¿Quién dijo que son las mujeres cougar quienes van a la “caza”, como si los “cazados” fueran víctimas indefensas? Entre las pumas hay mujeres sofisticadas y atractivas que se permiten gozar del sexo fuera de relaciones institucionales y sin sentimientos de culpa.

Hace unos días me invitaron a un programa de radio, solicitando mi opinión de un tema puntual: las mujeres cougar. Al minuto de haber aceptado, recibí material que documentaba el tema, por si no sabía de lo que me estaban hablando. ¡Cómo no voy a saber! A mis “algunos años” sería candidata idónea para sumarme a las filas de las “mujeres puma”, tan criticadas… ¿tan envidiadas?

Se les llama cougar a aquellas mujeres maduras que, habiendo rebasado los 30, 40 o 50 años, buscan hombres jóvenes, entre 6 y 15 años menores que ellas. El término podría ser peyorativo: cougar da la idea de mujeres depredadoras que van a la “caza” de hombres jóvenes: “carne fresca”. Es curioso que este modelo de conquista, tan común entre los varones –y no sólo aceptado, sino con frecuencia festejado–, en el territorio femenino cause resquemor. ¿Será que ni hombres, ni mujeres hemos superado la imagen de mujer madre, asexuada y pasiva?

Hace un par de años en una reunión, una amiga comentaba sobre una conocida mayor que nosotras: “Salí de dar un seminario en la facultad y vi pasar a las hijas de Julia. Roberto (maestro) comentó algo sobre la belleza de las chicas, a lo que Félix (otro joven profesor) contestó con voz intensa: “¿Pero acaso no han visto a su mamá?, ¡para mí es más interesante y atractiva que las dos hijas juntas!”.

Así que, ¿quién dijo que son las mujeres cougar quienes van a la “caza”, como si los “cazados” fueran víctimas indefensas? Los varones que gustan de relacionarse con mujeres mayores no quieren ser como “el resto de los hombres”. Les gustan los retos, son irreverentes y algo transgresores. De sus encuentros con ellas obtienen aprendizaje: se adentran en un mundo que de otra manera les sería inaccesible y quedan libres de tomar las riendas de la relación. Adquieren madurez y confianza a través de estas experiencias, que van desde una cana al aire hasta una relación estable.

 

De las mujeres cougar se dice “que son mujeres divorciadas y fracasadas” o que “temen envejecer”. Sin duda todos capoteamos con mayor o menor elegancia las rupturas amorosas y el transcurrir de la edad, pero generalizar y descartar su opción como inválida, sería tanto como simplificar una realidad que se antoja nueva, compleja y estimulante para incursionar.

Entre las pumas hay mujeres seguras de sí mismas que disfrutan su madurez, independientes económicamente y libres de prejuicios. Mujeres sofisticadas y atractivas que se permiten gozar del sexo fuera de relaciones institucionales y sin sentimientos de culpa. Mujeres que han vivido suficiente para elegir nuevos modos y nuevos modelos. Pocas quieren casarse, de ahí que estas experiencias, más que impedirles envejecer, les permiten transitar con mayor plenitud ese proceso. Son mujeres fascinantes física y mentalmente, arrojadas, bien plantadas…

Sobra decir, que la mujer, en términos generales, alcanza su plenitud sexual a una edad más tardía que los hombres, y que éstos, siendo más jóvenes, pueden aprender y disfrutar de ellas al tiempo que están en condiciones de darles “batalla”.

El fenómeno de las cougar no es banal: es un paso más en el tema de la equidad de género. No se trata de una mera reacción a ciertas prerrogativas masculinas, sino una conquista más entre la diversidad de opciones disponibles para elegir y experimentar.

¿Ejemplos de mujeres cougar? La lista es inagotable: Madonna, Demi Moore, Mariah Carey, y muchas amigas cercanas que por razones obvias no voy a mencionar. ¿Desventajas? Sí, como en todos los encuentros amorosos hay desafíos, pero también muchas ventajas y disfrutes… Quizá el reto sería dejar de estigmatizar el suceso e integrarlo al repertorio erótico y amoroso posible, deseable, entre otros muchos más…

 

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Con riesgo de sonar egoísta, cosa particularmente despreciable en boca de casi cualquier mujer –de quienes se espera toda entrega y toda generosidad– afirmo que pocas experiencias me han resultado tan gratificantes, liberadoras y expansivas, como tener mi “habitación propia”.

