En cuántas escuelas, cuántas clases, cuántos libros, se habla de “la historia del hombre” como si el sexo y el género masculino fuese el único representante de la raza humana. Si bien a lo largo de la historia, el (des)orden social ha sido impuesto por el hombre a través de leyes, la ciencia, la política, la academia, las sociedades no siempre se vivieron desde esta “rigurosa” patriarcalidad.

En la época de los grupos de cazadores-recolectores existía una equidad y una horizontalidad entre hombres y mujeres en el manejo del día a día, si bien esta tenía una cierta distinción de roles. Estamos en otro momento y en otro contexto; sin lugar a dudas hemos avanzado como humanidad y los beneficios de esta transformación no los pongo en disputa, pero en términos de equidad de género el avance se da con más lentitud de la deseada.

Vivimos en una estructura patriarcal. El patriarcado es un sistema sociocultural en el cual se considera que los hombres deben tener el poder y mandar sobre las mujeres, tanto en la familia y el trabajo como en la sociedad en general.

Razones que apelan a la naturaleza como base de estas diferencias son muchas: “que si es porque los hombres tienen mayor corpulencia”, “que porque la esencia masculina es proveer”, “que es la naturaleza femenina la que necesita la maternidad”… Si con naturaleza nos referimos a cuestiones biológicas, solo el sexo –ser hembra o macho- cabe en esta categoría.

 

Y me cuestiono entonces, ¿el sexo y el género van de la mano?

 

El sexo, por definición, es la condición orgánica, masculina o femenina, de los animales y las plantas. Por su parte, el género es el grupo al que pertenecen los seres humanos, entendido desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico. Por lo tanto, el sexo es algo “fijo” -y lo pongo entre comillas porque existe la transexualidad-, mientras que el género es una construcción que va cambiando según la evolución de las sociedades y sus culturas.

La forma de ser hombre y ser mujer hoy trasciende creencias y constructos sociales que a lo largo de los años ha tejido el patriarcado: esa imposición histórica que da a los hombres el poder en todos los ámbitos. El patriarcado existe desde que las comunidades se hicieron sedentarias; es decir, desde que los humanos lograron establecerse en un lugar para dejar de ser cazadores-recolectores.

Hoy, el presente nos demanda cuestionar todas esas creencias para cambiar las prácticas cotidianas en los diferentes sistemas en los que nos desenvolvemos. Marina Castañeda, psicoterapeuta y conferencista, en su libro El machismo invisible, menciona tres ideas fundamentales sobre las cuales se sostiene el patriarcado:

 

  1. Lo masculino se contrapone a lo femenino: y no solo se contrapone, sino que es más. Por ejemplo: “los hombres son fuertes, las mujeres débiles.” “Ellos son racionales y ellas sensibles.”                            
  2. La superioridad en actividades relevantes: mayor poder para tomar ciertas decisiones como qué hacer con el dinero, o a dónde se van a mudar.                                                                                                   
  3. El imperio de ciertos valores que se consideran masculinos: en terminos generales, es más valioso ser de “x” manera. Es más valioso ser inteligente que ser sensible.                                                                 

El cambio en los hombres hacia la equidad supone beneficios directos para las mujeres cercanas a ellos, y esa equidad tiene también beneficios directos para los propios hombres. Ser un hombre más equitativo supone asumir mayores responsabilidades hacia el cuidado de las demás personas, pero también de uno mismo: aumenta la autoestima, favorece el crecimiento personal y aumenta la calidad en las relaciones tanto con las mujeres como con otros hombres, entre otras ventajas.

¿Hay otras formas posibles de vivir como varón en esta sociedad y en esta cultura que no exija pobreza afectiva, abandono de ilusiones, aislamiento emocional, productivismo a destajo, pérdida del contacto real con otros hombres, desencuentro con las mujeres -alarmantes síntomas orgánicos- y finalmente, estrés, desencanto y sobre todo silencio?

