En la Roma (barrio en donde vivo) es un agasajo caminar cualquier día, a cualquier hora, por casi cualquier calle, y observar cafecitos repletos de singulares, parques llenos de gente soltera paseando a sus mascotas, librerías atiborradas de “solos” y bicicletas pa’rriba y pa’bajo con mochila al hombro y sonrisa en boca: una grata diversidad de adultos jóvenes, medianos y no tan medianos, a todas luces solteros, haciendo brillar nuestra hermosa ciudad.

Sin embargo, este no es el caso de todos los solteros y solteras del siglo XXI. Conozco a algunos de ellos que no acaban de “darle el golpe” a este asunto de la singularidad: o porque no superan un rompimiento, o porque han tenido que renunciar a legítimos sueños que pensaban conquistar.

 

 

 

«Sin minimizar la riqueza que puede ofrecer una satisfactoria vida de pareja no dejo de señalar la primacía que se le ha dado sobre cualquier estilo de vida personal y familiar».

Sin minimizar los dolores que cada quien atraviesa en esta corta vida, me pregunto si las necesarias transiciones de la misma pueden congelarse en una nostalgia que parece no tener final. Sin duda, los buenos amores aportan crecimiento, contento y valor a la propia vida, y dejan antojo de “para siempre” como si el amor realmente pudiera eternizarse sin tener un punto final. Es aquí donde comienzan los desencantos y la dificultad de continuar.

Ya lo dice el poeta guatemalteco Cardoza y Aragón: “El amor es eterno mientras dura…”, y es quizá esa creencia de que el amor puede no terminar jamás la que nos deja, entre otras cosas, viviendo a la deriva de un pasado que no regresará. Sin minimizar la riqueza que puede ofrecer una satisfactoria vida de pareja no dejo de señalar la primacía que se le ha dado sobre cualquier estilo de vida personal y familiar.

«La vida posmoderna –lo queramos o no- apunta a una alternancia de etapas de soltería y etapas de emparejamiento: en una existencia que puede durar 70, 80, o 90 años, es difícil sostener vivo el primer amor».

¿Pero de qué se trata esta nostalgia amorosa que nos ata al pasado? Quizá la clave consiste en distinguir justamente la nostalgia y la melancolía.

La melancolía se vincula más con la tristeza que con sentimientos instalados en la vida de la persona pueden culminar en una depresión; mientras que la nostalgia es un recuerdo biográfico que da coherencia a la propia vida: a través de ella predominan los recuerdos de las relaciones valiosas permitiendo que las memorias negativas se transformen generalmente en narraciones positivas.

«Yo tengo la certeza de que se puede integrar a la vida una nostalgia en la que recordar el pasado nutra, motive, y genere satisfacción».

Así, a diferencia de la melancolía, la nostalgia se centra en los buenos recuerdos del pasado y no en los malos momentos del presente. Yo tengo la certeza de que se puede integrar a la vida una nostalgia en la que recordar el pasado nutra, motive, y genere satisfacción.

Harold McMillan afirma que hay que “…utilizar el pasado como trampolín y no como sofá”. Y es que mis suficientes años me han enseñado que el futuro tiene puertas abiertas a nuevas posibilidades, pero sobre todo que de “cualquier momento presente siempre se puede hacer algo mejor”.

Conocernos y valorarnos a nosotros mismos es fundamental para fortalecer nuestra salud mental.  Las experiencias que conforman nuestra vida –tanto de la interacción con el ambiente, como con las demás personas e incluso con nosotros mismos– nos permiten aprender sobre el mundo y dicho aprendizaje es necesario para resolver cada desafío que se nos presenta. Ese conocimiento y la valoración de nuestra propia persona nos permite construir nuestro carácter y una imagen de quiénes somos. La autoestima es, precisamente, la impresión que tenemos de nosotros mismos, basados en las experiencias y sentimientos que hemos ido interiorizando a lo largo de nuestra vida.

Podemos creer que somos inteligentes, obstinados, valientes, cobardes, etc., o bien, podemos sentir gusto o disgusto por nuestra imagen personal.

