Cuando la violencia se mezcla con el “amor”

El noviazgo es una vinculación que se establece entre dos personas que se sienten atraídas mutuamente, donde hay emoción, ilusión y sentimientos compartidos. Es una oportunidad para conocerse, una etapa de experimentación y de búsqueda, con actividades, gustos y pensamientos en común. Puede ser un preámbulo para una relación duradera. Sin embargo, ¿qué pasa cuando en un noviazgo las cosas dejan de ser amorosas y comienzan a aparecer signos de violencia?

En nuestro país el 76 % de los mexicanos de entre 15 y 24 años con relaciones de pareja, han sufrido agresiones psicológicas, 15% han sido víctima de violencia física y 16 % han vivido al menos una experiencia de ataque sexual. (Datos obtenidos de la encuesta realizada por el Instituto Mexicano de la Juventud)

La violencia en el noviazgo es cualquier acto, palabra u omisión, que produce daño o lesión, mediante el cual una persona trata de doblegar o paralizar a su pareja. Su intención es dominar y someter ejerciendo el poder. La violencia no respeta los derechos humanos de la otra persona. Es una forma de abuso de poder y conlleva la intención de someter y dominar a otra persona, eliminando todos los obstáculos que puedan darse para el ejercicio de dicho poder.

En ocasiones la violencia tiene efectos claros y contundentes, como en el caso de los golpes. Otras veces puede ser sutil, escondida en palabras o silencios, disfrazada de “consejos” que denigran, descalifican o degradan a la persona: “Te he dicho muchas veces que no me interrumpas cuando hablo con mis amigos, nadie quiere oír las cosas que dices, lo digo por tu bien”, “calladita te ves más bonita”, “si te vistes así dirán que eres una mujer fácil”.

Contrario a lo que se dice popularmente, como cuando escuchamos que “si lo aguanta es porque le gusta”, está probado que la violencia es rechazada por TODAS las mujeres y TODOS los hombres que la viven.

La violencia se presenta en diferentes tipos:

  • Violencia Psicológica o Emocional: Enojos o desplantes por cosas insignificantes, menosprecio o humillación frente a otras personas, celos o sospecha de las amistades de la pareja, conductas posesivas, comentarios o palabras intimidantes, insultantes o denigrantes, impedir visitar a familiares o amistades, amenaza de golpes, amenazas con armas, amenazas de muerte a la víctima, a sus seres queridos o a sí mismo, etc.
  • Violencia Física: Conductas como empujar intencionalmente; jalonear; torcer el brazo; jalar el cabello; pegar con la mano abierta o con puño cerrado; patear; golpear con algún objeto; quemar con cualquier sustancia; intentar ahorcar o asfixiar; etc.
  • Violencia Económica: es toda acción u omisión que afecta la supervivencia económica de la víctima a través de imponer limitaciones encaminadas a controlar el ingreso de las percepciones económicas de persona, para dominarla o someterla, ya sea en el ambiente familiar, en el laboral o en cualquier otro.
  • Violencia Patrimonial: Quitar usar o destruir sus pertenencias en contra de su voluntad; retener o esconder documentos; maltratar mascotas o bienes muy queridos; heredar sólo a los hombres, etc.
  • Violencia Sexual: Violación; abuso sexual; manoseos o toqueteos sin consentimiento de la mujer; forzar a la pornografía, exhibicionismo o prostitución, etc.

La violencia puede ocurrir en cualquier momento de la relación, desde la primer cita, durante el noviazgo o al llevar varios años de casado. En la etapa de enamoramiento es más difícil dejar una relación violenta porque  pensamos que es algo transitorio que va a cambiar en cuanto avance.

Si en tu relación de pareja, seas hombre o mujer, notas una o más de las siguientes señales de abuso, ten cuidado, quizá es momento de alejarte de esa persona, o bien, tal vez debes acercarte a las autoridades competentes:

  • No te permite que que tengas amistades y te vigila constantemente.
  • Abusa del alcohol o drogas y te presiona para que las consuma.
  • Te pone en situaciones de riesgo cuando han discutido.
  • Te culpa de provocar su enojo.
  • Busca tener todo el control de la relación.
  • Controla tu forma de vestir.
  • Hagas lo que hagas se molesta contigo.
  • Te ha jaloneado, empujado o golpeado.
  • Con frecuencia te insulta y te culpa de sus problemas.
  • Te acusa de infidelidad.
  • Y tras todo esto… pide disculpas, te hace regalos y promete que todo cambiará.

La violencia cubierta bajo el “amor” resulta casi invisible. Los efectos y síntomas del maltrato durante el noviazgo son desconocidos para gran parte de las y los jóvenes mexicanos quienes, al carecer de información certera sobre la violencia y sus diferentes vertientes, confunden con muestras de afecto, conductas antisociales.

Las personas tenemos derecho a ser respetadas física, sexual y psicológicamente. Tenemos derecho a no ser humilladas, ridiculizadas o menospreciadas, ni en público ni en la intimidad. La violencia no es un juego. Hay que aprender –tanto jóvenes como adultos- a reconocerla, denunciarla y enfrentarla.

Hoy difícilmente podemos considerar al matrimonio “la tierra del amor…”. ¿Será que en algún momento sí lo fue? Averiguarlo nos requeriría entrar en un recorrido histórico para comprender cómo surgieron los primeros acuerdos conyugales y su evolución en el tiempo, pero eso es “otro cantar”. Mejor nos quedamos con la afirmación de Nicolás-Sebastien Roch quien dice que “El amor es más placentero que el matrimonio, por la misma razón que las novelas son más interesantes que la historia”.

El amor en términos generales es poco previsible y difícil de domesticar; la incertidumbre forma parte de él, esto contradice la creencia milenaria de que “el amor todo lo puede y todo lo soporta”. Sin embargo, la incertidumbre, que tanto malestar genera en la vida de pareja, es el único antídoto que previene el desgaste del deseo y de la pasión con el correr de los años; demasiada cercanía, demasiada seguridad, demasiado conocimiento, agotan el deseo y la pasión.

La contradicción inherente en la convivencia de una pareja, entre seguridad y novedad, nos obliga a reconocer las diferencias entre el escenario que el amor requiere para vivir y el escenario que necesita para sostenerse el matrimonio; si bien de algunos siglos para acá hemos intentado ponerlos a convivir en el mismo escenario,  ambos espacios  requieren condiciones diferentes para subsistir.

¿Cómo es que al amor se le dificulta florecer en el seno de la vida matrimonial? El amor y el matrimonio pertenecen a lógicas distintas:

  • El amor es una relación, como tal se genera en el intercambio y la convivencia de los amantes. El amor lo construyen las personas que integran ese intercambio y no se somete a normas preestablecidas ni a reglas fijas. El amor pertenece a una lógica basada en la libertad, el cambio y la novedad; requiere de la igualdad para subsistir: implica posiciones de poder y de oportunidades parecidas que eviten la dependencia de uno y otro amante y que posibiliten la libertad y el intercambio creativo de identidades.
  • Por su parte, el matrimonio es una institución y pertenece a una lógica social. Como toda institución está sometida a derechos y deberes: requiere normas claras, horarios y usos y costumbres aceptadas. El matrimonio generalmente implica convivencia domiciliaria: compartir el mismo techo, la misma mesa… y con ello, hijos, familias, pericos, hipotecas y demás. Como institución el matrimonio requiere certezas “totales”, una estructura clara –a veces desigual- con diferencias de roles, de actividades, de responsabilidades y funciones.

