Sería fácil pensar, “¿Por qué no? Todos podemos ser amigos de todos” pero en

realidad, la situación entre padres e hijos resulta ser un tanto más compleja que

entre amigos.

Antes de profundizar en cualquier situación, es importante saber cuáles son las

bases de una amistad: es una relación que se basa en el afecto, la simpatía y la

confianza y se da entre pares.

El sitio lafamilia.info plantea que, a menudo, los padres se cuestionan qué

tan amigos y qué tanta autoridad tienen que ser con sus hijos, por lo que es muy

importante diferenciar lo que es una relación de amistad y una de confianza.

Por ejemplo, ¿puede una ser amiga de su jefe o jefa en espacios en donde no

estén bajo ningún compromiso laboral? Por supuesto que sí, porque no todo el

tiempo se es jefa o empleada. Sin embargo, no se puede afirmar lo mismo

entre padres e hijos, pues no se puede dejar de ser papá, mamá o hijo según el

espacio o la situación en la que se esté, puesto que existe el riesgo de perder la

línea autoritaria necesaria para que los hijos identifiquen los límites que existen

en la vida.

Las mamás y los papás son los primeros que representarán un límite para

cualquier niño, lo cual no quiere decir que no se pueda tener una relación

cercana, de confianza o empatía, pero para eso es importantísimo tener bien

clara la línea de autoridad, planteada de manera respetuosa.

Un conflicto común que se presenta en las amistades entre padres e hijos

es el uso abusivo de la relación. Los hijos pueden identificar la necesidad de

cercanía con ellos y utilizarlo para manipular o; en otros casos, los papás

pueden ser quienes impongan su autoridad, sosteniéndola en que ésta se debe

respetar para cuidar la amistad.

Además, según se ha expresado en diversos foros, a los hijos les genera

inseguridad y ansiedad sentirse a la par de sus papás. Los seres humanos

tardamos varios años en desarrollar las capacidades que nos permiten sobrevivir

por nuestros propios medios; por eso es fundamental para los hijos ver a sus

padres como personas superiores a ellos.

Como puedes leer, ser amigo de tu hijo tiene desventajas claras, pero

también tiene su lado positivo. La principal ventaja es la cercanía, pues, al

fomentar una relación abierta y de confianza con ellos, sentirán la contención

para acudir a ti como apoyo en situaciones complicadas.

Es muy importante dejar en claro que el límite no significa tener el control

de absolutamente todo lo que hacen los hijos, sino marcarles la pauta para que

ellos puedan ir manejándose individualmente en distintas situaciones.

Más allá de las diversas posturas que pueda haber respecto a la amistad

con los hijos, lo importante es no caer en los juicios de si está “bien” o “mal”, sino

identificar los puntos importantes para ambas partes.

He ahí el reto como padre o madre: construir una relación de confianza y

empatía con los hijos, sin dejar de lado un límite ético y respetuoso, en donde se

tenga clara la autoridad y la necesidad de ésta, de forma que ambos puedan

ocupar el lugar que requieren y generar un ambiente.

 

Es un hecho que en el presente la brecha de inequidad en el contexto social –laboral, sobre todo- va reduciéndose; pero también es un hecho que queda muchísimo por hacer para que mujeres y hombres partan de una base en la que cada uno reciba justamente lo que merece según sus propios méritos y derechos.

No profundizaré en definiciones de equidad o igualdad, ni en distinciones entre una y otra. En este pequeño texto pretendo abordar la brecha que se abre desde lo más básico que es la formación que se recibe en el hogar.

Los niños aprenden más de ciertas actitudes de su padre y de su madre que de aquellas cosas puntuales que ellos buscan enseñarles de manera explícita. Es decir, la mayoría de la educación que reciben nuestros hijos de nosotros son esos hábitos y conductas en general que hacemos sin darnos cuenta.

Algo muy básico -pero lleno de significados- son las labores domésticas. Muchos estudios realizados en hogares de Estados Unidos reflejan que en los últimos años ha habido una disminución en la brecha de inequidad en cuanto al tiempo que pasan niños y niñas colaborando en quehaceres de la casa, pero sigue siendo mayor el tiempo y la exigencia que se pone sobre las niñas en la atención de estas labores y en que ellas realicen las que son “más femeninas”.

Esto nos invita a considerar algunos puntos para que la educación en el hogar sea más equitativa y en un futuro, esto se refleje en nuestra sociedad:

 

1.- Tiempo dedicado a los quehaceres:

Si bien la equidad implica muchas más cosas que el tiempo dedicado a particulares actividades en el hogar, a partir de la distribución del mismo se transmite el mensaje de que la responsabilidad de lo doméstico es conjunta e igual tanto para los niños como para  las niñas.

 

2.- Tipo de quehaceres que se les adjudican:

Reitero que la equidad va más allá de la distribución equilibrada del tiempo en las labores del hogar, por tanto hemos de mirar también el tipo de quehaceres que hay que desempeñar.

