Si algo tengo claro después de buscar y rebuscar, analizar y sobre analizar a diferentes autores y hasta a distintos poetas llego a la conclusión de que es una tarea compleja –y hasta imposible- definir el amor.  El amor no es algo que pueda verse o tocarse: es una experiencia y, por consiguiente, es difícil definirlo y describirlo.

Se puede pensar en el amor con la siguiente metáfora: imagina que el amor es como un diamante con muchas caras. Puedes verlo desde diversas perspectivas y cada una de esas facetas representa alguno de los ingredientes que lo constituyen.

Tal vez el intento de adaptarse a un modelo amoroso único haya sido parte de desventuras y por más que se le hace a este o al otro no logramos ubicarnos en alguno. Es claro que el amor no se ajusta a trajes a la medida según las necesidades, intereses y valores de los amantes.

Cada ser humano es diferente y precisa ingredientes distintos para amar. Esto depende entre otras cosas, de la etapa de vida que se está transitando. Valdría la pena, por lo tanto, intentar, más que hablar del amor, hablar de tipos de amores, pues cada etapa de la vida, cada experiencia amorosa, requiere diferentes cosas.

Sin embargo hay que tener cuidado para no confundir el amor con otras actitudes, que no alcanzan para interpretar la experiencia amorosa. El amor incluye una amplia gama de experiencias, vividas, percibidas e interpretadas de maneras diferentes en cada persona. Algunas manifestaciones, si bien pueden relacionarse con algún aspecto del amor, no lo agotan.

Existen estilos de amar muy diferentes, por lo tanto, es importante que se comparta algo del estilo propio con quien se busque entablar una relación. Del mismo modo, se requerirá ser receptivo para conocer otro estilo con la finalidad de lograr la compatibilidad.

Algunos tipos de amor:


  • Amor romántico: Tiene calidez, sentimentalismo. Maneja todo tipo de emociones intensas, tiende a ser idealista y el objetivo es buscar una “media naranja”, alguien con quien completarse.
  • Amor amistoso: No es tan intenso, sino calmado. Es menos romántico, por lo que tal vez el erotismo y el sexo no son centrales. Es estable y respetuoso; menos demandante y más realista.
  • Amor compromiso: Sigue normas y reglas concretas; más que interesarse en mucha intimidad, gusta de tener acuerdos convenientes y explícitos.
  • Amor práctico: Ve a la pareja de manera más realista; decide de forma racional mediante la elección de alguien de la misma religión, ideología política y con pensamientos similares respecto del manejo del dinero y la educación de los hijos, entre otras cosas.
  • Amor entregado: Centrado en el otro, en el deseo de ayudarle a satisfacer sus necesidades.
  • Amor cultivado: Aquí se trata de regar, cuidar y cosechar. Si se descuida la cosecha no se dará.

De alguna manera, cada persona tiene una mezcla de estos estilos. Conocer y entender la propia mezcla de creencias, necesidades y expectativas acerca del amor hará más fácil comprender qué tipo de amor se busca, así como relacionarse teniendo claro cuál es la línea propia y cuáles son sus límites correspondientes.

Hablar de amores es integrar la diversidad; saber que no todos queremos ni necesitamos lo mismo en una relación. Y lo más importante, hablar de amores es darle lugar a otros en su diferencia y hacer de la experiencia amorosa una vivencia de frescura, expansión y crecimiento, y no un tormento de sometimiento y desilusión.

Hoy es responsabilidad de cada persona como individuo en busca del tan ansiado amor crear la consciencia necesaria para conocer qué tipo o tipos de amores buscamos y podemos ofrecer y así dejar de ir por la vida culpando a sus parejas, las mujeres o los hombres o a San Antonio porque no les manda novio.

Y una cosa puedo jurar:

Yo, que me enamoré de tus alas, jamás te las voy a querer cortar….

Frida Kahlo

¿Cómo no decir algo del amor hoy 14 de Febrero? Al amor casi lo deseamos a diario, lo necesitamos siempre, lo añoramos a veces, le tememos en ocasiones, y nos mueve en el día a día para caminar. El amor nos alimenta, nos impulsa, muy particularmente el amor de pareja – que hoy se hace tan perseguido y tan difícil de encontrar – pero cualquier tipo de amor, – de pareja, de amistad, familiar – es muy preciado.

Del amor nos hablan a dario los libros, las canciones, las películas, los poemas; también  el propio corazón y  las vivencias acumuladas. Pero en ese deseo férreo de encontrarlo, de tenerlo y conservarlo, idealizamos su presencia eterna y olvidamos lo que le hace –entre otras cosas- deteriorarse y morir.

Y es que el deseo de no perder por ningún motivo a quien amamos puede llevarnos a conductas que generan “hijos perversos” de ese mismo amor. Y al decir “hijos perversos” me refiero a esos comportamientos extraños, insidiosos, perturbadores, que desvían el sentido de acompañamiento, del juego, del intercambio, y del disfrute que produce una buena relación que solo se dan en la libertad y en la igualdad.

 Los 4 “hijos perversos” del amor:

1) Querer cambiar al otro: Las personas cambiamos cuando queremos y más frecuentemente cuando necesitamos. No te des a la tarea de transformar los aspectos negativos de tu pareja, no mal gastes tu tiempo y tu energía en que el otro sea como tú lo quieres amoldar. El cambio y el crecimiento se puede dar pero no a partir de la insistencia, la súplica o la amenaza.

