Pues como Pedro Infante: “Yo soy quien soy, y no me parezco a naiden”. Y la verdad es que me parezco a muy pocos porque mi 1.80 de estatura me distingue de muchas personas, hombres y mujeres, particularmente en este mi adorado México.

Se pensaría, como mucha gente me dice, que “mi tamañito” es un privilegio en una sociedad que sobreestima la estatura. ¡Como recuerdo a mis 14 años (hace ya algunas décadas) cuando por primera vez viajé a Europa  -siendo ya cuan larga soy- que tuvimos que hacer un trasbordo en Ámsterdam para llegar a Barcelona: en la escasa hora que deambulé por el aeropuerto vi a muchas más mujeres tanto más altas que yo –o de mi vuelo al menos– de las que había visto en México en toda mi quinceañera vida.

Lo curioso, además de la s1ngular sensación de “igualdad”, fue la experiencia de respetuosa “invisibilidad”. Es que para mi era extraño que nadie se me quedara viendo con cara de ”¿será de verdad mujer?”, o de “¿qué clase de zancos porta esta chica?”, ni decir los murmullos irrespetuosos de “grandotas aunque me peguen…”

Será la “manga del muerto” y dirán que la altura proyecta respeto, seguridad, y elegancia. Yo me veo grandota en un Fiat de esos chiquititos que me gustan, rozo al pasar bajo algunos candelabros colocados -desde mi longitudinal perspectiva– fuera de lugar, y sufro para encontrar pantalones de mi largo.

Mi querida Martha Debayle, en uno de sus programas de radio contaba que se volaría los dedos chiquitos del pie por medir 20 cm más, ¡y yo que le donaría unos 12 cm de mil amores! Pero la vida, en ese sentido, ni es justa, ni es igualitaria.

“Pero como digo una cosa digo la otra”, con el correr de los años mi “tamañón” ha jugado también a mi favor. Será que al paso del tiempo he acabado por creerme que la estatura, al menos en México, tiene algún significado. Y sin dejar de recordar mi frustración escolar de no poder ir hasta delante de la fila de la manita de la “Miss”, pienso que hoy la cosa del 1.80 me permite ver “literalmente” la vida desde un panorama más amplio y experimentarme de una forma diferente y peculiar.

Y eso de llamar la atención, que antaño me horrorizaba, se ha convertido en algo gracioso, sobre todo por lo que atañe a desafiar tabús y atravesar prejuicios. Especialmente cuando ando por la calle de la mano con mi novio, (quien es notoriamente más bajito que yo),  ya que a tanto privilegio ancestral masculino, su 1.68 y mi 1.80, nos genera una sensación de compensatorio y amoroso desafío e igualdad.

Hoy menos que nunca se organizan esas presentaciones formales, “almidonadas” y llenas de expectativas, pero aún así un primer encuentro –pactado, planteado, o simplemente “ocurrido”- requiere el despliegue de una serie de recursos personales  que faciliten que el intercambio sea el inicio de “algo”.

La impresión que producimos en los primeros intercambios favorece que quien nos interesa se disponga a mirarnos en primera instancia y a sentir curiosidad e interesarse en nosotros en un paso posterior.

¿Cómo romper el hielo? 

Inicar con preguntas, más que discursos acartonados, y adoptar una genuina escucha siempre es una receta que funciona. A todos nos gusta que nos presten interés: la mirada de los demás sobre nosotros –genuina, respetuosa, abierta- nos permite sentirnos tratados de manera singular. Por eso es importante “romper el hielo” con preguntas,  “derrítir el espacio” con escucha, y prepara el “ir y venir” con genuina curiosidad.

¿Qué tengo que considerar en una primera cita? 

La decisión de poner en juego el conjunto de tu personalidad. Si bien para tener éxito en cualquier encuentro se requieren ciertas habilidades sociales que en algunas personas son recursos innatos, también existen estrategias que se pueden perfeccionar.

