A cuántos y cuántas no nos afectan partícularmente estas fiestas decembrinas: recordamos momentos entrañables de otros tiempos, añoramos la presencia de aquella persona; extrañamos la comida de la abuela, las risas de aquella amiga, y como esto todas esas cosas que traemos a la mente y provocan un nudo en la garganta con toques de melancolía. Esa tristeza, vaga, permanente y profunda que hace que al sentirla no podamos disfrutar de vuelta.

¿Cómo abrazar el pasado con menor melancolía y abrirnos a las riquezas del cambio que estamos transitando ya?

Se pierden cosas a lo largo del tiempo, sí… se transforman otras, también… Quizás la clave consista no en detener los sentimientos sino en distinguir la nostalgia de la melancolía.

La melancolía se relaciona más con estados de ánimos vinculados a la tristeza, que cuando se instalan en la vida de la persona pueden culminar en una depresión. La persona melancólica espera que algo mejor suceda en su trayectoria personal, y ante la desilusión de que no ocurre, experimenta con mayor fuerza su dolor.

La Universidad de Sothampton ha estudiado científicamente la nostalgia. El psicólogo Tim Wildschut, a cargo de dicha investigación confirmó que la nostalgia es un recuerdo biográfico que da coherencia a la propia vida, que a través de ella predominan los recuerdos de las relaciones interpersonales valiosas, y que las memorias negativas de las experiencias dolorosas se pueden transformar generalmente en una narración positiva. Así, a diferencia de la melancolía, la nostalgia se centra en los buenos recuerdos del pasado y no en los malos momentos del presente.

Extrañar y recordar no está mal; ponerlo en la categoría de “mal” genera que la idea de extrañar sea prohibida y ya sabemos que lo prohibido es lo que más seduce a rendirnos ante él. No hay que prohibirse la idea de extrañar, sin embargo, la expectativa puesta en que lo que un día fue regresará es como manejar por el camino de la vida mirando el retrovisor.

Entonces… ¿Cómo podríamos integrar a la vida una nostalgia en la que recordar el pasado nutra, motive, y genere satisfacción?

Pienso en varias cosas que podrían sernos de utilidad:

  • Darle “tiempo al tiempo y confiar en que el olvido de ciertos episodios que pudieron ser en exceso lastimosos es un proceso neurológico que tiene su propio ritmo.
  • Atravesar cabalmente los procesos de duelo para experimentar en su momento todas las emociones que corresponden a dejar ir lo que sea hayamos perdido.
  • Pedir ayuda cuando – por las razones que sean – la experiencia incluyó vivencias traumáticas que requieren de un acompañamiento terapéutico y una desensibilización especial y por tanto está arraigada en nuestra psique de más.
  • Entender que lo que vivimos y decidimos en tiempos pasados o no dependió de nosotros al cien o fue lo mejor que pudimos hacer con las herramientas emocionales y sociales que contábamos en ese momento, y dejar de exigirnos y culparnos más.
  • Cuestionar los mandatos sociales que recibimos sobre cómo debemos vivir. Mandatos que nos impelen a apegarnos a estilos de vida, a cosas, o a relaciones, con un apego desmedido que hace de cualquier  transición una sobre carga emocional.
  • Ir contracultura en cuanto a creencias limitantes que coartan nuestra posibilidad de construir un futuro basado en nuevos parámetros acordes a lo que queremos y soñamos hoy.
  • Aprender de la vida, asimilar las experiencias vividas, y reconocerlas como posibilidades de construirnos en las personas que somos en el presente.

Para dejar ir es necesario darse el tiempo de añorar y eso es parte del duelo; la cuestión aquí es aprender a extrañar, pasar de melancolía a nostalgia y así apreciar lo que fue valioso sabiendo que forma parte de quienes somos hoy.

 Por último, ¿Cómo recuperar ese disfrute por la vida?

Como todo, es un proceso, pero pienso en 3 puntos clave para lograr avanzar en este camino:

  • En vez de decir “adiós” al pasado, decir “hola” a esos recuerdos que nos enriquecen, que nos generan – en medio de la añoranza – crecimiento y bienestar.
  • Mirar el pasado desde la gratitud para integrar en vez de separar, y abrazar la inmensidad de sentimientos que implican el don de haber gozado lo que ya pasó.
  • Voltear hacia el futuro con confianza y con genuina curiosidad.

 Y así, como dijo Harold McMillan. “Utilizar el pasado como trampolín y no como sofá”

¡Ah como recuerdo la cancióncita de Roberto Carlos! “Yo solo quiero cantar mi canto, pero no quiero cantar solito… yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar”. Pues CERO de acuerdo con él: yo ni quiero ni puedo tener un millón de amigos, y solo de pensarlo quiero salir corriendo. ¿Que si tengo amistades? Sí ¿Que si las quiero y procuro? También. Pero me parece imposible ser íntimo con una multitud. Una cosa es llamar “amiga” a una compañera o conocida apreciada, y otra es aportarle tiempo, escucha, reciprocidad, y ese peculiar cariño que sale del alma.

Eso sí – como decía mi mamá – se puede ser “argüendera y mitotera” y andar del tingo al tango, y recargar batería en la pachanga, pero la amistad –para mi– se limita a unas cuantitas personas, y se cultiva más en la intimidad que en los tumultos.

Yo soy de ese 30% que se suma a la tesis (y al carácter) de Susan Cain. En su libro “El Poder de los Introvertidos” Cain afirma que lo peculiar de “esas” personas (como yo), no es que sean tímidas, o ariscas, sino que responden diferente a los estímulos, incluso a los estímulos sociales. Explicado con “peras y manzanas”: nos sentimos más vivos y capaces en solitud, y recargamos nuestra energía en el silencio y en los encuentros calmos y entrañables. Así es que para mi, contar con unos cuantos amigos me es suficiente, y sin duda gozoso y necesario.

