Pues como Pedro Infante: “Yo soy quien soy, y no me parezco a naiden”. Y la verdad es que me parezco a muy pocos porque mi 1.80 de estatura me distingue de muchas personas, hombres y mujeres, particularmente en este mi adorado México.

Se pensaría, como mucha gente me dice, que “mi tamañito” es un privilegio en una sociedad que sobreestima la estatura. ¡Como recuerdo a mis 14 años (hace ya algunas décadas) cuando por primera vez viajé a Europa  -siendo ya cuan larga soy- que tuvimos que hacer un trasbordo en Ámsterdam para llegar a Barcelona: en la escasa hora que deambulé por el aeropuerto vi a muchas más mujeres tanto más altas que yo –o de mi vuelo al menos– de las que había visto en México en toda mi quinceañera vida.

Lo curioso, además de la s1ngular sensación de “igualdad”, fue la experiencia de respetuosa “invisibilidad”. Es que para mi era extraño que nadie se me quedara viendo con cara de ”¿será de verdad mujer?”, o de “¿qué clase de zancos porta esta chica?”, ni decir los murmullos irrespetuosos de “grandotas aunque me peguen…”

Será la “manga del muerto” y dirán que la altura proyecta respeto, seguridad, y elegancia. Yo me veo grandota en un Fiat de esos chiquititos que me gustan, rozo al pasar bajo algunos candelabros colocados -desde mi longitudinal perspectiva– fuera de lugar, y sufro para encontrar pantalones de mi largo.

Mi querida Martha Debayle, en uno de sus programas de radio contaba que se volaría los dedos chiquitos del pie por medir 20 cm más, ¡y yo que le donaría unos 12 cm de mil amores! Pero la vida, en ese sentido, ni es justa, ni es igualitaria.

“Pero como digo una cosa digo la otra”, con el correr de los años mi “tamañón” ha jugado también a mi favor. Será que al paso del tiempo he acabado por creerme que la estatura, al menos en México, tiene algún significado. Y sin dejar de recordar mi frustración escolar de no poder ir hasta delante de la fila de la manita de la “Miss”, pienso que hoy la cosa del 1.80 me permite ver “literalmente” la vida desde un panorama más amplio y experimentarme de una forma diferente y peculiar.

Y eso de llamar la atención, que antaño me horrorizaba, se ha convertido en algo gracioso, sobre todo por lo que atañe a desafiar tabús y atravesar prejuicios. Especialmente cuando ando por la calle de la mano con mi novio, (quien es notoriamente más bajito que yo),  ya que a tanto privilegio ancestral masculino, su 1.68 y mi 1.80, nos genera una sensación de compensatorio y amoroso desafío e igualdad.

Me siento afortunada de haber nacido en los 60´s y con ello empezar a disfrutar de las posibilidades de una vida que mis “ancestras” les hubiera sido imposible imaginar. Fui a la Universidad, me casé con quien quise, he trabajado toda mi vida, me he especializado, diversificado y refinado en mi profesión. Tengo los hijos que elegí tener y vivo bastante a mi placer…

No he sido ajena al tema del amor; he conocido el matrimonio, también los deslices efímeros y me he quemado –a fuego lento o de un jalón- con la pasión.  ¿Cómo es entonces que de vez en vez me gana el abrume, me absorbe el cansancio y me pasma cierta desolación?

Las mujeres hoy hemos conquistado muchos territorios nunca antes pensados para nosotras, vamos escogiendo lo que antes se nos imponía y disponemos de más recursos para diseñar la vida a nuestro mejor entender. Pero muchas veces minimizamos que lo que para nosotras son grandes logros y liberación, también tiene una trampa de exceso y de invisible coerción.

Tenemos nuevas posibilidades y pisamos nuevos escenarios, sí; pero, ¿alguien nos sustituye realmente en nuestro rol ancestral?; ¿podemos compartir paritariamente tareas que se nos han adjudicado por aquello de nuestra “naturaleza femenina” y que en ocasiones más que realizarnos nos atrapan dejando una vida con poco equilibrio personal?

Clara Coria, en su libro “Los Cambios en la Vida de las Mujeres” describe cómo las féminas aún nadamos contra corriente. Define la contra corriente como todas esas tareas y funciones que las mujeres realizamos para que marche la vida de los demás.

En nuestra esfera privada habilitamos la vida de nuestras familias y quereres cercanos: parejas, hijos, padres, hermanos, amistades y compromisos sociales en general; y en la esfera pública (instituciones públicas y privadas, laicas y religiosas, educativas o laborales) también desempeñamos roles y puestos de trabajo –con sueldos con frecuencia menores a los de los varones-  tendientes a proporcionar servicios que faciliten la vida de quienes están a nuestro alrededor. Hay sus excepciones, las hay, pero pareciera que en el ser mujer está dicho que hemos de “ser para los otros”  y dejarnos en segundo lugar, siempre por supuesto esforzándonos un tanto de más.