Una sociedad equitativa quita de los hombros, a ambos sexos, una carga terrible que el patriarcado, a lo largo de muchas generaciones, ha impuesto sobre los individuos desde el momento mismo de su nacimiento. Que bueno que todos nos vamos cansando, y entre incertidumbres y trompicones, vamos cambiando, también…

Elemento para NO tener un buen amor

Cuántas veces nos vemos enredados en amores, cortos o largos, en donde más que adquirir una sensación de placer, bienestar y crecimiento, nos sentimos debilitados, drenados y con una necesidad de “poseer”, por encima de todo, a esa otra persona.

Los amores tóxicos implican relaciones que generan angustia ante la separación del otro y que requieren de la fusión. Son amores que viven compulsivamente la sexualidad buscando tener una sensación de intimidad y que controlan a la pareja a fin de asegurar la seguridad “absoluta” y la permanencia “eterna”.

Estos amores, como se observa en la descripción anterior, se caracterizan por desplegar comportamientos específicos que echan por la borda la construcción de buenos amores. Mencionemos aquellas conductas más comunes que generalmente pueden verse como “normales”:

  • Buscar frenéticamente el amor sin considerar si el sujeto amoroso es adecuado.

  • Insistir en una conquista sin tomar en cuenta si la relación con esa persona es viable. Elegir personas que son egoístas, egocéntricas, patanas y enfermas que demandan de un protagonismo incesante, aunque ello pueda lastimar.

  • Escasa tolerancia a la frustración que el amor tiene como parte de la vida lo cual impulsa a tomar acciones de evasión y de escape, refugiándose en otras personas.

  • Incapacidad de autocrítica, proyectando los problemas y las responsabilidades personales en la otra persona.

  • Dificultad para aceptar relaciones igualitarias con las personas en general y con la pareja en particular, posicionándose en una postura sumisa o ventajosa, ambas de poca responsabilidad y compromiso.

  • Miedo constante de perder al ser amado y ansiedad ante su ausencia. Equilibrio emocional precario y necesidad desmedida del otro para alcanzar una estabilidad básica.

  • El deseo de cambiar al otro ―a través de la insistencia, la súplica o la amenaza―  y darse a la tarea de que “el amor” lo mueva a donde uno necesita antes de cambiar uno mismo.

  • Exigir más de lo que se da: pedir permanentemente más afecto, más atención, más servicios, más dinero, más, más, más…

  • Sexualidad compulsiva: relaciona la afectividad con la sexualidad sin importar la calidad de la misma.

  • Necesidad de celar al ser amado. Y sí, los celos se dan en el territorio del amor pero no son derivados del amor. Pensar que “celar es amar” es una idea romántica y errónea de quienes alimentan la creencia de que si su pareja no es “algo” celosa es porque no las quiere de verdad.

  • Conductas de abuso, violencia y maltrato que ponen en riesgo la integridad física, emocional, y social, cuando no también la económica y patrimonial.

 

Una cosa es que alguno de estos comportamientos pueda llegar a presentarse en una relación como un caso en particular y aislado y otra muy diferente es que uno o más se presenten de manera constante.

Todos los amores presentan desafíos en donde cada uno de los miembros de la pareja debe trabajar lo que le corresponde, pero distinguir entre un reto particular y un patrón que se repite constantemente, es esencial para salir de ese círculo tóxico.

Un buen amor genera calma, aumenta nuestras opciones de vida, genera diversión y placer y nos aporta madurez. Los amores tóxicos, por el contrario, nos limitan y nos marchitan. ¿O prefieres la supuesta “certeza” al genuino bienestar?

 

 

 

En mis tiempos de temprana juventud (porque a mis 55 me sigo sintiendo muy joven) era difícil concebir la posibilidad de enamorarse y aventurarse en una relación con alguien al que prácticamente no se conocía. Hoy, pareciera que esta realidad está “a la vuelta de la esquina” (incluida yo, en esta segunda vida adquirida a raíz de mi divorcio).

