Si bien en pleno siglo XXI la apertura a nuevos modelos amorosos es la constante, generalmente, nuestras formas de amar, se acaban concretando y viviendo en la institución social que llamamos matrimonio. Así que más que criticar el matrimonio es mejor concebir nuevas formas de ingresar en esa institución. De ahí la importancia de pensarlo de manera diferente, y de buscar la forma de mejorar la entrada en él.

Entonces, si te piensas casar:

  1. Cásate con alguien que te guste su olor: El olfato forma parte de nuestro sistema nervioso más primitivo y genera el más inconsciente y poderoso “test” de compatibilidad.
  2. Cásate cuando tengas trabajo y dinero que te asegure la autonomía; sin dinero propio y sin un proyecto personal, te someterás al bolsillo y las decisiones del otro.
  3. Cásate con alguien que no esté excesivamente pegado a su madre o a su padre, de lo contrario acabarás siendo otra segunda madre u otro segundo padre y además te verás obligado a rivalizar con los verdaderos progenitores de tu pareja.
  4. Cásate con alguien que no confunda la sinceridad con la verdad: se debe ser sincero pero sensato. Quienes aman la sinceridad viven en la honestidad y protegen la relación; los amantes de la “verdad absoluta” convierten su búsqueda en algo más importante que el propio amor.
  5. Cásate con alguien que no se ate demasiado al pasado, ni a su pasado personal ni al pasado del amor que viva contigo.
  6. Cásate con alguien que trate bien a los extraños, sobre todo a los empleados, camareros, o cualquiera que esté por debajo suyo en la línea jerárquica. Algún día te tratará como trate a esas personas.
  7. Cásate con alguien que sea un buen conversador: que comparta, que no te interrumpa, que te escuche, que delibere y cuestione… alguien que pueda jugar con las palabras sin creerlas sagradas.
  8. Cásate con alguien con el que te sientas orgulloso de ir a su lado, con alguien que te resulte elegante y armonioso para compartir un paseo, alguien con cuya imagen frente al espejo o en una fotografía, te sientas a gusto.
  9. Cásate con alguien que no sea extremadamente rígido, aunque sea “un diamante” porque será “valioso” pero duro.
  10. Cásate con alguien que no se sienta insignificante, Alguien que no sea “insípido”, “soso”, intercambiable por cualquier otra persona.
  11. Cásate después de haber invertido tiempo y dinero en tu persona en todos los aspectos: intelectual, corporal, erótico, emocional,
  12. Cásate con alguien que no sea celoso. Al principio puede que tenga un toque de diversión pero la vida será un infierno al cabo de poco tiempo. El amor es intercambio, no posesión.
  13. Y por último… cásate con alguien que pueda resultar un buen “ex”, o que ya lo sea, porque si tu candidato a pareja despotrica, chantajea, o culpa a sus “ex”, sí tu llegas a serlo la historia se repetirá…

 

El dicho de “borrón y cuenta nueva” puede ser válido para un partido de ajedrez o para un cambio de profesión, pero en las relaciones amorosas la cosa se mueve de forma diferente.

Los seres humanos, si bien cambiamos, tenemos una estructura de personalidad que sostenemos a lo largo de la vida: podemos matizarla, comprenderla, manejarla, pero “uno cojea con frecuencia del mismo pie”. A esto hemos de sumar que las relaciones tienen memoria y ésta deja huella en nuestra historia de vida, y nos sensibiliza o nos hace reaccionar de una u otra manera con base en lo previamente experimentado.

Por eso cuando pensamos en una “segunda vuelta” con nuestro ex, existe un prejuicio – al igual que en las películas que tienen segunda parte – que nos impulsa a pensar que ésta no puede ser mejor.  El concepto regresar apunta al pasado y con ello a revivir las frustraciones, a defendernos de las decepciones y a querer componer aquellos eventos que llevaron a la separación.

Pensar en regresar con nuestra pareja, nos obliga a echar una mirada a lo que ya pasó, lo cual sirve para sopesar lo vivido y aprender de ello, y una relación no puede construirse o renovarse viendo hacia atrás. Así, pensar en regresar con nuestra pareja, nos obliga a voltear al pasado, pero no para quedarnos mirando hacia atrás.

El efecto retrovisor

En las relaciones –como en las carreteras- no puedes recorrer un nuevo camino ni llegar a un distinto destino si te sostienes mirando hacia atrás. “Espejear” es necesario para cuestionar si se puede rescatar algo de la experiencia, pero instalarse en lo que ya se vivió te llevará, tarde o temprano a perderte en el camino,  a “estrellarte” y colapsar la relación una vez más.

Actualizar tu relación

Hemos de tener claridad del propósito de nuestro reencuentro. Idealizar lo que nos salió bien omitiendo lo que deterioró nuestra relación de pareja, así como auto engañarnos en cuanto a nuestros profundos temores con el fin de aminorar la ansiedad que produce la distancia y el dolor ante la sensación  de soledad, no son buenas razones para proyectar un  nuevo futuro.