2) Querer celar al otro: Algunas personas confunden el amor con los celos. Y sí, los celos se dan en el territorio del amor pero no son derivados del amor. El celoso elige poseer antes que amar;  la posesión nos sitúa en un mundo en el que una persona es un objeto para el uso de otra, lo que le impide tener al otro la autonomía que cualquier ser humano requiere.

3) Querer complacer al otro: La expectativa de recibir una aceptación incondicional de nuestra pareja es válida y puede llegar a ser restauradora de heridas de infancia si la manejamos bien. Pero si nuestra necesidad de no ser rechazados es exagerada,  tocaremos el extremo de minimizar o negar nuestras necesidades y de violentar nuestros límites por complacer a nuestra pareja y con ello obtener su aceptación total.

El amor ha de asumir que la pareja no nos dará todo y que nosotros tampoco podremos colmarlo a ella; por eso se dice que el amor adulto ha de dejarnos un poco insatisfechos.

4) Quererse decir todo y saber todo del otro: Las mentiras deterioran la confianza, dañan al amor y con frecuencia son antesala de las traiciones. Si son constantes, manipuladoras, agresivas, son símbolo de abuso, y de inmadurez. Sin embargo, no se puede andar por la vida diciendo todo lo que nos viene en mente y preguntando todo lo que nos genera ansiedad.

 

Hay que ser sincero pero sensato: tenemos una vida íntima que muchas veces es incomunicable, y hemos de aprender a lidiar con nuestras propias contradicciones e incongruencias, en aras de un crecimiento propio, y de un cuidado a nuestro amor. Y es que el amor solo puede vivir en cierta reserva. La confesión compulsiva se da solo en los juzgados y en el confesionario, jamás es un remedio para la soledad.

 

Así que este 14 de febrero cuestiónate: ¿Tú cuáles de estos “hijos perversos” estás criando en tu relación?

 

Las relaciones amorosas, hoy más que nunca, atraviesan un vertiginoso proceso de transformación. Frente a la desvinculación entre sexo, reproducción y matrimonio, emergen una diversidad de modelos amorosos y de acuerdos conyugales que antaño no había forma de vislumbrar. Sin embargo, aún con sus notables diferencias, en todos ellos el tema de la exclusividad sexual es una constante que parece ser poco negociable: en un mundo global donde podemos combinar distintas actividades con diversas personas en distintos escenarios (incluyendo el virtual), las parejas están de acuerdo en la importancia y necesidad de intercambiar intereses, confidencias y espacios con terceras personas, excepto el cuerpo. El cuerpo, dicen, no se comparte…

Este “acuerdo” de no abrirse a la extra conyugalidad es entendible en un sentido: la dimensión erótica –que incluye la sexualidad, la genitalidad, pero que es más que ambas-  se vive como la base de lo propio y distintivo de la pareja. Sin duda, el buen sexo crea vínculos, por tanto todo lazo fuera de la relación conyugal siempre corre el riesgo de desestabilizarla. Pero ¿acaso un encierro monogámico no pone también en riesgo el bienestar personal, la estabilidad y sostenimiento de la vida de pareja?, ¿una promesa de exclusividad eterna no encierra, además de bastante represión, un empobrecimiento de la vida de cada uno de los miembros de la pareja  y de la complicidad conyugal?

Pareciera que sí. La realidad nos muestra que hoy vivimos más que amores eternos, una sucesión de relaciones “monogámicas”. Eso en el mejor de los casos, porque si nos adentramos a las cifras que arrojan las  estadísticas, en los países occidentales entre el 60 y 80% de los hombres han sido infieles, mientras que entre 40 y 45% de las mujeres han tenido experiencias extraconyugales también. Aunque el 95% de las parejas siguen casándose con el acuerdo tácito o expreso de guardarse mutua fidelidad, la realidad se caracteriza por la contradicción: queremos ser fieles pero no siempre lo conseguimos, pedimos fidelidad pero no siempre la respetamos…

Si bien las experiencias sexuales extraconyugales en ocasiones van de la mano de conductas de abuso, maltrato, negligencia, venganza y desinterés, en muchos otros casos integran factores complejos que superan por mucho la idea de ser un simple hecho de maldad, de patología, de inmadurez e, incluso, de conflicto de pareja. No podemos pensar que todos los que cometen infidelidades están enfermos, errados o son unos abusivos inmorales; tampoco podemos aseverar que toda experiencia extramarital implica crisis en la vida de pareja y, menos aún, falta de amor.

Rafael Manrique, psiquiatra y psicoterapeuta español, en su libro “Conyugal y Extraconyugal” nos lleva a cuestionar esta paradoja: pensemos en un matrimonio que, tras unos años de adaptación y de vida compartida, construye una relación satisfactoria, tranquila y amorosa, que resulta buena para ambos. No habrá grandes pasiones, pero sí puede existir compromiso, gratitud, ternura, comodidad, intereses comunes, todos estos, logros de gran valor. Si esta misma pareja ve a su alrededor un mundo de matrimonios lleno de rompimientos, desamor, violencia, aburrimiento, puede darse cuenta que lo que tienen es bueno y vale la pena conservarlo, aún con la importante disminución del deseo sexual. Ponderando todo el panorama podrían decidir que, mientras lo que valoren no se ponga en riesgo, uno o ambos, juntos o separados, pueden tener alguna otra experiencia en la que lo erótico fluya con cierto candor. Manrique continúa cuestionándonos al afirmar que si existen los años, la solidez y la experiencia necesaria en cada uno y en la relación construida, los espacios extraconyugales no tendrían por qué confundirse con el amor que se tienen, ni habría por qué desmoronarse por su existencia.