En 1928, Virginia Woolf, escritora y feminista inglesa, fue invitada a dar unas charlas sobre el tema de la mujer, y ante la pregunta “¿Qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas?”, ella contestó de manera realista y valiente: “independencia económica y una habitación propia”.

De ahí surge su ensayo titulado con el mismo nombre, donde Woolf construye un discurso real y al mismo tiempo metafórico sobre los derechos de la mujer, tanto en lo referente a su expresión a través de las letras, como a su vida cotidiana.

Recordemos que por aquellos tiempos –y por aquellos rumbos– sólo hacía nueve años que se le había concedido el voto a la mujer, por no mencionar otras peculiaridades en relación al género femenino. Hoy, habiendo transcurrido casi cien años, aún me encuentro con mujeres enajenadas que desean y que necesitan una habitación propia.

En la mañana conversaba con mi amiga Karla quien afligida me compartía que cargaba con la responsabilidad de cuidar a su padre. Karla está divorciada, tiene profesión, sueños, dos hijos adolescentes, hobbies, cargas económicas, amigas, y algunas otras cosillas más. Su papá, con más de 75 años a cuestas, una viudez mal asimilada, dos rodillas en franca decadencia y una depresión viento en popa, se recarga del todo en Karla dado que sus otros dos hijos varones, “bien casados”, andan en lo suyo y tienen muchas cosas que hacer. Me pregunto yo: ¿tienen más cosas que hacer que Karla?

Como Karla hay muchas que asumen responsabilidades de más. Y es que esta identidad femenina, construida desde lo relacional: “ser para los otros y en función de los otros”, aplaudida por la sociedad,  exigida a veces por nuestros seres cercanos, consentida sin cuestionar por nosotras mismas –tenga el costo que tenga y en espera de que así nos quieran más y mejor– nos convierte en heroicas y necesarias a los ojos de los demás, en buenas y responsables antes nuestros propios ojos, y en una madeja de nervios y frustraciones para nuestras necesidades y deseos más profundos.

Me pregunto, a través de la voz de Marcela Serrano “¿puede haber una sensación más excitante (y atemorizante, a la vez, lo reconozco) para una mujer, que el sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?”

Me pregunto también parafraseando a Woolf “¿cómo no desear una habitación propia, con un cerrojo pesado y hermoso que impida que las imparables irrupciones nos alejen de nosotras mismas? ¡Y tanto mejor un departamento propio, y suficiente dinerillo en la cartera, y tiempo, más tiempo!  Un cuerpo para una misma, un corazón más vivo y una mente –que estando más tranquila– pueda entonces sí, compartirse de manera suave y gozosa con los demás.

Las mujeres hemos nadado contracorriente, y seguimos en este esfuerzo por lograr la equidad. Encontremos espacios de recreo, de placer, de descanso, de crecimiento, sin duda ellos nos construirán en mujeres integras, donde el amor que demos no nos restará fuerza, ni libertad.

 

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Con riesgo de que me digan que con qué derecho me pongo a opinar de lo que ellos piensan y sienten, me atrevo a preguntar dónde y cómo están viviendo los varones el hecho de que las mujeres nos hemos movido de lugar…

Ya lo dice mejor Sergio Sinay, –escritor, especialista en psicología masculina y en vínculos humanos– en su libro Esta noche no, querida: “Apagado el fuego de la revolución sexual y superado el clímax de la liberación femenina, muchos se preguntan en qué papel ha quedado el hombre, o más aún, dónde está ahora la masculinidad”.

Soy madre de cuatro varones adultos a los cuales observo en su cotidiano devenir, y quienes –seguramente influenciados por la propia experiencia de vida en el microcosmos de una familia que ha transitado el quiebre de exigencias y presiones de roles de género estereotipados–, hoy cuestionan, experimentan, gozan y sufren, diversas maneras de ser hombre, con pocos modelos de identificación.

Sin duda, a muchos hombres jóvenes hoy en día, la manera de ser hombre de sus referencias masculinas cercanas no les hace mayor sentido ni les otorga buenos resultados; y con certeza, para muchos hombres mayores –mientras sus mujeres toman nuevas posiciones–, sus modelos masculinos se vuelven obsoletos y sus privilegios de género se derrumban (junto con el patriarcado) mientras ellos se viven en completa desorientación.