Si bien “somos los que somos” y nuestro margen de cambio tiene sus limitaciones,  también podemos trabajar para construir una mejor versión de nosotros mismos así como para adoptar un mejor manejo de los temas conflictivos añejos que con seguridad se nos volverán a presentar. No se va a estar mejor por el simple hecho de volver a estar juntos: los desafíos personales han de enfrenarse y los retos relacionales han de atravesarse.

Una nueva historia

Dejamos correr el tiempo tras una terminación anhelando la posibilidad de volver con nuestro ex. A veces hasta nos vamos alistando internamente para el día que nos llegue la posibilidad de un nuevo encuentro. Pero las relaciones no se “componen” mágicamente,  se requiere actualizarlas con algunos “ingredientes” básicos:

  • Autoconocimiento: ¿Cómo estoy yo conmigo? ¿Qué heridas me dejó esta relación?
  • Responsabilidad por la propia conducta: ¿Qué me corresponde asumir a mí?
  • Claridad de lo que uno desea, necesita y valora: ¿Qué quiero, qué puedo y qué tengo?
  • Negociación de lo que se puede y de lo que no se puede: ¿Qué sí y qué no?
  • Aceptación de que el otro no responderá a todas nuestras expectativas: ¿Qué expectativas tengo puestas sobre mi pareja que no se pueden cumplir?
  • Reconstrucción del proyecto de vida compartido: ¿Para qué quiero intentar algo de nuevo?

 

Proyectar el futuro:

¿Qué nueva historia queremos escribir con estos mismos personajes?

 El pasado es pasado. Si bien puede haber cambios en patrones nocivos que se repetían  una y otra vez en la relación para que exista la sólida posibilidad de que funcione una nueva etapa amorosa, se requiere soltar lo que fue: con sus heridas, peleas, ilusiones e ideales. Los momentos felices se pueden atesorar, pero no podrán regresar de la misma manera. Y es fácil decir “hay que soltar”, ¿pero esto cómo se logra en la vida real?

Depositando experiencias nuevas y positivas a la relación, generando acciones gozosas en las que nos conozcamos de nuevo, posibilitando diálogos no defensivos que nos permitan cambiar nuestras suposiciones sobre el otro, conteniendo nuestras ansiedades para no volcarlas en la relación o en  nuestra pareja, deteniéndonos a pensar lo que decimos, permitiéndonos sentir lo que tememos, acercándonos con el cuerpo y con el corazón, sabiendo que el amor puede doler, pero que también que nos puede volver a cobijar.

“Uno se casa, se empareja o vive con quien ama y puede compartir una vida, pero el deseo no se casa con nadie”

Enamoramiento y amor

Amar es cosa de gente “grande”, enamorarse no: el enamoramiento nos acontece y el amor lo construimos. Cuando estamos enamorados “solo tenemos ojos” para una persona: nuestra mente, nuestro deseo, nuestra añoranza se vierte toda en el anhelo de unión con ese “otro” que nos hace vislumbrar una promesa de completud y eternidad. El enamorado es totalmente exclusivo, pero el enamoramiento –que generalmente nos embriaga sin mucha reflexión ni análisis- pasa, y con él la exclusividad de nuestro deseo.

Parece mentira que viviendo en un mundo de libertad sexual triunfal, uno de los mayores problemas en las parejas sea la falta de deseo…  ¿o el exceso de deseo –hacia otros-? Y de ahí viene a veces, y siguiendo patrones ancestrales de género, la compulsividad sexual masculina –mientras mas repertorio sexual mejor, prendiendo pequeños fuegos equívocos que tampoco satisfacen del todo el deseo- , y la retracción femenina –tiñendo de romanticismo todos los encuentros a costa de un erotismo vivo-,  lo cual desacopla las expectativas y los ritmos de la pareja.

 

Demandas y necesidades

Y en el desacoplamiento vienen los problemas:  hacemos a nuestra pareja demandas en el territorio erótico-amoroso como si fueran necesidades que se pueden satisfacer. Y es que sí, las necesidades como comida, dinero, descanso -con cierta gestión y empeño- pueden consiguirse, pero las demandas se dirigen a las personas y en general son una petición de algo: atención, cuidado, escucha, y todo esto ocurre justo en medio de la danza del amor.

Las demandas:  variadas, floridas, voraces, llenas de signficiados, erráticas, y ellas, –a diferencia de las necesidades– no tienen un objeto concreto que las satisfagan, por eso nunca se pueden saciar. Entre la necesidad y las demandas fluye el deseo…

La infinitud del deseo

El deseo es como un flujo constante que parte de nuestro interior y va hacia afuera imprengando lo que deseamos y convirtiéndolo en algo significativo para nosotros. El deseo es inagotable y su importancia estriba en que justo su infinitud amortigua nuestra consciencia de finitud; la idea de la muerte. El acto de desear hace complejas las relaciones humanas, pues abre un mundo de posibilidades que generan intensidad, incertidumbre y a veces desobediencia.