  1. auténtico. Corre el riesgo –de forma oportuna- de decir lo que te gusta, de negarte a lo que no te agrada, y de compartir lo que piensas. Si actúas desde la falsedad no sabrás si gustas por lo que eres o por lo que aparentas.
  2. Promueve el intercambio. El otro es un sujeto, no un objeto de tu “show”. Para ser atractivo no necesitas “pavonearte”, menos manipular ni dar cátedra de lo mucho que vales. Para esto, haz preguntas, pero no interrogues.
  3. Ejercita el don de palabra. Hay que tener algo inteligente que decir y quererlo compartir. La idea no es hablar mucho sino hablar bien. El don de palabra incluye el escuchar atentamente.
  4. Cuida tu apariencia física. No se trata de compararte con “el más o la más guapa” pero sí de sacarte el mayor partido.
  5. Genera cierta intimidad. Muestra algo de ti. Compartir ciertas vulnerabilidades -sin excesos- hace estimulante y significativo el encuentro. Hablar solo de información es adecuado pero para una cena de negocios.
  6. Sé positivo. Cultiva el buen humor y no te victimices (¡las víctimas aburren!). Muestra soluciones asequibles a los problemas que llegues a compartir.
  7. Roza con la mano, toca su brazo, levemente, de forma no sexual. Acércate y aléjate. Juega con cierta proximidad física para mostrar que no temes al contacto, sino que estás abierto a él.
  8. Genera estados emotivos de relativa intensidad que hagan del encuentro algo conmovedor. Obvio no te excedas con actuaciones ni histriónicas ni histéricas.
  9. Pon límites. No te derritas por el otro, más bien intenta sostener cierta oposición. Los límites invitan a explorar, a ir más allá. No hay nada menos atractivo que un triunfo seguro.
  10. Haz uso de experiencias sensoriales. Estimular los sentidos con aromas, colores, música, sabores, promueve la atención y facilita la conexión.
  11. Muestra cierto matiz transgresor. “Reta” al otro, invítalo a vivir una cierta desobediencia, algo de riesgo. La corrección política es eso, correcta, pero no seductora.

 

Todo esto fluye mejor si trabajas en tu seguridad personal. Conocer tus competencias y tus limitaciones facilita el adecuar tus aspiraciones a tus posibilidades haciendo de tu mejor parte tu mayor parte.

Y antes de intentar gustar pregúntate: ¿me gusto yo a mi? La capacidad de disfrutarse a uno mismo y de ofrecerse al otro para ser disfrutado es una pieza clave para tener  en potencial en encuentro inicial.

 

¡Suerte y éxito!

Pues a mi la independencia me ha costado un huevo – que no tengo – y los dos ovarios, que literalmente ya me extirparon. Y es que eso de ser una mujer autónoma, por muuuuy avanzado que esté el siglo XXI, requiere de un aplomo y un arrojo y una voluntad, que queda uno medio atarantada – por no decir raspada – en la conquista de tan importante faena.

Y no dejo de agradecer a la infinidad de mujeres que tuvieron los “cojones” necesarios para abrirme brecha, ni tampoco invisibilizo que el camino que transito está más allanado por todas aquellas que me antecedieron, pero no deja de ser un triunfo – de estandarte guadalupano blandeado en mano –  desafiar culpas inculcadas, miedos aprendidos, mandatos familiares, señalamientos sociales,  y techos de cristal laborales, “En la casa mamá y papá comparten la autoridad, pero alguno de los dos debe tomar “la batuta” y ese alguien es el padre”, me dijo mi papá a mis siete añitos estando recostada en su hombro mientras mi mamá iba y venía toreando a mis hermanas menores entre juguetes, pañales y biberones. Y de ahí “pa’l real” se me quedó esa “verdad” tatuada  – reforzada luego por Sor Elisa en la escuela,  por los galanes en las fiestas, y por mis jefes aquí y allá – y sin mayores consignas explícitas pero con muchos ejemplos vivientes aprendí que las niñas obedecen, posponen sus deseos, priorizan las necesidades de los demás y se acomodan contentitas al lugar “que les toca”.

¡Ya sé ya sé que yo soy mayorcita que muchos de ustedes!, y que las cosas van cambiando, pero aún así, si la conquista de la independencia es una faena compleja para cualquier mortal, la autonomía femenina requiere  de luchas internas y externas, discretas y burdas, y sin duda no de no dejar nunca de “pedalear”.

Y cuando hablo de autonomía no me refiero a andar discutiendo a diestra y siniestra, e imponiendo a discreción mi santa voluntad, sino de esa capacidad de sentir, pensar y actuar con base en los propios sueños, necesidades, intereses y valores, conservando las relaciones afectivas preciadas y reconociendo la interdependencia necesaria con los demás.

