A mí me gusta vestirme de colorines y tener en mi closet “prendillas” varias de tonalidades múltiples. Y por ahí me dicen algunos “quesque” especialistas en moda que por qué no uso colores más sobrios, que con negro y blanco me vería mejor, que no le quite elegancia a mi lucir. Y yo que traigo un “gen” de artesanía mexicana, ahí ando en las tienditas y bazares buscando una mascada fucsia –que pa´darle color a la camisa blanca- ,  una pulsera esmeralda y brillocita – para combinarla con mi anillo plata- y unos zapatos de dos colores rústicos, para usarlos con un par de bolsas que no encuentro cómo combinar. Si  bien algunas personas me ven curioso, y de reojo revisan que cosita rara me eché encima hoy, yo me desconcierto un poco con aquellos a los que les gusta siempre andar con saquito azul marino, pantalón en tonos grises, y “tan tan”. Y del guardarropa a la cama la cosa tampoco cambia: en el sexo, el erotismo y el amor, la cuestión de la variedad de encuentros, gustos, estímulos y deseos – a los que les gusta solo vestir de “blanco y negro” – les parecen desviaciones sino es que francas “perversiones” y sinónimo de enfermedad. ¡Ah, cuánta moralidad e ignorancia en un espacio que puede ser tan pintoresco, gozoso, variadito y lúdico! Y es que ha sido taaaaan difícil desafiar la heteronormatividad hegemónica (¿suena rimbombante verdad?) como referente absoluto en cuestiones de amores y de sexualidad.  ¿Desde dónde es que nadie piensa que la heterosexualidad sea “rarita”? ¿Por qué asumir que quien explora y adopta otros caminos tiene que tener alguna “tuerca mal”? Con el estandarte de la “reproducción” no podemos soltar la necesidad de prohibir o juzgar la existencia de diferencias en la cama y en el corazón. A mí que no me digan que “la naturaleza dice” o que “la esencia clama”. Muchas cosas de lo humano son producto de la evolución –como el apéndice y el himen que hoy de poco sirven-. La sexualidad y los amores son también producto de lo social y por tanto son mucho más “variopinto” que lo que los sistemas de “salud” pretenden aceptar. Lo que sirve, se usa, lo que no sirve y no molesta ahí está, y lo que no sirve y estorba, a volar. La sexualidad no es “black and white”,  así que pintémonos del color que nos apetezca en este amplio continuo entre homos, heteros, bis  X Y Z  y combinaciones más.

Este texto busca acompañar a las personas a habilitarse en el tema de la pérdida, de la transformación, del desafío, para asumir la transitoriedad de la época que estamos viviendo, la falta de verdades absolutas, la escases de peldaños alcanzados para siempre y la dificultad de construir relaciones eternas.

Para ello hemos de hablar de resiliencia. La resiliencia es el proceso por el cual logramos adaptarnos a los cambios y logramos salir airosos de la adversidad. Tales cambios o adversidades pueden ser desde traumas, amenazas, tragedias, pero también fuentes de tensión causadas por problemas familiares, laborales o económicos. Por ejemplo, la pérdida de un vínculo personal, una mudanzas, o el enfrentamiento de enfermedades, son fuente de tensión y pérdida y por tanto urgen la necesidad de desplegar conductas resilientes.

Ser resiliente significa “rebotar” de una experiencia difícil, del mismo modo en que un resorte o una bola lo harían al caer al suelo. La resiliencia es más que resistir, es también aprender a vivir. Antes de vivir experiencias dolorosas que cambian el rumbo de nuestras vidas,  consideramos que la vida y la felicidad son cosas que nos merecemos, por una u otra razón: de cierto modo, el hecho de estar vivos nos hace sentir que, ya con la vida en mano, merecemos seguir viviendo y llegar a ser felices. El hecho de enfrentar situaciones extremas, hace nacer en nosotros un peculiar sentimiento de supervivencia:  desde ese hecho, vivenciarnos como supervivientes nos hace sentir que recibimos “tiempo prestado”, y que, dado el valor de tal préstamo, es importante gozar cada instante que venga y buscar la plenitud. Toda situación extrema, dado que es capaz de arrebatar la vida, fomenta, paradójicamente, la vida misma. Esto es, cuando alguien siente cerca su final, y sobrevive, se siente más vivo que antes.

Si bien la resiliencia surge de la capacidad de ciertas personas para salir airosas de episodios de extrema adversidad causados por catástrofes naturales o sociales, la vida cotidiana -más cuando abandonamos “caminos seguros” trazados por los discursos dominantes, que con todo y su incómodas limitantes dan un marco de certeza y seguridad-, genera estrés y crisis y los desafíos que la transformación presenta requieren, para atravesarlos, de la capacidad de sobreponerse a los cambios de paradigma, a ciertos “fracasos” y a múltiples pérdidas.

Se ha demostrado que la resiliencia es una característica natural de los individuos y no, como podría pensarse, un don especial de ciertas personas. La gente comúnmente demuestra resiliencia, desde las situaciones más sencillas como retrasarse en el tráfico y tener que esforzarse el doble para llegar puntuales a una cita, hasta sobreponerse a enfermedades más o menos difíciles que requieren de un proceso de recuperación.

El término resiliencia nació primeramente en las ciencias exactas, más puntualmente en la física. La resiliencia de un objeto se entiende como la capacidad que éste tiene para resistir un choque. Se refiere a cierta elasticidad que le permite soportar embates sin que con ellos sea destruida sus estructuras física y química fundamentales. Sobre todo, cuando se decía de tal objeto como altamente resiliente, se enfocaba en la sustancia del material, la naturaleza del objeto por la cual podía resistir mayormente los golpes. Cuando dio el salto hacia las ciencias sociales, se redefinió especificando la capacidad para salir avante de situaciones difíciles, de los choques de la vida.