Y luego ni qué decir de la frase “amigos por siempre”,  ¡y del azote cuando alguno de los amigos cambia y deja de ser lo que fue! Pero es que hay que entender que “en este mundo que va a la velocidad del rayo” las relaciones de amistad surgen en situaciones concretas, y cuando esas situaciones cambian las amistades se diluyen también. ¡Vamos entonces poniéndo la amistad en un estatus menos romántico y etéro para poder disfrutarlas mientras tocan, y en su momento dejarlas ir! Porque sin duda, una que otra se prolonga por toda la vida pero algunas otras duran solo un ratillo de nuestro caminar.

Yo por si las dudas le pido a mi “extrovertida” comadre Licha -con quien conservo muchísimos años de íntima amistad- que en caso de que me sobreviva y vea poca concurrencia en mi funeral, haga montón con “su millón de amigos” , porque con todo y que lo mío es la soledad, los entierros sin gente sí son de la puritita chin…

La vida en los últimos cien años se ha transformado vertiginosamente. Tanto es así, que los cambios imparables han modificado nuestra forma de vivir.

Antaño era inevitable aspirar a adquirir una gran mansión que albergara el hogar familiar donde transcurrían la mayoría de las cosas “importantes” de la vida y en donde se preservaba a la familia de las “amenazas” del exterior. En la actualidad, el exterior no solo se introduce al interior de nuestros hogares, sino que la promesa de que “el afuera” nos permitirá expandir nuestra vida social, familiar, laboral, incluso espiritual, no es una quimera, sino una realidad.

Pero aún así no podemos prescindir de un refugio s1ngular: un espacio para tomar aire, satisfacer nuestras necesidades básicas, recargar energía, y reinventar nuestra interioridad.

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Desde nuestra infancia, escuchamos infinidad de veces la palabra “amor”, y durante años vamos por la vida tratando de comprenderlo, de encontrarlo y de conservarlo. “El amor lo puede todo… y, por tanto, si es verdadero nada debe influir en él, ningún obstáculo, ninguna contingencia”, es la frase que para muchos sirve de credo en cuestiones de pareja. Sin embargo, realmente pocas veces nos preguntamos con calma qué pensamos que es el amor, y menos veces aún nos cuestionamos nuestras creencias acerca de él, es decir, todo aquello que nos dijeron sobre él o que comenzamos a creer a través de las experiencias que hemos tenido en cuestiones amorosas. Si bien todos podemos tener claro qué cosas buscamos en una persona para desear tener una relación de pareja con ella, existe una serie de creencias tradicionales que, en gran cantidad de ocasiones, truncan el amor, lo dificultan y le arrancan esa capacidad que tiene para transformar y hacer crecer a quien lo siente.

¿Cuáles son estas creencias?

– “El amor no se acabará nunca.”

Contrario a lo que dice esta frase, el amor tiene fecha de inicio y también fecha de final. El amor se acaba, se muere, así como la vida misma: alguno de los dos podría morir en cualquier momento. Y justo porque acaba, cuando empiezas una relación tienes que estar dispuesto a pagar el dolor que implica que ésta se llegara a terminar. Lo único que dura toda tu vida, es tu propia vida.

– “El amor es incondicional.”

Si quieres dar todo por amor, vete de misiones o arma una fundación: no tengas pareja. La realidad es que, por mucho que amemos a una persona, no es buena idea estar ahí en cualquier circunstancia: hay situaciones que no deberían menos que llevarnos a terminar una relación, o bien, a dejar de amar.

“El amor encuentra a la pareja que ‘tenemos predestinada’, la que encaja con uno y que, por lo tanto, ha sido la única buena  elección posible entre muchas.”

Nadie puede darte lo que te falta. Eso viene de adentro. No encuentras tu media naranja, no hay personas a medias, hay personas completas con defectos y virtudes. No puedes ir por la vida ofreciendo la mitad de una naranja que se está secando y que alguien completo no querrá.

– “El amor son los cálidos sentimientos que nos produce la pareja.”

A mayor intensidad emocional, mayores nuestras necesidades “neuróticas” aparentemente satisfechas con el encuentro. Si creemos que el amor se cifra sólo en lo que me causa el otro, decir te amo equivaldría entonces a decir: “por favor quiéreme y hazme sentir tu amor”.

A veces un buen amor, atraviesa por una sequedad “emocional”, y es aquí cuando viene la inteligencia y el aplomo, a sostener la crisis de la relación.

– “El amor debe conducir a la unión estable de la pareja y constituirse en la base del matrimonio.”

Hay amores buenos, y comprometidos, sin contrato matrimonial. El amor y el deseo no requieren, necesariamente, de papeles que justifiquen la unión.

– “El amor es fusión.”

Hay fusión cuando se da un completo intercambio de complementariedades en lugar de un intercambio de identidades. El amor es un acto de atención, voluntad, consciencia constante, no de pérdida de quienes somos. La pareja está conformada por dos personalidades que deben complementarse, no sumarse en una unidad homogénea.

– “El amor auténtico es monógamo, solo puede sentirse por una persona.”

Uno elige ser monógamo, no se es monógamo por el simple hecho de amar. Si bien este tema varía entre pareja y pareja y la poligamia debe ser un acuerdo, la realidad es que podemos amar a más de una persona (familia, amigos, pareja) sin que por ello amemos menos o mal a cada una de ellas.

– “El amor para ser amor tiene que ser romántico.”

El romanticismo surgió en otro siglo y consiste en un amor idealizado, imposible, inalcanzable. Actualmente, la razón más aceptada para contraer matrimonio o formar pareja es estar enamorado, y suele creerse que si no se atraviesa un estado de enamoramiento, no existe verdadero amor. El enamoramiento es un estado “alterado de conciencia” en donde realmente no amas a la otra persona sino que “idolatras” a la imagen idealizada de la misma. Si uno deja de estar apasionadamente enamorado, o no vive para halagar y ensalsar al otro, no significa que no ames a tu pareja.

– “El amor es total.”