Pero este parrafito escrito tan tranquilamente, implica preparar un “cocktail” de independencia económica, intelectual, y emocional. Y yo diría que también de cierta gracia y salero, de mucha perserverancia, y de una canasta de “mega huevos” por se si rompen algunos en ese largo caminar…

Si algo tengo claro después de buscar y rebuscar, analizar y sobre analizar a diferentes autores y hasta a distintos poetas llego a la conclusión de que es una tarea compleja –y hasta imposible- definir el amor.  El amor no es algo que pueda verse o tocarse: es una experiencia y, por consiguiente, es difícil definirlo y describirlo.

Se puede pensar en el amor con la siguiente metáfora: imagina que el amor es como un diamante con muchas caras. Puedes verlo desde diversas perspectivas y cada una de esas facetas representa alguno de los ingredientes que lo constituyen.

Tal vez el intento de adaptarse a un modelo amoroso único haya sido parte de desventuras y por más que se le hace a este o al otro no logramos ubicarnos en alguno. Es claro que el amor no se ajusta a trajes a la medida según las necesidades, intereses y valores de los amantes.

Cada ser humano es diferente y precisa ingredientes distintos para amar. Esto depende entre otras cosas, de la etapa de vida que se está transitando. Valdría la pena, por lo tanto, intentar, más que hablar del amor, hablar de tipos de amores, pues cada etapa de la vida, cada experiencia amorosa, requiere diferentes cosas.

Sin embargo hay que tener cuidado para no confundir el amor con otras actitudes, que no alcanzan para interpretar la experiencia amorosa. El amor incluye una amplia gama de experiencias, vividas, percibidas e interpretadas de maneras diferentes en cada persona. Algunas manifestaciones, si bien pueden relacionarse con algún aspecto del amor, no lo agotan.

Existen estilos de amar muy diferentes, por lo tanto, es importante que se comparta algo del estilo propio con quien se busque entablar una relación. Del mismo modo, se requerirá ser receptivo para conocer otro estilo con la finalidad de lograr la compatibilidad.

Algunos tipos de amor:


  • Amor romántico: Tiene calidez, sentimentalismo. Maneja todo tipo de emociones intensas, tiende a ser idealista y el objetivo es buscar una “media naranja”, alguien con quien completarse.
  • Amor amistoso: No es tan intenso, sino calmado. Es menos romántico, por lo que tal vez el erotismo y el sexo no son centrales. Es estable y respetuoso; menos demandante y más realista.
  • Amor compromiso: Sigue normas y reglas concretas; más que interesarse en mucha intimidad, gusta de tener acuerdos convenientes y explícitos.
  • Amor práctico: Ve a la pareja de manera más realista; decide de forma racional mediante la elección de alguien de la misma religión, ideología política y con pensamientos similares respecto del manejo del dinero y la educación de los hijos, entre otras cosas.
  • Amor entregado: Centrado en el otro, en el deseo de ayudarle a satisfacer sus necesidades.
  • Amor cultivado: Aquí se trata de regar, cuidar y cosechar. Si se descuida la cosecha no se dará.

De alguna manera, cada persona tiene una mezcla de estos estilos. Conocer y entender la propia mezcla de creencias, necesidades y expectativas acerca del amor hará más fácil comprender qué tipo de amor se busca, así como relacionarse teniendo claro cuál es la línea propia y cuáles son sus límites correspondientes.

Hablar de amores es integrar la diversidad; saber que no todos queremos ni necesitamos lo mismo en una relación. Y lo más importante, hablar de amores es darle lugar a otros en su diferencia y hacer de la experiencia amorosa una vivencia de frescura, expansión y crecimiento, y no un tormento de sometimiento y desilusión.

Hoy es responsabilidad de cada persona como individuo en busca del tan ansiado amor crear la consciencia necesaria para conocer qué tipo o tipos de amores buscamos y podemos ofrecer y así dejar de ir por la vida culpando a sus parejas, las mujeres o los hombres o a San Antonio porque no les manda novio.

Y una cosa puedo jurar:

Yo, que me enamoré de tus alas, jamás te las voy a querer cortar….

Frida Kahlo

¿Cómo no decir algo del amor hoy 14 de Febrero? Al amor casi lo deseamos a diario, lo necesitamos siempre, lo añoramos a veces, le tememos en ocasiones, y nos mueve en el día a día para caminar. El amor nos alimenta, nos impulsa, muy particularmente el amor de pareja – que hoy se hace tan perseguido y tan difícil de encontrar – pero cualquier tipo de amor, – de pareja, de amistad, familiar – es muy preciado.