Si las labores de la cocina les tocan a las niñas mientras que las de sacar la basura y limpiar el patio a los niños, a simple vista puede parecer equitativo, pero encapsular la capacidad de hombres y mujeres en lo que se considera femenino o masculino es replicar roles de género que llevan a las distinciones estereotipadas de lo que es ser hombre y lo que es ser mujer.

 

 

3.- Promueve flexibilidad y destrezas diversas a través de los quehaceres de cada uno:

Crea un sistema que genere variedad y constante cambio en la distribución de las tareas en el hogar. Hoy en día el mundo demanda muchísimas habilidades y aunque los quehaceres de la casa sean limitados, el mensaje es claro: “puedes hacer más de una función y adquirir habilidades y destrezas diferentes que te darán competencias para la vida”.

Para cerrar….

Sea cual sea el modelo familiar en el que vivas, la responsabilidad de comenzar a construir ambientes de igualdad en el hogar es necesaria. El mundo funciona hoy de manera mucho más compleja y las nuevas generaciones necesitan de perspectivas más amplias e incluyentes para enfrentar la vida. Pequeñas acciones son las que generan grandes diferencias. ¡Empecemos en casa!

 

El hambre de padre es casi universal en las sociedades en las que el ideal de masculinidad incluye el distanciamiento emocional.

Sergio Sinay

 

Es un hecho que uno de los problemas familiares más conocidos y poco resueltos es el de “falta de padre”, ya sea por un real abandono físico o por una ausencia emocional, en tanto que a la mayoría de los hombres se les sobrecarga con mandatos sobre la vida laboral, profesional y personal por encima de la paternidad.

El cambio hacia una nueva masculinidad hace que hoy cada vez más hombres reclamen su lugar como padres activos, presentes y amorosos que no solo represente el sustento y la autoridad. El rol de los padres ha estado minimizado e invisibilizado. Un compromiso social sería afirmar la paternidad redefiniendo la maternidad.

Y como el efecto del cambio que se está dando, hay cuestiones que le corresponden hacer al padre; pero… ¿qué puedes hacer tú para mejorar la relación con él?

 

Algunas sugerencias

1. Dile adiós al padre que no tuviste para poder dar la bienvenida al padre que tienes hoy.                                                              2. Trabaja con el miedo: no erradicarlo pero contenerlo. Mucha gente le tiene miedo al padre. Hoy ya no eres un niño, eres un adulto.

  • Aprende a calmarte.
  • Cuestiona qué es lo peor que podría ocurrir.
  • No olvides la meta: sanar y actualizar la relación con tu papá.

3. Detén lo que te lastima; si se sigue haciendo, incluso aléjate.

4. Pide lo que necesitas (cosas concretas y puntuales) y ve qué sí te puede dar.

5. Valora si sirve hablar o si sirve simplemente estar.

6. Escucha a otras personas hablar de él para tomar perspectiva.

7. Si vas a hablar, busca un espacio a solas. Con más miembros de la familia se activan patrones familiares, alianzas y coaliciones. Además, que haya testigos altera nuestra conducta de ambos y la hace más defensiva.                                                                                                                  

8. Primero pregunta y escucha: “¿Cómo eran las cosas para ti cuando yo era pequeño; qué estabas viviendo y experimentando; cuál fue la historia completa que no se nos podía decir a los hijos y las hijas?” Y la segunda serie va aún más atrás en el tiempo: “¿Cómo fue tu niñez; cómo fue la relación con tus padres?”

9. Si después de escuchar vas a hablar, describe la conducta concreta de él y lo que esa conducta produce en ti.                                                                                                                                                  

10.No esperes ser escuchado la primera vez. Podrías encontrar una total negación, de modo que debes tener listos algunos ejemplos que ilustren lo que quieres decir. Si lo acorralas, puede terminar en una catástrofe.

11.La actividad compartida relaja a los hombres y reduce la intensidad de una confrontación directa. Los materiales básicos de esa relación son los silencios, las acciones que remplazan a las palabras, los actos, las cosas que no se dicen en vida y que son motivo de eterno homenaje después.                                                                                                                                                           

12. Si no crees que sirva hablar, escribe para ti. Repiensa, repasa y re significa el pasado.

13. Trabaja con un terapeuta que te ayude a procesar.

Nada nos impide hoy, ya adultos y responsables, conscientes de nuestra vida, elegir a nuestro padre. No es una mentira, es uno de los padres o una de las versiones de papá que tenemos dentro. Si hasta aquí hemos elegido convivir y pelear con una, ¿no nos merecemos disfrutar de la otra?; ¿no somos también producto de ella?

