“Para conocerse en profundidad
hay que dejarse penetrar por la nada!”
Luis de la Puente

Vivimos un fenómeno sin precedentes. El mundo está detenido y atemorizado por el virus, que si bien pone en riesgo nuestra integridad física y la vida misma, está en primera instancia acabando con nuestra salud mental. ¿Pero es el virus el que taladra nuestro cerebro? O simplemente detona la manifestación de lo que estaba “mal acomodado” y su amenaza, además de la vida detenida, solo lo exhibe.

 

El contacto físico es uno de los mayores placeres humanos –charlas, besos, encuentros– y resulta que hoy ese es justo el peligro. Y como nuestra vida pública (aquella que todos conocen) está detenida, nuestra vida privada (aquella que compartimos solo con unos cuantos) está limitada. No nos queda más que la vida íntima, aquella que nos lleva a interiorizar y cuestionar la propia existencia.

 

Somos los únicos seres del planeta autoconscientes, es decir, no solo nos damos cuenta, sino que nos damos cuenta de que nos damos cuenta. Eso nos permite relacionarnos con nosotros mismos, interiorizar y por tanto tener una vida íntima.

 

Nuestra dimensión íntima nos hace inevitable la autoevaluación y por tanto la emisión de un juicio sobre nosotros mismos: ¿esto que hago me gusta? ¿quiero seguir en esta relación? ¿siento que avanzo hacia mis metas de vida? ¿honro mis valores y atiendo mis necesidades e intereses? De las respuestas a estas preguntas nos enfrentaremos a una valoración personal que puede agradarme o confrontarme con lo más profundo de mi ser.

 

Por otro lado, “la nada” que menciona Luis de la Puente, no es necesariamente –y muy probablemente no lo será aún en esta situación tan crítica– una muerte real. Pero sí un vacío, un espacio, un cuestionamiento del sentido de nuestra vida. Por tanto se abre una paréntesis vital para sanar heridas pasadas y para generar nuevas ideas y posibilidades futuras.

 

El cambio se genera construyendo nuevas experiencias, nuevos relatos y nuevas acciones. La actual experiencia de restricción social  nos abre la posibilidad de crear nuevos relatos sobre  nuestra vida: ¿quién soy? ¿qué quiero? ¿qué quiero agregar o quitar de mi vida?, y a través de estas reflexiones generar acciones concretas de vida que me dirijan a ese lugar elegido –terminar una relación, inscribirme a un curso online, comprar un libro sobre cambio, reconciliarme con alguien que me distancié–. Esta movilización nos puede impulsar a generar un circuito de cambio: diferentes experiencias que nos lleven a nuevos relatos y éstos a su vez a nuevas acciones, impulsando en este movimiento, nuestra transformación y crecimiento..

 

Para mí entonces la cuarentena es una invitación a imaginar otros mundos posibles, a movernos a espacios inéditos donde podamos pensar, decir, y hacer aquello que no hemos hecho nunca pero que ahora es posible visualizarlo y planearlo. Y es que detener la vida puede ser la oportunidad de desarrollar un pensamiento crítico ante lo socialmente impuesto, ante lo familiarmente no cuestionado y ante culpas, temores y enojos nunca enfrentados.

 

Hoy tenemos tiempo, mucho tiempo: tiempo sin objetivos, solo tiempo. Por eso los invito, como lo dijo Renato Leduc, a aprovechar esa “Sabía virtud de conocer

Un día me desperté, me miré al espejo y no me reconocí. A los 3 años de haber tenido a mi primer hijo y 4 años de estar casada, había en mí una tristeza muy profunda, un desencanto y una desilusión que en aquel entonces no tenía nombre. ¿Cómo había llegado hasta aquí en estos 8 años de relación?, ¿cómo me fui debilitando? Era una tristeza no compartida con las personas cercanas a mí, silenciada, y vivida en mucha soledad y vergüenza. Esto fue el parteaguas para darme cuenta que llevaba un vida paralela a la de mi esposo: él era “muy feliz” y yo todo lo contrario. Necesitaba ayuda.

 

Hombres y mujeres del Siglo XXI

El pasado 11 de noviembre se festejó el día del soltero, y yo que llevo algunos años en soltería, que vivo casi sola, y que mi casa, así con “ma-me-mi-conmigo” la siento un absoluto hogar. Me pregunto si los que me observan sienten susto, gusto o repele por mi forma de vivir.

Hoy en México existen once tipos de familia. La transformación sociodemográfica ha reconfigurado los hogares haciendo que los esquemas tradicionales salten por los aires. Existen hogares uniparentales, hogares homosexuales, hogares con familias extendidas cohabitando, obvio familias nucleares, y cada vez más, hogares unipersonales.

En la Ciudad de México, aproximadamente la mitad de la población está constituida por personas separadas, divorciadas, viudas o solteras y se prevé que para el 2050 uno de cada tres hogares estará habitado por una sola persona. Entonces, me pregunto, si esta es la tendencia por qué la discriminación a la soltería –sutil pero sostenida– está a la vuelta de la esquina?

Muchas solteras y solteros cargamos estereotipos que nos hacen sentir no solo prejuzgados, sino en muchas ocasiones señalados y marginalizados. De manera implícita o explícita circulan en nuestra sociedad prejuicios del tipo: “la gente soltera sufre más”, “ padece la soledad”, “envidia a los que tienen pareja” y “su único objetivo en la vida es ¡conseguir una!”. A esto se suman todas las adjudicaciones que van de “boca en boca” como generadoras de esta “temible condición”: “tiene fobia al compromiso”, “seguro es muy quisquilloso”, “tal vez trae una historia de traumas previos que le impiden relacionarse con alguien”. Y no falta quien piensa que él o la “susodicha” soltera pueda ser homosexual (lo cual para mucha gente sigue suponiendo un problema). Y entre uno y otro cuchicheo se confirma que los solteros con un estilo de vida unipersonal somos personas incompletas e inmaduras, eso si bien nos va, ya que no falta quien nos cuelga atributos de promiscuos, poco comprometidos, y egoístas también.