Y ahí andamos haciendo “circo, maroma y teatro”, buscando recursos y armando malabares para hacerlo todo y hacerlo bien. Pero, ¿será necesario, lógico y natural que seamos una especie de “superwoman” que explicita o recónditamente se siente a punto de tronar?  Querer conciliar tantas faenas nos supera en demasía, nos deja escaso tiempo libre y merma de forma considerable nuestro bienestar.

Soy lo último parecido a la proclamación de la mediocridad, pero evidentemente noto en mi cuerpo y en mi psique, al igual que en el de muchas de mis congéneres, que hacemos demasiado y por eso nos extenuamos. ¡Ah! Y solo nos quejamos cuando ese “demasiado” o se nos “pasó de tueste”. De vez en vez una explosión, ¡cómo no, si somos humanas!; sobre todo cuando vemos que nuestros queridos más cercanos -que nos aman, sí, pero se nos cuelgan, también- tienen más tiempo libre, menos responsabilidades, más diversión y menos agotamiento. Es hasta entonces que empezamos a cuestionar si no podremos “tener una rebanadita de ese mismo pastel”.

Las mujeres, de la mano de nuestro imparable desarrollo, seguimos cargando a cuestas (y en solitario) los mandatos de ser buena madre, buena hija, buena compañera, buena trabajadora, buena esposa… Manejamos así dobles y triples turnos y desplegamos la impronta de ser “satélites de los deseos ajenos” y amalgama del “verdadero amor”. ¿Se abusa de nosotras? Sí. Y con un espejismo de “libre elección”  lo que se perpetúa es un “sexismo de libre elección”. Por eso no entendemos: si nosotras escogimos nuestra vida ¿por qué nos sentimos tan mal?. Es que adaptamos nuestras preferencias a lo que se nos ofrece, pensando que elegimos con libertad. Nadar contra corriente desgasta, el problema es que a punta de hacerlo y de que nos salga, nos parece normal.

No solo las alternativas reales siguen siendo limitadas, sino que los condicionamientos de género siguen condicionando nuestro pensar, sentir y actuar. Aún falta una conciencia para cuestionar más la forma en que vivimos, y también faltan verdaderas alternativas que concilien lo laboral, lo familiar y lo personal. En eso estamos muchos, y seguimos sembrando de a poquito, pero entendamos pues -y comprendan quienes creen que la igualdad de género ya es una conquista: ¿cómo no nos vamos a agotar?

La persona codependiente manifiesta una excesiva e inapropiada preocupación por las dificultades de otra persona.

Genera relaciones problemáticas –insatisfactorias y hasta destructivas – por la falta de individuación. No ven que: “Tú eres tú y yo soy yo”.

Organiza su conducta alrededor de las necesidades del otro para calmar su propia ansiedad.

Síntomas codependientes:

  1. Estar siempre preocupado por complacer a los demás.
  2. Tener dificultades en decir que no o en expresar sus preferencias.
  3. Comunicación deshonesta y confusa.
  4. Su autoestima depende de la aprobación de los demás.
  5. Temor a ser rechazados o abandonados.
  6. Dificultad de estar en soledad.
  7. Negación de aspectos problemáticos para no desestabilizar ni molestar
  8. Pasan su tiempo tratando de cambiar a su pareja u otras personas significativas.
  9. Falta de límites claros.
  10. Sostienen relaciones insatisfactorias
  11. Necesidad de control que les da “pseudo seguridad”
  12. Obsesiones por los propios errores o las conductas de los otros.
  13. Genera relaciones de sumisión-dominación.

¿De dónde viene?

  • Por una estructura de carácter muy ansiosa.
  • Por carencias afectivas tempranas y por tanto no desarrollar un apego seguro.
  • Por creencias románticas sobre el amor “Tu y yo somos uno mismo”.
  • Por condicionamientos sociales que nos hacen poner de lado nuestra vida personal y depender de alguien. En general a las mujeres más que a los hombres se les educa para ser satélites de los deseos ajenos.
  • Desigualdades de poder donde alguien realmente tiene menos poder (físico, económico, social: generalmente las mujeres) y aunque quisiera salir de la relación pone en riesgo su integridad física, emocional, económica, etc.

Hay que pedir ayuda cuando:

– Sientes que estás perdiendo individualidad

– Te encuentras aislado/a socialmente

– Mientes sobre tu pareja a tu amigos y familiares

– te sientes atrapado en una relación que no te conviene

*La independencia económica no genera la autonomía pero sin independencia económica no se puede conquistar la autonomía. ¿Qué es la autonomía? La legitimación de los propios deseos, necesidades, intereses y valores.