 

¿Qué tú no eres celoso? ¡No lo afirmes con tanta seguridad! Posiblemente no has tenido esta experiencia, pero a todos, en un momento dado, los celos nos pueden venir a visitar.

Hay a quienes les halaga que los celen, espero te cuestiones de dónde viene esta actitud si acaso presumes de ella. Otros hasta confunden el amor con los celos. Pensar que “celar es amar” es una idea romántica y errónea de quienes alimentan la creencia de que si alguien no te cela “alguito”  es porque no le importas de verdad.

Cuando alguna persona te prometa que todo lo tendrás con ella, como si realmente pudiera aislarte del mundo y darte todo lo que necesitas, ¡sal corriendo! Una promesa así termina en vigilancia, hostigamiento y control. El celoso elige poseer antes que amar.

A diferencia de las necesidades que se satisfacen con algo concreto, – el hambre se sacia con el alimento o el cansancio con un buen dormir-, el amor no se satisface así. El amor no es una necesidad sino una demanda: se “desea tener amor”, pero el deseo nunca se completa con algo particular, nunca se colma del todo. Por esto solemos afirmar que el amor adulto siempre te dejará un poco insatisfecho, algo inconsolable.

Los celos son una experiencia de sufrimiento, un disgusto emocional frente a la pérdida de quien amas o bien ante la simple idea de que lo puedas llegar a perder. La persona celosa mezcla seis estados emocionales:

  1. Deseo de posesión.
  2. Experiencia exclusión.
  3. Necesidad de competir.
  4. Envidia de quien me puede “desbancar”.
  5. Humillación por no ser “el mejor”.
  6. Miedo ante la pérdida y el abandono.

Algunos  rasgos de carácter que muestran la tendencia de una persona a comportarse de forma celosa son:

  1. “Sabelotodos”: tienen siempre una respuesta “correcta”.
  2. Corrigen permanentemente los “errores” de los demás.
  3. Moralistas: juzgan rígidamente si las acciones de los otros están “bien” o “mal”.
  4. Suspicaces: se mantienen en alerta constante sin perder los menores detalles de la conducta del amado.
  5. Muy exigentes, y por tanto difíciles de complacer.
  6. A veces, por su alta religiosidad o por adherirse a valores supremos e inalcanzables, sus demandas están “fuera de este mundo”.
  7. Muy responsables y “coherentes”, por lo que les cuesta integrar las contradicciones propias de la vida.
  8. Ansiosos, lo que hace que su tolerancia al riesgo y a la incertidumbre sea muy baja.

Las verdaderas crisis de celos no se dan sólo por  “amor al otro”, incluyen también un exceso de “amor propio” y un alto nivel de inseguridad. Si bien es cierto que los celos se detonan por alguna conducta externa del ser amado, la forma de  vivirlos  y expresarlos  tiene mucho que ver con el grado  de madurez  y seguridad de la persona misma.

¿Cómo detectar a un celoso? Pon atención si esa persona tiene constantes sospechas en relación a ti: “¿por qué te vestiste con este color tan llamativo?”, “¡qué raro que te marqué y no contestaste!”, “¡me dicen que eres muy conocido y famoso!, ¿por qué será?”. Reconoce también si te quiere hacer sentir irresponsable e incompetente a través de su constante vigilancia,  suspicacia y control.

Hay de gente celosa a enfermos de celos: personas cuya cabeza está plagada de obsesiones, incluso delirios y que encierran propiamente una patología mental donde no cabe más que planear la retirada.

Cuidar que una relacióm de pareja no se enferme gracias a los celos es fundamental no sólo para mantener a flote esa relación, sino para evitar que en un futuro lo que se suponía que era una “muestra de interés” derive en destructivas situaciones de violencia.

 

La adicción afectiva es una dolencia que tiene cura y sobre todo que puede prevenirse. Contradiciendo lo que la mayoría de la gente, los medios de comunicación y la sociedad en general nos dicen sobre el amor, me atrevo a afirmar que es posible amar intensamente a una persona y conservar la independencia personal. Esto, al tiempo que se cuida y se hace crecer el vínculo amoroso.

El amor dependiente más que un acto de cariño desinteresado y generoso es una forma de rendición personal guiada por el miedo. El fin del mismo es preservar al ser amado y evitar la ruptura y con ella el abandono.  Hay quienes llegan a despersonalizarse para conservar a su pareja llegando a asumir la obediencia no cuestionada, a adherirse a sus normas y principios y a  subordinarse en un modelo de dominio-sumisión. Afirmar “mi existencia no  tiene sentido sin él” es el primer paso para una vida sin rumbo y sin propio significado.

¿Se pueden eliminar las ataduras psicológicas y mantener vivo un vínculo amorosos? Sí, pero para entender esto hemos de reconocer que se sabe más de la falta de amor que del exceso afectivo. A las personas en general les interesa más el tema del desamor y sus consecuencias que la presencia evidente de un “amor desmedido”. No es extraño escuchar plácidos comentarios como “su amor es tan grande que no hacen nada el uno sin el otro”.

El amor co-dependiente desgasta y enferma, deteriora física emocionalmente a quienes lo viven y destruye la relación amorosa. ¿Cuáles son las características de la inmadurez emocional que están en la base de este tipo de vínculos?: me atrevo a afirmar que las personas emocionalmente inmaduras tienen dificultades para manejar el sufrimiento, la frustración y la incertidumbre.

¿Vale la pena cambiar una pizca de bienestar y protección inmediata por una vida insufrible? ¡Se paga tan cara la fantasía de seguridad, de estabilidad y confiabilidad! El temor al abandono puede llevarnos a renunciar a una convivencia pacífica y tranquila.

