Tener un niño con capacidades especiales, si bien llena de retos y de experiencias ricas en significado a la familia, también genera un fuerte impacto emocional en cada uno de sus miembros. Las reacciones emocionales de cada uno de los miembros de la familia requieren ser escuchadas y atendidas, de esto depende que la vida familiar en general y el avance y bienestar del pequeño en particular se desarrolle de manera armónica.

Por eso resulta esencial, además de entender la realidad de nuestro hijo, sus necesidades particulares y su oportuno manejo, detenernos y hacernos algunas preguntas que comprometen nuestro mundo afectivo, que tocan nuestros sentimientos y nuestras emociones: ¿Cómo ha cambiado nuestra vida con la presencia de este niño? ¿Qué sentimos? ¿Nos vivimos solos, cansados, incluso avergonzados?

Todo niño enseña a sus papás a ser padres y a medida que aprendemos de ellos, nos sentimos suficientes y seguros. Si bien esto es de por sí una faena que en cualquier circunstancia requiere de tiempo, acoplamiento y conocimiento, en el caso de los niños con capacidades especiales este entrenamiento y este aprendizaje se convierten en un desafío especial.

El impacto que ejerce un niño con capacidades diferentes en su medio ambiente es como el de una piedra que cae al agua de un estanque produciendo una serie de ondas en forma de círculos concéntricos que impactan y se difunden hacia afuera hasta que todo el estanque se ve agitado.

Del mismo modo, las implicaciones de crianza y manejo que un niño con capacidades especiales necesita para desarrollarse de manera integral, tienen efectos en las relaciones de todos los miembros de la familia, siendo el impacto más fuerte a mayor cercanía con el niño, y difuminándose con los miembros que tienen menos responsabilidad y trato con el niño.

Por otro lado, si bien los padres cada vez participan más en la crianza de los hijos, más aún cuando el reto es especial, es común que sobrecargados por las exigentes demanda de proveer, y en este caso, demandas más pesadas por las consultas a especialistas, terapias indicadas y tratamientos requeridos, se viven como figuras periféricas, obligadas a cubrir todas las necesidades materiales que se presentan y destinadas a mostrarse como espectadores de la compleja relación madre e hijo. Así, no es de extrañar ver a padres que se sienten ignorados dentro del núcleo familiar, de manera particular por su pareja que está sobrecargada con el cuidado diario del hijo. Otros padres, desde esta postura de observadores, y sintiéndose excluidos pueden convertirse en jueces y cuestionadores del manejo y decisiones de la madre, así como del  estado de ánimo que ella muestra que como decíamos muchas veces se ve alterado. Otros más, en su imposibilidad de estar más cerca del hijo, intervienen a veces alterando protocolos y rutinas que la madre ha logrado instaurar con dificultad creando, además de malestar en la madre y  desconcierto en el hijo, una buena dosis de frustración personal al no poder participar de manera más activa.

Todas estas interacciones van creando una dinámica que sin duda impacta la relación de pareja en mayor o menor grado: los tiempos para dialogar, los momentos de diversión, los espacios para la cercanía física y afectiva pueden verse seriamente comprometidos. Los resultados de frustración, la falta de apoyo llegan a generar desacuerdos y distanciamiento en la pareja.

No podemos dejas de mencionar brevemente a los hermanos del chico con capacidades diferentes. Ellos también pueden manifestar de muchas formas viven el impacto, de muchas formas la incorporación de su realidad: algunos llaman la atención desarrollando conductas inadecuados  que pueden ir desde llamar la atención para ser visto de alguna forma disruptiva, desarrollar conductas regresivas (volver a mojar la cama, hacer berrinches), enfermedades psicosomáticas por un lado, hasta un intento de “invisibilidad” y extremo buen comportamiento, por el otro, negando las propias necesidades, con el fin de no dar más problemas en casa.

Pero todo esto, que si bien puede parecer “el fin del mundo”, es el principio de una adaptación adecuada y a una vida llena de significados derivados de la convivencia con un hijo

Algunos tips que pueden ayudarte

A continuación puedes encontrar algunas ideas que pueden serte de utilidad para tener una mejor convivencia con tu hijo e hija en estas circunstancias. Seguro algunas ideas y alternativas de manejo dan resultados para romper ciertos círculos viciosos:

  • Reconoce lo que sientes y ponle nombre: miedo, tristeza, enojo, cansancio… No es lo mismo identificar lo que te pasa, a vivirte en una “nebulosa” de malestar emocional.
  • Date la oportunidad de sentirlo. Reconoce y valida que estas sensaciones y reacciones que experimentas ocurren y que son adecuadas dada la situación que estás viviendo. No eres mala madre, ni mal padre, te estás adaptando a una realidad.
  • Documéntate en relación a la realidad de tu hijo: el conocimiento da herramientas mientras que la negación y la ceguera agrandan las dificultades y cierra puertas.
  • Confía en que la situación será más manejable con el tiempo pues tu aceptación, tu capacitación y tu experiencia te habilitarán para dar respuestas adecuadas a lo que estás viviendo. Las crisis no son eternas, aunque la realidad no cambie sustancialmente, tu si te manejarás mejor.
  • No te aísles, crea redes con la gente que te rodea: amigos, familiares, asistentes, que pueda acompañarte, escucharte, ¡hasta echarte la mano si es necesario! Buscar también grupos de apoyo especializados en la situación que estás viviendo. Compartir con personas que han atravesado experiencias similares agiliza el proceso que estás viviendo.
  • Si te sientes rebasado pide ayuda profesional. Conversar con un especialista que te ayude a reconocer lo que te ocurre y a encontrar salidas siempre es un recurso que puedes utilizar.

Quizás uno de los temas más controvertidos en el territorio amoroso es el tema de la infidelidad. Cargada de un sabor a traición, humillación y abandono, las personas vivimos temiendo que nuestro amor, muestro amado, nuestro amante se líe sexualmente con alguien.