Es desde esta diferencia que podemos entender que el amor y el matrimonio requieren condiciones diferentes para existir y por eso tienden a ser antagónicos. Insistimos en que al hacer esta distinción no afirmamos que uno sea mejor que el otro, simplemente hacemos notar que son diferentes y que a veces damos por sentado que se cultivan en el mismo espacio y de la misma forma.

De aquí que no sea poco común encontrar parejas que se casaron enamoradas y convencidas de la elección que hicieron, y al paso del tiempo se les “agotó el amor”. Desde el planteamiento hecho aquí, se puede observar que el resultado del desencanto, el aburrimiento y a veces incluso la aparición de la violencia, no sólo tiene que ver con el correr del tiempo, sino también con el caracter de cada uno de los miembros de la pareja o la mala resolución de los conflictos. En una ruptura amorosa también entra en juego la invisibilidad de esa dificultad de hacer crecer y permanecer el deseo, lo erótico y el amor en sí, en un territorio tan doméstico y rutinario, difícil de reconstruir y modificar.

Los cónyuges reconocen pocas veces el mecanismo institucional en que se encuentran y las consecuencias de dejarse atrapar por lo que marca y señala el “deber ser” del orden social. De este modo la pareja se convence fácilmente de que sus problemas maritales se deben a una disfunción “interna”, a una falta de amor o a la presencia de un tercero.

Llegados a ese punto, la pareja convertida en institución matrimonial trata de capotear su realidad con dos estrategias distintas, ambas destructivas: se deja influir en extremo por el ambiente que le rodea, introduciendo un exceso de amigos, familia, etcétera; o bien se encierra en sí misma por temor a perderse, exigiendo que el otro satisfaga todas sus necesidades.  En ambos casos lo que se sacrifica es el amor, ya que la verdadera satisfacción de los amantes se da a través de la riqueza de su relación, dentro del mundo, sí, pero en un sentido, al margen del mundo también.  Estar en el mundo, sin perderse en él, entrando y saliendo, adaptándose y desafiándolo, sería la manera de hacer sobrevivir el amor.

Cuando el amor se mantiene vivo, la relación de pareja tiene para los amantes más importancia que el entorno social; esto se deja ver a la hora de dedicar tiempo, energía y motivación a algo claramente doméstico, más convencional o básicamente productivo, lo cual siempre pesa más que el encuentro amoroso mismo. Por el contrario, las parejas ya empobrecidas en su interioridad, se llenan de ruido para evitar el vació que se impone a la hora del encuentro mutuo.

Siempre es importante que ambos miembros de la pareja sientan que su relación es fructífera, que abre puertas nuevas y les permite seguir creciendo, teniendo una buena vida. Es básico intentar cosas nuevas si lo que deseamos es mantener a flote esa barca, difícil de conducir pero que puede ser bella, que es el matrimonio.

El amor crece en la presencia pero el deseo requiere la ausencia… binomio difícil, pero posible de conjugar…

“Aunque el casamiento es ratonera, nadie quiere quedarse afuera”

 Antropología de la relación de pareja

Nos hemos construido como la especie que somos a lo largo de millones de años gracias a la evolución de nuestra sexualidad. Si nos situamos en el África Ecuatorial hace una buena cantidad de miles de años, y sin saber a ciencia cierta por qué razones, un tipo de primates “decidieron” bajar al suelo. Y estando abajo, ¿qué es lo primero que vieron? ¡Nada! Vieron que su postura cuadrúpeda con la crecida altura de la hierba les impedía la visibilidad. Es al bajar de los árboles que inició la transformación de su estructura ósea con la finalidad de poder andar erguidos. La postura bípeda fue un avance muy práctico pues liberó sus manos, facilitó la recolección, y permitió explorar los espacios con más seguridad, entre otras cosas.

Pero las ventajas de convertirse en bípedos tuvo sus desventajas mecánicas. Particularmente con la postura erguida las vísceras hacen peso sobre la pelvis, la cual obliga a que sus huesos se cierren para evitar la caída gravitatoria de las mismas. Al estrecharse la pelvis, el canal del parto se hace necesariamente más angosto lo cual repercute en la salida de los nuevos críos gestados. Simultáneamente, aumenta la masa cerebral y en consecuencial aumenta el tamaño del cráneo. Ambas cosas hacen que los seres humanos tengan que nacer antes de lo que sería lógico para un mayor estado de madurez fisiológica y cerebral, de otro modo no cabrían por el canal de parto, naciendo así muy inmaduros en comparación con otras especies y necesitando muchos más cuidados durante un periodo prolongado de tiempo.

La larga época de crianza que deriva de esto tiene varias consecuencias: se hace más prolongado el intercambio entre el infante y los progenitores quienes le van a trasmitir más información por la cercanía que mantienen que por los genes que le heredan; la herencia cultural adquiere por tanto un importante papel sobre la herencia biológica. Por otro lado, la hembra va a requerir de cierta protección y seguridad mientras se lleva a cabo la compleja y prolongada crianza.

El estar erguidos también lleva a los seres humanos a tener sexo cara a cara, se comienza a sentir gusto por unos más que por otros, el periodo de celo desaparece en la hembra humana, lo cual hace que los intercambios sexuales sean frecuentes y no con el solo fin de la reproducción. Pareciera que ese incipiente emparejamiento cumple la doble función de disfrute y de cuidado al crío. La dimensión básica de la sexualidad es así la plataforma para la generación de vínculos: la presencia del otro, el contacto físico, la cercanía, lo social, los conflictos, las envidias, y el amor como fenómeno, empiezan a aparecer como propio de lo humano.

¿Pero hoy? ¿Seguimos hechos para vivir en pareja?

Sí y no…

Somos no solo seres biológicos, también somos seres culturales y todos los cambios vividos nos hacen desear en mayor y menor grado una vida compartida.

Somos seres relacionales… Sí, ¿pero necesariamente seres que necesitan una pareja para subsistir? No…

Marie France Yrigoyen en su libro Las Nuevas Soledades nos dice que hoy, los seres humanos hemos de aprender a vivir temporadas acompañadas y temporadas en soledad.

¿Por qué?

Porque las condiciones sociales han cambiado: antes era imposible sobrevivir, producir y reproducirse si no era en pareja y familia. Hoy en un mundo individualizado, con avances científicos y tecnológicos, la vida unipersonal es posible.

Ya no se necesita matrimonio como transición a la adultez, paquete en el que se obtenía sexo, libertad, hijos. Se puede tener sexo sin hijos, pareja sin matrimonio, matrimonio sin hijos, hijos sin sexo, etc. Aun así se privilegia la vida en pareja, por eso cabe la pregunta, ¿por qué quiero tener pareja?

La gente que busca frenéticamente una pereja ¡No la encuentra! La espanta…

Razones para NO tener pareja:

Si bien la vida de a dos ha de sumar a las posibilidades de vida y de satisfacción, hay indicios que no llevarán esta elección a buen puerto.

  • Para que no me sienta “raro” o “rara”
  • Para dar gusto a alguien: mis papás, hermanos.
  • Para poder accesar a ciertos espacios (generalmente muy conservadores)
  • Para tener hijos. O para que mis hijos tengan un padre o una pareja.
  • Para que me mantengan.
  • Para tener una vida sexual satisfactoria. Y para no contraer enfermedades sexuales.
  • Para sentirme completo.