 

“Pequeños periodos de trabajo intensivo
generan grandes beneficios en tus relaciones”

La falta de tiempo, las grandes distancias y los diversos desafíos de nuestro presente hacen que a muchas personas les resulte imposible atender un proceso terapéutico semanal, incluso quincenal. Por eso hemos diseñado el Programa Intensivo de Psicoterapia, un servicio que no solo abre opciones claras y eficaces para entender y mejorar la dinámica de la vida en pareja y en familia, sino que también se adpata a las necesidades de la vida actual.

¿Para quiénes es adecuado?
Para parejas y familias que al sentirse atrapadas en una dinámica relacional viciada, quieren aprender a sortear, afrontar y atravesar sus problemas con nuevas herramientas, menos desgaste, y mejores resultados en lo individual, en la relación de pareja y en la convivencia familiar.

¿A quíen va dirigido?
A todas las personas que:
1. Buscan una valoración de su situación
2. Requieren un tratamiento terapéutico breve pero intensivo, sólido en lo profesional y eficaz en lo relacional.
3. Quieren romper ciclos relacionales viciados.
4. Quieren aprender a manejar y resolver problemas.
5. Desean construir relaciones de pareja y familia más satisfactoria.

¿Cómo funciona?
El Pogrmada de Psicoterapia Intensiva no da respuestas mágicas a problemas complejos, pero sí es una herramienta poderosa que favorece el entendimiento y el cambio. También es un recurso preventivo ante los dilemas incipientes que se presentan en toda convivencia de pareja y de familia.

Comprendemos que el conflicto en las relaciones más allá de que algo vaya “mal”, es una fuente primaria de crecimiento y madurez, así el Programa Intensivo de Psicoterapia no sólo fomenta soluciones ante los problemas, sino que los utiliza para el crecimiento de las personas involucradas. Pero minimizar, negar y evadir los malestares relacionales, tarde o temprano genera quiebres severos que pueden ser irreparables.

¿Cómo trabajamos las sesiones?
Dependiendo de la particular situación que esté atravesando la pareja o familia, se trabajan entre 5 sesiones -en la modalidad básica- hasta 12 sesiones -en la modalidad extensa-.

Las sesiones son de una hora y se dan en un intervalo de va dura desde medio día hasta un día y medio.

Si bien con información previamente solicitada se diseña una propuesta a la medida de los consultantes, esta misma se va ajustando durante el transcurso de las sesiones a las demandas puntuales del proceso en curso.

Todas las sesiones tienen en común:
• Un entendimiento único de cómo funcionan las relaciones amorosas y familiares.
• Una nueva imagen de uno mismo, de su pareja/familia y de las relaciones humanas.

En su esquema básico se plantean 5 sesiones que consisten en:
1. Descripción del problema y síntomas que genera.
2. Primera sesión individual con los miembros de la familia o pareja para abordar la perspectiva de cada uno en la dinámica relacional.
3. Segunda individual con los miembros de la familia o pareja para abordar la perspectiva de cada uno en la dinámica relacional.
4. Sesión de pareja o familia con devolución sobre las interacciones que vician la relación y con reconocimiento de las creencias que sostienen esas interacciones incluidos los rasgos de carácter de cada uno de los participantes.
5. Sesión conjunta con alternativas de solución.

A este esquema se agregan, en la modalidad extensa, ejercicios vivenciales, información general del problema que atraviesan, ejercicios de resolución de conflictos, y sesiones de profundización tanto individuales como conjuntas.

Temas frecuentes a trabajar en un Programa Intensivo de Psicoterapia:
• Infidelidad.
• Crianza de los hijos.
• Falta de comunicación.
• Desigualdad de poder en la familia.
• Violencia intrafamiliar.
• Relaciones con la familia de origen.
• Necesidad de mayor intimidad.
• Necesidad de mayor compromiso.
• Necesidad de mayor pasión.
• Transición en los ciclos de vida de pareja y de familia.
• Desmantelamiento de pleitos frecuentes “sin importancia” pero que repercuten a la relación (es).
• Separación y divorcio.
• Discusiones constantes.
• Problemas de control y de poder en las relaciones.
• Problemas en la relación erótico-afectiva.
• Celos.
• Manejo del dinero en la familia y la pareja.
o Entre otros…

¿Qué puedes esperar de este abordaje?
• Aclarar origen del problema.
• Trascender discusiones y argumentos innecesarios.
• Parar los intentos de solución que agravan el conflicto.
• Integrar perspectivas diferentes sobre los problemas para generar cambios significativos en la dinámica relacional.
• Tomar responsabilidad individual de la participación en el conflicto de pareja o familia para que el cambio suceda.
• Revertir el ciclo negativo y viciado en pro de dinámicas relacionales más oportunas y constructivas.
• Construir relaciones actualizadas y satisfactorias.

