Recuerdo muy bien a un paciente cuyo motivo de consulta fue concreto y particular: “Doctora, recomiéndeme buena bibliografía para aprender a ligar”.

Roberto, tras un divorcio y tres intentos nada afortunados de acercarse a mujeres que le llamaban la atención, se dio a la tarea de “estudiar” sobre el asunto antes de volver a ponerse en circulación. Después de escuchar los relatos sobre sus intentos de acercamiento (unos regulares y otros ciertamente poco adecuados), le recomendé, para responder a su petición, dos librillos y le propuse unas cuantas sesiones para apoyarlo en su nueva faena.

“Doctora –insistía- es que eso de no ser guapo ya de entrada es una desventaja, agréguele mi timidez y las inseguridades que me dejó mi separación”.

Muchos de quienes terminamos una relación amorosa nos hemos sentido –como Roberto- en una situación similar, y algunos solteros establecidos que tienen ganas de emparejarse lo han experimentado también. Es que ligar es mucho más que conseguir que alguien llanamente se fije en ti o que se enamore como en cuento de hadas; es inclusive más que lograr una conquista para una buena noche debajo de las sábanas. Ligar es, a mi juicio, conseguir que alguien que te interesa se interese también por ti. Y para que eso suceda no hay fórmulas mágicas, ni secretos ocultos: es más una cuestión de práctica y autoconocimiento. “Se hace camino al andar”.

Esta época, como no es difícil notar, vive obsesionada con las relaciones amorosas, con gustar a los demás, con encajar, con pasar un buen rato. Vivimos vueltos locos por el sexo, por llamar la atención y por brillar. Todo lo anterior tiene su lado positivo, no lo niego, pero la condición humana no puede reducirse sólo a eso. Nos olvidamos que los otros no son sólo posibles parejas, posibles compañeros sexuales o seres que pueden ser cazados con una buena estrategia. Quizá devolver su imagen humana a los demás, como un otro que puede hacerme crecer y a quien puedo hacer crecer, es el primer paso antes de emprender cualquier tipo de relación.

Es por esto que resulta muy importante conocernos mejor, saber qué esperamos de los demás pero, sobre todo, tener claro quiénes somos y qué podemos aportar a los demás. ¡Alinea tus aspiraciones con tus posibilidades!, y de entrada sufrirás menos decepciones. Y es que eso de sentir que mereces más, tienes más y puedes más de lo que es en verdad, es el camino directo a la frustración. No se trata de que te conformes con cualquier encuentro como “premio de consolación”, pero sí de tener un justo conocimiento de tus alcances y  sobre todo de qué es lo que puedes ofrecer. A partir de eso podrás emparejar con personas con formas de vida, principios y perspectivas acordes con las tuyas.

Hay varios procedimientos para conseguir pareja: uno es la fascinación, sinónimo de parálisis, de dependencia, y a veces incluso de subordinación. Otro es la agresión, que no necesita sinónimos, y finalmente se abre el campo de la seducción. Para ligar hay que aprender a seducir.

La seducción es lograr que el otro se fije en mí, que se interese por mi y que de, una u otra manera, se vincule conmigo. Seduciendo logro introducirme en la vida del otro y así formar parte tanto de su memoria como de sus futuros deseos. Seducir no es sólo cuestión sensorial o sexual, es una forma de hacerte parte de la vida de alguien más.

Ligar en este sentido exige unas estrategias particulares: considerar que el otro es un ser único y hacerlo sentir como tal. Hacer del ligue un intercambio de ideas, de gustos y de intereses, poniendo sobre la mesa los tuyos e interesándote por los del otro también. Generar un ambiente de intimidad mostrando quién eres, sin develar de entrada todo de ti. Evitar la “victimización”, las frases trilladas donde expones cuán dura ha sido tu vida amorosa: ¡las víctimas mueven a la compasión más veces que al deseo! Poner límites suficientes para que el otro sepa que estás disponible y dispuesto, pero no a sus pies. Y sobre todo generar espacios de diversión, de juego, de disfrute, de placer…

Podrá sonar soso pero, después de todo, es mostrarte tal cual eres, no para “quedar bien” con alguien, sino para probar cuán agradable es el mutuo acercamiento. Al final, ¿cómo podría sostenerse una relación con alguien que no guste de quién eres genuinamente?

Y, por favor, ¡no finjas!, haz con tus verdaderas virtudes tu mayor campo de acción. Si no, como dice Geraldy: “Seducimos valiéndonos de mentiras y pretendemos ser amados por nosotros mismos”. Y esa es, no lo dudes, la maniobra menos efectiva.

Un engaño puede ser una bala directo al corazón o un rasguño, pero en cualquiera de los casos, es una herida que duele y debe ser atendida, pues la lucha entre la pasión y la razón puede destrozar todo a su alrededor.

Hablar de infidelidad es muy complejo, pues no podemos reducir un evento con tantos matices a un tema de “causa-efecto”, donde existen una víctima y un villano. No todas las infidelidades son iguales. Algunas parten de necesidades personales no satisfechas; en ocasiones son francos impulsos que permiten liberar ansiedad en etapas de transición o adaptación crítica; en otras, son síntomas claros de una relación en crisis.

