“Ahora que decidí terminar con mi pareja, ¿cómo manejo la culpa?” Abandonar una relación siempre es una decisión complicada que nos enfrenta a muchas dudas e inseguridades. El temor a dejar algo que fue o podría ser muy bello, el temor a lastimar a alguien que se amó, el miedo a la soledad, etc., son cuestiones que pueden llevarnos a retrasar el planteamiento de la separación buscando no tomar una decisión al vapor.

Si eres quien propuso el fin de la relación, es probable que llevaras algún tiempo sintiendo incomodidad y preparando “la retirada”. Seguramente dar el paso y sostenerlo te hizo sentir, en mayor o menor grado, culpable. Si tú fuiste el “terminador”, muy probablemente sentirás culpa por lo que hiciste o dejaste de hacer. La culpa genera remordimientos y una sensación de ser in-merecedor, malo y cruel.    En este breve artículos nos enfocaremos específicamente en quien “se va”, en quien decide terminar.

La culpa de manera general se produce cuando lo que haces no corresponde a lo que piensas, y generalmente es porque tus acciones no están a la altura de alguna norma que tienes en tu interior. Nuestro comportamiento se rige por un código interno, generalmente formado años atrás con la influencia de nuestros padres y educadores primarios. Este código está constituido por normas que operan en nosotros, algunas de manera consciente, otras de forma inconsciente.

El sentimiento de culpa es funcional si te ayuda a resolver un problema, a cuidar de ti mismo y de los demás, así como a reparar los daños de acciones equivocadas. Sin embargo hay una culpa disfuncional que sólo añade sufrimiento  a tu vida convirtiéndose en un problema más.

Necesitas mucho discernimiento y flexibilidad para distinguir qué “culpas” le corresponden a cada quien. Esto es, cada miembro de la relación hizo y dijo cosas, de las cuales cada uno debe hacerse cargo: la responsabilidad de nuestros actos no puede ni debe ser delegada a nadie con el fin de “lavarnos las manos”.            En muchas ocasiones sentimos culpa por algo que, realmente, no estaba en nuestras manos evitar. Otras tantas ocasiones somos responsables de cosas que no hemos notado, o bien no queremos aceptar.

Será bueno, al enfrentarse a las decisión de terminar una relación, considerar los siguientes puntos:

  1. Reconoce y valora los esfuerzos e intentos que hiciste por resolver los problemas antes de romper. Algunas veces la culpa proviene de pensar que “no se hizo lo suficiente para reparar las cosas”.
  2. Revive la experiencia de insatisfacción y sufrimiento que te motivaron a salir de la relación. Esto es importante para mantener en ti las causas que te llevaron a ello y no perderte en los “hubieras” o pensando que quizá deberías dar marcha atrás.
  3. Anota los deseos, intereses, necesidades y valores que se veían truncados al ser pareja de esa persona.
  4. Recuerda lo que sí te dio la pasada relación, hónralo y agradece en tu interior haberlo vivido.
  5. Pregúntate cuál es la razón precisa por la que sientes culpa: ¿causaste algún daño real o la culpa viene de repetirte constantemente que eres “malo” por estar “abandonando” tu relación?
  6. Si reconoces que lastimaste a tu ex innecesariamente, pide disculpas cuando sea el momento preciso y trata de reparar en lo posible sin abrir las puertas a una reconciliación. Es importante responsabilizarte de tus acciones pero recuerda que reconciliar y reparar el daño no tiene porqué implicar que tengas la intención de retomar la relación.
  7. Visualiza la vida futura que se abre para ti gracias al valor de terminar con una relación que no correspondía a la persona que hoy eres, e inicia el camino de conquista de ese futuro que comienza a partir de hoy.

 

Ya Voltaire afirmaba hace muchos años: “He decidido hacer lo que me gusta porque es bueno para la salud”. Es mejor dedicarnos a vivir lo mejor que podamos y esperar, sin mayor certeza, que nuestra felicidad les cause alegría a los demás. Estos son los términos sobre los que cabe actuar para romper las cadenas emocionales que nos aprisionan mediante la culpa. Una vida plena requiere de sentirnos satisfechos con nuestras relaciones, nuestras actividades y saber que, frente al sentimiento de culpa, tenemos la madurez emocional para hacernos cargo de nuestros errores.

Nunca me hubiera imaginado llegar a la edad que tengo, en la situación que vivo, y con los varios retos que me faltan afrontar: ni lo hubiera pensado, ni lo hubiera pedido, menos se me hubiera ocurrido que pudiera ser así. Sí, voy a la mitad de mi vida, estoy divorciada, soy madre soltera de cuatro adultos jóvenes “en vías de desarrollo”, y ando sin novio en puerta a quien besar. ¡Tranquilos! que tras el añejo divorcio, ¡novio sí he tenido!, pero el segundo rompimiento – si bien no hubo ni anillos, ni altares, ni actas que firmar – fue como un  “divorcito” también.

Y con todo esto a cuestas y otras “graciosadas” acumuladas a lo largo del camino, cada noche me duermo dentro de unas suaves sábanas blancas, envuelta en un ligero camisón elegido de acuerdo a mi ánimo y a nuestro clima, con la ropa de mañana – minuciosamente elegida- colgada en un perchero de mi armario, y sobre mi buró plateado unas notas hechas a lápiz con los que haceres del día siguiente que está a pocas horas de llegar.

Todo esto en medio de un montón de libros desparramados a diestra y siniestra, que turno entre noche y noche, entre sueño y sueño, y entre las decisiones que cada día tengo que capotear. Así – y sintiendo burbujillas de emoción en la panza-  me entusiasma el llegar de las noches y me motiva el despertar de los días, y junto con ellos todo el “circo, maroma y teatro” que disfruto sin duda en este caminar.

Mis hermanas –todas bien casadas y poco enamoradas- me observan y cuestionan con cara de sospecha y curiosidad:  “¿Estás contenta verdad?” ¿Qué de plano tendría que estar tirada al drama por no continuar con un tipo de vida que algún día pensé que nunca se iba a acabar? Pues cómo explicarles que su percepción no falla pues la edad no me pesa, la energíaerular urbujas en la panza y en e algnavegar por mares picados marea un poco pero no deja de estimular urbujas en la panza y en  no la pierdo, el miedo no lo consiento, y entre una y otra cosa me voy alistando para la llegada de un nuevo amor. ¿Que la vida que vivo puede ser más difícil que la que viví hace ya algunos años? No lo niego ¿Pero que sin duda también mi existencia es tanto mejor? ¡Lo sostengo!.

Fuera de esquemas tradicionales y parejas matrimoniales disfruto de tardes libres, trabajo en proyectos nuevos y convivo con amistades de corazón.  Y para aderezar la gozadera visto trajes italianos, conozco hombres “celestiales” y mundanos y bebo Martinis con Bombay. ¿Por qué pensar que salirse del camino “perfecto”, el matrimonio “intacto”, la familia “soñada” es producto del error o de la equivocación?

Yo he reencarnado varias veces en esta única existencia que tengo, y con ello transitado lo elegido y lo inesperado, y por nada escogería ni otro cuerpo, ni otro espacio, ni otra vida que vivir.  Pero eso sí ¡enough de largos trayectos por carreteras de cuota!  Todo tan derechito me aburre, me adormila,  yo me sigo por la libre que en la terracería disfruto el bamboleo y transito con gracia y con estilo también…

Me decía el otro día Fernanda mi amiga, -arquitecta renombradilla, de 42 años, soltera desde hace 6, mujer determinada, y agraciada por demás – “Mira Tere, siento que ya se me antoja volver a hacer vida de pareja, pero tengo una lista tan grande de cosas que quiero hacer antes de renunciar a mis espacios, que no se cuánto tiempo más lo voy a postergar”.