Esta capacidad de resistir presenta una idea dialéctica, es decir, la necesidad de enfrentarse a dos posturas que, comúnmente, podrían parecer contrarias pero que, en el momento, se presentan como complementarias, por ejemplo, la felicidad de la tristeza, o, como suele decirse, “de lo malo, lo bueno”.

La realidad nos ofrece ejemplos donde la lógica y el lenguaje son trascendidos, de modo tal que podemos concebir que algo que nos causa tristeza, al mismo tiempo nos causa felicidad, por determinadas razones: en ciertos momentos de la vida, los antónimos pueden ser usados de manera integrada, de modo tal que no se enfrenten tan tajantemente. En el lenguaje retórico, el uso de palabras de significado opuesto en una misma estructura sintáctica es conocido como oxímoron. La experiencia de la resiliencia está atestada de oxímoros.

Pensemos en un familiar que, luego de pasar largo tiempo padeciendo una enfermedad dolorosa, al fin fallece: si bien su muerte nos causa un gran dolor, también sentimos cierta paz y alegría al saber que alguien a quien amamos ya no sufrirá más. Hay en nosotros cierta ambigüedad que, al final, se integra para ayudarnos a enfrentar, en este caso, la muerte. Más aún, cada persona puede citar una experiencia cotidiana donde descubrió cierta capacidad para que convivan dentro suyo cierta melancolía con el disfrute del presente, o cierta vergüenza frente a un logro alcanzado.

De este modo, la resiliencia se nos muestra como una herramienta para enfrentar sólidamente las vicisitudes y fomentar nuestra madurez emocional. Aunque, cabe decirlo, no es algo que se desarrolle sin cierta práctica, y no todas las pérdidas nos exigirán el mismo nivel de resiliencia.

La pérdida de algo valioso siempre presenta un reto. Dejar ir algo que consideramos importante para nuestra vida nos requiere hacer uso de nuestros recursos para salir adelante. Esto es, una parte de la persona que recibe un choque, sufre y se mira abatida, dañada, fragmentada, mientras que otra parte, aquella que es pieza de su “deseo de vivir”, reúne la energía restante en el individuo y lo lleva a encontrar sentido donde el dolor podría mostrar que ya no lo hay.

¿Cómo enfrentar estas nuevas formas de existencia individuales?, ¿cómo hacer frente a la ambigüedad que se presenta ante aquellos que viven una vida s1ngular, por elección o por otras circunstancias? Quizá la mejor manera será desarrollando y ejerciendo su resiliencia.

Factores que desarrollan la resiliencia.

La resiliencia no es una característica que la gente tiene o no tiene, como se mencionó escuetamente más arriba. Al contrario, ésta se forma de conductas, ideologías, acciones y pensamientos que pueden aprenderse y desarrollarse por quien se lo proponga:

  1. Como seres primordialmente sociales, los humanos requerimos rodearnos de más individuos para enfrentar los retos. Si bien la vida individual está en evidente crecimiento, esto no nos libera de la natural y necesaria interdependencia –además de la responsabilidad- de unos con otros. Así, establecer vínculos afectuosos, de apoyo mutuo, es el primer factor que favorece el desarrollo de la resiliencia. Los grupos de apoyo mutuo como familia (de crianza o extendida), amigos o personas que vivan circunstancias similares, aporta una mayor seguridad a quien atraviesa una pérdida o un reto complejo.
  2. Luego, es necesario dar un giro a la percepción que tenemos de la crisis, pérdida o reto que cruzamos. En muchas ocasiones, existen circunstancias que no podemos cambiar –precisamente, por ejemplo, determinadas pérdidas ambiguas-, pero en la mayoría de ellas sí podemos cambiar el modo en que las interpretamos. Dar un vuelco a nuestra perspectiva, pensar y observar desde otro punto lo que estamos enfrentando, ayudará a fortalecer nuestras ideas y construir diferentes cursos de acción.
  3. El cambio, lo queramos o no, lo aceptemos o no, es parte esencial de la vida. Lo único constante es el cambio, parafraseando al antiguo filósofo Heráclito. De este modo, aceptar que a lo largo de la vida nos enfrentaremos a cambios, -aún si estos son consecuencia de cierto azar y no de nuestra voluntad directa- es parte importante al buscar enfrentarse a los conflictos. Un individuo que comprende los cambios, que procura practicar cierta elasticidad en sus planes y visión a futuro, será mucho más propenso a manejar adecuadamente las vicisitudes.
  4. Actuar con aplomo, pero con una visión centrada. Es decir, enfrentar las circunstancias adversas nos requiere firmeza de carácter, pero esto no quiere decir que todo saldrá a pedir de boca. Es necesario poner en su justo sitio el presente, el pasado y el futuro.
  5. Conocerse mejor a uno mismo es menester. Cada uno, en mayor o menor medida, sabe hasta dónde es capaz. Quienes no saben de qué son capaces, terminan descubriéndolo al paso. “Conócete a ti mismo” sugirieron os griegos hace más de dos mil años, y al paso del tiempo sigue siendo uno de los objetivos que más recompensas existenciales brinda a quien se lo propone. Esto, trae también quizá como consecuencia colateral, un mejor control de las emociones, de los sentimientos y los impulsos. Es menester para ser resilientes el saber dominar los impulsos que surgen en los conflictos: el impulso de huir, de vengarse, de actuar osadamente, etc. Ser resiliente no significa ser invulnerable, significa saber enfrentarse al dolor de manera adecuada, equilibrada e inteligente.