Qué bonito es tener pareja, sí, ¡si quieres! Y solo si vale la pena y te suma, ¿pero esa manía de exaltar “el Arca de Noe” y sobre todo la vida matrimonial de los que están “bien casados”. No estoy en contra del matrimonio, ni desprecio para nada la vida de a dos ¿pero de ahí a afirmar que estar casado es mejor que vivir en singular? Y peor aún, ¿considerar que las personas casadas saben lo que necesitamos (lo que sufrimos, lo que disfrutamos) los solteros?

Bella DePaulo, psicóloga, investigadora social, y escritora norteamericana, autora de Singled Out, introduce el término de “solterismo”, que al igual que otros “ismos” (racismo, clasismo, sexismo) hace visible el señalamiento que recibimos las personas solteras por nuestro estilo de vida. Agrega que la palabra solterismo destaca solo la mitad del problema que enfrentamos, ya que la otra mitad consiste en “glorificar” al matrimonio y a la vida en pareja, especialmente en las diversas versiones de “Tú eres mi todo” o bien “Tú y yo somos uno mismo”. A esta exaltación matrimonial ella la nombra “matrimania”.

¿Cómo explicar que quienes vivimos en soltería sí tenemos una vida propia? ¿Cómo hacer honrar muchos de los propósitos de nuestras vidas y de los valores que practicamos? ¿Cómo explicar que la vida en singular no es una vida sin valores, sin familia, sin sueños más allá de encontrar una pareja para poder “vivir felices para siempre”? Y sobre todo ¿cómo hacer frente a esos tratos desiguales que van, desde las supuestas responsabilidades que se nos adjudican por estar “solos” –como cuidar a mamá, llevar más carga de trabajo a casa, o dormir por default en un sillón durante algunas vacaciones porque no merecemos la recámara nupcial–, hasta ser objeto de francas desventajas económicas, legales y sociales en términos de ofertas de consumo, adquisición de seguros, y posibilidad de heredar ciertos bienes y servicios a gente cercana que no es un hijo o un familiar? El peso de estos estigmas, prejuicios y desigualdades es incluso introyectado por muchas personas solteras, de modo que ellas se convierten en sus propios verdugos como si algo fallara en ellas.

Paternidad, sexo y economía solo podían vivirse en el paquete del matrimonio, las diferencias entre la vida en soltería y la vida en matrimonio eran abismales. Hoy se han desmembrado los componentes y la existencia se hace más diversa y compleja. Y como a mí me gusta la cosa de la complejidad y la diversidad, en mi soltería gozo no solo de un hermoso hogar unipersonal, sino de una infinidad de posibilidades, de una vida rica en significado, con multiplicidad de intereses, y dentro de entrañables conexiones sociales. Lo cual también nos permite, a los solteros, “vivir felices para siempre”.

 

 

 

Todos sabemos lo que es ser un “control freak” y tener que estar en todo para poder controlarlo todo. Sin duda, cierto grado de control da estructura a la vida y nos ayuda  a sobrevivir; sentir que entre nuestras manos está el timón de nuestra vida nos permite tener el poder necesario para cuidar de nosotros y enfrentar los desafíos básicos que todo existir conlleva.

Pero ¿qué pasa cuando ese control va más allá de nuestros asuntos y posibilidades y busca inmiscuirse en la vida de los demás? La mayoría de quienes se dan el permiso de controlar la vida, los cuerpos, las decisiones y las relaciones de las personas que los rodean, acostumbran justificarse afirmando que lo “hacen por el bien del otro”: para cuidarlo, para ahorrarle problemas, para allanarle el camino, en fin, razones van y vienen para adjudicarse el derecho de arrebatar a los demás sus decisiones vitales..

 

Entiendo que en ciertas circunstancias hemos de ejercer un grado de poder sobre otros, pero siempre adecuado a las circunstancias, a su etapa evolutiva y sobre todo al rol de responsabilidad que tengamos nosotros en ese contexto y con esa persona.

 

El control bien ejercido, tanto si estamos en una dirección empresarial como si ejercemos de padres de un adolescente, dará contención a los demás, producirá resultados positivos y permitirá el desarrollo de los involucrados. Pero cuando de lo que estamos hablando es de limitar la vida de nuestros hijos adultos, de nuestra  pareja, familiares, incluso amigos y empleados de manera inoportuna para ellos, estamos saltándonos límites y desacreditando las competencias y recursos que las personas tienen para manejar su vida y con ello el derecho a aprender de sus errores, el afrontar las consecuencias de sus actos y por supuesto, el discrepar de nuestros gustos, valores y deseos.

 

¿Será que esta necesidad de control involucra más nuestras limitaciones y temores que el genuino deseo de ayudar? Cuando la conducta de los demás nos produce ansiedad, nos genera malestar y nos resulta amenazante –ya sea porque desafía nuestras creencias, pone en tela de juicio nuestros valores, perturba nuestra estabilidad, y nos enfrenta a nuestros miedos– aplicamos el control como estrategia para preservar nuestro equilibrio sino es que nuestro confort y comodidad.

 

¿No es “más fácil” controlar a los demás que poner sobre la mesa un problema galopante y abordarlo? ¿No es verdad que en ocasiones el hecho de controlar al otro nos evita decir lo que queremos, nombrar lo que nos molesta y pedir lo que necesitamos? Impedir que la vida de cada quien tome su propio curso  y por supuesto de confrontar directa y frontalmente cuando la situación amerite una reflexión oportuna, da cuenta de la capacidad de manejar nuestros propios temores y de cuidar al otro desde el amor y el respeto.

El “control freak” teme perder el control propio. Empecemos a soltar el control dejando ir algo pequeño, examinando qué nos pasa antes y después del evento, y finalmente reflexionando qué ganancia secundaria nos daba controlar esa situación. Este ejercicio nos permitirá aprender mucho más de nosotros mismos y establecer relaciones enriquecedoras al dejar que los otros elijan cómo vivir su vida. Y es que al final de cuentas la única vida que tenemos por vivir, es la nuestra.