 

 

 

Todo ser humano existente en la faz de la tierra ha nacido de una mujer, sí, pero ninguna mujer nace madre. A eso sumémosle que a las madres de hoy se nos pide lo que antes hacían todas las mujeres de la tribu en el tema de crianza. La madre biológica paría a la creatura, pero la nodriza lo amamantaba, la abuela lo arrullaba, la hermana lo entretenía, la nana –si había- lo toreaba y la vecina de pasadita lo llevaba a pasear.

Bajo esos parámetros, y bajo los actuales cánones no hay ni cómo, ni a qué hora, ni en dónde dar el ancho. Primero, porque el 50% de la población, es decir la masculina, queda excluida del equipo de crianza en tanto que las sociedades occidentales en la actualidad plantean un imaginario público que presenta el cuidado de los hijos como algo prácticamente exclusivo de la madre (y de las mujeres). Segundo, porque el ideal femenino no es un asunto privado, a diario la sociedad nos dice de una u otra forma, por un lado, que al tener el instinto maternal también tenemos el deseo de criar y cuidad de nuestros hijos y que nuestra naturaleza nos da la pauta para hacerlo, pero por el otro, se nos dan los lineamientos sobre cómo hacerlo, y hacerlo bien y así ser consideradas “buenas mujeres” y “buenas madres”. Y por sí ahí piensas que nadie te lo ha dicho, pero así lo sientes, es que lo que se “respira en el aire” lo “transpira el cuerpo”.

Y no vaya a ser que el niño vaya mal en la escuela, o se enferme, o no sepa socializar. ¿De quién es la culpa? De la madre. Ningún ser más señalado para cargar con las culpas de los deslices y pesares de los hijos.

¿Cómo  hacerle hoy para lograr lo que antaño lograba un ramillete de mujeres? A mí, por favor, este 10 de mayo no me festejen a solas. Hoy toca, para festejar a la madre, conseguir madres alternas que le bajen la tensión y el estrés a lo que uno hace, o bien que como madres nos demos nuestras escapadas y placeres buscando alternativas de co-crianza que además de generarnos espacios de descanso y recreación, otorguen a nuestros hijos  la posibilidad de construir redes de apoyo y vínculos afectivos que sumen a sus vidas, a sus experiencias y a sus quereres

De pasadita, hagámonos más responsables de la educación de los niños, ahora sí, y aunque se oiga feo, ya no tenemos edad de “mamar”.

Las parejas y las familias de hoy, a diferencia de las de antaño, no tienen como fin la reproducción, la producción y la sobrevivencia. En la actualidad las personas que viven en pareja, se casen o no, buscan acompañarse, compartir intereses y valores, realizarse como personas y apoyarse mutuamente. Algunas parejas buscan tener hijos, otras no, pero en términos generales, las relaciones familiares son fuente de cuidados y de nutrimento emocional.

Son muchas las razones por las cuales hoy los vínculos amorosos difícilmente duran toda la vida. El divorcio como herramienta socialmente aceptada, abre la posibilidad de dar fin a los matrimonios poco enriquecedores o destructivos. Por esta razón, el estudio actual del ciclo vital incluye la creación de nuevas parejas y nuevas familias tras una separación.

¿Por qué algo que ocurre cada vez con más frecuencie es visto como una equivocación y un fracaso? Quizás la mala fama del divorcio tiene más que ver con el  manejo inadecuado del mismo, que con los efectos reales de la separación tanto en los adultos como en los hijos.

Parte central para manejar adecuadamente un divorcio y llevarlo a buen fin, es lograr la seguridad y estabilidad de los hijos si es que los hay, así como el llegar a de acuerdos que faciliten la nueva vida y honren lo que sí hubo en esa relación.

Para contraponer los mitos del divorcio como fracaso, habría que integrar las siguientes premisas en nuestra forma de pensar:

  • Las terminaciones y los cambios son inherentes a la vida.
  • El divorcio puede redefinir la vida de una persona y de una familia para bien.
  • Los vínculos amorosos con padres e hijos no se rompen, se acutalizan.
  • La relación con los “ex” puede ser colaboradora y pacífica.
  • Los hijos de divorciados desarrollan más herramientas para manejar conflictos y más sentido de realidad.
  • El divorcio es normal.
  • Las familias cambian tras un divorcio pero no se destruyen.
  • Los divorcios pueden no ser traumáticos y catastróficos.
  • Es posible generar una buena vida tras una separación.

Para que estas premisas se integren en la mente y la vida de las personas, tenemos que lograr separaciones más civilizadas y cuidadosas. Un buen divorcio es aquel que transformar la estructura de la familia conservando el vínculo familiar, pues cuando hay hijos, éste nunca termina. Manejar bien esta transformación es una faena difícil porque la vida matrimonial puede ser puesta en duda en cualquier momento recuperando la persona casi por completo los atributos de la soltería, pero la paternidad es incuestionable aunque el matrimonio se deshaga.

Los “ex” que tienen hijos, serán padres de los mismos “hasta que la muerte los separe”. Quienes logran ser un equipo de padres cordial, no solo benefician a sus hijos física, económica y emocionalmente, sino que logran separarse mejor.