Del amor nos hablan a dario los libros, las canciones, las películas, los poemas; también  el propio corazón y  las vivencias acumuladas. Pero en ese deseo férreo de encontrarlo, de tenerlo y conservarlo, idealizamos su presencia eterna y olvidamos lo que le hace –entre otras cosas- deteriorarse y morir.

Y es que el deseo de no perder por ningún motivo a quien amamos puede llevarnos a conductas que generan “hijos perversos” de ese mismo amor. Y al decir “hijos perversos” me refiero a esos comportamientos extraños, insidiosos, perturbadores, que desvían el sentido de acompañamiento, del juego, del intercambio, y del disfrute que produce una buena relación que solo se dan en la libertad y en la igualdad.

 Los 4 “hijos perversos” del amor:

1) Querer cambiar al otro: Las personas cambiamos cuando queremos y más frecuentemente cuando necesitamos. No te des a la tarea de transformar los aspectos negativos de tu pareja, no mal gastes tu tiempo y tu energía en que el otro sea como tú lo quieres amoldar. El cambio y el crecimiento se puede dar pero no a partir de la insistencia, la súplica o la amenaza.

2) Querer celar al otro: Algunas personas confunden el amor con los celos. Y sí, los celos se dan en el territorio del amor pero no son derivados del amor. El celoso elige poseer antes que amar;  la posesión nos sitúa en un mundo en el que una persona es un objeto para el uso de otra, lo que le impide tener al otro la autonomía que cualquier ser humano requiere.

3) Querer complacer al otro: La expectativa de recibir una aceptación incondicional de nuestra pareja es válida y puede llegar a ser restauradora de heridas de infancia si la manejamos bien. Pero si nuestra necesidad de no ser rechazados es exagerada,  tocaremos el extremo de minimizar o negar nuestras necesidades y de violentar nuestros límites por complacer a nuestra pareja y con ello obtener su aceptación total.

El amor ha de asumir que la pareja no nos dará todo y que nosotros tampoco podremos colmarlo a ella; por eso se dice que el amor adulto ha de dejarnos un poco insatisfechos.

4) Quererse decir todo y saber todo del otro: Las mentiras deterioran la confianza, dañan al amor y con frecuencia son antesala de las traiciones. Si son constantes, manipuladoras, agresivas, son símbolo de abuso, y de inmadurez. Sin embargo, no se puede andar por la vida diciendo todo lo que nos viene en mente y preguntando todo lo que nos genera ansiedad.

 

Hay que ser sincero pero sensato: tenemos una vida íntima que muchas veces es incomunicable, y hemos de aprender a lidiar con nuestras propias contradicciones e incongruencias, en aras de un crecimiento propio, y de un cuidado a nuestro amor. Y es que el amor solo puede vivir en cierta reserva. La confesión compulsiva se da solo en los juzgados y en el confesionario, jamás es un remedio para la soledad.

 

Así que este 14 de febrero cuestiónate: ¿Tú cuáles de estos “hijos perversos” estás criando en tu relación?

 

Me siento afortunada de haber nacido en los 60´s y con ello empezar a disfrutar de las posibilidades de una vida que mis “ancestras” les hubiera sido imposible imaginar. Fui a la Universidad, me casé con quien quise, he trabajado toda mi vida, me he especializado, diversificado y refinado en mi profesión. Tengo los hijos que elegí tener y vivo bastante a mi placer…

No he sido ajena al tema del amor; he conocido el matrimonio, también los deslices efímeros y me he quemado –a fuego lento o de un jalón- con la pasión.  ¿Cómo es entonces que de vez en vez me gana el abrume, me absorbe el cansancio y me pasma cierta desolación?

Las mujeres hoy hemos conquistado muchos territorios nunca antes pensados para nosotras, vamos escogiendo lo que antes se nos imponía y disponemos de más recursos para diseñar la vida a nuestro mejor entender. Pero muchas veces minimizamos que lo que para nosotras son grandes logros y liberación, también tiene una trampa de exceso y de invisible coerción.

Tenemos nuevas posibilidades y pisamos nuevos escenarios, sí; pero, ¿alguien nos sustituye realmente en nuestro rol ancestral?; ¿podemos compartir paritariamente tareas que se nos han adjudicado por aquello de nuestra “naturaleza femenina” y que en ocasiones más que realizarnos nos atrapan dejando una vida con poco equilibrio personal?

Clara Coria, en su libro “Los Cambios en la Vida de las Mujeres” describe cómo las féminas aún nadamos contra corriente. Define la contra corriente como todas esas tareas y funciones que las mujeres realizamos para que marche la vida de los demás.