Sin importar ante qué tipo de infidelidad nos encontremos ¿cómo puedes manejar lo negativo de su impacto y salir bien librado de su consecuente dolor? Los siguientes puntos pueden ser la guía que te ayude a enfrentar esta etapa, entendiendo primero que no a todos les afecta de la misma manera la infidelidad:

  1. Sal del shock inicial
. El descubrimiento de una infidelidad produce un efecto traumático que es preciso trabajar.
 De nada sirve actuar con violencia ni tomar decisiones precipitadas. La madurez emocional es fundamental para saber enfrentar situaciones impactantes.
  2. Restaura, paso a paso, la confianza.
 Aunque la situación es incómoda, desconcertante y dolorosa, la relación puede rescatarse.
 Llegado el momento, establece una comunicación abierta; no dejes que pase mucho tiempo. Si te atreves a preguntar lo que no debes, te arriesgas a escuchar lo que no quieres. No sirve hablar del amante ni buscarlo, ni mencionarlo a cada rato, ni comparar, pues esto genera más humillación y hostilidad e impide la recuperación.
  3. Experimenta el dolor.
 Confía en la recuperación y permítete sentir enojo, culpa, tristeza, miedo… todo. La infidelidad puede ser un parteaguas para mejorar la relación de pareja o, con mucha seguridad, una forma de conocerte mejor a ti mismo y crecer como individuo.
  4. Revisa tu relación.
 Evita etiquetarte en el papel de víctima o de villano; reflexiona en la parte que te toca, pues casi siempre es asunto de dos.
  5. Decídete por una buena relación o por una buena terminación.
 Si eliges continuar pero no puedes dejar de mencionar lo sucedido, es mejor poner distancia. Si optas por terminar la relación, el enojo y el rencor te facilitarán el alejamiento, pero no es la mejor manera de cerrar. Un final sin rencores y odios es una buena opción para volver a empezar en paz y, en caso de tener hijos, siempre será mejor para ellos.
  6. Trabaja en tu madurez personal.
 A mayor seguridad personal, menor impacto de la infidelidad, tan sencillo como eso. Recuerda que la infidelidad o la falta de lealtad no pueden resumirse en un simple “¿qué hice mal yo?”.

Recuerda que siempre que las cosas van más allá de lo que puedes manejar, es pertinente buscar ayuda profesional. Una infidelidad puede ser un momento de dolor profundo y cambios rotundos en la vida, pero saber enfrentarlo maduramente, con responsabilidad y calma puede ser la fórmula para que el dolor, si es que no es menor, al menos sea más transitable y, sobre todo, nos deje aprendizajes valiosos que van mucho más allá del trillado “no volver a tropezar con la misma piedra”.

Cuando el corazón da para más de uno…

Tradicionalmente se ha constreñido nuestra mirada sobre las relaciones erótico afectivas a moldes raros, penalizando en nosotros el deseo y el placer e idealizando románticamente el amor. Se nos han implantado, a partir de la constante repetición, infinidad de creencias, prejuicios y demás postulados instituidos por el orden económico y social, buscando evitar lo diferente, uniformándonos para que “marchemos” todos iguales y ordenaditos.

Pero los cambios sociales en general son cada vez más evidentes e ineludibles. Uno de esos cambios es la aparición del poliamor. Y digo aparición no por que sea algo nuevo, sino porque en últimos tiempos se ha puesto mayor atención a esta práctica.

El poliamor significa, básicamente, amor entre muchos pero, definitivamente, esto no significa orgías, tríos lúdicos contratados, ni intercambios de parejas. Todas estas prácticas son más bien expresiones transgresoras de la sexualidad costumbrista que algunas parejas incluyen en sus rituales sexuales de vez en vez para ponerles “sal y pimienta”. La poliamoría (como también suele llamársele) menos aún implica infidelidades sistemáticas o amantes clandestinos.

El poliamor hace referencia a relaciones abiertas consensuadas, en el entendido de que es posible amar, y mantener relaciones emocionales, íntimas o sexuales, con más de una persona y de forma duradera. Lo que predomina es el amor, no el sexo, si bien éste puede o no estar presente en el intercambio.

Como todo ideal, incluyendo la vida conyugal, la poliamoría es un acuerdo, una forma más socializada de amar que incluye prácticas honestas, responsables y éticas en el amor a varias personas al mismo tiempo. Quizás su desafío es la no posesión tan inflexible de las relaciones patriarcales que quieren hacer del cuerpo y del alma del otro una pertenencia propia. Alguno de los acuerdos poliamorosos existentes son:

  • Polifidelidad: acuerdos de fidelidad o exclusividad sexual entro los miembros que integral el grupo poliamoroso. Las relaciones amorosas y sexuales quedan confinadas al grupo definido, por tanto no se habla de un contrato con absoluta apertura sexual.
  • Poligamia: consistente en el acuerdo matrimonial con dos o más personas. Si quien tiene varias esposas es el varón se llama poligenia, y si lo es la mujer se llama poliandra.
  • Relaciones o matrimonios grupales: en este caso un grupo de 3 o más personas decide comprometerse en un matrimonio comunitario con convivencia domiciliaria y con responsabilidades comunes que incluyen la manutención del grupo, las responsabilidades doméstica y la crianza de los hijos.
  • Relaciones conexas: este acuerdo permite que cada persona tenga varias relaciones con diversos grados de importancias y acuerdos sin incluir la cohabitación.
  • Relaciones monopoliamorosas: consiste en la aceptación por mutuo acuerdo de los miembros de la pareja que sea sólo uno de ellos quien sostendrá relaciones conexas.
  • Clanes o tribus: este caso incluye redes complejas entre un grupo de personas con base en cuestiones culturales que permiten los intercambios amorosos entre sus miembros.

No hay normas fijas para vivir el poliamor. Si no las hay para vivir el matrimonio, si los acuerdos de dos relaciones de pareja nunca son iguales, la poliamoría tiene mucho camino aún por recorrer. Siguiendo esta idea, es necesario indicar que existen situaciones que, si no se consideran de antemano, llevan al fracaso rotundo y a la lastimadura de quienes participan en tal situación:

  • El autoengaño, por el cual, a pesar de la falta de amor, uno o ambos integrantes no se atreve a abandonar la pareja, permitiendo prácticas con las cuales, en el fondo, no está de acuerdo.
  • Mayor poder de alguno que presiona al otro para prácticas y relaciones compartidas.
  • Celos incontrolables.
  • Remitirse a la poliamoría como una especie de justificación ante una infidelidad descubierta.
  • Un temperamento extremadamente ansioso que requiere de certezas absolutas en las relaciones.
  • Atravesar una crisis de pareja, donde se piensa que con la poliamoría se va a solucionar un problema que tiene raíz en otro lado.
  • Demasiado apego a una vida “normal” basada en los convencionalismos sociales y la normatividad moral.