Como padre estás siempre interesado en el bienestar de tus hijos, pero a veces pones más foco a asuntos que tienen que ver con tus preocupaciones que con lo que  ellos necesitan para estar bien.

Toma nota de 5 puntos que son esenciales para lograr que tus hijos sean felices:

  1. Trata a los niños como individuos. Antaño se pensaba que la niñez era un mero paso a la adultez. Hoy sabemos la importancia de esta etapa, por lo que tratar a tu hijo como persona, única e irrepetible es crucial.No todos los niños son iguales: requieres un mapa de quién es tu hijo, que le gusta, qué se le facilita y qué no. Reconocer sus deseos, sus intereses y lo que es valioso para él te permitirá tratarlo individualmente.
  2. Comparte tu amor de forma equitativa. No se trata de repartir tu amor de forma idéntica entre todos tus hijos. Ser equitativo consiste en reconocer las características de cada uno para darles lo que requieren de manera particular.Puedes gustar más de un hijo que de otro, porque es más fácil o amoroso. Sin embargo hacer tratos preferenciales solo generará resentimientos  y celos entre hermanos, al tiempo que abrirá una distancia entre tú y ellos.Celebra la diversidad en tus hijos, trata a todos de manera justa y  evita las comparaciones que lastiman y encasillan.
  3. Fortalece la autoestima de tus hijos. La autoestima se refiere al sentimiento de valor y de competencia personal: “valgo y puedo”.Favorecer la autoestima en tus hijos consiste: 1) Ayudarles a sentirse cómodos de cómo son, con sus fortalezas y debilidades. 2) Enseñarles que son valiosos y queribles para que se sientan cómodos en sus relaciones interpersonales. 3) Mostrarles cómo desarrollar su potencial para que se vivan capaces de enfrentar la vida.
  4. Crea un entorno estimulante y seguro. Además de tener cuidado de que nuestros hijos se sientan seguros, hemos de proporcionarles un entorno seguro que les permita explorar antes de lanzarse al mundo.La exploración es esencial para el crecimiento. Los niños están llenos de curiosidad; facilitarles que descubran el mundo por sí solos es fuente de motivación.
  5. Disciplina a tus hijos. La felicidad de un hijo no solo depende del amor, también de la disciplina. Un chico no tiene la capacidad de ponerse límites, requiere de un adulto responsable que le ayude a descubrir las consecuencias de sus actos.Tu tienes tu propio estilo de disciplinar, sin embargo nota que el castigo y la recompensa no ayudan que el niño reconozca la relación entre lo que él hace y lo que genera.Todo lo que hacemos tiene consecuencias, facilitar que nuestros hijos las experimenten es el mejor camino para disciplinar.

Pareciera que uno de los papeles más exaltados, endiosados y mitificados es el de la “Buena Madre”. Pero, ¿hemos nacido las mujeres para ser madres? ¿Es cierto que la maternidad nos “completa” y da sentido a nuestra existencia? Estas preguntas, que nunca plantearíamos a los varones, nos hacen pensar que la maternidad ha migrado de ser una opción más entre las alternativas de vida femenina, al campo de lo “natural”, para convertirse en el cumplimiento de un mandato instintivo.

Un elemento que dificulta profundizar en este tema es el prejuicio que consiste en suponer que todos sabemos lo que es la maternidad, lo masculino, lo femenino, la familia y la sexualidad. A diferencia de lo que ocurre en otros campos del conocimiento, en los cuales fácilmente reconocemos no tener competencia alguna, en temas de la vida familiar (y particularmente de la maternidad) tenemos la sensación justificada de conocer el tema por haber nacido y crecido en una familia.

Muchas mujeres nos vivimos atrapadas entre ser una madre perfecta y ser una mujer normal. ¿Qué podríamos considerar para desmitificar el papel de la buena madre? ¿Existen algunas premisas que nos ayuden a poner la maternidad en el plano de lo real y no de lo celestial?