En nuestra esfera privada habilitamos la vida de nuestras familias y quereres cercanos: parejas, hijos, padres, hermanos, amistades y compromisos sociales en general; y en la esfera pública (instituciones públicas y privadas, laicas y religiosas, educativas o laborales) también desempeñamos roles y puestos de trabajo –con sueldos con frecuencia menores a los de los varones-  tendientes a proporcionar servicios que faciliten la vida de quienes están a nuestro alrededor. Hay sus excepciones, las hay, pero pareciera que en el ser mujer está dicho que hemos de “ser para los otros”  y dejarnos en segundo lugar, siempre por supuesto esforzándonos un tanto de más.

Y ahí andamos haciendo “circo, maroma y teatro”, buscando recursos y armando malabares para hacerlo todo y hacerlo bien. Pero, ¿será necesario, lógico y natural que seamos una especie de “superwoman” que explicita o recónditamente se siente a punto de tronar?  Querer conciliar tantas faenas nos supera en demasía, nos deja escaso tiempo libre y merma de forma considerable nuestro bienestar.

Soy lo último parecido a la proclamación de la mediocridad, pero evidentemente noto en mi cuerpo y en mi psique, al igual que en el de muchas de mis congéneres, que hacemos demasiado y por eso nos extenuamos. ¡Ah! Y solo nos quejamos cuando ese “demasiado” o se nos “pasó de tueste”. De vez en vez una explosión, ¡cómo no, si somos humanas!; sobre todo cuando vemos que nuestros queridos más cercanos -que nos aman, sí, pero se nos cuelgan, también- tienen más tiempo libre, menos responsabilidades, más diversión y menos agotamiento. Es hasta entonces que empezamos a cuestionar si no podremos “tener una rebanadita de ese mismo pastel”.

Las mujeres, de la mano de nuestro imparable desarrollo, seguimos cargando a cuestas (y en solitario) los mandatos de ser buena madre, buena hija, buena compañera, buena trabajadora, buena esposa… Manejamos así dobles y triples turnos y desplegamos la impronta de ser “satélites de los deseos ajenos” y amalgama del “verdadero amor”. ¿Se abusa de nosotras? Sí. Y con un espejismo de “libre elección”  lo que se perpetúa es un “sexismo de libre elección”. Por eso no entendemos: si nosotras escogimos nuestra vida ¿por qué nos sentimos tan mal?. Es que adaptamos nuestras preferencias a lo que se nos ofrece, pensando que elegimos con libertad. Nadar contra corriente desgasta, el problema es que a punta de hacerlo y de que nos salga, nos parece normal.

No solo las alternativas reales siguen siendo limitadas, sino que los condicionamientos de género siguen condicionando nuestro pensar, sentir y actuar. Aún falta una conciencia para cuestionar más la forma en que vivimos, y también faltan verdaderas alternativas que concilien lo laboral, lo familiar y lo personal. En eso estamos muchos, y seguimos sembrando de a poquito, pero entendamos pues -y comprendan quienes creen que la igualdad de género ya es una conquista: ¿cómo no nos vamos a agotar?

La persona codependiente manifiesta una excesiva e inapropiada preocupación por las dificultades de otra persona.

Genera relaciones problemáticas –insatisfactorias y hasta destructivas – por la falta de individuación. No ven que: “Tú eres tú y yo soy yo”.

Organiza su conducta alrededor de las necesidades del otro para calmar su propia ansiedad.

Síntomas codependientes:

  1. Estar siempre preocupado por complacer a los demás.
  2. Tener dificultades en decir que no o en expresar sus preferencias.
  3. Comunicación deshonesta y confusa.
  4. Su autoestima depende de la aprobación de los demás.
  5. Temor a ser rechazados o abandonados.
  6. Dificultad de estar en soledad.
  7. Negación de aspectos problemáticos para no desestabilizar ni molestar
  8. Pasan su tiempo tratando de cambiar a su pareja u otras personas significativas.
  9. Falta de límites claros.
  10. Sostienen relaciones insatisfactorias
  11. Necesidad de control que les da “pseudo seguridad”
  12. Obsesiones por los propios errores o las conductas de los otros.
  13. Genera relaciones de sumisión-dominación.

¿De dónde viene?