Estamos en una transición amorosa en donde por un lado, el deseo impera, y no solo eso, es legítimo y necesario, y por el otro,  no existen –ni existirán– más  esquemas amorosos claramente trazados para vivir y canalizar nuestras demandas de amor, de afecto y de erotismo. Antaño bastaba ser hombre o ser mujer para entender claramente en qué posición nos correspondía colocarnos en la vida –y en la cama–, ¡y ay de aquel que se desviara del camino! (el del matrimonio heterosexual –de preferencia con juez y cura- para toda la vida) porque maldiciones, culpas y señalamientos caían sobre él.

Esto no significa que lo vivido en el pasado fuera mejor, pero sin duda era más simple, menos confuso y por ello habían expectativas limitadas y menores frustraciones.

 ¿Y entonces qué?

Hoy toca entender las nuevas geografías del corazón con más curiosidad y menos desazón. Probablemente no haya una solución en particular, sino diversas salidas a explorar, partiendo de la base de que los seres humanos podemos amar a alguien, apegarnos a ese alguien y elegir hacer una vida con él, pero nuestro deseo no está programado para saciarse en una sola persona.

Para gestionar mejor nuestro deseo…

  1. Crear acuerdos: comunicar con la pareja qué es lo que se desea y llegar a nuevos acuerdos. Estos acuerdos requieren ser negociados y actualizados constantemente. Lo que hoy puede funcionar quizás en un futuro próximo puede ya no resultar.
  2. Asumir maduramente responsabilidad: a falta de acuerdos, exceso de represión y necesidad de genuina exploración, actuar de acuerdo a los propios deseos reconociendo los límites bajo los cuales se rigen los acuerdos de la relación. Se necesita tener clara la ética de responsabilidad personal y de cuidado al otro, así como el asumir de manera adulta los riesgos de explorar, y por supuesto, aceptar las consecuencias de las propias decisiones en cualquier situación. Se requiere también ser veraz con uno mismo respecto al malestar que hay en la relación o el genuino deseo personal de expansión. Y ojo, la genuina culpa cuestiona límites, expande la conciencia y repara, mientras que la culpa “culposa” puede llevar a confesiones equívocas, dolores innecesarios y quiebres amorosos sin sentido.
  1. Separarse temporalmente o terminar: hacer un balance de la situación y aceptar que el deseo trasciende los límites de la relación y no se puede ni crear acuerdos ni continuar. Vivir en la evasión y en la mentira puede prolongar un dolor innecesario que supere el propio de terminar con un amor.

Para (no) terminar

Hoy no existe un camino único para todas la parejas: el amor se crea y se recrea permanentemente. Las relaciones de pareja abren sus horizontes trascendiendo la igualdad y abirendose a la libertad. Desde la exclusividad sexual hasta el poliamor, pasando por diversos acuerdos y matices, la vida de pareja se hace “dispareja”.

Hombres y mujeres, partiendo de nuestras diferentes situaciones y condiciones, hemos de disponernos a cuestionar prejuicios limitantes, desbancar creencias añejas, y experimentar, caernos, aprender y repuntar.

Claro que también podemos “simplificar” las cosas y transitar del desear lo que nos falta -dentro del reino de la carencia- a desear lo que no nos falta –dentro del reino del amor- .

¿Cómo viven las nuevas generaciones el amor?

El amor y la gratificación inmediata

Los avances en la ciencia y en la tecnología son evidentes y el mundo globalizado en el que nos encontramos nos mantiene en permanente comunicación e interdependencia unos con otros. Se acortan las distancias, aparecen diversos escenarios de vida a los que antes era inimaginable acceder y al mismo tiempo se diluyen las grandes diferencias mediante la “unificación”  de maneras de pensar, de desear, de sentir y de proceder.

Estas novedades nos llevan a vivenciar ambivalencia, complejidad y contradicción en nuestras decisiones y elecciones: queremos esto y también lo otro; deseamos estar aquí pero sin perder lo que tenemos allá; sabemos que no nos gusta que nos traten de una manera pero no nos comportamos como esperamos que lo hagan con nosotros; hacemos excepciones y nos damos permisos a nosotros mismos pero somos exigentes con los demás. Todo esto tiene un impacto en la manera en la que percibimos y vivimos el amor.

¿Qué deben saber las nuevas generaciones sobre el amor?

Algunas ideas que pueden facilitarnos la creación de vínculos amorosos suficientemente buenos y  enriquecedores tendrían que partir de premisas diferentes a las que se consideraban hace unos cuantos años. Hoy hay muchos más elementos –entre ellos los digitales- en la ecuación del amor que lo hacen más complejo:

  • El “fast love” no existe. Las relaciones muy veloces en general se tratan de pasión, de enamoramiento, pero no de amor. El amor requiere de tiempo, de conocimiento, de constancia y de presencias; “el amor se cuece a fuego lento”.
  • No existe alguien especial “predestinado” para nosotros. Podríamos hacerla con muchas personas sí, y de hecho tenemos acceso a infinidad de contactos humanos, pero hemos de elegir a una (o a unas cuantas si nos declaramos poliamorosos).
  • El paso de la virtualidad a la realidad toma tiempo. En las redes podemos mostrar fascetas de nuestra personalidad que nos cuesta más trabajo desplegar en la vida diaria real, y también se nos facilita esconder aspectos propios que no nos gusta mostrar “en carne y hueso”  pero que se dejan ver muy a nuestro pesar.
  • Idealización-proyección: Los medios digitales pueden generar expectativas falsas que se sustentan en fantasías; es importante darse cuenta de que lo digital puede ser un espejo para proyectar esa utopía llena de expectativas que han de aterrizarse en una realidad.