Hoy la vida en pareja genera sentimientos ambivalentes: queremos sentirnos acompañados, pero no perder libertad, queremos estar con alguien pero dudamos que ese alguien sea la mejor elección…

Nuevos acuerdos amorosos

Saber que hoy se pueden vivir diversos acuerdos que nos acompañen en la vida, amorosos o amistosos, sexuales o no, incluyendo con periodos de soledad y aprendiendo a vivir en ella, es la posibilidad de construir amores suficientemente buenos. Además, desmitificar la vida en pareja como única opción de vida válida, es una realidad que se va imponiendo.

“Una cuerda triple no se rompe con facilidad”

Eclesiastés

Hablar de los triángulos amorosos se ha convertido en un tema central cuando exploramos el territorio del amor y sus dilemas. ¡Y qué decir de las consultas terapéuticas -y los “deschongues” de pasillo-, efecto del descubrimiento de una relación extraconyugal!

Para empezar, busco dejar fuera del concepto “triángulo” todas las “canas al aire”, esas noches de copas que si bien involucran actividad erótica y sexual, carecen de contenido emocional. Dejo fuera también esas infidelidades o “aventurillas” cibernéticas que nunca se llevan a cabo “en vivo y a todo color” y que muchas veces son muestras del miedo a la afectividad y a la cercanía emocional que vivimos en esta era postmoderna. Y por último, dejo fuera aquellas patanerías sostenidas que más que constituir un triángulo de amor significan un sin fin de abusos y maltratos.

Al hablar de triángulo amoroso me refiero a una relación entre dos personas, con exclusión del cónyuge de uno de ellos que incluye compromiso emocional y/o sexual, y que tiene repercusiones en la vida de todos los involucrados, a nivel psicológico y social principalmente. En un triángulo amoroso se sostiene –consciente o inconscientemente- un vínculo de fuertes efectos emocionales y/o sexuales; también, se está rompiendo un acuerdo de exclusividad unilateral de cualquier tipo.

Cabe recalcar que un triángulo amoroso no se define ni por su duración ni por su intensidad, sino por el equilibrio personal, de pareja y grupal que aporta, de manera consciente o inconsciente, deseada o rechazada, a quienes los conforman.

La existencia de las relaciones triangulares nos confirma que los seres humanos no escapamos a ellas aun con la tradición judeocristiana intentándonos educar en la creencia del amor exclusivo y total (y expulsándonos del territorio del “amor verdadero” si no  logramos este). Ni qué decir del señalamiento de ser “malas” o defectuosas personas; insensibles, egoístas e internamente divididas en caso de incurrir en esta contradicción que no se queda en el campo de las relaciones.

Nuestra posibilidad de ser seres multifacéticos y complejos nos impide colmarnos en un proyecto de trabajo único, un único hobbie, en un solo corazón y con un solo cuerpo. Es curioso cómo entender esta triangulación en territorios no amorosos puede ser más o menos sencillo, pero en la comarca del amor se complican las cosas en tanto que el “mito de la exclusividad sexual”, ante la infinidad de variaciones que ha sufrido la vida de pareja en el último siglo, parece ser lo “único” que se conserva como propio y como signo de genuino compromiso.

Sin que me guste el término del “triángulo amoroso”, por el efecto moral denigratorio que contiene – al igual que la palabra traición o infidelidad –, y sin otro término que utilizar por el momento,  me parece importante conocer las posiciones de cada uno de los actores del mismo para poder identificar su subjetividad así como los retos que a cada uno le toca enfrentar.

Poco se habla de la posición del amante cuanto más se le nombra con apodos denigrantes y se le embiste con señalamientos acusadores y juicios morales: “esa puta”, “el pendejo aquel”, “la vieja esa”, “claro, la embaucó a ver qué le saca”, “pinche gata quién se cree”.

Me referiré aquí al amante que asume ese rol “en solitario”, es decir,  sin tener otra pareja –o al menos una pareja significativa y formal- por lo que atribuye a la relación de amantes su apuesta principal y me limitaré en este momento a describir la experiencia del tercero cuya única pareja es su amante y consolida con su presencia la relación triangular.

Sobra decir que, si bien puede ser un hombre o una mujer quien ocupe este lugar, la mayoría de las personas que se colocan en esta posición del triángulo son mujeres. Más que analizar, me limitaré a mencionar solo algunos factores que lo promueven:

  • Los hombres, en una sociedad patriarcal, se atribuyen el derecho de estar con más de una mujer.
  • Un hombre con muchas mujeres es celebrado; una mujer con varios hombres es sencillamente una “cualquiera”, una puta.
  • Las mujeres en general estamos más dispuestas a privilegiar las necesidades de los demás sobre las propias, por tanto hay amantes mujeres que no solo ponen en segundo lugar sus deseos e intereses, sino que además “comprenden” y acompañan a sus amantes en la “penosa” vivencia de sus matrimonios.
  • Las reales desventajas socio-económicas de muchas mujeres y que el amante con su simple “estar con ellas”  las confirme como mujeres y les de valor.
  • El territorio amoroso se ha convertido en un “mercado de oferta y demanda”,   y son más las mujeres deseosas de vincularse emocionalmente sea cual sea el costo.

Por supuesto que hay hombres que “sufren de amor” siendo los amantes de mujeres comprometidas en una relación matrimonial, pero es poco común que se limiten a ese vínculo. Es extraño también escuchar que una mujer que está comprometida con una pareja le pida “fidelidad” a su amante, situación que es extremadamente común cuando la amante es una mujer.

La mayoría de los amantes, aunque puede haber excepciones, albergan la fantasía de que “tarde o temprano” serán la pareja formal, y sufren en silencio el tener que vivir en la soledad y en la ocultación, y ese tercero en discordia tiene que afrontar una sensación de impotencia ante la poca maniobra de que goza para convivir con su amor. Con esto, los sentimientos de minusvalía y de resentimiento pueden ser la constante también: “¿cómo es que si tanto me amas no buscas terminar ‘aquello’ y quedarte aquí?”, “¿no soy suficiente como para que dejes todo por mí?”. El triángulo se caracteriza, además del engaño, por una especie de impotencia y sentido de condena.

Quizás uno de los retos centrales de la postura del amante, cuando la situación deviene en algo más lastimoso que gozoso, es analizar –más allá del amor que experimenta por su pareja– si quiere permanecer en el triángulo como elección consciente o por necesidad. Cualquier relación amorosa en la más “óptima” circunstancia tiene el riesgo de terminar; cuestionar si ésta relación ha llegado a su fin en tanto que resta más de lo que da es algo que el amante –cuando se siente más lastimado que enriquecido- tiene que valorar.

Si bien las relaciones triangulares rara vez surgen pro positivamente, la terminación de las mismas, con todas las dificultades que representen, sí puede ser una decisión; pocas cosas duelen tanto como perder un buen amor, pero cabe entonces hacerse la pregunta ¿esto que estoy viviendo puedo considerarlo un buen amor?

