“Las locuras que más se lamentan en la vida, son las que no se cometieron cuando se tuvo la oportunidad”

 Hellen Rowland

Soy saludable, responsable y consistente: “como frutas y verduras”, hago ejercicio tres veces por semana, no fumo, duermo lo suficiente, medito, tengo buenas amistades, y he conquistado una autonomía suficiente para hacer lo que me gusta hacer. Pero nada de eso me lleva al equilibrio y menos aún a la normalidad. Y es que “no solo de pan –y ejercicio, y meditación, y descanso- vive el hombre” ¿Qué me dicen de la psique, el cerebro y la salud emocional? ¡Ah cómo me ha dado por estudiar sobre   neurociencias, ondas paroxísticas, y demás! Y es que de pronto siento unos impulsos –deseos, temores, cansancios, arrojos-  que van en contra de toda norma y me resultan difíciles de domar.

¿Pero acaso ser medio atípica no es saludable? Salirte de lo adecuado, de lo esperado, de lo deseable, ¿da cuenta de falta salud emocional? Por muchos años, ¡décadas! me torturé comparándome con la media, que gozaba de lo típico, y se conformaba con lo habitual. Me esforzaba por pensar-sentir-hacer lo que las mayorías disfrutaban y por supuesto que me agotaba tratando de encajar.

Hoy muy orgullosamente afirmo que me salgo de la normalidad: soy impulsiva, hiperactiva, impaciente, inquietante, extravagante e imprudente. Me descubro muchas mañanas queriendo que la noche comience de nuevo siempre con el anhelo de seguir soñando en eso, y en ese, que me reportaron bastante bienestar. Entra entonces mi “super yo” y toma las riendas: me levanto a organizar lo que me depara la larga jornada que tengo por delante. Pero buscando la ropa del día me dan unas ganas locas de acomodar cajones y de tirar cosas que siento que me dejarían espacio para no se qué y que me aligerarían no se qué más ¡No es hora de hacer limpieza de armario! ¿Ay qué hago con este impulso sin control?.  O replanteo mi intensa jornada o la “picazón” de hacer también una quema de papeles inútiles no me dejará arrancar. Y entra un hijo a interrumpir mi desorden y le cambio el nombre y le pido con urgencia que me suba un café… Y suena el cel y brinco de contento pensando que es con quién soñé ¡y me frustro al ver que me llama a quién planté! Y así a jalones y empujones interiores marcha el día de maravilla… y acometo, y logro, y promuevo, y delego, y resuelvo, y termino un día más…

¿Será que de cuerdos y locos todos tenemos un poco? Yo digo que de locos sí: tenemos bastante, y varios de nosotros. Y esa temida locura  -según y cómo- puede dar un toque peculiar a la vida, siempre que se reconozca, se medio entienda, se “quasi” acepte y se sepa manejar.

A mí, como a Jack Kerouac, “las únicas personas que me agradan son las que están locas: locas por vivir, locas por hablar, locas por ser salvadas…” Y así, entre manías, obsesiones, ansiedades, paranoias, y compulsiones, arranco y termino el día, tratando, con mucho esfuerzo, que no “me tiren de a loca”, nada más.

 

Nos da miedo la soledad, y cuando no le tememos, nuestro entorno se encarga de que – tarde o temprano- eso nos ocurra. La soledad tiene muy mala fama, y junto con ella la soltería, que es la “encarnación” de la misma.

En una sociedad que privilegia nuestra naturaleza gregaria, y como “consecuencia obvia” la  vida matrimonial, estar solo, vivir a solas, está mal visto. La soledad es sinónimo de anomalía, fracaso, riesgo y sufrimiento.

Habiendo migrado a lo largo de los siglos de una sociedad comunitaria –por ser la única forma de asegurar la reproducción, producción, y sobrevivencia- donde la identidad se construía por la pertenencia al clan, a una sociedad que privilegia la individualidad, la conquista de la autonomía se hace el “sine qua non” de la actualidad.

 

Vivir en soledad no es sinónimo de aislamiento, primera distinción. El aislamiento nos remite a un estado de privación y exclusión en relación al entorno, así como de vacío interior. Estar aislados, dada nuestra naturaleza gregaria, es traumático y  de facto, imposible. Somos seres interdependientes, y nos necesitamos unos a otros, para satisfacer nuestras necesidades físicas, emocionales, intelectuales y sociales, así como para construir y enriquecer nuestro yo y proyectar nuestra existencia de forma trascendente. El aislamiento lleva a una depravación, a un deterioro, a una muerte, real o existencial. No así la soledad.

La soledad tampoco es sinónimo de desolación, estado en el cual lo que prima es la angustia, el dolor, la depresión. La desolación da cuenta de una pérdida irreparable, de una especie de orfandad: pero ¿qué se siente perdido cuándo se vive en soledad? ¿un status social? ¿un sueño?

Por su parte, la soledad es ese estado, tiempo, espacio,  en el cual la ausencia de otros permite la interacción con nosotros mismos. A falta de intermediarios, desarrollamos una relación con nosotros que permite un diálogo inaccesible rodeados de compañía.