¡Como que algo no me “cuajó”! “¿Pero cómo Fernanda?  ¡Si lo que vas a tener es una pareja, no un bebé, menos aún un capataz!”. Me contesta con voz reservada: “Ya ves que a mi lo de pedir y negociar, me cuesta…”

Me cuestiono para cuántas personas el vivir en pareja es sinónimo de tener que clausurar una parte importante de sí mismas: deseos, necesidades,  intereses, valores, y no sé que tanto más. Y eso que no soy de las románticas que piensa que la vida en común se da sin desacuerdos, postergaciones, y una que otra renuncia por ahí, pero ¿anularte? ¡No!

Una de las más importantes tareas de la vida es conquistar la independencia emocional, aspecto nodal de la madurez; la otra, tener relaciones significativas, -de amistad, en familia, y/o de pareja – ¿Pero cómo integrar el “binomio” pareja/autonomía sin que una cosa socave a la otra?

Todos de una u otra manera somos emocionalmente dependientes: primero con nuestros padres, luego con la pareja; pero esta dependencia, llevada al extremo, deriva en problemas emocionales y en problemas con los demás.

Recuerdo a Fernanda en su anterior relación: muuuuy al pendiente de su ex, ansiosa de no converger en todo, desgastada cuando tenían diferencias, y tratando de adaptarse para complacer. ¡Harto malestar tolerado por el temor de “testerear” su relación.

Hay también quienes se van al otro extremo, y para no sentir es “cosilla” interna de estar presionadamente por y para el otro, se alejan emocionalmente evitando así salir dañados en sus sentimientos, capoteando los desencuentros y la fricción, y anulando con todo ello la posibilidad de una conexión emocional que igualmente los presiona.

Pues sí, ser independiente en lo emocional se trata de ser interdependiente, y balancear ambas tendencias: la cercanía y la distancia con el otro.  Es que a estas alturas del partido sentirte atado y asfixiado por una relación, o bien experimentar constantemente el miedo de no ser querido y el riesgo de ser abandonado, ¡es un precio muy caro!. Caro para ti y caro para tu  pareja, a quien tratarás de alejar para que no te ahogue con su cercanía,  o bien a quien presionarás pidieno –a cada rato y todos los días- muestras de un amor eterno e incondicional.

Ser s1ngular es desarrollar un sentido sólido de identidad y tener la capacidad de contenerse a uno mismo ante los desafíos de la vida y la incertidumbre cotidiana, y luego, -entonces sí – a disfrutar de la vida de a dos…

 

 

 

 

 

¡Ah, cómo le gusta a la gente –sobre todo a la casada, emparejada y a veces incluso mal acompañada- opinar sobre la vida de las personas solteras! Pareciera que en el modelo el “Arca de Noé”, los que viven de a dos piensan saber todo lo que los solteros y las solteras necesitamos, sufrimos, queremos y ansiamos. El matrimonio sigue siendo considerado “la medalla de oro” si de estados civiles se trata: de manera sutil o explícita permea la idea de que es “mejor” estar casado que soltero. ¡Qué terrible! Porque ni la realidad perfecta ni “la tierra prometida”, se halla en el matrimonio.

No hay duda que la vida de pareja tiene su encanto y que de una u otra forma la mayoría de las personas aspiramos a vivir espacios de compañía en algún momento de la vida; pero de ahí a afirmar que es mejor vivir con alguien y que es un drama vivir en soltería me parece un prejuicio, una creencia obsoleta, incluso un mito ancestral. Hoy con más auge que nunca surgen los hogares unipersonales y en el siglo XXI, como en ninguna época anterior, la gente aspira a un grado de autonomía e individualidad que antaño era imposible concebir y menos aun implementar.

En el pasado, el matrimonio –particularmente para las mujeres- era el paso a la adultez y a la “independencia”; cuando sexo, paternidad y economía estaban en el paquete matrimonial, las diferencias entre la vida en soltería y la vida de casados eran más marcadas. Hoy no solo no se necesita de una pareja para sobrevivir sino que en especial las mujeres no requieren ser mantenidas y tener un esposo para ser “alguien” en la sociedad.

Aún así, con base en el valor dominante de los discursos que privilegian la vida matrimonial, la soltería genera estereotipos y los estereotipos generalmente se basan en mitos. Muchas personas, al conocer a un soltero o soltera, creen saber mucho de él o ella, de su vida, y de sus emociones, considerando “a priori” que muy probablemente vive de forma miserable, se siente sólo y envidia a las personas que sí tienen pareja. Estos, en muchas ocasiones, son mitos, malos deseos, o incluso –si me quiero ver muy “psicoanalistoide”– deseos inconscientes de soledad y libertad.

Los fantasmas de la soltería afirman “verdades” que habría que desbancar al observar de cerquita la vida de los que vivimos en singularidad: “que los casados y emparejados saben bien lo que los solteros necesitan”. “Que las personas que tienen pareja, de preferencia matrimonial, son más maduros, confiables y comprometidos que los solteros”. “Que los solteros lo único que desean es tener pareja”. “Que la vida en soltería es desgraciada”. “Que la gente soltera es infantil y solo le interesa “jugar” y pasarla bien en la vida”. “Que los hijos de padres y madres solteras tendrán una vida desgraciada”. “Que el trabajo, al que tanto tiempo dedican las personas solteras, no les dará ninguna recompensa al paso del tiempo”. “¡Que son promiscuos, frívolos, egoístas y, para colmo y culminación, envejecerán y morirán solos!”. Bla, bla, bla, bla… ¡Qué ignorancia!.

Si reflexionamos a consciencia todos estos mitos vemos que son por demás simplistas. Para empezar, hagamos distinciones: no todas las vidas de los solteros son iguales. No es lo mismo ser soltero si se es hombre que si se es mujer; existe gente que siempre ha estado soltera y gente que está divorciada, o separada, o viuda; hay solteros jóvenes y solteros mayores; con hijos y sin hijos; algunos viven en ciudades y otros viven en el campo, incluso son diferentes los que viven en el norte de los sureños. Algunos habitan solos pero otros viven con alguien. También hay diferencias entre los y las solteras de diferentes nacionalidades, culturas, etnias, religiones, preferencias sexuales, entre otras cosas. Estas distinciones importan, y mucho, y distingue de manera significativa la vida, los deseos, las necesidades, intereses y valores de unos y otros. Por favor ¡basta de generalizar!

Pero es que el cambio se da más rápido de lo que esperábamos y el miedo a integrar formas de vida nuevas y más versátiles, poco convencionales y un tanto transgresoras, refuerza el mito de que “por esos nuevos caminos” nunca encontrarás la verdadera felicidad. Nada comprueba que sean más felices los casados que los solteros, tampoco se puede asegurar que los que tienen pareja no enfrentan de manera cotidiana la experiencia de la soledad. Así que antes de hacer afirmaciones prejuiciosas con tanto ahínco, pregunta cómo, dónde y con quién disfruta la vida un soltero.

1.- Por no haber trabajado una ruptura anterior y seguir con un dolor no procesado.

2.- Por inseguridad personal de repetir patrones de otras relaciones

 Después de una ruptura o un desengaño amoroso es difícil volver a enamorarse, los factores son en general de índole psicológico ya que el amor hace a las personas sentirse vulnerables.

¿Ha sentido pánico cuando el amor de pareja llega nuevamente a tu vida? ¿Por qué se siente temor cuando la sonrisa del amor está instalada en tu cara?

En ese sentido, asegura que “todos” albergamos defensas que creemos que nos protegerán de ser lastimados y que éstas se puede manifestar a través de los miedos, tanto al inicio como en etapas posteriores de la relación.“Hay que tener cuidado porque estas defensas y miedos pueden ofrecer una falsa ilusión de seguridad, y lo más dañino es que también son las mismas que nos impiden alcanzar la cercanía que deseamos tener con el otro amado”

Este miedo aparece con mayor realce, cuando la persona tiene una sensación de fracaso, inseguridad y con una autoestima debilitada, ligada a una relación anterior.

