¡Salte de ahí!

 

No todas las personas somos igual de sociables, pero en mayor o menor grado a casi todos nos gusta tener éxito en nuestros intercambios con otras personas. Para lograr relaciones interpersonales satisfactorias –ya sea para una convivencia trivial en la cola del cine, para una jornada de trabajo o para construir una vida en pareja– existen actitudes que facilitan los encuentros, la interacción y por eso las hemos de desarrollar.

“La crónica de un fracaso anunciado”

Lo que no se debe hacer:

 1. Victimizarte

Si te victimizas para que te comprendan y consideren, te funcionará un tiempo breve. Esta actitud se agota rápido como estrategia para llamar la atención. Alguien que se muestra como víctima de sus circunstancias, da lástima, pero resulta poco interesante y atractivo. La mayoría de las personas gustamos de estar con gente positiva y alegre, y esto no significa negar los problemas sino mostrarnos con una actitud de aceptación y responsabilidad ante la propia vida. No podemos dedicarnos a culpar a nuestros padres, a la economía, y al destino de lo que nos acontece. Si bien existen circunstancias que nos condicionan a ser o actuar de determinada forma, siempre queda un espacio de acción que nos permite no solo activar el cambio sino también adoptar una actitud de resiliencia y resolución. Trabajemos con las variables que están a nuestro alcance para transformar lo que no nos gusta de nosotros y nuestra vida y hagámonos cargo de nuestra forma de pensar, sentir y actuar.

2. Ofenderte de todo

Ya sea porque tienes una sensibilidad aguda, un ego inmenso o una necesidad extrema de ser tomado en cuenta, el esperar siempre que te halguen, inviten, acepten y festejen, te mantendrá en una permanente sensación de que lo que recibes de los demás no es suficiente. En la base de esta conducta está el sentirnos “especiales” y merecedores de todo, o por el contrario una infravaloración personal que nos hace hipersensibles a ciertas indiferencias o desaires. El sentirnos heridos con facilidad implica que recibimos todo de manera personal, pero ni somos el centro del universo, ni podemos hacer responsables a los demás de nuestras reacciones exageradas ante eventos que son parte de la vida misma.

3. Ir de verdadazo en verdadazo

La sinceridad es un valor siempre y cuando lo que digamos esté dirigido a la persona correcta, en el momento preciso y de manera adecuada. No podemos andar por la vida dando opiniones sin que nos las soliciten. Las personas que “no tienen filtro” y alardean de ser muy directas, no solo pueden lastimar a quienes están cerca de ellas sino generar el rechazo de las personas con quienenes conviven. Tenemos derecho a pensar y sentir una variedad de cosas, pero no podemos “escupirlas” para desahogarnos o para asincerarnos. Hemos de ser sinceros pero sensatos.

4. Pensar que celar al otro es valorarlo

Quien quiere al otro para sí –sea su familiar, enamorado, colega o amigo– creyendo que así construye una “relación especial” única y total que puede excluir a los otros, termina generando intercambios obsesivos, controladores, asfixiantes y destructivos. La obsesión celosa que piensa que la otra persona todo lo puede tener conmigo y nada necesita más allá de mí, manifiesta un temor excaerbado al abandono y a la posibilidad de ser comparado e infravalorado. Solo es desde el despliegue de nuestras fortalezas, competencias y virtudes que podemos hacer que quienes nos interesan se interesen también por nosotros. El poseer al otro es hacer de ese otro un objeto de nuestra pertenencia y no un sujeto de intercambio igualitario.

5. Demandar halagos constantes

Cuando necesitamos desesperadamente la validación de los demás es porque nostros no nos reconocemos como valiosos y competentes. No es responsabilidad de nadie llenarnos de cumplidos, piropos y halagos para alimentar nuestra autoestima y sostener nuestro ego. El amor propio sano, la aceptación de uno mismo, y el cuidado a nuestras necesidades no significa ser ni egoísta, ni vanidoso, sino desarrollar la posibilidad de valorarnos positivamente. Esto evitará requerir de manera frenética el reconocimiento ajeno, y es que la adicción al halago es una demanda que termina por ahuyentar a nuestras amistades.

