El “fast love”, fácil y rápido, así como la “fast food” (comida rápida), está de moda. Y es por eso que las parejas difícilmente duran más de lo que el enamoramiento les pueda dar. El enamoramiento se puede dar en un “flechazo” pero el amor se cuece a fuego lento.

Construir un buen amor nos requiere de ciertas habilidades y “requisitos” particulares que podemos desarrollar. Veamos de qué tratan algunas de ellas.

1.- Tolerancia a la frustración: Si esperas satisfacciones y placer constante no lograrás brincar los momentos ríspidos y las circunstancias de aridez que todo amor conlleva.

2.- Flexibilidad: Esta te permite integrar las diferencias que el otro trae a la relación y modificar algo tuyo para bien de la pareja. Podemos cambiar algunas cosas pero hay diferencias irreductibles que se deben conocer y aceptar.

3.- Auto Conocimiento: El conocerte te permite elegir mejor y también respetar tus necesidades, intereses y valores dentro de la relación, así como ponerlos al servicio del otro. Además el auto conocimiento te permite adecua tus aspiraciones a tus posibilidades.

 

4.- Capacidad de llegar a acuerdos: Los buenos amores son los que actualizan su relación. Las diferencias se aceptan y el manejo de las mismas se negocian a través de acuerdos temporales que cuando sea necesario se pueden actualizar.

5.- Técnicas de comunicación: si no sabes escuchar y no te puedes expresar, difícilmente podrás poner sobre la mesa tu punto de vista y entender, al mismo tiempo, la perspectiva de tu pareja.

6.-Independencia económica: La independencia económica te da mucho margen de acción además de sumar recursos materiales a la relación. El amor no florece bien en la escases, además de que la falta de recursos de alguien lo hace más vulnerable al control del otro y a la igualdad en las negociaciones.

7.-Autonomía emocional: Pero “no solo de pan vive el hombre”. La autonomía consiste en la capacidad de poner los límites que necesitas con el otro sin tener que romper, distanciarte o cerrarte del todo. La autonomía emocional te permite manejar tus afectos de forma que te puedas auto contener ante la ansiedad que genera la aparición de ciertos problemas así como legitimar lo que requieres y deseas.

8.- Un proyecto de vida personal: El amor no puede ser tu único proyecto de vida. Quien tiene una vida con sentido y con pasión está más capacitado para sumar y no para restar a una relación.

Cada uno tenemos personalidades distintas y sin lugar a dudas nuestros rasgos de carácter condicionan la forma en la que nos relacionamos con una pareja. Pero además de aprender a pulir nuestra personalidad podemos desarrollar herramientas y recursos personales que nos aporten madurez y con ello mayores competencias para construir un buen amor.

Elemento para NO tener un buen amor

Cuántas veces nos vemos enredados en amores, cortos o largos, en donde más que adquirir una sensación de placer, bienestar y crecimiento, nos sentimos debilitados, drenados y con una necesidad de “poseer”, por encima de todo, a esa otra persona.

Los amores tóxicos implican relaciones que generan angustia ante la separación del otro y que requieren de la fusión. Son amores que viven compulsivamente la sexualidad buscando tener una sensación de intimidad y que controlan a la pareja a fin de asegurar la seguridad “absoluta” y la permanencia “eterna”.

Estos amores, como se observa en la descripción anterior, se caracterizan por desplegar comportamientos específicos que echan por la borda la construcción de buenos amores. Mencionemos aquellas conductas más comunes que generalmente pueden verse como “normales”:

  • Buscar frenéticamente el amor sin considerar si el sujeto amoroso es adecuado.

  • Insistir en una conquista sin tomar en cuenta si la relación con esa persona es viable. Elegir personas que son egoístas, egocéntricas, patanas y enfermas que demandan de un protagonismo incesante, aunque ello pueda lastimar.

  • Escasa tolerancia a la frustración que el amor tiene como parte de la vida lo cual impulsa a tomar acciones de evasión y de escape, refugiándose en otras personas.

  • Incapacidad de autocrítica, proyectando los problemas y las responsabilidades personales en la otra persona.

  • Dificultad para aceptar relaciones igualitarias con las personas en general y con la pareja en particular, posicionándose en una postura sumisa o ventajosa, ambas de poca responsabilidad y compromiso.