Todo lo anterior, claro está, tendrá variantes que dependan específicamente del carácter e historia de vida de cada persona. Para ejercer la resiliencia no se necesita no sentir dolor, o estar en un constante estado de actitud positiva. La resiliencia solicita de nosotros el enfrentar problemas inteligentemente, permitir integrar en nuestras vidas el cambio y trabajar maduramente la frustración.

 

 

La pérdida de algo valioso siempre presenta un reto. Dejar ir algo que consideramos importante para nuestra vida nos requiere hacer uso de nuestros recursos para salir adelante. Esto es, una parte de la persona que recibe un choque, sufre y se mira abatida, dañada, fragmentada, mientras que otra parte, aquella que es pieza de su “deseo de vivir”, reúne la energía restante en el individuo y lo lleva a encontrar sentido donde el dolor podría mostrar que ya no lo hay.

Una pérdida nunca es igual a otra. Existen pérdidas que podríamos considerar más duras que otras, sin que ninguna de ellas sea más o menos importante. Hay pérdidas que no dejan “lugar a dudas”, es decir, existen ciertas circunstancias en ellas que nos dejan ver que “no hay marcha atrás”. Volviendo al ejemplo de líneas arriba, mirar morir a un familiar que ha pasado por una larga agonía representa el punto final, la pérdida en sí. La muerte, en este caso, es la conclusión, tanto como puede ser un divorcio, un despido, una mudanza, una migración, una renuncia, etc. La conclusión en un proceso de pérdida permite enfrentársele de mejor manera, puesto que se ha alcanzado el “suceso detonante”, el momento que, quizá, tanto temíamos pero que indica, también, un nuevo comienzo, el banderazo de salida para comenzar con la propia recuperación.

Sin embargo, existen también otro tipo de pérdidas. El término “pérdida ambigua”, el cual habremos de acreditar a la psicoanalista y terapeuta familiar Pauline Boss, define estas otras pérdidas, a saber, aquellas donde no existe, como en las descritas líneas arriba, un punto concluyente, aquellas donde se encuentra una enorme carga de ambigüedad, de incertidumbre y el sentimiento sólido de no conclusión. Como integrar lo siguiente: pienso que una mudanza, un divorcio, sí son pérdidas ambigúas

Este tipo de pérdida se relaciona con todos aquellos sucesos donde, si bien sabemos que algo cambió y que nuestra vida no volverá a ser la misma, existe un fantasma que nos permite pensar que “las cosas quizás se puedan resolver”. Este tipo de pérdida se encuentra en casos como la desaparición o el secuestro de un familiar, la separación de una pareja sin un final explícito, o bien, enfermedades de orden mental o incapacitantes que, aunque no acaban con la vida de quien las padece, los hace estar ausentes de la vida de quien los rodea. Pensemos en un paciente en coma, de quien los médicos no pueden asegurar con total certeza la muerte o la recuperación. Quienes se encuentren a su alrededor –amigos, familiares, pareja- sentirán ciertamente su pérdida, pero esta no es concluyente: la muerte no le ha alcanzado, pero su existencia se encuentra en una especie de limbo que no permite, entre otras cosas, seguir adelante a sus cercanos.

En todos los casos de pérdida ambigua, salvando las diferencias específicas, existe algo en común: la confusión, la indeterminación, en fin, la ambigüedad, y con ella el estrés que la misma genera. Al no existir algo que nos de certeza del preciso final, algo palpable, la vida se vuelve física y emocionalmente agotadora y profundamente inestable: lo rutinario, la cotidianeidad, se vuelven tensos, siempre a la espera de “una señal”: una llamada, una visita, el timbre sonando anunciando alguna noticia, una mueca, una mirada. Las personas que sufren la pérdida ambigua van por la vida esperando y, de cierto modo, fantaseando, jugando con las posibilidades o inventando realidades donde las cosas van bien.

Esta inestabilidad no podría menos que acarrear problemas psicológicos delicados. Las personas que se ven inmersas en una pérdida ambigua sufren de constante ansiedad, insomnio o sueño intranquilo, depresión, padecimientos psicosomáticos e incluso enfermedades físicas derivadas del alto agotamiento emocional. A esto se aúna la longevidad de los padecimientos: si bien en una pérdida “normal” existe un conjunto de síntomas que denotan un estrés post-traumático, en la pérdida ambigua estos síntomas permanecen indefinidamente ante la posibilidad de una solución real. Así, el ir y venir entre la desesperación y frustración y la esperanza y la fantasía crean en el individuo un sufrimiento de mayor complejidad.

Ante esa terrible exigencia emocional que significa la pérdida ambigua, quien la padece tiene un camino, si bien no es el mayor consuelo ni la panacea: aprender a vivir con la ambigüedad. Esto no significa demeritar el sufrimiento o solicitar el olvido y la indiferencia. Como un dolor crónico que viene y va, a veces ante ciertos climas o ciertas circunstancias, quienes se enfrentan a una pérdida ambigua encuentran en el tiempo y el esfuerzo un camino hacia la integración en su vida de la incertidumbre. Repetimos: no una resignación, no un olvido, sino una nueva forma de vida donde la inestabilidad, la ambigüedad y la esperanza se vuelven constitutivos del carácter y la cotidianeidad de la persona, dando lugar ya no a las fantasías, sino a una esperanza prudente que convive con las posibilidades y las probabilidades realistas.

Migración de identidad

Michael White, trabajador social, terapeuta familiar y creador junto con David Epston, habla de la migración de identidad como un proceso en el que la persona se mueve de una forma de ser inoperante, lastimosa o caduca, a una identidad actualizada y preferida. Esta migración se da por etapas, en tanto que consideramos que el cambio es más un proceso y no un evento. La resiliencia, con el rescate de las propias competencias, sueños, y valores, permite atravesar las etapas que describiremos a continuación con el fin de instalarnos en esa nueva identidad de manera más enriquecedora.

