Como padre estás siempre interesado en el bienestar de tus hijos, pero a veces pones más foco a asuntos que tienen que ver con tus preocupaciones que con lo que  ellos necesitan para estar bien.

Toma nota de 5 puntos que son esenciales para lograr que tus hijos sean felices:

  1. Trata a los niños como individuos. Antaño se pensaba que la niñez era un mero paso a la adultez. Hoy sabemos la importancia de esta etapa, por lo que tratar a tu hijo como persona, única e irrepetible es crucial.No todos los niños son iguales: requieres un mapa de quién es tu hijo, que le gusta, qué se le facilita y qué no. Reconocer sus deseos, sus intereses y lo que es valioso para él te permitirá tratarlo individualmente.
  2. Comparte tu amor de forma equitativa. No se trata de repartir tu amor de forma idéntica entre todos tus hijos. Ser equitativo consiste en reconocer las características de cada uno para darles lo que requieren de manera particular.Puedes gustar más de un hijo que de otro, porque es más fácil o amoroso. Sin embargo hacer tratos preferenciales solo generará resentimientos  y celos entre hermanos, al tiempo que abrirá una distancia entre tú y ellos.Celebra la diversidad en tus hijos, trata a todos de manera justa y  evita las comparaciones que lastiman y encasillan.
  3. Fortalece la autoestima de tus hijos. La autoestima se refiere al sentimiento de valor y de competencia personal: “valgo y puedo”.Favorecer la autoestima en tus hijos consiste: 1) Ayudarles a sentirse cómodos de cómo son, con sus fortalezas y debilidades. 2) Enseñarles que son valiosos y queribles para que se sientan cómodos en sus relaciones interpersonales. 3) Mostrarles cómo desarrollar su potencial para que se vivan capaces de enfrentar la vida.
  4. Crea un entorno estimulante y seguro. Además de tener cuidado de que nuestros hijos se sientan seguros, hemos de proporcionarles un entorno seguro que les permita explorar antes de lanzarse al mundo.La exploración es esencial para el crecimiento. Los niños están llenos de curiosidad; facilitarles que descubran el mundo por sí solos es fuente de motivación.
  5. Disciplina a tus hijos. La felicidad de un hijo no solo depende del amor, también de la disciplina. Un chico no tiene la capacidad de ponerse límites, requiere de un adulto responsable que le ayude a descubrir las consecuencias de sus actos.Tu tienes tu propio estilo de disciplinar, sin embargo nota que el castigo y la recompensa no ayudan que el niño reconozca la relación entre lo que él hace y lo que genera.Todo lo que hacemos tiene consecuencias, facilitar que nuestros hijos las experimenten es el mejor camino para disciplinar.

Cuando la violencia se mezcla con el “amor”

El noviazgo es una vinculación que se establece entre dos personas que se sienten atraídas mutuamente, donde hay emoción, ilusión y sentimientos compartidos. Es una oportunidad para conocerse, una etapa de experimentación y de búsqueda, con actividades, gustos y pensamientos en común. Puede ser un preámbulo para una relación duradera. Sin embargo, ¿qué pasa cuando en un noviazgo las cosas dejan de ser amorosas y comienzan a aparecer signos de violencia?

En nuestro país el 76 % de los mexicanos de entre 15 y 24 años con relaciones de pareja, han sufrido agresiones psicológicas, 15% han sido víctima de violencia física y 16 % han vivido al menos una experiencia de ataque sexual. (Datos obtenidos de la encuesta realizada por el Instituto Mexicano de la Juventud)

La violencia en el noviazgo es cualquier acto, palabra u omisión, que produce daño o lesión, mediante el cual una persona trata de doblegar o paralizar a su pareja. Su intención es dominar y someter ejerciendo el poder. La violencia no respeta los derechos humanos de la otra persona. Es una forma de abuso de poder y conlleva la intención de someter y dominar a otra persona, eliminando todos los obstáculos que puedan darse para el ejercicio de dicho poder.

En ocasiones la violencia tiene efectos claros y contundentes, como en el caso de los golpes. Otras veces puede ser sutil, escondida en palabras o silencios, disfrazada de “consejos” que denigran, descalifican o degradan a la persona: “Te he dicho muchas veces que no me interrumpas cuando hablo con mis amigos, nadie quiere oír las cosas que dices, lo digo por tu bien”, “calladita te ves más bonita”, “si te vistes así dirán que eres una mujer fácil”.

Contrario a lo que se dice popularmente, como cuando escuchamos que “si lo aguanta es porque le gusta”, está probado que la violencia es rechazada por TODAS las mujeres y TODOS los hombres que la viven.

La violencia se presenta en diferentes tipos:

  • Violencia Psicológica o Emocional: Enojos o desplantes por cosas insignificantes, menosprecio o humillación frente a otras personas, celos o sospecha de las amistades de la pareja, conductas posesivas, comentarios o palabras intimidantes, insultantes o denigrantes, impedir visitar a familiares o amistades, amenaza de golpes, amenazas con armas, amenazas de muerte a la víctima, a sus seres queridos o a sí mismo, etc.
  • Violencia Física: Conductas como empujar intencionalmente; jalonear; torcer el brazo; jalar el cabello; pegar con la mano abierta o con puño cerrado; patear; golpear con algún objeto; quemar con cualquier sustancia; intentar ahorcar o asfixiar; etc.
  • Violencia Económica: es toda acción u omisión que afecta la supervivencia económica de la víctima a través de imponer limitaciones encaminadas a controlar el ingreso de las percepciones económicas de persona, para dominarla o someterla, ya sea en el ambiente familiar, en el laboral o en cualquier otro.
  • Violencia Patrimonial: Quitar usar o destruir sus pertenencias en contra de su voluntad; retener o esconder documentos; maltratar mascotas o bienes muy queridos; heredar sólo a los hombres, etc.
  • Violencia Sexual: Violación; abuso sexual; manoseos o toqueteos sin consentimiento de la mujer; forzar a la pornografía, exhibicionismo o prostitución, etc.