Sobra decir que ontológicamente estamos solos: nacemos solos, morimos solos.  Integrar esta verdad, como experiencia vital, es faena que nos toma energía importante y sostenida a lo largo la vida.  Pero más allá de este cuestionamiento existencial inevitable, ¿qué hay de esa soledad que nos lleva al encuentro con nosotros mismos?, ¿cómo renunciar  a una soledad indispensable en la cual nos confrontamos y construimos?

La soledad es el único camino que nos lleva a la autonomía. Las experiencias que se dan sin participación de otros son necesarias para ejercer los derechos autónomos y conquistar la libertad. Cuando estamos solos nos pasan cosas interesantes que son imposibles de incubarse en compañía:

 

  • Nuestra actividad intelectual es diferente: hacemos conexiones distintas y unimos ideas fragmentadas.
  • Podemos, en vez de defender nuestras posturas ante otros, dudar de ellas. La duda desafía nuestro pensamiento dogmático.
  • Cuestionamos nuestros paradigmas.
  • Reconocemos competencias e intereses ignorados.
  • Replanteamos nuestros valores.
  • Escuchamos nuestros sueños y nuestros deseos que pudieran parecer imposibles estando acompañados.
  • Legitimamos, sin la anuencia de los demás, nuestra experiencia.
  • Superamos la necesidad permanente de ser confirmados por los demás.
  • Logramos diferenciarnos, sosteniendo la cercanía-distancia oportuna con los demás.

No hay manera de conquistar la autonomía y de ejercer la libertad sin la capacidad de estar solos. Incluso si cohabitamos con una pareja o en familia, requerimos de espacios de soledad creados propositivamente para acceder a este encuentro personal, desarrollar nuestra conciencia de “sí mismo”.

Ser autónomo es hacer de la soledad un espacio de goce, de creatividad, de reflexión y duda, de bienestar y crecimiento. Es transitar del deseo de libertad a la realización de acciones liberadoras. La fantasía mental de lo que podemos ser sólo se resuelve en la vida de forma práctica con acciones concretas: “estoy aquí, pienso esto, deseo tal cosa, me muevo hacia tal lugar, de esta forma…

Convertirnos en sujetos y autores de nuestra existencia implica asumir que estamos solos y con ello esperar y exigir compañía a cualquier costo.

No te vayas de esta vida sin haber tenido un encuentro contigo mismo.

 

El sexo, el erotismo y el amor son dimensiones diferentes dentro de las dinámicas de relaciones humanas de pareja. Con mucha frecuencia hablamos de sexo: “tener sexo, disfrutar el sexo, necesitar el sexo”, cuando queremos referirnos a distintas conductas que se sustentan en la sexualidad. En estricto sentido, hablar de sexo es hablar de las actividades y el placer que se deriva de nuestro ser biológico, concretamente de nuestra genitalidad. Se nace siendo “macho” o “hembra”: los hombres producen espermas, las mujeres producen óvulos y eso es los que determina su sexo.

Sin embargo, cuando hacemos referencia a nuestra vida sexual, generalmente pensamos en algo más complejo que lo biológico: imaginamos veladas sensuales, posiciones excitantes, fantasías inaccesibles, etc. En realidad, la sexualidad es mucho menos que eso porque, en sentido literal, el sexo es lo que tenemos en común con los animales: lo instintivo, lo genital, lo pulsional, lo que, básicamente, nos permite reproducirnos.

El erotismo por su parte,  junto con la seducción, la sensualidad y el amor, son fenómenos característicos de lo humano. Sin duda es la sexualidad  la dimensión en la que se asientan todas estas experiencias: sobre la sexualidad se asienta el erotismo, sobre el erotismo se asienta el enamoramiento y sobre el enamoramiento, se puede asentar –o no-  el amor.

Muchas veces al hablar de sexualidad, de lo que estamos hablando es justo de eso otro: de erotismo. Quizás esta distorsión es muy común entre las personas del siglo XXI. ¿Y qué es el erotismo? El erotismo es la elaboración cultural del sexo, el conjunto de posibilidades que las personas construimos sobre esa realidad biológica. El instinto se transforma en placer y el placer en erotismo: el erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer.

Para vivir un erotismo emancipador hemos de desarrollar nuestra capacidad de vivir la vulnerabilidad y la intimidad. Y ser vulnerable, ser íntimo, develarse, arriesgarse por el otro, es algo muy exigente. Somos cínicos o pichicatos cuando sostenemos que podemos tener relaciones eróticas sin  algún tipo de implicación emocional, por pequeña que sea. Cuando así lo creemos quizás lo que vivimos fue el sexo rápido de una “noche de copas”; o bien una relación poco satisfactoria de la cual decimos “fue sólo sexo”.

Bajo esa tónica, la realidad de “la mañana siguiente” con una persona recién conocida o que conocemos muy poco, es un lugar interesante de investigación de cómo nos relacionamos, del erotismo, de la sexualidad y de la intimidad. ¡Y es que se pasa abruptamente de no conocernos a compartir cosas privadas e íntimas!: dormir, el baño, el despertar… Lo que pasó, pasó, pero ahora nos regresa la conciencia y las preguntas:  “¿quiero salir corriendo?”, “¿disfruto del intercambio que aún sabe a placer?”, “¿anhelo conocer más a ese otro o sólo me alisto para decir adiós?”.