Sin una experiencia de vida, una madurez personal básica, un manejo adecuado de los celos, es imposible aceptar que la persona amada pueda amar a alguien más. Lograr ver a mi pareja como un sujeto que no me pertenece y no como un objeto que puedo poseer, manipular y controlar, ya es faena importante en muchas relaciones amorosas de a dos. Este reto se incrementa en las relaciones poliamorosas.

No podemos negar que los matrimonios convencionales estén en crisis. Muchas personas, ante el malestar amoroso, cuestionan en el silencio de su interioridad si  las cosas “tienen que ser” como son. Más aún,  infinidad de personas has sentido o bien experimentado el poliamor en la clandestinidad, o bien se han reprimido ante el deseo de vivenciarlo, generando resentimientos y reclamos a su pareja por verla como fuente de su frustración. Vivir la poliamoría, sea en la modalidad que sea, no es fácil, pero la monogamia forzada tampoco resulta bien.

Considero que la poliamoria, termina siendo –al igual que el feminismo y las nuevas masculinidades-  un movimiento de liberación humana.

 

El sexo, el erotismo y el amor son dimensiones diferentes dentro de las dinámicas de relaciones humanas de pareja. Con mucha frecuencia hablamos de sexo: “tener sexo, disfrutar el sexo, necesitar el sexo”, cuando queremos referirnos a distintas conductas que se sustentan en la sexualidad. En estricto sentido, hablar de sexo es hablar de las actividades y el placer que se deriva de nuestro ser biológico, concretamente de nuestra genitalidad. Se nace siendo “macho” o “hembra”: los hombres producen espermas, las mujeres producen óvulos y eso es los que determina su sexo.

Sin embargo, cuando hacemos referencia a nuestra vida sexual, generalmente pensamos en algo más complejo que lo biológico: imaginamos veladas sensuales, posiciones excitantes, fantasías inaccesibles, etc. En realidad, la sexualidad es mucho menos que eso porque, en sentido literal, el sexo es lo que tenemos en común con los animales: lo instintivo, lo genital, lo pulsional, lo que, básicamente, nos permite reproducirnos.

El erotismo por su parte,  junto con la seducción, la sensualidad y el amor, son fenómenos característicos de lo humano. Sin duda es la sexualidad  la dimensión en la que se asientan todas estas experiencias: sobre la sexualidad se asienta el erotismo, sobre el erotismo se asienta el enamoramiento y sobre el enamoramiento, se puede asentar –o no-  el amor.

Muchas veces al hablar de sexualidad, de lo que estamos hablando es justo de eso otro: de erotismo. Quizás esta distorsión es muy común entre las personas del siglo XXI. ¿Y qué es el erotismo? El erotismo es la elaboración cultural del sexo, el conjunto de posibilidades que las personas construimos sobre esa realidad biológica. El instinto se transforma en placer y el placer en erotismo: el erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer.

Para vivir un erotismo emancipador hemos de desarrollar nuestra capacidad de vivir la vulnerabilidad y la intimidad. Y ser vulnerable, ser íntimo, develarse, arriesgarse por el otro, es algo muy exigente. Somos cínicos o pichicatos cuando sostenemos que podemos tener relaciones eróticas sin  algún tipo de implicación emocional, por pequeña que sea. Cuando así lo creemos quizás lo que vivimos fue el sexo rápido de una “noche de copas”; o bien una relación poco satisfactoria de la cual decimos “fue sólo sexo”.

Bajo esa tónica, la realidad de “la mañana siguiente” con una persona recién conocida o que conocemos muy poco, es un lugar interesante de investigación de cómo nos relacionamos, del erotismo, de la sexualidad y de la intimidad. ¡Y es que se pasa abruptamente de no conocernos a compartir cosas privadas e íntimas!: dormir, el baño, el despertar… Lo que pasó, pasó, pero ahora nos regresa la conciencia y las preguntas:  “¿quiero salir corriendo?”, “¿disfruto del intercambio que aún sabe a placer?”, “¿anhelo conocer más a ese otro o sólo me alisto para decir adiós?”.

Sea cual sea el nivel de compromiso de la relación, el erotismo cabalmente practicado, deja un buen sabor de boca, a diferencia del consumo sexual despersonalizado y compulsivo. Cuando lo erótico se deshumaniza ocurre que el hastío o el desagrado aparecen rápidamente. El sexo o es erotismo o es muy poco. De hecho, el acto sexual no es necesario para tener una experiencia erótica integral. No es una necesidad como el hambre o la sed: es un deseo que expresa una disponibilidad emocional y, por tanto, física y psíquica.El placer sexual es el más fuerte de los placeres. La relación erótica a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo Por eso tiene también la capacidad de crear las ligazones más fuertes. Si alguien nos generan placer erótico trataremos de encontrarlo una y otra vez. Cuando gozamos de la experiencia de un placer mutuo, tendemos  a querer establecer una relación duradera, capaz de resistir penas y de capotear dificultades. Es entonces que esta ligazón tiende a desencadenar otros fenómenos como el apego, el enamoramiento, la intimidad, incluso el amor…     

Sin duda el amor, una experiencia difícil de definir, inicia generalmente con la sincronía “química”: sería difícil amar a alguien cuyos olores, textura y sabor nos fuera desagradable.  De cualquier modo el amor se integra de muchos más ingredientes que el placer compartido a través del erotismo, incluso que la abrazadora experiencia del enamoramiento. A veces su puerta de entrada es la amistad, el intercambio intelectual, la cercanía emocional; surge después el deseo de interactuar, de adquirir mayor compromiso con la vida del otro.  Si la compatibilidad se constata, con el tiempo, cristalizaremos una relación y sostendremos encuentros sexuales.        Pero el amor también puede construirse al revés: en lugar de conocernos y luego tener relaciones sexuales, podemos empezar por lo erótico, y si va bien podríamos pensar en avanzar hacia un mayor conocimiento, que constate una armonía en nuestros sueños, en nuestras necesidades y en nuestro mundo de intereses y valores. Ambas direcciones, en el momento de construir vínculos, son válidas. Al final, el buen sexo tiene mucho de eros y, según dicen, es Eros el dios del amor.