La fidelidad, en términos generales, se trata del cumplimiento de un acuerdo, la lealtad a una promesa realizada; de la fidelidad se derivan responsabilidades que no deberían ser incumplidas por ninguna de las partes; la exclusividad nos recuerda, quizá, a un contrato, a una especie de deber u obligación enmarcada en cuestiones legales.

Si, estando en una relación de pareja, tuviéramos garantías de no ser descubiertos, si no tuviéramos que dar nunca una explicación ¿desearíamos una vida sexual más variada? La respuesta sincera suele ser que sí.

 

Ahondemos un poco más en el tema, a través del siguiente video:

La fidelidad y la exclusividad, entonces, son un acuerdo pero no son lo mismo. Podemos concebir una relación fiel en la que se den relaciones extraconyugales y una relación infiel en la que estas no existan. Una vida de  pareja ha de ser capaz de expresar lo propio de las relaciones amorosas: mutualidad, fortaleza, unicidad e igualdad, pero lo que podemos o no hacer en relación a lo erótico y lo sexual, se define dependiendo del contrato amoroso que establezcamos.

Estos nuevos modelos amorosos no son fáciles de pactar ni de vivir, además, a más inmadurez personal y menos autonomía, más intensa es la sensación de miedo y humillación. Sin embargo, tampoco son fáciles las renuncias y represiones que a veces conlleva la vida monógama, y no solo eso, la pérdida del deseo que lo extremadamente doméstico y cerrado detona en la vida de la pareja.

Habría que preguntarnos, y responder con sinceridad ¿a qué somos fieles cuando somos fieles?:

¿Al pasado?, es decir, a la historia que hemos construido juntos a través de una sucesión de hechos y experiencias compartidas. A ese vínculo que queremos conservar, disfrutar, aumentar… Ningún valor puede construirse sin memoria -las relaciones amorosas la tienen-, ella es la que nos hace conectar el pasado con el presente y mantener un vínculo de compromiso.

¿Al presente?, a los deseos, intereses y valores que nos constituyen; a todo lo bueno, bello y verdadero de nuestra relación. A lo que hace que esté viva y continúe: la ternura, el deseo, el apego, lo cotidiano, un cierto enamoramiento, el compromiso…

¿O será que somos fieles al devenir de la relación en el futuro?, aun cuando ésta cambiará o terminará, reconociendo que siempre estaremos en la vida del otro y que el otro siempre será parte de nuestra vida, amando siempre el amor que nos tuvimos.

“¡En el servicio se encuentra la alegría!”, me repitieron las monjas durante los doce años que transité con ellas, en escuela de puras niñas, mis estudios preuniversitarios. El acento de la aseveración combinaba un matiz de exhortación benevolente con una entonación de mandato culpabilizador. Y de ahí pa´l real (y sin encontrar muchas veces la alegría) puesta al servicio de los otros, con ganas y con culpa, con rechazo y con orgullo del “deber cumplido”. Aprendizaje intensivo –con todo y condicionamiento operante (“¡qué tristeza!” externaba mi madre cuando no prestaba algún juguete a mis hermanas” o “¡qué vergüenza!” refunfuñaba Sor Inés al ver que no convidaba de mi lunch… “qué egoísta”, “qué individualista”… qué, qué, qué…)- para priorizar los deseos e intereses ajenos, por encima de mis propias necesidades, gustos y anhelos.

No pienso que vivir para “yo, mi me conmigo” sea la quintaesencia de la felicidad, pero a dar y a darse se aprende con la vida, como proceso de maduración que transita de un egocentrismo infantil al genuino altruismo adulto, y no como prescripción celestial y social.

Siendo mi familia un grupo de 4 hermanas, la hazaña de convertirnos en “mujercitas honorables y de bien”, sumaba a la labor de la escuela, y lo de vivir para los demás parecía lo más natural del mundo: mi tía cuidaba a mi abuelo, mis tíos simplemente la visitaban; mi madre atendía a mi padre (y se apresuraba nerviosa a llegar antes que él a la casa si es que estaba haciendo algo fuera del hogar), mi abuela había de reunir a la familia en todos los festejos y “fiestas de guardar”, así se sintiera cansada o tuviera que negarse a alguna invitación más atractiva para ella. Hasta que un buen día no se cómo ni de qué manera mi cabeza fantaseó con la idea de que “si yo hubiera nacido hombre…., podría tantas cosas más”. No soy transgénero, no va por ahí, simplemente las limitaciones y demandas que me imponía el contexto ”por mi naturaleza femenina”  me pesaban de más.

Y es que con todo y lo logrado por mis ancestras feministas, las mujeres seguimos viviendo opresión (más o menos velada) en campos diversos pero con características comunes. ¿Por qué? Porque la vida de cada mujer –soltera, casada, profesionista, ama de casa, con o sin hijos, hermana, maestra, puta, sacrificada, y demás-  se sigue dando dentro de las reglas del juego de la hegemonía patriarcal. Estamos rodeadas e inmersas en mitos, creencias e ideologías patriarcales (por no decir en francas relaciones de poder desequilibrado) que nos dejan sin entender cómo, ni cuándo, ni dónde, perdimos nuestra autonomía y entregamos nuestra libertad. Atrapadas en esquemas que nos aprisionan y a veces entre muros que nos limitan, y aun así, muchas veces  cautivadas  por el amor –o el poder, o la fuerza, o la amenaza -de un hombre que nos va “dar” eso que no nos corresponde por ser mujeres…

Pero entre peras y manzanas, avances lentos y algunos retrocesos,  las mujeres seguimos jugando un papel de madresposas, término acuñado por Marcela Lagarde –antropóloga, feminista utópica como ella se define, y luchadora incansable de los derechos de la mujer-. En su libro “El Cautiverio de las Mujeres”, describe el término y habla de la opresión aún activa de las mujeres en nuestro mundo. Lagarde nos explica que el objetivo impuesto a la mujer, su supuesto destino y principal realización es el ser madre y esposa, pero no de forma separada, sino al mismo tiempo, por eso Lagarde construye el término madresposa.