¿Cómo poner esto en práctica?

Tanto en el amor como en la vida…

  1. Tolerancia a la frustración: construir un buen amor no va a ser a la primera ni va a ser fácil.
  2. Posponer la gratificación: observar y no actuar desde ese deseo por una respuesta inmediata.
  3. Ejercitar la voluntad: la voluntad es la capacidad de decidir con consciencia y libertad lo que se desea y lo que no.
  4. Ajustar las aspiraciónes con las posibilidades: si algo ha generado esta nueva era digital es la proyección de los ideales.
  5. Aceptar lo que es cuando la realidad se impone: el mundo digital ofrece muchas posibilidades y conecta con muchas personas simultáneamente, sin embargo, no todo lo que se observa en este medio es real.

Los medios digitales son indudablemente un gran avance en la historia de la humanidad por lo que es importante integrar este fenómeno cibernético a lo que estamos viviendo. De ahí la importancia de observar, cuestionar y conocer los pros y contras del uso que le damos. La experiencia es aún muy nueva y aún así ya impacta la manera de vivir el amor y las relaciones.

Yo, como profesional del bienestar humano y de las relaciones amorosas, considero que esta nueva era nos abre muchas fronteras y nos permite expandir los límites de nuestras posibilidades; pero ojo, puede convertirse en un arma de doble filo si no tomamos consciencia del efecto que tiene en nosotros y cuestionamos el mejor uso que le podamos dar.

Por eso, y no desde una postura conformista, que para amar en los tiempos del whats app hay que tomar prestada la frase del filósofo francés Compte-Sponville,

“Te quiero como eres. Tal vez no respondes a lo que yo esperaba. Pero prefiero tu realidad a mi sueños”.

 

Si algo tengo claro después de buscar y rebuscar, analizar y sobre analizar a diferentes autores y hasta a distintos poetas llego a la conclusión de que es una tarea compleja –y hasta imposible- definir el amor.  El amor no es algo que pueda verse o tocarse: es una experiencia y, por consiguiente, es difícil definirlo y describirlo.

Se puede pensar en el amor con la siguiente metáfora: imagina que el amor es como un diamante con muchas caras. Puedes verlo desde diversas perspectivas y cada una de esas facetas representa alguno de los ingredientes que lo constituyen.

Tal vez el intento de adaptarse a un modelo amoroso único haya sido parte de desventuras y por más que se le hace a este o al otro no logramos ubicarnos en alguno. Es claro que el amor no se ajusta a trajes a la medida según las necesidades, intereses y valores de los amantes.

Cada ser humano es diferente y precisa ingredientes distintos para amar. Esto depende entre otras cosas, de la etapa de vida que se está transitando. Valdría la pena, por lo tanto, intentar, más que hablar del amor, hablar de tipos de amores, pues cada etapa de la vida, cada experiencia amorosa, requiere diferentes cosas.

Sin embargo hay que tener cuidado para no confundir el amor con otras actitudes, que no alcanzan para interpretar la experiencia amorosa. El amor incluye una amplia gama de experiencias, vividas, percibidas e interpretadas de maneras diferentes en cada persona. Algunas manifestaciones, si bien pueden relacionarse con algún aspecto del amor, no lo agotan.

Existen estilos de amar muy diferentes, por lo tanto, es importante que se comparta algo del estilo propio con quien se busque entablar una relación. Del mismo modo, se requerirá ser receptivo para conocer otro estilo con la finalidad de lograr la compatibilidad.

Algunos tipos de amor:


  • Amor romántico: Tiene calidez, sentimentalismo. Maneja todo tipo de emociones intensas, tiende a ser idealista y el objetivo es buscar una “media naranja”, alguien con quien completarse.
  • Amor amistoso: No es tan intenso, sino calmado. Es menos romántico, por lo que tal vez el erotismo y el sexo no son centrales. Es estable y respetuoso; menos demandante y más realista.
  • Amor compromiso: Sigue normas y reglas concretas; más que interesarse en mucha intimidad, gusta de tener acuerdos convenientes y explícitos.
  • Amor práctico: Ve a la pareja de manera más realista; decide de forma racional mediante la elección de alguien de la misma religión, ideología política y con pensamientos similares respecto del manejo del dinero y la educación de los hijos, entre otras cosas.
  • Amor entregado: Centrado en el otro, en el deseo de ayudarle a satisfacer sus necesidades.
  • Amor cultivado: Aquí se trata de regar, cuidar y cosechar. Si se descuida la cosecha no se dará.