 

 

 

 

  • Facebook: Tere Díaz Psicoterapeuta
  • Twitter: @tedisen
  • Instagram: terediazsendra

 

 

Tenemos encima las fiestas decembrinas y junto con ellas el “gusto y el susto” de sentir que también se nos “viene encima” todo el ejército familiar. Acercándose los eventos navideños se hace inevitable el deseo de muchos de poner al día las relaciones “archivadas”a lo largo del año y con tal objetivo promovemos cenas, intercambios, visitas, inculos viajes de corta, mediana o larga duración. Y entre los múltiples festejos esperados parece que uno de los más gratificantes, y también más desafiantes, es la reunión con nuestra propia familia.

            La familia acostumbra ser una fuente de apoyo, cariño y diversión, pero al mismo tiempo puede mostrar la otra “cara de la moneda” y desatar en nosotros un ramillete de abogios, enojos, conjuros y ansiedad. En nuestro diario vivir  seguramente alternamos con aquellos familiares con quienes nos sentimos más identificados y cómodos, pero a la hora de los eventos “multitudinarios” caemos en cuenta que tenemos que convivir con “todo el gremio” sin poder escoger con quién sí y con quién no.

Si bien algunas familias promueven más que otras el crecimiento y el bienestar de sus integrantes, todas encarnan una serie de patrones de conducta y de dinámicas relacionales que se reactivan cuando sus miembros se vuelven a juntar.  Sin duda algunas familias que son francamente tóxicas y lastimosas (de ellas escribiré más adelante), pero considero que abusamos del tan trillado término “familias disfuncionales” cuando lo que queremos señalar son algunas actitudes, “locurillas” y acciones de nuestros familiares que nos incomodan y hasta nos llegan a hacer enojar. Y es que si le “rascamos” un poco, todos vamos a encontrar conductas “raritas” en nuestra parentela, que no por ser “comunes y corrientes” (a veces más corrientes que comunes)  son fáciles de entender y manejar.  Por eso pensemos con cierta aceptación que de “poetas y locos, todos tenemos un poco” y veamos cómo capotear tales situaciones en esta Navidad.

 

Aunque te resistas a aceptarlo…

 

Lo quieras o no, lo creas o lo nieges, te guste o no te guste, tú, de una u otra forma participas en lo que pasa en la vida de tu familia. Ya sea porque le echas muchas ganas para que todo sea “miel sobre hojuelas”, porque te echas “en reversa” para evitar estar los domingos con ellos, o porque le echas “leña al fuego” para ver si de verdad te quiere tu papá, tu presencia o tu distancia, tu opinión o tu silencio, tu gracia o tu antipatía, tienen un impacto en toda la dinámica familiar. Y sí, las reuniones familiares activan los viejos rencores, las férreas competencias, los inatendidos reclamos, y a veces hasta las lágrimas de mamá. ¡Es que nunca falta el hermano que llega tarde y todos tienen que esperarlo para iniciar la cena!, o la cuñada incómoda con gestos de disgusto que no puede disimular,  el abuelo al que se le pasaron las copas, la prima que se hizo “güey” con el regalo, hasta tu hijo que se aburrió antes de tiempo y se puso a molestar…

Las dinámicas familiares tienen su propia inercia más allá de los buenos deseos de sus integrantes, pero aún así, un pequeño cambio en tu conducta –como parte del sistema familiar- puede hacer que algo mínimamente varíe, o al menos que tu puedas  -entre pavo, regalos, y villancicos- sentirte más cómodo y poder “alguito” disfrutar.

 

Tips para no tirar tu terapia a la basura en quince días.

Las fiestas navideñas, con sus viajes, posadas y cenas, se tienen que preparar; esto permitirá que las celebraciones fluyan más civilizadamente y de algún modo tú te puedas acomodar mejor. Así que dividamos el asunto en “tres tiempos” -antes, durante y después-  y reflexionemos sobre algunas estrategias que pueden serte de utilidad en cada etapa de la celebración.

 

Antes…

Podemos sobrevivir, incluso disfrutar las fiestas navideñas, si nos tomamos el tiempo de anticipar ciertas situaciones y nos preparamos mentalmente para saberlas afrontar.

  • Escribe tu carta a Santa Claus y suéltalaaaaaaa. Tómate algunos momentos para reflexionar tranquilamente qué quisieras que ocurriera en esos días y qué temes que llegue a pasar. La mayoría de nosotros, cuando nos reunimos con nuestros familiares, tenemos la expectativa –clara o sutil- de que “en esta ocasión” sí nos escucharán, sí repararán el daño que nos hicieron, y sí reconocerán los logros que hemos alcanzado. ¡Renuencia a tus sueños! Y suelta el frenético deseo de que todos se comuniquen con honestidad, de que la mayoría esté de acuerdo contigo en lo que consideras medular, o al menos de que dejen de repetir la misma cantaleta de reclamo que les gusta poner sobre la mesa año con año.
  • Prepárate a dar “tres pasitos para atrás”. Cuando convivimos con nuestra familia tendemos a regresar “inconscientemente” a nuestra infancia. Quizá tus padres o tus hermanos querrán colocarte en el papel que jugabas a tus13 años de edad, pero que los demás no te vean como la persona que eres hoy no significa que tú tengas que comportarte como lo hacías a los 13. No es necesario que trates de convencer a nadie de quién eres en el presente pero tampoco te has de desvivir para cumplir con las expectativas de los demás. Y recuerda, si “patinas” con alguna reacción que no sea la que te hubiera gustado mostrar, no te juzgues de forma muy severa: unos cuantos intercambios en una cena o en una vacación no significa que no hayas roto creencias y patrones familiares que ya no te son de utilidad.
  • Recuerda que ¡es temporal!. Es probable que en estas fiestas cada miembro de la familia asuma el papel incómodo que siempre ha representado en el guión familiar: la tía que interrumpe, interrumpirá; el hermano resentido, se quejará; la madre abnegada, se desmoronará; la cuñada protagonista, protagonizará. No te des a la tarea de transformar a tu familia en unos días que pasarán tarde o temprando porque el pavo se te va a enfriar y las vacaciones a terminar.
  • Organiza lo que te sea posible. No pretender “cambiar al mundo en 7 días” no significa dejar “en manos del destino” todo lo que va a ocurrir; cero planeación  puede ser el principio de la ecatombe. Propón un plan concreto para poder lleva a cabo una organización suficientemente sólida; dejar muchos cabos sueltos puede generar contigencias complejas de sortear. Si los festejos incluyen un viaje valdrá la pena asegurarse de los itinerarios, costos y acomodos del grupo. Una reunión previa de organización puede alinear expectativas, dividir responsabilidades entre todos y dejar espacios libres para las diversas necesidades de los viajantes. Que cada uno tenga alguna función aligera el trabajo y promueve una actitud de colaboración que hace que todos si impliquen en el plan y se sientan parte del desarrollo del evento. Sin duda la elección de espacios neutrales facilitará no invadir el territorio de nadie y favorecerá que todos tengan que limitar sus conductas para mostrarse, al menos temporalmente, de forma más civilizada. Obvio que los espacios amplios y abiertos tienen ventajas sobre los pequeños y apiñados: los niños pueden correr sin disturbar a otros, los jóvenes escuchar su música en algún rincón del lugar, los adultos formar grupos de charla y juego, y las personas mayores -si lo requieren- retirarse a descansar. Incluso, la prima intensa puede “perderse en el horizonte” al lado del sobrino aburrido y tú echarte una charla con quien te plazca sin que llegue a interrumpirte tu mamá.
  • Anticipa establecer límites. Asumiendo que los eventos navideños podrán tener sus momentos rasposos, es importante que pienses en algunas estrategias que te preserven durante la convivencia. Puedes planear desde alejarte de algunos familiares que realmente te irritan, hasta porgramar tiempos fuera cuando te sientas desbordado. Distinguir con quién sí puedes convivir pero solo en espacios grupales, reconocer qué personas son las que te dan paz, definir cuáles lugares puedes ocupar en caso de cansancio, definir qué tipo de intimidad quieres compartir y con quién, así como escoger qué palabras –educadas pero contundentes- puedes decir cuando alguien se exceda contigo, son limites planeados que te darán seguridad. Es muy importante pensar en estas alternativas antes del encuentro familiar para que no te tomen por sorpresa los “descolones” de tus parientes. Poder preparar opciones que te protejan y aseguren los límites que necesitas te permitirá explayarte con comodidad durante la convivencia. Incluso, cosas tan conretas como llevar tu propio coche o avisar que tienes que retirarte a determinada hora, son precauciones anticipatorios que previenen una explosión. Y recuerda, siempre es mejor “abandonar el escenario” que arriesgarse a una confrontación sin “ton ni son”.