Algunos de ellos, ante este terremoto, aún buscan salida en las ancestrales catacumbas del machismo, otros más sensibles toman la bandera de las mujeres; pero entre estas dos reacciones queda vacía la silla de la verdadera masculinidad.

¿Habrá nuevas maneras de ser varón en esta sociedad? ¿Cuál será el camino para construir una masculinidad que no exija analfabetismo emocional, abandono de sueños, aislamiento afectivo, productivismo frenético, desencuentro con las mujeres, relación superficiales con otros hombres, síntomas orgánicos alarmantes, y con todo esto: estrés, hermetismo y frustración?

Las últimas décadas de transformación femenina son loables para la transformación de la plataforma en que se sustentan las relaciones humanas de hoy; pero no es suficiente si no se acompaña de un cambio de lo masculino. ¿Dónde están los hombres de hoy? La respuesta más simple sería decir que están atados por exigencias y mandatos que los inmovilizan, que los bloquean emocionalmente, y que paralizan sus impulsos más genuinos al tiempo que impiden el despliegue de sus auténticos recursos.

Crear una nueva masculinidad depende de los hombres: de encontrar una identidad que no se defina por el mero patrón de las imágenes pasadas, sino que cada vez exista una mayor capacidad de desarrollar sus propias creencias y modos de acción, y de no repetir estructuras heredadas sino de fundar día a día las propias para las siguientes generaciones.

Esta tarea incluye sentimientos ambivalentes tanto para hombres como para las mujeres, síntoma que también da cuenta de que está llegando una nueva masculinidad.

 

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Sí, a ellos también…

 

Me gustan los hombres, mucho, y disfruto su compañía. Además, soy madre de cuatro varones, hoy adultos todos, y ha sido un privilegio acompañarlos a crecer y ser testigo de la construcción de su masculinidad.

Por esto y por más, hoy hablo a los hombres. No a los propositivamente evasores, ni a los negligentemente indiferentes. Menos aún a los agresores y a los abusivos. De ellos se encargarán las redes sociales, el fracaso repentino, la soledad apremiante, y con suerte –y pronto– las leyes.

Hoy hablo a la mayoría de los hombres, a todos aquellos que escuchan perplejos y desconcertados lo que infinidad de mujeres resisten, acusan y reclaman.

Sobra decirles que ni las mujeres somos siempre víctimas ni que ellos son siempre victimarios, y que defiendo a “capa y espada” que en el territorio del deseo y de la sexualidad, no todo se puede –ni se quiere– expresar siempre con palabras: la incertidumbre de la danza seductora –con un tipo de mirada y el roce de una mano– son parte del encanto del erotismo.

Pero nada de esto deja fuera la premisa de que la mayoría de ustedes ha invisibilizado, y que a muchos ha dado la idea de que nosotras podemos ser territorio de dominio, de uso, de conquista. En un mundo patriarcal y en México, país particularmente machista, se ha educado a los hombres bajo la idea de que las mujeres son “cosas” de las que pueden servirse, poniendo en el centro de la interacción su propio deseo y no el consentimiento y el deseo de nosotras.

Entiendo que la mayoría de ustedes estén confundidos, hoy necesitamos cuestionarnos muchas cosas. Existe una intensa lucha por la equidad por lo que es necesario que quede fuera la necesidad de usar la sexualidad para obtener un trabajo, un permiso o una vacación, o peor aún, para evitar un maltrato físico o verbal. Es un tema sensible culpar a las mujeres de estas prácticas cuando hombres y mujeres hemos estado atrapados en el sistema patriarcal que las promueve.

Sabemos también que hay conductas masculinas torpes o groseras que no son mal intencionadas, menos aún delitos, aún así nos hacen sentir mal. Nada justifica el avance sobre nuestro cuerpo sin estar seguros del consentimiento, y además del “no es no”, verbal, hay también señales no verbales que dan cuenta de nuestro acuerdo o desacuerdo. Es importante que las reconozcan y las respeten. Sin duda en la danza de los sexos puede haber contextos que crean confusión y malos entendidos, pero dado el abuso histórico sobre nosotras y el privilegio de poder que ustedes han gozado, insisto, no se puede dar nada por sentado.

Es muy concreto el meollo de nuestras demandas: el consentimiento mutuo, pero éste es difícil de ejercer mientras ustedes ejerzan el poder de manera unilateral y se sientan con el derecho de meterse con el cuerpo de la otra. La inequidad imperante nos deja en desventaja para “retirarnos del escenario”, poner límites y consensuar. Muchas de las ocasiones en las que lo hemos hecho las consecuencias han sido diversas en grado y forma: desde un silencio atroz por más de una semana, hasta un despido laboral, un golpe, mil amenazas, o una violación.