“Existe un recuerdo de dolor o frustración que puede producir una especie de desconfianza acerca de uno mismo, tanto en la capacidad de amar, como en la posesión de atributos que lo hagan a uno digno de ser amado”

Pero también, dice, que puede ocurrir que la nueva experiencia sea vivida desde el escepticismo y sobre la posibilidad real, de que el sentimiento de amor exista y que tenga sentido. Es decir, cuestionarse en forma constante sobre ¿para qué volver a vivirlo si está destinado al fracaso?, y afirmar reiteradamente: “ya no creo en el amor” o definitivamente, “no me quiero volver a enamorar”.

Estos son miedos que tienen su origen en experiencias tempranas, que acontecen durante la niñez y que están relacionadas con la dificultad de amar o el sentirse amado dentro del entorno socio-afectivo en que la persona vivió, y no tanto a experiencias de enamoramiento posteriores.

De todas maneras, destaca que no hay que olvidarse que las relaciones amorosas representan una avalancha de desafíos. Y, por lo tanto, la recomendación de las especialistas es aprender a reconocer nuestros miedos, descubrir de dónde nacen y qué hacer para tratarlos, y lograr tener una relación satisfactoria a largo plazo.

Además, lo más sabio será comenzar a tomar estos miedos como estrategias personales de auto-boicot y entender que la capacidad de amar a otros, “se relaciona con la armonía consigo mismo, con el ser capaz o el estar habilitado para el buen contacto con uno mismo

Las  razones por las que sentimos miedo:
  1. El verdadero amor nos hace sentir vulnerable: Amar de verdad implica estar constantemente frente a otro, el cual nos reflejará tal como somos, y estaremos expuestos y sin máscaras. Esto da miedo, pero al aceptarlo disminuye su intensidad.
  2. Un nuevo amor resucita las heridas del pasado: Puede ser que pase en algunos casos. No obstante, también hay que darse la oportunidad de vivir el amor de una manera distinta y hasta reparadora de esos dolores. Todo depende del grado de evolución que se tenga y el cómo se hayan elaborado las experiencias pasadas.
  3. El amor desafía una antigua identidad: Si sientes esto es porque tu actual “identidad” es frágil, y en tal caso, el nuevo amor lo estás tomando como un “desafío” relacionado con tus carencias, más que con lo que te sucede realmente con la actual pareja. Es decir, es un miedo personal.
  4. Con la verdadera alegría viene el dolor real: Esta razó<n se da cuando existe una tendencia a polarizar las experiencias, lo cual no ayuda para nada. Para salir de esta creencia, debes aprender a equilibrar y armonizar la coexistencia de las experiencias y sentimientos positivos y negativos a la vez.
  5. El amor es a menudo desigual: Para traspasar este temor, hay que entender que el “ritmo” en que evolucionan los afectos es algo muy personal y subjetivo. Pero no impide que dos personas en una relación puedan tender a trabajar en la búsqueda de la vivencia de estar “igualados”. Ahora, es poco aconsejable andar midiendo y comparando porque eso causa inseguridad en ambos lados.
  6. Las relaciones pueden romper la conexión familiar: Una relación afectiva y un enamoramiento intenso pueden incitar un cambio importante en la forma de vida, creencias, hábitos, etc. Y tal vez, este cambio sea poco compatible con el estilo y el aprendizaje que se trae desde el ambiente familiar. Es una disyuntiva que se tiene que resolver para que no se convierta en un miedo paralizante.
  7. El amor suscita temores existenciales: Cuando el amor es genuino, honesto y verdadero te hace enfrentar abiertamente el dilema de la existencia y te preguntarás: quién soy, qué puedo dar en la vida, qué quiero, qué merezco recibir, etc. Es decir, cuál es el sentido de tu vida y qué significa para ti estar con esa pareja. Pero no hay por qué temerle a esas preguntas; un verdadero enamoramiento implicará un crecimiento “obligado” como persona, y el afrontar este tipo de temores, te hará tener una existencia plena y diferente.

La situación perfecta sería que fuéramos correspondidos con los mismos sentimientos que experimentamos hacia la otra persona. La otra escena sería en la cual no somos correspondidos, lo que nos hace decidirnos a no seguir adelante por el miedo a ser rechazados. Esto viene acompañado de un gran sentimiento de vacío.

¿De dónde viene ese miedo?

Puede que una de las causas del miedo a enamorarse sea que hayamos idealizado anteriormente la relación y pensamos que todo tiene que ocurrir tal y como hemos imaginado. De esta manera no nos sentiremos a gusto si cambia nuestra expectativa en cuanto a nuestra relación de pareja.

Por otro lado, quizás aparezca ese miedo al compromiso, a estar dedicado a una persona especialmente cuando anteriormente no se ha tenido una relación estable. Dedicar la atención a una persona cuando se está acostumbrado a estar soltero puede ser un gran paso en un primer momento.

  • Hay personas que prefieren no llevar la relación hasta tal punto, para no agobiarse a dar el paso hacia el futuro de una relación. Así evitarían ese miedo a enamorarse demasiado para finalmente pasar a llevar una relación seria.
  • Al igual puede ocurrir cuando se ha tenido una relación anteriormente que le hizo pasar malos momentos y volver a enamorarse le hace recordar esa misma situación.

Intente aclarar sus sentimientos: ¿qué siente realmente?

Tener claros los sentimientos es lo que mejor le ayudará para dar este paso para acabar con el miedo a enamorarse. Pero, ¿cómo saber si lo que siente es verdadero? Puede que nos quede una franja de incertidumbre en cuanto a la seguridad de seguir adelante, pero en estos casos como dice el refrán, quien no arriesga no gana. Si nunca se arriesga a dar ese paso para intentar conocer tanto sus verdaderos sentimientos como los de la otra persona, nunca sabrá con total certeza si realmente es amor.

Piense en si se siente agusto consigo mismo, y en qué es lo que realmente busca en el tema del amor, esto le hará más fácil aclararse a la hora de lanzarse a encontrar el amor.

¿Cómo superar el miedo a enamorarse?

Lo principal es aprender a reconocer que tiene miedo a enamorarse. Simplemente trate de ser consciente de si sus sentimientos son reales e intente determinar de donde viene ese temor. Con la aceptación de su propio miedo le será más fácil superarlo.

Ser realista y optimista le ayudará a expresar sus sentimientos. Puede que tenga miedo a enamorarse, pero finalmente el amor llega a ser una necesidad básica, donde el sentimiento de mostrar su cariño y afecto y sentirse querido por otra persona se convierte en ley de vida. Piense en qué beneficios tendría si se lanzara a encontrar el amor, si nunca lo intenta nunca lo sabrá.

El amor se considera algo tan sagrado, tan sublime, tan excelso, que cualquier relación o encuentro temporal podría valorarse como todo –evasión, aventura, amistad, calentura- menos como amor. No nos cansamos de pensar que el amor, el verdadero amor, debe ser para siempre.  ¿Y cómo podemos connotar esos encuentros de corta duración que no son banales, que transforman nuestras vidas, que expanden la experiencia de nosotros mismos; esos “amores” que acompañan por un rato, que cuestionan la existencia, que trastocan nuestra vida?

Quizás en un mundo mercantil, que usa y abusa de las cosas, de los animales y de paso de las personas, nos cuesta reconocer un intercambio erótico afectivo temporal, pero cuidadoso, revivificante, como una experiencia que forma parte del territorio del amor. Y aún habiendo experimentado el encanto y la grandeza de un encuentro así, lo banalizamos o minimizamos, excluyéndolo – por ser pasajero – del campo amoroso.