 

Durante…

  • La Navidad no es el inicio de “la vida eterna”. El evento que está iniciando tiene principio y fin, así que recuerda que estarás “cautivo” por unas horas, en algunos eventos, y por ciertos días, nada más. Este “paréntesis” no será eterno, de hecho es una “pequeña rebanada de pastel” de tu vasta vida. ¡El festejo antes que después se acabará!.
  • Suelta el control. Ya planeaste, ya anticipaste, ya preparaste, ahora es momento de “dejarte ir”. Navegar a “favor de la corriente” será algo que facilite los intercambios familiares. Eso no significa que no tengas a mano tu “chaleco salvavidas”, pero sí que entiendas que no todo saldrá como lo deseas tú. Recuerda que cualquier intento por controlar lo que los otros hagan o digan te pone bajo su control. Solo puedes controlar lo que tu piensas y sientes, y por supuesto tus reacciones.
  • Abróchate el cinturón de seguridad. Que los demás no reaccionen como tu quieras no significa que tú tengas que bailar a su “son”. Ningún imprevisto tiene por qué llevarte a abdicar a tu propio código de valores, a renunciar a tus medidas de seguridad y a echar en saco roto tus estrategias de escape. Ante lo inesperado no necesitas esforzarte demasiado en agradar a todos, menos aún en convencerlos de quién eres y de lo que quieres lograr. Acepta también las posturas de los demás sin argumentar tu desaprobación cuando nadie te lo esté solicitando; más aún, si alguien pide tu punto de vista en algo que te parece inadmisible, se sincero pero sensato, y si sabes que “abrir la boca” te meterá en aprietos, recuerda que siempre puedes aprender el valioso efecto del silencio.
  • Mantente presente en el presente. Poder regresar tu mente al instante que estás viviendo es central para no retroceder a tu infancia ni pronosticar catástrofes futuras. Limítate a responder a lo que está ocurriendo en ese puntual momento: escucha con frescura lo que te dicen y observa con curiosidad lo que ocurre. Las “jiribillas” que quiera hacer tu mente déjalas para tu terapia en enero. Es común querer actuar conforme a la película que pasa por tu cabeza y dejar de habitar el presente que acontece frente a ti. ¡Estate en el aquí y el ahora!
  • Pon en marcha tu plan de acción. Convive con quien quieres, siéntate donde te sientas a gusto, sal a respirar si lo necesitas, di no cuando tengas que poner un límite y retírate cuando requieras descansar. Si algo empieza a descomponerse más de la cuenta aplica la técnica “de cuerpo presente” y literalmente desconecta tu mente; que no puedas abandonar físicamente el lugar no significa que no puedas “apagar el “switch” (incluso conectarte a tu celular) y trasportarte a otro lugar. Siempre es mejor que te digan que no “pelas” a que les “pegas”. Si  te sientes demasiado perturbado por algo de lo ocurrido, no se trata de reprimirlo y olvidarlo,  escribe alguna nota con el tema que te aflige, ya habrá tiempo de retomarlo en otro momento, con la persona adecuada y en un mejor lugar.
  • Mira con nuevos lentes. Deja abierta la posibilidad de sorprenderte al ver en alguien alguna actitud diferente, por pequeña que esta sea puede ser un paso para que tú también te motives a mostrarte de manera distinta y modificar así –aunque sea en algo muy sencillo- la trama de la interacción familiar. Pequeñas diferencias sostenidas construyen con el tiempo historias nuevas. Prepárate por tanto a observar con curiosidad. Además, si nada de lo que pasa te resulta muy conveniente, mira como si fueras el espectador de una tragicomedia en el teatro; ya tendrás la posibilidad de compartir los “diálogos” en alguna cena de amigos o de desahogar tus pesares en otra convivencia familiar. Sin duda toda actividad grupal resulta interesante cuando planeas describirla de manera cómica con alguien: ya narrarás la historia de quién fue el más desgraciado de todos los comensales, o de alguno que se dedicó a quejarse de todo lo que ocurrió, o más aún del que no dejó de protagonizar y a todos quitó la palabra –y el pan- de la boca.
  • Disfruta lo disfrutable. Seguramente habrá dos o tres cosas que no podrás volver a gozar hasta el año que viene. ¿Los romeritros que prepara tu abuela? ¿La visita de tu prima que vive en Madagascar? ¿La música de temporada que te recuerda momentos entrañables? Un par de buenas cosas pueden cautivar suficientemente tus sentidos para detenerte en ellas y disfrutar.
  • Anímate a imporvisar. Hasta en el teatro surgen imprevistos por lo que no es extraño que en los encuentros familiares salgan temas inesperados que te puedan provocar. Es importante que te prepares para sacar algún “as de la manga” que pueda aydarte desde a contestar “que tu no escuchaste lo que dijeron”, a cambiar el tema poniéndo sobre la mesa el último partido del América, hasta fingir un fuerte malestar estomacal y decir con “mucha pena” que te vas a tener que retirar. Lo importante es que NO te dejes llevar a una discusión que acabará en desastre.
  • Mira el reloj de tanto en tanto. Si llegas un poquito más temprano podrás acomodarte en el lugar que mejor te siente y con la persona que hayas planeado ya. Recuerdas que vas como “La Cenicienta” con hora límite para tu partida; así que ¡escápate cuando escuches las campanadas de tu reloj!