La violencia puede ocurrir en cualquier momento de la relación, desde la primer cita, durante el noviazgo o al llevar varios años de casado. En la etapa de enamoramiento es más difícil dejar una relación violenta porque  pensamos que es algo transitorio que va a cambiar en cuanto avance.

Si en tu relación de pareja, seas hombre o mujer, notas una o más de las siguientes señales de abuso, ten cuidado, quizá es momento de alejarte de esa persona, o bien, tal vez debes acercarte a las autoridades competentes:

  • No te permite que que tengas amistades y te vigila constantemente.
  • Abusa del alcohol o drogas y te presiona para que las consuma.
  • Te pone en situaciones de riesgo cuando han discutido.
  • Te culpa de provocar su enojo.
  • Busca tener todo el control de la relación.
  • Controla tu forma de vestir.
  • Hagas lo que hagas se molesta contigo.
  • Te ha jaloneado, empujado o golpeado.
  • Con frecuencia te insulta y te culpa de sus problemas.
  • Te acusa de infidelidad.
  • Y tras todo esto… pide disculpas, te hace regalos y promete que todo cambiará.

La violencia cubierta bajo el “amor” resulta casi invisible. Los efectos y síntomas del maltrato durante el noviazgo son desconocidos para gran parte de las y los jóvenes mexicanos quienes, al carecer de información certera sobre la violencia y sus diferentes vertientes, confunden con muestras de afecto, conductas antisociales.

Las personas tenemos derecho a ser respetadas física, sexual y psicológicamente. Tenemos derecho a no ser humilladas, ridiculizadas o menospreciadas, ni en público ni en la intimidad. La violencia no es un juego. Hay que aprender –tanto jóvenes como adultos- a reconocerla, denunciarla y enfrentarla.

Hoy difícilmente podemos considerar al matrimonio “la tierra del amor…”. ¿Será que en algún momento sí lo fue? Averiguarlo nos requeriría entrar en un recorrido histórico para comprender cómo surgieron los primeros acuerdos conyugales y su evolución en el tiempo, pero eso es “otro cantar”. Mejor nos quedamos con la afirmación de Nicolás-Sebastien Roch quien dice que “El amor es más placentero que el matrimonio, por la misma razón que las novelas son más interesantes que la historia”.

El amor en términos generales es poco previsible y difícil de domesticar; la incertidumbre forma parte de él, esto contradice la creencia milenaria de que “el amor todo lo puede y todo lo soporta”. Sin embargo, la incertidumbre, que tanto malestar genera en la vida de pareja, es el único antídoto que previene el desgaste del deseo y de la pasión con el correr de los años; demasiada cercanía, demasiada seguridad, demasiado conocimiento, agotan el deseo y la pasión.

La contradicción inherente en la convivencia de una pareja, entre seguridad y novedad, nos obliga a reconocer las diferencias entre el escenario que el amor requiere para vivir y el escenario que necesita para sostenerse el matrimonio; si bien de algunos siglos para acá hemos intentado ponerlos a convivir en el mismo escenario,  ambos espacios  requieren condiciones diferentes para subsistir.

¿Cómo es que al amor se le dificulta florecer en el seno de la vida matrimonial? El amor y el matrimonio pertenecen a lógicas distintas:

  • El amor es una relación, como tal se genera en el intercambio y la convivencia de los amantes. El amor lo construyen las personas que integran ese intercambio y no se somete a normas preestablecidas ni a reglas fijas. El amor pertenece a una lógica basada en la libertad, el cambio y la novedad; requiere de la igualdad para subsistir: implica posiciones de poder y de oportunidades parecidas que eviten la dependencia de uno y otro amante y que posibiliten la libertad y el intercambio creativo de identidades.
  • Por su parte, el matrimonio es una institución y pertenece a una lógica social. Como toda institución está sometida a derechos y deberes: requiere normas claras, horarios y usos y costumbres aceptadas. El matrimonio generalmente implica convivencia domiciliaria: compartir el mismo techo, la misma mesa… y con ello, hijos, familias, pericos, hipotecas y demás. Como institución el matrimonio requiere certezas “totales”, una estructura clara –a veces desigual- con diferencias de roles, de actividades, de responsabilidades y funciones.

Es desde esta diferencia que podemos entender que el amor y el matrimonio requieren condiciones diferentes para existir y por eso tienden a ser antagónicos. Insistimos en que al hacer esta distinción no afirmamos que uno sea mejor que el otro, simplemente hacemos notar que son diferentes y que a veces damos por sentado que se cultivan en el mismo espacio y de la misma forma.

De aquí que no sea poco común encontrar parejas que se casaron enamoradas y convencidas de la elección que hicieron, y al paso del tiempo se les “agotó el amor”. Desde el planteamiento hecho aquí, se puede observar que el resultado del desencanto, el aburrimiento y a veces incluso la aparición de la violencia, no sólo tiene que ver con el correr del tiempo, sino también con el caracter de cada uno de los miembros de la pareja o la mala resolución de los conflictos. En una ruptura amorosa también entra en juego la invisibilidad de esa dificultad de hacer crecer y permanecer el deseo, lo erótico y el amor en sí, en un territorio tan doméstico y rutinario, difícil de reconstruir y modificar.