No siempre, ni todos, estamos dispuestos y disponibles para un amor de larga duración, particularmente después de un rompimiento amoroso: una separación de pareja implica un duelo importante que se tiene que atravesar, y en esas circunstacias no estamos en condiciones emocionales de construir una relación contundente, particularmente larga, con intenciones de estructurar un proyecto de vida tejido en común. Recuperarnos de una ruptura amorosa, de un divorcio, nos requiere energías para resolver conflicos y superar retos, nos inhabilita a tomar decisiones magnas en el área amorosa y nos impele a aplicarnos a resolver asuntos que devienen tras la pérdida de un gran amor. ¿Pero por eso hemos de negarnos a los intercambios sexuales, eróticos, incluso amorosos en tal periodo de transición? Las personas nos construimos en y por los encuentros humanos, y los que tienen que ver con la atracción, los afectos, el sexo y el erotismo, son los que más conmocionan la percepción de nosotros mismos: nos permiten reconocernos, estirar nuestros límites, recuperar la confianza, expandir nuestra dimensión afectiva y erótica y habilitarnos para “reinsertarnos”, si así lo deseamos, en el mundo del amor.

 ¿En que consiste un amor de entretiempo?

Los amores de entretiempo son todas esas experiencias erótico afectivas que se dan en un marco de intercambio y respeto, sin proyectar un futuro común de larga duración. Incluyen desde un encuentro sexual, hasta una relación amorosa que se intuye temporal. Quizás se distinguen de una aventura fugaz y banal que simplemente da salida a un impulso sexual, por su capacidad de favorecer el crecimiento personal integral incluyendo el cuidado propio y el cuidado de los demás.

Un amor de entretiempo permite reconocer el propio cuerpo, experimentar el potencial sexual, distinguir errores del pasado, intercambiar placeres, compartir actividades, rebotar ideas, recuperar la confianza, conocer más del sexo opuesto o de los demás, retomar las riendas de la vida, descartar prejuicios e ideas erroneas del sexo y del amor, afianzar los propios valores, ubicar el modelo amoroso en el que se elige vivir, y cuestionar qué se necesita en el presente para continuar. En síntesis, conocerse y conocer, recuperarse y acompañar.

Los amores de entretiempo permiten no sólo avanzar en el proceso de recuperación amorosa sino primero descubrir qué es adecuado, constructivo, deseado y oportuno para el momento presente. Los comportamientos sexuales y las decisiones tomadas en esta área de la vida son profundamente individuales, algunas personas pagan precios emocionales muy altos porque experimentaron con conductas que no eran compatibles con su forma de ser, sus principios y sus valores.

Algo bello de los amores de entre tiempo es descubrir cómo quieres manejarte en esta área, pocas dimensiones de la vida han sido tan reprimidas como la sexual.  Generalmente atravesar este desconcierto te permite llegar a un punto de libertad para elegir lo que quieres y no lo que debes. Descubriendo tu naturaleza sexual y manejándola constructivamente, baja la tentación desesperada de realizar conductas sexuales compulsivas que te dejan vació para adentrarte en encuentros sexuales humanos y quizás en alguna relación amorosa de corta duración.

Gustos y Sustos

La sexualidad puesta en perspectiva es una de las dimensiones que facilitan más un medio de autoexpresión y de mostrar amor y cuidado a otras personas. Si bien es un camino privilegiado de comunicación, de compartición y de encuentro, no es el único. Una moral sexual que incluye la sexualidad como expresión de la propia individualidad y unicidad y al mismo tiempo se preocupa por las necesidades y el bienestar del compañero sexual, es responsable, actualizada y humana sin que esto implique necesariamente una relación amorosa comprometida de larga duración, al menos al principio.

Pero el erotismo humano que se da en estos amores, si bien incluye la sexualidad, es más que la pura corporalidad, por eso los amores de entretiempo conmueven nuestro cuerpo y nuestro corazón. El erotismo que incluyen es exigente:  pide que desarrollemos una capacidad de vivir la vulnerabilidad y la intimidad. Ser vulnerable, íntimo, develarse, arriesgarse hasta cierto punto con y por el otro, y por eso es algo que puede confrontar y  atemorizar.

Algo que se puede temer, y no es algo que distinga a los amores de entretiempo,  es el consumo de un sexo físico, genital, confundiéndolo con el erotismo o con el amor, cuando no es así. Y por eso muchas personas al volver a la realidad después de un ecuentro puramente sexual se preguntan “¿qué hago yo aquí?” Una relación sexual vivida como algo no relacional, en la que el otro es  un objeto de consumo, no es el inicio de un acto amoroso o de conocimiento, es sólo placer rápido –legítimo y válido-, pero limitado y con poco que ver con los amores de entretiempo.

No desperdicies tu oportunidad de aprender a decir que no por respeto a ti mismo y al otro. Es el momento de aprender –o recordar- que no es tu obligación el satisfacer a una mujer o a un hombre. Tampoco estas obligado a adivinar deseos que no se expresan ni a condescender en lo que tú no gustas ni deseas.

Bríndate la posibilidad de explorar aspectos desconocidos de tu sexualidad: fantasías, pasividad, ternura, dar y recibir,  ritmos y tiempos diversos, entre otras cosas. Pero sobre todo has de generar un espacio para descubrir tu propio cuerpo y reconocer cómo se comporta tu deseo. Conocerte físicamente, reconocer tu funcionamiento sexual, explorar nuevos caminos de gozo es una tarea de todo ser humano. Esto lo has de hacer a solas y también acompañado.

Respeta tu experiencia de vida, tu personalidad, tus necesidades, deseos y valores. No corras riesgos innecesarios pero tampoco sostengas prejuicios y tabúes represivos. Lograr este equilibrio en tu vida sexual te ayudará, tanto en encuentros pasajeros como en relaciones comprometidas, incluso en el comienzo de una nueva relación matrimonial.

 10 imprescindibles en los amores de entretiempo

  • Salir de tu zona de confort posibilitará que el miedo que experimentas al iniciar amores de entretiempo sea reemplazado por la sorpresa, la novedad y el asombro.
  • Las relaciones de corta duración, pueden resultar benéficas si se saben manejar, y esto tiene mucho que ver con estar consciente de lo que buscas de ellas, y hacer al otro parte de esto.
  • Cada encuentro, si es humano, cuidadoso y amoroso, te acercará a la claridad respecto del tipo de vínculo y relación que quieres tener. Cada persona será un regalo para conocerte, conocer la naturaleza humana y entender el erotismo y el amor.
  • Los encuentros eróticos y amorosos son siempre enriquecedores. No nos referimos a una compulsión de conquistas sexuales sino a relaciones significativas, más allá de su estructura y relación.
  • Un componente imprescindible y adicional que le da verdadero poder transformador a la vida es la conexión humana.
  • Para encontrarnos con un compañero de vida, antes tendremos que aprender cosas que sólo otras parejas pueden enseñarnos.
  • La relación puede no durar toda la vida pero también puede cumplir un cometido y terminar.
  • No hay una definición única que describa el amor y, por lo tanto, tampoco existe un modo único de vivirlo. Tal vez tu intento de adaptarte a un modelo amoroso único haya sido parte de tus desventuras. Toda relación amorosa es un riesgo: el amor es al mismo tiempo atractivo y peligroso.
  • Cuando toque un encuentro de larga duración, aparecerá ese extraño deseo de involucrarse en más aspectos con la vida del otro, de permanecer con él. En una experiencia así aparece ese deseo que une los cuerpos y las almas
  • Y al final, aferrarse a que una relación dure para siempre requiere que ignores o pases por alto la complejidad, la contradicción y la ambivalencia del amor.