¿Se da algún tipo de seguimiento?
Al terminar el Programa de Psicoterapia Intensiva, los consultantes junto con el terapeuta, decidirán si sé requiere algún tipo de seguimiento, y en caso de considerarlo necesario lo elegirán –en tiempo y forma- de común acuerdo.
Solo un 50% de los consultantes solicita algún tipo de seguimiento (en persona, virtual o por escrito). El otro 50% deja abierta la posibilidad de consultar tras dejar pasar un tiempo suficiente para acentar lo aprendido y aplicar nuevas acciones y prácticas en su relación.
La pareja y/o la familia, con o sin seguimiento, se llevan un serie de tareas para afianzar el impacto del proceso vivido.

Tel: 15570199

 

  1. Antes de iniciar cosas nuevas, cierra círculos y limpia tus cajones. ¿Cómo iniciar algo y creerte que lo lograrás si tienes muchas tareas pendientes? ¿De qué forma introducir cosas nuevas a tu vida si no te liberas de lo que ya no requieres para tu caminar? Haz un recuento de dónde y cómo estás.
  2. Asume que el cambio no es un evento sino un proceso. Por tanto no se pueden hacer un par de movimientos y esperar milagros, pero sí pequeñas acciones sostenidas en el tiempo te llegarán a lugares diferentes.
  3. Alinea tus aspiraciones a tus posibilidades. Desconocer tus recursos reales –económicos, sociales, afectivos- te llevarán a desear imposibles, a frustrarte y a dejar de creer en la posibilidad de mejorar. Pero al mismo tiempo, aumenta las cartas que te ha dado la vida (recursos de todo tipo) y haz mejores jugadas.
  4. Pero ojo, cuándo uno cree dominar el juego, la vida te dará seguramente un “volteón” y tienes que volver a aprender a jugar, otro juego pero ahora sí con más cartas, mejores estrategias, y más experiencia. De ahí la importancia de tolerar la incertidumbre y ansiedad que produce lo nuevo y lo desconocido.
  5. Pensar sirve, pero sobre pensar no te llevará a la transformación.
  6. Ejercita la voluntad: ¡nada la sustituye! Hacemos y deshacemos cosas, terapias, lecturas, pero el cambio lo acciona una mismo. No tus consultores, ni tus terapeutas, menos tu mamá, tus acciones. La voluntad es como las postural del yoga… Pero con metas REALES aunque sean pequeñas, pero sostenidas.
  7. No todo depende de ti. La cancha en que jugamos no siempre es pareja, por eso el tema del poder es importante ¿Quién tiene más privilegios en todos sentidos? Quién goza de más privilegios tendrá más facilidades para conseguir cosas. ¡No te culpes de todo! Pero sí hazte consciente de tu situación.
  8. Considera el trabajo colaborativo en un mundo individualizado. De ahí la importancia de compartir, y de ser necesario trabajar en equipo y formar grupos para compensar los desbalances. Ni qué decir de las políticas públicas que harían falta en tantos ámbitos familiares, sociales, económicos y políticos.
  9. El malestar amoroso es una constante así que:
  • No hagas del amor tu único proyecto de vida.
  • Y si quieres vivir en pareja, renuncia a la pareja “ideal”, no existe. Lo que sí hay son amores suficientemente buenos.
  • La valoración personal en tanto que me quieren, o me desean, o me eligen, es una trampa mortal para la autoestima.
  • Deja de compararte con la gente que tiene una vida, una pareja, una familia, “normal”. ¿Qué es normal hoy? Existen muchos modelos de vivir el amor, la vida, la familia, y la soltería.
  1.  Ve más allá de tus narices. Mucho de lo que hagas hoy no lo verás mañana, ni quizás pasado mañana, pero eso no quita que te de sentido de vida y de realización personal.

 

Si estás muy atorado. Pide ayuda: comparte, pregunta, consulta.

De todas las frases trilladas que he escuchado o leído respecto al cambio la que más me resonó -que no me acuerdo de quién escuché- dice que “lo único que no cambia es el cambio”; y es que si bien el cambio siempre ha estado presente en nuestros ciclos de via, hoy más que nunca es una constante que abre el cuestionamiento de qué postura queremos asumir ante él: ¿somos agentes pasivos o tomamos las riendas de nuestra vida?

Muchas personas empiezan el año esperando que algo pase, que alguien llegue, que se ganen la lotería, que su ángel les de la pista… Existe la magia de la transformación sólo si tú haces lo que te corresponde para cambiar. Ya lo dijo San Agustin: “Ora como si todo dependiera de Dios, pero actúa como si todo dependiera de ti.”

El cambio es un proceso, no un evento y una pequeña diferencia introducida en una actuar con inercia puede llevarnos a un lugar diferente.

¿Quiero o no quiero cambiar?

Existe siempre la tensión que se genera entre el deseo y la necesidad de cambiar y la comodidad de lo conocido. Los seres humanos nos sentimos confortables cuando tenemos control sobre nuestras expectativas de competencia, confianza, control y comodidad. Cuando las circunstancias varían y esas expectativas se perturban, nos hallamos ante el reto del cambio. Si nuestra capacidad de adaptarnos no es adecuada, sufrimos el impacto del cambio y nuestra conducta se inadecúa; es como si perdiéramos el equilibrio.