Van algunas ideas… 

  1. Pregúntate qué es para ti ser una madre perfecta… ¡Para no serlo!: Tenemos preconcepciones idealizadas sobre el amor materno. ¿Cuáles son?: las mamás disfrutan a sus hijos, lo más importante para ellas en la vida es ser madre. Seguro lo que te dices sobre ser una madre ejemplar es más un mito que una realidad. Se sabe que la exaltación del rol de madre -históricamente hablando- es bastante reciente.
  2. Deja de buscar (y rebuscar) tu instinto materno: La maternidad es una vocación, no un llamado de la naturaleza. Si ya los tienes y resulta que “no se te da”, hay mucho que hacer para ser una madre suficientemente buena. Pero la maternidad es más una elección que una llamada de la naturaleza, así que no tienes que torturarte por no experimentar esa sensación. No es lo mismo la capacidad de tener hijos (maternidad-motherhood-gestación = biología) que el deseo de tenerlos y cuidarlos (maternidad-mothering = crianza).
  3. No intentes evitar –a toda costa– su sufrimiento: Todos, de una u otra forma, vamos a sufrir, la vida conlleva un sufrimiento inevitable, por tanto tus hijos van a sufrir. No se trata de infringirles dolor innecesario ni de descuidarlos actuando con negligencia y exponiéndolos a situaciones riesgosas e innecesarias. Pero el dolor curte y no sobreprotegerlos -con el fin de que sepan manejar los dolores propios de su edad o los tropiezo que la vida les ponga inevitablemente-, les genera seguridad y madurez.
  4. No te quedes con su padre si no es una buena pareja para ti: Se puede ser un buen equipo de padres sin ser pareja. No sirve quedarse en una mala relación de pareja por los hijos; no sirve ni a los hijos, ni a la pareja. Una madre “sacrificada” en una relación que se ha agotado o que es lastimosa será un ejemplo de frustración y sometimiento.
  5. Deja que se equivoquen: El que tus hijos cometan errores no es prueba de que tu has fallado como madre. Tolerar el malestar que te producen los errores que tus hijos cometan es un elemento indispensable para que ellos asuman responsabilidad de sus decisiones, de las consecuencias de sus actos y para que aprendan de las consecuencias que viven. Ayúdales a aprender del error.
  6. No juegues con ellos a algo que a ti te fastidia o no te gusta: Enséñales a divertirse con lo que te gusta a ti. Es mejor que te vean realmente divertida y conectada con ellos haciendo algo que movilice tu interés, que aburrida y disque “interesada” en lo que a ellos les gusta y resulta ser un suplicio para ti.
  7. No des la vida por ellos: Vive tu vida, y compártela con ellos. La sumisión, el altruismo excesivo, el sacrificio, la abnegación, son actitudes que con frecuencia llevan a la mujer a postergar o frustrar sus propias necesidades para sostener las demandas de otros. La única manera de sostener esto es reprimiendo el enojo y controlando la agresividad. Las mujeres que dan la vida por los hijos no solo con el tiempo se los cobran, sino que tienden a descuidarse, frustrarse y terminan, si no enfermando, siendo una carga para ellos.
  8. No leas más libros sobre cómo ser una buena madre. ¡Lee buenas novelas! Si estás en la pasión de la maternidad, que sean con temas de mujeres, familias, dilemas de la convivencia familiar. Generalmente las buenas novelas son más reales que los libros de autoayuda en temas de crianza y maternidad.
  9. Dales a conocer tus limitaciones: No les hagas creer que nada te duele, que todo lo puedes y que siempre la pasas bien. Que miren tus imperfecciones, distingan tus sentimientos y reconozcan tus necesidades los ayudará a ser vulnerables y más humanos. Al final, no somos ángeles, ni dioses, somos seres humanos. Además, saberte limitada les ayudará a ellos a reconocer sin vergüenza sus propias limitaciones.
  10. No extiendas tu rol al resto de tu entorno: Existen mujeres que a falta de una identidad más allá de su rol, son madre-esposas; se adjudican no solamente el cuidado de sus hijos, sino el de sus parejas o sus padres, vecinos, jefes y demás también.
  11. Tu hijo no puede ser tu proyecto de vida: Tienes que tener un proyecto de vida personal. No se trata, por supuesto de negar que la maternidad pueda ser un proyecto atractivo, pero no el único: sólo es necesario subrayar que se trata de eso, de un proyecto y como tal es optativo.

Para ser una buena madre habrás que soltar el qué dirán y echar de lado los mitos sobre la maternidad. Una buena madre prioriza el vínculo con el hijo, la verdadera conexión y la genuina contención. Más que por las formas, trabaja en lo esencial. En lo esencial de su propio crecimiento y en la relación amorosa y de cuidado con su hijos; y ¡ojo!, no ser una madre perfecta no implica abrir la puerta a la negligencia y a la violencia.

Seamos madres “good enough”, que lo que menos tiene la vida es perfección.

Tener un niño con capacidades especiales, si bien llena de retos y de experiencias ricas en significado a la familia, también genera un fuerte impacto emocional en cada uno de sus miembros. Las reacciones emocionales de cada uno de los miembros de la familia requieren ser escuchadas y atendidas, de esto depende que la vida familiar en general y el avance y bienestar del pequeño en particular se desarrolle de manera armónica.

Por eso resulta esencial, además de entender la realidad de nuestro hijo, sus necesidades particulares y su oportuno manejo, detenernos y hacernos algunas preguntas que comprometen nuestro mundo afectivo, que tocan nuestros sentimientos y nuestras emociones: ¿Cómo ha cambiado nuestra vida con la presencia de este niño? ¿Qué sentimos? ¿Nos vivimos solos, cansados, incluso avergonzados?