 

Despúes…

  • Tómate tu tiempo. No te culpes si necesitas uno o dos días de encerrón para recuperarte de la situación. ¿Qué tiene de malo un día de piyama conectado a tu mejor serie y con la ilusión de un bote de helado de turrón en tu refrigerador?. Sin duda los eventos navideños, aún en el mejor de los casos, nos roban energía, ¡cuánto más cuando sabes que las cosas implican un particular esfuerzo emocional sino es que una posible depresión!. Descansa, descansa y descansa….
  • Rebota con alguien. Poder compartir la experiencia con alguien que quieres y en quien confías, familiar o no, haya estado o no en la celebración, te ayudará a acomodar la experiencia. El poder comentar sensaciones, pensamientos, puntos de vista, te ayudará a dejar pasar asuntos de poca importancia, a no “sobre valorar” algunos comentarios molestos, a reconocer con aceptación lo que aún te lastima de tu familia y a reconocer lo que sí hay. El sentido del humor, si puedes echar mano de él,  no sobra en estos casos: poder reirte de ciertas situaciones trágicas es una forma resiliente de sobrevivir las decepciones familiares que difícilmente van a cambiar.
  • Regresa a tus rutinas. La vida diaria, bien armada, da contención. Saber que tenemos relaciones valiosas, intereses profundos y un proyecto de vida en proceso, nos da la experiencia de agencia personal. Retomar el ejercicio, continuar un proyecto laboral, reconectar con nuestra gente querida, nos regresará al estilo de vida que hemos construido y que nos da bienestar.

 

Por si todo sale mal

Podrá ocurrir también que las fiestas se tornen en “la pesadilla del año!. Quizá los temores que tenías se hagan realidad, tal vez la convivencia intensa te lleve a hacer y a decir lo que querías evitar, probablemente simplemente regreses a un estado de desesperación que pensabas haber superado. Si la pasas pésimo, no puedes aplicar nada de lo que preparaste, te peleas con alguien (o con varios) y no paras de llorar, considera solicitar ayuda profesional. No hay duda que un impacto tan desmedido tras las celebracines decembrinas da cuenta de que requieres seguir trabajando en tu situación familiar. Puede ser que aún no logres diferenciarte de tu familia de origen, y por eso se te dificulta poner la distancia necesaria –física y emocionale- para poder relacionarte civilizadamente con ella; a lo mejor aún tienes expectativas infantiles sobre lo que debieras recibir de tus seres queridos y no has asumido la responasbilidad de hacerte cargo de tu propio bienestar; podría estar ocurriendo también que –aun siendo económicamente independiente- en lo emocional no hayas conquistado la autonomía y dependas de que te confirmen demasiado y te quieran de una forma especial. Todas estas situaciones son oportunidades para seguir madurando y convirtiéndote en la persona adulta y autónoma que quieres ser. ¡Pide ayuda profesional!

 

¿Listo para dar un salto cuántico?

Si el simple hecho de leer este artículo te genera mucho pesar recuerda que estás a tiempo de “darle la vuelta al asunto” y que aún puedes festejar de forma distinta para librarte de la cena familiar. Quizá genuinamente este año quieras hacer otros planes, o tal vez la reflexión que has hecho a lo largo de esta lectura te deja saber que no estás listo para dicha convivencia familiar. En tal caso tienes tres opciones:

  • Opción leve: Invita al festejo a algún amigo que neutralice completamente la convivencia e impida la actuación de la dinámica familiar. Es mejor que “te vean feo” por eso y no porque se arme “la de San Quintín”.
  • Opción medium: Organiza, días antes o después, tu propio festejo con quien tengas compromiso de hacer algo o con quien quieras de corazón compartir (quizás solamente son tus padres, o un par de hermanos con quien la llevas bien) e informales que tienes otros planes para los días festivos pero que no quieres dejar de celebrar con ellos.
  • Opción top: Envía uno o dos o tres lindos regalos (¡o ninguno!) y discúlpate de manera cortés. Eres un adulto y no tienes por qué agradar a otros si eso tiene un costo alto para ti. Da prioridad a tus genuinas necesidades, no pidas permiso, no des explicaciones de más y decídete a no asistir. Honra tus necesidades y tus deseos y disfruta –a tu modo- la Navidad. Ni las fiestas decembrinas, ni tu vida toda, ha des estar definida por tu familia.

