Con el paso de los años y la llegada del internet y de las redes sociales, las relaciones amorosas han evolucionado y con ellas un elemento muchas veces presente; la infidelidad.

Las formas de infidelidad han cambiado tanto en los últimos años: esas formas tan “peliculescas” como el lápiz labial en la camisa o el olor de otro perfume cada vez distan más de la realidad que vivimos. Hoy, con la llegada de los inbox, los likes y los matches las “traiciones” se han vuelto más complejas.

El microcheating (micro infidelidad o micro engaño) se refiere a aquellas conductas que vistas desde fuera pueden parecer poca cosa, pero que ya entrados en una relación pueden llegar a ser un conflicto. El microcheating se define como cualquier acción que involucre a una tercera persona de manera emocional o física en la relación.

El avance galopante en las comunicaciones ha transformado el mundo en general y en particular el mundo de las relaciones. Por eso se ha hecho cada vez más ambiguo distinguir las acciones, gestos, signos, guiños, fotos, llamadas y encuentros que son una infidelidad. Hay una variedad de ideas de “qué tanto es tanto” y en cuestión de principios “se rompen géneros”, pues para alguna persona cierta acción puede no ser “tanto” mientras para su pareja es una traición flagrante.

¿Hay entonces alguna manera de saber si estoy engañando o si estoy siendo engañado? Parece que el acuerdo se toma entre dos, se negocia y renegocia. Porque si no está hablado, infinidad de conductas se prestan a debates, lastimaduras y confusión.

Veamos algunos ejemplos de ello:

1. Tener una “amistad” vía Internet.

Conociste a esa persona y sabes que hubo atracción pero no pasó nada porque tú estás en una relación. De repente ya se tienen en Facebook y un día, sin darte cuenta, ya están hablando por WhatsApp. La cuestión aquí es qué tanta claridad le has transmitido a esa persona sobre lo que sí pueden tener y lo que no. Incluso, tú qué tanta claridad tienes sobre lo que quieres.

 

 

2. “Se me olvidó borrar mi perfil de Tinder”

Si realmente te importa la persona con la que llevas una relación, este tipo de cosas no se te olvidan. Si sigues ahí, es porque te metes aunque sea de vez en cuando y estar en una aplicaciones de citas es un mensaje claro de que tu nivel de compromiso en la relación no está al 100%.

 

3.Mensajearte con tu ex

¿A ti te gustaría que tu pareja tuviera contacto con su ex?

Esto puede ser interpretado de muchas maneras distintas y es muy importante comunicarle a tu actual pareja cómo es la relación con tus parejas pasadas: si lo comunicas y hay claridad al respecto, no hay por qué hacer interpretaciones, pero si se esconde o se decide no comunicar, es donde el conflicto surge.

 

 4.Dar “likes” a publicaciones o fotos de otras personas.

Las redes sociales son un espacio en donde todos buscan ser vistos y un like no necesariamente significa algo trascendente. Es muy subjetivo y ponerse a analizar y encima, estar revisando cada like de tu pareja, te convierte en un stalker y eso sin lugar a dudas no es sano.

 

En este mundo virtual y real, cada vez más complejo, insisto que es esencial  actualizar constantemente los acuerdos entre parejas. Cada persona tiene una forma diferente de ver las relaciones (y con ello la infidelidad) y por ende cada pareja necesitará constantemente de diversos y distintos acuerdos para delimitar el terreno de juego del amor.

 

La sexualidad, sin duda, es parte fundamental en la vida de la mayoría de nosotros. Si bien en México sigue siendo un tabú que incita a muchos a persignarse, los cambios sociales han permitido que la vida sexual de hombres y mujeres sea más libre, más plena, favoreciendo una mayor experimentación y conocimiento de lo que nos gusta o no en la cama.

La vida sexual en pareja se conforma desde diversas conductas, creencias, necesidades y gustos que generan estilos y combinaciones sexuales con los cuales podemos identificarnos en mayor o menor medida. Antoni Bolinches, psicoterapeuta catalán especialista en conflictos de pareja y disfunciones sexuales, en su libro “Sexo Sabio” clasifica el estilo de parejas sexuales que existen con base en las prácticas y juegos sexuales que usualmente llevan a cabo.

