La vida de pareja raramente se deteriora de un día para otro. Es el desgaste sostenido -como la oxidación de un metal que es paulatina pero irreversible- el que va debilitando y estropeando la relación.

Este proceso de deterioro generalmente es imperceptible para las parejas; al igual que una enfermedad silenciosa – como la diabetes, o la presión alta – muchas veces no dan síntomas muy palusibles – a diferencia de un infarto por ejemplo – pero pueden ser mortales.  Mencionaré 10 hábitos que pueden llevar a una pareja al fracaso:

  • Se critican continuamente. Ocurre cuando existe un ideal de vida de pareja o un cúmulo de necesidades personales no resueltas que les hace reflejarse permanentemente que no son suficientes el uno para el otro. Pero además, el malestar que existe, aún siendo válida la necesidad de ponerlo sobre la mesa, se reclama de manera totalizante a la persona del otro. La crítica tiene en la base la falta de aceptación y la necesidad de cambiar a la pareja. La crítica continua genera frustración y desmotivación.
  • “Tu y yo somos uno mismo”. La necesidad de fusión impide que los miembros de la pareja tengan identidades y gustos separados. Se exigen ser “su amor, su cómplice y todo” –como diría Benedetti- decantando a una relación de fusión, dependencia e incluso posesión, que termina por asfixiar y marchitar el amor. Este hábito cierra puertas de crecimiento porque impide la expansión personal y el disfrute mutuo.
  • Escalan entre ellos. Buscan tener la razón siempre que hay que decidir algo o resolver un conflicto. No hay escucha mutua sino una postura defensiva y ofensiva que impide la comunicación. Así, el que pierde siempre está listo para sabotear al otro y culparlo del fracaso.
  • Se cantan y cobran los “favores”. Si bien la relación de pareja es un intercambio para que sea de riqueza y crecimiento para ambos miembros de la pareja, cuando se lleva cuenta – incluso económica – de lo que se ha dado y se echa en cara a la menor provocación la pareja está en problemas.
  • No se apoyan mutuamente. No solo minimizan o invisibilizan los problemas del otro sino que se niegan el apoyo en momentos de dificultad. Una razón de ser de la pareja, además de disfrutar juntos, es el apoyarse mutuamente; esto refuerza el vínculo amoroso. Pero en las relaciones tóxicas los miembros de la pareja ya no se ofrecen ayuda o no la dan en el momento adecuado, o bien, dan lo que cada uno quiere y no lo que el otro necesita. Esto produce no solo decepción sino alejamiento y auto protección.
  • Control de cualquier tipo. Querer controlar es sinónimo de inseguridad; se busca la necesidad de asegurar a cualquier costo la permanencia del ser amado. Ya sea a través del control de los gadgets, el modo de vestir, del dinero, de las amistades, la idea de tener dominio del uno sobre otro habla de una necesidad de posesión más que de un intercambio de amor.
  • Actúan con desprecio. El desprecio implica una actitud de superioridad. Lejos de ver con admiración a la pareja se miran con menosprecio, arrogancia y desconsideración. El desprecio frecuentemente se manifiesta con agresiones verbales, con omisiones, con burlas e incluso con abusos físicos. Y no solo eso, sino que se hace uso de los puntos más débiles de cada uno para lastimarse.
  • Evitación permanente. La distancia, diferencia y separación genera ansiedad, pero la apertura y la cercanía también. Por tanto los miembros de la pareja se evitan e impiden la conexión en un “ir y venir” que no los deja irse pero tampoco acercarse. Esto conduce a la experiencia de aislamiento y soledad en compañía.
  • Toman decisiones de manera unilateral. Ya no se considera al otro en los planes de vida: ni en las decisiones cotidianas, pasando por los gastos económicos, la vida social, hasta los acuerdos monogámicos y la planeación a futuro.
  • Se imposibilita el placer. Sexual y en las diferentes áreas de la vida.

Incurrir en estas actitudes es un mal augurio para el futuro amoroso. Tomar consciencia y pedir ayuda pueden ser pasos decisivos para detener el círculo viciosos que sin duda está ya echado a andar.

Los seres humanos nos acompañamos en la vida para hacer de ésta un lugar más cálido y más llevadero. Necesitamos unos de otros y el contacto con nuestros congéneres nos da seguridad y sentido de pertenencia al tiempo que nos implica un reto, pues somos diferentes.

Esto se torna particularmente complicado en la convivencia de pareja. En un mundo  que ha transitado de un estilo de vida comunitario a uno individual debido a la imparable transformación científica y tecnológica, las personas priorizamos los espacios personales, la propia satisfacción y la realización de un proyecto de vida propio. Pero siendo la vida familiar y particularmente las familias extensas menos indispensables para la sobrevivencia diaria la vida amorosa se ha tornado en fuente de altas expectativas y sostén de la identidad.