6. Hablar mal de la gente

No hay duda de que todos tenemos un juicio sobre el comportamiento de las demás personas, pero dedicarte a criticar a otras personas con las que convives durante tu convivencia con alguna de ellas puede crear la suspicacia de que a sus espaldas también “despotricarás” de ella. Uno puede generar molestias y opiniones en la relación con los demás, pero hemos de saber cómo, cuándo y con quién ventilarlas. El necesitar reafirmarse o hacerse notar hablando mal de los demás solo da cuenta de una dificultad para poner límites a los otros de modo que no actúen en detrimento de nosotros mismos o bien de una incapacidad de vivir la vida que queremos y por tanto dedicarnos a juzgar la vida de los demás.

7. Repeler la sana retroalimentación

La mirada de los demás a veces puede ser reconfortante en su natural aprecio por nosotros pero también puede ser confrontante en tanto que nos devela áreas de oportunidad que hemos de trabajar. No somos perfectos, y contar con gente que de manera oportuna y constructiva nos hace notar errores que podemos trabajar. Obviamente no es grato que nos señalen nuestras limitaciones, pero quien al tiempo que aprecia nuestras virtudes puede también dejarnos ver nuestros defectos, es alguien que se interesa por nosotros de manera integral. Un buen amigo nos permitirá tener una visión más precisa de quienes somos, de ahí la importancia de desarrollar la apertura interna y la fortaleza emocional para abrirnos a la retroalimentación de quien nos conoce y aprecia.

 

Facebook: Tere Díaz Psicoterapeuta

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Nuestras relaciones son parecidas al sistema solar. Si tú eres el “sol”, ¿en qué órbita se ubica cada quien? Poner a alguien en un lugar que no le corresponde genera problemas. Ser consciente de la cercanía–distancia que cada relación requiere te permite alejarte y acercarte sin necesidad de huir o entrar en círculos viciosos con cada persona.

“Las mayores conquistas son las victorias psicológicas”

 

Vivimos en la era del cambio acelerado y la incertidumbre permanente. Las altas exigencias y diversidad de opciones que plantea un mundo globalizado, tecnológico, y digital nos imponen marchas forzadas y estados sostenidos de estrés. El imperativo de estar informados, actualizados y bien conectados, genera un “cocktail” que deriva en una ansiedad galopante.

La ansiedad es uno de los grandes males que caracteriza a la sociedad posmoderna. Insomnio, palpitaciones, desvanecimientos, sudoración en las manos, falta de apetito o exceso del mismo, miedos irracionales y quedar pasmados de forma recurrente, son algunos de los síntomas de este malestar que se filtra de manera inadvertida en la vida de quienes lo padecen minando su bienestar y su eficacia.

La adaptación a una vida acelerada y la posibilidad de transformarla en ritmos y territorios menos demandantes, será producto de muchos factores que habrán de conjuntarse en lo económico, político, social y cultural, de los cuales, tendremos pocos efectos en nuestra corta existencia, ya que esta nueva tendencia sigue “in crescendo”. Pero el afrontamiento del día a día, si bien puede ser acompañado por paleativos generados en el orden de lo público, será una tarea individual de las personas en sus vidas.

Existen tres elementos que resultan de vital importancia para mantener la ansiedad “a raya”: desarrollar la confianza en uno mismo, aprender a gestionar las emociones, ejercitarse en el manejo del estrés.

 

    La confianza en uno mismo crece y se consolida reconociendo nuestras competencias y haciendo uso de ellas. Si revisamos los retos que hemos ya superado a lo largo de la vida, nos daremos cuenta que somos buenos para diversas cosas, que poseemos habilidades y capacidades importantes, y que gracias a ellas hemos salido airosos de algunas circunstancias adversas, por pequeñas que hoy nos parezcan. Apropiarnos de estos logros refuerza la experiencia de agencia personal: “soy bueno y puedo lograr cosas”.