1) Pareja puritana: tienen poca vida sexual y la misma es muy restrictiva. Sus prácticas están orientadas a la reproducción principalmente. Esta pareja esta integrada por personas que provienen generalmente de contextos religiosos y muy conservadores donde la sexualidad está al servicio de la procreación y no merece atención y menos aún mucho disfrute. Estas parejas no miran al sexo como algo importante en su relación, ni como un digno y genuino medio para conocerse, disfrutarse y vincularse en el amor.

2) Pareja tradicional: practican básicamente la postura del misionero y sus juegos sexuales incluyen caricias, besos y abrazos. Hablan poco de sexualidad, no se complican por cuestiones amorosas y prefieren adaptarse a las convenciones familiares y sociales que explorar su relación intersubjetiva de pareja.

A estas parejas les pesa más el orden social y la vida familiar que el intercambio de pareja. Si bien tienen momentos placenteros de vez en vez, la sexualidad no es un campo de exploración intensa ni de particular atención.

3) Pareja normativa: La pareja normativa se caracteriza por integrar las conductas que el promedio de la gente practica; le gusta posicionarse en las “medias” y sentirse una pareja “normal”, particularmente en el territorio de la sexualidad. Se disfrutan como pareja, generan espacios para la vida sexual, pero el tema erótico no les genera ni particular interés, ni mayores desafíos por atravesar.

4) Pareja evolucionada: Las parejas evolucionadas se constituyen de personas a quienes el interesa el sexo, le dedican tiempo a conocer sobre el tema y más aún a practicarlo y disfrutarlo. No se conforman con lo “que la mayoría de la gente hace”, dan una importancia particular a la sexualidad en su vida individual y en su intercambio de pareja.

5) Pareja transgresora: En general las parejas transgresoras dan un lugar central a la sexualidad en sus vidas. Las personas que forman parte de estas parejas son gente transgresora como el nombre lo dice y no se conforman con convencionalismos. Les gusta “tocar límites” y desafiar reglas. La práctica sexual avanzada es indispensable en su vínculo amoroso.

Nada malo hay en la diversidad de prácticas sexuales; la normalidad sexual es vastísima, siempre que la vivíamos de manera responsable, consensuada y respetuosa, es decir, que tomemos decisiones inteligentes, nos cuidemos y cuidemos a nuestras parejas, para que con ello exista un intercambio erótico y sexual pleno, que brinde satisfacción y disfrute a ambas partes.

Las personas con el tiempo tendemos a evolucionar en lo sexual: generalmente se exploran conductas convencionales en un inicio y el tiempo nos pide ampliar nuestro repertorio sexual. Si esta evolución sexual no se da en forma  suficientemente simétrica, la pareja se desfasará generando incompatibilidad.

Lo importante, al final, es disfrutar de nuestro cuerpo, nuestros sentidos: desarrollar nuestra sensualidad hasta donde nos sintamos cómodos y plenos. No hay rituales mejores o peores y nadie puede decirnos cómo vivir el sexo y el erotismo. Conocernos mejor, saber qué queremos y hasta dónde llegan nuestros límites es fundamental para ejercer un respeto hacia nosotros mismos y hacia nuestra pareja. Quizás el punto nodal de esta clasificación planteada es normalizar conductas que se han señalado como “enfermas” o anormales, y permitir que cada quien se permita en la cama aquello que, sin sacrificar sus valores sexuales, le ayude a no traicionar sus deseos.

Las relaciones amorosas son importantes. Todos – de alguna forma u otra – deseamos ser mirados, confirmados, queridos y reconocidos por un otro especial que nos acompañe en la vida. Y esto de malo no tiene nada y de bueno tiene bastante. ¿Pero que la vida toda gire en torno a la pareja? Es otra historia…

El libreto del amor romántico prioriza a la pareja por encima incluso de nosotros mismos. Requerimos un nuevo libreto que instale el protagonismo de nuestra vida en proyectos personales ligados a deseos, intereses y valores que no signifiquen estar a disponibilidad incondicional del “amor” y de la búsqueda de relaciones como prioridad vital. El amor se anhela pero no puede ser el único proyecto de vida. Con el amor se endulza la vida, pero no es necesaria demasiada “azúcar” para tener una vida digna y con bienestar.

Estar en contacto con nosotros mismos, haciendo uso de nuestra conciencia, nos permite identificar quiénes somos y alcanzar una de las más importantes tareas de la vida: conquistar la independencia emocional – aspecto nodal de la madurez – a la vez que desarrollamos relaciones significativas (de amistad, en familia y/o de pareja).