Hoy esperamos de la pareja lo que antes nos daba toda una tribu: afecto, comprensión, ayuda, trabajo conjunto, complicidad, conversación, diversión, y claro, amor y sexo. De ahí que depositemos en el otro nuestra apuesta de felicidad, lo cual acaba en una demanda insaciable, en una sobrecarga agobiante, en un desgaste sostenido y finalmente en una frustración que puede llevar al quiebre amoroso.

Cada uno es responsable de la propia vida y de la propia felicidad. No hay modo ni de hacer feliz al otro, ni de cambiarlo. Ya lo dice Barthes: “el amor tiene hijos perversos” Y al hablar de “hijos perversos” nos referimos a esos comportamientos extraños, insidiosos, perturbadores, que desvían el sentido de acompañamiento, del juego, del intercambio y del disfrute que produce una buena relación. Barthes concretamente señala dos actitudes: el deseo de complacer siempre al otro, y el deseo de querer cambiarlo.

La felicidad,  la satisfacción, o el bienestar es un reto personal. ¿Que la vida de pareja ha de sumar a la vida del otro? ¡Sin duda! Pero de eso a cargar con la responsabilidad del otro hay una gran diferencia. Cuando ambos miembros de una pareja son conscientes y responsables de sus propias felicidades es cuando se puede sumar a la felicidad del otro. Puede darnos alegría el contento de nuestra pareja, claro está, pero no podemos depender de ella para estar bien.

Quizás este pensamiento de Fritz Perls nos ubica en el punto justo:

“Yo soy yo y tú eres tú

Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas y,

Tú no estas en este mundo para cumplir las mías.

Tú eres tú y yo soy yo.

Si en algún momento o en algún punto nos encontramos

y coincidimos, es hermoso.

Si no, pocas cosas tenemos que hacer juntos.

Tú eres tú y yo soy yo.”

¡Amémonos desde el respeto y la libertad!

Los comportamientos sexuales y las decisiones tomadas en esta área de la vida son profundamente individuales; cada uno debe tomar su propio camino dependiendo de sus valores, personalidad, antecedentes, experiencias  y principios personales los cuales dirigirán su camino. El primer reto en el área sexual es descubrir qué es adecuado, constructivo, deseado y oportuno para la persona.

Algunas personas pagan precios emocionales muy altos porque experimentaron con conductas que no eran compatibles con su forma de ser, sus principios y sus valores. La libertad sexual te permite hacer lo que quieres, no lo que debes, descubriendo tu naturaleza sexual y manejándola constructivamente.

Sin embargo hay que tomar en cuenta que en ocasiones tanto hombres como mujeres nos inhibimos:

  • Porque, por diversas razones, no queremos salir lastimados.
  • Porque se nos considere o nos consideremos a nosotros mismos inmorales.
  • Por temor a mostrar ignorancia o incompetencia durante el acto sexual.

Crecer sexualmente revisando estos puntos favorece una mejor vida sexual y también fomenta el crecimiento personal y emocional.

Aplicar las reglas de oro en la sexualidad y confiar que el adulto con el que nos relacionamos también lo hace, permitirá ejercer una sexualidad libre y satisfactoria. Antonio Bolinches en su libro Sexi Sabio sugiere:

  1. Haz todo lo que quieras.
  2. No hagas nada que no quieras.
  3. Siempre desde el deseo previo.
  4. Y de acuerdo con la propia escala de valores sexuales.

Cabe hacerse las siguientes preguntas ya que en ocasiones dudamos de la licitud del comportamiento sexual:

  • ¿Tengo clara mi escala de valores sexuales?
  • ¿Lo que hago lo hago porque me gusta a mí o a mi pareja?
  • ¿Lo que no hago es porque no me gusta o porque de acuerdo a las convenciones sociales no debo permitírmelo?

Es importante distinguir los principios de los prejuicios (colisión entre el instinto y la moral), así como mi gusto personal de la necesidad de agradar. Las reglas de oro refuerzan la autonomía y potencia el sentimiento de singularidad; además, facilita el logro de la compatibilidad.

Si bien en pleno siglo XXI la apertura a nuevos modelos amorosos es la constante, generalmente, nuestras formas de amar, se acaban concretando y viviendo en la institución social que llamamos matrimonio. Así que más que criticar el matrimonio es mejor concebir nuevas formas de ingresar en esa institución. De ahí la importancia de pensarlo de manera diferente, y de buscar la forma de mejorar la entrada en él.