El noviazgo es una vinculación que se establece entre dos personas que se sienten atraídas mutuamente, donde hay emoción, ilusión y sentimientos compartidos. Es una oportunidad para conocerse, una etapa de experimentación y de búsqueda, con actividades, gustos y pensamientos en común. Puede ser un preámbulo para una relación duradera. Sin embargo, ¿qué pasa cuando en un noviazgo las cosas dejan de ser amorosas y comienzan a aparecer signos de violencia?

En nuestro país el 76% de los mexicanos de entre 15 y 24 años con relaciones de pareja han sufrido agresiones psicológicas, 15% han sido víctima de violencia física y 16% han vivido al menos una experiencia de ataque sexual (datos obtenidos de la encuesta realizada por el Instituto Mexicano de la Juventud).

 

 

 

La violencia puede ocurrir en cualquier momento de la relación, desde la primer cita, durante el noviazgo o al llevar varios años de casados. En la etapa de enamoramiento es más difícil dejar una relación violenta porque pensamos que es algo transitorio.

La violencia en el noviazgo es cualquier acto, palabra u omisión, que produce daño o lesión, mediante el cual una persona trata de doblegar o paralizar a su pareja. Su intención es dominar y someter ejerciendo el poder. La violencia no respeta los derechos humanos de la otra persona. Es una forma de abuso de poder y conlleva la intención de someter y dominar a otra persona, eliminando todos los obstáculos que puedan darse para el ejercicio de dicho poder.

En ocasiones la violencia tiene efectos claros y contundentes, como en el caso de los golpes. Otras veces puede ser sutil, escondida en palabras o silencios, disfrazada de “consejos” que denigran, descalifican o degradan a la persona: “Te he dicho muchas veces que no me interrumpas cuando hablo con mis amigos, nadie quiere oír las cosas que dices, lo digo por tu bien”, “calladita te ves más bonita”, “si te vistes así dirán que eres una mujer fácil”.

Contrario a lo que se dice popularmente, como cuando escuchamos que “si lo aguanta es porque le gusta”, está probado que la violencia es rechazada por TODAS las mujeres y TODOS los hombres que la viven.

La violencia se presenta en diferentes tipos:

• Violencia Psicológica o Emocional: Enojos o desplantes por cosas insignificantes, menosprecio o humillación frente a otras personas, celos o sospecha de las amistades de la pareja, conductas posesivas, comentarios o palabras intimidantes, insultantes o denigrantes, impedir visitar a familiares o amistades, amenaza de golpes, amenazas con armas, amenazas de muerte a la víctima, a sus seres queridos o a sí mismo, etc.

• Violencia Física: Conductas como empujar intencionalmente, jalonear, torcer el brazo, jalar el cabello, pegar con la mano abierta o con puño cerrado; patear, golpear con algún objeto, quemar con cualquier sustancia, intentar ahorcar o asfixiar, etc.

• Violencia Económica: Es toda acción u omisión que afecta la supervivencia económica de la víctima a través de imponer limitaciones encaminadas a controlar el ingreso de las percepciones económicas de persona, para dominarla o someterla, ya sea en el ambiente familiar, en el laboral o en cualquier otro.

• Violencia Patrimonial: Quitar, usar o destruir sus pertenencias en contra de su voluntad; retener o esconder documentos; maltratar mascotas o bienes muy queridos; heredar sólo a los hombres, etc.

• Violencia Sexual: Violación, abuso sexual, manoseos o toqueteos sin consentimiento de la mujer; forzar a la pornografía, exhibicionismo o prostitución, etc.

La violencia puede ocurrir en cualquier momento de la relación, desde la primer cita, durante el noviazgo o al llevar varios años de casados. En la etapa de enamoramiento es más difícil dejar una relación violenta porque pensamos que es algo transitorio que va a cambiar en cuanto avance.

Si en tu relación de pareja, seas hombre o mujer, notas una o más de las siguientes señales de abuso, ten cuidado, quizá es momento de alejarte de esa persona, o bien, tal vez debes acercarte a las autoridades competentes:

• No te permite que tengas amistades y te vigila constantemente.

• Abusa del alcohol o drogas y te presiona para que las consumas.

• Te pone en situaciones de riesgo cuando han discutido.

• Te culpa de provocar su enojo.

• Busca tener todo el control de la relación.

• Controla tu forma de vestir.

• Hagas lo que hagas se molesta contigo.

• Te ha jaloneado, empujado o golpeado.

• Con frecuencia te insulta y te culpa de sus problemas.

• Te acusa de infidelidad.

• Y tras todo esto… pide disculpas, te hace regalos y promete que todo cambiará.

La violencia cubierta bajo el “amor” resulta casi invisible. Los efectos y síntomas del maltrato durante el noviazgo son desconocidos para gran parte de las y los jóvenes mexicanos quienes, al carecer de información certera sobre la violencia y sus diferentes vertientes, confunden con muestras de afecto, conductas antisociales.