Pero, ¿cómo integrar el “binomio” pareja/autonomía sin que una cosa socave a la otra? ¿Cómo armar un plan de vida lleno de intereses, valores y sueños que avance con o sin pareja pero siempre con vínculos entrañables que nos acompañen en nuestro devenir?.

Para muchas personas el vivir en pareja es sinónimo de tener que clausurar una parte importante de sí mismas: deseos, necesidades, intereses, valores, etc. La vida en común se da siempre con desacuerdos, postergaciones y una que otra renuncia por ahí; pero ¿anularnos? ¡No! Ser independiente en lo emocional se trata de ser interdependiente y balancear ambas tendencias: la cercanía y la distancia con el otro. Sentirse atado y asfixiado por una relación o bien, experimentar constantemente el miedo de no ser querido y el riesgo de ser abandonado, son precios muy caros, incluso para estar en pareja.

Por eso, busquemos compromiso sí, pero toleremos cierta incertidumbre. La vida – y particularmente el amor –  está lleno de contradicciones, complejidades, y ambivalencias. Así que construir una base segura que tolere esa incertidumbre, a estas alturas de la adultez,  no viene dado por ninguna otra persona. Se construye desde un proyecto personal que dé propósito a tu vida; es decir, desde dentro de ti

La vida de pareja raramente se deteriora de un día para otro. Es el desgaste sostenido -como la oxidación de un metal que es paulatina pero irreversible- el que va debilitando y estropeando la relación.

Este proceso de deterioro generalmente es imperceptible para las parejas; al igual que una enfermedad silenciosa – como la diabetes, o la presión alta – muchas veces no dan síntomas muy palusibles – a diferencia de un infarto por ejemplo – pero pueden ser mortales.  Mencionaré 10 hábitos que pueden llevar a una pareja al fracaso:

  • Se critican continuamente. Ocurre cuando existe un ideal de vida de pareja o un cúmulo de necesidades personales no resueltas que les hace reflejarse permanentemente que no son suficientes el uno para el otro. Pero además, el malestar que existe, aún siendo válida la necesidad de ponerlo sobre la mesa, se reclama de manera totalizante a la persona del otro. La crítica tiene en la base la falta de aceptación y la necesidad de cambiar a la pareja. La crítica continua genera frustración y desmotivación.
  • “Tu y yo somos uno mismo”. La necesidad de fusión impide que los miembros de la pareja tengan identidades y gustos separados. Se exigen ser “su amor, su cómplice y todo” –como diría Benedetti- decantando a una relación de fusión, dependencia e incluso posesión, que termina por asfixiar y marchitar el amor. Este hábito cierra puertas de crecimiento porque impide la expansión personal y el disfrute mutuo.
  • Escalan entre ellos. Buscan tener la razón siempre que hay que decidir algo o resolver un conflicto. No hay escucha mutua sino una postura defensiva y ofensiva que impide la comunicación. Así, el que pierde siempre está listo para sabotear al otro y culparlo del fracaso.
  • Se cantan y cobran los “favores”. Si bien la relación de pareja es un intercambio para que sea de riqueza y crecimiento para ambos miembros de la pareja, cuando se lleva cuenta – incluso económica – de lo que se ha dado y se echa en cara a la menor provocación la pareja está en problemas.
  • No se apoyan mutuamente. No solo minimizan o invisibilizan los problemas del otro sino que se niegan el apoyo en momentos de dificultad. Una razón de ser de la pareja, además de disfrutar juntos, es el apoyarse mutuamente; esto refuerza el vínculo amoroso. Pero en las relaciones tóxicas los miembros de la pareja ya no se ofrecen ayuda o no la dan en el momento adecuado, o bien, dan lo que cada uno quiere y no lo que el otro necesita. Esto produce no solo decepción sino alejamiento y auto protección.
  • Control de cualquier tipo. Querer controlar es sinónimo de inseguridad; se busca la necesidad de asegurar a cualquier costo la permanencia del ser amado. Ya sea a través del control de los gadgets, el modo de vestir, del dinero, de las amistades, la idea de tener dominio del uno sobre otro habla de una necesidad de posesión más que de un intercambio de amor.
  • Actúan con desprecio. El desprecio implica una actitud de superioridad. Lejos de ver con admiración a la pareja se miran con menosprecio, arrogancia y desconsideración. El desprecio frecuentemente se manifiesta con agresiones verbales, con omisiones, con burlas e incluso con abusos físicos. Y no solo eso, sino que se hace uso de los puntos más débiles de cada uno para lastimarse.
  • Evitación permanente. La distancia, diferencia y separación genera ansiedad, pero la apertura y la cercanía también. Por tanto los miembros de la pareja se evitan e impiden la conexión en un “ir y venir” que no los deja irse pero tampoco acercarse. Esto conduce a la experiencia de aislamiento y soledad en compañía.
  • Toman decisiones de manera unilateral. Ya no se considera al otro en los planes de vida: ni en las decisiones cotidianas, pasando por los gastos económicos, la vida social, hasta los acuerdos monogámicos y la planeación a futuro.
  • Se imposibilita el placer. Sexual y en las diferentes áreas de la vida.