Tras un par de años de soltería  y entendiendo mejor a tantas mujeres que quieren tener pareja y la buscan con cierta decepción-  miro con una chispa especial a diestra y siniestra y consiento con secreto regocijo el deseo que recorre mi mente, mi cuerpo y mi corazón de tener más cerquita a un “santo varón”. Aclaro, nada de boda y de eso de que “los tuyos y los míos…” ¡menos los nuestros! ni quiero ni puedo ya. Y es que – como dice Pilar Montes de Oca – “quien se casa dos veces, merece estar casado”. Y no es que yo tenga particular aversión al matrimonio, opción muy respetable (de hecho dure 26 años en uno y no me resistía a que -con las condiciones adecuadas – hubiera durado más), pero los tiempos cambian, la vida con sus necesidades e intereses también, y no considero necesitar hoy “anillo, acta matrimonial, y menos convivencia domiciliaria” para vivir un buen amor.

¡Pero ah cómo he recibido señalamientos de amigas y “enemigas”!: “Que para qué quiero un hombre teniendo una vida tan completa”, “que qué necesidad de meterme en problemas”, “que les recuerde para qué sirven los varones, ¡que a ellas  ya se les olvidó!”, “que ya viví dos buenas relaciones y que cuándo voy a madurar”. ¿Madurar? Si justamente por la madurez es que uno puede elegir sin presiones, sin urgencias y sin complacencias cómo quiere plantear su vida. Además, lo que te gusta te gusta y lo que no te gusta pues a volar…

Entiendo de dónde viene tanto “sainete”. Y es que no puedo dejar de empatizar con un sector de mujeres agraviadas por años ancestrales de opresión, abuso y desilusión: yo misma podría citar diversos sucesos y algunos procesos de mi vida que ponen de manifiesto privilegios masculinos que nos dejan a las mujeres en una situación no solo desventajosa sino lastimosas también. Tampoco puedo dejar de reconocer que en pleno siglo XXI ya hay un buen trecho andado en cuanto a igualdad de género; esto se refleja en el lento pero sostenido debilitamiento del patriarcado y en concretos cambios en los roles y estereotipos de género que favorecen espacios mixtos de mayor equidad. Pero falta mucho por caminar, de ahí la infinidad de cursos, talleres, libros, terapias, leyes y charlas que buscan apuntalar a hombres y a mujeres en esta transición; transición que nos tiene a unos y otras desorientadas y espantadas, tratando de construir a punta de “prueba y error” lo que nos funciona en la cama y en el corazón, y desechando -entre desilusiones y espantos- lo que nomás no. Seguimos así buscando encuentros eróticos y amorosos que nos den más de lo que nos quitan, y que aporten satisfacción suficiente y opciones de crecimiento y placer.

No hay modo de no mencionar el típico de “los hombres no se comprometen”; y es que en esta transición no hay duda de que de eso algo hay . ¿Pooooor? Las mujeres en general nos mostramos más disponibles emocional y sexualmente que los hombres, más propensas a desear el compromiso y la exclusividad; esto –como cualquier oferta de mercado – facilita que ellos controlen mejor las condiciones de los encuentros. ¡Si hubiera menos mujeres dispuestas a “dar sin condición y en abundancia”! Está bien que nos gusten los hombres, ¿pero de ahí a ceder, permitir, conceder y padecer? La abundancia de opciones femeninas dificulta a los varones a crear valor en los encuentros, ya que sería justo la escasez y la distancia lo que podría generar valor. La persona más deseada tiene más poder, de ahí que los varones se cuestionen por qué agotarse en una relación si seguro pueden encontrar algo mejor. Y es a que a nadie le gusta una batalla con un triunfo seguro, y en ese sentido los hombres sienten cierto rechazo hacia el exceso de poder sobre las mujeres, y eso les impide de alguna manera enamorarse, y por tanto comprometerse, y luego – si algo medio va saliendo- perseverar. Solo el amor y el deseo conducen al compromiso que al mismo tiempo involucra la voluntad, esa estructura cognitiva, moral y afectiva que nos permite vincularnos con un futuro y renunciar a la posibilidad de maximizar nuestras opciones. La mayor posibilidad de opciones, entonces, no facilita sino que inhibe la capacidad de comprometerse con un único objeto en una sola relación. Y sí, hay más mujeres disponibles, dispuestas, y deseantes, de cualquier edad, raza, clase y religión, que hombres en la misma condición.

Son estos y otros factores los que nos hacen caminar de “puntitas” en los territorios amorosos; y es que hoy no hay trayectos probados para llegar a “la tierra prometida” del amor. De hecho me pregunto: “¿Existirá el paraíso <amoroso> terrenal?”. Nuestra cultura sostiene aún ideas románticas y por tanto irrealizables del amor que saltan fácilmente por los aires en un contexto pragmático, individualista, posmoderno, globalizado, con altas expectativas de gratificación y una decadente capacidad de tolerar la frustración. El amor no todo lo puede, ni todo lo soporta, ni es eterno, ni es total: el amor humano es eso, demasiado humano, e imperfecto y limitado y con frecuencia temporal. El amor infantil busca esa “satisfacción eterna”, el amor adulto –en cambio- siempre se queda con cierta insatisfacción. Aun así pienso que se pueden construir amores “suficientemente” buenos, y no por ello mediocres: relaciones que aporten más tranquilidad que desasosiego, que abran puertas y no cierren oportunidades, que generen gusto y placer, y que complementen la vida y que aporten madurez.

A todo esto sumemos la ecuación tiempo: nunca la especie humana vislumbró vivir los años que se vive hoy. Y es que en la actualidad alcanzamos un promedio de vida muy largo que –sumado a la infinidad de factores que están en juego y  a la velocidad de los cambios avasalladores-  hace poco sostenible un solo amor eterno. ¿Será que las generaciones presentes habremos de vivir dos, tres o cuatro relaciones en el tiempo que transcurre nuestra vida? Quizás cuatro parejas se antojan demasiadas, pero difícilmente nos agotaremos en tan larga existencia con una sola relación. Y esto no es ni bueno ni malo, es: aprendamos pues a bailar este “tango” con mejor estilo y menos riesgo de un resbalón.

“Lo que Dios – y la ley – ha unido”, hoy sí lo separará “el hombre” porque las elecciones amorosas conectan más con sentimientos vivos que con necesidades básicas de sobrevivencia, con anhelos de realización que con un deber ser y una coerción, con la atracción mutua y el deseo vivo del encuentro que con la anuencia de nuestra gente y la clase, raza o estatus de nuestra condición. Esta fragilidad de los vínculos de pareja – libres finalmente tras tantos años de luchar por la validación de las elecciones amorosas propias – produce miedo, recelo y decepción.

Así con “los puntos puestos sobre las “íes” – y en medio de tormentas y vociferaciones – regreso a mi gusto por los hombres y a tantas mujeres que están en parecida situación. Y sin desacreditar a todas aquellas que se encuentran entre genuinamente lastimadas y filosamente resentidas, no puedo dejar de pensar que muchas de ellas, en su recóndito fuero interno anhelan – entre la resignación y el recelo – el acompañamiento de un buen amor. Nadie dice que encontrarlo y cultivarlo sea fácil, ¿pero por eso hemos de desacreditar, descalificar, menospreciar la búsqueda, el deseo del encuentro, y con ello lo que un hombre nos puede aportar?

Va entonces una larga lista de aquello que no me puede dar ni mi bendito padre, ni mi querida madre,  ni mi amorosa hermana, ni mis adoradas amigas, ni mis hermosos hijos, ni nadie más. Y miren que de todos ellos, y de otros tantos, recibo cosas hermosas, pero no, hay cosas que a mí solo un hombre me puede aportar.