Cuando se piensa que nada cabe excepto el otro, la relación se empobrece y se acaba en el aburrimiento, en el mejor de los casos, sino es que en el control, los celos e incluso la violencia. Creer que tu pareja “todo lo tendrá contigo y sólo contigo” llevará a numerosos actos de hostigamiento y de posesión. Tu pareja tiene amigos, familia, intereses y más áreas que no necesariamente te incluyen a ti. El secreto es aprender a ser parte de su vida y aprender a compartirle tu vida.

– “El amor todo lo sabe.

Olvidar que siempre somos un misterio para el otro, llevará a expectativas insatisfechas y a desilusiones constantes. Cada uno debe tener su espacio, su intimidad, incluso sus secretos, lo cual no significa que esto sea un “engaño por omisión”.

– “El amor nada teme”

Decía Cortázar: cuando te regalan el reloj, también te regalan el miedo a perderlo. No es valiente el que no siente miedo al amar, sino el que sabe cómo controlarlo y arreglarlo.

– “El verdadero amor va a satisfacer tus necesidades”

El amor infantil busca satisfacer todas las necesidades del niño. Un niño espera que sus carencias y demandas queden resueltas a través del amor. El amor adulto siempre nos deja un poco insatisfechos porque no hay nadie que pueda colmar nuestro infinito deseo, y nuestras nuevas y permanentes necesidades.

– “El amor es tan importante que ha de ser tu principal propósito en la vida”

El amor de pareja es importante, si lo está, pero la vida es mucho más que la vida de pareja. La pareja no puede ser tu proyecto de vida, requerimos de un proyecto de vida personal que incluya trabajo, amigos, hobbies, familia, descanso y pareja también, si la queremos. Pero la vida va más allá del “cada oveja con su pareja”.

 

Sería buen ejercicio comparar nuestras creencias con esta lista. Quizá hemos cargado sobre la espalda del amor muchísimas cosas que no le corresponden, lo que causa que también sobre los hombros de nuestros amados hagamos lo mismo: poner pesos, responsabilidades, obligaciones o fantasías que no tendrían porque cumplir. Claro está que no se trata de dar todo nuestro amor a cualquiera que pase por la calle, pero debemos aceptar que aquel a quien amemos no está obligado a satisfacer todas nuestras necesidades, como si de un producto en el supermercado se tratara.

Dejemos que el amor se presente de manera ligera, libre, real, sin falsas esperanzas, tabús o exigencias. El amor es alado y tiene buen juicio, ya no es más un loco y ciego flechador… si así lo queremos.

 

Los intentos de reparación son esfuerzos que realiza la pareja para mitigar la tensión durante una discusión, para frenar y poder así evitar que alguno se sienta abrumado. Hay muchos intentos de reparación que van desde el humor, pedir disculpas, reconocer al otro, etc. Ej. Vamos a dejarlo un momento, espera, necesito calmarme un poco.

Cuando los cuatro ingredientes corrosivos gobiernan la comunicación de una pareja, los intentos de reparación no suelen ni siquiera ser advertidos. Especialmente cuando se está abrumado no se es capaz de oír ninguna muestra de que el otro está “sacando una bandera blanca” verbal con miras hacer la paz.. El círculo vicioso opera de esta manera: aumentan los 4 ingredientes corrosivos, los intentos de reparación no se escuchan, se abruman los cónyuges y vuelven a responder con desdén, defensa, etc. etc…. hasta que la pareja se distancia emocionalmente, lo cual es la primera causa de separación y divorcio.

Los matrimonios emocionalmente inteligentes tienen una amplia gama de intentos de reparación pero lograr que estos intentos funcionen requiere de una preparación importante. Parte de lo que resulta indispensable es la habilidad de frenar.  Este es el primer concepto que uno aprende al aprender a esquiar en nieve.  Aprendemos como frenar y parar.

Durante la vida en pareja, es común que pasemos mucho tiempo viendo quién es el culpable de cada problema  y situación, negando la responsabilidad de cada quién,  cargando de esta manera la culpa sobre el otro.  Ej: se me olvida recoger los boletos para un concierto y culpo a mi mujer por no haberme recordado, estoy enojado contigo y ahora no vamos. Con esto se está aventando la responsabilidad hacia la compañera, atacándola…  Observen como culpar al otro sin tomar responsabilidad hace que el conflicto escale en vez de pararlo. Y para poder usas los intentos de reparación y conversar es necesario no amentar el conflicto sino frenarlo…

¿Cómo hacerlo?  Sugerimos que el objetivo de la conversación no sea buscar culpables, olvidarse por completo de culpar. Esto no es fácil pero es particularmente difícil cuando hay un cúmulo resentimientos pasados. Nadie tiene una formula de cómo manejar estos resentimientos del pasado (dependiendo de su fuerza e interferencia en la relación se han de buscar diversos caminos), pero evidentemente al iniciar una conversación no sirve de nada sacar de “la maleta todos los trapo viejos”.  Si cada vez que vamos a resolver algo sacamos nuestros resentimientos al aire, agobiamos a nuestra pareja, le echamos toda la culpa del asunto y no resolvemos nada.

Pero en tanto que estos “trapos viejos” existen dedicaremos un espacio a hablar sobre el perdón: Tratar de perdonar en lugar de traer a colación resentimientos del pasado facilita estar presente en la situación actual y dar al otro y a uno mismo la posibilidad de cambio.  Sabemos que esto es algo difícil de hacer, especialmente cuando el problema tiene una larga historia que se ha venido guardando en una caja donde la conservamos y nutrimos como un tesoro.

Perdonar y pedir perdón es una de las experiencias que alguna vez todos tenemos  que vivir. Más en el territorio del amor:  perdón y amor son experiencias que se tejen.

Pero ¿De verdad se puede perdonar? Suele decirse “Puedo perdonar pero no olvidar”. Sin embargo, en la vida real ocurre más bien lo contrario. El olvido puede llegar si la vida de pareja empuja por otras ideas o situaciones que son más ricas y abarcantes que la desilusión vivida. Si se ejecutan nuevas acciones y nuevas experiencias que nos pongan en otro lugar como pareja, podremos crear otra historia de lo ocurrido y atenuar los resentimientos, acomodarlos y a veces “olvidarlos”, no en el sentido de “no recordarlos”, sino de que no interfieran en la  relación.