Las competencias reconocidas se pueden fortalecer y exponenciar a través de pequeñas acciones que nos permitan seguir ejercitándolas e incluso desplegando otras nuevas: hacer una llamada para consultar algo, atender un nuevo cursillo, realizar alguna lectura, pueden ser herramientas de perfeccionamiento. Las metas a corto plazo y de baja dificultad son óptimas puertas de inicio que no admiten grandes excusas al tiempo que sí van creando hábitos nuevos y enriquecedores. Nuestro cerebro es tan plástico, que las pequeñas acciones sostenidas en el tiempo crean nuevas conexiones neuronales que confirman la idea de que somos capaces, ¡porque lo somos!

Es importante parar las ideas negativas que irrumpen en nuestro cerebro y detienen nuestro avance: “no puedo”, “me falta tiempo”, “con esto no mejoraré”. ¿Cómo se paran estas creencias erróneas? ¡Parándolas! Desactivándolas. No evites el pensamiento, es imposible, pero entra y sal de él: distráete y repítete a ti mismo “esto que me digo es una creencia equivocada”, o bien “de nuevo la mente me quiere jugar chueco”. Sostente centrado en tu objetivo y avanzando en las pequeñas acciones que vas ejecutando. Si sabes lo que quieres lograr y mantienes tus acciones en esa línea, por pequeñas que éstas sean, irás haciendo conquistas importantes.

 

 

         Aprender a gestionar las emociones si bien no es una tarea fácil, también es entrenable. Manejar la presión, la ansiedad, el miedo, es una habilidad que se puede adquirir. Para conseguir esta capacidad es importante llevar a cabo ejercicios que te enseñen a respirar, a relajarte y a concentrarte. Respirar profunda, sostenida y pausadamente, obliga a bajar el ritmo cardiaco y por tanto a detener la ansiedad y el miedo. Por otra parte, reconocer el pensamiento que está tras la emoción imperante es otro recurso para erradicar la distorsión cognitiva que detona la ansiedad: por ejemplo, pensar que todos los jefes tienen que ser de carácter fuerte y pueden explotar puede generar una reacción ansiosa que no corresponde con lo que esta ocurriendo en una sala de juntas. El ejercicio, por otro lado, es un hábito fundamental relajante. Y sin duda la atención plena que implica poner foco e intensidad a lo que se está haciendo, elimina distracciones –físicas o mentales– que disparan temores y facilita permanecer en el aquí y el ahora.

 

    Por último, hablemos del manejo del estrés. Éste es la respuesta del organismo a la anticipación del futuro imaginado como amenazante, esto nos regresa de nuevo a la importancia de centrarse en el presente y mirar a los logros que se espera conseguir en el futuro, favoreciendo el sentimiento que generará la sensación de éxito. El poder vivenciar anticipadamente el logro no solo favorece la  motivación, sino que al mismo tiempo activa una química corporal que genera bienestar y positivismo. El pensamiento experimentado es química en acción.

De nada sirve rumiar los errores pasados, pero sí distinguir aquello que se puede controlar y aquello que no. Esta distinción ayuda a dejar de lado lo que está fuera de nuestra gestión e implicarnos en los factores que podemos manejar mejor. Ese sería el caso de prepararse antes de una presentación en el trabajo organizando con anticipación lo que se va a exponer, teniendo información actualizada, probando el material que se va a utilizar, durmiendo bien la noche anterior y siendo puntuales el día de la reunión. Fuera de tu control estará si asisten todos los participantes esperados, si llega de buen o mal humor el jefe, o si se va la luz.

 

Planear los pasos de lo que nos proponemos, lograr a tiempo la meta que visualizamos y hacer un manejo adecuado de la ansiedad, no nos asegura que todo saldrá a pedir de boca, pero si nos garantizará “tenernos de nuestro lado”, desarrollar nuestras competencias, disminuir el malestar y encontrar nuevos senderos para continuar el camino.

 

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Ofrecer alternativas no sólo a mujeres

 

Es un hecho que vivimos en un mundo en donde el poder esta aún predominantemente en manos de los hombres. Si bien el feminismo ha ido clamando la igualdad entre hombres y mujeres,  ha también dedicado esfuerzos importantes por denunciar acosos sexuales y reclamar derechos reproductivos de las mujeres – todas cuestiones impostergables- , su propuesta también busca visibilizar la misoginia.