Sea cual sea el nivel de compromiso de la relación, el erotismo cabalmente practicado, deja un buen sabor de boca, a diferencia del consumo sexual despersonalizado y compulsivo. Cuando lo erótico se deshumaniza ocurre que el hastío o el desagrado aparecen rápidamente. El sexo o es erotismo o es muy poco. De hecho, el acto sexual no es necesario para tener una experiencia erótica integral. No es una necesidad como el hambre o la sed: es un deseo que expresa una disponibilidad emocional y, por tanto, física y psíquica.El placer sexual es el más fuerte de los placeres. La relación erótica a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo Por eso tiene también la capacidad de crear las ligazones más fuertes. Si alguien nos generan placer erótico trataremos de encontrarlo una y otra vez. Cuando gozamos de la experiencia de un placer mutuo, tendemos  a querer establecer una relación duradera, capaz de resistir penas y de capotear dificultades. Es entonces que esta ligazón tiende a desencadenar otros fenómenos como el apego, el enamoramiento, la intimidad, incluso el amor…     

Sin duda el amor, una experiencia difícil de definir, inicia generalmente con la sincronía “química”: sería difícil amar a alguien cuyos olores, textura y sabor nos fuera desagradable.  De cualquier modo el amor se integra de muchos más ingredientes que el placer compartido a través del erotismo, incluso que la abrazadora experiencia del enamoramiento. A veces su puerta de entrada es la amistad, el intercambio intelectual, la cercanía emocional; surge después el deseo de interactuar, de adquirir mayor compromiso con la vida del otro.  Si la compatibilidad se constata, con el tiempo, cristalizaremos una relación y sostendremos encuentros sexuales.        Pero el amor también puede construirse al revés: en lugar de conocernos y luego tener relaciones sexuales, podemos empezar por lo erótico, y si va bien podríamos pensar en avanzar hacia un mayor conocimiento, que constate una armonía en nuestros sueños, en nuestras necesidades y en nuestro mundo de intereses y valores. Ambas direcciones, en el momento de construir vínculos, son válidas. Al final, el buen sexo tiene mucho de eros y, según dicen, es Eros el dios del amor.

En la Roma (barrio en donde vivo) es un agasajo caminar cualquier día, a cualquier hora, por casi cualquier calle, y observar cafecitos repletos de singulares, parques llenos de gente soltera paseando a sus mascotas, librerías atiborradas de “solos” y bicicletas pa’rriba y pa’bajo con mochila al hombro y sonrisa en boca: una grata diversidad de adultos jóvenes, medianos y no tan medianos, a todas luces solteros, haciendo brillar nuestra hermosa ciudad.

Sin embargo, este no es el caso de todos los solteros y solteras del siglo XXI. Conozco a algunos de ellos que no acaban de “darle el golpe” a este asunto de la singularidad: o porque no superan un rompimiento, o porque han tenido que renunciar a legítimos sueños que pensaban conquistar.

 

 

 

«Sin minimizar la riqueza que puede ofrecer una satisfactoria vida de pareja no dejo de señalar la primacía que se le ha dado sobre cualquier estilo de vida personal y familiar».

Sin minimizar los dolores que cada quien atraviesa en esta corta vida, me pregunto si las necesarias transiciones de la misma pueden congelarse en una nostalgia que parece no tener final. Sin duda, los buenos amores aportan crecimiento, contento y valor a la propia vida, y dejan antojo de “para siempre” como si el amor realmente pudiera eternizarse sin tener un punto final. Es aquí donde comienzan los desencantos y la dificultad de continuar.

Ya lo dice el poeta guatemalteco Cardoza y Aragón: “El amor es eterno mientras dura…”, y es quizá esa creencia de que el amor puede no terminar jamás la que nos deja, entre otras cosas, viviendo a la deriva de un pasado que no regresará. Sin minimizar la riqueza que puede ofrecer una satisfactoria vida de pareja no dejo de señalar la primacía que se le ha dado sobre cualquier estilo de vida personal y familiar.

«La vida posmoderna –lo queramos o no- apunta a una alternancia de etapas de soltería y etapas de emparejamiento: en una existencia que puede durar 70, 80, o 90 años, es difícil sostener vivo el primer amor».

¿Pero de qué se trata esta nostalgia amorosa que nos ata al pasado? Quizá la clave consiste en distinguir justamente la nostalgia y la melancolía.

La melancolía se vincula más con la tristeza que con sentimientos instalados en la vida de la persona pueden culminar en una depresión; mientras que la nostalgia es un recuerdo biográfico que da coherencia a la propia vida: a través de ella predominan los recuerdos de las relaciones valiosas permitiendo que las memorias negativas se transformen generalmente en narraciones positivas.

«Yo tengo la certeza de que se puede integrar a la vida una nostalgia en la que recordar el pasado nutra, motive, y genere satisfacción».

Así, a diferencia de la melancolía, la nostalgia se centra en los buenos recuerdos del pasado y no en los malos momentos del presente. Yo tengo la certeza de que se puede integrar a la vida una nostalgia en la que recordar el pasado nutra, motive, y genere satisfacción.