Sin atacar ninguna religión con frecuencia el perdón tiene un eco  cristianas de “bondad y deber ser” que no son útiles. A veces se plantea como exigencia “sobrehumana” pero somos humanos. Por otro lado podemos pensar que algo que ayuda a perdonar es tener alguna explicación de lo que pasó: y sí muchas cosas tienen una explicación, lo cual modifica lo que sentimos en relación a los hechos. Por ejemplo debajo de los actos de terrorismo masivo o de genocidio sistemático, por ejemplo, se suele encontrar un <delirio de obediencia>, ciega e irreflexiva; esto explica algo pero es insuficiente. Aún habiendo explicaciones (que no siempre las hay porque somos seres contradictorios) el perdón es necesario y útil para poder decir: “aquello que hiciste ya no influye ni en mi vida ni en el modo de relación contigo. Ya no sirve, ya no está vigente”.

Pero decir esto, y decirlo de verdad, no es fácil ni rápido. Lleva su tiempo. A veces tras fuertes ofensas, uno dice muy rápido <no importa, te perdono>. Eso es falso. El perdón llega a su tiempo, no antes y no después. Muy pronto es frívolo, muy tarde ya no sirve. Por eso decimos que el perdón es un proceso.

Sin bien en cada caso perdonar se verbalizará de forma distinta una buana afirmación de perdón podría ser así: “Te perdono, aquello que pasó ya no me influye, pero como consecuencia de aquello estás en un segundo nivel de confianza. No se si alguna vez estarás en el primero pero, por ahora, mantendré unas ciertas medidas de precaución que te serán evidentes. Aunque también te aseguro que responderé a lo que hagas ahora y no a lo que hiciste entonces. Si noto algún prejuicio respecto a ti te lo haré notar para poder debatirlo”.

El perdón es entonces un proceso que se inicia con una acción concreta que intente solucionar la situación, siempre y cuando de base esté la intención consciente y explicita de reparar. Así el perdón funciona como algo que empieza con un poco y se incrementa a sí mismo,  se multiplica.   El perdón es un acto liberador, exclusivo de los seres espiritualmente superiores, al igual que el amor.

Volviendo a los intentos de reparación podemos decir que no tenemos que llegar a grandes ofensas para detenerlos y reparar. De manera concreta lograr llevar a cabo buenas discusiones sin culpar al otro esto requiere de todas estas estrategias:

  • El inicio suave de una conversación
  • Aceptar la influencia del otro
  • Dar y recibir los intentos de reparación y…
  • Llegar a un acuerdo…

¡Los cuatro puntos son un paquete!

A mí me gusta vestirme de colorines y tener en mi closet “prendillas” varias de tonalidades múltiples. Y por ahí me dicen algunos “quesque” especialistas en moda que por qué no uso colores más sobrios, que con negro y blanco me vería mejor, que no le quite elegancia a mi lucir. Y yo que traigo un “gen” de artesanía mexicana, ahí ando en las tienditas y bazares buscando una mascada fucsia –que pa´darle color a la camisa blanca- ,  una pulsera esmeralda y brillocita – para combinarla con mi anillo plata- y unos zapatos de dos colores rústicos, para usarlos con un par de bolsas que no encuentro cómo combinar. Si  bien algunas personas me ven curioso, y de reojo revisan que cosita rara me eché encima hoy, yo me desconcierto un poco con aquellos a los que les gusta siempre andar con saquito azul marino, pantalón en tonos grises, y “tan tan”. Y del guardarropa a la cama la cosa tampoco cambia: en el sexo, el erotismo y el amor, la cuestión de la variedad de encuentros, gustos, estímulos y deseos – a los que les gusta solo vestir de “blanco y negro” – les parecen desviaciones sino es que francas “perversiones” y sinónimo de enfermedad. ¡Ah, cuánta moralidad e ignorancia en un espacio que puede ser tan pintoresco, gozoso, variadito y lúdico! Y es que ha sido taaaaan difícil desafiar la heteronormatividad hegemónica (¿suena rimbombante verdad?) como referente absoluto en cuestiones de amores y de sexualidad.  ¿Desde dónde es que nadie piensa que la heterosexualidad sea “rarita”? ¿Por qué asumir que quien explora y adopta otros caminos tiene que tener alguna “tuerca mal”? Con el estandarte de la “reproducción” no podemos soltar la necesidad de prohibir o juzgar la existencia de diferencias en la cama y en el corazón. A mí que no me digan que “la naturaleza dice” o que “la esencia clama”. Muchas cosas de lo humano son producto de la evolución –como el apéndice y el himen que hoy de poco sirven-. La sexualidad y los amores son también producto de lo social y por tanto son mucho más “variopinto” que lo que los sistemas de “salud” pretenden aceptar. Lo que sirve, se usa, lo que no sirve y no molesta ahí está, y lo que no sirve y estorba, a volar. La sexualidad no es “black and white”,  así que pintémonos del color que nos apetezca en este amplio continuo entre homos, heteros, bis  X Y Z  y combinaciones más.

Este texto busca acompañar a las personas a habilitarse en el tema de la pérdida, de la transformación, del desafío, para asumir la transitoriedad de la época que estamos viviendo, la falta de verdades absolutas, la escases de peldaños alcanzados para siempre y la dificultad de construir relaciones eternas.

Para ello hemos de hablar de resiliencia. La resiliencia es el proceso por el cual logramos adaptarnos a los cambios y logramos salir airosos de la adversidad. Tales cambios o adversidades pueden ser desde traumas, amenazas, tragedias, pero también fuentes de tensión causadas por problemas familiares, laborales o económicos. Por ejemplo, la pérdida de un vínculo personal, una mudanzas, o el enfrentamiento de enfermedades, son fuente de tensión y pérdida y por tanto urgen la necesidad de desplegar conductas resilientes.