Las personas tenemos derecho a ser respetadas física, sexual y psicológicamente. Tenemos derecho a no ser humilladas, ridiculizadas o menospreciadas, ni en público ni en la intimidad. La violencia no es un juego. Hay que aprender –tanto jóvenes como adultos- a reconocerla, denunciarla y enfrentarla.

Un engaño puede ser una bala directo al corazón o un rasguño, pero en cualquiera de los casos, es una herida que duele y debe ser sanada, pues la lucha entre la pasión y la razón será épica.

Hablar de infidelidad es un tema complejo, pues no podemos reducir un evento con tantos matices a un asunto “causa-efecto” donde hay una víctima y un villano. No todas las infidelidades son iguales, no a todas se les concede la misma importancia, no todas se gestan desde el mismo lugar, malestar o deseo. Algunas parten de necesidades personales no satisfechas; en ocasiones son francos impulsos que permiten liberar ansiedad en etapas de transición o adaptación critica; en otras, son síntomas claros de una relación en crisis y, sin duda, son también manifestación de la tragedia que significa que no sean del todo sinónimos fidelidad y exclusividad sexual.

 

Me atrevo a afirmar que, en algunos casos, el impacto de un affair puede llegar a ser, si se maneja de manera oportuna, constructivo. Lograr esto no es tarea fácil, pero si la pareja está comprometida, la explosión de una crisis abrirá puertas para trabajar y actualizar la relación.

No importa cuál sea el origen de una infidelidad, el efecto que produce su descubrimiento es bastante traumático en general

El objetivo de este texto no es destacar que una infidelidad te brinda posibilidades de crecer en el territorio amoroso o personal; dicha perspectiva me obligaría a diferenciar entre lo que es una “infidelidad necesaria para el crecimiento” y una “infidelidad tóxica” que sólo genera una experiencia de hostilidad, la búsqueda hedonista de placer y la incapacidad para tolerar y contender con las tensiones de una vida en común.

No importa cuál sea el origen de una infidelidad, el efecto que produce su descubrimiento es bastante traumático en general: primero se experimenta la sensación de traición y el quiebre de la confianza, después aparece el miedo al abandono, y termina con un profundo sentido de humillación. Los acuerdos de exclusividad sexual traicionados rompen lo límites de la pareja, pues los sentimientos, el cuerpo y la sexualidad compartida te dejan con la sensación de que la pareja nunca volverá a ser la misma.

Hay diversos elementos que influyen en la magnitud del efecto de una infidelidad:

– El género: El efecto de la infidelidad puede ser muy distinto según sea vivida por el hombre o la mujer. El tema del patriarcado nos lleva a afirmar que generalmente lo que en el hombre se condona, en la mujer se condena.

– Las circunstancias: El cómo, cuándo, dónde y cuántas veces, hace una diferencia. No es lo mismo una “cana al aire” que una relación de meses o años con involucramiento emocional.

– El perfil del amante: Su edad, atractivo, inteligencia, etc. A las mujeres en general nos afecta que “la otra” sea más joven y atractiva, y a los hombres que el “cabrón” tenga un mayor reconocimiento profesional o social. Pero lo que no toleran ni hombres ni mujeres es que el tercero tenga valores manifiestamente inferiores a los propios, porque, entonces, se suma el agravio de que te cambiaron por alguien que es “menos” que tú.

– El vínculo relacional previo: A más proximidad (un familiar o amigo), mayor es la gravedad y peor el pronóstico.

– La confianza básica desarrollada en la infancia: Este sentimiento es particularmente frágil en individuos cuya estructura de personalidad es o se acerca al narcisismo patológico; para ellos, la experiencia de la traición puede ser tan devastadora que los puede sumir en un estado de desolación y desesperación eventualmente suicida u homicida.

– El trabajo de madurez personal: Alguien comprometido en el propio crecimiento puede manejar mejor el impacto de una infidelidad, aunque no deja de ser doloroso.

Líbrate del dolor infiel

Sin importar ante qué tipo de infidelidad nos encontremos, por lo común está presente la sensación de traición. El engaño es una amenaza directa a nuestro sentimiento de pertenencia y confianza dentro de la pareja. Entonces, ¿cómo puedes manejar lo negativo de su impacto y salir bien librado de su consecuente dolor? Trata de seguir estos siete pasos y lograrás grandes avances.

1. Sal del shock inicial

El descubrimiento de una infidelidad produce un efecto traumático que es preciso trabajar.
• A pesar del trauma, de nada sirve actuar con violencia. Perder el control puede llevarte a cometer una tontería. La infidelidad no es motivo suficiente para convertirte en “criminal”.
• Lleva tiempo que regrese la calma; no tomes decisiones precipitadas.
• Controla tu deseo de interrogar a tu pareja como si fueras un inquisidor y espera a que hable.

2. Restaura, paso a paso, la confianza

Aunque la situación es incómoda, desconcertante y dolorosa, la relación puede rescatarse.
• La recuperación de la confianza toma tiempo; al principio hay dudas, suspicacia y reclamos.
• Llegado el momento, establece una comunicación abierta; no dejes que pase mucho tiempo.
• De preferencia, conversa en territorio neutral: analiza motivos, errores de ambos y el deseo de continuar.
• ¿Decir toda la verdad? Si te atreves a preguntar lo que no debes, te arriesgas a escuchar lo que no quieres. Esta curiosidad es peligrosa porque conocer los detalles de la infidelidad tiende a hacer incurable la herida. A veces la verdad es útil y necesaria, pero en otras ocasiones tiene consecuencias adversas y destructivas. Además, centrarse en exceso en el tema de la infidelidad, comúnmente deja fuera temas centrales de la relación.
• No sirve hablar del amante ni buscarlo, ni mencionarlo a cada rato, ni comparar, pues esto genera más humillación y hostilidad e impide la recuperación.
• No compartas lo ocurrido con cualquiera, sólo con amigos o familiares que pueden escuchar sin juzgar.