De alguna manera, cada persona tiene una mezcla de estos estilos. Conocer y entender la propia mezcla de creencias, necesidades y expectativas acerca del amor hará más fácil comprender qué tipo de amor se busca, así como relacionarse teniendo claro cuál es la línea propia y cuáles son sus límites correspondientes.

Hablar de amores es integrar la diversidad; saber que no todos queremos ni necesitamos lo mismo en una relación. Y lo más importante, hablar de amores es darle lugar a otros en su diferencia y hacer de la experiencia amorosa una vivencia de frescura, expansión y crecimiento, y no un tormento de sometimiento y desilusión.

Hoy es responsabilidad de cada persona como individuo en busca del tan ansiado amor crear la consciencia necesaria para conocer qué tipo o tipos de amores buscamos y podemos ofrecer y así dejar de ir por la vida culpando a sus parejas, las mujeres o los hombres o a San Antonio porque no les manda novio.

Y una cosa puedo jurar:

Yo, que me enamoré de tus alas, jamás te las voy a querer cortar….

Frida Kahlo

¿Cómo no decir algo del amor hoy 14 de Febrero? Al amor casi lo deseamos a diario, lo necesitamos siempre, lo añoramos a veces, le tememos en ocasiones, y nos mueve en el día a día para caminar. El amor nos alimenta, nos impulsa, muy particularmente el amor de pareja – que hoy se hace tan perseguido y tan difícil de encontrar – pero cualquier tipo de amor, – de pareja, de amistad, familiar – es muy preciado.

Del amor nos hablan a dario los libros, las canciones, las películas, los poemas; también  el propio corazón y  las vivencias acumuladas. Pero en ese deseo férreo de encontrarlo, de tenerlo y conservarlo, idealizamos su presencia eterna y olvidamos lo que le hace –entre otras cosas- deteriorarse y morir.

Y es que el deseo de no perder por ningún motivo a quien amamos puede llevarnos a conductas que generan “hijos perversos” de ese mismo amor. Y al decir “hijos perversos” me refiero a esos comportamientos extraños, insidiosos, perturbadores, que desvían el sentido de acompañamiento, del juego, del intercambio, y del disfrute que produce una buena relación que solo se dan en la libertad y en la igualdad.

 Los 4 “hijos perversos” del amor:

1) Querer cambiar al otro: Las personas cambiamos cuando queremos y más frecuentemente cuando necesitamos. No te des a la tarea de transformar los aspectos negativos de tu pareja, no mal gastes tu tiempo y tu energía en que el otro sea como tú lo quieres amoldar. El cambio y el crecimiento se puede dar pero no a partir de la insistencia, la súplica o la amenaza.

2) Querer celar al otro: Algunas personas confunden el amor con los celos. Y sí, los celos se dan en el territorio del amor pero no son derivados del amor. El celoso elige poseer antes que amar;  la posesión nos sitúa en un mundo en el que una persona es un objeto para el uso de otra, lo que le impide tener al otro la autonomía que cualquier ser humano requiere.

3) Querer complacer al otro: La expectativa de recibir una aceptación incondicional de nuestra pareja es válida y puede llegar a ser restauradora de heridas de infancia si la manejamos bien. Pero si nuestra necesidad de no ser rechazados es exagerada,  tocaremos el extremo de minimizar o negar nuestras necesidades y de violentar nuestros límites por complacer a nuestra pareja y con ello obtener su aceptación total.

El amor ha de asumir que la pareja no nos dará todo y que nosotros tampoco podremos colmarlo a ella; por eso se dice que el amor adulto ha de dejarnos un poco insatisfechos.

4) Quererse decir todo y saber todo del otro: Las mentiras deterioran la confianza, dañan al amor y con frecuencia son antesala de las traiciones. Si son constantes, manipuladoras, agresivas, son símbolo de abuso, y de inmadurez. Sin embargo, no se puede andar por la vida diciendo todo lo que nos viene en mente y preguntando todo lo que nos genera ansiedad.

 

Hay que ser sincero pero sensato: tenemos una vida íntima que muchas veces es incomunicable, y hemos de aprender a lidiar con nuestras propias contradicciones e incongruencias, en aras de un crecimiento propio, y de un cuidado a nuestro amor. Y es que el amor solo puede vivir en cierta reserva. La confesión compulsiva se da solo en los juzgados y en el confesionario, jamás es un remedio para la soledad.

 

Así que este 14 de febrero cuestiónate: ¿Tú cuáles de estos “hijos perversos” estás criando en tu relación?