  • Miedo constante de perder al ser amado y ansiedad ante su ausencia. Equilibrio emocional precario y necesidad desmedida del otro para alcanzar una estabilidad básica.

  • El deseo de cambiar al otro ―a través de la insistencia, la súplica o la amenaza―  y darse a la tarea de que “el amor” lo mueva a donde uno necesita antes de cambiar uno mismo.

  • Exigir más de lo que se da: pedir permanentemente más afecto, más atención, más servicios, más dinero, más, más, más…

  • Sexualidad compulsiva: relaciona la afectividad con la sexualidad sin importar la calidad de la misma.

  • Necesidad de celar al ser amado. Y sí, los celos se dan en el territorio del amor pero no son derivados del amor. Pensar que “celar es amar” es una idea romántica y errónea de quienes alimentan la creencia de que si su pareja no es “algo” celosa es porque no las quiere de verdad.

  • Conductas de abuso, violencia y maltrato que ponen en riesgo la integridad física, emocional, y social, cuando no también la económica y patrimonial.

 

Una cosa es que alguno de estos comportamientos pueda llegar a presentarse en una relación como un caso en particular y aislado y otra muy diferente es que uno o más se presenten de manera constante.

Todos los amores presentan desafíos en donde cada uno de los miembros de la pareja debe trabajar lo que le corresponde, pero distinguir entre un reto particular y un patrón que se repite constantemente, es esencial para salir de ese círculo tóxico.

Un buen amor genera calma, aumenta nuestras opciones de vida, genera diversión y placer y nos aporta madurez. Los amores tóxicos, por el contrario, nos limitan y nos marchitan. ¿O prefieres la supuesta “certeza” al genuino bienestar?

 

 

 

En mis tiempos de temprana juventud (porque a mis 55 me sigo sintiendo muy joven) era difícil concebir la posibilidad de enamorarse y aventurarse en una relación con alguien al que prácticamente no se conocía. Hoy, pareciera que esta realidad está “a la vuelta de la esquina” (incluida yo, en esta segunda vida adquirida a raíz de mi divorcio).

Por un lado, no sobra decir que en mi “primera vida” -y con un montón de tabúes y prejuicios a cuestas- nunca hubiera considerado válida la posibilidad de vivir un “rush”, esa explosión de placer que da la aventura que –dure lo dure- genera esa intensa experiencia que tantos deseamos y tememos al mismo tiempo; por el otro lado, en ciertos momentos también deseamos algo diferente, entonces nos ponemos límites  y metemos más la cabeza para regular nuestra búsqueda de intensidad y placer, con la idea de construir una relación de mayor solidez y permanencia. Ambas apuestas son válidas, ¿pero qué hacer cuando en la base de nuestras conductas erótico afectivas está el interés de conseguir no solo experiencias satisfactorias y no necesariamente banales, sino un buen amor?

El deseo es bastante irreverente y difícil de domesticar, por eso, si lo que pretendes son encuentros que te encaminen a una relación con cierta proyección a futuro, habrá que aprender a gestionarlo. Son muchos y diversos los factores que necesitan coexistir para que una relación se pueda construir. ¿Qué elementos hemos de considerar para no precipitarnos en el amor?

1. Reconoce tus límites. Tener claro quién eres tú y quién es el otro te hará poder expresar qué necesitas y cómo pedirlo, así como poner límites a lo que no quieras o no puedas vivir en ese momento. A esto se le llama diferenciación y permite modular la cercanía y distancia que requieres vivir en el encuentro, así como el tipo de interacciones e intercambios que buscas vivir.

 

 

2.Tú sabes cuándo tener sexo. Los encuentros sexuales pueden ser, dependiendo de tus creencias y gustos, una puerta de entrada para un mayor conocimiento propio y del otro, o bien, algo que se culmina tras un periodo de intercambio y acercamiento. Ahora, si tu deseo es solo tener compañeros sexuales, o incluso “una cana al aire”, dilo con claridad para no generar expectativas en la otra persona. Y es que el sexo vincula y experimentando alguien se puede enamorar.

3. Ábrete, pero poco a poco. Una cosa es decirte con la cabeza que no te precipitarás, y otra es -cuando sientes la mariposa en la panza- desbordarte queriendo que el otro sepa todo de ti. La clave aquí es ir revelando rasgos esenciales en los contextos adecuados para que la otra persona te vaya conociendo. Además, el conocimiento requiere de tiempo, no solo la auto revelación, sino también la convivencia nos permite mostrar quienes somos. ¡Y por favor no caigas en dar monólogos! Además de dar flojera, comunicas una versión idealizada de ti.