  • Observarlos – con premura o con detenimiento- me genera gozo:  indagar en su fisonomía, atender a sus gestos, descubrir sus modos… Experimento algo entre estético y poético al verlos moverse, conversar, reflexionar, sentir. Advertir su aroma, escuchar su caminar. Son mi objeto de deseo: me gustan, los veo; sí me gustan, los veo más, me gustan más…
  • Su mirada me confirma como mujer. Esa mirada discretamente curiosa y a la vez explícitamente deseante; esos ojos inquieto y penetrantes que aprecian nuestras diferencias y con ello afirman mi feminidad. Saberme escudriñada por ellos me arraiga gozosamente a mi sexo.
  • Su masculina compañía me conecta a mi ser mujer y a dejar de lado los papeles de madre, hija, esposa, hermana. Puedo saberme mujer siempre, pero me despliego como tal al lado de un hombre, libre de roles femeninos que me encasillan en un papel. Experimento un florecimiento “primitivo”, intuyo una complementariedad categórica: y para ello me basta ser quien soy, me basta ser mujer.
  • El contacto piel a piel me alimenta. Si bien puedo ser afectuosa físicamente a través de abrazos y caricias con muchas personas, el “trenzado físico”, el toqueteo, el contacto, el simple sentir el roce de su piel, más allá del erotismo y la excitación, concientiza mi cuerpo y me aporta un bienestar general. El abrazo de pareja contiene una intimidad y un derrumbamiento de barreras psíquicas que me nutre.
  • El intercambio del juego erótico: esa danza de palabras, miradas, sonrisas, gestos, decires, roces, “ires y venires” me resulta un baile delicioso. Con o sin encuentro sexual, la seducción y sensualidad estimula mi espíritu mediante la actualización de mi dimensión erótica, que si bien se monta en lo sexual, no se reduce a ello, lo integra al tiempo que tiñe todas las otras dimensiones de mi ser – la intelectual, la ética, la actitudinal -. El intercambio erótico genera en mí una vitalidad y un particular arraigo a la tierra.
  • Me gusta el cuerpo masculino, y me gustan los penes, simplemente me gustan. Me cuesta entender la falta de promoción artística a una lúdica y estética exposición del desnudo masculino que deleite los sentidos y la emocionalidad de quienes los apreciamos. En la cama, sin duda el preludio sexual es embelesante, pero un pene erecto, listo para una penetración sin protocolo es también una excitante provocación.
  • Ser el deseo del otro es un gran generador de deseo. Me gusta ser el deseo de un hombre no solo porque cabalgando sobre su deseo se agudiza el mío, sino también por el simple disfrute que me produce su gozo; ver el placer de su deleite en mí: con mi compañía, con mi cuerpo, con mi conversación, con mi presencia simple, es deleitable. Me deleito en su deleite.
  • Siendo una mujer fuerte, amo la sensación de su fortaleza física y de mi cierta “debilidad”. La cotidiana exigencia femenina para estar a la altura en un mundo aún competitivo patriarcal requiere de una postura sostenida de fuerza que termina siendo agotadora: permitirme soltar, soltarme, sentir que por momentos no tengo ni quiero poder, poderme recargar y sentir su solidez, es un placer. Las mujeres que luchan contra la supuesta idea del “sexo débil”, sepan que estoy con ellas, pero esa lucha por la igualdad no me quita la profunda riqueza de recibir la contención de unos sólidos y apretados brazos masculinos.
  • Su pensamiento práctico, concreto y resolutivo, al tiempo que ayuda a parar mi mente en momentos de excesivo “futureo” y obsesivo escudriñamiento, me estimula a pensar, mirar y entender la vida dese perspectivas diferentes. Su pensar y sentir concluyente puede contener un río de ideas que de pronto fluyen disparatadamente de mi cabeza y facilitar darles foco, forma y dimensión. Además de mi ser mujer, mi vida ha estado rodeada -por mi profesión tradición, familia, educación- de mujeres y en un sentido mi óptica se puede hacer extremadamente sesgada. Su estilo más lineal y racional me suma y amplía mi visión.
  • Su presencia me reta a desbancar roles pasivos de género, abre en mi posibilidad de ser proactiva, provocativa, actuar y vivir mis propios valores. Tomar la iniciativa –en la cama y en la vida- me invita a ver sus reacciones, conocer, conocerlos y reconocerme. Rastrear su sorpresa, sumar a su vida, y al final, de alguna forma, desafiar lo establecido e intercambiar el timón en las diversas facetas de la vida.

Si bien esta es mi experiencia, sobra decir que las parejas heterosexuales empiezan a dejar de ser la norma, codo a codo compartimos con amigos, familiares, colegas que viven diversidad de intercambios amorosos – homosexuales, bisexuales, poliamorosos, y demás -. Ni qué decir de los modelos de familia que permiten intercambiar funciones y dejar de lado “los mandatos de la naturaleza” que “determinan” a las mujeres a ser madres y a los hombres a proveer. Es evidente que somos tanto más flexibles en funciones y aficiones de lo que nos enseñaron nuestros abuelos, y así, sin saber si lo que me pasa a mí con los hombres le ocurre parecido a otros con sus objetos de deseo, yo he hablado desde mis propias preferencias: “ellos”, a quienes con todas sus “metidas de pata” y falta de actualizaciones, defiendo desde mi “ronco pecho” por lo mucho que me estimulan y la buenaventura que generan en mí.

Pero dejo abierta la pregunta sobre qué de lo dicho aplica a otras preferencias sexuales, qué habría que dejar fuera de la lista y qué tanto más se necesitaría adicionar. Intuyo –en tanto que estamos como especie humana hechos de la misma pasta- que algo de lo que experimento desde mi preferencia heterosexual le ocurre a todos mis congéneres, pero distinciones de lo que experimenta un hombre heterosexual con la presencia de una mujer, o un hombre o  una mujer homosexual con su objeto de deseo, y a otros tantos que oscilan entre lo uno y lo otro, sería tema para explorar y precisar. Diversas posibilidades erótico amorosas quedan excluidas en este texto.

Indago y divago queriendo entender la complejidad de mi deseo: la contradicción que me genera la lucha por la paridad con los hombres y a la vez cierta dificultad a renunciar a mirarlos con crecida admiración La igualdad, si bien es una conquista y facilita el desarrollo y el posicionamiento activo de nosotras en muchas áreas de la vida incluyendo la vida de pareja, en la intimidad produce cierta incertidumbre y ambivalencia: ¿Me desea o no?  ¿Se quedará o se irá? ¿Acaso le soy suficiente?¿Será esto lo que funcione o nos llevará a la disolución?. Quizás el anhelo perdido de esa complementariedad engolosinadora es – en palabras de Eva Illouz en su libro Erotismo de Autoayuda – “una añoranza del patriarcado y no por la dominación en sí, sino por la cohesión de los vínculos emocionales que implicaba”. En los vínculos de antaño, los hombres recibían los servicios domésticos y sexuales de las mujeres y a cambio les daban su protección (incluso con el propio cuerpo). Sin duda era un sistema desigual basado en relaciones de recíproca dependencia que al tiempo de los costos que conllevaba generaba algunas formas de placer:  la claridad de los roles que implicaba y el consiguiente “natural” adhesivo emocional del intercambio de las complementarias “esencias” masculinas y femeninas.

La igualdad tan trabajosamente conquistada produce –en cambio y afortunadamente- libertad. La conciencia y ejercicio de los propios derechos y necesidades permiten un despliegue de potencialidades antes impensables, pero al mismo tiempo pueden entran en conflicto con los del otro, y por tanto poner en entredicho la antes inquebrantable vinculación. La igualdad, con todos los beneficios que acarrea, requiere de muchos más procedimientos –entre consentimientos y negociaciones- que en algún sentido debilita la chispa del erotismo y la sensualidad: estamos más elaborando un convenio que planeando una aventura con o sin acostón.  Y esto es por lo que hemos luchado, pero la transición tiene sus “estiras y aflojes”, y sus costos en términos de “primitiva” y fusional pasión.