Cuánto tardemos (y si tendremos éxito o no) en adaptarnos al cambio, dependerá de nuestra percepción del mismo como oportunidad o como amenaza. Ese marco de referencia está conformado –en buena parte- por nuestras creencias.

¿Por qué no cambia la gente? Aunque quiera…

1. Por no tolerar el malestar y ansiedad de lo desconocido y la incertidumbre.
2. El cambio implica un desafío.
3. El confort adormece la consciencia e impulsa al autoengaño.
4. Por no correr riesgos.
5. Temor a hacer el ridículo.
6. Falta de voluntad: posponer gratificaciones para un bien mayor.
7. No saber cómo iniciar la transformación de manera realista.

Es cierto que el primer paso para cambiar es querer cambiar, sin embargo, en este caso no aplica el tan sonado “querer es poder”; querer no es suficiente para hacer un cambio significativo. Como ya lo dije, el cambio es un proceso y se requiere de varios elementos para llevarlo a cabo.

Entonces… ¿cómo le hago para cambiar?

1. ¡Para! Deja de hacer lo mismo que no te ha funcionado: Hacer más de lo mismo puede ser fácil, conocido incluso habitual, pero no llevará a resultados diferentes.

2. Cierra círculos: Reconoce lo que es un obstáculo. No puedes meter cosas nuevas en un cajón si no sacas las viejas. No puedes iniciar una nueva relación si no has cerrado una anterior. No puedes iniciar un nuevo proyecto si estás intranquilo con un trabajo anterior.

3. Ponle nombre a tu problema: Detecta tu malestar. Antes de lanzarte a actuar sin ton ni son, permítete sentir de qué va tu desasosiego, frustración o sensación de fracaso. ¿Qué es lo que realmente te perturba? ¿Tiene que ver con alguien o contigo?

4. ¡Encuentra tu motor! Descubre lo que daría propósito a tu vida. El significado y sentido de vida es el motivador superior para de ahí construir un proyecto personal. ¿Qué quiero? ¿Qué anhelo? ¿Con qué sueño?

5. Ten una línea de metas en el tiempo: Establece objetivos específicos; a corto, mediano y largo plazo. Pocos pero consistentes, alcanzables y claras. Pero si tus metas no corresponden a tus habilidades, te puedes frustrar innecesariamente, adecua tus aspiraciones a tus posibilidades reales

6. Reconoce tus recursos: Haz una lista de tus competencias en uso y de las que hay que explotar: Las que ya utilizas y las que puedas desarrollar. El autoconocimiento y aceptación personal son la base del uso oportuno y constructivo de tus recursos. No todos poseemos los mismos rasgos pero todos tenemos diversidad de recursos.

7. Diseña un plan de acción: En tiempo y forma. Inicia con lo que es de más flojera para dejar el premio para después!

8. Evalúa y rectifica en el camino: Pueden cambiar tus deseos, tus posibilidades, y se vale. Además no hay uno solo camino ni una mejor decisión, son diversas las opciones para poder lograr el cambio y la satisfacción. ¡Toda experiencia es útil si la asimiladas y afina tu sentido de propósito y tu camino a seguir!

9. ¡Celebra tus avances! Cada paso es valioso, no sólo el resultado final.

¿Cómo iniciar el cambio? Experiencia, acción, narración…

Es común estar cansado de vivir de determinada manera o estar harto de alguna situación, pero la gente con frecuencia se queja y se queja sin tomar la decisión de hacer algo para ponerse en otro lugar. A veces el grado máximo de malestar o la sensación de un atrapamiento sin salida es lo que te lleva a la convicción de que así no puedes seguir.

Sería muy útil anticiparte a ciertas “catástrofes” de la vida e iniciar movimientos en relación a ti mismo y al tipo de vida que tienes antes del derrumbamiento. Esta óptima alternativa de anticipar el cambio no es usual y generalmente son los acontecimientos los que se imponen aun sin planearlo o quererlo.

Van algunas ideas para “echar a andar el motor del cambio”:
– Diseñar experiencias de vida variadas: planear un viaje, leer un libro, cursar un taller, generar alguna relación. Las experiencias de vida te obligan a salir de tu zona de confort, te perturban (esto lo quitaría) y por tanto amplían tu manera de vivirte y mostrarte; te enriquecen.
– Crear nuevas narraciones sobre ti y sobre el mundo que te rodea; este mecanismo privilegia la reflexión: revisa cómo te describes, analiza tu pasado y reacomódalo generando diversas interpretaciones del mismo, agrega explicaciones que enriquecen el cuento que siempre te has dicho de ti mismo. Reescribe tu historia preguntando a quienes te rodean cómo te ven.
– Ejecutar acciones concretas que te permitan hacer las cosas de manera diferente. No requieren ser acciones enormes de las que esperes un cambio radical; pueden ser pequeñas cosas que en conjunto den una inercia distinta. Por ejemplo, poner límites a conductas abusivas de otros, pedir lo que necesitas, levantarte más temprano, expresar lo que sientes, abrir una cuenta de banco, visitar a alguien que no has visto, compartir con alguien lo que piensas, comprar algo que siempre has deseado o cambiar tu cama de lugar.