Ser resiliente significa “rebotar” de una experiencia difícil, del mismo modo en que un resorte o una bola lo harían al caer al suelo. La resiliencia es más que resistir, es también aprender a vivir. Antes de vivir experiencias dolorosas que cambian el rumbo de nuestras vidas,  consideramos que la vida y la felicidad son cosas que nos merecemos, por una u otra razón: de cierto modo, el hecho de estar vivos nos hace sentir que, ya con la vida en mano, merecemos seguir viviendo y llegar a ser felices. El hecho de enfrentar situaciones extremas, hace nacer en nosotros un peculiar sentimiento de supervivencia:  desde ese hecho, vivenciarnos como supervivientes nos hace sentir que recibimos “tiempo prestado”, y que, dado el valor de tal préstamo, es importante gozar cada instante que venga y buscar la plenitud. Toda situación extrema, dado que es capaz de arrebatar la vida, fomenta, paradójicamente, la vida misma. Esto es, cuando alguien siente cerca su final, y sobrevive, se siente más vivo que antes.

Si bien la resiliencia surge de la capacidad de ciertas personas para salir airosas de episodios de extrema adversidad causados por catástrofes naturales o sociales, la vida cotidiana -más cuando abandonamos “caminos seguros” trazados por los discursos dominantes, que con todo y su incómodas limitantes dan un marco de certeza y seguridad-, genera estrés y crisis y los desafíos que la transformación presenta requieren, para atravesarlos, de la capacidad de sobreponerse a los cambios de paradigma, a ciertos “fracasos” y a múltiples pérdidas.

Se ha demostrado que la resiliencia es una característica natural de los individuos y no, como podría pensarse, un don especial de ciertas personas. La gente comúnmente demuestra resiliencia, desde las situaciones más sencillas como retrasarse en el tráfico y tener que esforzarse el doble para llegar puntuales a una cita, hasta sobreponerse a enfermedades más o menos difíciles que requieren de un proceso de recuperación.

El término resiliencia nació primeramente en las ciencias exactas, más puntualmente en la física. La resiliencia de un objeto se entiende como la capacidad que éste tiene para resistir un choque. Se refiere a cierta elasticidad que le permite soportar embates sin que con ellos sea destruida sus estructuras física y química fundamentales. Sobre todo, cuando se decía de tal objeto como altamente resiliente, se enfocaba en la sustancia del material, la naturaleza del objeto por la cual podía resistir mayormente los golpes. Cuando dio el salto hacia las ciencias sociales, se redefinió especificando la capacidad para salir avante de situaciones difíciles, de los choques de la vida.

Esta capacidad de resistir presenta una idea dialéctica, es decir, la necesidad de enfrentarse a dos posturas que, comúnmente, podrían parecer contrarias pero que, en el momento, se presentan como complementarias, por ejemplo, la felicidad de la tristeza, o, como suele decirse, “de lo malo, lo bueno”.

La realidad nos ofrece ejemplos donde la lógica y el lenguaje son trascendidos, de modo tal que podemos concebir que algo que nos causa tristeza, al mismo tiempo nos causa felicidad, por determinadas razones: en ciertos momentos de la vida, los antónimos pueden ser usados de manera integrada, de modo tal que no se enfrenten tan tajantemente. En el lenguaje retórico, el uso de palabras de significado opuesto en una misma estructura sintáctica es conocido como oxímoron. La experiencia de la resiliencia está atestada de oxímoros.

Pensemos en un familiar que, luego de pasar largo tiempo padeciendo una enfermedad dolorosa, al fin fallece: si bien su muerte nos causa un gran dolor, también sentimos cierta paz y alegría al saber que alguien a quien amamos ya no sufrirá más. Hay en nosotros cierta ambigüedad que, al final, se integra para ayudarnos a enfrentar, en este caso, la muerte. Más aún, cada persona puede citar una experiencia cotidiana donde descubrió cierta capacidad para que convivan dentro suyo cierta melancolía con el disfrute del presente, o cierta vergüenza frente a un logro alcanzado.

De este modo, la resiliencia se nos muestra como una herramienta para enfrentar sólidamente las vicisitudes y fomentar nuestra madurez emocional. Aunque, cabe decirlo, no es algo que se desarrolle sin cierta práctica, y no todas las pérdidas nos exigirán el mismo nivel de resiliencia.

La pérdida de algo valioso siempre presenta un reto. Dejar ir algo que consideramos importante para nuestra vida nos requiere hacer uso de nuestros recursos para salir adelante. Esto es, una parte de la persona que recibe un choque, sufre y se mira abatida, dañada, fragmentada, mientras que otra parte, aquella que es pieza de su “deseo de vivir”, reúne la energía restante en el individuo y lo lleva a encontrar sentido donde el dolor podría mostrar que ya no lo hay.

¿Cómo enfrentar estas nuevas formas de existencia individuales?, ¿cómo hacer frente a la ambigüedad que se presenta ante aquellos que viven una vida s1ngular, por elección o por otras circunstancias? Quizá la mejor manera será desarrollando y ejerciendo su resiliencia.

Factores que desarrollan la resiliencia.