 

Cuándo lo indicado es (sin duda alguna) NO IR

Como decía en líneas anteriores, “de poetas y locos, todas las familias tienen un poco”. Pero no hay duda que existen familias francamente tóxicas, enfermas, destructivas, violentas y abusivas.  Las interacciones con este tipo de familias en general, o de algunos miembros en particular, debe ser muy restringido o limitado (no solo en Navidad sino ¡en la vida diaria!). Cualquier persona o interacción cuyo propósito sea someterte, acotar tu vida, lastimarnos, poseerte, controlarte, ya sea de manera verbal, no verbal, física, emocional, económica y mental, infringiendo daño a cualquier dimensión de tu persona, requiere de un límite contundente. Si bien no tienes obligación de cambiar a los demás y hacerles ver sus errores, sí tienes la responsabilidad de cuidar de ti y de no exponerte al maltrato, a la invisibilización, a la explotación, a la humillación y al desprecio.  Los contactos con las familias violentas deben limitarse a lo estrictamente indispensable (que pude ser muy poco o nulo). ¿Qué sentido tendría “festejar” con alguien que te lastima de manera descarada y aparentemente intencional?. No tienes ninguna obligación de responder con atenciones al maltrato, por el contrario, tienes la obligación de preservar tu integridad y tu dignidad.

 

Rediseñar tu vida tras sortear la Navidad

Ni la Navidad, y menos aún tu vida, han de estar definidas por tu familia. Desafiar los rituales familiares es uno de los retos más difíciles para cualquier ser humano: nuestra familia fue la primera forma de relación que experimentamos y el primer lente a través del cual conocimos el mundo. A través de ella aprendimos de qué se trata la vida y las relaciones. Pasados los festejos decembrinos adquirirás una nueva visión de quién eres tú y dónde están ellos; tendrás más claridad para definir a qué personas querrás tener cerca de ti, cómo distribuirás tu tiempo,  y de qué forma te concederás espacios de esparcimiento y descanso para tener la vida que deseas.

La Navidad, al igual que otros eventos importantes –bautizos, festejos de cumpleaños, incluso funerales- van a desencadenar recuerdos felices de tu pasado, nostalgía de experiencias compartidas y al mismo tiempo, pondrán de manifiesto situaciones que te generaron perturbación. Como niño tenías pocas opiciones de elección en tanto que dependías de las decisiones de tus progenitores, hoy cuentas con más cartas a tu favor para hacer las jugadas que desees en pro de tu bienestar y satisfacción. El camino que ya has andado por tu cuenta te permitirá rediseñar el mapa que te heredaron tus ansestros para transitar la vida con tus propias directrices.

Se puede amar a la familia que tenemos con las limitaciones que muestra. El tiempo, tu empeño y tus certeras elecciones te facilitarán aprovechar lo valioso que sí hay y limitar lo lastimoso que no quieres experimentar. Y lo más importante, se amable y paciente contigo mismo, pocas misiones vitales son tan largas y minuciosas como actualizar la relaciones en tu vida familiar.

 

 

Los diez mandamientos para esta navidad.

1.     No esperarás que todos la pasen “bomba”.
2.     Respirarás sostenidamente cuando alguien diga algo fuera de lugar.
3.     No intentarás contentar a los que están peleados desde hace tiempo.
4.     Recalentarás el bacalo cuando alguien quiera pedirte algo que te parece injusto.
5.     Renunciarás la noche del 24 a reclamar el reconocimiento que nunca te ha dado tu mamá.
6.     Pedirás disculpas si metes la pata.
7.     Evitarás las “rondas de sinceridad” con los parientes borrachos.
8.     Te retirarás a un cuarto cuando necesites recuperarte.
9.     Buscarás a quien más confianza le tengas si se te dan ganas de llorar.
10.  Emprenderás “una graciosa huida” cuando empiece a armarse un “pancho” aunque el protagonista sea tu papá.

 

Hoy que cumplo 58 vuelo para encontrarme con alguien que está poniendo “sal y pimenta“ a mi vida. Intuyo que mi presencia adereza también la suya, de lo contrario no me incluiría en su mesa, en su cama, en su casa, en su vida. Y mientras sobrevuelo distancias –físicas y emocionales– cierro los ojos y disfruto, me disfruto. Me experimento más cómoda que nunca habitando “a pierna suelta“ mi cuerpo, mi cabeza, mi corazón y mi alma. ¡Qué bienestar me reporta ser la persona que soy! ¡Qué largo trayecto recorrido para ocupar cada rincón de mi persona, y con todas mis limitaciones y retos, regocijarme de tenerme a mí misma!

Pareciera que en el diario correr de mis largos días el tiempo galopante se puede detener en este bienestar, y mientras subo y bajo, escribo y leo, trabajo y descanso, platico y escucho, la solidez de lo que me ancla a la vida me genera una satisfacción –sólida, integrada, elegida– que difícilmente recuerdo haber experimentado tiempo atrás.

 

No es que mi vida anterior haya sido un desasosiego sostenido –he vivido de todo y mucho: tantos logros maravillosos como pérdidas insustituibles– pero la satisfacción de haber podido romper prejuicios y creencias limitantes, la fortaleza adquirida al desafiar contextos asfixiantes y la energía ganada al haber potenciado capacidades, me regala una experiencia de plenitud, de satisfacción, de competencia, que se equipara con pocos  de los bienestares que la vida otorga.

 

Y me pregunto, ¿cómo es que he llegado a esta calma activa que me invita a trabajar más, a crecer más, a amar más, a disfrutar más y más? Es tanto junto pero nada en particular: mis sólidos y amorosos vínculos cercanos que me contienen y acompañan, mis quehaceres cotidianos que me mantienen interesadamente ocupada, son los proyectos futuros que me sacuden con intensa motivación, son los pequeños gustos intermitentes que detonan chispazos de placer entre una y otra cosa, son las guerras ganadas y las heridas sanadas, las nuevas posibilidades que descubro en el camino y que me hacen emprender una aventura más.

Reviso estos 58 años recorridos y no dejo de confirmar que la vida no es fácil pero también me convenzo de que sabiéndola entender y afrontar siempre puede mostrarse generosa. Siempre, sí siempre… Siempre ofrece algo más, un camino nuevo, una paz más honda, un encuentro más entrañable, una carcajada más profunda. Opciones, muchas opciones, unas externas y otras que brotan del interior de mí misma y que me permiten una elección más, nueva, diferente y rica.