Planear experiencias, construir nuevas narraciones o ejecutar acciones es realizar conductas de autovalidación. Estas conductas te moverán de la zona en la que estás “incómodamente” asentado, te permitirán descubrir tu poder y conquistar tu autonomía. Modificar lo que vivencias, lo que dices o lo que haces, promoverá un movimiento en cualquier punto de este “triángulo” experiencia-narración-acción activando tu proceso de transformación.
Pero ojo, si no te decides internamente no puedes echar a andar este proceso. Si bien en este caso el “querer es poder” no aplica, la decisión de cambiar es previa a cualquier acción, sin ella es imposible movilizar ningún recurso. Y recuerda que la transformación es el único camino hacia la auténtica autoestima y autorrealización.

¿Quieres cambiar?

Arrancamos el año intentando generar un cambio –o varios -: pareciera que los comienzos de temporada nos dan bríos para lograr lo que siempre hemos deseado y emprender lo que llevamos años planeando. Pero es común que al poco tiempo se nos derrumbe la ilusión de que con los propósitos de un nuevo año se sostendrá la nueva actitud requerida para llegar a las metas.

El cambio requiere tiempo; es un proceso, no un deseo ni un evento. Pero sobre todo, la transformación requiere cerrar cíclos pasados para iniciar otros nuevos. Por esto es mejor iniciar el año “limpiando los cajones” para que en ellos quepan cosas nuevas…

¿Podrías correr un maratón con un pie luxado?

¡No! Para lograr con éxito y disfrute la carrera hemos primero de recuperarnos, fortalecernos de a poco y después lanzarnos a correr. Así es el proceso de cambio: soltar proyectos fallidos, cerrar relaciones inconclusas o lastimosas, pagar deudas acumuladas, acomodar dolores del alma y del cuepo.

¿Por qué no iniciar antes de cerrar…? Porque es difícil y engañoso iniciar nuevos emprendimientos con cargas antiguas y patrones de conducta obsoletos.

¿Por qué no logro cambiar?

  1. Por no tolerar el malestar y ansiedad de lo desconocido y la incertidumbre.
  2. Por no querer enfrentar el desafío que implica el cambio.
  3. Por quedarte en el confort que adormece la consciencia e impulsa al autoengaño.
  4. Por el miedo a correr riesgos.
  5. Por el temor a hacer el ridículo.
  6. Por falta de voluntad: no posponer gratificaciones para un bien mayor.
  7. Por no saber cómo iniciar la transformación de manera realista.

¡No te metas el pie!

¿Cómo comenzar cerrar cíclos?

  1. ¡Para! No te lances a actuar “sin ton ni son” en nuevos proyectos.
  2. No evadas. Detecta sentimientos que te incomodan y relaciona con qué evento o situación se relacionan.
  3. Ponle nombre a tus “círculos abiertos”. Menciona tres cosas que no quieres cerrar o afrontar. Sólo menciónalas.
  4. Numera tres acciones. Los pequeños cambios hacen grandes diferencias. Por tanto piensa en 3 actos concretos para destrabar estos “círculos” que no has cerrado: consultar con un buen consejero, hacer una llamada telefónica, escribir una carta, hacer una consulta. ¡No planees de más! Ejecuta esas tres acciones.
  5. Date un tiempo para ver qué efecto tienen esas acciones en ti. ¿Te cambia la visión de la situación? ¿Se abre una nueva ruta de acción? ¿Encuentras otros caminos de solución o cierre?
  6. Diseña un plan de acción. Ahora sí, plantea pequeños procesos, en tiempo y forma, para cerrar tus círculos abiertos. No tienes que hacerlo en un mes pero sí proyectar en una línea de tiempo: qué, en cuánto tiempo, cómo y con ayuda de quién lo vas a llevar a cabo.
  7. Reconoce tus recursos. Haz una lista de las competencias y recursos que tienes para avanzar en los procesos que te planteaste. No todos poseemos los mismos rasgos pero todos tenemos diversidad de recursos.
  8. Sostén tu motivación. Si te sientes flaquear recuerda que estás promoviendo el cambio. Cuestiónate… ¿Qué quiero? ¿Qué anhelo? ¿A dónde voy?
  9. Evalúa y rectifica en el camino. Se vale verificar si las acciones que estás realizando te llevan al cierre que deseas o si lo que estás haciendo es suficiente para avanzar.
  10. ¡Celebra tus avances! Haz un ritual del cierre: comparte lo logrado con un amigo, date una cena para celebrar, regala cosas que no requieres o escribe una carta de terminación. El reconocimiento más importante es el de uno mismo.