Con o sin hijos, con o sin marido, la realización personal de la mujer se prescribe y espera ejerciendo esos roles. La maternidad se privilegia y exalta a cualquier costo: la salud, el desarrollo personal y profesional, la autonomía económica, e incluso una falta de vocación que impulsa en ocasiones a vivir una maternidad que le resulta empobrecedora, son cuestiones “menores” ante su “llamado” maternal y conyugal.

Pero lo curioso de esta maternidad, es que no sólo se impone a la mujer que tiene hijos, sino también a aquellas que no los tienen pero que en sus labores “de mujeres” se espera el cuidado a los demás. Su ser “de y para los otros” se expresa en su actividad de reproducción y en su servidumbre voluntaria; así, todo lo que implique domesticidad – como la preparación de los alimentos, cuidado de la casa, abastecimiento de la misma, atención a los enfermos, y por supuesto el cuidado emocional de los miembros de la familia, eso sin considerar la socialización de los hijos, mantener las redes familiares, y los apoyos comunitarios – son enlistados como su responsabilidad. Fungen sin duda como madres en las relaciones conyugales también, inclusive dando asistencia maternal a su pareja: de ahí el sustantivo “madresposa” que implica su doble rol.

Lagarde señala, que esta forma de vivir va acompañada siempre del deseo de ser amada, del deseo de ser sujeto y dejar de ser objeto. Este tipo de conducta lo despliegan solo seres infantilizados, con poca posibilidad de autonomía y de acción, en general personas oprimidas, dependientes vitales, siempre al servicio de los demás que son quienes tienen el dominio y dirigen la sociedad (los varones en general). Por eso hoy más que nunca – gracias a los avaneces en temas de equidad y libertad, a la celeridad de las comunicaciones, a la visibilización de la violencia y al develamiento y estudio del mecanismo patriarcal –  la mujer puede ver con mayor claridad la importancia de llegar a ser quien es, es decir, la importancia de encontrar el desarrollo personal dentro de ella misma, desplegando sus capacidades, virtudes, e intentando enfrentar sus defectos y temores. El vivir para los demás, toda la vida, no puede menos que crear un hueco en el interior de las personas, en este caso las mujeres, que difícilmente se puede llenar complaciendo a otras personas a costa de los propios anhelos y valores. Una persona que no se busca a sí misma, que no satisface sus necesidades y deseos más profundos poco a poco va decayendo y despojándose de su auténtica humanidad. Así, la abnegación, la entrega, e incluso la tiranía maternal, son formas distintas de buscar un mismo fin: otorgarse a sí misma su lugar en el mundo, a través del reconocimiento ajeno de su valor como persona.

¿Cómo poder estar para el otro sin perderse a una misma? ¿Podrán estas nuevas generaciones compartir las funciones de cuidador/cuidadora y generar personalidades masculinas y femeninas más integradas? Yo, optimista crónica, confío que en eso estamos, a jalones y trompicones, pero con mayor conciencia y mayor responsabilidad. Y entonces sí, encontrar la valía del respeto y de la colaboración, de la flexibilidad de roles, de las negociaciones y de la verdadera satisfacción que otorga ese servir al otro desde la genuina entrega y no desde la imposición del sometimiento, el miedo, la carencia y la opresión.

Recuerdo muy bien a un paciente cuyo motivo de consulta fue concreto y particular: “Doctora, recomiéndeme buena bibliografía para aprender a ligar”.

Roberto, tras un divorcio y tres intentos nada afortunados de acercarse a mujeres que le llamaban la atención, se dio a la tarea de “estudiar” sobre el asunto antes de volver a ponerse en circulación. Después de escuchar los relatos sobre sus intentos de acercamiento (unos regulares y otros ciertamente poco adecuados), le recomendé, para responder a su petición, dos librillos y le propuse unas cuantas sesiones para apoyarlo en su nueva faena.

“Doctora –insistía- es que eso de no ser guapo ya de entrada es una desventaja, agréguele mi timidez y las inseguridades que me dejó mi separación”.

Muchos de quienes terminamos una relación amorosa nos hemos sentido –como Roberto- en una situación similar, y algunos solteros establecidos que tienen ganas de emparejarse lo han experimentado también. Es que ligar es mucho más que conseguir que alguien llanamente se fije en ti o que se enamore como en cuento de hadas; es inclusive más que lograr una conquista para una buena noche debajo de las sábanas. Ligar es, a mi juicio, conseguir que alguien que te interesa se interese también por ti. Y para que eso suceda no hay fórmulas mágicas, ni secretos ocultos: es más una cuestión de práctica y autoconocimiento. “Se hace camino al andar”.

Esta época, como no es difícil notar, vive obsesionada con las relaciones amorosas, con gustar a los demás, con encajar, con pasar un buen rato. Vivimos vueltos locos por el sexo, por llamar la atención y por brillar. Todo lo anterior tiene su lado positivo, no lo niego, pero la condición humana no puede reducirse sólo a eso. Nos olvidamos que los otros no son sólo posibles parejas, posibles compañeros sexuales o seres que pueden ser cazados con una buena estrategia. Quizá devolver su imagen humana a los demás, como un otro que puede hacerme crecer y a quien puedo hacer crecer, es el primer paso antes de emprender cualquier tipo de relación.

Es por esto que resulta muy importante conocernos mejor, saber qué esperamos de los demás pero, sobre todo, tener claro quiénes somos y qué podemos aportar a los demás. ¡Alinea tus aspiraciones con tus posibilidades!, y de entrada sufrirás menos decepciones. Y es que eso de sentir que mereces más, tienes más y puedes más de lo que es en verdad, es el camino directo a la frustración. No se trata de que te conformes con cualquier encuentro como “premio de consolación”, pero sí de tener un justo conocimiento de tus alcances y  sobre todo de qué es lo que puedes ofrecer. A partir de eso podrás emparejar con personas con formas de vida, principios y perspectivas acordes con las tuyas.