Poseer una autoestima sana nos permite sentirnos capaces de dar salida a las situaciones que la cotidianeidad nos demanda día a día: crear relaciones sólidas, lidiar con el sufrimiento, ser autónomos, desarrollarnos profesionalmente, etc., así como vivenciarnos como merecedores de amor y respeto. Podemos creer que somos inteligentes, obstinados, valientes, cobardes, etc., o bien, podemos sentir gusto o disgusto por nuestra imagen personal. Todas estas auto-concepciones y valoraciones personales son ingredientes de la autoestima y nos permiten saber si tenemos una autoestima alta o baja.

La autoestima es el concepto que tenemos de nosotros mismos, pero ¿cómo se forma? Tomando conciencia de nuestros atributos personales y usándolos oportuna e inteligentemente. Tales atributos personales son rasgos, aptitudes, capacidades o habilidades que todos poseemos y que podemos desarrollar y mejorar por nosotros mismos. La autoestima se empieza a construir desde los primeros años de vida de una persona, y es el resultado de la interacción física y emocional que tiene un niño con su círculo más cercano, es decir, sus padres o aquellos que se encargan de cuidarlo y procurarlo. Con el paso del tiempo, esta interacción genera una sensación de aceptación, de satisfacción personal y consciencia de que es valioso ser recíprocos con quienes nos han dado amor.

LA AUTOESTIMA POSEE DOS COMPONENTES BÁSICOS:

  • La autoeficacia o competencia: El sentimiento de capacidad personal, la confianza en uno mismo, el sentimiento de ser capaz de enfrentar los retos de la vida de manera responsable y madura. Sentirse competente proporciona una sensación de satisfacción al saberse capaz de resolver los problemas de manera reflexiva e inteligente.
  • La auto-dignidad o mérito: El sentimiento de valor personal, la confianza de que se tiene valor como individuo. Valorarse a uno mismo nos permite apreciarnos, dar cuenta que merecemos amor y felicidad, de tal modo que buscamos satisfacer nuestras necesidades básicas y construir una vida más agradable y exitosa.

La integración de ambos conceptos en nuestra vida diaria requiere de un gran esfuerzo que nos permite crecer y mejorar nuestra vida. La mejor forma de crecer como personas es cuestionar nuestras actitudes y pensamientos, enfrentar prejuicios y atrevernos a romper esquemas. Si a la autoestima le sumas el desarrollo de tus propios atributos, estarás en el camino de la seguridad personal. Cuidar de nuestro estado emocional no es menos importante que cuidar de nuestro cuerpo, de hecho, nuestra salud mental tiene efectos en nuestra salud física y la ciencia cada día avanza más en la búsqueda de la conexión real entre nuestras emociones y las enfermedades que adquirimos.

Así, la autoestima es una herramienta importante con la que contamos para enfrentar la vida. Re-pensarla, reconocerla y trabajar sobre ella resulta crucial frente a las demandas y cambios de nuestro tiempo, pues parece respirarse en el ambiente una gran incertidumbre e insatisfacción en lo que la gente hace, en cómo se siente, en cómo vive y en cómo ve el futuro.

¡Me escapé unos días! Camino y camino por Ámsterdam (en la mente se me cruza la imagen de Forrest Gump corriendo, pero no: ni tan desaforada, ni tan adolorida del alma… ni con tantos seguidores), respiro un aire frío, ajeno… el viento arrebatado despeina mi cabeza. Escucho conversaciones, no las entiendo.

Observo construcciones sobrias, me reflejo en distintos canales a cada esquina. Miro aparadores centelleantes, personas caminando y bicicletas, ¡muchas bicicletas circulando!, y maniobras inusitadas realizadas sobre ellas: paraguas que se abren y cierran al ritmo de la lluvia, celulares tecleándose, niños montados sobre pecho y espalda del conductor, lecturas de folletos al vuelo y uno que otro dúo de ciclistas pedaleando en paralelo con animadas charlas… café incluido.

Integro las imágenes, las suelto y sigo caminando. Pausada y rítmicamente, camino y camino. El aire, que sopla fiero sobre mi cara, termina por conquistarme y empieza a darse en mí ese curioso prodigio, ése que en México de vez en vez extraño por lo imposible que me resulta experimentarlo en lo cotidiano: me descontextualizo. Experimento la sublime sensación de salirme de cualquier trama, de todo escenario, de cada representación; de no tener un referente puntual que me encadene, de prescindir de las miradas que me hacen ajustarme a cualquier rol.