Los cónyuges reconocen pocas veces el mecanismo institucional en que se encuentran y las consecuencias de dejarse atrapar por lo que marca y señala el “deber ser” del orden social. De este modo la pareja se convence fácilmente de que sus problemas maritales se deben a una disfunción “interna”, a una falta de amor o a la presencia de un tercero.

Llegados a ese punto, la pareja convertida en institución matrimonial trata de capotear su realidad con dos estrategias distintas, ambas destructivas: se deja influir en extremo por el ambiente que le rodea, introduciendo un exceso de amigos, familia, etcétera; o bien se encierra en sí misma por temor a perderse, exigiendo que el otro satisfaga todas sus necesidades.  En ambos casos lo que se sacrifica es el amor, ya que la verdadera satisfacción de los amantes se da a través de la riqueza de su relación, dentro del mundo, sí, pero en un sentido, al margen del mundo también.  Estar en el mundo, sin perderse en él, entrando y saliendo, adaptándose y desafiándolo, sería la manera de hacer sobrevivir el amor.

Cuando el amor se mantiene vivo, la relación de pareja tiene para los amantes más importancia que el entorno social; esto se deja ver a la hora de dedicar tiempo, energía y motivación a algo claramente doméstico, más convencional o básicamente productivo, lo cual siempre pesa más que el encuentro amoroso mismo. Por el contrario, las parejas ya empobrecidas en su interioridad, se llenan de ruido para evitar el vació que se impone a la hora del encuentro mutuo.

Siempre es importante que ambos miembros de la pareja sientan que su relación es fructífera, que abre puertas nuevas y les permite seguir creciendo, teniendo una buena vida. Es básico intentar cosas nuevas si lo que deseamos es mantener a flote esa barca, difícil de conducir pero que puede ser bella, que es el matrimonio.

El amor crece en la presencia pero el deseo requiere la ausencia… binomio difícil, pero posible de conjugar…

Pareciera que uno de los papeles más exaltados, endiosados y mitificados es el de la “Buena Madre”. Pero, ¿hemos nacido las mujeres para ser madres? ¿Es cierto que la maternidad nos “completa” y da sentido a nuestra existencia? Estas preguntas, que nunca plantearíamos a los varones, nos hacen pensar que la maternidad ha migrado de ser una opción más entre las alternativas de vida femenina, al campo de lo “natural”, para convertirse en el cumplimiento de un mandato instintivo.

Un elemento que dificulta profundizar en este tema es el prejuicio que consiste en suponer que todos sabemos lo que es la maternidad, lo masculino, lo femenino, la familia y la sexualidad. A diferencia de lo que ocurre en otros campos del conocimiento, en los cuales fácilmente reconocemos no tener competencia alguna, en temas de la vida familiar (y particularmente de la maternidad) tenemos la sensación justificada de conocer el tema por haber nacido y crecido en una familia.

Muchas mujeres nos vivimos atrapadas entre ser una madre perfecta y ser una mujer normal. ¿Qué podríamos considerar para desmitificar el papel de la buena madre? ¿Existen algunas premisas que nos ayuden a poner la maternidad en el plano de lo real y no de lo celestial?

Van algunas ideas… 

  1. Pregúntate qué es para ti ser una madre perfecta… ¡Para no serlo!: Tenemos preconcepciones idealizadas sobre el amor materno. ¿Cuáles son?: las mamás disfrutan a sus hijos, lo más importante para ellas en la vida es ser madre. Seguro lo que te dices sobre ser una madre ejemplar es más un mito que una realidad. Se sabe que la exaltación del rol de madre -históricamente hablando- es bastante reciente.
  2. Deja de buscar (y rebuscar) tu instinto materno: La maternidad es una vocación, no un llamado de la naturaleza. Si ya los tienes y resulta que “no se te da”, hay mucho que hacer para ser una madre suficientemente buena. Pero la maternidad es más una elección que una llamada de la naturaleza, así que no tienes que torturarte por no experimentar esa sensación. No es lo mismo la capacidad de tener hijos (maternidad-motherhood-gestación = biología) que el deseo de tenerlos y cuidarlos (maternidad-mothering = crianza).
  3. No intentes evitar –a toda costa– su sufrimiento: Todos, de una u otra forma, vamos a sufrir, la vida conlleva un sufrimiento inevitable, por tanto tus hijos van a sufrir. No se trata de infringirles dolor innecesario ni de descuidarlos actuando con negligencia y exponiéndolos a situaciones riesgosas e innecesarias. Pero el dolor curte y no sobreprotegerlos -con el fin de que sepan manejar los dolores propios de su edad o los tropiezo que la vida les ponga inevitablemente-, les genera seguridad y madurez.
  4. No te quedes con su padre si no es una buena pareja para ti: Se puede ser un buen equipo de padres sin ser pareja. No sirve quedarse en una mala relación de pareja por los hijos; no sirve ni a los hijos, ni a la pareja. Una madre “sacrificada” en una relación que se ha agotado o que es lastimosa será un ejemplo de frustración y sometimiento.
  5. Deja que se equivoquen: El que tus hijos cometan errores no es prueba de que tu has fallado como madre. Tolerar el malestar que te producen los errores que tus hijos cometan es un elemento indispensable para que ellos asuman responsabilidad de sus decisiones, de las consecuencias de sus actos y para que aprendan de las consecuencias que viven. Ayúdales a aprender del error.
  6. No juegues con ellos a algo que a ti te fastidia o no te gusta: Enséñales a divertirse con lo que te gusta a ti. Es mejor que te vean realmente divertida y conectada con ellos haciendo algo que movilice tu interés, que aburrida y disque “interesada” en lo que a ellos les gusta y resulta ser un suplicio para ti.
  7. No des la vida por ellos: Vive tu vida, y compártela con ellos. La sumisión, el altruismo excesivo, el sacrificio, la abnegación, son actitudes que con frecuencia llevan a la mujer a postergar o frustrar sus propias necesidades para sostener las demandas de otros. La única manera de sostener esto es reprimiendo el enojo y controlando la agresividad. Las mujeres que dan la vida por los hijos no solo con el tiempo se los cobran, sino que tienden a descuidarse, frustrarse y terminan, si no enfermando, siendo una carga para ellos.
  8. No leas más libros sobre cómo ser una buena madre. ¡Lee buenas novelas! Si estás en la pasión de la maternidad, que sean con temas de mujeres, familias, dilemas de la convivencia familiar. Generalmente las buenas novelas son más reales que los libros de autoayuda en temas de crianza y maternidad.
  9. Dales a conocer tus limitaciones: No les hagas creer que nada te duele, que todo lo puedes y que siempre la pasas bien. Que miren tus imperfecciones, distingan tus sentimientos y reconozcan tus necesidades los ayudará a ser vulnerables y más humanos. Al final, no somos ángeles, ni dioses, somos seres humanos. Además, saberte limitada les ayudará a ellos a reconocer sin vergüenza sus propias limitaciones.
  10. No extiendas tu rol al resto de tu entorno: Existen mujeres que a falta de una identidad más allá de su rol, son madre-esposas; se adjudican no solamente el cuidado de sus hijos, sino el de sus parejas o sus padres, vecinos, jefes y demás también.
  11. Tu hijo no puede ser tu proyecto de vida: Tienes que tener un proyecto de vida personal. No se trata, por supuesto de negar que la maternidad pueda ser un proyecto atractivo, pero no el único: sólo es necesario subrayar que se trata de eso, de un proyecto y como tal es optativo.