Hay varios procedimientos para conseguir pareja: uno es la fascinación, sinónimo de parálisis, de dependencia, y a veces incluso de subordinación. Otro es la agresión, que no necesita sinónimos, y finalmente se abre el campo de la seducción. Para ligar hay que aprender a seducir.

La seducción es lograr que el otro se fije en mí, que se interese por mi y que de, una u otra manera, se vincule conmigo. Seduciendo logro introducirme en la vida del otro y así formar parte tanto de su memoria como de sus futuros deseos. Seducir no es sólo cuestión sensorial o sexual, es una forma de hacerte parte de la vida de alguien más.

Ligar en este sentido exige unas estrategias particulares: considerar que el otro es un ser único y hacerlo sentir como tal. Hacer del ligue un intercambio de ideas, de gustos y de intereses, poniendo sobre la mesa los tuyos e interesándote por los del otro también. Generar un ambiente de intimidad mostrando quién eres, sin develar de entrada todo de ti. Evitar la “victimización”, las frases trilladas donde expones cuán dura ha sido tu vida amorosa: ¡las víctimas mueven a la compasión más veces que al deseo! Poner límites suficientes para que el otro sepa que estás disponible y dispuesto, pero no a sus pies. Y sobre todo generar espacios de diversión, de juego, de disfrute, de placer…

Podrá sonar soso pero, después de todo, es mostrarte tal cual eres, no para “quedar bien” con alguien, sino para probar cuán agradable es el mutuo acercamiento. Al final, ¿cómo podría sostenerse una relación con alguien que no guste de quién eres genuinamente?

Y, por favor, ¡no finjas!, haz con tus verdaderas virtudes tu mayor campo de acción. Si no, como dice Geraldy: “Seducimos valiéndonos de mentiras y pretendemos ser amados por nosotros mismos”. Y esa es, no lo dudes, la maniobra menos efectiva.

Algunas investigaciones, un poco de sentido común y observación, y las calles de la Ciudad de México y sus alrededores, dejan ver que la vida en individual está en franco crecimiento. Distintas formas de relacionarse y enfrentarse a la vida aparecen en esta era que parece ser una distinta cada día y la s1ngularidad es una de ellas, quizá la más novedosa e interesante. Se pronostica que para mediados de siglo una tercera parte de los hogares mexicanos serán unipersonales. Eso sin mencionar las cifras en otros países, que van a la avanzada con el fenómeno urbano del “single”.

Es evidente que en los últimos tiempos, los humanos hemos migrado de un estilo de vida comunitario a una rampante individualización. Hace no tantas décadas considerar esta alternativa de vida era simplemente “impensable”: antaño no había forma de sobrevivir en individual, es más, las personas sólo se concebían a sí mismas como “parte de”. De no ser por ese estrecho intercambio entre nuestros ancestros, la conservación y construcción de la humanidad se hubiera frustrado.

Si recorremos la historia reciente, recordaremos que es a partir de la modernidad que triunfan valores antes despreciados: progreso, comunicación, felicidad, libertad, y por supuesto, individualidad. Se deja atrás el oscurantismo y el teocentrismo de la Edad Media para retomar al hombre como centro del universo y a la razón como eje para combatir la ignorancia, la tiranía y la superstición. Con el triunfo del capitalismo en el siglo XIX queda coronada la primacía del individuo.

La culminación de la individualidad se gesta en el siglo XX con un cúmulo de avances tecno-científicos nunca antes vistos, así como la cuna de movimientos sociales que cambiaron nuestra manera de pensar: la revolución sexual con la legitimación del placer invitó a los individuos a explorar sus cuerpos y cuestionar sus relaciones a favor de la satisfacción personal. El movimiento feminista empoderó a las mujeres y las posicionó en la vida pública tras años de enclaustramiento doméstico.

Basta recordar que, de manera particular las mujeres, requerían de un hombre que las sostuviera pues no tenían manera de independizarse. La soltería en general era mal vista y de dudosa reputación. Y la vida individual, si bien ya venía gestándose como estructura posible, se veía de forma negativa: como egoísmo, patología y desubicación.

Pero hoy, si bien la vida de pareja en muchos contextos sigue siendo “la norma”, cada vez son más las personas que quieren una vida individual, que la disfrutan, y que se construyen a través de ella. Ni la crisis económica de los últimos tiempos está pudiendo parar esta tendencia: hombres y mujeres eligen un hogar ocupado por ellos, y nadie más.

Pero ¿qué factores concretos detonaron el nacimiento de este estilo de vida individual? Eric Klinenberg, sociólogo de la Universidad de Nueva York, en su libro “Going Solo”, destaca los siguientes.

  • El incremento de la esperanza de vida. Debido a la longevidad atravesamos más ciclos a lo largo de la vida: vivimos solos, convivimos en pareja, retomamos de nuevo la individualidad.
  • La ya mencionada incorporación de las mujeres al mercado laboral. Hoy las mujeres no necesitan de un hombre para subsistir y si están en pareja y las cosas no marchan bien se pueden divorciar. Cada vez más mujeres rechazan la vida diaria con un hombre: generalmente en el marco de la pareja tradicional han encontrado un obstáculo para el éxito y la autonomía, y es que desde la cuna han sido “condicionadas” para ponerse al servicio de los demás, cosa que, poco a poco, se descubre como un rol obsoleto.
  • Los jóvenes que no quieren compartir vivienda ni comprometerse en una relación estable: además de posponer o renunciar a la paternidad o maternidad, tienen una estabilidad financiera que les permite vivir en individual.
  • La revolución en las comunicaciones. Con el Internet y las redes sociales se facilita el contacto permanente con los demás y se disipa la sensación de “soledad”.

Estos factores empujan a superar el antiguo estigma del “soltero” o el “solitario”, y resaltan los privilegios de la vida individual. ¡Y es que los privilegios son muchos! Además de la conquista del espacio y el tiempo personal, los “solos” pueblan los rincones de las ciudades y llenan de vida los espacios públicos. Forman grupos con personas que comparten intereses y valores. Gastan más en ellos: asisten al gimnasio, toman clases de arte, asisten a espectáculos varios y viajan con cierta regularidad. Ser “solo” hoy tiene incluso un sesgo de éxito y s1ngularidad.