 

Sumado a eso, el feminismo nos ofrece hoy un abanico con distintas alternativas que abren más y mejores posibilidades  para enriquecer nuestra vida y construirnos como las mujeres que somos.

 

Estas nuevas perspectivas generan espacios diversos para las mujeres de todos los contextos, clases, tallar y razas para habitar el mundo siendo quienes son. Por ejemplo; ante el estereotipo de la mujer alta, blanca y delgada, las marcas de ropa amplían sus repertorios con cuerpos femeninos más reales. O ante las “historias de vidas perfectas” en redes sociales –con mujeres perfectas por supuesto- surgen blogs que promueven la aceptación personal y la integración de nuestras ansiedades y defectos.

 

Las mujeres nos movemos;  ¿será que los hombres pueden encontrar las mismas alternativas de cuestionamiento respecto a los estereotipos masculinos que promueve el patriarcado?

 

Ante la inquietud de niños, adolescentes y jóvenes adultos por encontrar respuestas a estos cambios sociales y por pertenecer -siendo quienes son con miedos y vulnerabilidades- en medio de la transformación de roles y de la confusión en la vida cotidiana, la mayoría de los hombres vuelven a encontrarse con alternativas que en realidad no hacen más que seguir promoviendo una cultura misógina con mujeres oprimidas y hombres alienados.

 

Abundan en las redes videos sobre cómo debe ser un hombre para ser exitoso, libros sobre cómo conquistar a mujeres y artículos con tips para “coger” más y a más; eso sin mencionar ciertas experiencias de trabajo donde algunos superiores  promueven una cultura competitiva y abusiva donde crecer implica “fregar” a quien se te interponga, y en casa las figuras parentales sugieren que “con dinero, baila el perro” (o la perra).

 

La lucha en contra de los estandartes machistas no se limita a derechos reproductivos y detención del acoso, que es la base –y es bastante-, pero abarca mucho más “sutilezas” que nos implican tanto a hombre como a mujeres.

 

Sí, entiendo que muchos varones temen perder privilegios patriarcales –y tener que dedicar más horas al trabajo del hogar, darse a la tarea de aprender a resultar atractivo y no manipulativo, compartir rangos de ingresos económicos laborales más equitativos-, pero también entiendo que muchos más están cansados de ser vistos como proveedores únicos, seres invulnerables que pueden con todo, y fortachones que solo quieren sexo y no les interesa la intimidad.

 

Para el futuro podemos prevenir iniciando a temprana edad con una educación feminista; en el presente, seguir desbancando creencias para acercarnos y disfrutarnos más.

 

 

 

 

 

 

 

 

Enredarse con un casado…

 

 

Si no lo hemos vivido en carne propia, todos conocemos a alguna que, por alguna u otra razón, ha caído en esta “tentación” de lo prohibido, visto desde el pensamiento religioso tradicional, claro está. Por la razón que sea:

 

  • Porque no lo sabía…
  • Porque eran compañeros de trabajo…
  • Porque no conocía a la otra…
  • Porque pasaban mucho tiempo juntos…

 

Siempre están rondando la cabeza cuestionamientos que aún sabiendo que probablemente no llevará a ningún lado lo que está ocurriendo, hacen que la tercera en la ecuación se mantenga ahí. Cuestionamientos en donde se cuela la ilusión y que se agarran de expectativas futuras (siempre futuras, ya que el presente no da para más…):

 

  • ¿Dejaré de ser “la otra”?
  • ¿Me quiere o sólo me utiliza?
  • ¿Por qué no me dijo que estaba comprometido?
  • ¿Y sí la va a dejar para estar conmigo?

 

 

Y no es que lo diga yo nada más… Según los expertos, las esperanzas para las amantes no son alentadoras ya que, en un triángulo amoroso, siempre llevan las de perder. La etapa de encantamiento en una relación dura entre dos meses y dos años. Tras eso, los hombres tienden a volver a sus hogares con sus esposas.