Para ser una buena madre habrás que soltar el qué dirán y echar de lado los mitos sobre la maternidad. Una buena madre prioriza el vínculo con el hijo, la verdadera conexión y la genuina contención. Más que por las formas, trabaja en lo esencial. En lo esencial de su propio crecimiento y en la relación amorosa y de cuidado con su hijos; y ¡ojo!, no ser una madre perfecta no implica abrir la puerta a la negligencia y a la violencia.

Seamos madres “good enough”, que lo que menos tiene la vida es perfección.

“Ahora que decidí terminar con mi pareja, ¿cómo manejo la culpa?” Abandonar una relación siempre es una decisión complicada que nos enfrenta a muchas dudas e inseguridades. El temor a dejar algo que fue o podría ser muy bello, el temor a lastimar a alguien que se amó, el miedo a la soledad, etc., son cuestiones que pueden llevarnos a retrasar el planteamiento de la separación buscando no tomar una decisión al vapor.

Si eres quien propuso el fin de la relación, es probable que llevaras algún tiempo sintiendo incomodidad y preparando “la retirada”. Seguramente dar el paso y sostenerlo te hizo sentir, en mayor o menor grado, culpable. Si tú fuiste el “terminador”, muy probablemente sentirás culpa por lo que hiciste o dejaste de hacer. La culpa genera remordimientos y una sensación de ser in-merecedor, malo y cruel.    En este breve artículos nos enfocaremos específicamente en quien “se va”, en quien decide terminar.

La culpa de manera general se produce cuando lo que haces no corresponde a lo que piensas, y generalmente es porque tus acciones no están a la altura de alguna norma que tienes en tu interior. Nuestro comportamiento se rige por un código interno, generalmente formado años atrás con la influencia de nuestros padres y educadores primarios. Este código está constituido por normas que operan en nosotros, algunas de manera consciente, otras de forma inconsciente.

El sentimiento de culpa es funcional si te ayuda a resolver un problema, a cuidar de ti mismo y de los demás, así como a reparar los daños de acciones equivocadas. Sin embargo hay una culpa disfuncional que sólo añade sufrimiento  a tu vida convirtiéndose en un problema más.

Necesitas mucho discernimiento y flexibilidad para distinguir qué “culpas” le corresponden a cada quien. Esto es, cada miembro de la relación hizo y dijo cosas, de las cuales cada uno debe hacerse cargo: la responsabilidad de nuestros actos no puede ni debe ser delegada a nadie con el fin de “lavarnos las manos”.            En muchas ocasiones sentimos culpa por algo que, realmente, no estaba en nuestras manos evitar. Otras tantas ocasiones somos responsables de cosas que no hemos notado, o bien no queremos aceptar.

Será bueno, al enfrentarse a las decisión de terminar una relación, considerar los siguientes puntos:

  1. Reconoce y valora los esfuerzos e intentos que hiciste por resolver los problemas antes de romper. Algunas veces la culpa proviene de pensar que “no se hizo lo suficiente para reparar las cosas”.
  2. Revive la experiencia de insatisfacción y sufrimiento que te motivaron a salir de la relación. Esto es importante para mantener en ti las causas que te llevaron a ello y no perderte en los “hubieras” o pensando que quizá deberías dar marcha atrás.
  3. Anota los deseos, intereses, necesidades y valores que se veían truncados al ser pareja de esa persona.
  4. Recuerda lo que sí te dio la pasada relación, hónralo y agradece en tu interior haberlo vivido.
  5. Pregúntate cuál es la razón precisa por la que sientes culpa: ¿causaste algún daño real o la culpa viene de repetirte constantemente que eres “malo” por estar “abandonando” tu relación?
  6. Si reconoces que lastimaste a tu ex innecesariamente, pide disculpas cuando sea el momento preciso y trata de reparar en lo posible sin abrir las puertas a una reconciliación. Es importante responsabilizarte de tus acciones pero recuerda que reconciliar y reparar el daño no tiene porqué implicar que tengas la intención de retomar la relación.
  7. Visualiza la vida futura que se abre para ti gracias al valor de terminar con una relación que no correspondía a la persona que hoy eres, e inicia el camino de conquista de ese futuro que comienza a partir de hoy.