  •  Fase de separación o de rompimiento con la vida que han conocido hasta el momento.
  • Fase intermedia, en que lo familiar está ausente y nada significa lo mismo que significada antes.
  • Fase de reincorporación: se ha llegado a un nuevo lugar en la vida. Una vez más estás “en casa” contig mismos y con una manera de vivir. Recuperas la sensación de tener conocimientos y herramientas para vivir.

No podemos dejar de recordar que no todas las pérdidas de la vida son iguales, no todos los retos nos exigen el mismo esfuerzo y la misma transición, y la vida actual nos lleva a atravesar dificultades nuevas, las cuales rompen aquellas cosas que tomábamos como seguras o confiables en la vida.

A mí me gusta comer, variado y mucho, además seguidito, ya sea en mi casa, en la calle, incluso cuando voy a casa de mi tía Lencha. Lo disfruto, lo procuro y lo comparto. Y si estoy satisfecha y no voy a pedir nada más, me gusta que me cuenten de qué va un platillo, me narren cómo se prepara y me inviten a comerlo en la próxima ocasión. Si  bien algunas personas me ven curiosito (sobre todo por aquel horrendo prejuicio machista de que para ser mujer me cabe un poquito de más), generalmente envidian el disfrute que en ello pongo. Yo me desconcierto un poco con aquellos a los que les gusta siempre lo mismo, a la misma hora, con el mismo plato, en el mismo lugar y con la misma gente… pero mientras disfruten también (y no sea causado por una neurosis empedernida) bienvenidos los gustos y placeres de cada quien.

¿Pero qué tal a la hora del sexo, del amor y del erotismo? La cosa cambia: la cuestión de la variedad de encuentros, gustos, estímulos y deseos se vuelven “perversiones”, sino es que algunas transgresiones se catalogan como francas desviaciones y patologías. ¡Ah, cuánta moralidad en un espacio que puede ser tan tan gozoso, lúdico, diverso y vinculante! Yo no soy quién para entrar en detalles de preferencias y orientaciones, pero de que la sexualidad hegemónica se toma como referente absoluto, qué ni qué.  Y así, vivimos en un mundo heterocéntrico, falocéntrico, heteronormativo y binomial (palabrillas domingueras que hay que incorporar): y todo lo que no es claramente hombre o mujer estrictamente distinguido, se borra; si el poder y la autoridad no se centra en el “macho”, se desprecia; si lo que se practica no va acorde a la “naturaleza” reproductiva, se juzga. Y en tanto que la heterosexualidad se toma como “lo normal”, la gente –en la familia, en la escuela, en el trabajo y en los bailongos- va suponiendo (y suplicando) que quien se nos ponga enfrente, mientras no exprese explícitamente lo contrario, será heterosexual.

No olvido la metida de pata de mi papá la semana pasada en la fiesta de 40 de mi primo Carlos. Al ver a un bebé hermoso arrullado en brazos de su padre, le dice: “qué lindo chiquito, ¿pero dónde está su mamá?”. A lo que el orgulloso padre contesta: “señor, Juan es mi pareja, somos dos papás”. Y mi papá con cara de “what” se dio la media vuelta y no dijo más (afortunadamente a sus 84 ha adquirido cierta prudencia). Pero como él, ¡centenas! Y cuando te sales del “cuadrito” ¿cómo se te trata, cómo se te habla, cómo se te evalúa?

¿Desde dónde es que nadie piensa que la heterosexualidad sea “anómala”? ¿Por qué asumir que quien disfruta, elije y explora otros caminos tiene que tener alguna tuerca mal? Si las multitudes mexicanas disfrutan a discreción los tamales de chile, de mole, de dulce, de elote, de raja, con o sin ajonjolí, ¿no podemos soltar la necesidad de prohibir o juzgar la existencia de diferencias en la cama y en el corazón? Y es que aún hoy cargando esta “lápida” circulan miles de congéneres que no se ubican en la norma y sobrevienen a tanta carga poniendo resistencia o actuando con resignación.

A mí que no me digan que “la naturaleza dice” o que “la esencia clama”. Querer explicar el “para qué” de todo es una manía sencilla para desacreditar conductas válidas: no todo tiene un para qué. Muchas cosas de lo humano son producto de la evolución –como el apéndice y el himen que hoy de poco sirven-. Lo que sirve, se usa, lo que no sirve y no molesta ahí está, y lo que no sirve y estorba, con permiso… Y como la sexualidad y los amores son también producto de lo social, son tanto más flexibles que lo que los sistemas de “salud” prescriben (me atrevo a afirmar que si le buscamos “chichis a las hormigas” bien poquitos de nosotros seríamos sanos sanos). Y bien sabemos que lo que platicamos que hacemos en la cama es mucho menos de lo que realmente practicamos en ella

La sexualidad no es fija,  la construimos durante toda la vida y así podemos movernos –más menos-  en un continuo entre homos, heteros, bis y j, y z demás. Así que de  adaptarme y resignarme a las circunstancias que imponen un discurso heterosexual hegemónico, yo prefiero cambiarlas y transitar por mi versátil barrio integrando, disfrutando y atestiguando la diversidad.

 

 

 

 

 

 

“El único viaje es el viaje interior”

 Rainer Maria Rilke

 Escribo frente a una ventana estrechita que da a un hermoso jardín rectangular lleno de flores coloridas y diversas plantas aromáticas. Alquilé este acogedor espacio dentro de una casa estilo inglés en una ciudad estadounidense, y todos los días me siento un buen rato en mi escritorio blanco, al interior del cuartito blanco que me asignaron  – blancas las paredes, blancas la cabecera, blancos los muebles, blanco el edredón que cubre la cama y blanca la página que está frente a mi – con la cabeza en blanco también, a escribir sin prisa alguna.