Hoy hablo a los hombres porque es urgente que testifiquen y señalen cuando otro hombre se apropie del cuerpo de una mujer a través de acoso pero también de una mirada lasciva o de un piropo no pedido: esos que se lanzan solo porque se puede, porque la otra es una mujer que se me atraviesa, o porque es mi compañera de trabajo o subordinada o amiga sin que haya un contexto que lo permita.

Hoy hablo a los hombres porque necesitamos su consciencia y su trabajo activo para no minimizar ni normalizar desde del hostigamiento “sutil” hasta los francos malos tratos.

Por todo esto nos apremia manifestar que no somos territorios de conquista. Todos somos tierra para sembrar y cosechar semillas.

Pasado el día internacional de la mujer y habiéndose dicho infinidad de cosas sobre nuestra condición desventajosa, me doy a la tarea, entre “chiste y broma” de agregar algunas cosillas. Unas más obvias que otras, algunas menos significativas, pero no por ello banales. Ser mujer hoy es un reto permanente y una conquista cotidiana, confío que estas reflexiones te lleven a considerar cómo quieres vivirte hoy y en qué requieres trabajar para lograrlo.

Otras gracias de ser mujer:

  • Somos Hacemos más interconexiones mentales, percibimos matices y hacemos más cosas a la vez.

  • Las ventajas de nuestro capital erótico que nos permite usar nuestra gracia, nuestro atractivo físico, nuestro cuerpo, para atraer, persuadir y sumar nuestro mundo de posibilidades. Una feminidad que integra la dimensión erótica más allá de nuestras cualidades empáticas, intuitivas y colaborativas.
  • La diversidad en el uso de la parafernalia. El permiso a adornarnos, ponernos, quitarnos, maquillarnos y emperifollarnos, mostrándonos así como más a gusto nos sentimos.

  • Podemos manejar más flexibilidad de roles. En la familia, en el trabajo, hasta en la cama. No nos pesan ni nos disminuyen las actividades “masculinas”.
  • La madurez adquirida -algo forzada- en tanto que muchas cosas nos cuestan más pues hemos nadado por años contra corriente y eso nos permite anticipar riesgos, tolerar la frustración y dar importancia a lo que realmente
  • Discúlpenme pero no voy a decir que el gozo de la maternidad. Tampoco digo que ser madre sea una desgracia pero en un mundo que no facilita esta faena, ser madre implica costos y renuncias altas. No toda mujer tiene la vocación a la maternidad y la elección de ser o no ser madre es una posibilidad de la hoy podemos gozar.

  • La capacidad de crear redes de amigas. Somos solidarias, conversadoras, consideradas y leales, en la mayoría de los casos, lo cual nos permite sentirnos conectadas y apoyadas entre nosotras. Las redes que creamos nos ayuda a solucionar problemas, criar hijos, cuestionar situaciones de vida, divertirnos juntas y crecer.
  • No nos molestan por hacer “cosas de hombres”, pocas nos molestamos si nos consideran “una mujer muy echada pa’lante”. Tan valioso es hacer cosas “de hombres” como “cosas de mujer”.
  • El disfrute de los pequeños placeres. Una charla amistosa, una caminata en el bosque, una siesta placentera, la lectura del periódico, son momentos gozosos para nosotras. No esperamos a que lleguen los grandes éxitos para disfrutar día a día de la vida, ni nos derrumbamos tan fácil por los fracasos cotidianos al punto de no poder disfrutar de una taza de café.

Desgracias de ser mujeres :

  • Que se dirijan primero a tu esposo, novio o incluso hijo, que a ti. ¿Quién dice que ellos deciden todo por nosotras?Hemos estado acalladas tantos años que aún hoy, de vez en vez, somos invisibilizadas .
  • Que te baje. Y tengas que ir a una larga junta de trabajo o quieras ir a nadar.
  • Las largas colas para ir al baño. ¡Suplico que haya más baños de mujeres que de hombres o que por favor los hagan mixtos ya!