  • Por una estructura de carácter muy ansiosa.
  • Por carencias afectivas tempranas y por tanto no desarrollar un apego seguro.
  • Por creencias románticas sobre el amor “Tu y yo somos uno mismo”.
  • Por condicionamientos sociales que nos hacen poner de lado nuestra vida personal y depender de alguien. En general a las mujeres más que a los hombres se les educa para ser satélites de los deseos ajenos.
  • Desigualdades de poder donde alguien realmente tiene menos poder (físico, económico, social: generalmente las mujeres) y aunque quisiera salir de la relación pone en riesgo su integridad física, emocional, económica, etc.

Hay que pedir ayuda cuando:

– Sientes que estás perdiendo individualidad

– Te encuentras aislado/a socialmente

– Mientes sobre tu pareja a tu amigos y familiares

– te sientes atrapado en una relación que no te conviene

*La independencia económica no genera la autonomía pero sin independencia económica no se puede conquistar la autonomía. ¿Qué es la autonomía? La legitimación de los propios deseos, necesidades, intereses y valores.

 

“Pequeños periodos de trabajo intensivo
generan grandes beneficios en tus relaciones”

La falta de tiempo, las grandes distancias y los diversos desafíos de nuestro presente hacen que a muchas personas les resulte imposible atender un proceso terapéutico semanal, incluso quincenal. Por eso hemos diseñado el Programa Intensivo de Psicoterapia, un servicio que no solo abre opciones claras y eficaces para entender y mejorar la dinámica de la vida en pareja y en familia, sino que también se adpata a las necesidades de la vida actual.

¿Para quiénes es adecuado?
Para parejas y familias que al sentirse atrapadas en una dinámica relacional viciada, quieren aprender a sortear, afrontar y atravesar sus problemas con nuevas herramientas, menos desgaste, y mejores resultados en lo individual, en la relación de pareja y en la convivencia familiar.

¿A quíen va dirigido?
A todas las personas que:
1. Buscan una valoración de su situación
2. Requieren un tratamiento terapéutico breve pero intensivo, sólido en lo profesional y eficaz en lo relacional.
3. Quieren romper ciclos relacionales viciados.
4. Quieren aprender a manejar y resolver problemas.
5. Desean construir relaciones de pareja y familia más satisfactoria.

¿Cómo funciona?
El Pogrmada de Psicoterapia Intensiva no da respuestas mágicas a problemas complejos, pero sí es una herramienta poderosa que favorece el entendimiento y el cambio. También es un recurso preventivo ante los dilemas incipientes que se presentan en toda convivencia de pareja y de familia.

Comprendemos que el conflicto en las relaciones más allá de que algo vaya “mal”, es una fuente primaria de crecimiento y madurez, así el Programa Intensivo de Psicoterapia no sólo fomenta soluciones ante los problemas, sino que los utiliza para el crecimiento de las personas involucradas. Pero minimizar, negar y evadir los malestares relacionales, tarde o temprano genera quiebres severos que pueden ser irreparables.

¿Cómo trabajamos las sesiones?
Dependiendo de la particular situación que esté atravesando la pareja o familia, se trabajan entre 5 sesiones -en la modalidad básica- hasta 12 sesiones -en la modalidad extensa-.

Las sesiones son de una hora y se dan en un intervalo de va dura desde medio día hasta un día y medio.

Si bien con información previamente solicitada se diseña una propuesta a la medida de los consultantes, esta misma se va ajustando durante el transcurso de las sesiones a las demandas puntuales del proceso en curso.

Todas las sesiones tienen en común:
• Un entendimiento único de cómo funcionan las relaciones amorosas y familiares.
• Una nueva imagen de uno mismo, de su pareja/familia y de las relaciones humanas.

En su esquema básico se plantean 5 sesiones que consisten en:
1. Descripción del problema y síntomas que genera.
2. Primera sesión individual con los miembros de la familia o pareja para abordar la perspectiva de cada uno en la dinámica relacional.
3. Segunda individual con los miembros de la familia o pareja para abordar la perspectiva de cada uno en la dinámica relacional.
4. Sesión de pareja o familia con devolución sobre las interacciones que vician la relación y con reconocimiento de las creencias que sostienen esas interacciones incluidos los rasgos de carácter de cada uno de los participantes.
5. Sesión conjunta con alternativas de solución.

A este esquema se agregan, en la modalidad extensa, ejercicios vivenciales, información general del problema que atraviesan, ejercicios de resolución de conflictos, y sesiones de profundización tanto individuales como conjuntas.