Entonces, si te piensas casar:

  1. Cásate con alguien que te guste su olor: El olfato forma parte de nuestro sistema nervioso más primitivo y genera el más inconsciente y poderoso “test” de compatibilidad.
  2. Cásate cuando tengas trabajo y dinero que te asegure la autonomía; sin dinero propio y sin un proyecto personal, te someterás al bolsillo y las decisiones del otro.
  3. Cásate con alguien que no esté excesivamente pegado a su madre o a su padre, de lo contrario acabarás siendo otra segunda madre u otro segundo padre y además te verás obligado a rivalizar con los verdaderos progenitores de tu pareja.
  4. Cásate con alguien que no confunda la sinceridad con la verdad: se debe ser sincero pero sensato. Quienes aman la sinceridad viven en la honestidad y protegen la relación; los amantes de la “verdad absoluta” convierten su búsqueda en algo más importante que el propio amor.
  5. Cásate con alguien que no se ate demasiado al pasado, ni a su pasado personal ni al pasado del amor que viva contigo.
  6. Cásate con alguien que trate bien a los extraños, sobre todo a los empleados, camareros, o cualquiera que esté por debajo suyo en la línea jerárquica. Algún día te tratará como trate a esas personas.
  7. Cásate con alguien que sea un buen conversador: que comparta, que no te interrumpa, que te escuche, que delibere y cuestione… alguien que pueda jugar con las palabras sin creerlas sagradas.
  8. Cásate con alguien con el que te sientas orgulloso de ir a su lado, con alguien que te resulte elegante y armonioso para compartir un paseo, alguien con cuya imagen frente al espejo o en una fotografía, te sientas a gusto.
  9. Cásate con alguien que no sea extremadamente rígido, aunque sea “un diamante” porque será “valioso” pero duro.
  10. Cásate con alguien que no se sienta insignificante, Alguien que no sea “insípido”, “soso”, intercambiable por cualquier otra persona.
  11. Cásate después de haber invertido tiempo y dinero en tu persona en todos los aspectos: intelectual, corporal, erótico, emocional,
  12. Cásate con alguien que no sea celoso. Al principio puede que tenga un toque de diversión pero la vida será un infierno al cabo de poco tiempo. El amor es intercambio, no posesión.
  13. Y por último… cásate con alguien que pueda resultar un buen “ex”, o que ya lo sea, porque si tu candidato a pareja despotrica, chantajea, o culpa a sus “ex”, sí tu llegas a serlo la historia se repetirá…

 

El dicho de “borrón y cuenta nueva” puede ser válido para un partido de ajedrez o para un cambio de profesión, pero en las relaciones amorosas la cosa se mueve de forma diferente.

Los seres humanos, si bien cambiamos, tenemos una estructura de personalidad que sostenemos a lo largo de la vida: podemos matizarla, comprenderla, manejarla, pero “uno cojea con frecuencia del mismo pie”. A esto hemos de sumar que las relaciones tienen memoria y ésta deja huella en nuestra historia de vida, y nos sensibiliza o nos hace reaccionar de una u otra manera con base en lo previamente experimentado.

Por eso cuando pensamos en una “segunda vuelta” con nuestro ex, existe un prejuicio – al igual que en las películas que tienen segunda parte – que nos impulsa a pensar que ésta no puede ser mejor.  El concepto regresar apunta al pasado y con ello a revivir las frustraciones, a defendernos de las decepciones y a querer componer aquellos eventos que llevaron a la separación.

Pensar en regresar con nuestra pareja, nos obliga a echar una mirada a lo que ya pasó, lo cual sirve para sopesar lo vivido y aprender de ello, y una relación no puede construirse o renovarse viendo hacia atrás. Así, pensar en regresar con nuestra pareja, nos obliga a voltear al pasado, pero no para quedarnos mirando hacia atrás.

El efecto retrovisor

En las relaciones –como en las carreteras- no puedes recorrer un nuevo camino ni llegar a un distinto destino si te sostienes mirando hacia atrás. “Espejear” es necesario para cuestionar si se puede rescatar algo de la experiencia, pero instalarse en lo que ya se vivió te llevará, tarde o temprano a perderte en el camino,  a “estrellarte” y colapsar la relación una vez más.

Actualizar tu relación

Hemos de tener claridad del propósito de nuestro reencuentro. Idealizar lo que nos salió bien omitiendo lo que deterioró nuestra relación de pareja, así como auto engañarnos en cuanto a nuestros profundos temores con el fin de aminorar la ansiedad que produce la distancia y el dolor ante la sensación  de soledad, no son buenas razones para proyectar un  nuevo futuro.

