En estos tiempos de constante estimulación externa y en una sociedad diseñada para responder a la gratificación inmediata de las personas, es cada vez más difícil centrarse en hacer una sola cosa a la vez.

 

Constantemente nos vemos ante un sin fin de opciones, proyectos y pendientes que terminamos no enfocándonos en lo que elegimos, o bien, estando en tantas cosas al mismo tiempo, que la calidad de atención que destinamos a cada una de ellas no es la que nos facilita ni disfrutarlas ni conseguir lo que deseamos.

 

El resultado de esto muestra que querer aferrarse y malabarear muchas cosas “de un jalón” nos predispone a una mediocre “funcionalidad” y a un excesivo estrés, y ambas cuestiones, lejos de aprovechar nuestras virtudes y fortalezas, las menoscaba.

 

Elegir y asumir nuestras pérdidas nos permite utilizar el tiempo y la energía en lo que sí queremos hacer. Por cada minuto que destinamos a algo que no está funcionando, estamos renunciando a otras oportunidades de valor potencial.

 

¿Pero cómo saber cuando es momento de soltar y plantear una nueva dirección?

Generalmente solemos tener más empatía y ecuanimidad con otras personas y no cuando se trata de situaciones que nos involucren a nosotros mismos; con frecuencia somos más sabios con los demás. Pero más que imaginar qué consejo le darías a alguna persona que estuviera en tu lugar, te invito a hacer el siguiente ejercicio:

 

Piensa en tres personas que consideres que hayan sido tus mentores en algún periodo de tu vida. Puede ser un familiar cercano, algún amigo, tu jefe, incluso ese personaje ficticio de la novela que marcó tu adolescencia. ¿Listo? Ahora pregúntate: ¿qué consejo te daría cada uno de ellos? Anota tus respuestas y ahora continúa con la siguiente reflexión.

 

Eternamente nos debatimos entre la idea de tener grandes metas con altas expectativas o el plantearnos objetivos aterrizados a la realidad. Existen diversas opiniones que sostienen ambas posturas; el tener altas expectativas, aunque no se cumplan, genera buenos resultados pero tener objetivos realistas nos permite estar menos estresados.

 

Desde mi perspectiva existen personas que preferimos uno u otro estilo, lo que ninguna podemos descartar si queremos tener buenos resultados con una dosis controlable de estrés es que para tener éxito requerimos foco, intensidad suficiente y algunas renuncias.

 

En un mundo que nos muestra tantos escenarios posibles y nos plantea el artificio de poder conquistarlos todo, podemos confundirnos pensando que renunciar es fracasar. Y yo afirmaría lo contrario: “el que no suelta alguna pelota, va a echar a perder un nuevo malabar”.

 

 

 

 

Bases para tener una buena conversación

 

Quizás no todos estemos interesados en ser extraordinarios conversadores más allá de que tengamos o no ciertas habilidades para lograrlo; pero no deja de ser un “plus” personal el disponer de ciertos recursos que nos faciliten entablar buenas conversaciones: ser alguien con quien la gente disfrute hablar.

 

Partamos de algo simple: ser auténtico y estar genuinamente interesado en el otro es el requisito fundamental para  lograr vincular con otras personas a través del diálogo. Aún así este aspecto fundamental no resta importancia a algunos puntos que te invito a considerar.

 

1.- Platicar es intercambiar ¡no echarse un monologo!

Todos nos hemos visto enfrascados en una conversación tipo “exposición” en la cual no se puede más que emitir monosílabos, o, estando en el puesto contrario, hayamos sido quien no suelta el micrófono. Es esencial repartir la conversación equitativamente entre las personas que formen parte de la charla.

 

2.- Haz preguntas abiertas

Las respuestas que implican solamente un sí o un no dificultan una conversación fluida.  Para hacer preguntas abiertas hay que calibrar el tinte y ritmo de la charla: no es lo mismo preguntar algo respecto a un tema de música o de cine que sobre aspectos íntimos de la vida amorosa o familiar.

 

3.- Escucha para entender, no para responder.