3. Experimenta el dolor

Confía en la recuperación y déjate sentir. Enojo, culpa, tristeza, miedo… todo. La infidelidad puede ser un parteaguas para mejorar la relación de pareja.

4. Revisa tu relación

Evita etiquetarte en el papel de víctima o de villano; reflexiona en la parte que te toca, pues casi siempre es asunto de dos.
• Debes saber escuchar y aprender maneras de conversar.
• Recorre la historia de la relación y asume tu responsabilidad de cuando empezaron a ir mal las cosas.
• Elige temas a tratar que vayan más allá de la infidelidad.
• Aprende a negociar y a manejar conflictos.
• Concéntrate en mejorar tu relación y no en hablar de la infidelidad.

5. Decídete por una buena relación o por una buena terminación

Si eliges continuar pero no puedes dejar de mencionar lo sucedido, es mejor poner distancia. Si optas por terminar la relación, el enojo y el rencor te facilitarán el alejamiento, pero no es la mejor manera de cerrar.

6. Trabaja en tu madurez personal

A mayor seguridad personal, menor impacto de la infidelidad.

7. Siempre es pertinente buscar ayuda profesional

Del olvido al no me acuerdo

El perdón, como proceso, es necesario para atravesar esta experiencia. Tratar de perdonar en lugar de traer a colación resentimientos del pasado facilita estar presente en la situación actual y dar al otro, y a uno mismo, la posibilidad de cambio.

Sin bien en cada caso perdonar se verbalizará de forma distinta, una buena afirmación de perdón podría ser: “Te perdono, aquello que pasó ya no me influye, pero como consecuencia ocupas un segundo nivel de confianza. No sé si alguna vez estarás en el primero, lo deseo, pero por ahora mantendré ciertas medidas de precaución que te serán evidentes. Aunque también te aseguro que responderé a lo que hagas ahora y no a lo que hiciste entonces. Si noto algún prejuicio respecto a ti te lo haré notar para poder platicarlo”.

La importancia de una infidelidad y el pronóstico de su posible asimilación no deben establecerse en función del placer que proporciona, sino de las otras variables: la pasión es diferente al amor; la primera, justamente, caracteriza las infidelidades.

Recuerda:
*Si te atreves a preguntar lo que no debes, te arriesgas a escuchar lo que no quieres. Esta curiosidad es peligrosa porque conocer los detalles de la infidelidad tiende a hacer incurable la herida.

*A mayor seguridad personal, menor impacto de la infidelidad.

*La importancia de una infidelidad y el pronóstico de su posible asimilación no deben establecerse en función del placer que proporciona, sino de las otras variables: la pasión es diferente al amor; la primera, justamente, caracteriza las infidelidades.

Basta con mirar nuestro entorno para encontrarnos con el bombardeo de los medios de comunicación y de las redes sociales que nos muestran –ya sea por exceso o por defecto– que la relación con el otro se ha convertido en el tema de preocupación fundamental de nuestra época. ¡Ni qué decir de las conversaciones de café donde las charlas de amores y desamores son el sine qua non de una buena bebida, a veces de un buen trago!

El sexo, el erotismo y el amor son dimensiones diferentes dentro de las dinámicas de relaciones humanas de pareja. Con mucha frecuencia hablamos de sexo: “tener sexo, disfrutar el sexo, necesitar el sexo”, cuando queremos referirnos a distintas conductas que se sustentan en la sexualidad. En estricto sentido, hablar de sexo es hablar de las actividades y el placer que se deriva de nuestro ser biológico, concretamente de nuestra genitalidad. Se nace siendo “macho” o “hembra”: los hombres producen espermas, las mujeres producen óvulos y eso es lo que determina su sexo.

Sin embargo, cuando hacemos referencia a nuestra vida sexual, generalmente pensamos en algo más complejo que lo biológico: imaginamos veladas sensuales, posiciones excitantes, fantasías inaccesibles, etc. En realidad, la sexualidad es mucho menos que eso porque, en sentido literal, el sexo es lo que tenemos en común con los animales: lo instintivo, lo genital, lo pulsional, lo que, básicamente, nos permite reproducirnos.

Sobre la sexualidad se asienta el erotismo, sobre el erotismo se asienta el enamoramiento y sobre el enamoramiento, se puede asentar –o no–  el amor.

El erotismo por su parte,  junto con la seducción, la sensualidad y el amor, son fenómenos característicos de lo humano. Sin duda es la sexualidad  la dimensión en la que se asientan todas estas experiencias: sobre la sexualidad se asienta el erotismo, sobre el erotismo se asienta el enamoramiento y sobre el enamoramiento, se puede asentar –o no–  el amor.

Muchas veces al hablar de sexualidad, de lo que estamos hablando es justo de eso otro: de erotismo. Quizás esta distorsión es muy común entre las personas del siglo XXI. ¿Y qué es el erotismo? El erotismo es la elaboración cultural del sexo, el conjunto de posibilidades que las personas construimos sobre esa realidad biológica.

El instinto se transforma en placer y el placer en erotismo: el erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer.

Nuestra sociedad capitalista se organiza alrededor del consumo. Desde este lugar, claro que se consume un sexo físico, genital, pensando que es erotismo o que es amor, cuando no es así. Podemos consumir sexo –viendo al otro como objeto de uso y consumo-, pero no podemos consumir el erotismo porque éste es un intercambio entre sujetos, un encuentro entre dos o más personas.

Para vivir un erotismo emancipador hemos de desarrollar nuestra capacidad de vivir la vulnerabilidad y la intimidad.