La resiliencia no es una característica que la gente tiene o no tiene, como se mencionó escuetamente más arriba. Al contrario, ésta se forma de conductas, ideologías, acciones y pensamientos que pueden aprenderse y desarrollarse por quien se lo proponga:

  1. Como seres primordialmente sociales, los humanos requerimos rodearnos de más individuos para enfrentar los retos. Si bien la vida individual está en evidente crecimiento, esto no nos libera de la natural y necesaria interdependencia –además de la responsabilidad- de unos con otros. Así, establecer vínculos afectuosos, de apoyo mutuo, es el primer factor que favorece el desarrollo de la resiliencia. Los grupos de apoyo mutuo como familia (de crianza o extendida), amigos o personas que vivan circunstancias similares, aporta una mayor seguridad a quien atraviesa una pérdida o un reto complejo.
  2. Luego, es necesario dar un giro a la percepción que tenemos de la crisis, pérdida o reto que cruzamos. En muchas ocasiones, existen circunstancias que no podemos cambiar –precisamente, por ejemplo, determinadas pérdidas ambiguas-, pero en la mayoría de ellas sí podemos cambiar el modo en que las interpretamos. Dar un vuelco a nuestra perspectiva, pensar y observar desde otro punto lo que estamos enfrentando, ayudará a fortalecer nuestras ideas y construir diferentes cursos de acción.
  3. El cambio, lo queramos o no, lo aceptemos o no, es parte esencial de la vida. Lo único constante es el cambio, parafraseando al antiguo filósofo Heráclito. De este modo, aceptar que a lo largo de la vida nos enfrentaremos a cambios, -aún si estos son consecuencia de cierto azar y no de nuestra voluntad directa- es parte importante al buscar enfrentarse a los conflictos. Un individuo que comprende los cambios, que procura practicar cierta elasticidad en sus planes y visión a futuro, será mucho más propenso a manejar adecuadamente las vicisitudes.
  4. Actuar con aplomo, pero con una visión centrada. Es decir, enfrentar las circunstancias adversas nos requiere firmeza de carácter, pero esto no quiere decir que todo saldrá a pedir de boca. Es necesario poner en su justo sitio el presente, el pasado y el futuro.
  5. Conocerse mejor a uno mismo es menester. Cada uno, en mayor o menor medida, sabe hasta dónde es capaz. Quienes no saben de qué son capaces, terminan descubriéndolo al paso. “Conócete a ti mismo” sugirieron os griegos hace más de dos mil años, y al paso del tiempo sigue siendo uno de los objetivos que más recompensas existenciales brinda a quien se lo propone. Esto, trae también quizá como consecuencia colateral, un mejor control de las emociones, de los sentimientos y los impulsos. Es menester para ser resilientes el saber dominar los impulsos que surgen en los conflictos: el impulso de huir, de vengarse, de actuar osadamente, etc. Ser resiliente no significa ser invulnerable, significa saber enfrentarse al dolor de manera adecuada, equilibrada e inteligente.

Todo lo anterior, claro está, tendrá variantes que dependan específicamente del carácter e historia de vida de cada persona. Para ejercer la resiliencia no se necesita no sentir dolor, o estar en un constante estado de actitud positiva. La resiliencia solicita de nosotros el enfrentar problemas inteligentemente, permitir integrar en nuestras vidas el cambio y trabajar maduramente la frustración.

 

 

La pérdida de algo valioso siempre presenta un reto. Dejar ir algo que consideramos importante para nuestra vida nos requiere hacer uso de nuestros recursos para salir adelante. Esto es, una parte de la persona que recibe un choque, sufre y se mira abatida, dañada, fragmentada, mientras que otra parte, aquella que es pieza de su “deseo de vivir”, reúne la energía restante en el individuo y lo lleva a encontrar sentido donde el dolor podría mostrar que ya no lo hay.

Una pérdida nunca es igual a otra. Existen pérdidas que podríamos considerar más duras que otras, sin que ninguna de ellas sea más o menos importante. Hay pérdidas que no dejan “lugar a dudas”, es decir, existen ciertas circunstancias en ellas que nos dejan ver que “no hay marcha atrás”. Volviendo al ejemplo de líneas arriba, mirar morir a un familiar que ha pasado por una larga agonía representa el punto final, la pérdida en sí. La muerte, en este caso, es la conclusión, tanto como puede ser un divorcio, un despido, una mudanza, una migración, una renuncia, etc. La conclusión en un proceso de pérdida permite enfrentársele de mejor manera, puesto que se ha alcanzado el “suceso detonante”, el momento que, quizá, tanto temíamos pero que indica, también, un nuevo comienzo, el banderazo de salida para comenzar con la propia recuperación.

Sin embargo, existen también otro tipo de pérdidas. El término “pérdida ambigua”, el cual habremos de acreditar a la psicoanalista y terapeuta familiar Pauline Boss, define estas otras pérdidas, a saber, aquellas donde no existe, como en las descritas líneas arriba, un punto concluyente, aquellas donde se encuentra una enorme carga de ambigüedad, de incertidumbre y el sentimiento sólido de no conclusión. Como integrar lo siguiente: pienso que una mudanza, un divorcio, sí son pérdidas ambigúas

Este tipo de pérdida se relaciona con todos aquellos sucesos donde, si bien sabemos que algo cambió y que nuestra vida no volverá a ser la misma, existe un fantasma que nos permite pensar que “las cosas quizás se puedan resolver”. Este tipo de pérdida se encuentra en casos como la desaparición o el secuestro de un familiar, la separación de una pareja sin un final explícito, o bien, enfermedades de orden mental o incapacitantes que, aunque no acaban con la vida de quien las padece, los hace estar ausentes de la vida de quien los rodea. Pensemos en un paciente en coma, de quien los médicos no pueden asegurar con total certeza la muerte o la recuperación. Quienes se encuentren a su alrededor –amigos, familiares, pareja- sentirán ciertamente su pérdida, pero esta no es concluyente: la muerte no le ha alcanzado, pero su existencia se encuentra en una especie de limbo que no permite, entre otras cosas, seguir adelante a sus cercanos.

En todos los casos de pérdida ambigua, salvando las diferencias específicas, existe algo en común: la confusión, la indeterminación, en fin, la ambigüedad, y con ella el estrés que la misma genera. Al no existir algo que nos de certeza del preciso final, algo palpable, la vida se vuelve física y emocionalmente agotadora y profundamente inestable: lo rutinario, la cotidianeidad, se vuelven tensos, siempre a la espera de “una señal”: una llamada, una visita, el timbre sonando anunciando alguna noticia, una mueca, una mirada. Las personas que sufren la pérdida ambigua van por la vida esperando y, de cierto modo, fantaseando, jugando con las posibilidades o inventando realidades donde las cosas van bien.