4. Cuida tus tiempos y tu ritmo. Cada relación requiere ritmos diferentes para ir integrando al otro e ir generando una interconexión sana. Para lograr este equilibro es fundamental mantener un balance  de ritmos y espacios entre los encuentros con la persona y ese tiempo para tus cosas (amigos, trabajo, hobbies y demás). Las relaciones sólidas se construyen por personas fuertes que no hacen del amor su único proyecto de vida.

5. La compatibilidad sexual y afectiva no van en el mismo cajón. El esperar que ambas vengan en el mismo paquete puede conducirte a una decepción. Estas compatibilidades, en parte se dan y en parte se construyen y por lo general se dan –si es que se dan- en tiempos diferentes.

 

Suponiendo que todo marche y que la relación se estabilice, eso no significa que el amor tenga que ser eterno, pero tampoco que la apertura a un final implique que no sea un buen amor – que aporte tranquilidad, placer, madurez y crecimiento-, dure el tiempo que dure. Amén.

Cuántas personas no utilizan como perfecta excusa para atascarse o incluso auto sabotearse un rompimiento amoroso. En mis tiempos (ya lejanos) me parecía reconfortante mantenerme activa y haciendo algo, fuera súper relevante o no, pero con el fin de mantenerme en movimiento y no darle vueltas innecesarias a mi dolor.

Hoy está de moda utilizar situaciones de la vida (¡y qué mejor que un rompimiento amoroso!) para no salir de tu cuarto y ver películas que te recuerden a “la susodicha” persona, que tan mal te dejó. ¡Por favor! ¡Basta ya de victimizarse!

Una cosa es sentir tu dolor y otra muy diferente es regocijarte en él. Por supuesto que es parte del duelo el estar triste, pero el no salir de ese desasosiego y ver lo que la vida ofrece es una decisión. Como dice la –ya trillada- frase: “el dolor es inevitable; el sufrimiento es opcional.” Pero entonces, ¿qué debemos considerar para salir adelante de un rompimiento amoroso?

 

1.- Valida tu dolor. Podrá parecer contradictorio con la frase del párrafo anterior que el primer paso sea validar tu dolor. Es necesario no negarlo ni invisivilizarlo, sino vivir y validar el dolor que produce una separación. Así como el extremo de no salir de tu cuarto ni para tomar un baño no ayuda a sanar, el negar el dolor que la separación causa, tampoco es positivo.

 

 

2.- Canaliza tus emociones. Enfoca tu recuperación en ti y toma acciones para canalizar toda esa energía dolorosa causada por lo que estás viviendo. Plantéate adoptar un pasatiempo sin tener mucha expectativa al respecto, lleva a cabo ese proyecto que tanto llevas postergando,  sal con amistades que hace tiempo no ves, haz ejercicio o escribe lo que te venga a la mente. Éstas son algunas actividades que pueden llevarte a ir encontrando (o construyendo, más que nada) un nuevo sentido de vida.

 

 

3.- Planea. Crea estrategias anticipándote a aquellas situaciones en las que más vulnerable puedas estar. Cuídate a ti mismo de aquellas situaciones creando planes de acción para contenerte. Por ejemplo: en comidas familiares donde solías ir con tu ex o cuando salgas a fiestas.

¡Ojo! Planear no significa evadir o evitar cualquier situación que pueda llegar a doler. El tiempo que toma el duelo es importante para superar una separación, pero si no asumes el proceso de manera activa y con la intención de seguir adelante, te será más difícil recuperarte.

 

 

 

4.- Cuestiónate: ¿estoy listo para volver a empezar?

Si ya no te quiebran y desmoronan los recuerdos y puedes ir a lugares que solían frecuentar juntos quizás es tiempo de que vuelvas a “ponerte en circulación”; mandar un par de mensajes a esas personas que sabes que están interesadas en ti, o incluso reabrir tu perfil en esa aplicación de citas en la que estabas. Pero ojo… Es importante que al volver al ruedo no “eches toda la carne al asador” ni quieras pescar el “primer pez” que se te atraviese.