 

Es la vida bien vivida la que me sigue sobrecogiendo y escogiendo. Y es por eso que yo te escojo también a ti, cada día, vida mía…

 

 

  • Facebook: Tere Díaz Psicoterapeuta
  • Twitter: @tedisen
  • Instagram: terediazsendra

 

Existen malestares psíquicos, que tienen efectos físicos y pueden confundirnos en cuanto a lo que estamos padeciendo.

¿Qué es la ansiedad y qué es la depresión?

Tanto la ansiedad como la depresión son maneras de responder a situaciones externas y a situaciones internas.  La ansiedad, de manera particular es una respuesta automática ante alguno o varios estímulos que activan un mecanismo adaptativo de nuestro organismo y lo preparan para “luchar o huir”, es decir para actuar a favor de “la sobrevivencia”. La depresión por su parte está más relacionada con una tristeza profunda y enquistada que impide, a quien la sufre, seguir adelante con su vida ordinaria. Generalmente ante una ansiedad sostenida o una pérdida intempestiva se activa un sistema de “conservación de energía” que nos lleva a deprimirnos.

Causas de la depresión

La depresión tiene orígenes genéticos, bioquímicos y psicológicos. Se le considera de  origen endógeno cuando ningún hecho concreto la desencadena; valorar experiencias negativamente, sentir miedos constantes ante el futuro o vivir en un estrés por el mundo que nos rodea, puede generarnos una depresión.

La depresión también aparece ante eventos justificables que la desencadenan, una pérdida de un ser querido, un rompimiento amoroso, una traición laboral o un cambio que pudiendo ser positivo genera una crisis de adaptación.  Atravesar estos duelos y acomodar estas transiciones nos permitirá salir de una depresión.

Los síntomas más frecuentes de la depresión son la tristeza, el insomnio, un cansancio inexplicable, la baja del deseo sexual, la apatía y la tristeza, entre otros.

 

Causas de la ansiedad

Por su parte la ansiedad también se asocia a factores genéticos (hereditarios y familiares), neurobiológicos (a áreas del cerebro y sustancias orgánicas del mismo), psicológicas, sociales y culturales. Experimentar un trastorno de ansiedad se correlaciona con frecuencia con una predisposición de personalidad sumada a los factores derivados del entorno.

Una persona ansiosa percibe como peligrosos eventos y realidades que no lo son, y los síntomas que la acompañan son reacciones fisiológicas como la hiperventilación con o sin mareos, la tensión muscular, el aumento de la frecuencia cardiaca, sudoraciones, y la dilatación de las pupilas. Cuando podemos controlar estas manifestaciones la ansiedad pasa, pero de lo contrario podemos experimentar un “ataque de ansiedad”.

 

La ansiedad y la depresión, siendo “primas” no son lo mismo. Pueden manifestarse juntas o separadas. Una puede llevar a la otra y por tanto hay que diferenciarlas para poder trabajar con ellas y manejarlas o superarlas. Un buen diagnóstico es indispensable para ver el grado de su influencia en nuestro desempeño y bienestar así como para saber cómo tratarlas. En ocasiones basta trabajar en terapia para conocer sus causas y cambiar nuestras conductas, a veces se requiere un entrenamiento para poder sorterlas y “ponerlas a raya”, y en ocasiones se requiere una intervención médica para apoyar a nuestro organismo a reestablecer el equilibrio bioquímico que impide nuestra recuperación.

 

  • Facebook: Tere Díaz Psicoterapeuta
  • Twitter: @tedisen
  • Instagram: terediazsendra

 

 

El mundo actual nos hace pensar que podemos tener, lograr, y disfrutar más de lo que es humanamente posible. No, no somos súper héroes, ni todopoderosas. Aún así tenemos un gran margen de acción para tener una vida plena y satisfactoria, claro está, siempre que adecuemos nuestras aspiraciones a nuestras posibilidades, y nuestras acciones a nuestros objetivos.

No hablo de adoptar una postura de resignación, esto implicaría tolerar pasivamente lo que “nos tocó”. Menos aún supongo que hemos de “tragarnos” creencias erróneas y adaptarnos a roles asignados que nos limitan y nos acotan. Para mí el camino a la libertad implica aceptar y actuar con base en realidades.

Aceptar es vivir en el presente, asumir su movimiento y promover el curso del mismo validando nuestros deseos, necesidades, intereses y valores. Y actuar significa realizar acciones concretas que nos permitan asumir el protagonismo de la propia vida. El nudo que genera la dependencia es justo ir como veletas moviéndonos por donde “el viento nos lleve” y someternos a los deseos (y a veces neurosis) de quienes nos rodean con casi ningún margen de elección de nuestro porvenir.

 

¿Por qué anhelamos tanto la conquista de la libertad?

El hilo conductor del psiquismo humano es reconocernos y legitimarnos como “sujetos deseantes”. Así como el esqueleto sostiene y estructura al cuerpo, la capacidad de desear es el eje que configura nuestra identidad y da sentido y significado a nuestro proyecto de vida. ¿Qué quiero? ¿Qué necesito? ¿Qué sueño?

Es fácil sucumbir a los deseos ajenos con el fin de agradar, de sentir que pertenecemos y de experimentar así cierta seguridad. De manera particular, la sociedad patriarcal nos ha entrenado a las mujeres para descifrar los deseos ajenos (de padres, maridos e hijos) a tal punto de dificultarnos –sino hasta imposibilitarnos en ocasiones– descifrar los propios. A los hombres se les impulsa más a escuchar sus deseos y necesidades, siempre enmarcados en el paradigma del “éxito” masculino que implica fuerza, productividad y pobreza emocional.

Conquistar la libertad requiere que dirijamos la mirada a nosotros mismos, que busquemos nuestros deseos postergados y nuestros entusiasmos no indagados. Cuando carecemos de práctica para ser el eje de nuestras decisiones, vivimos como barcos sin timón que solo navegamos rutas a favor de los otros.

 

Obstáculos para la conquista de la libertad

Siempre es un buen momento para soltar mandatos impuestos para dar cabida a deseos personales e ilusiones relegadas, pero también para cuestionar nuestras relaciones que muchas veces nos atrapan y nos limitan. Muchos hemos cultivado –por las razones, temores, ilusiones que sean– vínculos basados o en la dependencia económica o en la dependencia afectiva.

      ¿Cómo se muestra?