No hay un texto que seguir: no soy madre, no soy amiga, no soy pareja, ni terapeuta, ni expositora, ni hija, ni hermana. Tampoco dirijo nada, no tengo que exhortar a nadie. Sólo soy mujer, con lo mucho que eso implica; pero, desligada de toda referencia, puedo ser a ratos lo que ya he sido y también lo que nunca he sido. Puedo ser lo que deseo y lo que detesto (al menos por un instante). Y sólo yo lo sé, y lo gozo…

Me expando, me desempolvo, me libero. Nadie me conoce, a nadie conozco, y en este paréntesis temporal me reconozco un poco más. ¿Tan liberador puede ser desapegarse del texto de los de más y reconocer, reescribir y apropiarse del propio?

En el silencio de los días, buceo en mis profundidades hasta que rescato partes únicamente mías. Y complacientemente experimento que empiezo a extrañar las miradas de los otros: reflejos que también me construyen, que también necesito. Pero cada día cuando despierto en la soledad de la distancia, me pregunto, como Marcela Serrano en Lo que está en mi corazón: ¿Puede haber una sensación más excitante (y atemorizante a la vez) para una mujer, que la de sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?

Por eso, de vez en cuando, como una escultora con cincel en mano, me retiro para tantearme a solas y rescatar lo oculto que, desde siempre, ha estado labrado en el centro de mi corazón.

¿Puede haber una sensación más excitante (y atemorizante a la vez) para una mujer, que la de sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?

El estado civil es una noción técnica que nos diferencia y distingue no solo legalmente de los demás, sino en las fiestas, en las casas, en el cine, en los trabajos, en los restaurantes y en las transacciones comerciales… es decir, en la manera de ser vistos y tratados en la vida en general.

Soltero, del latín solitarius, el que no está casado. Casado, el que ha contraído matrimonio. Viudo, al que se le ha muerto su cónyuge y no ha vuelto a casarse. Divorciado, persona cuyo vínculo matrimonial ha sido disuelto. Separado, el que ha interrumpido la vida en común con su cónyuge, conservando el vínculo matrimonial. Y ahora, como novedad hay quienes agregan “conviviente”, con quien comúnmente se vive, para identificar a aquellos que se comparten en una vida de pareja carente de formalidad… ¿Carente de formalidad?

Parece que reconocer “la convivencia” como estado civil implica una posición realista en relación a los nuevos comportamientos amorosos y sin duda reivindica una nueva posibilidad de amar: comprometida pero sin casa ­–sin casamiento–, distinto, fácil unas veces –y en otras no tanto–, creativo, relajante en ocasiones, cansado también. Pero una manera más, una posibilidad que se vale, que cuenta, que sí es amor, que no puede entrar en la categoría binaria de “fácil o difícil”, “buena o mala”, “comprometida o informal”, es mucho más que eso… mucho más…

No hay duda que a lo largo de la vida podemos ir alterando nuestra parada en el mundo, ya sea porque lo decidimos o porque nos lo decidieron, pero pocas personas en la actualidad serán de una u otra manera y vivirán de uno u otro modo. Por eso cabe la pregunta ¿ser o estar? Uno no es ni casado, ni soltero, ni viudo o divorciado… Estoy casada, estoy soltera o me estoy divorciando y me vivo distinto, pienso diferente y requiero cosas y relaciones diversas dependiendo de esto que estoy atravesando. Y es que el estado civil no es una manera de ser sino una forma de estar, en un lugar, en un tiempo, con uno mismo, con alguien o con los demás.

Hay quienes a capa y espada quieren conservar el mismo estado “para siempre” y se resisten a que cambie, se extinga, se trastoque. Cuánta confusión y dolor en aquellos que dicen: “¡yo siempre seré el esposo de…, aunque ella se haya ido!”. O bien de quienes afirman: “que aquello vivido con aquella, terminó y no solo hoy ya no es nada, ¡sino que nunca lo fue!”. Más aún los que regresando a la soltería, por gusto o por disgusto, dicen que ¡casados nunca más!