¡La magia existe! Pero con una condición…

Si, y solo si, -como dijo San Agustín- “Oras como si todo dependiera de Dios, pero actúas como si todo dependiera de ti.”

¡Suerte! Y buen comienzo de año…

 

Para gusto de algunos y disgusto de muchos, ya no creo en lo que creí tantos años atras. Y sin despreciar mis cristianos orígenes, hoy me queda claro que ni la Virgen María fue virgen, ni que San José nada tuvo que ver en el famoso asunto; y por tanto que Jesús tampoco es el hijo de Dios que me contaron. Pero eso no le resta atractivo a su vida, ni a las celebraciones decembrinas, porque entre tantas andanzas, leyendas y datos históricos, queda mucho de humanidad en todo lo que celebramos, lo cual ni le resta magia a estas fechas, y sí le agrega esperanza y asombro.

Y si bien, así como García Marquez escribió en el 80 -“La Navidad es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables…. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones”-, también es para  aquellos que sí nos queremos (que somos los más), el momento de visibilizar, reconocer, agradecer y fortalecer los vínculos que entre nosotros hemos tejido. Y no solo por regodearnos de que nos tenemos y nos disfrutamos sino porque es justo en nuestro intercambio solidario y amoroso que se refuerza mi fe en nuestra humanidad.

Y es que como quiera “los dioses” pueden hacer y deshacer y más o menos les funcionan las cosas (insisto, más o menos) pero a nosotros los humanos, con nuestra vulnerabilidad y nuestros temores, nos implica tanto y tanto  desprendernos de nuestros temores, posponer nuestras gratificaciones, hacer a un lado rencillas y soltar privilegios, poniéndonos junto con los demás en un lugar de igualdad y respeto mutuo. Porque sí,  los humanos así como nos diferenciamos de los demás animales por nuestra mayor capacidad de altruismo, también nos distinguimos de ellos  por una infinita capacidad de crueldad.

Y aquí es justo donde aparece el milagro que puede darse todos los días y no solo con motivo de la Navidad, en esa capacidad de enfrentar el dolor de los males que nos afligen con acciones singulares, en beneficio de los otros, en contra de nuestro egoismo y a favor de nuestra humanidad.

Te invito a creer por eso en ese Jesús insobornablemente libre: insobornable frente al dinero, frente a la ambición, frente al poder, frente a los poderosos, incluso frente a los lazos familiares exclusivistas y excluyentes, porque Dios –como sea que sea esa fuerza que nos abarca-  no es todo poderoso, y por eso ni esta Navidad ni nunca podemos esperar soluciones mágicas provenientes del “más allá”.  Cuando Dios trabaja, junto con Jesús, los humanos sudamos, y logramos que nuestro mundo vaya conquistando su mejor estar.

 

¡Feliz Navidad!

A cuántos y cuántas no nos afectan partícularmente estas fiestas decembrinas: recordamos momentos entrañables de otros tiempos, añoramos la presencia de aquella persona; extrañamos la comida de la abuela, las risas de aquella amiga, y como esto todas esas cosas que traemos a la mente y provocan un nudo en la garganta con toques de melancolía. Esa tristeza, vaga, permanente y profunda que hace que al sentirla no podamos disfrutar de vuelta.

¿Cómo abrazar el pasado con menor melancolía y abrirnos a las riquezas del cambio que estamos transitando ya?

Se pierden cosas a lo largo del tiempo, sí… se transforman otras, también… Quizás la clave consista no en detener los sentimientos sino en distinguir la nostalgia de la melancolía.

La melancolía se relaciona más con estados de ánimos vinculados a la tristeza, que cuando se instalan en la vida de la persona pueden culminar en una depresión. La persona melancólica espera que algo mejor suceda en su trayectoria personal, y ante la desilusión de que no ocurre, experimenta con mayor fuerza su dolor.

La Universidad de Sothampton ha estudiado científicamente la nostalgia. El psicólogo Tim Wildschut, a cargo de dicha investigación confirmó que la nostalgia es un recuerdo biográfico que da coherencia a la propia vida, que a través de ella predominan los recuerdos de las relaciones interpersonales valiosas, y que las memorias negativas de las experiencias dolorosas se pueden transformar generalmente en una narración positiva. Así, a diferencia de la melancolía, la nostalgia se centra en los buenos recuerdos del pasado y no en los malos momentos del presente.

Extrañar y recordar no está mal; ponerlo en la categoría de “mal” genera que la idea de extrañar sea prohibida y ya sabemos que lo prohibido es lo que más seduce a rendirnos ante él. No hay que prohibirse la idea de extrañar, sin embargo, la expectativa puesta en que lo que un día fue regresará es como manejar por el camino de la vida mirando el retrovisor.