No todos los s1ngulares son iguales, un estilo de vida individual se percibe diferente según la edad de la persona. Marie France Hirigoyen en su libro “Las Nuevas Soledades” hace algunas distinciones. Entre los 20 y los 35 años las personas solas aún esperan el encuentro del “gran amor”, pero la prolongación de los estudios y la falta de estabilidad laboral, hace que los “compromisos” relacionales se pospongan.

Entre los 35 y 45 años particularmente las mujeres se cuestionan el tema de la maternidad. Algunas profesionistas con puestos de alto rango esperan el límite biológico para considerar embarazarse. Tanto hombres como mujeres experimentan esta etapa como un estado pasajero.

Después de los 45 años, llega a menudo la individualidad de los divorciados, que tras años de relaciones que dejaron de tener sentido para ellos, retoman su vida autónoma priorizando sus deseos, intereses y valores.

Algunos “séniors” entre 60 y 75 siguen siendo muy activos. Varios aún gustarían de tener una relación pero muy pocos anhelan formalizar. Otros prefieren su absoluta individualidad: si tienen hijos sortean tiempo con ellos y tiempo con las amistades. La mayoría se permiten gustos estereotipados.

Sin embargo, no todo en la s1ngularidad es agradable y simple. Existen muchos retos a superar si se quiere buscar una vida individual más satisfactoria. Es necesario que los solteros se busquen a sí mismos, enfrentándose a estereotipos y prejuicios sociales. Algunos de los más comunes y propagados son los siguientes:

  1. Pensar que la vida de pareja es la norma.
  2. Idealizar la vida en pareja.
  3. Superar la imagen “negativa” que en algunos contextos aun tiene la vida individual.
  4. Explotar el valor de la interioridad que se da en la individualidad.
  5. Cuestionar el malestar que genera pensar “estoy solo porque soy raro, o porque no me sé relacionar.

Mas, lo primordial en esa búsqueda es descubrir la energía y la inspiración que produce la vida en s1ngular, es decir, la soledad debe poder ser una oportunidad de reencuentro con uno mismo, no un obstáculo o una forma de vida resignada e insatisfactoria.

No podemos negar que la vida individual incluye la paradoja entre dos cosas muy humanas: cierto sufrimiento por lo que podría parecer una cotidiana falta de compañía y el goce de una buena dosis de paz y libertad.  Con todo y los logros de la tan preciada conquista, la experiencia misma tiene de pronto un toque surrealista: ¿Será real lo que vivimos en estas nuevas s1ngularidades? ¿Son acaso un cúmulo de sueños de los que vamos a despertar? Yo digo que no “abramos la puerta” a las irrupciones de aquellos que aún estigmatizan la vida en “solo”, y dejémonos envolver por el discreto encanto de una vida individual…

 

 

Un engaño puede ser una bala directo al corazón o un rasguño, pero en cualquiera de los casos, es una herida que duele y debe ser atendida, pues la lucha entre la pasión y la razón puede destrozar todo a su alrededor.

Hablar de infidelidad es muy complejo, pues no podemos reducir un evento con tantos matices a un tema de “causa-efecto”, donde existen una víctima y un villano. No todas las infidelidades son iguales. Algunas parten de necesidades personales no satisfechas; en ocasiones son francos impulsos que permiten liberar ansiedad en etapas de transición o adaptación crítica; en otras, son síntomas claros de una relación en crisis.

Sin importar ante qué tipo de infidelidad nos encontremos ¿cómo puedes manejar lo negativo de su impacto y salir bien librado de su consecuente dolor? Los siguientes puntos pueden ser la guía que te ayude a enfrentar esta etapa, entendiendo primero que no a todos les afecta de la misma manera la infidelidad:

  1. Sal del shock inicial
. El descubrimiento de una infidelidad produce un efecto traumático que es preciso trabajar.
 De nada sirve actuar con violencia ni tomar decisiones precipitadas. La madurez emocional es fundamental para saber enfrentar situaciones impactantes.
  2. Restaura, paso a paso, la confianza.
 Aunque la situación es incómoda, desconcertante y dolorosa, la relación puede rescatarse.
 Llegado el momento, establece una comunicación abierta; no dejes que pase mucho tiempo. Si te atreves a preguntar lo que no debes, te arriesgas a escuchar lo que no quieres. No sirve hablar del amante ni buscarlo, ni mencionarlo a cada rato, ni comparar, pues esto genera más humillación y hostilidad e impide la recuperación.
  3. Experimenta el dolor.
 Confía en la recuperación y permítete sentir enojo, culpa, tristeza, miedo… todo. La infidelidad puede ser un parteaguas para mejorar la relación de pareja o, con mucha seguridad, una forma de conocerte mejor a ti mismo y crecer como individuo.
  4. Revisa tu relación.
 Evita etiquetarte en el papel de víctima o de villano; reflexiona en la parte que te toca, pues casi siempre es asunto de dos.
  5. Decídete por una buena relación o por una buena terminación.
 Si eliges continuar pero no puedes dejar de mencionar lo sucedido, es mejor poner distancia. Si optas por terminar la relación, el enojo y el rencor te facilitarán el alejamiento, pero no es la mejor manera de cerrar. Un final sin rencores y odios es una buena opción para volver a empezar en paz y, en caso de tener hijos, siempre será mejor para ellos.
  6. Trabaja en tu madurez personal.
 A mayor seguridad personal, menor impacto de la infidelidad, tan sencillo como eso. Recuerda que la infidelidad o la falta de lealtad no pueden resumirse en un simple “¿qué hice mal yo?”.

Recuerda que siempre que las cosas van más allá de lo que puedes manejar, es pertinente buscar ayuda profesional. Una infidelidad puede ser un momento de dolor profundo y cambios rotundos en la vida, pero saber enfrentarlo maduramente, con responsabilidad y calma puede ser la fórmula para que el dolor, si es que no es menor, al menos sea más transitable y, sobre todo, nos deje aprendizajes valiosos que van mucho más allá del trillado “no volver a tropezar con la misma piedra”.