Pareciera que de algún modo la masculinidad tradicional sigue generando cierto placer, más en la fantasía de la intimidad, en el intercambio uno a uno, que en el acotamiento real del que venimos huyendo por lo que ha implicado en el ejercicio de nuestra libertad. Siguiendo esta línea, críticos literarios del corte de Daphne Merkin – también novelista y ensayista – afirman que los hombres que han integrado bien las lecciones del feminismo, a un nivel pierden cierta franqueza y vigor en el sexo, y ante esto, muchas mujeres añoran una forma masculina más estilizada, más segura de sí misma y más lúdica.

Pues sí, el tema da para darle la vuelta por muchos lados, yo prefiero resaltar que estamos en una transición en donde no existen – ni existirán más – esquemas amorosos claramente trazados, y por tanto toca entender las nuevas geografías del corazón con más curiosidad y menos desazón. Antaño bastaba ser hombre o ser mujer para entender claramente en qué posición nos correspondía colocarnos en la vida – ya en la cama –  y cómo debía uno proceder; ¡y ay de aquel que se desviara del camino! (el del matrimonio heterosexual –de preferencia con juez y cura- para toda la vida) porque maldiciones, culpas y señalamientos caían sobre él. ¿Pero a todo esto, cómo hemos de posicionamos hombres y mujeres partiendo de nuestras diferentes situaciones y condiciones? Pues a disponernos – con riesgos medidos – a cuestionar prejuicios limitantes, desbancar creencias añejas, y experimentar, caernos, aprender del “sopetón” y repuntar. ¿Cómo? Curiosos, abiertos, responsables, reflexivos, cautos, fortalecidos y proactivos. A amar se aprende, y a conocernos para entender la danza y elegir mejor, también.

Y a mí me disculparán por insistir en lo mismo, con todo lo que disfruto sostenerme sola, elijo –cuando las condiciones lo permiten- soltarme y dejarme “poseer”. Y es que me gustan los hombres que de manera masculinamente “estilizada” le pierden miedo a mi libertad y a mi 1.80 de estatura, e integran la gracia sólida y lúdica de hacerme sentir su fuerza, su deseo, su protección, y también su vulnerabilidad. Despliego pues junto con ellos la capacidad de vulnerarme, de dejarme rendir y cuidar, y guardo en el cajón –por tiempo suficiente – la ansiedad, la negociación, la incertidumbre  “de nuestro mal de amores” y me dejo gozar en esa experiencia que es – para mí –  una probadita de cielo con muchos rayitos de sol.

 

Algunas investigaciones, un poco de sentido común y observación, y las calles de la Ciudad de México y sus alrededores, dejan ver que la vida en individual está en franco crecimiento. Distintas formas de relacionarse y enfrentarse a la vida aparecen en esta era que parece ser una distinta cada día y la s1ngularidad es una de ellas, quizá la más novedosa e interesante. Se pronostica que para mediados de siglo una tercera parte de los hogares mexicanos serán unipersonales. Eso sin mencionar las cifras en otros países, que van a la avanzada con el fenómeno urbano del “single”.

Es evidente que en los últimos tiempos, los humanos hemos migrado de un estilo de vida comunitario a una rampante individualización. Hace no tantas décadas considerar esta alternativa de vida era simplemente “impensable”: antaño no había forma de sobrevivir en individual, es más, las personas sólo se concebían a sí mismas como “parte de”. De no ser por ese estrecho intercambio entre nuestros ancestros, la conservación y construcción de la humanidad se hubiera frustrado.

Si recorremos la historia reciente, recordaremos que es a partir de la modernidad que triunfan valores antes despreciados: progreso, comunicación, felicidad, libertad, y por supuesto, individualidad. Se deja atrás el oscurantismo y el teocentrismo de la Edad Media para retomar al hombre como centro del universo y a la razón como eje para combatir la ignorancia, la tiranía y la superstición. Con el triunfo del capitalismo en el siglo XIX queda coronada la primacía del individuo.

La culminación de la individualidad se gesta en el siglo XX con un cúmulo de avances tecno-científicos nunca antes vistos, así como la cuna de movimientos sociales que cambiaron nuestra manera de pensar: la revolución sexual con la legitimación del placer invitó a los individuos a explorar sus cuerpos y cuestionar sus relaciones a favor de la satisfacción personal. El movimiento feminista empoderó a las mujeres y las posicionó en la vida pública tras años de enclaustramiento doméstico.

Basta recordar que, de manera particular las mujeres, requerían de un hombre que las sostuviera pues no tenían manera de independizarse. La soltería en general era mal vista y de dudosa reputación. Y la vida individual, si bien ya venía gestándose como estructura posible, se veía de forma negativa: como egoísmo, patología y desubicación.

Pero hoy, si bien la vida de pareja en muchos contextos sigue siendo “la norma”, cada vez son más las personas que quieren una vida individual, que la disfrutan, y que se construyen a través de ella. Ni la crisis económica de los últimos tiempos está pudiendo parar esta tendencia: hombres y mujeres eligen un hogar ocupado por ellos, y nadie más.

Pero ¿qué factores concretos detonaron el nacimiento de este estilo de vida individual? Eric Klinenberg, sociólogo de la Universidad de Nueva York, en su libro “Going Solo”, destaca los siguientes.

  • El incremento de la esperanza de vida. Debido a la longevidad atravesamos más ciclos a lo largo de la vida: vivimos solos, convivimos en pareja, retomamos de nuevo la individualidad.
  • La ya mencionada incorporación de las mujeres al mercado laboral. Hoy las mujeres no necesitan de un hombre para subsistir y si están en pareja y las cosas no marchan bien se pueden divorciar. Cada vez más mujeres rechazan la vida diaria con un hombre: generalmente en el marco de la pareja tradicional han encontrado un obstáculo para el éxito y la autonomía, y es que desde la cuna han sido “condicionadas” para ponerse al servicio de los demás, cosa que, poco a poco, se descubre como un rol obsoleto.
  • Los jóvenes que no quieren compartir vivienda ni comprometerse en una relación estable: además de posponer o renunciar a la paternidad o maternidad, tienen una estabilidad financiera que les permite vivir en individual.
  • La revolución en las comunicaciones. Con el Internet y las redes sociales se facilita el contacto permanente con los demás y se disipa la sensación de “soledad”.

Estos factores empujan a superar el antiguo estigma del “soltero” o el “solitario”, y resaltan los privilegios de la vida individual. ¡Y es que los privilegios son muchos! Además de la conquista del espacio y el tiempo personal, los “solos” pueblan los rincones de las ciudades y llenan de vida los espacios públicos. Forman grupos con personas que comparten intereses y valores. Gastan más en ellos: asisten al gimnasio, toman clases de arte, asisten a espectáculos varios y viajan con cierta regularidad. Ser “solo” hoy tiene incluso un sesgo de éxito y s1ngularidad.

No todos los s1ngulares son iguales, un estilo de vida individual se percibe diferente según la edad de la persona. Marie France Hirigoyen en su libro “Las Nuevas Soledades” hace algunas distinciones. Entre los 20 y los 35 años las personas solas aún esperan el encuentro del “gran amor”, pero la prolongación de los estudios y la falta de estabilidad laboral, hace que los “compromisos” relacionales se pospongan.

Entre los 35 y 45 años particularmente las mujeres se cuestionan el tema de la maternidad. Algunas profesionistas con puestos de alto rango esperan el límite biológico para considerar embarazarse. Tanto hombres como mujeres experimentan esta etapa como un estado pasajero.