Esta inestabilidad no podría menos que acarrear problemas psicológicos delicados. Las personas que se ven inmersas en una pérdida ambigua sufren de constante ansiedad, insomnio o sueño intranquilo, depresión, padecimientos psicosomáticos e incluso enfermedades físicas derivadas del alto agotamiento emocional. A esto se aúna la longevidad de los padecimientos: si bien en una pérdida “normal” existe un conjunto de síntomas que denotan un estrés post-traumático, en la pérdida ambigua estos síntomas permanecen indefinidamente ante la posibilidad de una solución real. Así, el ir y venir entre la desesperación y frustración y la esperanza y la fantasía crean en el individuo un sufrimiento de mayor complejidad.

Ante esa terrible exigencia emocional que significa la pérdida ambigua, quien la padece tiene un camino, si bien no es el mayor consuelo ni la panacea: aprender a vivir con la ambigüedad. Esto no significa demeritar el sufrimiento o solicitar el olvido y la indiferencia. Como un dolor crónico que viene y va, a veces ante ciertos climas o ciertas circunstancias, quienes se enfrentan a una pérdida ambigua encuentran en el tiempo y el esfuerzo un camino hacia la integración en su vida de la incertidumbre. Repetimos: no una resignación, no un olvido, sino una nueva forma de vida donde la inestabilidad, la ambigüedad y la esperanza se vuelven constitutivos del carácter y la cotidianeidad de la persona, dando lugar ya no a las fantasías, sino a una esperanza prudente que convive con las posibilidades y las probabilidades realistas.

Migración de identidad

Michael White, trabajador social, terapeuta familiar y creador junto con David Epston, habla de la migración de identidad como un proceso en el que la persona se mueve de una forma de ser inoperante, lastimosa o caduca, a una identidad actualizada y preferida. Esta migración se da por etapas, en tanto que consideramos que el cambio es más un proceso y no un evento. La resiliencia, con el rescate de las propias competencias, sueños, y valores, permite atravesar las etapas que describiremos a continuación con el fin de instalarnos en esa nueva identidad de manera más enriquecedora.

  •  Fase de separación o de rompimiento con la vida que han conocido hasta el momento.
  • Fase intermedia, en que lo familiar está ausente y nada significa lo mismo que significada antes.
  • Fase de reincorporación: se ha llegado a un nuevo lugar en la vida. Una vez más estás “en casa” contig mismos y con una manera de vivir. Recuperas la sensación de tener conocimientos y herramientas para vivir.

No podemos dejar de recordar que no todas las pérdidas de la vida son iguales, no todos los retos nos exigen el mismo esfuerzo y la misma transición, y la vida actual nos lleva a atravesar dificultades nuevas, las cuales rompen aquellas cosas que tomábamos como seguras o confiables en la vida.

A mí me gusta comer, variado y mucho, además seguidito, ya sea en mi casa, en la calle, incluso cuando voy a casa de mi tía Lencha. Lo disfruto, lo procuro y lo comparto. Y si estoy satisfecha y no voy a pedir nada más, me gusta que me cuenten de qué va un platillo, me narren cómo se prepara y me inviten a comerlo en la próxima ocasión. Si  bien algunas personas me ven curiosito (sobre todo por aquel horrendo prejuicio machista de que para ser mujer me cabe un poquito de más), generalmente envidian el disfrute que en ello pongo. Yo me desconcierto un poco con aquellos a los que les gusta siempre lo mismo, a la misma hora, con el mismo plato, en el mismo lugar y con la misma gente… pero mientras disfruten también (y no sea causado por una neurosis empedernida) bienvenidos los gustos y placeres de cada quien.

¿Pero qué tal a la hora del sexo, del amor y del erotismo? La cosa cambia: la cuestión de la variedad de encuentros, gustos, estímulos y deseos se vuelven “perversiones”, sino es que algunas transgresiones se catalogan como francas desviaciones y patologías. ¡Ah, cuánta moralidad en un espacio que puede ser tan tan gozoso, lúdico, diverso y vinculante! Yo no soy quién para entrar en detalles de preferencias y orientaciones, pero de que la sexualidad hegemónica se toma como referente absoluto, qué ni qué.  Y así, vivimos en un mundo heterocéntrico, falocéntrico, heteronormativo y binomial (palabrillas domingueras que hay que incorporar): y todo lo que no es claramente hombre o mujer estrictamente distinguido, se borra; si el poder y la autoridad no se centra en el “macho”, se desprecia; si lo que se practica no va acorde a la “naturaleza” reproductiva, se juzga. Y en tanto que la heterosexualidad se toma como “lo normal”, la gente –en la familia, en la escuela, en el trabajo y en los bailongos- va suponiendo (y suplicando) que quien se nos ponga enfrente, mientras no exprese explícitamente lo contrario, será heterosexual.

No olvido la metida de pata de mi papá la semana pasada en la fiesta de 40 de mi primo Carlos. Al ver a un bebé hermoso arrullado en brazos de su padre, le dice: “qué lindo chiquito, ¿pero dónde está su mamá?”. A lo que el orgulloso padre contesta: “señor, Juan es mi pareja, somos dos papás”. Y mi papá con cara de “what” se dio la media vuelta y no dijo más (afortunadamente a sus 84 ha adquirido cierta prudencia). Pero como él, ¡centenas! Y cuando te sales del “cuadrito” ¿cómo se te trata, cómo se te habla, cómo se te evalúa?

¿Desde dónde es que nadie piensa que la heterosexualidad sea “anómala”? ¿Por qué asumir que quien disfruta, elije y explora otros caminos tiene que tener alguna tuerca mal? Si las multitudes mexicanas disfrutan a discreción los tamales de chile, de mole, de dulce, de elote, de raja, con o sin ajonjolí, ¿no podemos soltar la necesidad de prohibir o juzgar la existencia de diferencias en la cama y en el corazón? Y es que aún hoy cargando esta “lápida” circulan miles de congéneres que no se ubican en la norma y sobrevienen a tanta carga poniendo resistencia o actuando con resignación.