Entonces… ¿Cómo podríamos integrar a la vida una nostalgia en la que recordar el pasado nutra, motive, y genere satisfacción?

Pienso en varias cosas que podrían sernos de utilidad:

  • Darle “tiempo al tiempo y confiar en que el olvido de ciertos episodios que pudieron ser en exceso lastimosos es un proceso neurológico que tiene su propio ritmo.
  • Atravesar cabalmente los procesos de duelo para experimentar en su momento todas las emociones que corresponden a dejar ir lo que sea hayamos perdido.
  • Pedir ayuda cuando – por las razones que sean – la experiencia incluyó vivencias traumáticas que requieren de un acompañamiento terapéutico y una desensibilización especial y por tanto está arraigada en nuestra psique de más.
  • Entender que lo que vivimos y decidimos en tiempos pasados o no dependió de nosotros al cien o fue lo mejor que pudimos hacer con las herramientas emocionales y sociales que contábamos en ese momento, y dejar de exigirnos y culparnos más.
  • Cuestionar los mandatos sociales que recibimos sobre cómo debemos vivir. Mandatos que nos impelen a apegarnos a estilos de vida, a cosas, o a relaciones, con un apego desmedido que hace de cualquier  transición una sobre carga emocional.
  • Ir contracultura en cuanto a creencias limitantes que coartan nuestra posibilidad de construir un futuro basado en nuevos parámetros acordes a lo que queremos y soñamos hoy.
  • Aprender de la vida, asimilar las experiencias vividas, y reconocerlas como posibilidades de construirnos en las personas que somos en el presente.

Para dejar ir es necesario darse el tiempo de añorar y eso es parte del duelo; la cuestión aquí es aprender a extrañar, pasar de melancolía a nostalgia y así apreciar lo que fue valioso sabiendo que forma parte de quienes somos hoy.

 Por último, ¿Cómo recuperar ese disfrute por la vida?

Como todo, es un proceso, pero pienso en 3 puntos clave para lograr avanzar en este camino:

  • En vez de decir “adiós” al pasado, decir “hola” a esos recuerdos que nos enriquecen, que nos generan – en medio de la añoranza – crecimiento y bienestar.
  • Mirar el pasado desde la gratitud para integrar en vez de separar, y abrazar la inmensidad de sentimientos que implican el don de haber gozado lo que ya pasó.
  • Voltear hacia el futuro con confianza y con genuina curiosidad.

 Y así, como dijo Harold McMillan. “Utilizar el pasado como trampolín y no como sofá”

¡Ah como recuerdo la cancióncita de Roberto Carlos! “Yo solo quiero cantar mi canto, pero no quiero cantar solito… yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar”. Pues CERO de acuerdo con él: yo ni quiero ni puedo tener un millón de amigos, y solo de pensarlo quiero salir corriendo. ¿Que si tengo amistades? Sí ¿Que si las quiero y procuro? También. Pero me parece imposible ser íntimo con una multitud. Una cosa es llamar “amiga” a una compañera o conocida apreciada, y otra es aportarle tiempo, escucha, reciprocidad, y ese peculiar cariño que sale del alma.

Eso sí – como decía mi mamá – se puede ser “argüendera y mitotera” y andar del tingo al tango, y recargar batería en la pachanga, pero la amistad –para mi– se limita a unas cuantitas personas, y se cultiva más en la intimidad que en los tumultos.

Yo soy de ese 30% que se suma a la tesis (y al carácter) de Susan Cain. En su libro “El Poder de los Introvertidos” Cain afirma que lo peculiar de “esas” personas (como yo), no es que sean tímidas, o ariscas, sino que responden diferente a los estímulos, incluso a los estímulos sociales. Explicado con “peras y manzanas”: nos sentimos más vivos y capaces en solitud, y recargamos nuestra energía en el silencio y en los encuentros calmos y entrañables. Así es que para mi, contar con unos cuantos amigos me es suficiente, y sin duda gozoso y necesario.

Y luego ni qué decir de la frase “amigos por siempre”,  ¡y del azote cuando alguno de los amigos cambia y deja de ser lo que fue! Pero es que hay que entender que “en este mundo que va a la velocidad del rayo” las relaciones de amistad surgen en situaciones concretas, y cuando esas situaciones cambian las amistades se diluyen también. ¡Vamos entonces poniéndo la amistad en un estatus menos romántico y etéro para poder disfrutarlas mientras tocan, y en su momento dejarlas ir! Porque sin duda, una que otra se prolonga por toda la vida pero algunas otras duran solo un ratillo de nuestro caminar.

Yo por si las dudas le pido a mi “extrovertida” comadre Licha -con quien conservo muchísimos años de íntima amistad- que en caso de que me sobreviva y vea poca concurrencia en mi funeral, haga montón con “su millón de amigos” , porque con todo y que lo mío es la soledad, los entierros sin gente sí son de la puritita chin…