Cuántas veces, en vez de escuchar a nuestro interlocutor, estamos  elaborando -dentro de nuestra cabeza- la respuesta, la defensa o el ataque de la conversación mientras “escuchamos” a una persona; o bien, o en la contraparte cómo te sientes cuando observas que no te están escuchando y están pensando lo que te van a responder. Para entablar una buena plática es más importante mostrarte interesado que hacerte el interesante y eso implica prestar atención y escuchar con apertura. De hecho, escuchar atentamente, permite poner sobre la mesa muchos temas interesantes de conversación y favorecer el intercambio y la vinculación.

 

4.- Cuida tu lenguaje no verbal: 

Observa tu postura y el uso de tus manos; mantén contacto visual constante y agradable, y hazle saber a la otra persona que estás escuchándola mediante afirmaciones activas. Un gesto dicen “más que mil palabras”.

5.- Pide permiso para interrumpir y cuestionar:

Si te das cuenta –mientras el otro habla- que necesitas precisar algo y para ello lo quieres interrumpir, detente y regresa a escuchar: antes de cuestionar un punto de vista, pide permiso para hacerlo de otra forma, la charla deja de ser un diálogo para convertirse convierte en un debate. Si quieres cambiar el curso de la conversación es importante acordarlo con tu interlocutor.

Un buen conversador, además de disfrutar el intercambio del encuentro y de la conversación, abre la posibilidad de acompañarse con otro ser humano y generar algún tipo de acuerdo oportuno para ambos, o incluso de una buena vinculación.

 

 

El mundo emocional de los hombres ha sido un tópico poco explorado, intencionalmente evitado, y generalmente mal descifrado. Estereotipadamente se les etiqueta “de ser menos emocionales que las mujeres”, y de sólo tener permiso para sentir enojo, rabia, ira, exasperación y poca tolerancia: emociones todas para ejercer poder, y para posicionarse como hombres fuertes, valientes, y en control. Poco se les permite mostrarse tristes o con miedo, emociones asociadas a la vulnerabilidad y -por lo tanto- a la feminidad.

Y ciertamente, la imagen masculina que retrata la cultura occidental es que los hombres son fuertes y dominantes, lo cual se considera sinónimo de no mostrar -y de preferencia ni siquiera sentir- los sentimientos. Pero esconder la afectividad y capotear la sensibilidad no significa que las emociones no se presenten en ellos. Y si bien no hay duda que -sobre todo en las nuevas generaciones de hombres- se está redefiniendo la forma de vivir la afectividad a favor de que los varones muestren lo que sienten, sigue viéndose como algo “inquietante” y de hecho no siempre necesario y por tanto inusual.

Más que entrar en una explicación histórica de cómo, cuándo y por qué se condicionó a los hombres a este “analfabetismo” emocional, conviene mirar hacia el futuro y preguntarnos: ¿Es posible y deseable para los hombres aprender a integrar su dimensión emocional?

La respuesta es sencilla: sí. Las diferencias en cuanto a la expresión afectiva entre hombres y mujeres no son genéticas o “evolutivas”, sino aprendidas de lo que los diferentes sistemas sociales nos han impuesto. Y esto significa claramente que podemos aprender a manejar las emociones de otra forma.

Cada vez se promueve más que los hombres aprendan a ser más conscientes de su mundo emocional y sean más abiertos a expresar sus sentimientos con personas con quienes sientan una cercanía particular. Uno de los beneficios más notables de no suprimir los sentimientos es disminuir la sensación de soledad, tan común en los hombres que no se vinculan emocionalmente con quienes les rodean. El aislamiento que produce la incapacidad de compartir con alguien lo que se siente está asociado con la depresión, la adicción, la enfermedad y la muerte prematura.

Alfabetizarse emocionalmente no ocurre de un día para otro: se requiere consciencia del daño que hace enajenarse de los propios sentimientos y disposición para atravesar un proceso que permita contactarlos y expresarlos.

Hombres y mujeres nos beneficiamos si podemos contactar con nosotros mismos y vincularnos con los demás.