Si te has dado cuenta que tu relación ha caído en la codependencia, es importante que consideres los siguientes puntos, los cuales pueden serte de gran ayuda si decides salir terminar con esa relación:

  • Evitar sufrimientos innecesarios. Si a pesar de la aflicción que genera y los fantasmas de la soledad interrumpimos la relación enferma ejercitamos una importante conducta de autoafirmación que refuerza nuestra seguridad personal y nos habilita a aprender del fracaso.
  • Aprender del fracaso. Sólo quien puede detectar y analizar las razones de sus fracasos está en condiciones de rectificar los errores cometidos y perseverar en alcanzar la meta deseada. Fracasar es aprender, y este aprendizaje facilitará éxitos posteriores.
  • Enriquecer la vida afectiva: no se trata de dejar a unas personas para conocer a otras, sino de saber abandonar las relaciones que empobrecen o violentan en el presente para no hipotecar nuestro futuro por ellas. Quien no es capaz de reconocer que la relación no funciona, dificulta sus opciones de generar otra que sí pueda funcionar.

El trabajo hacia la autonomía y la autosuficiencia es tarea central para la madurez emocional. No “poner todos los huevos en la misma canasta” repartirá nuestros quereres en distintos intereses, amistades, sueños, propósitos, permitiéndonos interpretar diversos papeles en nuestra vida. Al final, debemos recordar que “no solo de ser pareja vive el hombre”.

 

¿VALE LA PENA CONTINUAR DESPUÉS DE UNA INFIDELIDAD?/ ¿PERDONAR UNA INFIDELIDAD?

Todos hemos tenido algo que ver con el tema de la infidelidad: como hijos de padres infieles, como amantes de alguien casado, como cómplices de un buen amigo, como profesionales que trabajamos con el tema, como “traidores” de un matrimonio de “cuento de hadas”, o como el desafortunado “traicionado”.

El tema de la infidelidad se ha abordado desde una perspectiva moral, una visión simplista del mundo, del “bien” y del “mal”, un villano y una víctima y en donde la sexualidad es vista como sucia y vulgar.

Poco se ha profundizado en la complejidad que incluyen los dilemas humanos individuales,  las vicisitudes relacionales de las parejas y las características sociales del contexto en donde se ha llegado a concluir que no todas las infidelidades tienen que ver con alguna patología, disfunción, problema, maldad, error de juicio, inmadurez o “mal paso”.

Aún así, no deja de llamar la atención que otras conductas que implican actos de abuso severo generen menos perturbación que una relación extraconyugal; dichos actos son más fácilmente justificados entre las parejas, antes que pasar por alto una “traición”.

Es importante hacer distinciones en las infidelidades ya que lo primero que conviene precisar es que no siempre la infidelidad implica un enamoramiento alternativo, ni éste conduce forzosamente a la infidelidad. La segunda precisión es que los hombres y las mujeres presentan notables diferencias en la forma de correlacionar ambas variables: por regla general, los hombres tienden a ser más infieles, sin que ello suponga que exista un enamoramiento alternativo, y las mujeres suelen requerir mayor implicación emocional para consumar la infidelidad; aunque entre las nuevas generaciones, las diferencias se van reduciendo, porque las mujeres se están incorporando al modelo que, hasta hace pocos años, se consideraba característico del sexo masculino.

Existen diversos elementos que influyen en la magnitud del efecto que producen al ser descubiertas:

¿Cuándo no se puede perdonar?

  • Cuando la relación de pareja ha sido de abuso permanente, mentiras y manipulaciones más allá de la infidelidad.
  • Cuando la infidelidad es un hábito y ha sido de manera descuidada, recurrentes, descaradas, prepotente, lastimosa.
  • Cuando hay una adicción al sexo no reconocida ni tratada.
  • Cuando hay una inmadurez sostenida del infiel.
  • Cuando la infidelidad es la puerta de salida de una relación vacía y desgastada ante la dificultad de darla por terminada.
  • Cuándo la persona lastimada NO PUEDE, PORQUE NO PUEDE.

¿Cuándo sí perdonar?

  • Cuando el infiel tiene una claridad y consciencia de lo ocurrido, está dispuesto a trabajarlo.
  • Cuando es un evento aislado y no un hábito permanente.
  • Cuando surgen de necesidades personales no satisfechas que no ha atendido de manera particular.
  • Cuando aparece como un evento que permitió liberar ansiedad en etapas de adaptación critica.
  • Cuando son una señal clara de que la relación está en crisis y es momento de hacer algo diferente para renovarla e intentar permanecer.
  • Cuando el efecto de la misma, más allá del dolor, generó un equilibrio para la vida de pareja.
  • Cuando es una transgresión ante un sometimiento no trabajado y ante un desequilibrio de poder.
  • Cuando se entiende que no somos monógamos por naturaleza pero que elegimos pactar relaciones de exclusividad y gestionar el deseo sexual.
  • Cuando el dilema incluye la inherente contradicción entre lo doméstico y lo erótico.
  • Cuando hay intención y deseo de entender y reparar.

Quizás todas estas situaciones de infidelidad, sin ser fáciles de asumir y transitar, dependiendo de su manejo y resolución, pueden ser situaciones de crisis pero también oportunidades de crecimiento personal y de pareja. Es decir, hay infidelidades que apuntan a la mejora y a la evolución.

¿Cómo perdonar?

Las infidelidades no se olvidan, pero sí se pueden perdonar. Para lograrlo hay que entender que el perdón no es un evento sino un proceso: toma tiempo y se da aportando cosas nuevas y positivas que actualicen la relación la relación.