Temas frecuentes a trabajar en un Programa Intensivo de Psicoterapia:
• Infidelidad.
• Crianza de los hijos.
• Falta de comunicación.
• Desigualdad de poder en la familia.
• Violencia intrafamiliar.
• Relaciones con la familia de origen.
• Necesidad de mayor intimidad.
• Necesidad de mayor compromiso.
• Necesidad de mayor pasión.
• Transición en los ciclos de vida de pareja y de familia.
• Desmantelamiento de pleitos frecuentes “sin importancia” pero que repercuten a la relación (es).
• Separación y divorcio.
• Discusiones constantes.
• Problemas de control y de poder en las relaciones.
• Problemas en la relación erótico-afectiva.
• Celos.
• Manejo del dinero en la familia y la pareja.
o Entre otros…

¿Qué puedes esperar de este abordaje?
• Aclarar origen del problema.
• Trascender discusiones y argumentos innecesarios.
• Parar los intentos de solución que agravan el conflicto.
• Integrar perspectivas diferentes sobre los problemas para generar cambios significativos en la dinámica relacional.
• Tomar responsabilidad individual de la participación en el conflicto de pareja o familia para que el cambio suceda.
• Revertir el ciclo negativo y viciado en pro de dinámicas relacionales más oportunas y constructivas.
• Construir relaciones actualizadas y satisfactorias.

¿Se da algún tipo de seguimiento?
Al terminar el Programa de Psicoterapia Intensiva, los consultantes junto con el terapeuta, decidirán si sé requiere algún tipo de seguimiento, y en caso de considerarlo necesario lo elegirán –en tiempo y forma- de común acuerdo.
Solo un 50% de los consultantes solicita algún tipo de seguimiento (en persona, virtual o por escrito). El otro 50% deja abierta la posibilidad de consultar tras dejar pasar un tiempo suficiente para acentar lo aprendido y aplicar nuevas acciones y prácticas en su relación.
La pareja y/o la familia, con o sin seguimiento, se llevan un serie de tareas para afianzar el impacto del proceso vivido.

Tel: 15570199

Cuando su madre o su padre van antes que tú…

Valdrá la pena que te preguntes si en una próxima relación te quieres relacionar con una mujer… o con una ¡niña!; con un hombre… ¡o con un niño de casa!. Los hijos adultos extremadamente “buenos” con sus padres o apegados en exceso a ellos, tienden a ser malas parejas y malos padres. Y no nos referimos a aquellos hijos que toman responsabilidad oportuna de un padre que lo requiere, sino a los que simplemente no pueden cortar “el cordón umbilical”.

Muchos de estos adultos tratan a sus padres de manera amable y compasiva, pero otros se quejan de ellos e incluso los regañan; pero el común denominador es que por la razón que sea se adjudicaron la función de cuidarlos y no quieren o no saben cómo decirles: “en otro momento, no puedo hoy”.

A este tipo de personas les denomino “hijos crónicos”, y otra de sus principales características es que que abiertamente necesitan la opinión o el consentimiento de sus padres para tomar decisiones: no dan un paso sin consultarles, invitarles, comentarles y hasta involucrarles.

Son personas que sienten, en primera instancia, que su verdadera familia es la casa paterna, y luego todos los que “llegaron después”. Por supuesto que en este “después”, estarás tú, y en muchas ocasiones, hasta sus propios hijos.

En cualquier circunstancia, el reto de vivir en pareja es suficientemente complejo como para que por añadidura, te unas a alguien que está tan apegado a sus padres que se le dificulte sortear los desafíos del amor y de una vida de pareja. Si algo caracteriza a la etapa adulta es la autonomía, y no solo económica, sino emocional también; alguien que no ha conquistado una dotación suficiente de independencia no está listo para hacer pareja y mucho menos para vivir con ella.

La vida en ocasiones plantea circunstancias difíciles, problemas dolorosos, retos desafiantes; seguro en etapas complicadas habrás sentido el deseo de que alguien te cuide y te rescate. Una pareja puede hacer la función “temporal” de contenerte haciendo un papel de “madre o padre” en momentos de crisis y debilidad. En un sentido, la vida de pareja ha de facilitarte y hacerte más llevadera la vida toda; pero ojo, ¡temporalmente!: mientras la crisis pasa y se retoma cierto equilibrio necesario para continuar.

Una relación amorosa que permanentemente juega roles paternos se verá lastimada en parte de su esencia que es la igualdad y el intercambio entre los amantes. Asumir rígidamente esos papeles dentro de la relación, afectará entre otras cosas, tu vida erótica; y es que ¡no se tienen relaciones sexuales con los padres!. Del mismo modo, una desigualdad jerárquica donde uno se encarga permanentemente del otro, irá erosionando paulatinamente la mutualidad propia del amor.