Todo niño enseña a sus papás a ser padres y a medida que aprendemos de ellos, nos sentimos suficientes y seguros. Si bien esto es de por sí una faena que en cualquier circunstancia requiere de tiempo, acoplamiento y conocimiento, en el caso de los niños con capacidades especiales este entrenamiento y este aprendizaje se convierten en un desafío especial.

El impacto que ejerce un niño con capacidades diferentes en su medio ambiente es como el de una piedra que cae al agua de un estanque produciendo una serie de ondas en forma de círculos concéntricos que impactan y se difunden hacia afuera hasta que todo el estanque se ve agitado.

Del mismo modo, las implicaciones de crianza y manejo que un niño con capacidades especiales necesita para desarrollarse de manera integral, tienen efectos en las relaciones de todos los miembros de la familia, siendo el impacto más fuerte a mayor cercanía con el niño, y difuminándose con los miembros que tienen menos responsabilidad y trato con el niño.

Por otro lado, si bien los padres cada vez participan más en la crianza de los hijos, más aún cuando el reto es especial, es común que sobrecargados por las exigentes demanda de proveer, y en este caso, demandas más pesadas por las consultas a especialistas, terapias indicadas y tratamientos requeridos, se viven como figuras periféricas, obligadas a cubrir todas las necesidades materiales que se presentan y destinadas a mostrarse como espectadores de la compleja relación madre e hijo. Así, no es de extrañar ver a padres que se sienten ignorados dentro del núcleo familiar, de manera particular por su pareja que está sobrecargada con el cuidado diario del hijo. Otros padres, desde esta postura de observadores, y sintiéndose excluidos pueden convertirse en jueces y cuestionadores del manejo y decisiones de la madre, así como del  estado de ánimo que ella muestra que como decíamos muchas veces se ve alterado. Otros más, en su imposibilidad de estar más cerca del hijo, intervienen a veces alterando protocolos y rutinas que la madre ha logrado instaurar con dificultad creando, además de malestar en la madre y  desconcierto en el hijo, una buena dosis de frustración personal al no poder participar de manera más activa.

Todas estas interacciones van creando una dinámica que sin duda impacta la relación de pareja en mayor o menor grado: los tiempos para dialogar, los momentos de diversión, los espacios para la cercanía física y afectiva pueden verse seriamente comprometidos. Los resultados de frustración, la falta de apoyo llegan a generar desacuerdos y distanciamiento en la pareja.

No podemos dejas de mencionar brevemente a los hermanos del chico con capacidades diferentes. Ellos también pueden manifestar de muchas formas viven el impacto, de muchas formas la incorporación de su realidad: algunos llaman la atención desarrollando conductas inadecuados  que pueden ir desde llamar la atención para ser visto de alguna forma disruptiva, desarrollar conductas regresivas (volver a mojar la cama, hacer berrinches), enfermedades psicosomáticas por un lado, hasta un intento de “invisibilidad” y extremo buen comportamiento, por el otro, negando las propias necesidades, con el fin de no dar más problemas en casa.

Pero todo esto, que si bien puede parecer “el fin del mundo”, es el principio de una adaptación adecuada y a una vida llena de significados derivados de la convivencia con un hijo

Algunos tips que pueden ayudarte

A continuación puedes encontrar algunas ideas que pueden serte de utilidad para tener una mejor convivencia con tu hijo e hija en estas circunstancias. Seguro algunas ideas y alternativas de manejo dan resultados para romper ciertos círculos viciosos:

  • Reconoce lo que sientes y ponle nombre: miedo, tristeza, enojo, cansancio… No es lo mismo identificar lo que te pasa, a vivirte en una “nebulosa” de malestar emocional.
  • Date la oportunidad de sentirlo. Reconoce y valida que estas sensaciones y reacciones que experimentas ocurren y que son adecuadas dada la situación que estás viviendo. No eres mala madre, ni mal padre, te estás adaptando a una realidad.
  • Documéntate en relación a la realidad de tu hijo: el conocimiento da herramientas mientras que la negación y la ceguera agrandan las dificultades y cierra puertas.
  • Confía en que la situación será más manejable con el tiempo pues tu aceptación, tu capacitación y tu experiencia te habilitarán para dar respuestas adecuadas a lo que estás viviendo. Las crisis no son eternas, aunque la realidad no cambie sustancialmente, tu si te manejarás mejor.
  • No te aísles, crea redes con la gente que te rodea: amigos, familiares, asistentes, que pueda acompañarte, escucharte, ¡hasta echarte la mano si es necesario! Buscar también grupos de apoyo especializados en la situación que estás viviendo. Compartir con personas que han atravesado experiencias similares agiliza el proceso que estás viviendo.
  • Si te sientes rebasado pide ayuda profesional. Conversar con un especialista que te ayude a reconocer lo que te ocurre y a encontrar salidas siempre es un recurso que puedes utilizar.