Harold McMillan afirma que hay que “…utilizar el pasado como trampolín y no como sofá”. Y es que mis suficientes años me han enseñado que el futuro tiene puertas abiertas a nuevas posibilidades, pero sobre todo que de “cualquier momento presente siempre se puede hacer algo mejor”.

Conocernos y valorarnos a nosotros mismos es fundamental para fortalecer nuestra salud mental.  Las experiencias que conforman nuestra vida –tanto de la interacción con el ambiente, como con las demás personas e incluso con nosotros mismos– nos permiten aprender sobre el mundo y dicho aprendizaje es necesario para resolver cada desafío que se nos presenta. Ese conocimiento y la valoración de nuestra propia persona nos permite construir nuestro carácter y una imagen de quiénes somos. La autoestima es, precisamente, la impresión que tenemos de nosotros mismos, basados en las experiencias y sentimientos que hemos ido interiorizando a lo largo de nuestra vida.

Podemos creer que somos inteligentes, obstinados, valientes, cobardes, etc., o bien, podemos sentir gusto o disgusto por nuestra imagen personal.

Poseer una autoestima sana nos permite sentirnos capaces de dar salida a las situaciones que la cotidianeidad nos demanda día a día: crear relaciones sólidas, lidiar con el sufrimiento, ser autónomos, desarrollarnos profesionalmente, etc., así como vivenciarnos como merecedores de amor y respeto. Podemos creer que somos inteligentes, obstinados, valientes, cobardes, etc., o bien, podemos sentir gusto o disgusto por nuestra imagen personal. Todas estas auto-concepciones y valoraciones personales son ingredientes de la autoestima y nos permiten saber si tenemos una autoestima alta o baja.

La autoestima es el concepto que tenemos de nosotros mismos, pero ¿cómo se forma? Tomando conciencia de nuestros atributos personales y usándolos oportuna e inteligentemente. Tales atributos personales son rasgos, aptitudes, capacidades o habilidades que todos poseemos y que podemos desarrollar y mejorar por nosotros mismos. La autoestima se empieza a construir desde los primeros años de vida de una persona, y es el resultado de la interacción física y emocional que tiene un niño con su círculo más cercano, es decir, sus padres o aquellos que se encargan de cuidarlo y procurarlo. Con el paso del tiempo, esta interacción genera una sensación de aceptación, de satisfacción personal y consciencia de que es valioso ser recíprocos con quienes nos han dado amor.

LA AUTOESTIMA POSEE DOS COMPONENTES BÁSICOS:

  • La autoeficacia o competencia: El sentimiento de capacidad personal, la confianza en uno mismo, el sentimiento de ser capaz de enfrentar los retos de la vida de manera responsable y madura. Sentirse competente proporciona una sensación de satisfacción al saberse capaz de resolver los problemas de manera reflexiva e inteligente.
  • La auto-dignidad o mérito: El sentimiento de valor personal, la confianza de que se tiene valor como individuo. Valorarse a uno mismo nos permite apreciarnos, dar cuenta que merecemos amor y felicidad, de tal modo que buscamos satisfacer nuestras necesidades básicas y construir una vida más agradable y exitosa.

La integración de ambos conceptos en nuestra vida diaria requiere de un gran esfuerzo que nos permite crecer y mejorar nuestra vida. La mejor forma de crecer como personas es cuestionar nuestras actitudes y pensamientos, enfrentar prejuicios y atrevernos a romper esquemas. Si a la autoestima le sumas el desarrollo de tus propios atributos, estarás en el camino de la seguridad personal. Cuidar de nuestro estado emocional no es menos importante que cuidar de nuestro cuerpo, de hecho, nuestra salud mental tiene efectos en nuestra salud física y la ciencia cada día avanza más en la búsqueda de la conexión real entre nuestras emociones y las enfermedades que adquirimos.

Así, la autoestima es una herramienta importante con la que contamos para enfrentar la vida. Re-pensarla, reconocerla y trabajar sobre ella resulta crucial frente a las demandas y cambios de nuestro tiempo, pues parece respirarse en el ambiente una gran incertidumbre e insatisfacción en lo que la gente hace, en cómo se siente, en cómo vive y en cómo ve el futuro.

¡Me escapé unos días! Camino y camino por Ámsterdam (en la mente se me cruza la imagen de Forrest Gump corriendo, pero no: ni tan desaforada, ni tan adolorida del alma… ni con tantos seguidores), respiro un aire frío, ajeno… el viento arrebatado despeina mi cabeza. Escucho conversaciones, no las entiendo.

Observo construcciones sobrias, me reflejo en distintos canales a cada esquina. Miro aparadores centelleantes, personas caminando y bicicletas, ¡muchas bicicletas circulando!, y maniobras inusitadas realizadas sobre ellas: paraguas que se abren y cierran al ritmo de la lluvia, celulares tecleándose, niños montados sobre pecho y espalda del conductor, lecturas de folletos al vuelo y uno que otro dúo de ciclistas pedaleando en paralelo con animadas charlas… café incluido.