Estoy en una pequeña capital norteamericana: tranquila, suficiente, rodeada de montañas con restos de nieve que dejó el invierno y llena de espacios verdes que enmarcan las calles en este verano caliente. Y no es que haya llegado aquí tras largas deliberaciones sobre donde pasar mi periodo vacacional, sino porque el destino me arrojó aquí inesperadamente y ahora me doy a la tarea de retarlo construyendo con su jugarreta un destino personal. La Fontaine dijo que “Una persona suele encontrar su destino en el camino que eligió para evitarlo”, yo agrego que siempre que creo haber aprendido lo forma más oportuna para vivir, mi vida cambia, y tengo que descartar planes, reaprender estrategias, considerar opciones desconocidas y reconstruirme.

Difícilmente hubiera elegido este lugar para vacacionar pero ya que he sido yo elegida por el lugar mismo, me dispongo a descubrir el trayecto que estoy invitada a recorrer. Abro la venta y respiro un aire tibio, lleno de olores de jardín, ajeno a mi y al mismo tiempo mío y solo mío. Me lleno de energía. Integro imágenes y sensanciones, luego las suelto. Pienso poco, siento mucho. Cierro los ojos y vuelvo a respirar, y a kilómetros de mi mundo empieza a darse ese asombroso fenómeno que permiten los espacios desconocidos, esa sensación que en el día a día es imposible experimentar: fuera de contexto me vivo diferente, soy yo y al tiempo soy muchas otras más, y ante mi se presenta una historia no escrita, algo por diseñar, por descubrir, por precisar.

Y aquí, en mi silla blanca, en mi blanca habitación, con la mente en blanco, no puedo mentirme mucho: amplío mis perspectivas, entiendo de lo que estoy escapando, y me dispongo a descubrir lo que quiero, lo que puedo, lo que sueño hoy. Confirmo en la distancia que puedo ser más extranjera de mi misma en mi propia tierra, y que las tierras lejanas pueden ayudarme a adueñarme de versiones de mi que en el diario vivir se esconden, se minimizan, y mueren a punta de ser ignoradas. Me reconozco, me cuestiono, me expando. ¿Será que los destinos de viaje importan menos como lugares en sí que como creadores de experiencias transformadoras?

No dejo de recordar – por ejemplo – viajes de compras al extranjero que hoy confundo unos de otros, que resuenan en mi con aturdimiento, y que nubladamente vienen a mi recuerdo sin mayor trascendencia vital. Y no es que la vida toda se trate de “sumergirnos en las profundidades”, pero hay viajes bien planeados que no .tienen ningún efecto reparador.

Sigo escribiendo, y mientras me pierdo en las letras me voy encontrando a mi misma. En tanto desconozco lo que cada día me depara, comprendo el sentido del camino que recorro. Al acercarme a gente desconocida, reconozco una humanidad compartida, compasiva, y doy cabida a aspectos de mi que vivo como vergonzosos, dolientes, y que he intentado –con poca fortuna- desterrar. Experimentando la sublime sensación de salirme de cualquier trama y liberándome de todo referente puntual que me encadene, me desempolvo, me libero.  Como Julien Green confirmo que “ni siquiera el mejor explorador del mundo hace viajes tan largos como aquel hombre que desciende a las profundidades de su corazón”.

Penetro en mi alma y voy rescatando saberes enterrados, los honro. Comienzo a descifrar mis contradicciones, asumo temblorosamente mis temores, integro con aplomo mis dolores, dejo ir mis empecinamientos, y descanso –por un rato- del tiempo cuando corre de prisa, de los otros que me atrapan en el día a día, y de esa parte de me aprisiona desde la prisa, la costumbre y la falta de flexibilidad.

La página en blanco sobre el escritorio blanco dentro de mi blanca habitación se va tiñendo de colores, se va llenando de vida. Y complacientemente experimento que de a poco empiezo a extrañar las miradas de los míos y los quehaceres de mis rutinas. Por eso de vez en vez he de dejarme ir a donde el destino me lleve y hacer de un aparente viaje sin propósito un recorrido que me devuelva a mi.

En pleno siglo XXI parece difícil afirmar, sobre todo en ciertos contextos sociales, que el machismo sigue “haciendo de las suyas”. No podemos dejar de reconocer que a 50 años de la segunda ola del movimiento feminista  se han abierto un sin fin de puertas que facilitan el posicionamiento de las mujeres en las esferas sociales, económicas, políticas y culturales y con ello se avanza en la conquista de una sociedad más igualitaria. Sin embargo, más allá de las cifras aún perturbadoras de explícita violencia de género,  las diferencias de poder en las relaciones interpersonales, particularmente entre hombres y mujeres, dejan estragos lastimosos en las vidas de todos los seres humanos.

Contrario a lo que muchos pensamos, el machismo no es una característica individual de algunos hombres, sino una forma de relación  que pretende el dominio de algunos sobre los demás, -no sólo hacia las mujeres, sino también hacia otros hombres, niños o subordinados-. En una sociedad machista, todos somos en cierto grado machistas, no sólo los varones; por tanto todos ejercemos un cierto grado de machismo en las relaciones en que ostentamos más poder.

La sutileza del machismo actual usa estrategias menos burdas: como una penetrante mirada, ciertos gestos que no requieren articular palabras o la simple falta de atención. Quien recibe estas conductas se siente disminuido, retado o ignorado: sin “violencia” ni disputa se establece “por arte de magia” una relación desigual en la que alguien domina al otro.