  • Disfrazada de amor incondicional.
  • Como búsqueda de permiso y aprobación.
  • Necesitando la “mirada del otro” como punto de referencia para orientarnos sin permitirnos andar a “campo traviesa” por el camino que consideremos mejor para nosotros.
  • Con la intolerancia a las propias dificultades atribuidas a nuestra “incapacidad” y no a nuestra falta de práctica.
  • Buscando la perfección para ser queridos. De manera particular las mujeres pensamos que para ser amadas hemos de ser afectivamente dependientes, físicamente necesitadas y psíquicamente vulnerables. Esto nos lleva a reclamar a los hombres cosas que no nos pueden dar.

Todo esto nos dificulta comportarnos como personas autónomas aún cuando demos muestras de independencia y tengamos recursos propios ya sean afectivos, económicos o profesionales.

 

Diferencia entre independencia económica y autonomía emocional.

La primera es la disponibilidad de recursos económicos propios que nos permitan tener un margen de acción real. La segunda es la posibilidad de utilizar dichos recursos económicos para legitimizar y gestionar –con base en decisiones de criterio propio que impliquen una evaluación de las alternativas posibles– los propios deseos, necesidades, sueños, intereses y valores. Y esto nos regresa a lo dicho al inicio, no se puede ni todo, ni siempre, pero sí lo suficiente para construir una vida plena.

Así, si bien la independencia económica no es garantía de autonomía, sí es condición necesaria –insuficiente– para la autonomía emocional.

 

¿Cómo conquistar la libertad?

  1. Trabajando. Generar un ingreso económico a través del desarrollo y uso de nuestras competencias y capacidades.
  2. Realizando un arduo trabajo psíquico para saber qué es adecuado o no para nosotros.
  3. Siendo creativos y arrojados para generar un programa propio que aún no existe.

 

¿Soy libre?

La verdadera libertad es la conciencia progresiva de tener cierto control sobre la propia vida, con un aumento de la confianza personal y un sentimiento de satisfacción y competencia.

Esto se manifiesta a través de:

  • Intensificar relaciones de genuina intimidad con otras personas.
  • Llevar a cabo actividades que impulsan nuestro desarrollo personal y mejoran nuestra imagen corporal para aumentar nuestra seguridad.
  • Tomar en serio nuestros intereses privados.
  • Desarrollar una vocación/profesión significativa.
  • Experimentar sentimientos de eficacia y autoridad.

En síntesis, ser libres en tomarnos en serio el proceso de hacernos protagonistas de la propia vida.

 

 

  • Facebook: Tere Díaz Psicoterapeuta
  • Twitter: @tedisen
  • Instagram: terediazsendra

De uno u otro modo –algunos en escasas ocasiones y otros en frecuentes situaciones– nos enfrascamos en un “runrún” en la cabeza que nos impide tomar decisiones y con ello dejamos ir una oportunidad que quizá se cruzó temporalmente en nuestro camino. No podemos decir que perder un “chance” para hacer algo, sea el “principio del fin…”, pero el que consecutivamente seamos pasivos ante las posibilidades de cambio y crecimiento que la vida nos ofrece, es un problema.

¿Cuál será una de las más frecuentes razones para entrar en este “ir y venir” mental que no nos permite tomar decisiones y emprender nuevas acciones? Algo que muchos de nosotros experimentamos es el miedo al fracaso y al error, y de la mano de eso, al temor al ridículo y a la humillación.

¡Pero si de chicos todos aprendimos lo que aprendimos cayéndonos! Sí, cayéndonos literalmente. El aprender a caminar, por ejemplo, fue tambaleándonos, y entre sentonazos y cocazos, fuimos sosteniendo el paso y dominando el andar. Cuando niños explorábamos nuestro entorno sin temor a fracasar, con decisión y curiosidad, y con motivación a descubrir cosas nuevas y a aprender de dichos descubrimientos.

La mayoría de los aprendizajes de la vida nos implican esa misma actitud: intentar, errar, corregir, aprender y empezar de nuevo. ¿Conoces a algún niño que en el primer tropezón decidió sentarse y claudicar para siempre? Si ese fuera el caso ¡la humanidad estaría sentada! Con el correr de los años y los condicionamientos y experiencias tempranas, se nos dificulta sostener este natural abordaje ante el fracaso que implica todo cambio en la vida.

La necesidad de pensar que el error es algo inevitable en nuestro crecimiento es importante pues no hay forma de conquistar algo nuevo en un solo intento y para siempre. Y esto aplica a cualquier experiencia nueva, diferente, desconocida que nos amenaza porque no sabemos si podremos con ella, si nos gustará, y si saldremos airosos del intento.

No hay duda de que los elogios –o los regaños– recibidos de nuestros padres cuando niños nos influyeron en poder lidiar –mejor o peor– con las situaciones desconocidas y retadoras. Aún así, hemos de asimilar que todo cambio implica un salto a lo desconocido y con ello una necesidad de salirnos de nuestra zona de confort, de tolerar la ansiedad que esto produce y de retarnos a nosotros mismo. Además, hemos de sumar la presión del entorno por hacer “tal o cual cosa” en vez de “tal o cual otra”, y de esa forma obtener o no su aprobación.

Y es que cuando nos equivocamos tememos obtener desaprobación, rechazo, juicio o incluso ridiculización. Estas experiencias, según el grado de gravedad, pueden dejarnos una huella que nos dificulte actuar con mayor apertura y naturalidad ante lo nuevo y asumir los riesgos medidos como parte inevitable de la vida. Es correcto ser cauteloso y no actuar de forma temeraria e irresponsable, pero cuando uno necesita cambiar y progresar en la vida, no hay modo más que arriesgar.

Vivir exige un mínimo de audacia, ya que no existen las certezas absolutas, solo hay probabilidades. Además, siempre que se elige algo se renuncia a otra cosa: no se puede tener todo y siempre. Por eso darnos permiso a cometer errores es una verdadera forma de experimentar y elegir un camino hacia la liberación. Introducir pequeños cambios y avanzar paso a paso, rectificando y continuando, es la única forma de empezar.

 

  • Facebook: Tere Díaz Psicoterapeuta
  • Twitter: @tedisen
  • Instagram: terediazsendra

 

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.