Integro las imágenes, las suelto y sigo caminando. Pausada y rítmicamente, camino y camino. El aire, que sopla fiero sobre mi cara, termina por conquistarme y empieza a darse en mí ese curioso prodigio, ése que en México de vez en vez extraño por lo imposible que me resulta experimentarlo en lo cotidiano: me descontextualizo. Experimento la sublime sensación de salirme de cualquier trama, de todo escenario, de cada representación; de no tener un referente puntual que me encadene, de prescindir de las miradas que me hacen ajustarme a cualquier rol.

No hay un texto que seguir: no soy madre, no soy amiga, no soy pareja, ni terapeuta, ni expositora, ni hija, ni hermana. Tampoco dirijo nada, no tengo que exhortar a nadie. Sólo soy mujer, con lo mucho que eso implica; pero, desligada de toda referencia, puedo ser a ratos lo que ya he sido y también lo que nunca he sido. Puedo ser lo que deseo y lo que detesto (al menos por un instante). Y sólo yo lo sé, y lo gozo…

Me expando, me desempolvo, me libero. Nadie me conoce, a nadie conozco, y en este paréntesis temporal me reconozco un poco más. ¿Tan liberador puede ser desapegarse del texto de los de más y reconocer, reescribir y apropiarse del propio?

En el silencio de los días, buceo en mis profundidades hasta que rescato partes únicamente mías. Y complacientemente experimento que empiezo a extrañar las miradas de los otros: reflejos que también me construyen, que también necesito. Pero cada día cuando despierto en la soledad de la distancia, me pregunto, como Marcela Serrano en Lo que está en mi corazón: ¿Puede haber una sensación más excitante (y atemorizante a la vez) para una mujer, que la de sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?

Por eso, de vez en cuando, como una escultora con cincel en mano, me retiro para tantearme a solas y rescatar lo oculto que, desde siempre, ha estado labrado en el centro de mi corazón.

¿Puede haber una sensación más excitante (y atemorizante a la vez) para una mujer, que la de sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?

El estado civil es una noción técnica que nos diferencia y distingue no solo legalmente de los demás, sino en las fiestas, en las casas, en el cine, en los trabajos, en los restaurantes y en las transacciones comerciales… es decir, en la manera de ser vistos y tratados en la vida en general.

Soltero, del latín solitarius, el que no está casado. Casado, el que ha contraído matrimonio. Viudo, al que se le ha muerto su cónyuge y no ha vuelto a casarse. Divorciado, persona cuyo vínculo matrimonial ha sido disuelto. Separado, el que ha interrumpido la vida en común con su cónyuge, conservando el vínculo matrimonial. Y ahora, como novedad hay quienes agregan “conviviente”, con quien comúnmente se vive, para identificar a aquellos que se comparten en una vida de pareja carente de formalidad… ¿Carente de formalidad?

Parece que reconocer “la convivencia” como estado civil implica una posición realista en relación a los nuevos comportamientos amorosos y sin duda reivindica una nueva posibilidad de amar: comprometida pero sin casa ­–sin casamiento–, distinto, fácil unas veces –y en otras no tanto–, creativo, relajante en ocasiones, cansado también. Pero una manera más, una posibilidad que se vale, que cuenta, que sí es amor, que no puede entrar en la categoría binaria de “fácil o difícil”, “buena o mala”, “comprometida o informal”, es mucho más que eso… mucho más…

No hay duda que a lo largo de la vida podemos ir alterando nuestra parada en el mundo, ya sea porque lo decidimos o porque nos lo decidieron, pero pocas personas en la actualidad serán de una u otra manera y vivirán de uno u otro modo. Por eso cabe la pregunta ¿ser o estar? Uno no es ni casado, ni soltero, ni viudo o divorciado… Estoy casada, estoy soltera o me estoy divorciando y me vivo distinto, pienso diferente y requiero cosas y relaciones diversas dependiendo de esto que estoy atravesando. Y es que el estado civil no es una manera de ser sino una forma de estar, en un lugar, en un tiempo, con uno mismo, con alguien o con los demás.

Hay quienes a capa y espada quieren conservar el mismo estado “para siempre” y se resisten a que cambie, se extinga, se trastoque. Cuánta confusión y dolor en aquellos que dicen: “¡yo siempre seré el esposo de…, aunque ella se haya ido!”. O bien de quienes afirman: “que aquello vivido con aquella, terminó y no solo hoy ya no es nada, ¡sino que nunca lo fue!”. Más aún los que regresando a la soltería, por gusto o por disgusto, dicen que ¡casados nunca más!

¿Será que en realidad uno pasa de ser casado a ser divorciado, cierra la carpeta del matrimonio y “tan tán”? ¿Se puede, siendo soltero de nuevo, olvidar las vivencias de una vida compartida y pensar: “borrón y cuenta nueva” y ya? ¿Acaso las huellas de un divorcio dejan de ocupar un espacio en nuestra existencia y ser un parte aguas que tiñe el camino de volver a empezar? ¿Es posible que una nueva pareja, “convivente” o lo que sea, tenga nada de “casamiento” y de conyugalidad?