 

Las relaciones amorosas, hoy más que nunca, atraviesan un vertiginoso proceso de transformación. Frente a la desvinculación entre sexo, reproducción y matrimonio, emergen una diversidad de modelos amorosos y de acuerdos conyugales que antaño no había forma de vislumbrar. Sin embargo, aún con sus notables diferencias, en todos ellos el tema de la exclusividad sexual es una constante que parece ser poco negociable: en un mundo global donde podemos combinar distintas actividades con diversas personas en distintos escenarios (incluyendo el virtual), las parejas están de acuerdo en la importancia y necesidad de intercambiar intereses, confidencias y espacios con terceras personas, excepto el cuerpo. El cuerpo, dicen, no se comparte…

Este “acuerdo” de no abrirse a la extra conyugalidad es entendible en un sentido: la dimensión erótica –que incluye la sexualidad, la genitalidad, pero que es más que ambas-  se vive como la base de lo propio y distintivo de la pareja. Sin duda, el buen sexo crea vínculos, por tanto todo lazo fuera de la relación conyugal siempre corre el riesgo de desestabilizarla. Pero ¿acaso un encierro monogámico no pone también en riesgo el bienestar personal, la estabilidad y sostenimiento de la vida de pareja?, ¿una promesa de exclusividad eterna no encierra, además de bastante represión, un empobrecimiento de la vida de cada uno de los miembros de la pareja  y de la complicidad conyugal?

Pareciera que sí. La realidad nos muestra que hoy vivimos más que amores eternos, una sucesión de relaciones “monogámicas”. Eso en el mejor de los casos, porque si nos adentramos a las cifras que arrojan las  estadísticas, en los países occidentales entre el 60 y 80% de los hombres han sido infieles, mientras que entre 40 y 45% de las mujeres han tenido experiencias extraconyugales también. Aunque el 95% de las parejas siguen casándose con el acuerdo tácito o expreso de guardarse mutua fidelidad, la realidad se caracteriza por la contradicción: queremos ser fieles pero no siempre lo conseguimos, pedimos fidelidad pero no siempre la respetamos…

Si bien las experiencias sexuales extraconyugales en ocasiones van de la mano de conductas de abuso, maltrato, negligencia, venganza y desinterés, en muchos otros casos integran factores complejos que superan por mucho la idea de ser un simple hecho de maldad, de patología, de inmadurez e, incluso, de conflicto de pareja. No podemos pensar que todos los que cometen infidelidades están enfermos, errados o son unos abusivos inmorales; tampoco podemos aseverar que toda experiencia extramarital implica crisis en la vida de pareja y, menos aún, falta de amor.

Rafael Manrique, psiquiatra y psicoterapeuta español, en su libro “Conyugal y Extraconyugal” nos lleva a cuestionar esta paradoja: pensemos en un matrimonio que, tras unos años de adaptación y de vida compartida, construye una relación satisfactoria, tranquila y amorosa, que resulta buena para ambos. No habrá grandes pasiones, pero sí puede existir compromiso, gratitud, ternura, comodidad, intereses comunes, todos estos, logros de gran valor. Si esta misma pareja ve a su alrededor un mundo de matrimonios lleno de rompimientos, desamor, violencia, aburrimiento, puede darse cuenta que lo que tienen es bueno y vale la pena conservarlo, aún con la importante disminución del deseo sexual. Ponderando todo el panorama podrían decidir que, mientras lo que valoren no se ponga en riesgo, uno o ambos, juntos o separados, pueden tener alguna otra experiencia en la que lo erótico fluya con cierto candor. Manrique continúa cuestionándonos al afirmar que si existen los años, la solidez y la experiencia necesaria en cada uno y en la relación construida, los espacios extraconyugales no tendrían por qué confundirse con el amor que se tienen, ni habría por qué desmoronarse por su existencia.

 

¿Qué tú no eres celoso? ¡No lo afirmes con tanta seguridad! Posiblemente no has tenido esta experiencia, pero a todos, en un momento dado, los celos nos pueden venir a visitar.

Hay a quienes les halaga que los celen, espero te cuestiones de dónde viene esta actitud si acaso presumes de ella. Otros hasta confunden el amor con los celos. Pensar que “celar es amar” es una idea romántica y errónea de quienes alimentan la creencia de que si alguien no te cela “alguito”  es porque no le importas de verdad.

Cuando alguna persona te prometa que todo lo tendrás con ella, como si realmente pudiera aislarte del mundo y darte todo lo que necesitas, ¡sal corriendo! Una promesa así termina en vigilancia, hostigamiento y control. El celoso elige poseer antes que amar.

A diferencia de las necesidades que se satisfacen con algo concreto, – el hambre se sacia con el alimento o el cansancio con un buen dormir-, el amor no se satisface así. El amor no es una necesidad sino una demanda: se “desea tener amor”, pero el deseo nunca se completa con algo particular, nunca se colma del todo. Por esto solemos afirmar que el amor adulto siempre te dejará un poco insatisfecho, algo inconsolable.

Los celos son una experiencia de sufrimiento, un disgusto emocional frente a la pérdida de quien amas o bien ante la simple idea de que lo puedas llegar a perder. La persona celosa mezcla seis estados emocionales:

  1. Deseo de posesión.
  2. Experiencia exclusión.
  3. Necesidad de competir.
  4. Envidia de quien me puede “desbancar”.
  5. Humillación por no ser “el mejor”.
  6. Miedo ante la pérdida y el abandono.