 

Obsérvate constantemente y ve poco a poco; el hecho de que ya estés en momento de volver a empezar no quiere decir “borrón y cuenta nueva”. Si bien tu proceso de duelo puede ir muy avanzado, sigue estando presente en lo que experimentas.  Prueba y confía en tu intuición, pero no confundas esa intuición con impulsos o reacciones que podrían lastimarte.

El proceso de duelo, en donde vas sanando las heridas para volver a tener esa confianza y autoestima que te permita abrirte a una nueva experiencia amorosa, es diferente en cada quien y los factores mencionados se pueden presentar de diversas maneras; aquí lo importante es no perder de vista en dónde te encuentras tú. Recuerda que estás en un proceso en el que debes de ir trabajando día a día y de adentro hacia afuera.

 A mí me gusta vestirme de colorines y tener en mi closet “prendillas” varias de tonalidades múltiples. Y por ahí me dicen algunos “quesque” especialistas en moda que por qué no uso colores más sobrios, que con negro y blanco me vería mejor, que no le quite elegancia a mi lucir.  Si  bien algunas personas me ven curioso, y de reojo revisan que cosita rara me eché encima hoy, yo me desconcierto un poco con aquellos a los que les gusta siempre andar con saquito azul marino, pantalón en tonos grises, y “tan tan”. Y del guardarropa a la cama la cosa tampoco cambia: en el sexo, el erotismo y el amor, la cuestión de la variedad de encuentros, gustos, estímulos y deseos – a los que les gusta solo vestir de “blanco y negro” – les parecen desviaciones sino es que francas “perversiones” y sinónimo de enfermedad. ¡Ah, cuánta moralidad e ignorancia en un espacio que puede ser tan pintoresco, gozoso, variadito y lúdico! Y es que ha sido taaaaan difícil desafiar la heteronormatividad hegemónica (¿suena rimbombante verdad?) como referente absoluto en cuestiones de amores y de sexualidad.  ¿Desde dónde es que nadie piensa que la heterosexualidad sea “rarita”? ¿Por qué asumir que quien explora y adopta otros caminos tiene que tener alguna “tuerca mal”? Con el estandarte de la “reproducción” no podemos soltar la necesidad de prohibir o juzgar la existencia de diferencias en la cama y en el corazón. A mí que no me digan que “la naturaleza dice” o que “la esencia clama”. Muchas cosas de lo humano son producto de la evolución –como el apéndice y el himen que hoy de poco sirven-. La sexualidad y los amores son también producto de lo social y por tanto son mucho más “variopinto” que lo que los sistemas de “salud” pretenden aceptar. Lo que sirve, se usa, lo que no sirve y no molesta ahí está, y lo que no sirve y estorba, a volar. La sexualidad no es “black and white”,  así que pintémonos del color que nos apetezca en este amplio continuo entre homos, heteros, bis  X Y Z  y combinaciones más.

 

 

 

 

¿Cuáles son las necesidades, gustos y criterios de la mujer hoy?

 

La atractividad no es solo una cuestión de belleza o de presencia, sino también de esencia (quien realmente soy) e incluso de consciencia (de qué me doy cuenta). Por eso al hablar sobre lo que hace atractivo a un hombre no nos referimos únicamente a su belleza física, aunque también la implique, sino de más atributos que son parte de la dimensión psíquica la cual  también ha de tomarse en cuenta.

Entendemos la atractividad como la capacidad de despertar interés ajeno como consecuencia del desarrollo adecuado de los atributos y valores personales. Cada uno de esos atributos y valores puede desarrollarse si nos aplicamos a la labor con voluntad y convencimiento.

Entonces, ¿cuáles son los elementos que hoy en día las mujeres consideran más? ¿Es verdad que el físico pasa a segundo plano?

Sí y no; vivimos en una sociedad en donde indudablemente el físico es tomado en cuenta. Lo estético, lo bello, gusta; sin embargo, cada vez son más las mujeres heterosexuales que ponen por delante muchos otros elementos. ¿Y cuáles son esos elementos?

 

1. Inteligencia: es la facultad de resolver situaciones nuevas por medio del ejercicio intelectual. Pero el aspecto que atrae es su aplicación a la interacción social.