En estricto sentido, sólo puedo tener un estado civil que “es” y “debe ser” reconocido por la ley civil. Bueno sí, el estado civil no es plural, es alternativo: uno u otro y por tanto excluyente: o estas casado o estas soltero, o eres viuda o bien eres divorciada… Pero la experiencia de vida no es así, y si bien uno a lo largo de la vida porta diversos estados civiles y se reconoce claramente en uno de ellos, la momentaneidad de los mismos es diferente a la realidad de la experiencia toda: uno nunca deja de llevar a cuestas lo que fue y lo que vivió, y no sólo porque se traslapan las vivencias en el cuerpo y en el corazón, sino porque a veces los hijos, en ocasiones los amigos, quizás ¿mi ex?,  o ¿mi next?, y muchas veces uno mismo, ameritan malabares para ubicarnos: soltando roles, sumando papeles, dividiendo responsabilidades, aprendiendo posicionamientos, conjugando, integrando, entendiendo…

Pasar de un estado civil a otro es una evolución poco pacífica pero sí pausada, que requiere reconocimientos externos y acomodos internos. Sin duda imperan las reglas sociales y la necesidad de los demás de ser esto o ser lo otro, pero toma su tiempo la transformación interna que integra todas las experiencias vividas, con sus sabores y desencantos. No hay que olvidar que el tiempo siempre tira pa’ lante, no se puede regresar, y aun continuando nuestra aventura de vida, siempre queda algo de nostalgia, mucho de aprendizaje, suficientes recuerdos, y con suerte bastantes cosas que agradecer.

No pretendo afirmar, con este “ir y venir” de pensamientos y palabras, que cuando se han habitado diferentes territorios amorosos, se puede ir por el mundo dando dobles mensajes a los otros y a uno mismo; tampoco se trata de jugar a que se tiene todo y se puede más. El tema es recopilar nuestra experiencia y, sin pelearnos con su contradicción y ambivalencia, entendernos como seres complejos, aderezar la vida y abordarla hasta donde sea posible, con sencillez y simplicidad.

Por contradictorio que parezca, en algunos casos puede resultar lícito, maduro y hasta adecuado utilizar una mentira. ¿Cómo no confundir el auto-engaño del oportuno ocultamiento de una verdad? Conoce estos síntomas internos que te permitirán saber si mentiste de manera oportuna y constructiva o bien por enojo, conveniencia o descuido.

Si las mentiras son pocas y decirlas te produce una sensación interna de paz por haber hecho lo correcto, seguramente es una buena mentira.

Sé consciente de que puedes asumir, en caso necesario, las consecuencias de la verdad que pretendes ocultar y, aún así, prefieres utilizar la mentira.

El efecto de un uso esporádico de la mentira, ha de permitirte que te sientas congruente y seguro de tu conducta, y no un farsante que quiere esconder quién es y lo que hace.

Podemos considerar buena aquella mentira que surge de la parte madura de quien la dice y genera más beneficios al que la recibe que a quien la dice.

Si mientes de manera oportuna y adecuadamente, estarás buscando cuidar al otro, o a la relación, de lo contrario estarías hablando de una mentira “en defensa propia”, comprensible si sabes que lo que hiciste generará daños mayores a tu persona.

Para elegir entre una mentira que evita un sufrimiento innecesario y una verdad que lo genera, deberás detenerte a reflexionar en consciencia para después decidir.

En cualquier circunstancia, las personas maduras mienten poco, lo hacen bien y les da buenos resultados. Por su parte las personas inmaduras mienten mucho, lastiman a los demás y tienen malos resultados.

Podemos seguir en este ir y venir de mentiras y verdades, el tema es inagotable, el camino sinuoso. Mentir o no mentir… usa tu conciencia, y es que solo tú tienes la respuesta correcta.

¿Cómo se percibe a los hombres? Supuestamente, ¿qué sí y qué no pueden hacer? No sólo las mujeres se enfrentan con prejuicios y dificultades por su género, y, aunque en definitiva la lucha de equidad e histórica es muy distinta para ellas que para ellos, los hombres también tienen que luchar contra la idea de una masculinidad impuesta por ciertas ideas.

Lo que se cree que es “ser hombre” o “ser mujer” son construcciones que se crean en la sociedad y en cada cultura. Por ejemplo, según estas ideas, para ser hombre es necesario no hacer, ni decir, ni sentir como una mujer (y viceversa), ideas que se basan en conductas estereotipadas, generalmente misóginas, prepotentes e incluso violentas.

Según esto, de los hombres se espera:

  • Destrezas en el deporte, los negocios, la política y demás espacios públicos de la vida social.
  • Obligación a buscar siempre estatus y poder.
  • Que sean “héroes”: mostrar que serían capaces de cualquier cosa para “salvar” a una mujer.
  • Derecho de ejercer el poder sobre las otras personas que tienen menos poder que ellos (mujeres, niñas, niños, personas adultas mayores).
  • Exigir que las otras personas satisfagan sus deseos y necesidades, así como a gozar de privilegios para decidir y hacer lo que deseen.
  • Incluso un permiso explícito o tácito de que utilicen la violencia como forma de control.
  • Que sean sexualmente activos y poderosos.
  • La obligación de ser proveedores, protectores, procreadores y a
  • Que se “desconecten” o, al menos, que no muestren sus sentimientos.