Si bien “somos los que somos” y nuestro margen de cambio tiene sus limitaciones,  también podemos trabajar para construir una mejor versión de nosotros mismos así como para adoptar un mejor manejo de los temas conflictivos añejos que con seguridad se nos volverán a presentar. No se va a estar mejor por el simple hecho de volver a estar juntos: los desafíos personales han de enfrenarse y los retos relacionales han de atravesarse.

Una nueva historia

Dejamos correr el tiempo tras una terminación anhelando la posibilidad de volver con nuestro ex. A veces hasta nos vamos alistando internamente para el día que nos llegue la posibilidad de un nuevo encuentro. Pero las relaciones no se “componen” mágicamente,  se requiere actualizarlas con algunos “ingredientes” básicos:

  • Autoconocimiento: ¿Cómo estoy yo conmigo? ¿Qué heridas me dejó esta relación?
  • Responsabilidad por la propia conducta: ¿Qué me corresponde asumir a mí?
  • Claridad de lo que uno desea, necesita y valora: ¿Qué quiero, qué puedo y qué tengo?
  • Negociación de lo que se puede y de lo que no se puede: ¿Qué sí y qué no?
  • Aceptación de que el otro no responderá a todas nuestras expectativas: ¿Qué expectativas tengo puestas sobre mi pareja que no se pueden cumplir?
  • Reconstrucción del proyecto de vida compartido: ¿Para qué quiero intentar algo de nuevo?

 

Proyectar el futuro:

¿Qué nueva historia queremos escribir con estos mismos personajes?

 El pasado es pasado. Si bien puede haber cambios en patrones nocivos que se repetían  una y otra vez en la relación para que exista la sólida posibilidad de que funcione una nueva etapa amorosa, se requiere soltar lo que fue: con sus heridas, peleas, ilusiones e ideales. Los momentos felices se pueden atesorar, pero no podrán regresar de la misma manera. Y es fácil decir “hay que soltar”, ¿pero esto cómo se logra en la vida real?

Depositando experiencias nuevas y positivas a la relación, generando acciones gozosas en las que nos conozcamos de nuevo, posibilitando diálogos no defensivos que nos permitan cambiar nuestras suposiciones sobre el otro, conteniendo nuestras ansiedades para no volcarlas en la relación o en  nuestra pareja, deteniéndonos a pensar lo que decimos, permitiéndonos sentir lo que tememos, acercándonos con el cuerpo y con el corazón, sabiendo que el amor puede doler, pero que también que nos puede volver a cobijar.

“Uno se casa, se empareja o vive con quien ama y puede compartir una vida, pero el deseo no se casa con nadie”

Enamoramiento y amor

Amar es cosa de gente “grande”, enamorarse no: el enamoramiento nos acontece y el amor lo construimos. Cuando estamos enamorados “solo tenemos ojos” para una persona: nuestra mente, nuestro deseo, nuestra añoranza se vierte toda en el anhelo de unión con ese “otro” que nos hace vislumbrar una promesa de completud y eternidad. El enamorado es totalmente exclusivo, pero el enamoramiento –que generalmente nos embriaga sin mucha reflexión ni análisis- pasa, y con él la exclusividad de nuestro deseo.

Parece mentira que viviendo en un mundo de libertad sexual triunfal, uno de los mayores problemas en las parejas sea la falta de deseo…  ¿o el exceso de deseo –hacia otros-? Y de ahí viene a veces, y siguiendo patrones ancestrales de género, la compulsividad sexual masculina –mientras mas repertorio sexual mejor, prendiendo pequeños fuegos equívocos que tampoco satisfacen del todo el deseo- , y la retracción femenina –tiñendo de romanticismo todos los encuentros a costa de un erotismo vivo-,  lo cual desacopla las expectativas y los ritmos de la pareja.

 

Demandas y necesidades

Y en el desacoplamiento vienen los problemas:  hacemos a nuestra pareja demandas en el territorio erótico-amoroso como si fueran necesidades que se pueden satisfacer. Y es que sí, las necesidades como comida, dinero, descanso -con cierta gestión y empeño- pueden consiguirse, pero las demandas se dirigen a las personas y en general son una petición de algo: atención, cuidado, escucha, y todo esto ocurre justo en medio de la danza del amor.

Las demandas:  variadas, floridas, voraces, llenas de signficiados, erráticas, y ellas, –a diferencia de las necesidades– no tienen un objeto concreto que las satisfagan, por eso nunca se pueden saciar. Entre la necesidad y las demandas fluye el deseo…

La infinitud del deseo

El deseo es como un flujo constante que parte de nuestro interior y va hacia afuera imprengando lo que deseamos y convirtiéndolo en algo significativo para nosotros. El deseo es inagotable y su importancia estriba en que justo su infinitud amortigua nuestra consciencia de finitud; la idea de la muerte. El acto de desear hace complejas las relaciones humanas, pues abre un mundo de posibilidades que generan intensidad, incertidumbre y a veces desobediencia.