La inteligencia que enamora es aquella a la que se le denomina constructiva. Esta consiste en:

  • Escuchar más de lo que se habla.
  • Aceptar más críticas de las que se emiten, sobretodo de los demás.
  • Ser más permisivos con el comportamiento ajeno y exigentes con el propio.
  • Detectar fácilmente los valores ajenos.
  • Posibilidad de mantener relaciones simétricas.

 

2. Simpatía: es la capacidad de despertar el interés ajeno a través del ejercicio del ingenio y el don de gentes. Para ser simpático hay que ser inteligente, aunque naturalmente, no todos los inteligentes son simpáticos. La simpatía es un derivado de la inteligencia verbal, la habilidad social y la capacidad de adaptación al entorno.

Ser extrovertido facilita el ser simpático, pero para ser simpático no es imprescindible tener ese perfil. Ambos atributos se pueden aprender y así ganar algo en extroversión y en simpatía.

 

3. Personalidad: Es obvio que todos tenemos personalidad y que todos tenemos la facultad de mejorarla voluntariamente. No todos gustamos por las mismas cosas pero todos podemos gustar por alguna cosa y la clave de la personalidad atractiva no reside tanto en la magnitud objetiva de sus valores sino en su utilización oportuna y constructiva de los mismos. La persona nace pero la personalidad se hace, o mejor dicho puede hacerse si asumimos la facultad de construirnos.

 

 

La personalidad que enamora es la de quien, siendo admirable, nos hace sentir cómodos en su compañía. La simpatía que enamora es la que hace sonreír, sin burlarse de nadie. Y la inteligencia que enamora es la que sabe ponerse al servicio de una utilización no agresiva de todos los demás valores de la persona.

Entonces es importante, claro está, notar si un hombre cuida su apariencia física y se mantiene saludable; también si es autónomo económicamente, de modo que tenga acceso a una vida digna y rica en experiencias. Pero ni su físico ni su dinero terminan siendo la clave de su atractividad.

 

 

Con el paso de los años y la llegada del internet y de las redes sociales, las relaciones amorosas han evolucionado y con ellas un elemento muchas veces presente; la infidelidad.

Las formas de infidelidad han cambiado tanto en los últimos años: esas formas tan “peliculescas” como el lápiz labial en la camisa o el olor de otro perfume cada vez distan más de la realidad que vivimos. Hoy, con la llegada de los inbox, los likes y los matches las “traiciones” se han vuelto más complejas.

El microcheating (micro infidelidad o micro engaño) se refiere a aquellas conductas que vistas desde fuera pueden parecer poca cosa, pero que ya entrados en una relación pueden llegar a ser un conflicto. El microcheating se define como cualquier acción que involucre a una tercera persona de manera emocional o física en la relación.

El avance galopante en las comunicaciones ha transformado el mundo en general y en particular el mundo de las relaciones. Por eso se ha hecho cada vez más ambiguo distinguir las acciones, gestos, signos, guiños, fotos, llamadas y encuentros que son una infidelidad. Hay una variedad de ideas de “qué tanto es tanto” y en cuestión de principios “se rompen géneros”, pues para alguna persona cierta acción puede no ser “tanto” mientras para su pareja es una traición flagrante.

¿Hay entonces alguna manera de saber si estoy engañando o si estoy siendo engañado? Parece que el acuerdo se toma entre dos, se negocia y renegocia. Porque si no está hablado, infinidad de conductas se prestan a debates, lastimaduras y confusión.

Veamos algunos ejemplos de ello:

1. Tener una “amistad” vía Internet.

Conociste a esa persona y sabes que hubo atracción pero no pasó nada porque tú estás en una relación. De repente ya se tienen en Facebook y un día, sin darte cuenta, ya están hablando por WhatsApp. La cuestión aquí es qué tanta claridad le has transmitido a esa persona sobre lo que sí pueden tener y lo que no. Incluso, tú qué tanta claridad tienes sobre lo que quieres.

 

 

2. “Se me olvidó borrar mi perfil de Tinder”

Si realmente te importa la persona con la que llevas una relación, este tipo de cosas no se te olvidan. Si sigues ahí, es porque te metes aunque sea de vez en cuando y estar en una aplicaciones de citas es un mensaje claro de que tu nivel de compromiso en la relación no está al 100%.

 

3.Mensajearte con tu ex

¿A ti te gustaría que tu pareja tuviera contacto con su ex?