Incurrir en estas actitudes es un mal augurio para el futuro amoroso. Tomar consciencia y pedir ayuda pueden ser pasos decisivos para detener el círculo viciosos que sin duda está ya echado a andar.

Los seres humanos nos acompañamos en la vida para hacer de ésta un lugar más cálido y más llevadero. Necesitamos unos de otros y el contacto con nuestros congéneres nos da seguridad y sentido de pertenencia al tiempo que nos implica un reto, pues somos diferentes.

Esto se torna particularmente complicado en la convivencia de pareja. En un mundo  que ha transitado de un estilo de vida comunitario a uno individual debido a la imparable transformación científica y tecnológica, las personas priorizamos los espacios personales, la propia satisfacción y la realización de un proyecto de vida propio. Pero siendo la vida familiar y particularmente las familias extensas menos indispensables para la sobrevivencia diaria la vida amorosa se ha tornado en fuente de altas expectativas y sostén de la identidad.

Hoy esperamos de la pareja lo que antes nos daba toda una tribu: afecto, comprensión, ayuda, trabajo conjunto, complicidad, conversación, diversión, y claro, amor y sexo. De ahí que depositemos en el otro nuestra apuesta de felicidad, lo cual acaba en una demanda insaciable, en una sobrecarga agobiante, en un desgaste sostenido y finalmente en una frustración que puede llevar al quiebre amoroso.

Cada uno es responsable de la propia vida y de la propia felicidad. No hay modo ni de hacer feliz al otro, ni de cambiarlo. Ya lo dice Barthes: “el amor tiene hijos perversos” Y al hablar de “hijos perversos” nos referimos a esos comportamientos extraños, insidiosos, perturbadores, que desvían el sentido de acompañamiento, del juego, del intercambio y del disfrute que produce una buena relación. Barthes concretamente señala dos actitudes: el deseo de complacer siempre al otro, y el deseo de querer cambiarlo.

La felicidad,  la satisfacción, o el bienestar es un reto personal. ¿Que la vida de pareja ha de sumar a la vida del otro? ¡Sin duda! Pero de eso a cargar con la responsabilidad del otro hay una gran diferencia. Cuando ambos miembros de una pareja son conscientes y responsables de sus propias felicidades es cuando se puede sumar a la felicidad del otro. Puede darnos alegría el contento de nuestra pareja, claro está, pero no podemos depender de ella para estar bien.

Quizás este pensamiento de Fritz Perls nos ubica en el punto justo:

“Yo soy yo y tú eres tú

Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas y,

Tú no estas en este mundo para cumplir las mías.

Tú eres tú y yo soy yo.

Si en algún momento o en algún punto nos encontramos

y coincidimos, es hermoso.

Si no, pocas cosas tenemos que hacer juntos.

Tú eres tú y yo soy yo.”

¡Amémonos desde el respeto y la libertad!

Los comportamientos sexuales y las decisiones tomadas en esta área de la vida son profundamente individuales; cada uno debe tomar su propio camino dependiendo de sus valores, personalidad, antecedentes, experiencias  y principios personales los cuales dirigirán su camino. El primer reto en el área sexual es descubrir qué es adecuado, constructivo, deseado y oportuno para la persona.

Algunas personas pagan precios emocionales muy altos porque experimentaron con conductas que no eran compatibles con su forma de ser, sus principios y sus valores. La libertad sexual te permite hacer lo que quieres, no lo que debes, descubriendo tu naturaleza sexual y manejándola constructivamente.