 

Ya Voltaire afirmaba hace muchos años: “He decidido hacer lo que me gusta porque es bueno para la salud”. Es mejor dedicarnos a vivir lo mejor que podamos y esperar, sin mayor certeza, que nuestra felicidad les cause alegría a los demás. Estos son los términos sobre los que cabe actuar para romper las cadenas emocionales que nos aprisionan mediante la culpa. Una vida plena requiere de sentirnos satisfechos con nuestras relaciones, nuestras actividades y saber que, frente al sentimiento de culpa, tenemos la madurez emocional para hacernos cargo de nuestros errores.

Nunca me hubiera imaginado llegar a la edad que tengo, en la situación que vivo, y con los varios retos que me faltan afrontar: ni lo hubiera pensado, ni lo hubiera pedido, menos se me hubiera ocurrido que pudiera ser así. Sí, voy a la mitad de mi vida, estoy divorciada, soy madre soltera de cuatro adultos jóvenes “en vías de desarrollo”, y ando sin novio en puerta a quien besar. ¡Tranquilos! que tras el añejo divorcio, ¡novio sí he tenido!, pero el segundo rompimiento – si bien no hubo ni anillos, ni altares, ni actas que firmar – fue como un  “divorcito” también.

Y con todo esto a cuestas y otras “graciosadas” acumuladas a lo largo del camino, cada noche me duermo dentro de unas suaves sábanas blancas, envuelta en un ligero camisón elegido de acuerdo a mi ánimo y a nuestro clima, con la ropa de mañana – minuciosamente elegida- colgada en un perchero de mi armario, y sobre mi buró plateado unas notas hechas a lápiz con los que haceres del día siguiente que está a pocas horas de llegar.

Todo esto en medio de un montón de libros desparramados a diestra y siniestra, que turno entre noche y noche, entre sueño y sueño, y entre las decisiones que cada día tengo que capotear. Así – y sintiendo burbujillas de emoción en la panza-  me entusiasma el llegar de las noches y me motiva el despertar de los días, y junto con ellos todo el “circo, maroma y teatro” que disfruto sin duda en este caminar.

Mis hermanas –todas bien casadas y poco enamoradas- me observan y cuestionan con cara de sospecha y curiosidad:  “¿Estás contenta verdad?” ¿Qué de plano tendría que estar tirada al drama por no continuar con un tipo de vida que algún día pensé que nunca se iba a acabar? Pues cómo explicarles que su percepción no falla pues la edad no me pesa, la energíaerular urbujas en la panza y en e algnavegar por mares picados marea un poco pero no deja de estimular urbujas en la panza y en  no la pierdo, el miedo no lo consiento, y entre una y otra cosa me voy alistando para la llegada de un nuevo amor. ¿Que la vida que vivo puede ser más difícil que la que viví hace ya algunos años? No lo niego ¿Pero que sin duda también mi existencia es tanto mejor? ¡Lo sostengo!.

Fuera de esquemas tradicionales y parejas matrimoniales disfruto de tardes libres, trabajo en proyectos nuevos y convivo con amistades de corazón.  Y para aderezar la gozadera visto trajes italianos, conozco hombres “celestiales” y mundanos y bebo Martinis con Bombay. ¿Por qué pensar que salirse del camino “perfecto”, el matrimonio “intacto”, la familia “soñada” es producto del error o de la equivocación?

Yo he reencarnado varias veces en esta única existencia que tengo, y con ello transitado lo elegido y lo inesperado, y por nada escogería ni otro cuerpo, ni otro espacio, ni otra vida que vivir.  Pero eso sí ¡enough de largos trayectos por carreteras de cuota!  Todo tan derechito me aburre, me adormila,  yo me sigo por la libre que en la terracería disfruto el bamboleo y transito con gracia y con estilo también…

Me decía el otro día Fernanda mi amiga, -arquitecta renombradilla, de 42 años, soltera desde hace 6, mujer determinada, y agraciada por demás – “Mira Tere, siento que ya se me antoja volver a hacer vida de pareja, pero tengo una lista tan grande de cosas que quiero hacer antes de renunciar a mis espacios, que no se cuánto tiempo más lo voy a postergar”.

¡Como que algo no me “cuajó”! “¿Pero cómo Fernanda?  ¡Si lo que vas a tener es una pareja, no un bebé, menos aún un capataz!”. Me contesta con voz reservada: “Ya ves que a mi lo de pedir y negociar, me cuesta…”

Me cuestiono para cuántas personas el vivir en pareja es sinónimo de tener que clausurar una parte importante de sí mismas: deseos, necesidades,  intereses, valores, y no sé que tanto más. Y eso que no soy de las románticas que piensa que la vida en común se da sin desacuerdos, postergaciones, y una que otra renuncia por ahí, pero ¿anularte? ¡No!

Una de las más importantes tareas de la vida es conquistar la independencia emocional, aspecto nodal de la madurez; la otra, tener relaciones significativas, -de amistad, en familia, y/o de pareja – ¿Pero cómo integrar el “binomio” pareja/autonomía sin que una cosa socave a la otra?