Ser vulnerable, ser íntimo, develarse, arriesgarse por el otro, es algo muy exigente. Somos cínicos o pichicatos cuando sostenemos que podemos tener relaciones eróticas sin algún tipo de implicación emocional, por pequeña que sea. Cuando así lo creemos quizás lo que vivimos fue el sexo rápido de una “noche de copas”; o bien una relación poco satisfactoria de la cual decimos “fue sólo sexo”.

Bajo esa tónica, la realidad de “la mañana siguiente” con una persona recién conocida o que conocemos muy poco, es un lugar interesante de investigación de cómo nos relacionamos, del erotismo, de la sexualidad y de la intimidad. ¡Y es que se pasa abruptamente de no conocernos a compartir cosas privadas e íntimas!: dormir, el baño, el despertar… Lo que pasó, pasó, pero ahora nos regresa la conciencia y las preguntas:  “¿quiero salir corriendo?”, “¿disfruto del intercambio que aún sabe a placer?”, “¿anhelo conocer más a ese otro o sólo me alisto para decir adiós?”.

Sea cual sea el nivel de compromiso de la relación, el erotismo cabalmente practicado, deja un buen sabor de boca, a diferencia del consumo sexual despersonalizado y compulsivo. Cuando lo erótico se deshumaniza ocurre que el hastío o el desagrado aparecen rápidamente. El sexo o es erotismo o es muy poco. De hecho, el acto sexual no es necesario para tener una experiencia erótica integral. No es una necesidad como el hambre o la sed: es un deseo que expresa una disponibilidad emocional y, por tanto, física y psíquica.

El placer sexual es el más fuerte de los placeres. La relación erótica a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo. Por eso tiene también la capacidad de crear las ligazones más fuertes. Si alguien nos generan placer erótico trataremos de encontrarlo una y otra vez. Cuando gozamos de la experiencia de un placer mutuo, tendemos  a querer establecer una relación duradera, capaz de resistir penas y de capotear dificultades. Es entonces que esta ligazón tiende a desencadenar otros fenómenos como el apego, el enamoramiento, la intimidad, incluso el amor…

De cualquier modo, el amor se integra de muchos más ingredientes que el placer compartido a través del erotismo, incluso que la abrazadora experiencia del enamoramiento.

Sin duda el amor, una experiencia difícil de definir, inicia generalmente con la sincronía “química”: sería difícil amar a alguien cuyos olores, textura y sabor nos fuera desagradable.  De cualquier modo, el amor se integra de muchos más ingredientes que el placer compartido a través del erotismo, incluso que la abrazadora experiencia del enamoramiento. A veces su puerta de entrada es la amistad, el intercambio intelectual, la cercanía emocional; surge después el deseo de interactuar, de adquirir mayor compromiso con la vida del otro.  Si la compatibilidad se constata, con el tiempo, cristalizaremos una relación y sostendremos encuentros sexuales.

Pero el amor también puede construirse al revés: en lugar de conocernos y luego tener relaciones sexuales, podemos empezar por lo erótico, y si va bien podríamos pensar en avanzar hacia un mayor conocimiento, que constate una armonía en nuestros sueños, en nuestras necesidades y en nuestro mundo de intereses y valores. Ambas direcciones, en el momento de construir vínculos, son válidas. Al final, el buen sexo tiene mucho de eros y, según dicen, es Eros el dios del amor.

No se puede dejar una relación de pareja por cualquier cosa, pero tampoco puede sostenerse a pesar de todo.

Cuando las cosas van mal, “los primeros en ver las llamas son quienes están fuera del incendio, y no quienes estamos en él”. Y es que a veces no sabemos –o no queremos– reconocer cuando una situación se ha vuelto insostenible y necesita una solución. Es difícil dejar ir algo que queremos o amamos; se requiere valor, mucha conciencia y una buena dosis de voluntad. Entonces, ¿cómo podemos identificar y enfrentar que nuestra relación amorosa está en crisis? No es simple, pero existe en ello un dejo de falta de paz, de inquietud, de intuición que nos dice que algo marcha mal.

 

 

 

Quizá la siguiente lista de síntomas pueda dar una idea general:

  1. Cuando siento más intranquilidad que paz al estar con mi pareja.
  2. Cuando ya no experimento ternura y afecto por el otro.
  3. Cuando prefiero estar acompañada de familia o amigos, que de mi pareja.
  4. Cuando tocar temas “de nosotros” se vuelve un peso o algo que te genera inquietud.
  5. Cuando hay poca reciprocidad, poca retroalimentación y poco interés mutuo.
  6. Cuando la comunicación se estanca fácilmente.
  7. Cuando pierde (o pierdes) interés en lo que siente(s), dice(s) o piensa(s).
  8. Cuando su presencia empieza a irritarte.
  9. Cuando cualquier motivo es excusa para pelear.
  10. Cuando tu pareja o tú buscan afectar al otro, de cualquier modo, incluso por mero placer de verle rabiar.
  11. Cuando tienes que preguntar cuándo será la próxima vez que se verán.
  12. Cuando, lejos de transmitirte paz su presencia, te genera estrés y hasta temor.
  13. Cuando sus charlas se limitan a críticas, peleas o ataques.

No es lo mismo una mala relación, que una “mala racha”. Hay relaciones pobres o violentas por las que ya no conviene apostar, pero muchas otras son actualizables y pueden ser positivas para ambas partes. Por ello es crucial identificar si las causas de nuestro descontento pueden tener solución o conviene terminar la relación por lo sano, para lo cual se requiere disposición de ambas partes. Nuestro grado de tolerancia también debe poner de su parte para disponerse a una transformación efectiva y positiva, pues los grandes cambios se alcanzan con deseo, determinación, planes a corto plazo y pequeñas acciones concretas y sostenidas.