Estamos en una transición amorosa en donde por un lado, el deseo impera, y no solo eso, es legítimo y necesario, y por el otro,  no existen –ni existirán– más  esquemas amorosos claramente trazados para vivir y canalizar nuestras demandas de amor, de afecto y de erotismo. Antaño bastaba ser hombre o ser mujer para entender claramente en qué posición nos correspondía colocarnos en la vida –y en la cama–, ¡y ay de aquel que se desviara del camino! (el del matrimonio heterosexual –de preferencia con juez y cura- para toda la vida) porque maldiciones, culpas y señalamientos caían sobre él.

Esto no significa que lo vivido en el pasado fuera mejor, pero sin duda era más simple, menos confuso y por ello habían expectativas limitadas y menores frustraciones.

 ¿Y entonces qué?

Hoy toca entender las nuevas geografías del corazón con más curiosidad y menos desazón. Probablemente no haya una solución en particular, sino diversas salidas a explorar, partiendo de la base de que los seres humanos podemos amar a alguien, apegarnos a ese alguien y elegir hacer una vida con él, pero nuestro deseo no está programado para saciarse en una sola persona.

Para gestionar mejor nuestro deseo…

  1. Crear acuerdos: comunicar con la pareja qué es lo que se desea y llegar a nuevos acuerdos. Estos acuerdos requieren ser negociados y actualizados constantemente. Lo que hoy puede funcionar quizás en un futuro próximo puede ya no resultar.
  2. Asumir maduramente responsabilidad: a falta de acuerdos, exceso de represión y necesidad de genuina exploración, actuar de acuerdo a los propios deseos reconociendo los límites bajo los cuales se rigen los acuerdos de la relación. Se necesita tener clara la ética de responsabilidad personal y de cuidado al otro, así como el asumir de manera adulta los riesgos de explorar, y por supuesto, aceptar las consecuencias de las propias decisiones en cualquier situación. Se requiere también ser veraz con uno mismo respecto al malestar que hay en la relación o el genuino deseo personal de expansión. Y ojo, la genuina culpa cuestiona límites, expande la conciencia y repara, mientras que la culpa “culposa” puede llevar a confesiones equívocas, dolores innecesarios y quiebres amorosos sin sentido.
  1. Separarse temporalmente o terminar: hacer un balance de la situación y aceptar que el deseo trasciende los límites de la relación y no se puede ni crear acuerdos ni continuar. Vivir en la evasión y en la mentira puede prolongar un dolor innecesario que supere el propio de terminar con un amor.

Para (no) terminar

Hoy no existe un camino único para todas la parejas: el amor se crea y se recrea permanentemente. Las relaciones de pareja abren sus horizontes trascendiendo la igualdad y abirendose a la libertad. Desde la exclusividad sexual hasta el poliamor, pasando por diversos acuerdos y matices, la vida de pareja se hace “dispareja”.

Hombres y mujeres, partiendo de nuestras diferentes situaciones y condiciones, hemos de disponernos a cuestionar prejuicios limitantes, desbancar creencias añejas, y experimentar, caernos, aprender y repuntar.

Claro que también podemos “simplificar” las cosas y transitar del desear lo que nos falta -dentro del reino de la carencia- a desear lo que no nos falta –dentro del reino del amor- .

¿Cómo viven las nuevas generaciones el amor?

El amor y la gratificación inmediata

Los avances en la ciencia y en la tecnología son evidentes y el mundo globalizado en el que nos encontramos nos mantiene en permanente comunicación e interdependencia unos con otros. Se acortan las distancias, aparecen diversos escenarios de vida a los que antes era inimaginable acceder y al mismo tiempo se diluyen las grandes diferencias mediante la “unificación”  de maneras de pensar, de desear, de sentir y de proceder.

Estas novedades nos llevan a vivenciar ambivalencia, complejidad y contradicción en nuestras decisiones y elecciones: queremos esto y también lo otro; deseamos estar aquí pero sin perder lo que tenemos allá; sabemos que no nos gusta que nos traten de una manera pero no nos comportamos como esperamos que lo hagan con nosotros; hacemos excepciones y nos damos permisos a nosotros mismos pero somos exigentes con los demás. Todo esto tiene un impacto en la manera en la que percibimos y vivimos el amor.

¿Qué deben saber las nuevas generaciones sobre el amor?