Sin embargo hay que tomar en cuenta que en ocasiones tanto hombres como mujeres nos inhibimos:

  • Porque, por diversas razones, no queremos salir lastimados.
  • Porque se nos considere o nos consideremos a nosotros mismos inmorales.
  • Por temor a mostrar ignorancia o incompetencia durante el acto sexual.

Crecer sexualmente revisando estos puntos favorece una mejor vida sexual y también fomenta el crecimiento personal y emocional.

Aplicar las reglas de oro en la sexualidad y confiar que el adulto con el que nos relacionamos también lo hace, permitirá ejercer una sexualidad libre y satisfactoria. Antonio Bolinches en su libro Sexi Sabio sugiere:

  1. Haz todo lo que quieras.
  2. No hagas nada que no quieras.
  3. Siempre desde el deseo previo.
  4. Y de acuerdo con la propia escala de valores sexuales.

Cabe hacerse las siguientes preguntas ya que en ocasiones dudamos de la licitud del comportamiento sexual:

  • ¿Tengo clara mi escala de valores sexuales?
  • ¿Lo que hago lo hago porque me gusta a mí o a mi pareja?
  • ¿Lo que no hago es porque no me gusta o porque de acuerdo a las convenciones sociales no debo permitírmelo?

Es importante distinguir los principios de los prejuicios (colisión entre el instinto y la moral), así como mi gusto personal de la necesidad de agradar. Las reglas de oro refuerzan la autonomía y potencia el sentimiento de singularidad; además, facilita el logro de la compatibilidad.

Si bien en pleno siglo XXI la apertura a nuevos modelos amorosos es la constante, generalmente, nuestras formas de amar, se acaban concretando y viviendo en la institución social que llamamos matrimonio. Así que más que criticar el matrimonio es mejor concebir nuevas formas de ingresar en esa institución. De ahí la importancia de pensarlo de manera diferente, y de buscar la forma de mejorar la entrada en él.

Entonces, si te piensas casar:

  1. Cásate con alguien que te guste su olor: El olfato forma parte de nuestro sistema nervioso más primitivo y genera el más inconsciente y poderoso “test” de compatibilidad.
  2. Cásate cuando tengas trabajo y dinero que te asegure la autonomía; sin dinero propio y sin un proyecto personal, te someterás al bolsillo y las decisiones del otro.
  3. Cásate con alguien que no esté excesivamente pegado a su madre o a su padre, de lo contrario acabarás siendo otra segunda madre u otro segundo padre y además te verás obligado a rivalizar con los verdaderos progenitores de tu pareja.
  4. Cásate con alguien que no confunda la sinceridad con la verdad: se debe ser sincero pero sensato. Quienes aman la sinceridad viven en la honestidad y protegen la relación; los amantes de la “verdad absoluta” convierten su búsqueda en algo más importante que el propio amor.
  5. Cásate con alguien que no se ate demasiado al pasado, ni a su pasado personal ni al pasado del amor que viva contigo.
  6. Cásate con alguien que trate bien a los extraños, sobre todo a los empleados, camareros, o cualquiera que esté por debajo suyo en la línea jerárquica. Algún día te tratará como trate a esas personas.
  7. Cásate con alguien que sea un buen conversador: que comparta, que no te interrumpa, que te escuche, que delibere y cuestione… alguien que pueda jugar con las palabras sin creerlas sagradas.
  8. Cásate con alguien con el que te sientas orgulloso de ir a su lado, con alguien que te resulte elegante y armonioso para compartir un paseo, alguien con cuya imagen frente al espejo o en una fotografía, te sientas a gusto.
  9. Cásate con alguien que no sea extremadamente rígido, aunque sea “un diamante” porque será “valioso” pero duro.
  10. Cásate con alguien que no se sienta insignificante, Alguien que no sea “insípido”, “soso”, intercambiable por cualquier otra persona.
  11. Cásate después de haber invertido tiempo y dinero en tu persona en todos los aspectos: intelectual, corporal, erótico, emocional,
  12. Cásate con alguien que no sea celoso. Al principio puede que tenga un toque de diversión pero la vida será un infierno al cabo de poco tiempo. El amor es intercambio, no posesión.
  13. Y por último… cásate con alguien que pueda resultar un buen “ex”, o que ya lo sea, porque si tu candidato a pareja despotrica, chantajea, o culpa a sus “ex”, sí tu llegas a serlo la historia se repetirá…