Es un error pensar que nuestro amor o esfuerzo puede cambiar a la otra persona.Las parejas cuando no entendemos la naturaleza de los conflictos y no sabemos manejarlos, nos empeñamos en cambiar al otro

Pero nos evitaríamos muchos problemas si:

  • – Tuviéramos claro lo que NO queremos de una pareja
  • – Hiciéramos una mejor elección de la pareja

Hay conflictos de pareja que tienen solución y conflictos que no tienen solución.

  • ¿En qué se distinguen?
  • ¿Cómo se resuelven o manejan?
Caminos inadecuados para le resolución de conflictos:
  • Hacer más de lo mismo y esperar resultados diferentes.
  • Puntualizar: Explicación de cómo son las cosas y cómo deben ser para que funcionen mejor.
  • Recriminar: Puntualizar las culpas del otro, aunque sean legítimas, produce rebeldía. Sentirse cuestionado y condenado genera reacciones de rabia.
  • Echar en cara: Acto comunicativo que induce a exacerbar en vez de reducir aquello que se quisiera corregir. Utilizar un lenguaje jurídico legal en el ámbito de las relaciones afectivas. Estrategia de victimismo: ser acusados de haberle hecho sufrir con nuestras acciones.
  • Sermonear: Proponer aquello que es justo o injusto a nivel moral y así examinar y criticar el comportamiento ajeno. Estrategia de “predicación” como ámbito moral y religioso.
  • “Lo hago por ti”: Sacrificio unidireccional que obliga al otro a recibir algo de un “generoso altruista” que le hace sentirse inferior y en deuda.
  • Estuvo bien, pero... pudo ser mejor.
  • ¡Te lo dije!
Mejores opciones para un diálogo estratégico:
  • Distinguir la naturaleza del problema
  • Preguntar antes que afirmar
  • Parafrasear antes que sentenciar. Pasar de la competencia a la colaboración
  • Evocar antes que explicar. Tocar las cuerdas emotivas del otro antes que convencerlo. Pasar de lo lógico a algo más sensorial (Ejemplo de comparaciones y metáforas)
  • Actuar antes que pensar: No basta entender, hay que actuar diferente.

El cambio es un proceso, no un evento. Y se cambia solo cuando se quiere cambiar: Nadie puede cambiar al otro.

  • En las relaciones afectivas más que los contenidos de nuestra comunicación cuentan los mensajes emocionales que se derivan de la manera de comunicar. Aun cuando tenga las mejores intenciones produce el efecto contrario. Por lo tanto el problema no nace como consecuencia de las ideas o intenciones de la persona sino por las formas de comunicación que se llevan a cabo que modelan el contenido de las declaraciones
  • Mientras más rígido me vuelvo en mis convicciones más incremento la posibilidad de discusión con el otro. . Además no existe la “verdad absoluta” o lo “definitivamente correcto” pues la misma cosa percibida desde puntos de vista diferentes, cambia.
  • Dialogo significa intercambio de inteligencias, encuentro de dos inteligencias. Cualquier interacción entre dos personas, se quiera o no, consciente o inconscientemente, representa un proceso de influencia recíproca. El lenguaje persuasivo más que manipulación ayuda a lograr un acuerdo. No es manipulación sino conjunción interactiva.

Esta forma de conversar  es una competencia relacional y al mismo tiempo una iniciación personal a la propia mejora. Ya que las personas mientras se comunican se cambian y se modelan recíprocamente. No infravaloremos por tanto la importancia social del dialogar constructivamente.

  • Si al dialogar nos ponemos en la perspectiva del otro hasta creerla razonable nos entrenamos en la tolerancia y el respecto ajeno.
  • Si nos habituamos a ver las cosas desde perspectivas diferentes, nos entrenamos en la elasticidad mental.
  • Si nos ejercitamos en asumir una actitud agradable en las relaciones, se forma la capacidad de controlar nuestras reacciones impulsivas.
  • Si nos esforzamos en utilizar un lenguaje enriquecido pro imágenes evocadores, se alimenta nuestra creatividad.
  • Si usamos el dialogo estratégico nos construimos nosotros mismos en la forma que es la propia de dialogo la colaboración y el acuerdo.
  • Es mejorarnos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea…

Te odio,

Amor mío…

“Te querré siempre, y de no lograrlo – o de conseguirlo a medias -, te amaré y te odiaré por toda la eternidad”. A veces lo que prevalece en las relaciones de pareja no es el buen amor, sino la unión perenne, la permanencia a fuerzas y el pegoteo fatigoso. ¿Que esto te lleva a sufrir? Sí. ¿Que una vida de pareja así se puede gozar? Muy a ratos. ¿Que el verdadero amor es siempre felicidad? No. Pero hay de casos a casos: pienso, sólo para poner un ejemplo, en la inagotable relación de Mariana y Pablo – ambos profesionistas, cuarentones, y extrovertidos – quienes llevan viviendo juntos más de 12 años, y pasan de las más largas discusiones nocturnas, (con reclamos, llantos, desvelos) a la más apasionada encamada con queso, champagne y amanecer de cuerpos trenzados sobre el sillón de suede que han puesto en el salón recibidor. Pero ahora no hablaremos de ellos.

No hay duda que al inicio de cualquier relación amorosa mostramos nuestro lado más amable, a veces por temor a desilusionar a nuestra pareja, pero comúnmente como “paquete incluido” del enamoramiento que exalta de forma natural nuestras mejores actitudes y nuestros más loables sentimientos. La idealización mutua permite que el otro tome -de eso que dejamos a la luz- lo que necesita su propio ego enamorado, logrando así un “sube y baja” de gozos, suspiros y encantos, que facilitan el inicio de una relación.

Pero el tiempo va haciendo su tarea y los deberes y la convivencia continua –cuando no un hijo, una suegra o el pago de la hipoteca- desvanecen el idilio del comienzo y van poniendo al enamoramiento su punto final: donde lo que era pura alegría y cuidado mutuo, empieza a filtrarse el desencanto, el resentimiento y la frustración.

Esto es propio de toda pareja que transita el encanto del engolosinamiento mutuo, pero en el trayecto amoroso algunos llegan a edificar una relación que vale la pena y otros descubren, con menor o mayor frustración, que la pareja no marcha y que se aproxima la fecha de caducidad de la relación. En esta encrucijada hay quienes dan gracias por lo vivido y no sin cierto dolor terminan lo iniciado; pero existen algunos que se empeñan en recuperar a toda costa la gratificación del “papaloteo” inicial y en sostener de cualquier modo la relación.

Se puede amar y odiar al mismo tiempo.

 El mundo afectivo se caracteriza por integrar una diversidad de emociones y sentimientos. Las emociones son un “radar” que capta los estímulos exteriores en el cuerpo, son reacciones básicas de supervivencia, mientras que los sentimientos pertenecen a la mente y dan cuenta del significado que damos a lo que acontece en nuestro entorno con base en un sistema de creencias familiar y cultural.

Nuestra estructura psíquica nos permite experimentar al mismo tiempo una gama contradictoria de afectos. Esta experiencia se torna compleja en tanto que la cultura ha categorizado las emociones como “buenas y malas” dependiendo del efecto placentero o desagradable que produce en nosotros y en los demás. Es por esto que como personas “civilizadas” nos hemos dado a la tarea de acallar aquellas experiencias afectivas que son “negativas”, capotearlas “como vayamos pudiendo” y mostrar sólo los sentimientos “lucidores y agradables”.