  • La necesidad de admirar al otro en demasía para enamorarnos y la dificultad de disfrutar al par que tanto deseamos encontrar. Si nuestra pareja no es más rica, más alta, más grande, más madura, más, más, más, nos cuesta trabajo admirarla. La tan ansiada igualdad choca con la necesidad de protección y admiración hacia el ser amado.
  • Que te culpen si tu hijo tiene algún problema.Y es que nuestro rol de encargadas de la vida emocional de los que nos rodean hace de los problemas de nuestros hijos y a veces hasta de nuestra pareja, nuestra única responsabilidad.

  • El desfase emocional que hay con los hombres.Sobra decir que en cuanto a alfabetismo emocional somos más avanzadas y la falta de empatía masculina es un hueco en nuestras relaciones.
  • La sobrecarga que nos da el ser proveedoras emocionales de todos.Esta función ni se ve, ni se contabiliza, ni se nota; pero se exige y drena mucha de nuestra energía. Hemos de estar a cargo del bienestar afectivo de quienes nos rodean.
  • Tener en ocasiones que masculinizarnos para “sobrevivir “. O nos “amachamos” o nos “rechingamos”, pues aún la sociedad patriarcal favorece estratégias de competencia, dureza emocional, e individualismo, para poder triunfar.

  • ¡Cuánto nos cuesta movernos de lugares lastimosos con la creencia de que lastimaremos a los demás!
  • Que lo que en ellos se condona en nosotras se condena.Somos más severamente juzgadas por la sociedad. Sí, cuando un hombre toma o ejerce su libertad sexual es menos penalizado que una mujer en ese lugar. Lo mismo se podría decir de los hombres que se ausentan de casa por motivos de trabajo, se considera que es una cosa normal; en tanto que una mujer que da la misma importancia a su profesión que a su familia, se le puede tachar de “madre desnaturalizada”.
  • La exigencia en la belleza física, cuando sobrevaloran nuestra apariencia sobre nuestra inteligencia, y nos discriminan o critican por no tener la imagen femenina idea.

En fin, “arrieras somos y en el camino andamos” así que sigamos arando que todavía hay mucho por sembrar para cosechar una sociedad más justa, sostenida en el respeto a todos nosotros y en los intercambios en equidad.

El mundo ha cambiado rápidamente, y entre los cambios más llamativos, controvertidos y dramáticos se encuentra la transformación de las mujeres. Hay un mar de mujeres en universidades y en especializaciones. El 47% de la fuerza de trabajo es femenina. Aún así, el porcentaje de empresas sin mujeres en la alta dirección ha caído de 36% a 27% en los últimos años.

¿Por qué las mujeres no tienen las mismas oportunidades laborales, las mismas compensaciones, la misma proyección de crecimiento y las mismas posiciones de liderazgo que los hombres? ¿Por qué seguimos hablando de empoderarlas si nunca antes el mundo les había abierto tantas puertas?

Seguimos viviendo en un mundo patriarcal que prioriza la visión masculina sobre la visión femenina. Las mujeres seguimos siendo educadas dentro de una sociedad androcéntrica que legitima la violencia y la diferencia laboral. En los espacios de trabajo, particularmente en los altos mandos, se continúan privilegiando las formas de pensar, comunicar y actuar “masculinas” por encima de aquellas intervenciones “femeninas” que incluyen la empatía, la colaboración, la intuición y la emoción. Éstas son consideradas de menor valor, de menor utilidad e incluso se perciben como obstáculos para el logro de objetivos y el crecimiento de la productividad.

En este pequeño artículo no desarrollaré un tratado sobre feminismo (aunque buena falta nos hace a todos entenderlo), pero sí haré un llamado generalizado a considerar que hombres y mujeres requerimos sumar competencias y perspectivas para generar mejores resultados laborales y mayor satisfacción personal.

No es lo mismo la inclusión de género que la inteligencia de género. La inteligencia de género no solo se forja con políticas de cumplimiento de cuotas, trabajos de tiempo flexible y empoderamiento a grupos de mujeres. La inteligencia de género consiste en la comprensión, aprecio y uso de los talentos y habilidades diferentes que hombres y mujeres aportan en el área laboral.

La inteligencia de género estudia las diferencias en los cerebros femenino y masculino así como de la química de hombres y mujeres efecto de los diferentes niveles hormonales, y sin privilegiar una cosa sobre las otra, considera que sumar estas diferencias es mejor que eliminarlas con un discurso de “igualdad a rajatabla”. Ante tanto abuso de poder masculino en el mundo patriarcal en el que vivimos, no es fácil  afirmar que ser iguales no significa ser idénticos. Sin duda faltan muchas políticas que faciliten el tema de la equidad, pero ¿por qué negar aquellas distinciones que suman y potencian el bienestar y la efectividad?