Es esencial recuperar la confianza y para lograrlo lo primero es la integridad emocional personal con sus respectivas medidas de precaución, pues solo así podrá responderse a lo que se haga en el presente en la relación y no a lo que ocurrió en el pasado.

Cuando la violencia se mezcla con el “amor”

El noviazgo es una vinculación que se establece entre dos personas que se sienten atraídas mutuamente, donde hay emoción, ilusión y sentimientos compartidos. Es una oportunidad para conocerse, una etapa de experimentación y de búsqueda, con actividades, gustos y pensamientos en común. Puede ser un preámbulo para una relación duradera. Sin embargo, ¿qué pasa cuando en un noviazgo las cosas dejan de ser amorosas y comienzan a aparecer signos de violencia?

En nuestro país el 76 % de los mexicanos de entre 15 y 24 años con relaciones de pareja, han sufrido agresiones psicológicas, 15% han sido víctima de violencia física y 16 % han vivido al menos una experiencia de ataque sexual. (Datos obtenidos de la encuesta realizada por el Instituto Mexicano de la Juventud)

La violencia en el noviazgo es cualquier acto, palabra u omisión, que produce daño o lesión, mediante el cual una persona trata de doblegar o paralizar a su pareja. Su intención es dominar y someter ejerciendo el poder. La violencia no respeta los derechos humanos de la otra persona. Es una forma de abuso de poder y conlleva la intención de someter y dominar a otra persona, eliminando todos los obstáculos que puedan darse para el ejercicio de dicho poder.

En ocasiones la violencia tiene efectos claros y contundentes, como en el caso de los golpes. Otras veces puede ser sutil, escondida en palabras o silencios, disfrazada de “consejos” que denigran, descalifican o degradan a la persona: “Te he dicho muchas veces que no me interrumpas cuando hablo con mis amigos, nadie quiere oír las cosas que dices, lo digo por tu bien”, “calladita te ves más bonita”, “si te vistes así dirán que eres una mujer fácil”.

Contrario a lo que se dice popularmente, como cuando escuchamos que “si lo aguanta es porque le gusta”, está probado que la violencia es rechazada por TODAS las mujeres y TODOS los hombres que la viven.

La violencia se presenta en diferentes tipos:

  • Violencia Psicológica o Emocional: Enojos o desplantes por cosas insignificantes, menosprecio o humillación frente a otras personas, celos o sospecha de las amistades de la pareja, conductas posesivas, comentarios o palabras intimidantes, insultantes o denigrantes, impedir visitar a familiares o amistades, amenaza de golpes, amenazas con armas, amenazas de muerte a la víctima, a sus seres queridos o a sí mismo, etc.
  • Violencia Física: Conductas como empujar intencionalmente; jalonear; torcer el brazo; jalar el cabello; pegar con la mano abierta o con puño cerrado; patear; golpear con algún objeto; quemar con cualquier sustancia; intentar ahorcar o asfixiar; etc.
  • Violencia Económica: es toda acción u omisión que afecta la supervivencia económica de la víctima a través de imponer limitaciones encaminadas a controlar el ingreso de las percepciones económicas de persona, para dominarla o someterla, ya sea en el ambiente familiar, en el laboral o en cualquier otro.
  • Violencia Patrimonial: Quitar usar o destruir sus pertenencias en contra de su voluntad; retener o esconder documentos; maltratar mascotas o bienes muy queridos; heredar sólo a los hombres, etc.
  • Violencia Sexual: Violación; abuso sexual; manoseos o toqueteos sin consentimiento de la mujer; forzar a la pornografía, exhibicionismo o prostitución, etc.

La violencia puede ocurrir en cualquier momento de la relación, desde la primer cita, durante el noviazgo o al llevar varios años de casado. En la etapa de enamoramiento es más difícil dejar una relación violenta porque  pensamos que es algo transitorio que va a cambiar en cuanto avance.

Si en tu relación de pareja, seas hombre o mujer, notas una o más de las siguientes señales de abuso, ten cuidado, quizá es momento de alejarte de esa persona, o bien, tal vez debes acercarte a las autoridades competentes:

  • No te permite que que tengas amistades y te vigila constantemente.
  • Abusa del alcohol o drogas y te presiona para que las consuma.
  • Te pone en situaciones de riesgo cuando han discutido.
  • Te culpa de provocar su enojo.
  • Busca tener todo el control de la relación.
  • Controla tu forma de vestir.
  • Hagas lo que hagas se molesta contigo.
  • Te ha jaloneado, empujado o golpeado.
  • Con frecuencia te insulta y te culpa de sus problemas.
  • Te acusa de infidelidad.
  • Y tras todo esto… pide disculpas, te hace regalos y promete que todo cambiará.

La violencia cubierta bajo el “amor” resulta casi invisible. Los efectos y síntomas del maltrato durante el noviazgo son desconocidos para gran parte de las y los jóvenes mexicanos quienes, al carecer de información certera sobre la violencia y sus diferentes vertientes, confunden con muestras de afecto, conductas antisociales.

Las personas tenemos derecho a ser respetadas física, sexual y psicológicamente. Tenemos derecho a no ser humilladas, ridiculizadas o menospreciadas, ni en público ni en la intimidad. La violencia no es un juego. Hay que aprender –tanto jóvenes como adultos- a reconocerla, denunciarla y enfrentarla.