Algunas ideas que pueden facilitarnos la creación de vínculos amorosos suficientemente buenos y  enriquecedores tendrían que partir de premisas diferentes a las que se consideraban hace unos cuantos años. Hoy hay muchos más elementos –entre ellos los digitales- en la ecuación del amor que lo hacen más complejo:

  • El “fast love” no existe. Las relaciones muy veloces en general se tratan de pasión, de enamoramiento, pero no de amor. El amor requiere de tiempo, de conocimiento, de constancia y de presencias; “el amor se cuece a fuego lento”.
  • No existe alguien especial “predestinado” para nosotros. Podríamos hacerla con muchas personas sí, y de hecho tenemos acceso a infinidad de contactos humanos, pero hemos de elegir a una (o a unas cuantas si nos declaramos poliamorosos).
  • El paso de la virtualidad a la realidad toma tiempo. En las redes podemos mostrar fascetas de nuestra personalidad que nos cuesta más trabajo desplegar en la vida diaria real, y también se nos facilita esconder aspectos propios que no nos gusta mostrar “en carne y hueso”  pero que se dejan ver muy a nuestro pesar.
  • Idealización-proyección: Los medios digitales pueden generar expectativas falsas que se sustentan en fantasías; es importante darse cuenta de que lo digital puede ser un espejo para proyectar esa utopía llena de expectativas que han de aterrizarse en una realidad.

¿Cómo poner esto en práctica?

Tanto en el amor como en la vida…

  1. Tolerancia a la frustración: construir un buen amor no va a ser a la primera ni va a ser fácil.
  2. Posponer la gratificación: observar y no actuar desde ese deseo por una respuesta inmediata.
  3. Ejercitar la voluntad: la voluntad es la capacidad de decidir con consciencia y libertad lo que se desea y lo que no.
  4. Ajustar las aspiraciónes con las posibilidades: si algo ha generado esta nueva era digital es la proyección de los ideales.
  5. Aceptar lo que es cuando la realidad se impone: el mundo digital ofrece muchas posibilidades y conecta con muchas personas simultáneamente, sin embargo, no todo lo que se observa en este medio es real.

Los medios digitales son indudablemente un gran avance en la historia de la humanidad por lo que es importante integrar este fenómeno cibernético a lo que estamos viviendo. De ahí la importancia de observar, cuestionar y conocer los pros y contras del uso que le damos. La experiencia es aún muy nueva y aún así ya impacta la manera de vivir el amor y las relaciones.

Yo, como profesional del bienestar humano y de las relaciones amorosas, considero que esta nueva era nos abre muchas fronteras y nos permite expandir los límites de nuestras posibilidades; pero ojo, puede convertirse en un arma de doble filo si no tomamos consciencia del efecto que tiene en nosotros y cuestionamos el mejor uso que le podamos dar.

Por eso, y no desde una postura conformista, que para amar en los tiempos del whats app hay que tomar prestada la frase del filósofo francés Compte-Sponville,

“Te quiero como eres. Tal vez no respondes a lo que yo esperaba. Pero prefiero tu realidad a mi sueños”.

 

Si algo tengo claro después de buscar y rebuscar, analizar y sobre analizar a diferentes autores y hasta a distintos poetas llego a la conclusión de que es una tarea compleja –y hasta imposible- definir el amor.  El amor no es algo que pueda verse o tocarse: es una experiencia y, por consiguiente, es difícil definirlo y describirlo.

Se puede pensar en el amor con la siguiente metáfora: imagina que el amor es como un diamante con muchas caras. Puedes verlo desde diversas perspectivas y cada una de esas facetas representa alguno de los ingredientes que lo constituyen.

Tal vez el intento de adaptarse a un modelo amoroso único haya sido parte de desventuras y por más que se le hace a este o al otro no logramos ubicarnos en alguno. Es claro que el amor no se ajusta a trajes a la medida según las necesidades, intereses y valores de los amantes.

Cada ser humano es diferente y precisa ingredientes distintos para amar. Esto depende entre otras cosas, de la etapa de vida que se está transitando. Valdría la pena, por lo tanto, intentar, más que hablar del amor, hablar de tipos de amores, pues cada etapa de la vida, cada experiencia amorosa, requiere diferentes cosas.

Sin embargo hay que tener cuidado para no confundir el amor con otras actitudes, que no alcanzan para interpretar la experiencia amorosa. El amor incluye una amplia gama de experiencias, vividas, percibidas e interpretadas de maneras diferentes en cada persona. Algunas manifestaciones, si bien pueden relacionarse con algún aspecto del amor, no lo agotan.

Existen estilos de amar muy diferentes, por lo tanto, es importante que se comparta algo del estilo propio con quien se busque entablar una relación. Del mismo modo, se requerirá ser receptivo para conocer otro estilo con la finalidad de lograr la compatibilidad.