¿Y así tendría que ser a fuerza? ¿Habrá otras formas de vivir como varón que no exijan pobreza afectiva y aislamiento emocional?

Los 5 primeros pasos para abrir brecha

1.- Las palabras y más allá de ellas

Muchos hombres no han sido educados para estar en contacto con su sensibilidad, por ello, en la medida en que encuentren las formas de relacionarse afectivamente, tendrán mucho más para expresar a través de las palabras sin sentirse por eso menos hombres.

Aunque también hay que tomar en cuenta la expresión masculina a través de la acción y del silencio: si bien en ocasiones hay un silencio que deja a los hombres solos con sus sufrimientos, dudas y temores, existe otro que es inherente a su masculinidad que va acompañado de actos conmovedores y acciones solidarias, ese silencio cómodo que se instala cuando varios varones están en acción expresándose sin palabras.

2.- El derecho a ejercer la paternidad

La paternidad, a diferencia de la maternidad, se mantiene en un perfil bajo. Pocos hombres reflexionan y se cuestionan sobre ella: la sociedad ni lo aplaude, ni lo solicita; cuanto más, al ser padres se “certifica” su potencia sexual. Pero la paternidad como elección no es un deber sino un derecho, un derecho que atañe a padres y a hijos.

3.- La conquista de la soledad

Se dice que los varones no tienen mucha resistencia a la soledad, quizás porque la que comúnmente experimentan es la de haberlo perdido todo tras divorcios, despidos y derrotas económicas. En dichas condiciones tienden a escapar en busca de alguien, ¡de quien sea!, o a entrar en el estatus de “fracasados solitarios”. Pero la soledad entendida como elección propicia la confrontación personal para reconocer las propias sensaciones, necesidades y sentimientos, así como para desarrollar aspectos postergados.

A mí que no me digan que “la naturaleza dice” o que “la esencia clama”: muchas cosas de lo humano son producto de la evolución (como el apéndice y el himen que hoy de poco sirven

4.- ¿Escojo cuando coj…?

Hay varones que aún piensan que ser “hombre” es que “aquello” que está debajo de su cintura responda cada vez que se requiera. Esta creencia da origen al mito de que en el sexo los hombres “siempre quieren y siempre pueden”.

Sin embargo, en el área sexual, las ideas de “producir y rendir” también están presentes como exigencias masculinas que hacen que los hombres teman recónditamente el no querer o el no poder tener sexo, pero éste es más que genitalidad. Es soltarse para sentir intensamente. Los sentidos también participan en la sexualidad, de ahí la importancia de desarrollar su sensibilidad. Además, integrar el sentimiento es un buen afrodisiaco.

5.- El compromiso con uno mismo

La dificultad masculina con el compromiso radica en la deficiente conexión con sus propias necesidades; distanciados de sus deseos y de su sensibilidad más profunda, se ven obligados a asumir compromisos (particularmente con las mujeres) desvinculados de sus ejes afectivos.

“¡En el servicio se encuentra la alegría!”, me repitieron las monjas durante los doce años que transité con ellas, en escuela de puras niñas, mis estudios preuniversitarios. El acento de la aseveración combinaba un matiz de exhortación benevolente con una entonación de mandato culpabilizador. Y de ahí pa´l real (y sin encontrar muchas veces la alegría) puesta al servicio de los otros, con ganas y con culpa, con rechazo y con orgullo del “deber cumplido”. Aprendizaje intensivo –con todo y condicionamiento operante (“¡qué tristeza!” externaba mi madre cuando no prestaba algún juguete a mis hermanas” o “¡qué vergüenza!” refunfuñaba Sor Inés al ver que no convidaba de mi lunch… “qué egoísta”, “qué individualista”… qué, qué, qué…)- para priorizar los deseos e intereses ajenos, por encima de mis propias necesidades, gustos y anhelos.

 

 

No pienso que vivir para “yo, mí, me, conmigo” sea la quintaesencia de la felicidad, pero a dar y a darse se aprende con la vida, como proceso de maduración que transita de un egocentrismo infantil al genuino altruismo adulto, y no como prescripción celestial y social.

Siendo mi familia un grupo de cuatro hermanas, la hazaña de convertirnos en “mujercitas honorables y de bien”, sumaba a la labor de la escuela, y lo de vivir para los demás parecía lo más natural del mundo: mi tía cuidaba a mi abuelo, mis tíos simplemente la visitaban; mi madre atendía a mi padre (y se apresuraba nerviosa a llegar antes que él a la casa si es que estaba haciendo algo fuera del hogar), mi abuela había de reunir a la familia en todos los festejos y “fiestas de guardar”, así se sintiera cansada o tuviera que negarse a alguna invitación más atractiva para ella. Hasta que un buen día no sé cómo ni de qué manera mi cabeza fantaseó con la idea de que “si yo hubiera nacido hombre…., podría tantas cosas más”. No soy transgénero, no va por ahí, simplemente las limitaciones y demandas que me imponía el contexto ”por mi naturaleza femenina”  me pesaban de más.