Hoy difícilmente podemos considerar al matrimonio “la tierra del amor…”. ¿Será que en algún momento sí lo fue? Averiguarlo nos requeriría entrar en un recorrido histórico para comprender cómo surgieron los primeros acuerdos conyugales y su evolución en el tiempo, pero eso es “otro cantar”. Mejor nos quedamos con la afirmación de Nicolás-Sebastien Roch quien dice que “El amor es más placentero que el matrimonio, por la misma razón que las novelas son más interesantes que la historia”.

El amor en términos generales es poco previsible y difícil de domesticar; la incertidumbre forma parte de él, esto contradice la creencia milenaria de que “el amor todo lo puede y todo lo soporta”. Sin embargo, la incertidumbre, que tanto malestar genera en la vida de pareja, es el único antídoto que previene el desgaste del deseo y de la pasión con el correr de los años; demasiada cercanía, demasiada seguridad, demasiado conocimiento, agotan el deseo y la pasión.

La contradicción inherente en la convivencia de una pareja, entre seguridad y novedad, nos obliga a reconocer las diferencias entre el escenario que el amor requiere para vivir y el escenario que necesita para sostenerse el matrimonio; si bien de algunos siglos para acá hemos intentado ponerlos a convivir en el mismo escenario,  ambos espacios  requieren condiciones diferentes para subsistir.

¿Cómo es que al amor se le dificulta florecer en el seno de la vida matrimonial? El amor y el matrimonio pertenecen a lógicas distintas:

  • El amor es una relación, como tal se genera en el intercambio y la convivencia de los amantes. El amor lo construyen las personas que integran ese intercambio y no se somete a normas preestablecidas ni a reglas fijas. El amor pertenece a una lógica basada en la libertad, el cambio y la novedad; requiere de la igualdad para subsistir: implica posiciones de poder y de oportunidades parecidas que eviten la dependencia de uno y otro amante y que posibiliten la libertad y el intercambio creativo de identidades.
  • Por su parte, el matrimonio es una institución y pertenece a una lógica social. Como toda institución está sometida a derechos y deberes: requiere normas claras, horarios y usos y costumbres aceptadas. El matrimonio generalmente implica convivencia domiciliaria: compartir el mismo techo, la misma mesa… y con ello, hijos, familias, pericos, hipotecas y demás. Como institución el matrimonio requiere certezas “totales”, una estructura clara –a veces desigual- con diferencias de roles, de actividades, de responsabilidades y funciones.

Es desde esta diferencia que podemos entender que el amor y el matrimonio requieren condiciones diferentes para existir y por eso tienden a ser antagónicos. Insistimos en que al hacer esta distinción no afirmamos que uno sea mejor que el otro, simplemente hacemos notar que son diferentes y que a veces damos por sentado que se cultivan en el mismo espacio y de la misma forma.

De aquí que no sea poco común encontrar parejas que se casaron enamoradas y convencidas de la elección que hicieron, y al paso del tiempo se les “agotó el amor”. Desde el planteamiento hecho aquí, se puede observar que el resultado del desencanto, el aburrimiento y a veces incluso la aparición de la violencia, no sólo tiene que ver con el correr del tiempo, sino también con el caracter de cada uno de los miembros de la pareja o la mala resolución de los conflictos. En una ruptura amorosa también entra en juego la invisibilidad de esa dificultad de hacer crecer y permanecer el deseo, lo erótico y el amor en sí, en un territorio tan doméstico y rutinario, difícil de reconstruir y modificar.

Los cónyuges reconocen pocas veces el mecanismo institucional en que se encuentran y las consecuencias de dejarse atrapar por lo que marca y señala el “deber ser” del orden social. De este modo la pareja se convence fácilmente de que sus problemas maritales se deben a una disfunción “interna”, a una falta de amor o a la presencia de un tercero.

Llegados a ese punto, la pareja convertida en institución matrimonial trata de capotear su realidad con dos estrategias distintas, ambas destructivas: se deja influir en extremo por el ambiente que le rodea, introduciendo un exceso de amigos, familia, etcétera; o bien se encierra en sí misma por temor a perderse, exigiendo que el otro satisfaga todas sus necesidades.  En ambos casos lo que se sacrifica es el amor, ya que la verdadera satisfacción de los amantes se da a través de la riqueza de su relación, dentro del mundo, sí, pero en un sentido, al margen del mundo también.  Estar en el mundo, sin perderse en él, entrando y saliendo, adaptándose y desafiándolo, sería la manera de hacer sobrevivir el amor.

Cuando el amor se mantiene vivo, la relación de pareja tiene para los amantes más importancia que el entorno social; esto se deja ver a la hora de dedicar tiempo, energía y motivación a algo claramente doméstico, más convencional o básicamente productivo, lo cual siempre pesa más que el encuentro amoroso mismo. Por el contrario, las parejas ya empobrecidas en su interioridad, se llenan de ruido para evitar el vació que se impone a la hora del encuentro mutuo.

Siempre es importante que ambos miembros de la pareja sientan que su relación es fructífera, que abre puertas nuevas y les permite seguir creciendo, teniendo una buena vida. Es básico intentar cosas nuevas si lo que deseamos es mantener a flote esa barca, difícil de conducir pero que puede ser bella, que es el matrimonio.

