pierde o bien nunca ha existido: la persona que tiene más privilegios – ya sea económicos, educativos, sociales, de género – tendrá mayor posibilidad de someter a la otra, quien se sentirá en desventaja de resistir el embate e, incluso, de dejar la relación. Lo que un día fue amor puede transformarse en un apego traumático matizado de indefensión y temor a la represalia ante la huida. De hecho quien tiene más poder en la relación puede hacer creer al miembro con menos prerrogativas que sus deseos, intereses o necesidades, o no tienen importancia o no podrán ser satisfechas fuera de la relación. Eso cuando no está la franca amenaza a su integridad física o mental si decide abandonar el vínculo.

Huir o perseverar

 ¿Cómo saber si la relación es suficientemente mala para terminarla o bien hay algo que hacer aún por ella? Existen indicadores que dan cuenta de que una relación aporta más estrés que bienestar:

  1. Empiezas a dudar de las percepciones que tienes en relación a lo que pasa en tu vida de pareja.
  2. Tienes más momentos de estrés que de tranquilidad.
  3. La relación amorosa te cierra más opciones –sociales, de intereses, de diversión, de trabajo, de aprendizaje- de las que te abre.
  4. Comienzas a creer que eres tú el único culpable de lo que pasa.
  5. Los sentimientos de ternura hacia el otro se tornan cada vez más en deseos de revancha, incluso de venganza.
  6. Confundes los actos abusivos del otro –controlar, perseguir, aleccionar, cuestionar, celar- con actos de cuidado e interés hacia ti.
  7. Son cada vez menos los momentos de disfrute con tu pareja.
  8. Tus sueños e intereses se ven truncados, pospuestos o imposibilitados.
  9. Te sientes más débil, cansado y limitado que al inicio de tu relación.
  10. Las interacciones con tu pareja te hacen sentir infantil e inmaduro.

Si tienes 5 o más de los síntomas de los aquí mencionados será difícil lograr mejorar tu vida de pareja sin ayuda externa, más si tu pareja no está dispuesta a hacer la parte que le corresponde para transformar la interacción. Seguramente has hecho intentos diversos para salir de este círculo vicioso, no tiene caso que sigas haciendo más de lo mismo pues con ello, lejos de que ocurra algo diferente, incrementarás las recaídas. Las buenas relaciones son para disfrutarlas y las malas para terminarlas, así es que a buscar ayuda eficaz y darte un tiempo razonable para valorar el cambio, o “pajaritos a volar”.

           

 

 

En pleno siglo XXI parece difícil afirmar, sobre todo en ciertos contextos sociales, que el machismo sigue “haciendo de las suyas”. No podemos dejar de reconocer que a 50 años de la segunda ola del movimiento feminista  se han abierto un sin fin de puertas que facilitan el posicionamiento de las mujeres en las esferas sociales, económicas, políticas y culturales y con ello se avanza en la conquista de una sociedad más igualitaria. Sin embargo, más allá de las cifras aún perturbadoras de explícita violencia de género,  las diferencias de poder en las relaciones interpersonales, particularmente entre hombres y mujeres, dejan estragos lastimosos en las vidas de todos los seres humanos.

Contrario a lo que muchos pensamos, el machismo no es una característica individual de algunos hombres, sino una forma de relación  que pretende el dominio de algunos sobre los demás, -no sólo hacia las mujeres, sino también hacia otros hombres, niños o subordinados-. En una sociedad machista, todos somos en cierto grado machistas, no sólo los varones; por tanto todos ejercemos un cierto grado de machismo en las relaciones en que ostentamos más poder.

La sutileza del machismo actual usa estrategias menos burdas: como una penetrante mirada, ciertos gestos que no requieren articular palabras o la simple falta de atención. Quien recibe estas conductas se siente disminuido, retado o ignorado: sin “violencia” ni disputa se establece “por arte de magia” una relación desigual en la que alguien domina al otro.

Los valores y patrones de conducta que se originan de los prejuicios de superioridad/inferioridad afectan todas las relaciones interpersonales: el amor y el sexo, la amistad y el trabajo, el tiempo libre y la política. Además, el hecho de que la mitad de la población –la femenina generalmente- sea relegada a un papel secundario en el hogar, el trabajo y la toma de decisiones, tiene cada vez más relevancia en la productividad y competitividad, en la salud y la educación y en la  representación política.

Muchas mujeres que viven “en un segundo plano” piensan que esta experiencia de subordinación es efecto de un problema personal de sus parejas, colegas o jefes y lo justifican diciendo: “es un poco brusco”, “es muy exigente”, “está muy presionado o tiene carácter fuerte”, y agregan: “es que tuvo un papá distante”, “su mamá fue muy dura con él”, “ así son los hombres”. Considerar el machismo un rasgo personal de un varón cercano lo hace invisible en cuanto a su carácter social. Casualmente son muchos los hombres que presentan ese “carácter fuerte”, por ello no podemos simplificar así un problema social tan ancestral como complejo.

Muchos varones desconocen el problema y se preguntan por qué las mujeres no ven las cosas como ellos. En su confusión piensan: “nadie entiende a las mujeres”; incluso afirman con “ingenuidad”: “yo no soy machista, qué bueno que las mujeres trabajen y estudien; yo a mi esposa la dejo hacer lo que quiera… bueno, mientras no me falte al respeto o descuide la casa”. Sobra mencionar los chistes machistas en relación a las mujeres subordinadas: en la oficina, en la casa, en la escuela, esos que al final afriman “que calladita se ve más bonita”.

Hay un sin fin de conductas que podríamos seguir citando que reflejan dominación y control: el poder de callar al otro, la espera en la antesala, la infantilización de la mujer al sobreprotegerla y pedirle que se reporte constantemente, la devaluación de lo doméstico, entre otras. Muchos hombres afirman no ser machos pues participan mucho en el trabajo de la casa; falta decir que ese “mucho” se mide en un marco de comparación a lo que realizan otros hombres, -amigos o familiares-, pero no en relación a lo que llevan a cabo sus propias parejas.

Para lograr el cambio no basta con mejorar la condición de las mujeres, se necesita cambiar todas las reglas del juego; el acallado feminismo sirve pero no es suficiente, falta el acuerdo y la participación de los hombres. ¿Cómo invitarlos a involucrarse si en casi todos los países se han resistido a este cambio?. A nivel teórico el discurso masculino está a favor de la mujer y de la igualdad de los sexos, pero en la práctica aún hay mucho que los varones deben descubrir, explorar, comprender y aprender, y al final, varios privilegios de género que reconocer y a los cuales tendrían que renunciar. Y, claro está, también hay mucho que las mujeres deben aprender de estas nuevas dinámicas sociales, que proporcionan libertades pero también responsabilidades diferentes.

No podemos cambiar las relaciones sociales sin cambiar las relaciones íntimas y esto no se podrá acometer mientras no cuestionemos la base de nuestra identidad como hombres y mujeres. La equidad requiere redefenir tanto la feminidad como la masculinidad: dejar de considerar a los sexos como opuestos, promover la libertad de adoptar conductas y actitudes del otro género y promover la flexibilidad para alternar los roles cuando se desee o se necesite. Y con esto, poder intercambiar de forma más justa, más humana, respetando la igualdad entre los sexos en medio de su particular diversidad.