Hoy la vida de pareja, a diferencia de otras épocas, tiene más libertad de elección y, al mismo tiempo, más fragilidad para su duración. Existen infinidad de factores que entran en juego para lograr el sostenimiento de una vida de pareja en común pero, sean cuales sean las circunstancias, es importante siempre tener en mente que las buenas relaciones son para disfrutarlas y las malas para terminarlas, asimilarlas, y crecer gracias a su proceso. Antes de tomar una decisión recuerda que no podemos terminar una relación por cualquier cosa pero tampoco podemos sostenerla a pesar de todo.

Hoy difícilmente podemos considerar al matrimonio “la tierra del amor…”. ¿Será que en algún momento sí lo fue? Averiguarlo nos requeriría entrar en un recorrido histórico para comprender cómo surgieron los primeros acuerdos conyugales y su evolución en el tiempo, pero eso es “otro cantar”. Mejor nos quedamos con la afirmación de Nicolás-Sebastien Roch quien dice que “El amor es más placentero que el matrimonio, por la misma razón que las novelas son más interesantes que la historia”.

La incertidumbre que tanto malestar genera en la vida de pareja, es el único antídoto que previene el desgaste del deseo.

El amor, en términos generales, es poco previsible y difícil de domesticar; la incertidumbre forma parte de él, esto contradice la creencia milenaria de que “el amor todo lo puede y todo lo soporta”. Sin embargo, la incertidumbre que tanto malestar genera en la vida de pareja, es el único antídoto que previene el desgaste del deseo y de la pasión con el correr de los años: demasiada cercanía, demasiada seguridad, demasiado conocimiento, agotan el deseo y la pasión.

La contradicción inherente en la convivencia de una pareja, entre seguridad y novedad, nos obliga a reconocer las diferencias entre el escenario que el amor requiere para vivir y el escenario que necesita para sostenerse el matrimonio: si bien de algunos siglos para acá hemos intentado ponerlos a convivir en el mismo escenario,  ambos espacios  requieren condiciones diferentes para subsistir.

¿Cómo es que al amor se le dificulta florecer en el seno de la vida matrimonial? El amor y el matrimonio pertenecen a lógicas distintas:

–El amor es una relación, como tal, se genera en el intercambio y la convivencia de los amantes. El amor lo construyen las personas que integran ese intercambio y no se somete a normas preestablecidas ni a reglas fijas. El amor pertenece a una lógica basada en la libertad, el cambio y la novedad; requiere de la igualdad para subsistir: implica posiciones de poder y de oportunidades parecidas que eviten la dependencia de uno y otro amante, y que posibiliten la libertad y el intercambio creativo de identidades.

-Por su parte, el matrimonio es una institución y pertenece a una lógica social. Como institución está sometido a derechos y deberes: requiere normas claras, horarios y usos y costumbres aceptadas. El matrimonio generalmente implica convivencia domiciliaria: compartir el mismo techo, la misma mesa… y con ello, hijos, familias, pericos, hipotecas y demás. Como institución el matrimonio requiere certezas “totales”, una estructura clara –a veces desigual– con diferencias de roles, de actividades, de responsabilidades y funciones.

Es desde esta diferencia que podemos entender que el amor y el matrimonio requieren condiciones diferentes para existir y por eso tienden a ser antagónicos. Insistimos en que al hacer esta distinción, no afirmamos que uno sea mejor que el otro: simplemente hacemos notar que son diferentes y que a veces damos por sentado que se cultivan en el mismo espacio y de la misma forma.

De aquí que no sea poco común encontrar parejas que se casaron enamoradas y convencidas de la elección que hicieron, y al paso del tiempo se les “agotó el amor”. Desde el planteamiento hecho aquí, se puede observar que el resultado del desencanto, el aburrimiento y a veces incluso la aparición de la violencia, no sólo tiene que ver con el correr del tiempo, los caracteres de cada uno de los miembros de la pareja o la mala resolución de los conflictos; en una ruptura amorosa también entra en juego la invisibilidad de esa dificultad de hacer crecer y permanecer el deseo, lo erótico y el amor en sí, en un territorio tan doméstico y rutinario, difícil de reconstruir y modificar.

Los cónyuges reconocen pocas veces el mecanismo institucional en que se encuentran y las consecuencias de dejarse atrapar por lo que marca y señala el “deber ser” del orden social. De este modo la pareja se convence fácilmente de que sus problemas maritales se deben a una disfunción “interna”, a una falta de amor o a la presencia de un tercero.

Llegados a ese punto, la pareja convertida en institución matrimonial, trata de capotear su realidad con dos estrategias distintas, ambas destructivas: se deja influir en extremo por el ambiente que le rodea, introduciendo un exceso de amigos, familia, etcétera; o bien se encierra en sí misma por temor a perderse, exigiendo que el otro satisfaga todas sus necesidades.  En ambos casos, lo que se sacrifica es el amor, ya que la verdadera satisfacción de los amantes se da a través de la riqueza de su relación, dentro del mundo, sí, pero en un sentido, al margen del mundo también. 

Estar en el mundo, sin perderse en él, entrando y saliendo, adaptándose y desafiándolo, sería la manera de hacer sobrevivir el amor.

Cuando el amor se mantiene vivo, la relación de pareja tiene para los amantes más importancia que el entorno social; esto se deja ver a la hora de dedicar tiempo, energía y motivación a algo claramente doméstico, más convencional o básicamente productivo, lo cual siempre pesa más que el encuentro amoroso mismo. Por el contrario, las parejas ya empobrecidas en su interioridad, se llenan de ruido para evitar el vacío que se impone a la hora del encuentro mutuo.

Siempre es importante que ambos miembros de la pareja sientan que su relación es fructífera, que abre puertas nuevas y les permite seguir creciendo, teniendo una buena vida. Es básico intentar cosas nuevas si lo que deseamos es mantener a flote esa barca, difícil de conducir pero que puede ser bella, que es el matrimonio.

El amor crece en la presencia, pero el deseo requiere la ausencia… binomio difícil, pero posible de conjugar…