Todos de una u otra manera somos emocionalmente dependientes: primero con nuestros padres, luego con la pareja; pero esta dependencia, llevada al extremo, deriva en problemas emocionales y en problemas con los demás.

Recuerdo a Fernanda en su anterior relación: muuuuy al pendiente de su ex, ansiosa de no converger en todo, desgastada cuando tenían diferencias, y tratando de adaptarse para complacer. ¡Harto malestar tolerado por el temor de “testerear” su relación.

Hay también quienes se van al otro extremo, y para no sentir es “cosilla” interna de estar presionadamente por y para el otro, se alejan emocionalmente evitando así salir dañados en sus sentimientos, capoteando los desencuentros y la fricción, y anulando con todo ello la posibilidad de una conexión emocional que igualmente los presiona.

Pues sí, ser independiente en lo emocional se trata de ser interdependiente, y balancear ambas tendencias: la cercanía y la distancia con el otro.  Es que a estas alturas del partido sentirte atado y asfixiado por una relación, o bien experimentar constantemente el miedo de no ser querido y el riesgo de ser abandonado, ¡es un precio muy caro!. Caro para ti y caro para tu  pareja, a quien tratarás de alejar para que no te ahogue con su cercanía,  o bien a quien presionarás pidieno –a cada rato y todos los días- muestras de un amor eterno e incondicional.

Ser s1ngular es desarrollar un sentido sólido de identidad y tener la capacidad de contenerse a uno mismo ante los desafíos de la vida y la incertidumbre cotidiana, y luego, -entonces sí – a disfrutar de la vida de a dos…

 

 

 

 

 

Desde nuestra infancia, escuchamos infinidad de veces la palabra “amor”, y durante años vamos por la vida tratando de comprenderlo, de encontrarlo y de conservarlo. “El amor lo puede todo… y, por tanto, si es verdadero nada debe influir en él, ningún obstáculo, ninguna contingencia”, es la frase que para muchos sirve de credo en cuestiones de pareja. Sin embargo, realmente pocas veces nos preguntamos con calma qué pensamos que es el amor, y menos veces aún nos cuestionamos nuestras creencias acerca de él, es decir, todo aquello que nos dijeron sobre él o que comenzamos a creer a través de las experiencias que hemos tenido en cuestiones amorosas. Si bien todos podemos tener claro qué cosas buscamos en una persona para desear tener una relación de pareja con ella, existe una serie de creencias tradicionales que, en gran cantidad de ocasiones, truncan el amor, lo dificultan y le arrancan esa capacidad que tiene para transformar y hacer crecer a quien lo siente.

¿Cuáles son estas creencias?

– “El amor no se acabará nunca.”

Contrario a lo que dice esta frase, el amor tiene fecha de inicio y también fecha de final. El amor se acaba, se muere, así como la vida misma: alguno de los dos podría morir en cualquier momento. Y justo porque acaba, cuando empiezas una relación tienes que estar dispuesto a pagar el dolor que implica que ésta se llegara a terminar. Lo único que dura toda tu vida, es tu propia vida.

– “El amor es incondicional.”

Si quieres dar todo por amor, vete de misiones o arma una fundación: no tengas pareja. La realidad es que, por mucho que amemos a una persona, no es buena idea estar ahí en cualquier circunstancia: hay situaciones que no deberían menos que llevarnos a terminar una relación, o bien, a dejar de amar.

“El amor encuentra a la pareja que ‘tenemos predestinada’, la que encaja con uno y que, por lo tanto, ha sido la única buena  elección posible entre muchas.”

Nadie puede darte lo que te falta. Eso viene de adentro. No encuentras tu media naranja, no hay personas a medias, hay personas completas con defectos y virtudes. No puedes ir por la vida ofreciendo la mitad de una naranja que se está secando y que alguien completo no querrá.

– “El amor son los cálidos sentimientos que nos produce la pareja.”

A mayor intensidad emocional, mayores nuestras necesidades “neuróticas” aparentemente satisfechas con el encuentro. Si creemos que el amor se cifra sólo en lo que me causa el otro, decir te amo equivaldría entonces a decir: “por favor quiéreme y hazme sentir tu amor”.

A veces un buen amor, atraviesa por una sequedad “emocional”, y es aquí cuando viene la inteligencia y el aplomo, a sostener la crisis de la relación.

– “El amor debe conducir a la unión estable de la pareja y constituirse en la base del matrimonio.”

Hay amores buenos, y comprometidos, sin contrato matrimonial. El amor y el deseo no requieren, necesariamente, de papeles que justifiquen la unión.

– “El amor es fusión.”

Hay fusión cuando se da un completo intercambio de complementariedades en lugar de un intercambio de identidades. El amor es un acto de atención, voluntad, consciencia constante, no de pérdida de quienes somos. La pareja está conformada por dos personalidades que deben complementarse, no sumarse en una unidad homogénea.

– “El amor auténtico es monógamo, solo puede sentirse por una persona.”

Uno elige ser monógamo, no se es monógamo por el simple hecho de amar. Si bien este tema varía entre pareja y pareja y la poligamia debe ser un acuerdo, la realidad es que podemos amar a más de una persona (familia, amigos, pareja) sin que por ello amemos menos o mal a cada una de ellas.

– “El amor para ser amor tiene que ser romántico.”