Después de los 45 años, llega a menudo la individualidad de los divorciados, que tras años de relaciones que dejaron de tener sentido para ellos, retoman su vida autónoma priorizando sus deseos, intereses y valores.

Algunos “séniors” entre 60 y 75 siguen siendo muy activos. Varios aún gustarían de tener una relación pero muy pocos anhelan formalizar. Otros prefieren su absoluta individualidad: si tienen hijos sortean tiempo con ellos y tiempo con las amistades. La mayoría se permiten gustos estereotipados.

Sin embargo, no todo en la s1ngularidad es agradable y simple. Existen muchos retos a superar si se quiere buscar una vida individual más satisfactoria. Es necesario que los solteros se busquen a sí mismos, enfrentándose a estereotipos y prejuicios sociales. Algunos de los más comunes y propagados son los siguientes:

  1. Pensar que la vida de pareja es la norma.
  2. Idealizar la vida en pareja.
  3. Superar la imagen “negativa” que en algunos contextos aun tiene la vida individual.
  4. Explotar el valor de la interioridad que se da en la individualidad.
  5. Cuestionar el malestar que genera pensar “estoy solo porque soy raro, o porque no me sé relacionar.

Mas, lo primordial en esa búsqueda es descubrir la energía y la inspiración que produce la vida en s1ngular, es decir, la soledad debe poder ser una oportunidad de reencuentro con uno mismo, no un obstáculo o una forma de vida resignada e insatisfactoria.

No podemos negar que la vida individual incluye la paradoja entre dos cosas muy humanas: cierto sufrimiento por lo que podría parecer una cotidiana falta de compañía y el goce de una buena dosis de paz y libertad.  Con todo y los logros de la tan preciada conquista, la experiencia misma tiene de pronto un toque surrealista: ¿Será real lo que vivimos en estas nuevas s1ngularidades? ¿Son acaso un cúmulo de sueños de los que vamos a despertar? Yo digo que no “abramos la puerta” a las irrupciones de aquellos que aún estigmatizan la vida en “solo”, y dejémonos envolver por el discreto encanto de una vida individual…

 

 

Nos da miedo la soledad, y cuando no le tememos, nuestro entorno se encarga de que – tarde o temprano- eso nos ocurra. La soledad tiene muy mala fama, y junto con ella la soltería, que es la “encarnación” de la misma.

En una sociedad que privilegia nuestra naturaleza gregaria, y como “consecuencia obvia” la  vida matrimonial, estar solo, vivir a solas, está mal visto. La soledad es sinónimo de anomalía, fracaso, riesgo y sufrimiento.

Habiendo migrado a lo largo de los siglos de una sociedad comunitaria –por ser la única forma de asegurar la reproducción, producción, y sobrevivencia- donde la identidad se construía por la pertenencia al clan, a una sociedad que privilegia la individualidad, la conquista de la autonomía se hace el “sine qua non” de la actualidad.

 

Vivir en soledad no es sinónimo de aislamiento, primera distinción. El aislamiento nos remite a un estado de privación y exclusión en relación al entorno, así como de vacío interior. Estar aislados, dada nuestra naturaleza gregaria, es traumático y  de facto, imposible. Somos seres interdependientes, y nos necesitamos unos a otros, para satisfacer nuestras necesidades físicas, emocionales, intelectuales y sociales, así como para construir y enriquecer nuestro yo y proyectar nuestra existencia de forma trascendente. El aislamiento lleva a una depravación, a un deterioro, a una muerte, real o existencial. No así la soledad.

La soledad tampoco es sinónimo de desolación, estado en el cual lo que prima es la angustia, el dolor, la depresión. La desolación da cuenta de una pérdida irreparable, de una especie de orfandad: pero ¿qué se siente perdido cuándo se vive en soledad? ¿un status social? ¿un sueño?

Por su parte, la soledad es ese estado, tiempo, espacio,  en el cual la ausencia de otros permite la interacción con nosotros mismos. A falta de intermediarios, desarrollamos una relación con nosotros que permite un diálogo inaccesible rodeados de compañía.

Sobra decir que ontológicamente estamos solos: nacemos solos, morimos solos.  Integrar esta verdad, como experiencia vital, es faena que nos toma energía importante y sostenida a lo largo la vida.  Pero más allá de este cuestionamiento existencial inevitable, ¿qué hay de esa soledad que nos lleva al encuentro con nosotros mismos?, ¿cómo renunciar  a una soledad indispensable en la cual nos confrontamos y construimos?

La soledad es el único camino que nos lleva a la autonomía. Las experiencias que se dan sin participación de otros son necesarias para ejercer los derechos autónomos y conquistar la libertad. Cuando estamos solos nos pasan cosas interesantes que son imposibles de incubarse en compañía:

 

  • Nuestra actividad intelectual es diferente: hacemos conexiones distintas y unimos ideas fragmentadas.
  • Podemos, en vez de defender nuestras posturas ante otros, dudar de ellas. La duda desafía nuestro pensamiento dogmático.
  • Cuestionamos nuestros paradigmas.
  • Reconocemos competencias e intereses ignorados.
  • Replanteamos nuestros valores.
  • Escuchamos nuestros sueños y nuestros deseos que pudieran parecer imposibles estando acompañados.
  • Legitimamos, sin la anuencia de los demás, nuestra experiencia.
  • Superamos la necesidad permanente de ser confirmados por los demás.
  • Logramos diferenciarnos, sosteniendo la cercanía-distancia oportuna con los demás.

No hay manera de conquistar la autonomía y de ejercer la libertad sin la capacidad de estar solos. Incluso si cohabitamos con una pareja o en familia, requerimos de espacios de soledad creados propositivamente para acceder a este encuentro personal, desarrollar nuestra conciencia de “sí mismo”.

Ser autónomo es hacer de la soledad un espacio de goce, de creatividad, de reflexión y duda, de bienestar y crecimiento. Es transitar del deseo de libertad a la realización de acciones liberadoras. La fantasía mental de lo que podemos ser sólo se resuelve en la vida de forma práctica con acciones concretas: “estoy aquí, pienso esto, deseo tal cosa, me muevo hacia tal lugar, de esta forma…

Convertirnos en sujetos y autores de nuestra existencia implica asumir que estamos solos y con ello esperar y exigir compañía a cualquier costo.

No te vayas de esta vida sin haber tenido un encuentro contigo mismo.

No todos los que te gustan son “para toda la vida”, a veces ni siquiera existe.

 

 

Te quejas y quejas de no estar con la persona correcta, pero eso es tu culpa ¿por qué? Porque no haces el casting como Dios manda. Para que no sigas metiendo el pie en estas cosas, te decimos solo seis de las 29 claves para elegir pareja.

 

 

 

 

1. Olor
Elige a esa persona que huele rico y que te guste el olor. Será tu “futuro esposo” tiene que gustarte todo de él o ella.

2. Que no esté excesivamente pegado a su madre o padre
Si quieres ser la segunda madre ¡adelante!, desde este momento te decimos que tendrás que lidiar con sus verdaderos padres.

3. Que no confunda la sinceridad con la verdad
Las personas que viven con sinceridad, protegen al relación con el otro. Y los que viven buscando la verdad convierten esta búsqueda en algo más importante que el amor.

4. Que trate bien a extraños
Empleados, personal de servicio. La persona que trata mal a una persona, tarde o temprano tratará así a todos… a ti también.

5. Que no sea celoso
Una persona celosa quiere control sobre la vida del otro. Al inicio de la relación puede resultar, hasta cierto punto, divertido pero después pierde ese encanto y se vuelve una tortura.

6. Una persona que haya invertido tiempo y dinero
No en cosas materiales, pero en su persona, aspectos necesario: intelectual, corporal, emocional, erótico. Una persona con experiencias de vida.