Las empresas que reconocen las distinciones biológicas sin construir sobre ellas estereotipados roles de género e integran estrategias laborales que faciliten que las mujeres ocupen cargos de poder, favorecen el trabajo colaborativo entre hombres y mujeres y aprovechan el efecto de dichos intercambios para el bienestar personal de sus equipos de trabajo y para el crecimiento  de la organización.

Me pregunto yo y le pregunto a usted- ¿Por qué nos sigue siendo tan difícil dar este paso?

Las nuevas masculinidades

 

Mucho he hablado de las mujeres en la actualidad pero en textos recientes he comenzado a  destacar la necesidad del involucramiento de los hombres en esta transición relacional que vivimos como sociedad. Sobra decir que el primer paso para subirse al barco” es viendo por sí mismo, pero –importante precisión- no de la misma manera en que se les ha dictado por tantas generaciones.

 

Los cambios de las mujeres generan un impacto en los distintos roles que los hombres vienen desempeñando ancestralmente en el día a día, por eso, el re significar el sentido y el valor sobre el cual construyen su identidad y su quehacer es no solo importante para su mejor estar, sino indispensable para hacer frente a los nuevos paradigmas que están surgiendo.

 

Y para ello, lo primero es identificar los terrenos sobre los cuales se requiere hacer una nueva exploración.

 

¿Cuáles son esos terrenos y qué podría preguntarse un hombre para explorar estas áreas de su vida?

  1. Identidad: son aquellos rasgos que te diferencian de otro. ¿Cómo te defines? ¿Sobre qué estructuras tu identidad? ¿Qué deseas para ti? 
  2. Intimidad: es el aspecto interior o profundo de alguien; comprende emociones y sentimientos, así como las relaciones más cercanas. ¿Cómo lograr la experiencia de la auténtica intimidad? ¿De qué forma podrías aumentar tu lenguaje emocional para poder entenderte y conectarte con los demás? ¿Te serviría aumentar tu repertorio verbal para poder expresarte? 
  3. La sexualidad es un área de gran oportunidad:
    • La geografía del sexo no es la narrativa del sexo. ¿Para qué usas tu sexualidad? ¿Con ella compensas el miedo o la pérdida? ¿Por qué quieres lo que quieres? No solo es importante saber qué quieres en la cama, sino qué significado le das a eso que quieres.
    • “Dime cómo coges y te diré quién eres”: hablar de tu sexualidad da cuenta no solo del placer que disfrutas sino de tus profundos anhelos. 
  4. Poder: es la capacidad de hacer y ejercer. Muchas veces el poder es un privilegio invisible para el que lo tiene. ¿Cuáles son los costos y las ganancias de los privilegios que tienes? ¿Temes ser subyugado? ¿Te sientes tratado como niño? ¿Reconoces que los que te quieren se disminuyen ante la “grandiosidad” que despliegas? ¿De qué nuevas formas puedo utilizar el poder que tengo?

  1. Trauma: aquellos momentos que marcaron tu vida y dejaron una herida o huella. ¿Cómo han afectado experiencias de trauma temprano, por abandono, abuso, humillación en tus relaciones de familia, de trabajo, de pareja? La minimización o incluso negación de situaciones tempranas que te lastimaron pueden llevarte a ocultar la vergüenza a través de conductas de “superioridad”.           

 

Como hombre, cuestiónate. Atrévete a hacer frente a lo desconocido en cada uno de estos terrenos. Es justo en ese punto en donde pones en jaque tus antiguas ideas y conceptos, tanto de ti como del mundo, y es también ahí en donde está la oportunidad de re significar y construir algo nuevo.

 

Como mujer, escúchalos. Con curiosidad, complejidad y esperanza. No es fácil ser hombre hoy. Las mujeres no los conocemos ni entendemos del todo, sabemos lo que nos lastima de ellos, lo que nos falta, lo que no nos gusta y lo que necesitamos, pero no

entendemos los dilemas y las presiones que ellos están viviendo, los dolores que vienen cargando, y su estar atrapados en una masculinidad que los aliena y enajena.

 

Nos necesitamos en el “mismo bando”: ¡caminemos juntos en esta transformación!