El romanticismo surgió en otro siglo y consiste en un amor idealizado, imposible, inalcanzable. Actualmente, la razón más aceptada para contraer matrimonio o formar pareja es estar enamorado, y suele creerse que si no se atraviesa un estado de enamoramiento, no existe verdadero amor. El enamoramiento es un estado “alterado de conciencia” en donde realmente no amas a la otra persona sino que “idolatras” a la imagen idealizada de la misma. Si uno deja de estar apasionadamente enamorado, o no vive para halagar y ensalsar al otro, no significa que no ames a tu pareja.

– “El amor es total.”

Cuando se piensa que nada cabe excepto el otro, la relación se empobrece y se acaba en el aburrimiento, en el mejor de los casos, sino es que en el control, los celos e incluso la violencia. Creer que tu pareja “todo lo tendrá contigo y sólo contigo” llevará a numerosos actos de hostigamiento y de posesión. Tu pareja tiene amigos, familia, intereses y más áreas que no necesariamente te incluyen a ti. El secreto es aprender a ser parte de su vida y aprender a compartirle tu vida.

– “El amor todo lo sabe.

Olvidar que siempre somos un misterio para el otro, llevará a expectativas insatisfechas y a desilusiones constantes. Cada uno debe tener su espacio, su intimidad, incluso sus secretos, lo cual no significa que esto sea un “engaño por omisión”.

– “El amor nada teme”

Decía Cortázar: cuando te regalan el reloj, también te regalan el miedo a perderlo. No es valiente el que no siente miedo al amar, sino el que sabe cómo controlarlo y arreglarlo.

– “El verdadero amor va a satisfacer tus necesidades”

El amor infantil busca satisfacer todas las necesidades del niño. Un niño espera que sus carencias y demandas queden resueltas a través del amor. El amor adulto siempre nos deja un poco insatisfechos porque no hay nadie que pueda colmar nuestro infinito deseo, y nuestras nuevas y permanentes necesidades.

– “El amor es tan importante que ha de ser tu principal propósito en la vida”

El amor de pareja es importante, si lo está, pero la vida es mucho más que la vida de pareja. La pareja no puede ser tu proyecto de vida, requerimos de un proyecto de vida personal que incluya trabajo, amigos, hobbies, familia, descanso y pareja también, si la queremos. Pero la vida va más allá del “cada oveja con su pareja”.

 

Sería buen ejercicio comparar nuestras creencias con esta lista. Quizá hemos cargado sobre la espalda del amor muchísimas cosas que no le corresponden, lo que causa que también sobre los hombros de nuestros amados hagamos lo mismo: poner pesos, responsabilidades, obligaciones o fantasías que no tendrían porque cumplir. Claro está que no se trata de dar todo nuestro amor a cualquiera que pase por la calle, pero debemos aceptar que aquel a quien amemos no está obligado a satisfacer todas nuestras necesidades, como si de un producto en el supermercado se tratara.

Dejemos que el amor se presente de manera ligera, libre, real, sin falsas esperanzas, tabús o exigencias. El amor es alado y tiene buen juicio, ya no es más un loco y ciego flechador… si así lo queremos.

 

Las mujeres hemos hablado y, con más o menos acierto, nos hemos expresado y vamos siendo escuchadas. Son ya muchos años de manifestar lo que no queremos y de afirmar lo que necesitamos,  de señalar lo que nos lastima y de dar a conocer lo que anhelamos. Siglos de sumisión y exclusión nos han hecho congregarnos, apoyarnos, prepararnos y mostrarnos. Falta mucho por andar pero hemos conquistado territorios, derechos y autonomía.

¿Y los hombres? ¿Cómo se posicionan ante esta transición galopante que va amainando el patriarcado y en la cual van perdiendo privilegios, amores y paciencia? Soy madre de cuatro varones que se mueven entre varios mundos: el de la presión del entorno masculino que aún les señala –y exige-  “lo que es el éxito y la valentía propia de su ‘masculinidad’”; el de una madre feminista que no pierde la ocasión de señalar la injusticia y la violencia que día a día sigue salpicando, si no es que golpeando, nuestra feminidad; el de un mundo de mujeres jóvenes (y no tan jóvenes) que les piden cosas contradictorias, defienden argumentos ambivalentes y esperan amores imposibles de lograr.

¿Acaso esta transición sostenida nos tiene a todo mundo confundido y atarantado? Ale, el tercero, me dice que sigue sintiendo la presión del entorno por lograr un tipo de éxito económico que es “la carta de presentación” de su valía personal. Ber, el menor del grupo, se frustra porque muchas chicas interpretan su genuina sensibilidad como un “truco para conseguir algo carnal”: “madre, ¡qué afán de pensar que solo nos interesa el contacto físico!, yo busco la conexión emocional, las buenas charlas, la mutua comprensión”.  Diego no deja de compartirme, y de pronto de plano consultarme, cómo actuar ante situaciones concretas en donde el tema económico, el compromiso emocional, incluso las formas en el trato con mujeres, lo han hecho dudar de su proceder. Y bueno, Ro, el mayor de todos, a quien la cabeza nunca le para, estudia e investiga el tema, recalca lo que no todos sabemos: la mortalidad de más hombres que mujeres en temas de abuso de sustancias, pleitos callejeros, accidentes diversos y sin duda desde bajas por tener que ir a la guerra, hasta muertes prematuras por descuidos a su salud.

Pues sí, el patriarcado no solo afecta a las mujeres, los hombres también están pagando costos altos. ¡Es que eso de tener que ser siempre fuertes,  ricos y contenidos en la vida emocional…! Entre hombres es difícil mostrar debilidades y compartir los dolores del corazón. Controlar la esfera de lo público ha dejado a la deriva su mundo interno y muchas veces su vida personal. Y así se genera ese círculo que esclaviza a hombres y mujeres: si ellos no dan dinero no se sienten dignos de obtener amor, y si ellas no dan amor no aseguran una estabilidad en el mundo material. ¿Qué se van desmantelando estas premisas? Sí, pero más lento de lo que quisiéramos imaginar.