Cuando el corazón da para más de uno…

Tradicionalmente se ha constreñido nuestra mirada sobre las relaciones erótico afectivas a moldes raros, penalizando en nosotros el deseo y el placer e idealizando románticamente el amor. Se nos han implantado, a partir de la constante repetición, infinidad de creencias, prejuicios y demás postulados instituidos por el orden económico y social, buscando evitar lo diferente, uniformándonos para que “marchemos” todos iguales y ordenaditos.

Pero los cambios sociales en general son cada vez más evidentes e ineludibles. Uno de esos cambios es la aparición del poliamor. Y digo aparición no por que sea algo nuevo, sino porque en últimos tiempos se ha puesto mayor atención a esta práctica.

El poliamor significa, básicamente, amor entre muchos pero, definitivamente, esto no significa orgías, tríos lúdicos contratados, ni intercambios de parejas. Todas estas prácticas son más bien expresiones transgresoras de la sexualidad costumbrista que algunas parejas incluyen en sus rituales sexuales de vez en vez para ponerles “sal y pimienta”. La poliamoría (como también suele llamársele) menos aún implica infidelidades sistemáticas o amantes clandestinos.

El poliamor hace referencia a relaciones abiertas consensuadas, en el entendido de que es posible amar, y mantener relaciones emocionales, íntimas o sexuales, con más de una persona y de forma duradera. Lo que predomina es el amor, no el sexo, si bien éste puede o no estar presente en el intercambio.

Como todo ideal, incluyendo la vida conyugal, la poliamoría es un acuerdo, una forma más socializada de amar que incluye prácticas honestas, responsables y éticas en el amor a varias personas al mismo tiempo. Quizás su desafío es la no posesión tan inflexible de las relaciones patriarcales que quieren hacer del cuerpo y del alma del otro una pertenencia propia. Alguno de los acuerdos poliamorosos existentes son:

  • Polifidelidad: acuerdos de fidelidad o exclusividad sexual entro los miembros que integral el grupo poliamoroso. Las relaciones amorosas y sexuales quedan confinadas al grupo definido, por tanto no se habla de un contrato con absoluta apertura sexual.
  • Poligamia: consistente en el acuerdo matrimonial con dos o más personas. Si quien tiene varias esposas es el varón se llama poligenia, y si lo es la mujer se llama poliandra.
  • Relaciones o matrimonios grupales: en este caso un grupo de 3 o más personas decide comprometerse en un matrimonio comunitario con convivencia domiciliaria y con responsabilidades comunes que incluyen la manutención del grupo, las responsabilidades doméstica y la crianza de los hijos.
  • Relaciones conexas: este acuerdo permite que cada persona tenga varias relaciones con diversos grados de importancias y acuerdos sin incluir la cohabitación.
  • Relaciones monopoliamorosas: consiste en la aceptación por mutuo acuerdo de los miembros de la pareja que sea sólo uno de ellos quien sostendrá relaciones conexas.
  • Clanes o tribus: este caso incluye redes complejas entre un grupo de personas con base en cuestiones culturales que permiten los intercambios amorosos entre sus miembros.

No hay normas fijas para vivir el poliamor. Si no las hay para vivir el matrimonio, si los acuerdos de dos relaciones de pareja nunca son iguales, la poliamoría tiene mucho camino aún por recorrer. Siguiendo esta idea, es necesario indicar que existen situaciones que, si no se consideran de antemano, llevan al fracaso rotundo y a la lastimadura de quienes participan en tal situación:

  • El autoengaño, por el cual, a pesar de la falta de amor, uno o ambos integrantes no se atreve a abandonar la pareja, permitiendo prácticas con las cuales, en el fondo, no está de acuerdo.
  • Mayor poder de alguno que presiona al otro para prácticas y relaciones compartidas.
  • Celos incontrolables.
  • Remitirse a la poliamoría como una especie de justificación ante una infidelidad descubierta.
  • Un temperamento extremadamente ansioso que requiere de certezas absolutas en las relaciones.
  • Atravesar una crisis de pareja, donde se piensa que con la poliamoría se va a solucionar un problema que tiene raíz en otro lado.
  • Demasiado apego a una vida “normal” basada en los convencionalismos sociales y la normatividad moral.

Sin una experiencia de vida, una madurez personal básica, un manejo adecuado de los celos, es imposible aceptar que la persona amada pueda amar a alguien más. Lograr ver a mi pareja como un sujeto que no me pertenece y no como un objeto que puedo poseer, manipular y controlar, ya es faena importante en muchas relaciones amorosas de a dos. Este reto se incrementa en las relaciones poliamorosas.

No podemos negar que los matrimonios convencionales estén en crisis. Muchas personas, ante el malestar amoroso, cuestionan en el silencio de su interioridad si  las cosas “tienen que ser” como son. Más aún,  infinidad de personas has sentido o bien experimentado el poliamor en la clandestinidad, o bien se han reprimido ante el deseo de vivenciarlo, generando resentimientos y reclamos a su pareja por verla como fuente de su frustración. Vivir la poliamoría, sea en la modalidad que sea, no es fácil, pero la monogamia forzada tampoco resulta bien.

Considero que la poliamoria, termina siendo –al igual que el feminismo y las nuevas masculinidades-  un movimiento de liberación humana.

“Las locuras que más se lamentan en la vida, son las que no se cometieron cuando se tuvo la oportunidad”

 Hellen Rowland

Soy saludable, responsable y consistente: “como frutas y verduras”, hago ejercicio tres veces por semana, no fumo, duermo lo suficiente, medito, tengo buenas amistades, y he conquistado una autonomía suficiente para hacer lo que me gusta hacer. Pero nada de eso me lleva al equilibrio y menos aún a la normalidad. Y es que “no solo de pan –y ejercicio, y meditación, y descanso- vive el hombre” ¿Qué me dicen de la psique, el cerebro y la salud emocional? ¡Ah cómo me ha dado por estudiar sobre   neurociencias, ondas paroxísticas, y demás! Y es que de pronto siento unos impulsos –deseos, temores, cansancios, arrojos-  que van en contra de toda norma y me resultan difíciles de domar.