La paradoja de la masculinidad

 

Las mujeres hemos hablado, y mucho. Si bien se ha recorrido un largo camino en temas de igualdad, la brecha emocional entre mujeres y hombres se agranda cada día. Las mujeres hemos cambiado dramáticamente y es hora de que los hombres lo hagan también; no solo a nuestro favor, sino para su mejor estar.

 

Las vidas de las mujeres –con todo y su lucha- no serán suficientemente buenas si no se unen los hombres a esta transformación. Y para poder facilitar la transición primero hay que identificar en dónde están parados ellos:

  • Algunos se resisten al cambio y se rigidizan instalándose en el machismo.
  • Otros se unen a la lucha por la igualdad entre los géneros pero “más” como “comparsa” de las mujeres que por convicción y de esa forma dejar de ser políticamente incorrectos.
  • Unos cuantos son conscientes de que es importante la transición y de que sin ella tampoco podrán ser las personas que quieren ser ni tener la cercanía y el afecto femenino que desean.

 

Escuchémoslos… Con curiosidad, complejidad y esperanza. No es fácil ser hombre hoy: las mujeres NO los conocemos ni entendemos del todo. Sabemos lo que nos lastima de ellos, lo que nos falta, lo que no nos gusta y lo que necesitamos, pero no entendemos los dilemas y las presiones que ellos están viviendo, los dolores que vienen cargando, y su estar atrapados en una masculinidad que los aliena y enajena.

 

Si creemos que sabemos –sin lugar a dudas- quiénes son, qué les pasa y qué necesitan, recordemos: las certezas son enemigas del cambio.

 

PARA CONOCERLOS UN  POCO MÁS: Revisemos cinco áreas que nos permiten entrar en su interioridad.

  • Identidad: ¿Qué les asignaron ser? ¿Qué eligieron ellos? Mujer se nace, los hombres tienen que demostrar siempre que son hombres. No se adquiere la masculinidad naturalmente; es difícil de conquistar y fácil de perder. Si no son hombres, ¿qué son?

  • Intimidad: ¿Cómo son sus relaciones con otros hombres y con las mujeres? ¿Cómo se muestran ante los demás? ¿De qué forma develan su interior? ¡Ojo! Los hombres en general desarrollan menos la competencia verbal por tanto actúan más, incluso su malestar –al no poder ser identificado y expresado- diluyéndolo mediante explosiones y compensaciones autoindulgentes.

  • Sexualidad: Temen ser rechazados y juzgados en esta área que les es tan importante. La mayoría de sus deseos son genuinos y respetables. Son menos “pervertidos” de lo que las mujeres quieren señalarles. Además, para ellos tanto su cuerpo como el ejercicio de su sexualidad son formas de expresión y conexión.

  • Poder: Inevitable afirmar que en una sociedad patriarcal los varones están en una zona de privilegio, por tanto, invisibilizan con frecuencia las necesidades de los demás al tiempo que temen perder poder.

  • Trauma: Pero al mismo tiempo poco se habla del poder que ejercen de forma abusiva otros hombres sobre ellos; existe mucho abuso de poder de varón a varón.

¿Y NOSOTRAS QUÉ PODEMOS HACER?

Las mujeres también somos machistas y si no lo admitimos perpetuaremos del mismo modo algunos patrones de conducta. Hemos de asumir nuestra responsabilidad en la sutil sobreprotección de las normas patriarcales que “cuidan” a los hombres, ocultando nuestros malestares y cerrando su posibilidad de reaccionar.

No los ayudamos si los tratamos como niños pero tampoco despreciándolos o engrandeciéndolos. Mostrémonos asertivas, aprendiendo a poner límites y a pedirles lo que necesitamos sin lastimar.

Por otro lado, si no nos involucramos en comprender el significado de su vida erótica no solo no los conoceremos sino que los alejamos de conocerse y de conocernos. Los hombres necesitan sentirse deseados por quienes son y no por quien tienen que ser.

Y finalmente, somos ambivalentes cuando queremos hombres fuertes y proveedores pero también nos perturbarnos al verlos frágiles, vulnerables y fracasados. Si queremos relaciones íntimas e igualitarias hemos de poder integrar sus dos facetas, que finalmente, son comunes a todos los seres humanos.

 

¿O será acaso que nosotras tampoco sabemos lo que queremos y nos negamos a cambiar nuestra cómoda incomodidad?

 

 

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.