Los valores y patrones de conducta que se originan de los prejuicios de superioridad/inferioridad afectan todas las relaciones interpersonales: el amor y el sexo, la amistad y el trabajo, el tiempo libre y la política. Además, el hecho de que la mitad de la población –la femenina generalmente- sea relegada a un papel secundario en el hogar, el trabajo y la toma de decisiones, tiene cada vez más relevancia en la productividad y competitividad, en la salud y la educación y en la  representación política.

Muchas mujeres que viven “en un segundo plano” piensan que esta experiencia de subordinación es efecto de un problema personal de sus parejas, colegas o jefes y lo justifican diciendo: “es un poco brusco”, “es muy exigente”, “está muy presionado o tiene carácter fuerte”, y agregan: “es que tuvo un papá distante”, “su mamá fue muy dura con él”, “ así son los hombres”. Considerar el machismo un rasgo personal de un varón cercano lo hace invisible en cuanto a su carácter social. Casualmente son muchos los hombres que presentan ese “carácter fuerte”, por ello no podemos simplificar así un problema social tan ancestral como complejo.

Muchos varones desconocen el problema y se preguntan por qué las mujeres no ven las cosas como ellos. En su confusión piensan: “nadie entiende a las mujeres”; incluso afirman con “ingenuidad”: “yo no soy machista, qué bueno que las mujeres trabajen y estudien; yo a mi esposa la dejo hacer lo que quiera… bueno, mientras no me falte al respeto o descuide la casa”. Sobra mencionar los chistes machistas en relación a las mujeres subordinadas: en la oficina, en la casa, en la escuela, esos que al final afriman “que calladita se ve más bonita”.

Hay un sin fin de conductas que podríamos seguir citando que reflejan dominación y control: el poder de callar al otro, la espera en la antesala, la infantilización de la mujer al sobreprotegerla y pedirle que se reporte constantemente, la devaluación de lo doméstico, entre otras. Muchos hombres afirman no ser machos pues participan mucho en el trabajo de la casa; falta decir que ese “mucho” se mide en un marco de comparación a lo que realizan otros hombres, -amigos o familiares-, pero no en relación a lo que llevan a cabo sus propias parejas.

Para lograr el cambio no basta con mejorar la condición de las mujeres, se necesita cambiar todas las reglas del juego; el acallado feminismo sirve pero no es suficiente, falta el acuerdo y la participación de los hombres. ¿Cómo invitarlos a involucrarse si en casi todos los países se han resistido a este cambio?. A nivel teórico el discurso masculino está a favor de la mujer y de la igualdad de los sexos, pero en la práctica aún hay mucho que los varones deben descubrir, explorar, comprender y aprender, y al final, varios privilegios de género que reconocer y a los cuales tendrían que renunciar. Y, claro está, también hay mucho que las mujeres deben aprender de estas nuevas dinámicas sociales, que proporcionan libertades pero también responsabilidades diferentes.

No podemos cambiar las relaciones sociales sin cambiar las relaciones íntimas y esto no se podrá acometer mientras no cuestionemos la base de nuestra identidad como hombres y mujeres. La equidad requiere redefenir tanto la feminidad como la masculinidad: dejar de considerar a los sexos como opuestos, promover la libertad de adoptar conductas y actitudes del otro género y promover la flexibilidad para alternar los roles cuando se desee o se necesite. Y con esto, poder intercambiar de forma más justa, más humana, respetando la igualdad entre los sexos en medio de su particular diversidad.

¿Te has sentido alguna vez excluido o discriminado? ¿Por qué será que hay quienes son abusivos y agresivos con algunas personas pero con otras no? ¿Todos podemos abusar de nuestra posición de poder o sólo lo hace la gente “mala”?

Todas éstas preguntas resultan ser un buen comienzo para abordar el tema del abuso, sobre todo en una época y sociedad en las que, al mismo tiempo que se lucha por la equidad, se tienen cifras alarmantes de discriminación, violencia y abuso de poder. ¿Te las habías hecho antes?

El abuso del poder no sólo se manifiesta con actos delictivos. Existen pequeñas acciones cotidianas que denotan abuso de poder: burlas, comentarios discriminatorios, exclusión, humillación, etc. Pero ¿qué es el poder?

El poder no es algo que se adquiere o posee, por eso no es posible guardarlo o dejarlo escapar. Por lo contrario, es una relación: una relación entre personas y entre instituciones, donde hay alguien que ejerce el poder y otro que se somete a él. Este sometimiento puede ser a partir de un acuerdo mutuo (como las relaciones Estado-ciudadano) o mediante la fuerza.

Y es evidente que este poder genera privilegios. Un privilegio es una especie de ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior. Esto es, cuando decimos que alguien posee privilegios, estamos asegurando que tal individuo tiene cierta ventaja sobre otros al habérsele “liberado” de realizar alguna obligación.

Los privilegios, en gran cantidad de ocasiones, son la antesala a la discriminación y el abuso de poder. Quizá el mejor método para enfrentarlo es la educación, tanto en casa como en las instituciones académicas. La familia y la escuela son los dos grandes responsables de formar ciudadanos que comprendan que ante todo somos seres humanos, seres vivos, que merecen una vida digna y con igualdad de derechos, libre de violencia y abuso.

Es importante identificar, nombrar, hacer visibles y denunciar los abusos. Hacer esto significa posicionarlos como un problema grave que afecta a quien los recibe (víctima), a quien los ejecuta (agresor) y a quien los presencia (testigo):

  • ¿Alguna vez alguien con más fuerza o poder te ha atacado u ofendido?, ¿qué circunstancia le dio la idea de que podía hacerlo?
  • ¿Alguna vez te burlaste de alguien por su forma de vestir o por su posición económica?, ¿qué te llevo a comportarte así?
  • ¿Alguna vez observaste que alguien lastimara a otra persona sólo por diversión, sólo “porque podía”?, ¿interviniste?