¿Pero acaso ser medio atípica no es saludable? Salirte de lo adecuado, de lo esperado, de lo deseable, ¿da cuenta de falta salud emocional? Por muchos años, ¡décadas! me torturé comparándome con la media, que gozaba de lo típico, y se conformaba con lo habitual. Me esforzaba por pensar-sentir-hacer lo que las mayorías disfrutaban y por supuesto que me agotaba tratando de encajar.

Hoy muy orgullosamente afirmo que me salgo de la normalidad: soy impulsiva, hiperactiva, impaciente, inquietante, extravagante e imprudente. Me descubro muchas mañanas queriendo que la noche comience de nuevo siempre con el anhelo de seguir soñando en eso, y en ese, que me reportaron bastante bienestar. Entra entonces mi “super yo” y toma las riendas: me levanto a organizar lo que me depara la larga jornada que tengo por delante. Pero buscando la ropa del día me dan unas ganas locas de acomodar cajones y de tirar cosas que siento que me dejarían espacio para no se qué y que me aligerarían no se qué más ¡No es hora de hacer limpieza de armario! ¿Ay qué hago con este impulso sin control?.  O replanteo mi intensa jornada o la “picazón” de hacer también una quema de papeles inútiles no me dejará arrancar. Y entra un hijo a interrumpir mi desorden y le cambio el nombre y le pido con urgencia que me suba un café… Y suena el cel y brinco de contento pensando que es con quién soñé ¡y me frustro al ver que me llama a quién planté! Y así a jalones y empujones interiores marcha el día de maravilla… y acometo, y logro, y promuevo, y delego, y resuelvo, y termino un día más…

¿Será que de cuerdos y locos todos tenemos un poco? Yo digo que de locos sí: tenemos bastante, y varios de nosotros. Y esa temida locura  -según y cómo- puede dar un toque peculiar a la vida, siempre que se reconozca, se medio entienda, se “quasi” acepte y se sepa manejar.

A mí, como a Jack Kerouac, “las únicas personas que me agradan son las que están locas: locas por vivir, locas por hablar, locas por ser salvadas…” Y así, entre manías, obsesiones, ansiedades, paranoias, y compulsiones, arranco y termino el día, tratando, con mucho esfuerzo, que no “me tiren de a loca”, nada más.

 

Nos da miedo la soledad, y cuando no le tememos, nuestro entorno se encarga de que – tarde o temprano- eso nos ocurra. La soledad tiene muy mala fama, y junto con ella la soltería, que es la “encarnación” de la misma.

En una sociedad que privilegia nuestra naturaleza gregaria, y como “consecuencia obvia” la  vida matrimonial, estar solo, vivir a solas, está mal visto. La soledad es sinónimo de anomalía, fracaso, riesgo y sufrimiento.

Habiendo migrado a lo largo de los siglos de una sociedad comunitaria –por ser la única forma de asegurar la reproducción, producción, y sobrevivencia- donde la identidad se construía por la pertenencia al clan, a una sociedad que privilegia la individualidad, la conquista de la autonomía se hace el “sine qua non” de la actualidad.

 

Vivir en soledad no es sinónimo de aislamiento, primera distinción. El aislamiento nos remite a un estado de privación y exclusión en relación al entorno, así como de vacío interior. Estar aislados, dada nuestra naturaleza gregaria, es traumático y  de facto, imposible. Somos seres interdependientes, y nos necesitamos unos a otros, para satisfacer nuestras necesidades físicas, emocionales, intelectuales y sociales, así como para construir y enriquecer nuestro yo y proyectar nuestra existencia de forma trascendente. El aislamiento lleva a una depravación, a un deterioro, a una muerte, real o existencial. No así la soledad.

La soledad tampoco es sinónimo de desolación, estado en el cual lo que prima es la angustia, el dolor, la depresión. La desolación da cuenta de una pérdida irreparable, de una especie de orfandad: pero ¿qué se siente perdido cuándo se vive en soledad? ¿un status social? ¿un sueño?

Por su parte, la soledad es ese estado, tiempo, espacio,  en el cual la ausencia de otros permite la interacción con nosotros mismos. A falta de intermediarios, desarrollamos una relación con nosotros que permite un diálogo inaccesible rodeados de compañía.

Sobra decir que ontológicamente estamos solos: nacemos solos, morimos solos.  Integrar esta verdad, como experiencia vital, es faena que nos toma energía importante y sostenida a lo largo la vida.  Pero más allá de este cuestionamiento existencial inevitable, ¿qué hay de esa soledad que nos lleva al encuentro con nosotros mismos?, ¿cómo renunciar  a una soledad indispensable en la cual nos confrontamos y construimos?

La soledad es el único camino que nos lleva a la autonomía. Las experiencias que se dan sin participación de otros son necesarias para ejercer los derechos autónomos y conquistar la libertad. Cuando estamos solos nos pasan cosas interesantes que son imposibles de incubarse en compañía:

 

  • Nuestra actividad intelectual es diferente: hacemos conexiones distintas y unimos ideas fragmentadas.
  • Podemos, en vez de defender nuestras posturas ante otros, dudar de ellas. La duda desafía nuestro pensamiento dogmático.
  • Cuestionamos nuestros paradigmas.
  • Reconocemos competencias e intereses ignorados.
  • Replanteamos nuestros valores.
  • Escuchamos nuestros sueños y nuestros deseos que pudieran parecer imposibles estando acompañados.
  • Legitimamos, sin la anuencia de los demás, nuestra experiencia.
  • Superamos la necesidad permanente de ser confirmados por los demás.
  • Logramos diferenciarnos, sosteniendo la cercanía-distancia oportuna con los demás.