Algunos  rasgos de carácter que muestran la tendencia de una persona a comportarse de forma celosa son:

  1. “Sabelotodos”: tienen siempre una respuesta “correcta”.
  2. Corrigen permanentemente los “errores” de los demás.
  3. Moralistas: juzgan rígidamente si las acciones de los otros están “bien” o “mal”.
  4. Suspicaces: se mantienen en alerta constante sin perder los menores detalles de la conducta del amado.
  5. Muy exigentes, y por tanto difíciles de complacer.
  6. A veces, por su alta religiosidad o por adherirse a valores supremos e inalcanzables, sus demandas están “fuera de este mundo”.
  7. Muy responsables y “coherentes”, por lo que les cuesta integrar las contradicciones propias de la vida.
  8. Ansiosos, lo que hace que su tolerancia al riesgo y a la incertidumbre sea muy baja.

Las verdaderas crisis de celos no se dan sólo por  “amor al otro”, incluyen también un exceso de “amor propio” y un alto nivel de inseguridad. Si bien es cierto que los celos se detonan por alguna conducta externa del ser amado, la forma de  vivirlos  y expresarlos  tiene mucho que ver con el grado  de madurez  y seguridad de la persona misma.

¿Cómo detectar a un celoso? Pon atención si esa persona tiene constantes sospechas en relación a ti: “¿por qué te vestiste con este color tan llamativo?”, “¡qué raro que te marqué y no contestaste!”, “¡me dicen que eres muy conocido y famoso!, ¿por qué será?”. Reconoce también si te quiere hacer sentir irresponsable e incompetente a través de su constante vigilancia,  suspicacia y control.

Hay de gente celosa a enfermos de celos: personas cuya cabeza está plagada de obsesiones, incluso delirios y que encierran propiamente una patología mental donde no cabe más que planear la retirada.

Cuidar que una relacióm de pareja no se enferme gracias a los celos es fundamental no sólo para mantener a flote esa relación, sino para evitar que en un futuro lo que se suponía que era una “muestra de interés” derive en destructivas situaciones de violencia.

 

La adicción afectiva es una dolencia que tiene cura y sobre todo que puede prevenirse. Contradiciendo lo que la mayoría de la gente, los medios de comunicación y la sociedad en general nos dicen sobre el amor, me atrevo a afirmar que es posible amar intensamente a una persona y conservar la independencia personal. Esto, al tiempo que se cuida y se hace crecer el vínculo amoroso.

El amor dependiente más que un acto de cariño desinteresado y generoso es una forma de rendición personal guiada por el miedo. El fin del mismo es preservar al ser amado y evitar la ruptura y con ella el abandono.  Hay quienes llegan a despersonalizarse para conservar a su pareja llegando a asumir la obediencia no cuestionada, a adherirse a sus normas y principios y a  subordinarse en un modelo de dominio-sumisión. Afirmar “mi existencia no  tiene sentido sin él” es el primer paso para una vida sin rumbo y sin propio significado.

¿Se pueden eliminar las ataduras psicológicas y mantener vivo un vínculo amorosos? Sí, pero para entender esto hemos de reconocer que se sabe más de la falta de amor que del exceso afectivo. A las personas en general les interesa más el tema del desamor y sus consecuencias que la presencia evidente de un “amor desmedido”. No es extraño escuchar plácidos comentarios como “su amor es tan grande que no hacen nada el uno sin el otro”.

El amor co-dependiente desgasta y enferma, deteriora física emocionalmente a quienes lo viven y destruye la relación amorosa. ¿Cuáles son las características de la inmadurez emocional que están en la base de este tipo de vínculos?: me atrevo a afirmar que las personas emocionalmente inmaduras tienen dificultades para manejar el sufrimiento, la frustración y la incertidumbre.

¿Vale la pena cambiar una pizca de bienestar y protección inmediata por una vida insufrible? ¡Se paga tan cara la fantasía de seguridad, de estabilidad y confiabilidad! El temor al abandono puede llevarnos a renunciar a una convivencia pacífica y tranquila.

Si te has dado cuenta que tu relación ha caído en la codependencia, es importante que consideres los siguientes puntos, los cuales pueden serte de gran ayuda si decides salir terminar con esa relación:

  • Evitar sufrimientos innecesarios. Si a pesar de la aflicción que genera y los fantasmas de la soledad interrumpimos la relación enferma ejercitamos una importante conducta de autoafirmación que refuerza nuestra seguridad personal y nos habilita a aprender del fracaso.
  • Aprender del fracaso. Sólo quien puede detectar y analizar las razones de sus fracasos está en condiciones de rectificar los errores cometidos y perseverar en alcanzar la meta deseada. Fracasar es aprender, y este aprendizaje facilitará éxitos posteriores.
  • Enriquecer la vida afectiva: no se trata de dejar a unas personas para conocer a otras, sino de saber abandonar las relaciones que empobrecen o violentan en el presente para no hipotecar nuestro futuro por ellas. Quien no es capaz de reconocer que la relación no funciona, dificulta sus opciones de generar otra que sí pueda funcionar.

