Testimonio “Cómo identificar a un patán”

¡No te relaciones con un Patán!

Te comparto con gran satisfacción el testimonio de Rosalía tras leer mi libro ¿Cómo identificar a un Patán?

 

Un día me desperté, me miré al espejo y no me reconocí. A los 3 años de haber tenido a mi primer hijo y 4 años de estar casada, había en mí una tristeza muy profunda, un desencanto y una desilusión que en aquel entonces no tenía nombre. ¿Cómo había llegado hasta aquí en estos 8 años de relación?, ¿cómo me fui debilitando? Era una tristeza no compartida con las personas cercanas a mí, silenciada, y vivida en mucha soledad y vergüenza. Esto fue el parteaguas para darme cuenta que llevaba un vida paralela a la de mi esposo: él era “muy feliz” y yo todo lo contrario. Necesitaba ayuda.

 

Tras ir a terapia con Tere y  leer “Cómo identificar a un Patán” descubro que es indispensable que el terapeuta con quien uno trabaje tenga una visión de género, para que no minimice lo complejo del problema y las vivencias del consultante. Al reducir el problema a un cliché, que sólo “culpabilice a la víctima” por permanecer en la relación (Díaz, 2018) o “lo simplifique a las ganancias secundarias”, puede llevar la terapia al fracaso y a la perpetuación de la violencia. Esto me sucedió a mí, cuando en dos ocasiones dos terapeutas en distintos momentos me dijeron: “se me hace que te gusta hacerte la víctima“, “creo que tu apego a lo material, te ha llevado aceptar el maltrato”.

 

Considero que esto, al no ser totalmente cierto, ni totalmente falso, pone en evidencia lo confuso y paradójico que ha sido para mi estar metida en esta relación. Darme cuenta de esta ambivalencia o contradicción en la que he vivido entre: el odio/amor, estallido/ arrepentimiento, estabilidad/ inestabilidad, vulnerabilidad/ fuerza, ternura/desprecio etc.  hace que sea un “lazo”  confuso de desamarrar, pero jamás imposible y ha requerido de mí, como menciona  Tere, distinguir “qué de lo que he vivido es mi responsabilidad y qué es efecto de una estrategia de violencia” (Díaz, 2018), para no avergonzarme por decir tantas veces ahora sí ya lo voy a dejar.

 

Este camino de desamarre me ha costado mucho dolor. Estoy de acuerdo con Tere en que “cuando el maltrato se mezcla con el amor, al tiempo que experimentamos cierto malestar por la forma en que nuestra pareja nos trata nos confundimos al reconocer que también nos ha apoyado y dado cierta estabilidad” (Díaz, 2018).

 

Si este libro plasmara las etapas de mi vida con el maltrato en una línea del tiempo, diría que he atravesado la primera y segunda parte del libro y ahora empiezo a explorar la tercera parte (lo bueno es que no son diez partes).

 

En la primer parte sobre  “Reconocimiento”, que trata sobre cómo reconocer a un patán, diría que he vivido con un patán que muestra muchos rasgos perversos, para manipular, someter y encubrir sus conductas abusivas hacia mí. Esto me implicó vivir en un estado de auto-vigilancia y control sobre mi propio actuar para evitar sus estallidos y cambiar el ángulo de mi narrativa hacia él. En lugar de preguntarme: ¿será que, soy una bizarra como alguna vez me dijo?, ¿será que yo en realidad no aporto nada?, ¿será que yo soy un zombi, como el dijo?; coloqué la pregunta en él: ¿será que él es intolerante?, ¿será que él tiene ideas muy fijas”, ¿será que él es agresivo?, ¿será que él es patán?, ¿qué tipo de patán es?. Este abordaje, me ayudó a entender el día de hoy que sus “sobre-reacciones” ante mis opiniones diferentes a las de él, vistas como contradicciones y agresiones, hablan más de él que de mí, y son una expresión desproporcionada de su hiper-masculinidad que rechaza lo “no femenino” (sentimientos de tristeza, miedo etc.), que a su vez, denota la gran vulnerabilidad de un niño. ¿Será este mi enganche?

 

En la segunda parte del libro, la “Exploración:  “cuando el patán a hecho de las suyas conmigo”, me considero hoy experta en como opera el abuso en estos patanes, de qué se alimentan, cuáles son sus tácticas y estrategias, cómo se inicia este intercambio violento y cómo se mantiene dentro del círculo de la violencia. Tere afirma que el daño de un patán tiene efectos importantes, más aún cuando llevamos relacionándonos mucho tiempo con él: la imagen que tenemos de nosotras mismas se ve distorsionada y afecta varias áreas de nuestra vida, pero principalmente la relación con uno mismo. A su vez, “se desarrolla una atadura psicológica que produce confusión y agresión y va debilitando a la persona” (Díaz, 2018). Este debilitamiento, lo pienso como el tener varias capas en forma de caracol que hay que desenrollar con pasos firmes y sostenidos para fortalecerse poco a poco.

 

Ahora estoy transitando la tercera etapa del libro: “Liberación” para reconstruir mi propia identidad. Esta reconstrucción consiste en preparar el terreno paso a paso, saltar los obstáculos que se presenten y seguir llevando a cabo actos de resistencia sostenidos que me empoderen y me lleven a transgresiones “reales”.

Desamarrarme de esta relación de maltrato será una transgresión que me legitima como ser, un ejercicio de mi libertad, pero sólo es el comienzo.

 

Mi responsabilidad hoy en día no es parar los actos violentos de mi esposo, ni querer aleccionarlo sobre su actuar, mi responsabilidad hoy consiste en alejarme del maltrato, en nombrarlo y sobre todo en cuidarme. Para reconstruir mi identidad estoy haciendo cosas que me gusten, buscando un trabajo, cuidándome a mi misma y acuñando todos los aprendizajes obtenidos de esta experiencia. Mi responsabilidad hoy a mis 38 años está puesta en mí. Quiero terminar con esta “reflexión” de Tere que lo sintetiza muy bien:

 

“Seguir esperando un trato especial, que incluye ser cuidada, rescatada y sostenida de manera casi infantil, genera posturas de dependencia e inactividad. Asumir consecuencias de nuestros actos incluyendo las que nos restan privilegio, debemos renunciar a la protección. El amor no puede ser nuestro único proyecto de vida”(Díaz, 2018).

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