Por un lado, no sobra decir que en mi “primera vida” -y con un montón de tabúes y prejuicios a cuestas- nunca hubiera considerado válida la posibilidad de vivir un “rush”, esa explosión de placer que da la aventura que –dure lo dure- genera esa intensa experiencia que tantos deseamos y tememos al mismo tiempo; por el otro lado, en ciertos momentos también deseamos algo diferente, entonces nos ponemos límites  y metemos más la cabeza para regular nuestra búsqueda de intensidad y placer, con la idea de construir una relación de mayor solidez y permanencia. Ambas apuestas son válidas, ¿pero qué hacer cuando en la base de nuestras conductas erótico afectivas está el interés de conseguir no solo experiencias satisfactorias y no necesariamente banales, sino un buen amor?

El deseo es bastante irreverente y difícil de domesticar, por eso, si lo que pretendes son encuentros que te encaminen a una relación con cierta proyección a futuro, habrá que aprender a gestionarlo. Son muchos y diversos los factores que necesitan coexistir para que una relación se pueda construir. ¿Qué elementos hemos de considerar para no precipitarnos en el amor?

1. Reconoce tus límites. Tener claro quién eres tú y quién es el otro te hará poder expresar qué necesitas y cómo pedirlo, así como poner límites a lo que no quieras o no puedas vivir en ese momento. A esto se le llama diferenciación y permite modular la cercanía y distancia que requieres vivir en el encuentro, así como el tipo de interacciones e intercambios que buscas vivir.

 

 

2.Tú sabes cuándo tener sexo. Los encuentros sexuales pueden ser, dependiendo de tus creencias y gustos, una puerta de entrada para un mayor conocimiento propio y del otro, o bien, algo que se culmina tras un periodo de intercambio y acercamiento. Ahora, si tu deseo es solo tener compañeros sexuales, o incluso “una cana al aire”, dilo con claridad para no generar expectativas en la otra persona. Y es que el sexo vincula y experimentando alguien se puede enamorar.

3. Ábrete, pero poco a poco. Una cosa es decirte con la cabeza que no te precipitarás, y otra es -cuando sientes la mariposa en la panza- desbordarte queriendo que el otro sepa todo de ti. La clave aquí es ir revelando rasgos esenciales en los contextos adecuados para que la otra persona te vaya conociendo. Además, el conocimiento requiere de tiempo, no solo la auto revelación, sino también la convivencia nos permite mostrar quienes somos. ¡Y por favor no caigas en dar monólogos! Además de dar flojera, comunicas una versión idealizada de ti.

4. Cuida tus tiempos y tu ritmo. Cada relación requiere ritmos diferentes para ir integrando al otro e ir generando una interconexión sana. Para lograr este equilibro es fundamental mantener un balance  de ritmos y espacios entre los encuentros con la persona y ese tiempo para tus cosas (amigos, trabajo, hobbies y demás). Las relaciones sólidas se construyen por personas fuertes que no hacen del amor su único proyecto de vida.

5. La compatibilidad sexual y afectiva no van en el mismo cajón. El esperar que ambas vengan en el mismo paquete puede conducirte a una decepción. Estas compatibilidades, en parte se dan y en parte se construyen y por lo general se dan –si es que se dan- en tiempos diferentes.

 

Suponiendo que todo marche y que la relación se estabilice, eso no significa que el amor tenga que ser eterno, pero tampoco que la apertura a un final implique que no sea un buen amor – que aporte tranquilidad, placer, madurez y crecimiento-, dure el tiempo que dure. Amén.

 

 

¿Cuáles son las necesidades, gustos y criterios de la mujer hoy?

 

La atractividad no es solo una cuestión de belleza o de presencia, sino también de esencia (quien realmente soy) e incluso de consciencia (de qué me doy cuenta). Por eso al hablar sobre lo que hace atractivo a un hombre no nos referimos únicamente a su belleza física, aunque también la implique, sino de más atributos que son parte de la dimensión psíquica la cual  también ha de tomarse en cuenta.