No hay manera de conquistar la autonomía y de ejercer la libertad sin la capacidad de estar solos. Incluso si cohabitamos con una pareja o en familia, requerimos de espacios de soledad creados propositivamente para acceder a este encuentro personal, desarrollar nuestra conciencia de “sí mismo”.

Ser autónomo es hacer de la soledad un espacio de goce, de creatividad, de reflexión y duda, de bienestar y crecimiento. Es transitar del deseo de libertad a la realización de acciones liberadoras. La fantasía mental de lo que podemos ser sólo se resuelve en la vida de forma práctica con acciones concretas: “estoy aquí, pienso esto, deseo tal cosa, me muevo hacia tal lugar, de esta forma…

Convertirnos en sujetos y autores de nuestra existencia implica asumir que estamos solos y con ello esperar y exigir compañía a cualquier costo.

No te vayas de esta vida sin haber tenido un encuentro contigo mismo.

 

El sexo, el erotismo y el amor son dimensiones diferentes dentro de las dinámicas de relaciones humanas de pareja. Con mucha frecuencia hablamos de sexo: “tener sexo, disfrutar el sexo, necesitar el sexo”, cuando queremos referirnos a distintas conductas que se sustentan en la sexualidad. En estricto sentido, hablar de sexo es hablar de las actividades y el placer que se deriva de nuestro ser biológico, concretamente de nuestra genitalidad. Se nace siendo “macho” o “hembra”: los hombres producen espermas, las mujeres producen óvulos y eso es los que determina su sexo.

Sin embargo, cuando hacemos referencia a nuestra vida sexual, generalmente pensamos en algo más complejo que lo biológico: imaginamos veladas sensuales, posiciones excitantes, fantasías inaccesibles, etc. En realidad, la sexualidad es mucho menos que eso porque, en sentido literal, el sexo es lo que tenemos en común con los animales: lo instintivo, lo genital, lo pulsional, lo que, básicamente, nos permite reproducirnos.

El erotismo por su parte,  junto con la seducción, la sensualidad y el amor, son fenómenos característicos de lo humano. Sin duda es la sexualidad  la dimensión en la que se asientan todas estas experiencias: sobre la sexualidad se asienta el erotismo, sobre el erotismo se asienta el enamoramiento y sobre el enamoramiento, se puede asentar –o no-  el amor.

Muchas veces al hablar de sexualidad, de lo que estamos hablando es justo de eso otro: de erotismo. Quizás esta distorsión es muy común entre las personas del siglo XXI. ¿Y qué es el erotismo? El erotismo es la elaboración cultural del sexo, el conjunto de posibilidades que las personas construimos sobre esa realidad biológica. El instinto se transforma en placer y el placer en erotismo: el erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer.

Para vivir un erotismo emancipador hemos de desarrollar nuestra capacidad de vivir la vulnerabilidad y la intimidad. Y ser vulnerable, ser íntimo, develarse, arriesgarse por el otro, es algo muy exigente. Somos cínicos o pichicatos cuando sostenemos que podemos tener relaciones eróticas sin  algún tipo de implicación emocional, por pequeña que sea. Cuando así lo creemos quizás lo que vivimos fue el sexo rápido de una “noche de copas”; o bien una relación poco satisfactoria de la cual decimos “fue sólo sexo”.

Bajo esa tónica, la realidad de “la mañana siguiente” con una persona recién conocida o que conocemos muy poco, es un lugar interesante de investigación de cómo nos relacionamos, del erotismo, de la sexualidad y de la intimidad. ¡Y es que se pasa abruptamente de no conocernos a compartir cosas privadas e íntimas!: dormir, el baño, el despertar… Lo que pasó, pasó, pero ahora nos regresa la conciencia y las preguntas:  “¿quiero salir corriendo?”, “¿disfruto del intercambio que aún sabe a placer?”, “¿anhelo conocer más a ese otro o sólo me alisto para decir adiós?”.

Sea cual sea el nivel de compromiso de la relación, el erotismo cabalmente practicado, deja un buen sabor de boca, a diferencia del consumo sexual despersonalizado y compulsivo. Cuando lo erótico se deshumaniza ocurre que el hastío o el desagrado aparecen rápidamente. El sexo o es erotismo o es muy poco. De hecho, el acto sexual no es necesario para tener una experiencia erótica integral. No es una necesidad como el hambre o la sed: es un deseo que expresa una disponibilidad emocional y, por tanto, física y psíquica.El placer sexual es el más fuerte de los placeres. La relación erótica a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo Por eso tiene también la capacidad de crear las ligazones más fuertes. Si alguien nos generan placer erótico trataremos de encontrarlo una y otra vez. Cuando gozamos de la experiencia de un placer mutuo, tendemos  a querer establecer una relación duradera, capaz de resistir penas y de capotear dificultades. Es entonces que esta ligazón tiende a desencadenar otros fenómenos como el apego, el enamoramiento, la intimidad, incluso el amor…     

Sin duda el amor, una experiencia difícil de definir, inicia generalmente con la sincronía “química”: sería difícil amar a alguien cuyos olores, textura y sabor nos fuera desagradable.  De cualquier modo el amor se integra de muchos más ingredientes que el placer compartido a través del erotismo, incluso que la abrazadora experiencia del enamoramiento. A veces su puerta de entrada es la amistad, el intercambio intelectual, la cercanía emocional; surge después el deseo de interactuar, de adquirir mayor compromiso con la vida del otro.  Si la compatibilidad se constata, con el tiempo, cristalizaremos una relación y sostendremos encuentros sexuales.        Pero el amor también puede construirse al revés: en lugar de conocernos y luego tener relaciones sexuales, podemos empezar por lo erótico, y si va bien podríamos pensar en avanzar hacia un mayor conocimiento, que constate una armonía en nuestros sueños, en nuestras necesidades y en nuestro mundo de intereses y valores. Ambas direcciones, en el momento de construir vínculos, son válidas. Al final, el buen sexo tiene mucho de eros y, según dicen, es Eros el dios del amor.