 

¡Pero sí pasa! (Poco pero pasa…)

Enredarse con un hombre comprometido ya le resta posibilidades de éxito a la

relación, cuando no se trata de algo destinado directamente al fracaso. Pero algunas

veces funciona; según estadísticas realizadas, sólo el 5% de las relaciones

extramaritales terminan en un compromiso formal con todas las de la ley.

 

Si ya lo conoce…

Cuando la amante lleva tiempo de ser “la otra”, sabe todos los trucos que él ideó para

poder estar con ella sin que la esposa se enterara. Sabe cómo es, cómo se comporta,

conoce todas las estrategias y mentiras que dijo. Así que sabe perfectamente cómo

miente y cómo se ideó la vida para poder estar con las dos.

 

Y es que una vez que ya se hizo, la mecánica es fácil de repetir, el problema es

que ahora la persona que está del otro lado ya sabe cómo es el juego porque ya lo

conoce, ya lo jugó y ya lo vivió, así que la cosa se presta a temores y complicaciones.

 

 

  

 

Infieles “por naturaleza”

Hay quienes no son monógamos; de hecho, la monogamia es más un contrato por razones diversas que algo característico y sustancial de nuestra especie humana. El tema no es luchar contra la no exclusividad sexual, sino ser claro en que “no se es hombre –o mujer- de una sola pareja”. La razón puede ser desde la experiencia misma de un nuevo encuentro, el placer del goce sexual, hasta el complemento emocional que da otra persona. Eso sin mencionar a los hombres abusivos que desde su poder patriarcal se permiten lo que no le permitirían ni a su pareja ni a su(s) amante(s). Así, una relación de un hombre casado con una amante puede o no llegar a una relación de mayor compromiso, pero no asegura tampoco la fidelidad en ella.

 

¿Sospechas de estar con alguien que te es infiel?

Hay algunas señales que pueden darte una idea más concreta de si es un problema de pareja que se está proyectando en una sospecha, o si en efecto, existe la posibilidad de que tu pareja te esté siendo infiel.

 

Las “señales”:

 Una obsesión repentina por el celular o las redes sociales.

 

 

 

 

 

 

 Hay un “espacio” de su vida en el que no te deja participar.

 Cada día tiene nuevas reuniones u obligaciones.

 Cuida su aspecto de forma repentina.

 De repente está más seguro de sí mismo.

 Encontrar cosas “raras”.

 

Para cerrar…

Cualquier relación amorosa en la más “óptima” circunstancia tiene el riesgo de

terminar; cuestionar si ésta relación ha llegado a su fin en tanto que resta más de lo

que da, es algo que el amante –cuando se siente más lastimado que enriquecido- tiene que valorar.

 

En el caso de las esposas corresponde valorar si una infidelidad es razón suficiente para terminar; hay de infidelidades a infidelidades, y es importante distinguir entre un encuentro de una noche ocasional que le cacharon a un constante engaño y manipulación. En fin… ese es otro tema.

 

Si bien las relaciones triangulares rara vez surgen propositivamente, la terminación

de las mismas, con todas las dificultades que representen, sí puede ser una decisión;

pocas cosas duelen tanto como perder un buen amor, pero cabe entonces hacerse la

pregunta ¿esto que estoy viviendo puedo considerarlo un buen amor? Posicionarse

como víctima desvalida, lejos de conmover a la pareja a decidirse por el tercero –en

caso de que sí contemple la opción– será un detonador de más problemas y de un

mayor deterioro de la relación.

En estos tiempos de constante estimulación externa y en una sociedad diseñada para responder a la gratificación inmediata de las personas, es cada vez más difícil centrarse en hacer una sola cosa a la vez.

 

Constantemente nos vemos ante un sin fin de opciones, proyectos y pendientes que terminamos no enfocándonos en lo que elegimos, o bien, estando en tantas cosas al mismo tiempo, que la calidad de atención que destinamos a cada una de ellas no es la que nos facilita ni disfrutarlas ni conseguir lo que deseamos.

 

El resultado de esto muestra que querer aferrarse y malabarear muchas cosas “de un jalón” nos predispone a una mediocre “funcionalidad” y a un excesivo estrés, y ambas cuestiones, lejos de aprovechar nuestras virtudes y fortalezas, las menoscaba.