Algunos tipos de amor:


  • Amor romántico: Tiene calidez, sentimentalismo. Maneja todo tipo de emociones intensas, tiende a ser idealista y el objetivo es buscar una “media naranja”, alguien con quien completarse.
  • Amor amistoso: No es tan intenso, sino calmado. Es menos romántico, por lo que tal vez el erotismo y el sexo no son centrales. Es estable y respetuoso; menos demandante y más realista.
  • Amor compromiso: Sigue normas y reglas concretas; más que interesarse en mucha intimidad, gusta de tener acuerdos convenientes y explícitos.
  • Amor práctico: Ve a la pareja de manera más realista; decide de forma racional mediante la elección de alguien de la misma religión, ideología política y con pensamientos similares respecto del manejo del dinero y la educación de los hijos, entre otras cosas.
  • Amor entregado: Centrado en el otro, en el deseo de ayudarle a satisfacer sus necesidades.
  • Amor cultivado: Aquí se trata de regar, cuidar y cosechar. Si se descuida la cosecha no se dará.

De alguna manera, cada persona tiene una mezcla de estos estilos. Conocer y entender la propia mezcla de creencias, necesidades y expectativas acerca del amor hará más fácil comprender qué tipo de amor se busca, así como relacionarse teniendo claro cuál es la línea propia y cuáles son sus límites correspondientes.

Hablar de amores es integrar la diversidad; saber que no todos queremos ni necesitamos lo mismo en una relación. Y lo más importante, hablar de amores es darle lugar a otros en su diferencia y hacer de la experiencia amorosa una vivencia de frescura, expansión y crecimiento, y no un tormento de sometimiento y desilusión.

Hoy es responsabilidad de cada persona como individuo en busca del tan ansiado amor crear la consciencia necesaria para conocer qué tipo o tipos de amores buscamos y podemos ofrecer y así dejar de ir por la vida culpando a sus parejas, las mujeres o los hombres o a San Antonio porque no les manda novio.

Y una cosa puedo jurar:

Yo, que me enamoré de tus alas, jamás te las voy a querer cortar….

Frida Kahlo

¿Cómo no decir algo del amor hoy 14 de Febrero? Al amor casi lo deseamos a diario, lo necesitamos siempre, lo añoramos a veces, le tememos en ocasiones, y nos mueve en el día a día para caminar. El amor nos alimenta, nos impulsa, muy particularmente el amor de pareja – que hoy se hace tan perseguido y tan difícil de encontrar – pero cualquier tipo de amor, – de pareja, de amistad, familiar – es muy preciado.

Del amor nos hablan a dario los libros, las canciones, las películas, los poemas; también  el propio corazón y  las vivencias acumuladas. Pero en ese deseo férreo de encontrarlo, de tenerlo y conservarlo, idealizamos su presencia eterna y olvidamos lo que le hace –entre otras cosas- deteriorarse y morir.

Y es que el deseo de no perder por ningún motivo a quien amamos puede llevarnos a conductas que generan “hijos perversos” de ese mismo amor. Y al decir “hijos perversos” me refiero a esos comportamientos extraños, insidiosos, perturbadores, que desvían el sentido de acompañamiento, del juego, del intercambio, y del disfrute que produce una buena relación que solo se dan en la libertad y en la igualdad.

 Los 4 “hijos perversos” del amor:

1) Querer cambiar al otro: Las personas cambiamos cuando queremos y más frecuentemente cuando necesitamos. No te des a la tarea de transformar los aspectos negativos de tu pareja, no mal gastes tu tiempo y tu energía en que el otro sea como tú lo quieres amoldar. El cambio y el crecimiento se puede dar pero no a partir de la insistencia, la súplica o la amenaza.

2) Querer celar al otro: Algunas personas confunden el amor con los celos. Y sí, los celos se dan en el territorio del amor pero no son derivados del amor. El celoso elige poseer antes que amar;  la posesión nos sitúa en un mundo en el que una persona es un objeto para el uso de otra, lo que le impide tener al otro la autonomía que cualquier ser humano requiere.

3) Querer complacer al otro: La expectativa de recibir una aceptación incondicional de nuestra pareja es válida y puede llegar a ser restauradora de heridas de infancia si la manejamos bien. Pero si nuestra necesidad de no ser rechazados es exagerada,  tocaremos el extremo de minimizar o negar nuestras necesidades y de violentar nuestros límites por complacer a nuestra pareja y con ello obtener su aceptación total.

El amor ha de asumir que la pareja no nos dará todo y que nosotros tampoco podremos colmarlo a ella; por eso se dice que el amor adulto ha de dejarnos un poco insatisfechos.