Las cifras de violencia en México obligan a sumar esfuerzos y estrategias para erradicar este problema. Comenzar desde el hogar y la escuela es indispensable para lograr una disminución de las conductas violentas existentes en la sociedad, desde este país hasta todo el mundo.

Si somos capaces de llevar a las aulas nuevas perspectivas de inclusión, ayudando a que los y las jóvenes interioricen la importancia de formar sociedades justas, incluyentes, compasivas y no violentas, estaremos renovando el papel que la escuela tiene en la educación de los y las niñas, más allá de conceptos teóricos y  de exámenes. Si somos capaces de crear conciencia en los padres y las madres de familia sobre la necesidad de enfrentar la crisis de valores mundial, educando desde los primeros años a tratar a los demás como iguales, estaremos reforzando el compromiso que la familia tiene como primer educador.

“Las locuras que más se lamentan en la vida, son las que no se cometieron cuando se tuvo la oportunidad”

 Hellen Rowland

Soy saludable, responsable y consistente: “como frutas y verduras”, hago ejercicio tres veces por semana, no fumo, duermo lo suficiente, medito, tengo buenas amistades, y he conquistado una autonomía suficiente para hacer lo que me gusta hacer. Pero nada de eso me lleva al equilibrio y menos aún a la normalidad. Y es que “no solo de pan –y ejercicio, y meditación, y descanso- vive el hombre” ¿Qué me dicen de la psique, el cerebro y la salud emocional? ¡Ah cómo me ha dado por estudiar sobre   neurociencias, ondas paroxísticas, y demás! Y es que de pronto siento unos impulsos –deseos, temores, cansancios, arrojos-  que van en contra de toda norma y me resultan difíciles de domar.

¿Pero acaso ser medio atípica no es saludable? Salirte de lo adecuado, de lo esperado, de lo deseable, ¿da cuenta de falta salud emocional? Por muchos años, ¡décadas! me torturé comparándome con la media, que gozaba de lo típico, y se conformaba con lo habitual. Me esforzaba por pensar-sentir-hacer lo que las mayorías disfrutaban y por supuesto que me agotaba tratando de encajar.

Hoy muy orgullosamente afirmo que me salgo de la normalidad: soy impulsiva, hiperactiva, impaciente, inquietante, extravagante e imprudente. Me descubro muchas mañanas queriendo que la noche comience de nuevo siempre con el anhelo de seguir soñando en eso, y en ese, que me reportaron bastante bienestar. Entra entonces mi “super yo” y toma las riendas: me levanto a organizar lo que me depara la larga jornada que tengo por delante. Pero buscando la ropa del día me dan unas ganas locas de acomodar cajones y de tirar cosas que siento que me dejarían espacio para no se qué y que me aligerarían no se qué más ¡No es hora de hacer limpieza de armario! ¿Ay qué hago con este impulso sin control?.  O replanteo mi intensa jornada o la “picazón” de hacer también una quema de papeles inútiles no me dejará arrancar. Y entra un hijo a interrumpir mi desorden y le cambio el nombre y le pido con urgencia que me suba un café… Y suena el cel y brinco de contento pensando que es con quién soñé ¡y me frustro al ver que me llama a quién planté! Y así a jalones y empujones interiores marcha el día de maravilla… y acometo, y logro, y promuevo, y delego, y resuelvo, y termino un día más…

¿Será que de cuerdos y locos todos tenemos un poco? Yo digo que de locos sí: tenemos bastante, y varios de nosotros. Y esa temida locura  -según y cómo- puede dar un toque peculiar a la vida, siempre que se reconozca, se medio entienda, se “quasi” acepte y se sepa manejar.

A mí, como a Jack Kerouac, “las únicas personas que me agradan son las que están locas: locas por vivir, locas por hablar, locas por ser salvadas…” Y así, entre manías, obsesiones, ansiedades, paranoias, y compulsiones, arranco y termino el día, tratando, con mucho esfuerzo, que no “me tiren de a loca”, nada más.

 

En la Roma (barrio en donde vivo) es un agasajo caminar cualquier día, a cualquier hora, por casi cualquier calle, y observar cafecitos repletos de singulares, parques llenos de gente soltera paseando a sus mascotas, librerías atiborradas de “solos” y bicicletas pa’rriba y pa’bajo con mochila al hombro y sonrisa en boca: una grata diversidad de adultos jóvenes, medianos y no tan medianos, a todas luces solteros, haciendo brillar nuestra hermosa ciudad.

Sin embargo, este no es el caso de todos los solteros y solteras del siglo XXI. Conozco a algunos de ellos que no acaban de “darle el golpe” a este asunto de la singularidad: o porque no superan un rompimiento, o porque han tenido que renunciar a legítimos sueños que pensaban conquistar.

 

 

 

«Sin minimizar la riqueza que puede ofrecer una satisfactoria vida de pareja no dejo de señalar la primacía que se le ha dado sobre cualquier estilo de vida personal y familiar».

Sin minimizar los dolores que cada quien atraviesa en esta corta vida, me pregunto si las necesarias transiciones de la misma pueden congelarse en una nostalgia que parece no tener final. Sin duda, los buenos amores aportan crecimiento, contento y valor a la propia vida, y dejan antojo de “para siempre” como si el amor realmente pudiera eternizarse sin tener un punto final. Es aquí donde comienzan los desencantos y la dificultad de continuar.