 

Elegir y asumir nuestras pérdidas nos permite utilizar el tiempo y la energía en lo que sí queremos hacer. Por cada minuto que destinamos a algo que no está funcionando, estamos renunciando a otras oportunidades de valor potencial.

 

¿Pero cómo saber cuando es momento de soltar y plantear una nueva dirección?

Generalmente solemos tener más empatía y ecuanimidad con otras personas y no cuando se trata de situaciones que nos involucren a nosotros mismos; con frecuencia somos más sabios con los demás. Pero más que imaginar qué consejo le darías a alguna persona que estuviera en tu lugar, te invito a hacer el siguiente ejercicio:

 

Piensa en tres personas que consideres que hayan sido tus mentores en algún periodo de tu vida. Puede ser un familiar cercano, algún amigo, tu jefe, incluso ese personaje ficticio de la novela que marcó tu adolescencia. ¿Listo? Ahora pregúntate: ¿qué consejo te daría cada uno de ellos? Anota tus respuestas y ahora continúa con la siguiente reflexión.

 

Eternamente nos debatimos entre la idea de tener grandes metas con altas expectativas o el plantearnos objetivos aterrizados a la realidad. Existen diversas opiniones que sostienen ambas posturas; el tener altas expectativas, aunque no se cumplan, genera buenos resultados pero tener objetivos realistas nos permite estar menos estresados.

 

Desde mi perspectiva existen personas que preferimos uno u otro estilo, lo que ninguna podemos descartar si queremos tener buenos resultados con una dosis controlable de estrés es que para tener éxito requerimos foco, intensidad suficiente y algunas renuncias.

 

En un mundo que nos muestra tantos escenarios posibles y nos plantea el artificio de poder conquistarlos todo, podemos confundirnos pensando que renunciar es fracasar. Y yo afirmaría lo contrario: “el que no suelta alguna pelota, va a echar a perder un nuevo malabar”.

 

 

 

 

Bases para tener una buena conversación

 

Quizás no todos estemos interesados en ser extraordinarios conversadores más allá de que tengamos o no ciertas habilidades para lograrlo; pero no deja de ser un “plus” personal el disponer de ciertos recursos que nos faciliten entablar buenas conversaciones: ser alguien con quien la gente disfrute hablar.

 

Partamos de algo simple: ser auténtico y estar genuinamente interesado en el otro es el requisito fundamental para  lograr vincular con otras personas a través del diálogo. Aún así este aspecto fundamental no resta importancia a algunos puntos que te invito a considerar.

 

1.- Platicar es intercambiar ¡no echarse un monologo!

Todos nos hemos visto enfrascados en una conversación tipo “exposición” en la cual no se puede más que emitir monosílabos, o, estando en el puesto contrario, hayamos sido quien no suelta el micrófono. Es esencial repartir la conversación equitativamente entre las personas que formen parte de la charla.

 

2.- Haz preguntas abiertas

Las respuestas que implican solamente un sí o un no dificultan una conversación fluida.  Para hacer preguntas abiertas hay que calibrar el tinte y ritmo de la charla: no es lo mismo preguntar algo respecto a un tema de música o de cine que sobre aspectos íntimos de la vida amorosa o familiar.

 

3.- Escucha para entender, no para responder.

Cuántas veces, en vez de escuchar a nuestro interlocutor, estamos  elaborando -dentro de nuestra cabeza- la respuesta, la defensa o el ataque de la conversación mientras “escuchamos” a una persona; o bien, o en la contraparte cómo te sientes cuando observas que no te están escuchando y están pensando lo que te van a responder. Para entablar una buena plática es más importante mostrarte interesado que hacerte el interesante y eso implica prestar atención y escuchar con apertura. De hecho, escuchar atentamente, permite poner sobre la mesa muchos temas interesantes de conversación y favorecer el intercambio y la vinculación.

 

4.- Cuida tu lenguaje no verbal: 

Observa tu postura y el uso de tus manos; mantén contacto visual constante y agradable, y hazle saber a la otra persona que estás escuchándola mediante afirmaciones activas. Un gesto dicen “más que mil palabras”.