Cabe aclarar –por si queda alguna duda – que sentir lo que sea que sintamos no es ni bueno ni malo, de hecho son las acciones realizadas con dichos sentimientos las que sí conllevan un atributo moral. La vivencia de un espectro diverso y contradictorio de  afectos no es en sí un “problema” (si bien esta experiencia sostenida en el tiempo sí desgasta y confunde de manera particular), lo que sí complica su manejo es que su intensidad y frecuencia te lleven a reacciones y desmanes que tengan a la relación de pareja en una permanente “montaña rusa”. Una vida en común requiere de estabilidad, sensación de seguridad, frecuente disfrute y suficiente paz interior.

¿Qué caracteriza a las relaciones de amor y odio?

 Las relaciones de pareja son complicadas siempre, de eso no cabe duda. Las discusiones, los malos entendidos y las dificultades son parte de cualquier relación, incluso de las amistosas o familiares. Tal vez sin esta complejidad no las valoraríamos tanto: sacan una parte de nosotros que se esfuerza, que se compromete y que busca más. Pero, cuando el goce y solidez no se experimentan con suficiente frecuencia en un intercambio amoroso, podemos hablar ya de un problema y algunas parejas se niegan a cuestionar o a terminar la relación, generando roces permanentes y sentimientos ambivalentes que llevan al desgaste.

Son muchas las conductas y experiencias que caracterizan estos tortuosos intercambios “amorosos”:

  • Altas expectativas de que el otro satisfaga las propias carencias.
  • Intención frenética de que el otro me entienda y de que el otro cambie.
  • Incapacidad de tolerar la frustración que se genera ante la imposibilidad de lograrlo.
  • Intensidad emocional que lleva a experimentar todo lo que ocurre como algo “de vida o muerte” al tiempo que da una sensación de estar vivos y unidos.
  • Alto nivel pasional y con frecuencia una sexualidad compulsiva sin importar su calidad.
  • Dificultad para sostener por tiempo suficiente las negociaciones acordadas.
  • Discusiones cada vez más frecuentes e intensas, así como dificultad para detenerlas.
  • Deseo de fusión que se ve frustrado y ansiedad ante la distancia del amado.
  • Atrapamiento ante la imposibilidad de dejar al otro.
  • Miedo de perder a la pareja.

Estas particularidades –que si bien se dejan sentir de manera tenue en cualquier relación amorosa- dan una sensación de equilibrio precario en las relaciones de amor y odio: alternándose momentos de cierto alivio y entusiasmo (cuando la pareja muestra interés y cercanía) y de ansiedad y furia (cuando se ven frustrados los propios deseos y necesidades). Una lucha permanente entre amor/comunión y odio/frustración.

¿Qué personas son más proclives a construir este tipo de interacciones?

 Si bien todos  experimentar cierto grado de ambivalencia hacia una persona –hijos, padres, amigos, pareja-, algunas personas son más propensas a construir relaciones amorosas teñidas por esta permanente oscilación. Mencionemos diversos factores que predisponen a intercambios de amor-odio:

– Características temperamentales personales: sujetos que tienen personalidades intensas y tienden a experimentar vehementemente los sentimientos. Estas personas son particularmente sensibles a los estímulos del medio en general y a las señales que da su pareja en relación a ellas en particular. Hay quienes, además,  tienden -por su estructura de carácter- a fluctuar con mayor facilidad de estados de ánimo, lo cual acentúa la ambivalencia natural de toda relación. Con frecuencia estas personalidades son impulsivas y les cuesta trabajo reflexionar sobre el sentimiento que experimentan, actuando de manera casi automática como reacción a sus emociones básicas.

Es importante señalar que existen patologías bien descritas que generan específicas dificultades para cualquier interacción social y que –en caso de no ser tratadas adecuadamente-  dificultan o bien imposibilitan la construcción de relaciones estables. Podemos mencionar entre otras los trastornos limítrofes, el trastorno bipolar en todas sus variantes, el trastorno narcisista de la personalidad, entre otros, los cuales rebasan las complejidades de un temperamento intenso y hacen no sólo complicada sino sumamente lastimosa una relación.

– Dependencia emocional: en ocasiones la intensidad conductual, más que ser producto de un temperamento como el descrito, da cuenta de una cualidad personal de necesidad y apego. Personalidades con apegos infantiles ansiosos o inseguros, es decir, personas que en su infancia fueron criadas por cuidadores o padres que no pudieron hacerles sentir confianza, que los atendían pero al mismo tiempo expresaban ambivalencia en el afecto que sentían por ellas, personas que se sintieron siempre amenazadas de ser abandonadas, o bien fueron abandonadas de hecho. Tienden a tener dificultad para sentirse seguras y confiar en su pareja, demandando que las confirmen en exceso y apegándose enfermizamente para adquirir certeza en la relación.

El miedo perenne a la pérdida lleva a la desconfianza constante, al chantaje emocional, a la manipulación, las culpas y las acusaciones perennes, generándose como efecto la contradicción entre la necesidad de la presencia amorosa que genera una sensación de bienestar (“amor”) y la frustración de nunca lograrlo en su totalidad (“odio”).

 – Creencias idealizadas sobre el amor: mucho daño nos ha hecho pensar que el amor todo lo puede y todo lo soporta. Las ideas románticas sobre la experiencia amorosa como sentimiento sublime, siempre grato, lleno de entrega incondicional, hace poner en la persona amada excesivas expectativas de satisfacción personal. El amor humano es limitado, más en una época en que la vida individual y el desarrollo personal son la constante de una sociedad que promueve y requiere de personas autónomas (con carreras profesionales propias, posibilidades de movilidad dada las necesidades del mercado, capacidad de autonomía física y emocional). A esto suma el impacto de un mundo posmoderno en el que no existen verdades absolutas ni modelos únicos de vida, lo cual en el plano amoroso se refleja en la búsqueda de esquemas de pareja únicos – tejiendo a punta de “acierto y error” – que más favorezcan la funcionalidad de cada relación particular.

Quizás la idea de “para siempre” a costa de lo que sea es una de las más dañinas en la vida amorosa. Lograr una relación para toda la vida pueda traer bienestar y seguridad a algunas parejas, pero si el costo de lograrlo va en detrimento de la integridad personal y de la fluidez de la relación, habría que cuestionar tal intención.

Presos de una cultura que favorece la fantasía del amor total, sospechamos que las personas que se relacionan de manera equilibrada, pausada y respetuosa, no se quieren ni se importan de verdad; pareciera que la madurez emocional y la autonomía se consideran egoísmo, indiferencia o falta de sensibilidad por la pareja. Hoy, el amor no puede ser “el único proyecto de la vida” como antes lo era, sobre todo en el caso de las mujeres que no tenían otra forma de sobrevivir. Es por ello necesario construir proyectos personales satisfactorios a los cuales la vida de pareja se sume, pero sin esperar de ella todo el sentido de vida y la  única fuente de realización personal.

– Influencia familiar: la forma en que entablamos relaciones – ya sea por elección, reacción o imitación – tiene que ver con la forma en que fuimos criados en nuestra familia de origen. Lo que vivimos en casa en nuestros primeros años de vida deja una impronta que nos hace sentir “en casa” con cierto tipo de intercambios e interacciones. Tendemos a repetir patrones aprendidos en la infancia y a establecer relaciones similares a las que vivimos con nuestros cuidadores primarios.