Esto puede ser interpretado de muchas maneras distintas y es muy importante comunicarle a tu actual pareja cómo es la relación con tus parejas pasadas: si lo comunicas y hay claridad al respecto, no hay por qué hacer interpretaciones, pero si se esconde o se decide no comunicar, es donde el conflicto surge.

 

 4.Dar “likes” a publicaciones o fotos de otras personas.

Las redes sociales son un espacio en donde todos buscan ser vistos y un like no necesariamente significa algo trascendente. Es muy subjetivo y ponerse a analizar y encima, estar revisando cada like de tu pareja, te convierte en un stalker y eso sin lugar a dudas no es sano.

 

En este mundo virtual y real, cada vez más complejo, insisto que es esencial  actualizar constantemente los acuerdos entre parejas. Cada persona tiene una forma diferente de ver las relaciones (y con ello la infidelidad) y por ende cada pareja necesitará constantemente de diversos y distintos acuerdos para delimitar el terreno de juego del amor.

 

El hambre de padre es casi universal en las sociedades en las que el ideal de masculinidad incluye el distanciamiento emocional.

Sergio Sinay

 

Es un hecho que uno de los problemas familiares más conocidos y poco resueltos es el de “falta de padre”, ya sea por un real abandono físico o por una ausencia emocional, en tanto que a la mayoría de los hombres se les sobrecarga con mandatos sobre la vida laboral, profesional y personal por encima de la paternidad.

El cambio hacia una nueva masculinidad hace que hoy cada vez más hombres reclamen su lugar como padres activos, presentes y amorosos que no solo represente el sustento y la autoridad. El rol de los padres ha estado minimizado e invisibilizado. Un compromiso social sería afirmar la paternidad redefiniendo la maternidad.

Y como el efecto del cambio que se está dando, hay cuestiones que le corresponden hacer al padre; pero… ¿qué puedes hacer tú para mejorar la relación con él?

 

Algunas sugerencias

1. Dile adiós al padre que no tuviste para poder dar la bienvenida al padre que tienes hoy.                                                              2. Trabaja con el miedo: no erradicarlo pero contenerlo. Mucha gente le tiene miedo al padre. Hoy ya no eres un niño, eres un adulto.

  • Aprende a calmarte.
  • Cuestiona qué es lo peor que podría ocurrir.
  • No olvides la meta: sanar y actualizar la relación con tu papá.

3. Detén lo que te lastima; si se sigue haciendo, incluso aléjate.

4. Pide lo que necesitas (cosas concretas y puntuales) y ve qué sí te puede dar.

5. Valora si sirve hablar o si sirve simplemente estar.

6. Escucha a otras personas hablar de él para tomar perspectiva.

7. Si vas a hablar, busca un espacio a solas. Con más miembros de la familia se activan patrones familiares, alianzas y coaliciones. Además, que haya testigos altera nuestra conducta de ambos y la hace más defensiva.                                                                                                                  

8. Primero pregunta y escucha: “¿Cómo eran las cosas para ti cuando yo era pequeño; qué estabas viviendo y experimentando; cuál fue la historia completa que no se nos podía decir a los hijos y las hijas?” Y la segunda serie va aún más atrás en el tiempo: “¿Cómo fue tu niñez; cómo fue la relación con tus padres?”

9. Si después de escuchar vas a hablar, describe la conducta concreta de él y lo que esa conducta produce en ti.                                                                                                                                                  

10.No esperes ser escuchado la primera vez. Podrías encontrar una total negación, de modo que debes tener listos algunos ejemplos que ilustren lo que quieres decir. Si lo acorralas, puede terminar en una catástrofe.

11.La actividad compartida relaja a los hombres y reduce la intensidad de una confrontación directa. Los materiales básicos de esa relación son los silencios, las acciones que remplazan a las palabras, los actos, las cosas que no se dicen en vida y que son motivo de eterno homenaje después.                                                                                                                                                           

12. Si no crees que sirva hablar, escribe para ti. Repiensa, repasa y re significa el pasado.

13. Trabaja con un terapeuta que te ayude a procesar.

Nada nos impide hoy, ya adultos y responsables, conscientes de nuestra vida, elegir a nuestro padre. No es una mentira, es uno de los padres o una de las versiones de papá que tenemos dentro. Si hasta aquí hemos elegido convivir y pelear con una, ¿no nos merecemos disfrutar de la otra?; ¿no somos también producto de ella?