No se trata de que los varones adopten un modelo masculino que las mujeres implanten: hombres y mujeres somos diferentes y es momento de crear un propio y nuevo proyecto de masculinidad, apto para nuestros tiempos. Que hablen los hombres, muchas mujeres estamos listas para el cambio, y los queremos escuchar.

“Aunque el casamiento es ratonera, nadie quiere quedarse afuera”

 Antropología de la relación de pareja

Nos hemos construido como la especie que somos a lo largo de millones de años gracias a la evolución de nuestra sexualidad. Si nos situamos en el África Ecuatorial hace una buena cantidad de miles de años, y sin saber a ciencia cierta por qué razones, un tipo de primates “decidieron” bajar al suelo. Y estando abajo, ¿qué es lo primero que vieron? ¡Nada! Vieron que su postura cuadrúpeda con la crecida altura de la hierba les impedía la visibilidad. Es al bajar de los árboles que inició la transformación de su estructura ósea con la finalidad de poder andar erguidos. La postura bípeda fue un avance muy práctico pues liberó sus manos, facilitó la recolección, y permitió explorar los espacios con más seguridad, entre otras cosas.

Pero las ventajas de convertirse en bípedos tuvo sus desventajas mecánicas. Particularmente con la postura erguida las vísceras hacen peso sobre la pelvis, la cual obliga a que sus huesos se cierren para evitar la caída gravitatoria de las mismas. Al estrecharse la pelvis, el canal del parto se hace necesariamente más angosto lo cual repercute en la salida de los nuevos críos gestados. Simultáneamente, aumenta la masa cerebral y en consecuencial aumenta el tamaño del cráneo. Ambas cosas hacen que los seres humanos tengan que nacer antes de lo que sería lógico para un mayor estado de madurez fisiológica y cerebral, de otro modo no cabrían por el canal de parto, naciendo así muy inmaduros en comparación con otras especies y necesitando muchos más cuidados durante un periodo prolongado de tiempo.

La larga época de crianza que deriva de esto tiene varias consecuencias: se hace más prolongado el intercambio entre el infante y los progenitores quienes le van a trasmitir más información por la cercanía que mantienen que por los genes que le heredan; la herencia cultural adquiere por tanto un importante papel sobre la herencia biológica. Por otro lado, la hembra va a requerir de cierta protección y seguridad mientras se lleva a cabo la compleja y prolongada crianza.

El estar erguidos también lleva a los seres humanos a tener sexo cara a cara, se comienza a sentir gusto por unos más que por otros, el periodo de celo desaparece en la hembra humana, lo cual hace que los intercambios sexuales sean frecuentes y no con el solo fin de la reproducción. Pareciera que ese incipiente emparejamiento cumple la doble función de disfrute y de cuidado al crío. La dimensión básica de la sexualidad es así la plataforma para la generación de vínculos: la presencia del otro, el contacto físico, la cercanía, lo social, los conflictos, las envidias, y el amor como fenómeno, empiezan a aparecer como propio de lo humano.

¿Pero hoy? ¿Seguimos hechos para vivir en pareja?

Sí y no…

Somos no solo seres biológicos, también somos seres culturales y todos los cambios vividos nos hacen desear en mayor y menor grado una vida compartida.

Somos seres relacionales… Sí, ¿pero necesariamente seres que necesitan una pareja para subsistir? No…

Marie France Yrigoyen en su libro Las Nuevas Soledades nos dice que hoy, los seres humanos hemos de aprender a vivir temporadas acompañadas y temporadas en soledad.

¿Por qué?

Porque las condiciones sociales han cambiado: antes era imposible sobrevivir, producir y reproducirse si no era en pareja y familia. Hoy en un mundo individualizado, con avances científicos y tecnológicos, la vida unipersonal es posible.

Ya no se necesita matrimonio como transición a la adultez, paquete en el que se obtenía sexo, libertad, hijos. Se puede tener sexo sin hijos, pareja sin matrimonio, matrimonio sin hijos, hijos sin sexo, etc. Aun así se privilegia la vida en pareja, por eso cabe la pregunta, ¿por qué quiero tener pareja?

La gente que busca frenéticamente una pereja ¡No la encuentra! La espanta…

Razones para NO tener pareja:

Si bien la vida de a dos ha de sumar a las posibilidades de vida y de satisfacción, hay indicios que no llevarán esta elección a buen puerto.

  • Para que no me sienta “raro” o “rara”
  • Para dar gusto a alguien: mis papás, hermanos.
  • Para poder accesar a ciertos espacios (generalmente muy conservadores)
  • Para tener hijos. O para que mis hijos tengan un padre o una pareja.
  • Para que me mantengan.
  • Para tener una vida sexual satisfactoria. Y para no contraer enfermedades sexuales.
  • Para sentirme completo.

Hoy la vida en pareja genera sentimientos ambivalentes: queremos sentirnos acompañados, pero no perder libertad, queremos estar con alguien pero dudamos que ese alguien sea la mejor elección…

Nuevos acuerdos amorosos

Saber que hoy se pueden vivir diversos acuerdos que nos acompañen en la vida, amorosos o amistosos, sexuales o no, incluyendo con periodos de soledad y aprendiendo a vivir en ella, es la posibilidad de construir amores suficientemente buenos. Además, desmitificar la vida en pareja como única opción de vida válida, es una realidad que se va imponiendo.