El mundo emocional de los hombres ha sido un tópico poco explorado, intencionalmente evitado, y generalmente mal descifrado. Estereotipadamente se les etiqueta “de ser menos emocionales que las mujeres”, y de sólo tener permiso para sentir enojo, rabia, ira, exasperación y poca tolerancia: emociones todas para ejercer poder, y para posicionarse como hombres fuertes, valientes, y en control. Poco se les permite mostrarse tristes o con miedo, emociones asociadas a la vulnerabilidad y -por lo tanto- a la feminidad.

Y ciertamente, la imagen masculina que retrata la cultura occidental es que los hombres son fuertes y dominantes, lo cual se considera sinónimo de no mostrar -y de preferencia ni siquiera sentir- los sentimientos. Pero esconder la afectividad y capotear la sensibilidad no significa que las emociones no se presenten en ellos. Y si bien no hay duda que -sobre todo en las nuevas generaciones de hombres- se está redefiniendo la forma de vivir la afectividad a favor de que los varones muestren lo que sienten, sigue viéndose como algo “inquietante” y de hecho no siempre necesario y por tanto inusual.

Más que entrar en una explicación histórica de cómo, cuándo y por qué se condicionó a los hombres a este “analfabetismo” emocional, conviene mirar hacia el futuro y preguntarnos: ¿Es posible y deseable para los hombres aprender a integrar su dimensión emocional?

La respuesta es sencilla: sí. Las diferencias en cuanto a la expresión afectiva entre hombres y mujeres no son genéticas o “evolutivas”, sino aprendidas de lo que los diferentes sistemas sociales nos han impuesto. Y esto significa claramente que podemos aprender a manejar las emociones de otra forma.

Cada vez se promueve más que los hombres aprendan a ser más conscientes de su mundo emocional y sean más abiertos a expresar sus sentimientos con personas con quienes sientan una cercanía particular. Uno de los beneficios más notables de no suprimir los sentimientos es disminuir la sensación de soledad, tan común en los hombres que no se vinculan emocionalmente con quienes les rodean. El aislamiento que produce la incapacidad de compartir con alguien lo que se siente está asociado con la depresión, la adicción, la enfermedad y la muerte prematura.

Alfabetizarse emocionalmente no ocurre de un día para otro: se requiere consciencia del daño que hace enajenarse de los propios sentimientos y disposición para atravesar un proceso que permita contactarlos y expresarlos.

Hombres y mujeres nos beneficiamos si podemos contactar con nosotros mismos y vincularnos con los demás.