La melancolía de estas fechas

A cuántos y cuántas no nos afectan partícularmente estas fiestas decembrinas: recordamos momentos entrañables de otros tiempos, añoramos la presencia de aquella persona; extrañamos la comida de la abuela, las risas de aquella amiga, y como esto todas esas cosas que traemos a la mente y provocan un nudo en la garganta con toques de melancolía. Esa tristeza, vaga, permanente y profunda que hace que al sentirla no podamos disfrutar de vuelta.

¿Cómo abrazar el pasado con menor melancolía y abrirnos a las riquezas del cambio que estamos transitando ya?

Se pierden cosas a lo largo del tiempo, sí… se transforman otras, también… Quizás la clave consista no en detener los sentimientos sino en distinguir la nostalgia de la melancolía.

La melancolía se relaciona más con estados de ánimos vinculados a la tristeza, que cuando se instalan en la vida de la persona pueden culminar en una depresión. La persona melancólica espera que algo mejor suceda en su trayectoria personal, y ante la desilusión de que no ocurre, experimenta con mayor fuerza su dolor.

La Universidad de Sothampton ha estudiado científicamente la nostalgia. El psicólogo Tim Wildschut, a cargo de dicha investigación confirmó que la nostalgia es un recuerdo biográfico que da coherencia a la propia vida, que a través de ella predominan los recuerdos de las relaciones interpersonales valiosas, y que las memorias negativas de las experiencias dolorosas se pueden transformar generalmente en una narración positiva. Así, a diferencia de la melancolía, la nostalgia se centra en los buenos recuerdos del pasado y no en los malos momentos del presente.

Extrañar y recordar no está mal; ponerlo en la categoría de “mal” genera que la idea de extrañar sea prohibida y ya sabemos que lo prohibido es lo que más seduce a rendirnos ante él. No hay que prohibirse la idea de extrañar, sin embargo, la expectativa puesta en que lo que un día fue regresará es como manejar por el camino de la vida mirando el retrovisor.

Entonces… ¿Cómo podríamos integrar a la vida una nostalgia en la que recordar el pasado nutra, motive, y genere satisfacción?

Pienso en varias cosas que podrían sernos de utilidad:

  • Darle “tiempo al tiempo y confiar en que el olvido de ciertos episodios que pudieron ser en exceso lastimosos es un proceso neurológico que tiene su propio ritmo.
  • Atravesar cabalmente los procesos de duelo para experimentar en su momento todas las emociones que corresponden a dejar ir lo que sea hayamos perdido.
  • Pedir ayuda cuando – por las razones que sean – la experiencia incluyó vivencias traumáticas que requieren de un acompañamiento terapéutico y una desensibilización especial y por tanto está arraigada en nuestra psique de más.
  • Entender que lo que vivimos y decidimos en tiempos pasados o no dependió de nosotros al cien o fue lo mejor que pudimos hacer con las herramientas emocionales y sociales que contábamos en ese momento, y dejar de exigirnos y culparnos más.
  • Cuestionar los mandatos sociales que recibimos sobre cómo debemos vivir. Mandatos que nos impelen a apegarnos a estilos de vida, a cosas, o a relaciones, con un apego desmedido que hace de cualquier  transición una sobre carga emocional.
  • Ir contracultura en cuanto a creencias limitantes que coartan nuestra posibilidad de construir un futuro basado en nuevos parámetros acordes a lo que queremos y soñamos hoy.
  • Aprender de la vida, asimilar las experiencias vividas, y reconocerlas como posibilidades de construirnos en las personas que somos en el presente.

Para dejar ir es necesario darse el tiempo de añorar y eso es parte del duelo; la cuestión aquí es aprender a extrañar, pasar de melancolía a nostalgia y así apreciar lo que fue valioso sabiendo que forma parte de quienes somos hoy.

 Por último, ¿Cómo recuperar ese disfrute por la vida?

Como todo, es un proceso, pero pienso en 3 puntos clave para lograr avanzar en este camino:

  • En vez de decir “adiós” al pasado, decir “hola” a esos recuerdos que nos enriquecen, que nos generan – en medio de la añoranza – crecimiento y bienestar.
  • Mirar el pasado desde la gratitud para integrar en vez de separar, y abrazar la inmensidad de sentimientos que implican el don de haber gozado lo que ya pasó.
  • Voltear hacia el futuro con confianza y con genuina curiosidad.

 Y así, como dijo Harold McMillan. “Utilizar el pasado como trampolín y no como sofá”

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