4) Quererse decir todo y saber todo del otro: Las mentiras deterioran la confianza, dañan al amor y con frecuencia son antesala de las traiciones. Si son constantes, manipuladoras, agresivas, son símbolo de abuso, y de inmadurez. Sin embargo, no se puede andar por la vida diciendo todo lo que nos viene en mente y preguntando todo lo que nos genera ansiedad.

 

Hay que ser sincero pero sensato: tenemos una vida íntima que muchas veces es incomunicable, y hemos de aprender a lidiar con nuestras propias contradicciones e incongruencias, en aras de un crecimiento propio, y de un cuidado a nuestro amor. Y es que el amor solo puede vivir en cierta reserva. La confesión compulsiva se da solo en los juzgados y en el confesionario, jamás es un remedio para la soledad.

 

Así que este 14 de febrero cuestiónate: ¿Tú cuáles de estos “hijos perversos” estás criando en tu relación?

 

Las relaciones amorosas, hoy más que nunca, atraviesan un vertiginoso proceso de transformación. Frente a la desvinculación entre sexo, reproducción y matrimonio, emergen una diversidad de modelos amorosos y de acuerdos conyugales que antaño no había forma de vislumbrar. Sin embargo, aún con sus notables diferencias, en todos ellos el tema de la exclusividad sexual es una constante que parece ser poco negociable: en un mundo global donde podemos combinar distintas actividades con diversas personas en distintos escenarios (incluyendo el virtual), las parejas están de acuerdo en la importancia y necesidad de intercambiar intereses, confidencias y espacios con terceras personas, excepto el cuerpo. El cuerpo, dicen, no se comparte…

Este “acuerdo” de no abrirse a la extra conyugalidad es entendible en un sentido: la dimensión erótica –que incluye la sexualidad, la genitalidad, pero que es más que ambas-  se vive como la base de lo propio y distintivo de la pareja. Sin duda, el buen sexo crea vínculos, por tanto todo lazo fuera de la relación conyugal siempre corre el riesgo de desestabilizarla. Pero ¿acaso un encierro monogámico no pone también en riesgo el bienestar personal, la estabilidad y sostenimiento de la vida de pareja?, ¿una promesa de exclusividad eterna no encierra, además de bastante represión, un empobrecimiento de la vida de cada uno de los miembros de la pareja  y de la complicidad conyugal?

Pareciera que sí. La realidad nos muestra que hoy vivimos más que amores eternos, una sucesión de relaciones “monogámicas”. Eso en el mejor de los casos, porque si nos adentramos a las cifras que arrojan las  estadísticas, en los países occidentales entre el 60 y 80% de los hombres han sido infieles, mientras que entre 40 y 45% de las mujeres han tenido experiencias extraconyugales también. Aunque el 95% de las parejas siguen casándose con el acuerdo tácito o expreso de guardarse mutua fidelidad, la realidad se caracteriza por la contradicción: queremos ser fieles pero no siempre lo conseguimos, pedimos fidelidad pero no siempre la respetamos…

Si bien las experiencias sexuales extraconyugales en ocasiones van de la mano de conductas de abuso, maltrato, negligencia, venganza y desinterés, en muchos otros casos integran factores complejos que superan por mucho la idea de ser un simple hecho de maldad, de patología, de inmadurez e, incluso, de conflicto de pareja. No podemos pensar que todos los que cometen infidelidades están enfermos, errados o son unos abusivos inmorales; tampoco podemos aseverar que toda experiencia extramarital implica crisis en la vida de pareja y, menos aún, falta de amor.

Rafael Manrique, psiquiatra y psicoterapeuta español, en su libro “Conyugal y Extraconyugal” nos lleva a cuestionar esta paradoja: pensemos en un matrimonio que, tras unos años de adaptación y de vida compartida, construye una relación satisfactoria, tranquila y amorosa, que resulta buena para ambos. No habrá grandes pasiones, pero sí puede existir compromiso, gratitud, ternura, comodidad, intereses comunes, todos estos, logros de gran valor. Si esta misma pareja ve a su alrededor un mundo de matrimonios lleno de rompimientos, desamor, violencia, aburrimiento, puede darse cuenta que lo que tienen es bueno y vale la pena conservarlo, aún con la importante disminución del deseo sexual. Ponderando todo el panorama podrían decidir que, mientras lo que valoren no se ponga en riesgo, uno o ambos, juntos o separados, pueden tener alguna otra experiencia en la que lo erótico fluya con cierto candor. Manrique continúa cuestionándonos al afirmar que si existen los años, la solidez y la experiencia necesaria en cada uno y en la relación construida, los espacios extraconyugales no tendrían por qué confundirse con el amor que se tienen, ni habría por qué desmoronarse por su existencia.