Si tenemos conciencia de que nuestros padres normalizaban las relaciones de amor-odio, es probable que consideremos que tal forma de vincularnos es normal y minimicemos el desgaste que produce; incluso podemos creer que no tener ese tipo de convivencia es por falta de verdadero amor. Desafiar las historias y pautas de conducta de nuestros ancestros es condición indispensable para la autonomía personal, la madurez emocional y la mejor elección de pareja.

– Contexto de cierto aislamiento o de recuperación: generalmente atribuimos a nuestra historia y a nuestro carácter las razones de nuestros apegos extremos y, sin duda, como lo hemos dicho, sí hay algo de eso. Sin embargo hay situaciones particulares y contextos en los que las relaciones amorosas son sustentos de “sobrevivencia” que permiten hacer transiciones importantes en la vida: experiencias de inmigración, de enfermedad, de duelos lastimosos. ¿Cómo criticar elecciones que permiten atravesar momentos de crisis como los mencionados? Quizás lo cuestionable es sostenerlas cuando la crisis ha pasado y la pareja está lista para decir adiós.

Los seres humanos hemos devenido en la especie que somos gracias a nuestra naturaleza gregaria y a nuestra capacidad solidaria. Sin duda la vida de pareja antaño tenía más que ver con la reproducción, producción y sobrevivencia que con el amor. Hoy, dos personas inicialmente unidas por el atractivo mutuo, el gusto por estar con el otro y el amor, pueden poco a poco y sin dar cuenta, construir agendas diferentes, emergidas de necesidades y momentos particulares en la vida de cada uno. Pasado el tiempo, estas agendas requerirán de la pareja o una actualización de la relación (de ser posible) o un agradecer lo vivido y un buen adiós.

Amor o adicción

¿Por qué es tan difícil romper las relaciones de amor y odio? Quizás a estas alturas de la lectura te darás cuenta que la complejidad de estos vínculos no hace tan sencilla su disolución. Muchas personas – como Mariana y Pablo a quienes citamos iniciando este texto – vienen a mi consultorio por problemas resultantes de una relación amor/odio extrema; es común escucharlas decir “me estoy ahogando en esta convivencia pero sin ella no podría vivir”, “una parte de mí sabe que no puedo seguir así pero no sé como terminarlo”.

El apego excesivo – como le llama Walter Riso, psicólogo de origen italiano especialista en Terapia Cognitiva – impide la creación de amores constructivos. Siguiendo a Riso, pienso que este tipo de vínculos genera una especie de adicción afectiva que tiene efectos potentes en la “subida y bajada” de las emociones experimentadas por las personas. La presencia del otro, “sustancia adictiva”, da una temporal sensación de plenitud existencial o de sobrevivencia en situaciones de carencia y reto extremo.

Los factores mencionados con anterioridad de alguna manera se entretejen y, a mayor presencia de ellos, mayor dificultad para soltar una relación contradictoria y desdichada. De la ternura a la agresión puede haber una distancia pequeña cuando se vive en esta ambivalencia y si bien la pareja aporta algún sentido a la vida, las interacciones fluctuantes sostenidas llevan al cansancio, a la desesperación y en muchos casos a la violencia.

¿Sobrevivencia o violencia?

 En ocasiones este tipo de relaciones se tornan violentas ante la imposibilidad de sostenerlas constructivamente o de terminarlas de forma civilizada. Cuando la gracia de cierta intensidad emocional se transforma en desgracia relacional, pueden aparecer episodios abusivos: desde indiferencia, burlas e ironías, hasta maltrato emocional y físico. Sobra decir que sostener en el tiempo un amor de este tipo no sólo impide la comunicación y el disfrute mutuo, sino que termina minando la libertad e igualdad para dar entrada a la posesión, el control, la amenaza, los celos, la asfixia, el empobrecimiento para ambos, todos efectos del trato violento.

La situación se complica cuando el equilibrio del poder en la pareja se pierde o bien nunca ha existido: la persona que tiene más privilegios – ya sea económicos, educativos, sociales, de género – tendrá mayor posibilidad de someter a la otra, quien se sentirá en desventaja de resistir el embate e, incluso, de dejar la relación. Lo que un día fue amor puede transformarse en un apego traumático matizado de indefensión y temor a la represalia ante la huida. De hecho quien tiene más poder en la relación puede hacer creer al miembro con menos prerrogativas que sus deseos, intereses o necesidades, o no tienen importancia o no podrán ser satisfechas fuera de la relación. Eso cuando no está la franca amenaza a su integridad física o mental si decide abandonar el vínculo.

Huir o perseverar

 ¿Cómo saber si la relación es suficientemente mala para terminarla o bien hay algo que hacer aún por ella? Existen indicadores que dan cuenta de que una relación aporta más estrés que bienestar:

  1. Empiezas a dudar de las percepciones que tienes en relación a lo que pasa en tu vida de pareja.
  2. Tienes más momentos de estrés que de tranquilidad.
  3. La relación amorosa te cierra más opciones –sociales, de intereses, de diversión, de trabajo, de aprendizaje- de las que te abre.
  4. Comienzas a creer que eres tú el único culpable de lo que pasa.
  5. Los sentimientos de ternura hacia el otro se tornan cada vez más en deseos de revancha, incluso de venganza.
  6. Confundes los actos abusivos del otro –controlar, perseguir, aleccionar, cuestionar, celar- con actos de cuidado e interés hacia ti.
  7. Son cada vez menos los momentos de disfrute con tu pareja.
  8. Tus sueños e intereses se ven truncados, pospuestos o imposibilitados.
  9. Te sientes más débil, cansado y limitado que al inicio de tu relación.
  10. Las interacciones con tu pareja te hacen sentir infantil e inmaduro.

Si tienes 5 o más de los síntomas de los aquí mencionados será difícil lograr mejorar tu vida de pareja sin ayuda externa, más si tu pareja no está dispuesta a hacer la parte que le corresponde para transformar la interacción. Seguramente has hecho intentos diversos para salir de este círculo vicioso, no tiene caso que sigas haciendo más de lo mismo pues con ello, lejos de que ocurra algo diferente, incrementarás las recaídas. Las buenas relaciones son para disfrutarlas y las malas para terminarlas, así es que a buscar ayuda eficaz y darte un tiempo razonable para valorar el cambio, o “pajaritos a volar”.

           

 

 

Quizás uno de los temas más controvertidos en el territorio amoroso es el tema de la infidelidad. Cargada de un sabor a traición, humillación y abandono, las personas vivimos temiendo que nuestro amor, muestro amado, nuestro amante se líe sexualmente con alguien.

La fidelidad, en términos generales, se trata del cumplimiento de un acuerdo, la lealtad a una promesa realizada; de la fidelidad se derivan responsabilidades que no deberían ser incumplidas por ninguna de las partes; la exclusividad nos recuerda, quizá, a un contrato, a una especie de deber u obligación enmarcada en cuestiones legales.

Si, estando en una relación de pareja, tuviéramos garantías de no ser descubiertos, si no tuviéramos que dar nunca una explicación ¿desearíamos una vida sexual más variada? La respuesta sincera suele ser que sí.