Ya lo dice el poeta guatemalteco Cardoza y Aragón: “El amor es eterno mientras dura…”, y es quizá esa creencia de que el amor puede no terminar jamás la que nos deja, entre otras cosas, viviendo a la deriva de un pasado que no regresará. Sin minimizar la riqueza que puede ofrecer una satisfactoria vida de pareja no dejo de señalar la primacía que se le ha dado sobre cualquier estilo de vida personal y familiar.

«La vida posmoderna –lo queramos o no- apunta a una alternancia de etapas de soltería y etapas de emparejamiento: en una existencia que puede durar 70, 80, o 90 años, es difícil sostener vivo el primer amor».

¿Pero de qué se trata esta nostalgia amorosa que nos ata al pasado? Quizá la clave consiste en distinguir justamente la nostalgia y la melancolía.

La melancolía se vincula más con la tristeza que con sentimientos instalados en la vida de la persona pueden culminar en una depresión; mientras que la nostalgia es un recuerdo biográfico que da coherencia a la propia vida: a través de ella predominan los recuerdos de las relaciones valiosas permitiendo que las memorias negativas se transformen generalmente en narraciones positivas.

«Yo tengo la certeza de que se puede integrar a la vida una nostalgia en la que recordar el pasado nutra, motive, y genere satisfacción».

Así, a diferencia de la melancolía, la nostalgia se centra en los buenos recuerdos del pasado y no en los malos momentos del presente. Yo tengo la certeza de que se puede integrar a la vida una nostalgia en la que recordar el pasado nutra, motive, y genere satisfacción.

Harold McMillan afirma que hay que “…utilizar el pasado como trampolín y no como sofá”. Y es que mis suficientes años me han enseñado que el futuro tiene puertas abiertas a nuevas posibilidades, pero sobre todo que de “cualquier momento presente siempre se puede hacer algo mejor”.

Conocernos y valorarnos a nosotros mismos es fundamental para fortalecer nuestra salud mental.  Las experiencias que conforman nuestra vida –tanto de la interacción con el ambiente, como con las demás personas e incluso con nosotros mismos– nos permiten aprender sobre el mundo y dicho aprendizaje es necesario para resolver cada desafío que se nos presenta. Ese conocimiento y la valoración de nuestra propia persona nos permite construir nuestro carácter y una imagen de quiénes somos. La autoestima es, precisamente, la impresión que tenemos de nosotros mismos, basados en las experiencias y sentimientos que hemos ido interiorizando a lo largo de nuestra vida.

Podemos creer que somos inteligentes, obstinados, valientes, cobardes, etc., o bien, podemos sentir gusto o disgusto por nuestra imagen personal.

Poseer una autoestima sana nos permite sentirnos capaces de dar salida a las situaciones que la cotidianeidad nos demanda día a día: crear relaciones sólidas, lidiar con el sufrimiento, ser autónomos, desarrollarnos profesionalmente, etc., así como vivenciarnos como merecedores de amor y respeto. Podemos creer que somos inteligentes, obstinados, valientes, cobardes, etc., o bien, podemos sentir gusto o disgusto por nuestra imagen personal. Todas estas auto-concepciones y valoraciones personales son ingredientes de la autoestima y nos permiten saber si tenemos una autoestima alta o baja.

La autoestima es el concepto que tenemos de nosotros mismos, pero ¿cómo se forma? Tomando conciencia de nuestros atributos personales y usándolos oportuna e inteligentemente. Tales atributos personales son rasgos, aptitudes, capacidades o habilidades que todos poseemos y que podemos desarrollar y mejorar por nosotros mismos. La autoestima se empieza a construir desde los primeros años de vida de una persona, y es el resultado de la interacción física y emocional que tiene un niño con su círculo más cercano, es decir, sus padres o aquellos que se encargan de cuidarlo y procurarlo. Con el paso del tiempo, esta interacción genera una sensación de aceptación, de satisfacción personal y consciencia de que es valioso ser recíprocos con quienes nos han dado amor.

LA AUTOESTIMA POSEE DOS COMPONENTES BÁSICOS:

  • La autoeficacia o competencia: El sentimiento de capacidad personal, la confianza en uno mismo, el sentimiento de ser capaz de enfrentar los retos de la vida de manera responsable y madura. Sentirse competente proporciona una sensación de satisfacción al saberse capaz de resolver los problemas de manera reflexiva e inteligente.
  • La auto-dignidad o mérito: El sentimiento de valor personal, la confianza de que se tiene valor como individuo. Valorarse a uno mismo nos permite apreciarnos, dar cuenta que merecemos amor y felicidad, de tal modo que buscamos satisfacer nuestras necesidades básicas y construir una vida más agradable y exitosa.

La integración de ambos conceptos en nuestra vida diaria requiere de un gran esfuerzo que nos permite crecer y mejorar nuestra vida. La mejor forma de crecer como personas es cuestionar nuestras actitudes y pensamientos, enfrentar prejuicios y atrevernos a romper esquemas. Si a la autoestima le sumas el desarrollo de tus propios atributos, estarás en el camino de la seguridad personal. Cuidar de nuestro estado emocional no es menos importante que cuidar de nuestro cuerpo, de hecho, nuestra salud mental tiene efectos en nuestra salud física y la ciencia cada día avanza más en la búsqueda de la conexión real entre nuestras emociones y las enfermedades que adquirimos.

Así, la autoestima es una herramienta importante con la que contamos para enfrentar la vida. Re-pensarla, reconocerla y trabajar sobre ella resulta crucial frente a las demandas y cambios de nuestro tiempo, pues parece respirarse en el ambiente una gran incertidumbre e insatisfacción en lo que la gente hace, en cómo se siente, en cómo vive y en cómo ve el futuro.