El amor crece en la presencia pero el deseo requiere la ausencia… binomio difícil, pero posible de conjugar…

“Aunque el casamiento es ratonera, nadie quiere quedarse afuera”

 Antropología de la relación de pareja

Nos hemos construido como la especie que somos a lo largo de millones de años gracias a la evolución de nuestra sexualidad. Si nos situamos en el África Ecuatorial hace una buena cantidad de miles de años, y sin saber a ciencia cierta por qué razones, un tipo de primates “decidieron” bajar al suelo. Y estando abajo, ¿qué es lo primero que vieron? ¡Nada! Vieron que su postura cuadrúpeda con la crecida altura de la hierba les impedía la visibilidad. Es al bajar de los árboles que inició la transformación de su estructura ósea con la finalidad de poder andar erguidos. La postura bípeda fue un avance muy práctico pues liberó sus manos, facilitó la recolección, y permitió explorar los espacios con más seguridad, entre otras cosas.

Pero las ventajas de convertirse en bípedos tuvo sus desventajas mecánicas. Particularmente con la postura erguida las vísceras hacen peso sobre la pelvis, la cual obliga a que sus huesos se cierren para evitar la caída gravitatoria de las mismas. Al estrecharse la pelvis, el canal del parto se hace necesariamente más angosto lo cual repercute en la salida de los nuevos críos gestados. Simultáneamente, aumenta la masa cerebral y en consecuencial aumenta el tamaño del cráneo. Ambas cosas hacen que los seres humanos tengan que nacer antes de lo que sería lógico para un mayor estado de madurez fisiológica y cerebral, de otro modo no cabrían por el canal de parto, naciendo así muy inmaduros en comparación con otras especies y necesitando muchos más cuidados durante un periodo prolongado de tiempo.

La larga época de crianza que deriva de esto tiene varias consecuencias: se hace más prolongado el intercambio entre el infante y los progenitores quienes le van a trasmitir más información por la cercanía que mantienen que por los genes que le heredan; la herencia cultural adquiere por tanto un importante papel sobre la herencia biológica. Por otro lado, la hembra va a requerir de cierta protección y seguridad mientras se lleva a cabo la compleja y prolongada crianza.

El estar erguidos también lleva a los seres humanos a tener sexo cara a cara, se comienza a sentir gusto por unos más que por otros, el periodo de celo desaparece en la hembra humana, lo cual hace que los intercambios sexuales sean frecuentes y no con el solo fin de la reproducción. Pareciera que ese incipiente emparejamiento cumple la doble función de disfrute y de cuidado al crío. La dimensión básica de la sexualidad es así la plataforma para la generación de vínculos: la presencia del otro, el contacto físico, la cercanía, lo social, los conflictos, las envidias, y el amor como fenómeno, empiezan a aparecer como propio de lo humano.

¿Pero hoy? ¿Seguimos hechos para vivir en pareja?

Sí y no…

Somos no solo seres biológicos, también somos seres culturales y todos los cambios vividos nos hacen desear en mayor y menor grado una vida compartida.

Somos seres relacionales… Sí, ¿pero necesariamente seres que necesitan una pareja para subsistir? No…

Marie France Yrigoyen en su libro Las Nuevas Soledades nos dice que hoy, los seres humanos hemos de aprender a vivir temporadas acompañadas y temporadas en soledad.

¿Por qué?

Porque las condiciones sociales han cambiado: antes era imposible sobrevivir, producir y reproducirse si no era en pareja y familia. Hoy en un mundo individualizado, con avances científicos y tecnológicos, la vida unipersonal es posible.

Ya no se necesita matrimonio como transición a la adultez, paquete en el que se obtenía sexo, libertad, hijos. Se puede tener sexo sin hijos, pareja sin matrimonio, matrimonio sin hijos, hijos sin sexo, etc. Aun así se privilegia la vida en pareja, por eso cabe la pregunta, ¿por qué quiero tener pareja?

La gente que busca frenéticamente una pereja ¡No la encuentra! La espanta…

Razones para NO tener pareja:

Si bien la vida de a dos ha de sumar a las posibilidades de vida y de satisfacción, hay indicios que no llevarán esta elección a buen puerto.

  • Para que no me sienta “raro” o “rara”
  • Para dar gusto a alguien: mis papás, hermanos.
  • Para poder accesar a ciertos espacios (generalmente muy conservadores)
  • Para tener hijos. O para que mis hijos tengan un padre o una pareja.
  • Para que me mantengan.
  • Para tener una vida sexual satisfactoria. Y para no contraer enfermedades sexuales.
  • Para sentirme completo.

Hoy la vida en pareja genera sentimientos ambivalentes: queremos sentirnos acompañados, pero no perder libertad, queremos estar con alguien pero dudamos que ese alguien sea la mejor elección…

Nuevos acuerdos amorosos

Saber que hoy se pueden vivir diversos acuerdos que nos acompañen en la vida, amorosos o amistosos, sexuales o no, incluyendo con periodos de soledad y aprendiendo a vivir en ella, es la posibilidad de construir amores suficientemente buenos. Además, desmitificar la vida en pareja como única opción de vida válida, es una realidad que se va imponiendo.

“Una cuerda triple no se rompe con facilidad”

Eclesiastés

Hablar de los triángulos amorosos se ha convertido en un tema central cuando exploramos el territorio del amor y sus dilemas. ¡Y qué decir de las consultas terapéuticas -y los “deschongues” de pasillo-, efecto del descubrimiento de una relación extraconyugal!

Para empezar, busco dejar fuera del concepto “triángulo” todas las “canas al aire”, esas noches de copas que si bien involucran actividad erótica y sexual, carecen de contenido emocional. Dejo fuera también esas infidelidades o “aventurillas” cibernéticas que nunca se llevan a cabo “en vivo y a todo color” y que muchas veces son muestras del miedo a la afectividad y a la cercanía emocional que vivimos en esta era postmoderna. Y por último, dejo fuera aquellas patanerías sostenidas que más que constituir un triángulo de amor significan un sin fin de abusos y maltratos.