Porque la vida de cada mujer –soltera, casada, profesionista, ama de casa, con o sin hijos, hermana, maestra, puta, sacrificada, y demás–  se sigue dando dentro de las reglas del juego de la hegemonía patriarcal. 

Y es que con todo y lo logrado por mis ancestras feministas, las mujeres seguimos viviendo opresión (más o menos velada) en campos diversos pero con características comunes. ¿Por qué? Porque la vida de cada mujer –soltera, casada, profesionista, ama de casa, con o sin hijos, hermana, maestra, puta, sacrificada, y demás–  se sigue dando dentro de las reglas del juego de la hegemonía patriarcal. Estamos rodeadas e inmersas en mitos, creencias e ideologías patriarcales (por no decir en francas relaciones de poder desequilibrado) que nos dejan sin entender cómo, ni cuándo, ni dónde, perdimos nuestra autonomía y entregamos nuestra libertad. Atrapadas en esquemas que nos aprisionan y a veces entre muros que nos limitan, y aun así, muchas veces  cautivadas  por el amor –o el poder, o la fuerza, o la amenaza– de un hombre que nos va “dar” eso que no nos corresponde por ser mujeres…

Pero entre peras y manzanas, avances lentos y algunos retrocesos,  las mujeres seguimos jugando un papel de madresposas, término acuñado por Marcela Lagarde –antropóloga, feminista utópica como ella se define, y luchadora incansable de los derechos de la mujer–. En su libro “El Cautiverio de las Mujeres” describe el término y habla de la opresión aún activa de las mujeres en nuestro mundo. Lagarde nos explica que el objetivo impuesto a la mujer, su supuesto destino y principal realización es el ser madre y esposa, pero no de forma separada, sino al mismo tiempo, por eso Lagarde construye el término madresposa.

Con o sin hijos, con o sin marido, la realización personal de la mujer se prescribe y espera ejerciendo esos roles. La maternidad se privilegia y exalta a cualquier costo: la salud, el desarrollo personal y profesional, la autonomía económica, e incluso una falta de vocación que impulsa en ocasiones a vivir una maternidad que le resulta empobrecedora, son cuestiones “menores” ante su “llamado” maternal y conyugal.

Pero lo curioso de esta maternidad, es que no sólo se impone a la mujer que tiene hijos, sino también a aquellas que no los tienen pero que en sus labores “de mujeres” se espera el cuidado a los demás. Su ser “de y para los otros” se expresa en su actividad de reproducción y en su servidumbre voluntaria; así, todo lo que implique domesticidad –como la preparación de los alimentos, cuidado de la casa, abastecimiento de la misma, atención a los enfermos, y por supuesto el cuidado emocional de los miembros de la familia, eso sin considerar la socialización de los hijos, mantener las redes familiares, y los apoyos comunitarios–  son enlistados como su responsabilidad. Fungen sin duda como madres en las relaciones conyugales también, inclusive dando asistencia maternal a su pareja: de ahí el sustantivo “madresposa”, que implica su doble rol.

El vivir para los demás, toda la vida, no puede menos que crear un hueco en el interior de las personas, en este caso las mujeres, que difícilmente se puede llenar complaciendo a otras personas a costa de los propios anhelos y valores. 

Lagarde señala que esta forma de vivir va acompañada siempre del deseo de ser amada, del deseo de ser sujeto y dejar de ser objeto. Este tipo de conducta lo despliegan solo seres infantilizados, con poca posibilidad de autonomía y de acción, en general personas oprimidas, dependientes vitales, siempre al servicio de los demás que son quienes tienen el dominio y dirigen la sociedad (los varones en general). Por eso, hoy más que nunca, –gracias a los avaneces en temas de equidad y libertad, a la celeridad de las comunicaciones, a la visibilización de la violencia y al develamiento y estudio del mecanismo patriarcal–  la mujer puede ver con mayor claridad la importancia de llegar a ser quien es, es decir, la importancia de encontrar el desarrollo personal dentro de ella misma, desplegando sus capacidades, virtudes, e intentando enfrentar sus defectos y temores. El vivir para los demás, toda la vida, no puede menos que crear un hueco en el interior de las personas, en este caso las mujeres, que difícilmente se puede llenar complaciendo a otras personas a costa de los propios anhelos y valores. Una persona que no se busca a sí misma, que no satisface sus necesidades y deseos más profundos, poco a poco va decayendo y despojándose de su auténtica humanidad. Así, la abnegación, la entrega, e incluso la tiranía maternal, son formas distintas de buscar un mismo fin: otorgarse a sí misma su lugar en el mundo, a través del reconocimiento ajeno de su valor como persona.

¿Cómo poder estar para el otro sin perderse a una misma? ¿Podrán estas nuevas generaciones compartir las funciones de cuidador/cuidadora y generar personalidades masculinas y femeninas más integradas? Yo, optimista crónica, confío que en eso estamos, a jalones y trompicones, pero con mayor conciencia y mayor responsabilidad. Y entonces sí, encontrar la valía del respeto y de la colaboración, de la flexibilidad de roles, de las negociaciones y de la verdadera satisfacción que otorga ese servir al otro desde la genuina entrega y no desde la imposición del sometimiento, el miedo, la carencia y la opresión.