Pérdida ambigua y migración de identidad

La pérdida de algo valioso siempre presenta un reto. Dejar ir algo que consideramos importante para nuestra vida nos requiere hacer uso de nuestros recursos para salir adelante. Esto es, una parte de la persona que recibe un choque, sufre y se mira abatida, dañada, fragmentada, mientras que otra parte, aquella que es pieza de su “deseo de vivir”, reúne la energía restante en el individuo y lo lleva a encontrar sentido donde el dolor podría mostrar que ya no lo hay.

Una pérdida nunca es igual a otra. Existen pérdidas que podríamos considerar más duras que otras, sin que ninguna de ellas sea más o menos importante. Hay pérdidas que no dejan “lugar a dudas”, es decir, existen ciertas circunstancias en ellas que nos dejan ver que “no hay marcha atrás”. Volviendo al ejemplo de líneas arriba, mirar morir a un familiar que ha pasado por una larga agonía representa el punto final, la pérdida en sí. La muerte, en este caso, es la conclusión, tanto como puede ser un divorcio, un despido, una mudanza, una migración, una renuncia, etc. La conclusión en un proceso de pérdida permite enfrentársele de mejor manera, puesto que se ha alcanzado el “suceso detonante”, el momento que, quizá, tanto temíamos pero que indica, también, un nuevo comienzo, el banderazo de salida para comenzar con la propia recuperación.

Sin embargo, existen también otro tipo de pérdidas. El término “pérdida ambigua”, el cual habremos de acreditar a la psicoanalista y terapeuta familiar Pauline Boss, define estas otras pérdidas, a saber, aquellas donde no existe, como en las descritas líneas arriba, un punto concluyente, aquellas donde se encuentra una enorme carga de ambigüedad, de incertidumbre y el sentimiento sólido de no conclusión. Como integrar lo siguiente: pienso que una mudanza, un divorcio, sí son pérdidas ambigúas

Este tipo de pérdida se relaciona con todos aquellos sucesos donde, si bien sabemos que algo cambió y que nuestra vida no volverá a ser la misma, existe un fantasma que nos permite pensar que “las cosas quizás se puedan resolver”. Este tipo de pérdida se encuentra en casos como la desaparición o el secuestro de un familiar, la separación de una pareja sin un final explícito, o bien, enfermedades de orden mental o incapacitantes que, aunque no acaban con la vida de quien las padece, los hace estar ausentes de la vida de quien los rodea. Pensemos en un paciente en coma, de quien los médicos no pueden asegurar con total certeza la muerte o la recuperación. Quienes se encuentren a su alrededor –amigos, familiares, pareja- sentirán ciertamente su pérdida, pero esta no es concluyente: la muerte no le ha alcanzado, pero su existencia se encuentra en una especie de limbo que no permite, entre otras cosas, seguir adelante a sus cercanos.

En todos los casos de pérdida ambigua, salvando las diferencias específicas, existe algo en común: la confusión, la indeterminación, en fin, la ambigüedad, y con ella el estrés que la misma genera. Al no existir algo que nos de certeza del preciso final, algo palpable, la vida se vuelve física y emocionalmente agotadora y profundamente inestable: lo rutinario, la cotidianeidad, se vuelven tensos, siempre a la espera de “una señal”: una llamada, una visita, el timbre sonando anunciando alguna noticia, una mueca, una mirada. Las personas que sufren la pérdida ambigua van por la vida esperando y, de cierto modo, fantaseando, jugando con las posibilidades o inventando realidades donde las cosas van bien.

Esta inestabilidad no podría menos que acarrear problemas psicológicos delicados. Las personas que se ven inmersas en una pérdida ambigua sufren de constante ansiedad, insomnio o sueño intranquilo, depresión, padecimientos psicosomáticos e incluso enfermedades físicas derivadas del alto agotamiento emocional. A esto se aúna la longevidad de los padecimientos: si bien en una pérdida “normal” existe un conjunto de síntomas que denotan un estrés post-traumático, en la pérdida ambigua estos síntomas permanecen indefinidamente ante la posibilidad de una solución real. Así, el ir y venir entre la desesperación y frustración y la esperanza y la fantasía crean en el individuo un sufrimiento de mayor complejidad.

Ante esa terrible exigencia emocional que significa la pérdida ambigua, quien la padece tiene un camino, si bien no es el mayor consuelo ni la panacea: aprender a vivir con la ambigüedad. Esto no significa demeritar el sufrimiento o solicitar el olvido y la indiferencia. Como un dolor crónico que viene y va, a veces ante ciertos climas o ciertas circunstancias, quienes se enfrentan a una pérdida ambigua encuentran en el tiempo y el esfuerzo un camino hacia la integración en su vida de la incertidumbre. Repetimos: no una resignación, no un olvido, sino una nueva forma de vida donde la inestabilidad, la ambigüedad y la esperanza se vuelven constitutivos del carácter y la cotidianeidad de la persona, dando lugar ya no a las fantasías, sino a una esperanza prudente que convive con las posibilidades y las probabilidades realistas.

Migración de identidad

Michael White, trabajador social, terapeuta familiar y creador junto con David Epston, habla de la migración de identidad como un proceso en el que la persona se mueve de una forma de ser inoperante, lastimosa o caduca, a una identidad actualizada y preferida. Esta migración se da por etapas, en tanto que consideramos que el cambio es más un proceso y no un evento. La resiliencia, con el rescate de las propias competencias, sueños, y valores, permite atravesar las etapas que describiremos a continuación con el fin de instalarnos en esa nueva identidad de manera más enriquecedora.

  •  Fase de separación o de rompimiento con la vida que han conocido hasta el momento.
  • Fase intermedia, en que lo familiar está ausente y nada significa lo mismo que significada antes.
  • Fase de reincorporación: se ha llegado a un nuevo lugar en la vida. Una vez más estás “en casa” contig mismos y con una manera de vivir. Recuperas la sensación de tener conocimientos y herramientas para vivir.

No podemos dejar de recordar que no todas las pérdidas de la vida son iguales, no todos los retos nos exigen el mismo esfuerzo y la misma transición, y la vida actual nos lleva a atravesar dificultades nuevas, las cuales rompen aquellas cosas que tomábamos como seguras o confiables en la vida.

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