“¡En el servicio se encuentra la alegría!”, me repitieron las monjas durante los doce años que transité con ellas, en escuela de puras niñas, mis estudios preuniversitarios. El acento de la aseveración combinaba un matiz de exhortación benevolente con una entonación de mandato culpabilizador. Y de ahí pa´l real (y sin encontrar muchas veces la alegría) puesta al servicio de los otros, con ganas y con culpa, con rechazo y con orgullo del “deber cumplido”. Aprendizaje intensivo –con todo y condicionamiento operante (“¡qué tristeza!” externaba mi madre cuando no prestaba algún juguete a mis hermanas” o “¡qué vergüenza!” refunfuñaba Sor Inés al ver que no convidaba de mi lunch… “qué egoísta”, “qué individualista”… qué, qué, qué…)- para priorizar los deseos e intereses ajenos, por encima de mis propias necesidades, gustos y anhelos.

No pienso que vivir para “yo, mi me conmigo” sea la quintaesencia de la felicidad, pero a dar y a darse se aprende con la vida, como proceso de maduración que transita de un egocentrismo infantil al genuino altruismo adulto, y no como prescripción celestial y social.

Siendo mi familia un grupo de 4 hermanas, la hazaña de convertirnos en “mujercitas honorables y de bien”, sumaba a la labor de la escuela, y lo de vivir para los demás parecía lo más natural del mundo: mi tía cuidaba a mi abuelo, mis tíos simplemente la visitaban; mi madre atendía a mi padre (y se apresuraba nerviosa a llegar antes que él a la casa si es que estaba haciendo algo fuera del hogar), mi abuela había de reunir a la familia en todos los festejos y “fiestas de guardar”, así se sintiera cansada o tuviera que negarse a alguna invitación más atractiva para ella. Hasta que un buen día no se cómo ni de qué manera mi cabeza fantaseó con la idea de que “si yo hubiera nacido hombre…., podría tantas cosas más”. No soy transgénero, no va por ahí, simplemente las limitaciones y demandas que me imponía el contexto ”por mi naturaleza femenina”  me pesaban de más.

Y es que con todo y lo logrado por mis ancestras feministas, las mujeres seguimos viviendo opresión (más o menos velada) en campos diversos pero con características comunes. ¿Por qué? Porque la vida de cada mujer –soltera, casada, profesionista, ama de casa, con o sin hijos, hermana, maestra, puta, sacrificada, y demás-  se sigue dando dentro de las reglas del juego de la hegemonía patriarcal. Estamos rodeadas e inmersas en mitos, creencias e ideologías patriarcales (por no decir en francas relaciones de poder desequilibrado) que nos dejan sin entender cómo, ni cuándo, ni dónde, perdimos nuestra autonomía y entregamos nuestra libertad. Atrapadas en esquemas que nos aprisionan y a veces entre muros que nos limitan, y aun así, muchas veces  cautivadas  por el amor –o el poder, o la fuerza, o la amenaza -de un hombre que nos va “dar” eso que no nos corresponde por ser mujeres…

Pero entre peras y manzanas, avances lentos y algunos retrocesos,  las mujeres seguimos jugando un papel de madresposas, término acuñado por Marcela Lagarde –antropóloga, feminista utópica como ella se define, y luchadora incansable de los derechos de la mujer-. En su libro “El Cautiverio de las Mujeres”, describe el término y habla de la opresión aún activa de las mujeres en nuestro mundo. Lagarde nos explica que el objetivo impuesto a la mujer, su supuesto destino y principal realización es el ser madre y esposa, pero no de forma separada, sino al mismo tiempo, por eso Lagarde construye el término madresposa.

Con o sin hijos, con o sin marido, la realización personal de la mujer se prescribe y espera ejerciendo esos roles. La maternidad se privilegia y exalta a cualquier costo: la salud, el desarrollo personal y profesional, la autonomía económica, e incluso una falta de vocación que impulsa en ocasiones a vivir una maternidad que le resulta empobrecedora, son cuestiones “menores” ante su “llamado” maternal y conyugal.

Pero lo curioso de esta maternidad, es que no sólo se impone a la mujer que tiene hijos, sino también a aquellas que no los tienen pero que en sus labores “de mujeres” se espera el cuidado a los demás. Su ser “de y para los otros” se expresa en su actividad de reproducción y en su servidumbre voluntaria; así, todo lo que implique domesticidad – como la preparación de los alimentos, cuidado de la casa, abastecimiento de la misma, atención a los enfermos, y por supuesto el cuidado emocional de los miembros de la familia, eso sin considerar la socialización de los hijos, mantener las redes familiares, y los apoyos comunitarios – son enlistados como su responsabilidad. Fungen sin duda como madres en las relaciones conyugales también, inclusive dando asistencia maternal a su pareja: de ahí el sustantivo “madresposa” que implica su doble rol.