 

Ahondemos un poco más en el tema, a través del siguiente video:

La fidelidad y la exclusividad, entonces, son un acuerdo pero no son lo mismo. Podemos concebir una relación fiel en la que se den relaciones extraconyugales y una relación infiel en la que estas no existan. Una vida de  pareja ha de ser capaz de expresar lo propio de las relaciones amorosas: mutualidad, fortaleza, unicidad e igualdad, pero lo que podemos o no hacer en relación a lo erótico y lo sexual, se define dependiendo del contrato amoroso que establezcamos.

Estos nuevos modelos amorosos no son fáciles de pactar ni de vivir, además, a más inmadurez personal y menos autonomía, más intensa es la sensación de miedo y humillación. Sin embargo, tampoco son fáciles las renuncias y represiones que a veces conlleva la vida monógama, y no solo eso, la pérdida del deseo que lo extremadamente doméstico y cerrado detona en la vida de la pareja.

Habría que preguntarnos, y responder con sinceridad ¿a qué somos fieles cuando somos fieles?:

¿Al pasado?, es decir, a la historia que hemos construido juntos a través de una sucesión de hechos y experiencias compartidas. A ese vínculo que queremos conservar, disfrutar, aumentar… Ningún valor puede construirse sin memoria -las relaciones amorosas la tienen-, ella es la que nos hace conectar el pasado con el presente y mantener un vínculo de compromiso.

¿Al presente?, a los deseos, intereses y valores que nos constituyen; a todo lo bueno, bello y verdadero de nuestra relación. A lo que hace que esté viva y continúe: la ternura, el deseo, el apego, lo cotidiano, un cierto enamoramiento, el compromiso…

¿O será que somos fieles al devenir de la relación en el futuro?, aun cuando ésta cambiará o terminará, reconociendo que siempre estaremos en la vida del otro y que el otro siempre será parte de nuestra vida, amando siempre el amor que nos tuvimos.

Recuerdo muy bien a un paciente cuyo motivo de consulta fue concreto y particular: “Doctora, recomiéndeme buena bibliografía para aprender a ligar”.

Roberto, tras un divorcio y tres intentos nada afortunados de acercarse a mujeres que le llamaban la atención, se dio a la tarea de “estudiar” sobre el asunto antes de volver a ponerse en circulación. Después de escuchar los relatos sobre sus intentos de acercamiento (unos regulares y otros ciertamente poco adecuados), le recomendé, para responder a su petición, dos librillos y le propuse unas cuantas sesiones para apoyarlo en su nueva faena.

“Doctora –insistía- es que eso de no ser guapo ya de entrada es una desventaja, agréguele mi timidez y las inseguridades que me dejó mi separación”.

Muchos de quienes terminamos una relación amorosa nos hemos sentido –como Roberto- en una situación similar, y algunos solteros establecidos que tienen ganas de emparejarse lo han experimentado también. Es que ligar es mucho más que conseguir que alguien llanamente se fije en ti o que se enamore como en cuento de hadas; es inclusive más que lograr una conquista para una buena noche debajo de las sábanas. Ligar es, a mi juicio, conseguir que alguien que te interesa se interese también por ti. Y para que eso suceda no hay fórmulas mágicas, ni secretos ocultos: es más una cuestión de práctica y autoconocimiento. “Se hace camino al andar”.

Esta época, como no es difícil notar, vive obsesionada con las relaciones amorosas, con gustar a los demás, con encajar, con pasar un buen rato. Vivimos vueltos locos por el sexo, por llamar la atención y por brillar. Todo lo anterior tiene su lado positivo, no lo niego, pero la condición humana no puede reducirse sólo a eso. Nos olvidamos que los otros no son sólo posibles parejas, posibles compañeros sexuales o seres que pueden ser cazados con una buena estrategia. Quizá devolver su imagen humana a los demás, como un otro que puede hacerme crecer y a quien puedo hacer crecer, es el primer paso antes de emprender cualquier tipo de relación.

Es por esto que resulta muy importante conocernos mejor, saber qué esperamos de los demás pero, sobre todo, tener claro quiénes somos y qué podemos aportar a los demás. ¡Alinea tus aspiraciones con tus posibilidades!, y de entrada sufrirás menos decepciones. Y es que eso de sentir que mereces más, tienes más y puedes más de lo que es en verdad, es el camino directo a la frustración. No se trata de que te conformes con cualquier encuentro como “premio de consolación”, pero sí de tener un justo conocimiento de tus alcances y  sobre todo de qué es lo que puedes ofrecer. A partir de eso podrás emparejar con personas con formas de vida, principios y perspectivas acordes con las tuyas.

Hay varios procedimientos para conseguir pareja: uno es la fascinación, sinónimo de parálisis, de dependencia, y a veces incluso de subordinación. Otro es la agresión, que no necesita sinónimos, y finalmente se abre el campo de la seducción. Para ligar hay que aprender a seducir.

La seducción es lograr que el otro se fije en mí, que se interese por mi y que de, una u otra manera, se vincule conmigo. Seduciendo logro introducirme en la vida del otro y así formar parte tanto de su memoria como de sus futuros deseos. Seducir no es sólo cuestión sensorial o sexual, es una forma de hacerte parte de la vida de alguien más.

Ligar en este sentido exige unas estrategias particulares: considerar que el otro es un ser único y hacerlo sentir como tal. Hacer del ligue un intercambio de ideas, de gustos y de intereses, poniendo sobre la mesa los tuyos e interesándote por los del otro también. Generar un ambiente de intimidad mostrando quién eres, sin develar de entrada todo de ti. Evitar la “victimización”, las frases trilladas donde expones cuán dura ha sido tu vida amorosa: ¡las víctimas mueven a la compasión más veces que al deseo! Poner límites suficientes para que el otro sepa que estás disponible y dispuesto, pero no a sus pies. Y sobre todo generar espacios de diversión, de juego, de disfrute, de placer…

Podrá sonar soso pero, después de todo, es mostrarte tal cual eres, no para “quedar bien” con alguien, sino para probar cuán agradable es el mutuo acercamiento. Al final, ¿cómo podría sostenerse una relación con alguien que no guste de quién eres genuinamente?

Y, por favor, ¡no finjas!, haz con tus verdaderas virtudes tu mayor campo de acción. Si no, como dice Geraldy: “Seducimos valiéndonos de mentiras y pretendemos ser amados por nosotros mismos”. Y esa es, no lo dudes, la maniobra menos efectiva.

Un engaño puede ser una bala directo al corazón o un rasguño, pero en cualquiera de los casos, es una herida que duele y debe ser atendida, pues la lucha entre la pasión y la razón puede destrozar todo a su alrededor.

Hablar de infidelidad es muy complejo, pues no podemos reducir un evento con tantos matices a un tema de “causa-efecto”, donde existen una víctima y un villano. No todas las infidelidades son iguales. Algunas parten de necesidades personales no satisfechas; en ocasiones son francos impulsos que permiten liberar ansiedad en etapas de transición o adaptación crítica; en otras, son síntomas claros de una relación en crisis.