¿Será que en realidad uno pasa de ser casado a ser divorciado, cierra la carpeta del matrimonio y “tan tán”? ¿Se puede, siendo soltero de nuevo, olvidar las vivencias de una vida compartida y pensar: “borrón y cuenta nueva” y ya? ¿Acaso las huellas de un divorcio dejan de ocupar un espacio en nuestra existencia y ser un parte aguas que tiñe el camino de volver a empezar? ¿Es posible que una nueva pareja, “convivente” o lo que sea, tenga nada de “casamiento” y de conyugalidad?

En estricto sentido, sólo puedo tener un estado civil que “es” y “debe ser” reconocido por la ley civil. Bueno sí, el estado civil no es plural, es alternativo: uno u otro y por tanto excluyente: o estas casado o estas soltero, o eres viuda o bien eres divorciada… Pero la experiencia de vida no es así, y si bien uno a lo largo de la vida porta diversos estados civiles y se reconoce claramente en uno de ellos, la momentaneidad de los mismos es diferente a la realidad de la experiencia toda: uno nunca deja de llevar a cuestas lo que fue y lo que vivió, y no sólo porque se traslapan las vivencias en el cuerpo y en el corazón, sino porque a veces los hijos, en ocasiones los amigos, quizás ¿mi ex?,  o ¿mi next?, y muchas veces uno mismo, ameritan malabares para ubicarnos: soltando roles, sumando papeles, dividiendo responsabilidades, aprendiendo posicionamientos, conjugando, integrando, entendiendo…

Pasar de un estado civil a otro es una evolución poco pacífica pero sí pausada, que requiere reconocimientos externos y acomodos internos. Sin duda imperan las reglas sociales y la necesidad de los demás de ser esto o ser lo otro, pero toma su tiempo la transformación interna que integra todas las experiencias vividas, con sus sabores y desencantos. No hay que olvidar que el tiempo siempre tira pa’ lante, no se puede regresar, y aun continuando nuestra aventura de vida, siempre queda algo de nostalgia, mucho de aprendizaje, suficientes recuerdos, y con suerte bastantes cosas que agradecer.

No pretendo afirmar, con este “ir y venir” de pensamientos y palabras, que cuando se han habitado diferentes territorios amorosos, se puede ir por el mundo dando dobles mensajes a los otros y a uno mismo; tampoco se trata de jugar a que se tiene todo y se puede más. El tema es recopilar nuestra experiencia y, sin pelearnos con su contradicción y ambivalencia, entendernos como seres complejos, aderezar la vida y abordarla hasta donde sea posible, con sencillez y simplicidad.

Por contradictorio que parezca, en algunos casos puede resultar lícito, maduro y hasta adecuado utilizar una mentira. ¿Cómo no confundir el auto-engaño del oportuno ocultamiento de una verdad? Conoce estos síntomas internos que te permitirán saber si mentiste de manera oportuna y constructiva o bien por enojo, conveniencia o descuido.

Si las mentiras son pocas y decirlas te produce una sensación interna de paz por haber hecho lo correcto, seguramente es una buena mentira.

Sé consciente de que puedes asumir, en caso necesario, las consecuencias de la verdad que pretendes ocultar y, aún así, prefieres utilizar la mentira.

El efecto de un uso esporádico de la mentira, ha de permitirte que te sientas congruente y seguro de tu conducta, y no un farsante que quiere esconder quién es y lo que hace.

Podemos considerar buena aquella mentira que surge de la parte madura de quien la dice y genera más beneficios al que la recibe que a quien la dice.

Si mientes de manera oportuna y adecuadamente, estarás buscando cuidar al otro, o a la relación, de lo contrario estarías hablando de una mentira “en defensa propia”, comprensible si sabes que lo que hiciste generará daños mayores a tu persona.

Para elegir entre una mentira que evita un sufrimiento innecesario y una verdad que lo genera, deberás detenerte a reflexionar en consciencia para después decidir.

En cualquier circunstancia, las personas maduras mienten poco, lo hacen bien y les da buenos resultados. Por su parte las personas inmaduras mienten mucho, lastiman a los demás y tienen malos resultados.

Podemos seguir en este ir y venir de mentiras y verdades, el tema es inagotable, el camino sinuoso. Mentir o no mentir… usa tu conciencia, y es que solo tú tienes la respuesta correcta.