Al hablar de triángulo amoroso me refiero a una relación entre dos personas, con exclusión del cónyuge de uno de ellos que incluye compromiso emocional y/o sexual, y que tiene repercusiones en la vida de todos los involucrados, a nivel psicológico y social principalmente. En un triángulo amoroso se sostiene –consciente o inconscientemente- un vínculo de fuertes efectos emocionales y/o sexuales; también, se está rompiendo un acuerdo de exclusividad unilateral de cualquier tipo.

Cabe recalcar que un triángulo amoroso no se define ni por su duración ni por su intensidad, sino por el equilibrio personal, de pareja y grupal que aporta, de manera consciente o inconsciente, deseada o rechazada, a quienes los conforman.

La existencia de las relaciones triangulares nos confirma que los seres humanos no escapamos a ellas aun con la tradición judeocristiana intentándonos educar en la creencia del amor exclusivo y total (y expulsándonos del territorio del “amor verdadero” si no  logramos este). Ni qué decir del señalamiento de ser “malas” o defectuosas personas; insensibles, egoístas e internamente divididas en caso de incurrir en esta contradicción que no se queda en el campo de las relaciones.

Nuestra posibilidad de ser seres multifacéticos y complejos nos impide colmarnos en un proyecto de trabajo único, un único hobbie, en un solo corazón y con un solo cuerpo. Es curioso cómo entender esta triangulación en territorios no amorosos puede ser más o menos sencillo, pero en la comarca del amor se complican las cosas en tanto que el “mito de la exclusividad sexual”, ante la infinidad de variaciones que ha sufrido la vida de pareja en el último siglo, parece ser lo “único” que se conserva como propio y como signo de genuino compromiso.

Sin que me guste el término del “triángulo amoroso”, por el efecto moral denigratorio que contiene – al igual que la palabra traición o infidelidad –, y sin otro término que utilizar por el momento,  me parece importante conocer las posiciones de cada uno de los actores del mismo para poder identificar su subjetividad así como los retos que a cada uno le toca enfrentar.

Poco se habla de la posición del amante cuanto más se le nombra con apodos denigrantes y se le embiste con señalamientos acusadores y juicios morales: “esa puta”, “el pendejo aquel”, “la vieja esa”, “claro, la embaucó a ver qué le saca”, “pinche gata quién se cree”.

Me referiré aquí al amante que asume ese rol “en solitario”, es decir,  sin tener otra pareja –o al menos una pareja significativa y formal- por lo que atribuye a la relación de amantes su apuesta principal y me limitaré en este momento a describir la experiencia del tercero cuya única pareja es su amante y consolida con su presencia la relación triangular.

Sobra decir que, si bien puede ser un hombre o una mujer quien ocupe este lugar, la mayoría de las personas que se colocan en esta posición del triángulo son mujeres. Más que analizar, me limitaré a mencionar solo algunos factores que lo promueven:

  • Los hombres, en una sociedad patriarcal, se atribuyen el derecho de estar con más de una mujer.
  • Un hombre con muchas mujeres es celebrado; una mujer con varios hombres es sencillamente una “cualquiera”, una puta.
  • Las mujeres en general estamos más dispuestas a privilegiar las necesidades de los demás sobre las propias, por tanto hay amantes mujeres que no solo ponen en segundo lugar sus deseos e intereses, sino que además “comprenden” y acompañan a sus amantes en la “penosa” vivencia de sus matrimonios.
  • Las reales desventajas socio-económicas de muchas mujeres y que el amante con su simple “estar con ellas”  las confirme como mujeres y les de valor.
  • El territorio amoroso se ha convertido en un “mercado de oferta y demanda”,   y son más las mujeres deseosas de vincularse emocionalmente sea cual sea el costo.

Por supuesto que hay hombres que “sufren de amor” siendo los amantes de mujeres comprometidas en una relación matrimonial, pero es poco común que se limiten a ese vínculo. Es extraño también escuchar que una mujer que está comprometida con una pareja le pida “fidelidad” a su amante, situación que es extremadamente común cuando la amante es una mujer.

La mayoría de los amantes, aunque puede haber excepciones, albergan la fantasía de que “tarde o temprano” serán la pareja formal, y sufren en silencio el tener que vivir en la soledad y en la ocultación, y ese tercero en discordia tiene que afrontar una sensación de impotencia ante la poca maniobra de que goza para convivir con su amor. Con esto, los sentimientos de minusvalía y de resentimiento pueden ser la constante también: “¿cómo es que si tanto me amas no buscas terminar ‘aquello’ y quedarte aquí?”, “¿no soy suficiente como para que dejes todo por mí?”. El triángulo se caracteriza, además del engaño, por una especie de impotencia y sentido de condena.

Quizás uno de los retos centrales de la postura del amante, cuando la situación deviene en algo más lastimoso que gozoso, es analizar –más allá del amor que experimenta por su pareja– si quiere permanecer en el triángulo como elección consciente o por necesidad. Cualquier relación amorosa en la más “óptima” circunstancia tiene el riesgo de terminar; cuestionar si ésta relación ha llegado a su fin en tanto que resta más de lo que da es algo que el amante –cuando se siente más lastimado que enriquecido- tiene que valorar.

Si bien las relaciones triangulares rara vez surgen pro positivamente, la terminación de las mismas, con todas las dificultades que representen, sí puede ser una decisión; pocas cosas duelen tanto como perder un buen amor, pero cabe entonces hacerse la pregunta ¿esto que estoy viviendo puedo considerarlo un buen amor?