5.- Pide permiso para interrumpir y cuestionar:

Si te das cuenta –mientras el otro habla- que necesitas precisar algo y para ello lo quieres interrumpir, detente y regresa a escuchar: antes de cuestionar un punto de vista, pide permiso para hacerlo de otra forma, la charla deja de ser un diálogo para convertirse convierte en un debate. Si quieres cambiar el curso de la conversación es importante acordarlo con tu interlocutor.

Un buen conversador, además de disfrutar el intercambio del encuentro y de la conversación, abre la posibilidad de acompañarse con otro ser humano y generar algún tipo de acuerdo oportuno para ambos, o incluso de una buena vinculación.

 

 

Si bien, seguramente siempre han existido mujeres con un carácter emprendedor, proactivo y decidido, es definitivo que el cambio de época marcado por diversos movimientos sociales -revolución sexual, feminismo, movimiento LGTB- han facilitado que en la actualidad mujeres hagan un despliegue de sus competencias desafiando los tradicionales clichés femeninos y tomando decisiones -personales, familiares y sociales- de importancia.

 

¿Qué caracteriza a las mujeres alfa?

 

  • Emprendedoras: tienden a pensar en grande y actúan. Toman la iniciativa, se adaptan a los cambios, son proactivas y van a la caza de lo que desean, sueñan, necesitan, valoran o les interesa. Inclusive en el plano del sexo y del amor. 
  • Dinámicas: tienen objetivos claros y buscan estrategias para conseguirlos de manera práctica y eficiente. Buscan la excelencia y se motivan por el logro. 
  • Independientes: emocional y económicamente. Es decir, tienen la autonomía de pensar con criterio propio y validar lo que quieren. También generan y los medios materiales para conseguirlo. Independencia económica no equivale a autonomía emocional, pero sin la primera es imposible la segunda.
  • Ejercen poder (y les gusta): ¡ojo! Ejercérselo no es abusar de él. La independencia que tienen les permite tomar decisiones trascendentales en diferentes áreas de la vida. Así que influyen en escenarios emocionales, familiares, sociales, laborales, políticos, culturales, etc.
  • Se responsabilizan de las consecuencias de sus actos: si bien saben que tienen limitantes y condicionamientos externos e internos, buscan salidas a sus problemas y asumen responsabilidad de sus errores. 
  • Seguridad personal: sobra decir que las características anteriores no solo son efecto de su seguridad personal, sino que moverse de esa manera en la vida les genera aún mayor seguridad. Del mismo modo, esa seguridad les permite poner los límites necesarios para establecer la justa distancia que requieren de las circunstancias y de las personas para poder construir su proyecto de vida. Se sienten satisfechas de ellas mismas. 
  • Aterrizadas: están paradas en la realidad. La vida para ellas no es un cuento de hadas pero tampoco una selva indomable. 
  • Son asertivas: no les gusta jugar a la “damisela en apuros” y emplear “la queja y el lloriqueo” como estrategia femenina para conseguir sus cosas. Esto no significa que no se puedan sentir débiles y vulnerables pero les gustan las relaciones igualitarias y la flexibilidad en los roles de género sin renunciar a su feminidad.  
  • ¡Se sienten satisfechas de ellas mismas y de su vida!

 

Lograr esto no solo tiene que ver con el carácter personal y la historia de familia que ellas hayan tenido, también son conscientes de que hay cambios que permiten a la mujer acceder a mejores niveles educativos, la existencia de marcos legales nacionales e internacionales que buscan eliminar todas las formas de discriminación contra la mujer, y el cuestionamiento de los antiguos roles de género que acotaban a las mujeres a la vida privada como parte de su “esencia”. De ahí que el trabajo interno así como el esfuerzo externo (propio y del contexto) es indispensable para este posicionamiento femenino.

 

Muchas de las mujeres que hoy se posicionan desde este lugar de poder, son consideradas “machas” o egoístas erróneamente. El hecho de redefinir reglas y de crear nuevas pautas y roles sociales, no significa renunciar a la feminidad (incluido posponer o negarse al matrimonio y/o a la maternidad, entre otras cosas).