Sin importar ante qué tipo de infidelidad nos encontremos ¿cómo puedes manejar lo negativo de su impacto y salir bien librado de su consecuente dolor? Los siguientes puntos pueden ser la guía que te ayude a enfrentar esta etapa, entendiendo primero que no a todos les afecta de la misma manera la infidelidad:

  1. Sal del shock inicial
. El descubrimiento de una infidelidad produce un efecto traumático que es preciso trabajar.
 De nada sirve actuar con violencia ni tomar decisiones precipitadas. La madurez emocional es fundamental para saber enfrentar situaciones impactantes.
  2. Restaura, paso a paso, la confianza.
 Aunque la situación es incómoda, desconcertante y dolorosa, la relación puede rescatarse.
 Llegado el momento, establece una comunicación abierta; no dejes que pase mucho tiempo. Si te atreves a preguntar lo que no debes, te arriesgas a escuchar lo que no quieres. No sirve hablar del amante ni buscarlo, ni mencionarlo a cada rato, ni comparar, pues esto genera más humillación y hostilidad e impide la recuperación.
  3. Experimenta el dolor.
 Confía en la recuperación y permítete sentir enojo, culpa, tristeza, miedo… todo. La infidelidad puede ser un parteaguas para mejorar la relación de pareja o, con mucha seguridad, una forma de conocerte mejor a ti mismo y crecer como individuo.
  4. Revisa tu relación.
 Evita etiquetarte en el papel de víctima o de villano; reflexiona en la parte que te toca, pues casi siempre es asunto de dos.
  5. Decídete por una buena relación o por una buena terminación.
 Si eliges continuar pero no puedes dejar de mencionar lo sucedido, es mejor poner distancia. Si optas por terminar la relación, el enojo y el rencor te facilitarán el alejamiento, pero no es la mejor manera de cerrar. Un final sin rencores y odios es una buena opción para volver a empezar en paz y, en caso de tener hijos, siempre será mejor para ellos.
  6. Trabaja en tu madurez personal.
 A mayor seguridad personal, menor impacto de la infidelidad, tan sencillo como eso. Recuerda que la infidelidad o la falta de lealtad no pueden resumirse en un simple “¿qué hice mal yo?”.

Recuerda que siempre que las cosas van más allá de lo que puedes manejar, es pertinente buscar ayuda profesional. Una infidelidad puede ser un momento de dolor profundo y cambios rotundos en la vida, pero saber enfrentarlo maduramente, con responsabilidad y calma puede ser la fórmula para que el dolor, si es que no es menor, al menos sea más transitable y, sobre todo, nos deje aprendizajes valiosos que van mucho más allá del trillado “no volver a tropezar con la misma piedra”.

Cuando el corazón da para más de uno…

Tradicionalmente se ha constreñido nuestra mirada sobre las relaciones erótico afectivas a moldes raros, penalizando en nosotros el deseo y el placer e idealizando románticamente el amor. Se nos han implantado, a partir de la constante repetición, infinidad de creencias, prejuicios y demás postulados instituidos por el orden económico y social, buscando evitar lo diferente, uniformándonos para que “marchemos” todos iguales y ordenaditos.

Pero los cambios sociales en general son cada vez más evidentes e ineludibles. Uno de esos cambios es la aparición del poliamor. Y digo aparición no por que sea algo nuevo, sino porque en últimos tiempos se ha puesto mayor atención a esta práctica.

El poliamor significa, básicamente, amor entre muchos pero, definitivamente, esto no significa orgías, tríos lúdicos contratados, ni intercambios de parejas. Todas estas prácticas son más bien expresiones transgresoras de la sexualidad costumbrista que algunas parejas incluyen en sus rituales sexuales de vez en vez para ponerles “sal y pimienta”. La poliamoría (como también suele llamársele) menos aún implica infidelidades sistemáticas o amantes clandestinos.

El poliamor hace referencia a relaciones abiertas consensuadas, en el entendido de que es posible amar, y mantener relaciones emocionales, íntimas o sexuales, con más de una persona y de forma duradera. Lo que predomina es el amor, no el sexo, si bien éste puede o no estar presente en el intercambio.

Como todo ideal, incluyendo la vida conyugal, la poliamoría es un acuerdo, una forma más socializada de amar que incluye prácticas honestas, responsables y éticas en el amor a varias personas al mismo tiempo. Quizás su desafío es la no posesión tan inflexible de las relaciones patriarcales que quieren hacer del cuerpo y del alma del otro una pertenencia propia. Alguno de los acuerdos poliamorosos existentes son:

  • Polifidelidad: acuerdos de fidelidad o exclusividad sexual entro los miembros que integral el grupo poliamoroso. Las relaciones amorosas y sexuales quedan confinadas al grupo definido, por tanto no se habla de un contrato con absoluta apertura sexual.
  • Poligamia: consistente en el acuerdo matrimonial con dos o más personas. Si quien tiene varias esposas es el varón se llama poligenia, y si lo es la mujer se llama poliandra.
  • Relaciones o matrimonios grupales: en este caso un grupo de 3 o más personas decide comprometerse en un matrimonio comunitario con convivencia domiciliaria y con responsabilidades comunes que incluyen la manutención del grupo, las responsabilidades doméstica y la crianza de los hijos.
  • Relaciones conexas: este acuerdo permite que cada persona tenga varias relaciones con diversos grados de importancias y acuerdos sin incluir la cohabitación.
  • Relaciones monopoliamorosas: consiste en la aceptación por mutuo acuerdo de los miembros de la pareja que sea sólo uno de ellos quien sostendrá relaciones conexas.
  • Clanes o tribus: este caso incluye redes complejas entre un grupo de personas con base en cuestiones culturales que permiten los intercambios amorosos entre sus miembros.

No hay normas fijas para vivir el poliamor. Si no las hay para vivir el matrimonio, si los acuerdos de dos relaciones de pareja nunca son iguales, la poliamoría tiene mucho camino aún por recorrer. Siguiendo esta idea, es necesario indicar que existen situaciones que, si no se consideran de antemano, llevan al fracaso rotundo y a la lastimadura de quienes participan en tal situación:

  • El autoengaño, por el cual, a pesar de la falta de amor, uno o ambos integrantes no se atreve a abandonar la pareja, permitiendo prácticas con las cuales, en el fondo, no está de acuerdo.
  • Mayor poder de alguno que presiona al otro para prácticas y relaciones compartidas.
  • Celos incontrolables.
  • Remitirse a la poliamoría como una especie de justificación ante una infidelidad descubierta.
  • Un temperamento extremadamente ansioso que requiere de certezas absolutas en las relaciones.
  • Atravesar una crisis de pareja, donde se piensa que con la poliamoría se va a solucionar un problema que tiene raíz en otro lado.
  • Demasiado apego a una vida “normal” basada en los convencionalismos sociales y la normatividad moral.

Sin una experiencia de vida, una madurez personal básica, un manejo adecuado de los celos, es imposible aceptar que la persona amada pueda amar a alguien más. Lograr ver a mi pareja como un sujeto que no me pertenece y no como un objeto que puedo poseer, manipular y controlar, ya es faena importante en muchas relaciones amorosas de a dos. Este reto se incrementa en las relaciones poliamorosas.

No podemos negar que los matrimonios convencionales estén en crisis. Muchas personas, ante el malestar amoroso, cuestionan en el silencio de su interioridad si  las cosas “tienen que ser” como son. Más aún,  infinidad de personas has sentido o bien experimentado el poliamor en la clandestinidad, o bien se han reprimido ante el deseo de vivenciarlo, generando resentimientos y reclamos a su pareja por verla como fuente de su frustración. Vivir la poliamoría, sea en la modalidad que sea, no es fácil, pero la monogamia forzada tampoco resulta bien.

Considero que la poliamoria, termina siendo –al igual que el feminismo y las nuevas masculinidades-  un movimiento de liberación humana.