El trabajo hacia la autonomía y la autosuficiencia es tarea central para la madurez emocional. No “poner todos los huevos en la misma canasta” repartirá nuestros quereres en distintos intereses, amistades, sueños, propósitos, permitiéndonos interpretar diversos papeles en nuestra vida. Al final, debemos recordar que “no solo de ser pareja vive el hombre”.

 

¿VALE LA PENA CONTINUAR DESPUÉS DE UNA INFIDELIDAD?/ ¿PERDONAR UNA INFIDELIDAD?

Todos hemos tenido algo que ver con el tema de la infidelidad: como hijos de padres infieles, como amantes de alguien casado, como cómplices de un buen amigo, como profesionales que trabajamos con el tema, como “traidores” de un matrimonio de “cuento de hadas”, o como el desafortunado “traicionado”.

El tema de la infidelidad se ha abordado desde una perspectiva moral, una visión simplista del mundo, del “bien” y del “mal”, un villano y una víctima y en donde la sexualidad es vista como sucia y vulgar.

Poco se ha profundizado en la complejidad que incluyen los dilemas humanos individuales,  las vicisitudes relacionales de las parejas y las características sociales del contexto en donde se ha llegado a concluir que no todas las infidelidades tienen que ver con alguna patología, disfunción, problema, maldad, error de juicio, inmadurez o “mal paso”.

Aún así, no deja de llamar la atención que otras conductas que implican actos de abuso severo generen menos perturbación que una relación extraconyugal; dichos actos son más fácilmente justificados entre las parejas, antes que pasar por alto una “traición”.

Es importante hacer distinciones en las infidelidades ya que lo primero que conviene precisar es que no siempre la infidelidad implica un enamoramiento alternativo, ni éste conduce forzosamente a la infidelidad. La segunda precisión es que los hombres y las mujeres presentan notables diferencias en la forma de correlacionar ambas variables: por regla general, los hombres tienden a ser más infieles, sin que ello suponga que exista un enamoramiento alternativo, y las mujeres suelen requerir mayor implicación emocional para consumar la infidelidad; aunque entre las nuevas generaciones, las diferencias se van reduciendo, porque las mujeres se están incorporando al modelo que, hasta hace pocos años, se consideraba característico del sexo masculino.

Existen diversos elementos que influyen en la magnitud del efecto que producen al ser descubiertas:

¿Cuándo no se puede perdonar?

  • Cuando la relación de pareja ha sido de abuso permanente, mentiras y manipulaciones más allá de la infidelidad.
  • Cuando la infidelidad es un hábito y ha sido de manera descuidada, recurrentes, descaradas, prepotente, lastimosa.
  • Cuando hay una adicción al sexo no reconocida ni tratada.
  • Cuando hay una inmadurez sostenida del infiel.
  • Cuando la infidelidad es la puerta de salida de una relación vacía y desgastada ante la dificultad de darla por terminada.
  • Cuándo la persona lastimada NO PUEDE, PORQUE NO PUEDE.

¿Cuándo sí perdonar?

  • Cuando el infiel tiene una claridad y consciencia de lo ocurrido, está dispuesto a trabajarlo.
  • Cuando es un evento aislado y no un hábito permanente.
  • Cuando surgen de necesidades personales no satisfechas que no ha atendido de manera particular.
  • Cuando aparece como un evento que permitió liberar ansiedad en etapas de adaptación critica.
  • Cuando son una señal clara de que la relación está en crisis y es momento de hacer algo diferente para renovarla e intentar permanecer.
  • Cuando el efecto de la misma, más allá del dolor, generó un equilibrio para la vida de pareja.
  • Cuando es una transgresión ante un sometimiento no trabajado y ante un desequilibrio de poder.
  • Cuando se entiende que no somos monógamos por naturaleza pero que elegimos pactar relaciones de exclusividad y gestionar el deseo sexual.
  • Cuando el dilema incluye la inherente contradicción entre lo doméstico y lo erótico.
  • Cuando hay intención y deseo de entender y reparar.

Quizás todas estas situaciones de infidelidad, sin ser fáciles de asumir y transitar, dependiendo de su manejo y resolución, pueden ser situaciones de crisis pero también oportunidades de crecimiento personal y de pareja. Es decir, hay infidelidades que apuntan a la mejora y a la evolución.

¿Cómo perdonar?

Las infidelidades no se olvidan, pero sí se pueden perdonar. Para lograrlo hay que entender que el perdón no es un evento sino un proceso: toma tiempo y se da aportando cosas nuevas y positivas que actualicen la relación la relación.

Es esencial recuperar la confianza y para lograrlo lo primero es la integridad emocional personal con sus respectivas medidas de precaución, pues solo así podrá responderse a lo que se haga en el presente en la relación y no a lo que ocurrió en el pasado.