Finalmente, invito a descartar como posible candidato amoroso a alguien, que por las razones que sean, no te reconozca como su pareja ante sus padres, tape tu existencia en su vida familiar y te coloque en un lugar de invisibilidad.

¿Será que una persona que no puede darte un lugar en su casa, si pueda dártelo en su corazón?. A reserva de que la situación de su vida familiar sea abierta y temporalmente caótica, que tú la conozcas y que esa postura te haga sentido por un tiempo determinado, la respuesta contundente será: ¡No!.

Las relaciones amorosas, hoy más que nunca, atraviesan un vertiginoso proceso de transformación. Frente a la desvinculación entre sexo, reproducción y matrimonio, emergen una diversidad de modelos amorosos y de acuerdos conyugales que antaño no había forma de vislumbrar. Sin embargo, aún con sus notables diferencias, en todos ellos el tema de la exclusividad sexual es una constante que parece ser poco negociable: en un mundo global donde podemos combinar distintas actividades con diversas personas en distintos escenarios (incluyendo el virtual), las parejas están de acuerdo en la importancia y necesidad de intercambiar intereses, confidencias y espacios con terceras personas, excepto el cuerpo. El cuerpo, dicen, no se comparte…

Este “acuerdo” de no abrirse a la extra conyugalidad es entendible en un sentido: la dimensión erótica –que incluye la sexualidad, la genitalidad, pero que es más que ambas-  se vive como la base de lo propio y distintivo de la pareja. Sin duda, el buen sexo crea vínculos, por tanto todo lazo fuera de la relación conyugal siempre corre el riesgo de desestabilizarla. Pero ¿acaso un encierro monogámico no pone también en riesgo el bienestar personal, la estabilidad y sostenimiento de la vida de pareja?, ¿una promesa de exclusividad eterna no encierra, además de bastante represión, un empobrecimiento de la vida de cada uno de los miembros de la pareja  y de la complicidad conyugal?

Pareciera que sí. La realidad nos muestra que hoy vivimos más que amores eternos, una sucesión de relaciones “monogámicas”. Eso en el mejor de los casos, porque si nos adentramos a las cifras que arrojan las  estadísticas, en los países occidentales entre el 60 y 80% de los hombres han sido infieles, mientras que entre 40 y 45% de las mujeres han tenido experiencias extraconyugales también. Aunque el 95% de las parejas siguen casándose con el acuerdo tácito o expreso de guardarse mutua fidelidad, la realidad se caracteriza por la contradicción: queremos ser fieles pero no siempre lo conseguimos, pedimos fidelidad pero no siempre la respetamos…

Si bien las experiencias sexuales extraconyugales en ocasiones van de la mano de conductas de abuso, maltrato, negligencia, venganza y desinterés, en muchos otros casos integran factores complejos que superan por mucho la idea de ser un simple hecho de maldad, de patología, de inmadurez e, incluso, de conflicto de pareja. No podemos pensar que todos los que cometen infidelidades están enfermos, errados o son unos abusivos inmorales; tampoco podemos aseverar que toda experiencia extramarital implica crisis en la vida de pareja y, menos aún, falta de amor.

Rafael Manrique, psiquiatra y psicoterapeuta español, en su libro “Conyugal y Extraconyugal” nos lleva a cuestionar esta paradoja: pensemos en un matrimonio que, tras unos años de adaptación y de vida compartida, construye una relación satisfactoria, tranquila y amorosa, que resulta buena para ambos. No habrá grandes pasiones, pero sí puede existir compromiso, gratitud, ternura, comodidad, intereses comunes, todos estos, logros de gran valor. Si esta misma pareja ve a su alrededor un mundo de matrimonios lleno de rompimientos, desamor, violencia, aburrimiento, puede darse cuenta que lo que tienen es bueno y vale la pena conservarlo, aún con la importante disminución del deseo sexual. Ponderando todo el panorama podrían decidir que, mientras lo que valoren no se ponga en riesgo, uno o ambos, juntos o separados, pueden tener alguna otra experiencia en la que lo erótico fluya con cierto candor. Manrique continúa cuestionándonos al afirmar que si existen los años, la solidez y la experiencia necesaria en cada uno y en la relación construida, los espacios extraconyugales no tendrían por qué confundirse con el amor que se tienen, ni habría por qué desmoronarse por su existencia.