A mí que no me digan que “la naturaleza dice” o que “la esencia clama”. Querer explicar el “para qué” de todo es una manía sencilla para desacreditar conductas válidas: no todo tiene un para qué. Muchas cosas de lo humano son producto de la evolución –como el apéndice y el himen que hoy de poco sirven-. Lo que sirve, se usa, lo que no sirve y no molesta ahí está, y lo que no sirve y estorba, con permiso… Y como la sexualidad y los amores son también producto de lo social, son tanto más flexibles que lo que los sistemas de “salud” prescriben (me atrevo a afirmar que si le buscamos “chichis a las hormigas” bien poquitos de nosotros seríamos sanos sanos). Y bien sabemos que lo que platicamos que hacemos en la cama es mucho menos de lo que realmente practicamos en ella

La sexualidad no es fija,  la construimos durante toda la vida y así podemos movernos –más menos-  en un continuo entre homos, heteros, bis y j, y z demás. Así que de  adaptarme y resignarme a las circunstancias que imponen un discurso heterosexual hegemónico, yo prefiero cambiarlas y transitar por mi versátil barrio integrando, disfrutando y atestiguando la diversidad.

 

 

 

 

 

 

“El único viaje es el viaje interior”

 Rainer Maria Rilke

 Escribo frente a una ventana estrechita que da a un hermoso jardín rectangular lleno de flores coloridas y diversas plantas aromáticas. Alquilé este acogedor espacio dentro de una casa estilo inglés en una ciudad estadounidense, y todos los días me siento un buen rato en mi escritorio blanco, al interior del cuartito blanco que me asignaron  – blancas las paredes, blancas la cabecera, blancos los muebles, blanco el edredón que cubre la cama y blanca la página que está frente a mi – con la cabeza en blanco también, a escribir sin prisa alguna.

Estoy en una pequeña capital norteamericana: tranquila, suficiente, rodeada de montañas con restos de nieve que dejó el invierno y llena de espacios verdes que enmarcan las calles en este verano caliente. Y no es que haya llegado aquí tras largas deliberaciones sobre donde pasar mi periodo vacacional, sino porque el destino me arrojó aquí inesperadamente y ahora me doy a la tarea de retarlo construyendo con su jugarreta un destino personal. La Fontaine dijo que “Una persona suele encontrar su destino en el camino que eligió para evitarlo”, yo agrego que siempre que creo haber aprendido lo forma más oportuna para vivir, mi vida cambia, y tengo que descartar planes, reaprender estrategias, considerar opciones desconocidas y reconstruirme.

Difícilmente hubiera elegido este lugar para vacacionar pero ya que he sido yo elegida por el lugar mismo, me dispongo a descubrir el trayecto que estoy invitada a recorrer. Abro la venta y respiro un aire tibio, lleno de olores de jardín, ajeno a mi y al mismo tiempo mío y solo mío. Me lleno de energía. Integro imágenes y sensanciones, luego las suelto. Pienso poco, siento mucho. Cierro los ojos y vuelvo a respirar, y a kilómetros de mi mundo empieza a darse ese asombroso fenómeno que permiten los espacios desconocidos, esa sensación que en el día a día es imposible experimentar: fuera de contexto me vivo diferente, soy yo y al tiempo soy muchas otras más, y ante mi se presenta una historia no escrita, algo por diseñar, por descubrir, por precisar.

Y aquí, en mi silla blanca, en mi blanca habitación, con la mente en blanco, no puedo mentirme mucho: amplío mis perspectivas, entiendo de lo que estoy escapando, y me dispongo a descubrir lo que quiero, lo que puedo, lo que sueño hoy. Confirmo en la distancia que puedo ser más extranjera de mi misma en mi propia tierra, y que las tierras lejanas pueden ayudarme a adueñarme de versiones de mi que en el diario vivir se esconden, se minimizan, y mueren a punta de ser ignoradas. Me reconozco, me cuestiono, me expando. ¿Será que los destinos de viaje importan menos como lugares en sí que como creadores de experiencias transformadoras?

No dejo de recordar – por ejemplo – viajes de compras al extranjero que hoy confundo unos de otros, que resuenan en mi con aturdimiento, y que nubladamente vienen a mi recuerdo sin mayor trascendencia vital. Y no es que la vida toda se trate de “sumergirnos en las profundidades”, pero hay viajes bien planeados que no .tienen ningún efecto reparador.

Sigo escribiendo, y mientras me pierdo en las letras me voy encontrando a mi misma. En tanto desconozco lo que cada día me depara, comprendo el sentido del camino que recorro. Al acercarme a gente desconocida, reconozco una humanidad compartida, compasiva, y doy cabida a aspectos de mi que vivo como vergonzosos, dolientes, y que he intentado –con poca fortuna- desterrar. Experimentando la sublime sensación de salirme de cualquier trama y liberándome de todo referente puntual que me encadene, me desempolvo, me libero.  Como Julien Green confirmo que “ni siquiera el mejor explorador del mundo hace viajes tan largos como aquel hombre que desciende a las profundidades de su corazón”.

Penetro en mi alma y voy rescatando saberes enterrados, los honro. Comienzo a descifrar mis contradicciones, asumo temblorosamente mis temores, integro con aplomo mis dolores, dejo ir mis empecinamientos, y descanso –por un rato- del tiempo cuando corre de prisa, de los otros que me atrapan en el día a día, y de esa parte de me aprisiona desde la prisa, la costumbre y la falta de flexibilidad.

La página en blanco sobre el escritorio blanco dentro de mi blanca habitación se va tiñendo de colores, se va llenando de vida. Y complacientemente experimento que de a poco empiezo a extrañar las miradas de los míos y los quehaceres de mis rutinas. Por eso de vez en vez he de dejarme ir a donde el destino me lleve y hacer de un aparente viaje sin propósito un recorrido que me devuelva a mi.

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.