Lagarde señala, que esta forma de vivir va acompañada siempre del deseo de ser amada, del deseo de ser sujeto y dejar de ser objeto. Este tipo de conducta lo despliegan solo seres infantilizados, con poca posibilidad de autonomía y de acción, en general personas oprimidas, dependientes vitales, siempre al servicio de los demás que son quienes tienen el dominio y dirigen la sociedad (los varones en general). Por eso hoy más que nunca – gracias a los avaneces en temas de equidad y libertad, a la celeridad de las comunicaciones, a la visibilización de la violencia y al develamiento y estudio del mecanismo patriarcal –  la mujer puede ver con mayor claridad la importancia de llegar a ser quien es, es decir, la importancia de encontrar el desarrollo personal dentro de ella misma, desplegando sus capacidades, virtudes, e intentando enfrentar sus defectos y temores. El vivir para los demás, toda la vida, no puede menos que crear un hueco en el interior de las personas, en este caso las mujeres, que difícilmente se puede llenar complaciendo a otras personas a costa de los propios anhelos y valores. Una persona que no se busca a sí misma, que no satisface sus necesidades y deseos más profundos poco a poco va decayendo y despojándose de su auténtica humanidad. Así, la abnegación, la entrega, e incluso la tiranía maternal, son formas distintas de buscar un mismo fin: otorgarse a sí misma su lugar en el mundo, a través del reconocimiento ajeno de su valor como persona.

¿Cómo poder estar para el otro sin perderse a una misma? ¿Podrán estas nuevas generaciones compartir las funciones de cuidador/cuidadora y generar personalidades masculinas y femeninas más integradas? Yo, optimista crónica, confío que en eso estamos, a jalones y trompicones, pero con mayor conciencia y mayor responsabilidad. Y entonces sí, encontrar la valía del respeto y de la colaboración, de la flexibilidad de roles, de las negociaciones y de la verdadera satisfacción que otorga ese servir al otro desde la genuina entrega y no desde la imposición del sometimiento, el miedo, la carencia y la opresión.

Podemos hablar de ruptura matrimonial, pero de no de ruptura familiar. Tras un rompimiento amoroso, si hay hijos, la relación familiar sólo se transforma, ya que el vínculo familiar nunca termina.

Manejar bien esta transformación es una faena difícil pero alcanzable que nos permitirá seguir compartiendo y creciendo, ya no como pareja pero sí como padres.

 

La decisión de la separación es tomada por los padres, y aunque definitivamente tendrá efectos en sus hijos, esto no quiere decir que tengan derecho a esperar de ellos una actitud adulta o acciones que correspondan a las expectativas y deseos de sus padres

 

 

 

Parte central del éxito de un divorcio es lograr la seguridad y estabilidad de los hijos. Incluso podríamos afirmar que una pareja que atraviesa un rompimiento y logra convertirse en un equipo de padres que colaboran eficientemente, tiene altas posibilidades de rehacer su vida exitosamente. Esto porque asumen con responsabilidad la transformación de la relación familiar, independientemente de la relación amorosa que sostuvieron los padres.

Algunas de las cosas que dañan más a los hijos de padres divorciados y que, por ello, hay que tomar en cuenta y evitarlas, son las siguientes:

  • Quedar triangulados en medio de los problemas de los padres.
  • Estar involucrados en los pleitos legales.
  • Ser usados como mensajeros.
  • Darles falsas esperanzas de reconciliación matrimonial
  • Ser usados como elementos de venganza o de chantaje.
  • Ser forzados a tomar partido.
  • Que se les obstaculice o impida la relación con uno de los padres.
  • Que no se les escuche.
  • Que se les haga sentir culpables.
  • Que se los convierta en “los papas” de sus propios padres.

Tras el rompimiento de sus padres, los hijos atraviesan su propio e inevitable proceso de duelo, y el manejo adecuado del divorcio hará que dicho recorrido se limite a lo necesario y no a conductas que les compete a los adultos manejar.

La decisión de la separación es tomada por los padres, y aunque definitivamente tendrá efectos en sus hijos, esto no quiere decir que tengan derecho a esperar de ellos una actitud adulta o acciones que correspondan a las expectativas y deseos de sus padres.

Hoy tu reto como padre es lograr con tu ex la co-paternidad responsable, pues ésta asegurará que tus hijos puedan lidiar con las emociones resultantes del divorcio. Una cooperación positiva de los padres conservará el contacto emocional con sus hijos y el orden familiar, garantizando el sentido de pertenencia y seguridad que requieren para desarrollarse de manera saludable.

La paternidad es un camino de ida, es para siempre… Con cada hijo puedes construir una relación única, la cual crece y se recrea con cada etapa que atraviesen a lo largo de su vida.

Finalmente, la separación no coarta tu misión de preservar el vínculo amoroso con tu hijo: es tu derecho y es tu responsabilidad.