Entendemos la atractividad como la capacidad de despertar interés ajeno como consecuencia del desarrollo adecuado de los atributos y valores personales. Cada uno de esos atributos y valores puede desarrollarse si nos aplicamos a la labor con voluntad y convencimiento.

Entonces, ¿cuáles son los elementos que hoy en día las mujeres consideran más? ¿Es verdad que el físico pasa a segundo plano?

Sí y no; vivimos en una sociedad en donde indudablemente el físico es tomado en cuenta. Lo estético, lo bello, gusta; sin embargo, cada vez son más las mujeres heterosexuales que ponen por delante muchos otros elementos. ¿Y cuáles son esos elementos?

 

1. Inteligencia: es la facultad de resolver situaciones nuevas por medio del ejercicio intelectual. Pero el aspecto que atrae es su aplicación a la interacción social.

La inteligencia que enamora es aquella a la que se le denomina constructiva. Esta consiste en:

  • Escuchar más de lo que se habla.
  • Aceptar más críticas de las que se emiten, sobretodo de los demás.
  • Ser más permisivos con el comportamiento ajeno y exigentes con el propio.
  • Detectar fácilmente los valores ajenos.
  • Posibilidad de mantener relaciones simétricas.

 

2. Simpatía: es la capacidad de despertar el interés ajeno a través del ejercicio del ingenio y el don de gentes. Para ser simpático hay que ser inteligente, aunque naturalmente, no todos los inteligentes son simpáticos. La simpatía es un derivado de la inteligencia verbal, la habilidad social y la capacidad de adaptación al entorno.

Ser extrovertido facilita el ser simpático, pero para ser simpático no es imprescindible tener ese perfil. Ambos atributos se pueden aprender y así ganar algo en extroversión y en simpatía.

 

3. Personalidad: Es obvio que todos tenemos personalidad y que todos tenemos la facultad de mejorarla voluntariamente. No todos gustamos por las mismas cosas pero todos podemos gustar por alguna cosa y la clave de la personalidad atractiva no reside tanto en la magnitud objetiva de sus valores sino en su utilización oportuna y constructiva de los mismos. La persona nace pero la personalidad se hace, o mejor dicho puede hacerse si asumimos la facultad de construirnos.

 

 

La personalidad que enamora es la de quien, siendo admirable, nos hace sentir cómodos en su compañía. La simpatía que enamora es la que hace sonreír, sin burlarse de nadie. Y la inteligencia que enamora es la que sabe ponerse al servicio de una utilización no agresiva de todos los demás valores de la persona.

Entonces es importante, claro está, notar si un hombre cuida su apariencia física y se mantiene saludable; también si es autónomo económicamente, de modo que tenga acceso a una vida digna y rica en experiencias. Pero ni su físico ni su dinero terminan siendo la clave de su atractividad.

 

 

Hoy en día es una realidad que falta mucho por hacer respecto a la  enorme brecha que existe en términos de equidad de género. Si bien han habido avances significativos en cuanto a perspectiva se refiere, son ciertas actitudes las que nos dejan ver que –sobre todo los hombres- no han comprendido las “letras chiquitas” del feminismo.

A esas conductas se le denominan micromachismos y son aquellas que de forma implícita colocan a la mujer, en cualquier ámbito, desde el laboral hasta el familiar, en una posición inferior e incluso subordinada al hombre. Van algunos ejemplos:

1. Se utiliza la palabra “feminazi” para hacer referencia a una mujer que lucha por la equidad de género: incluso la “broma” ya se normaliza en distintos contextos y hasta hay mujeres que se refieren así a otras mujeres.

2. Mantenerse callado ante comentarios machistas de otra persona: “Es que antes eran más sumisas pero ahora…”, “¿A poco dejas que tu mujer te controle?”

3. Dar por hecho que las conductoras de televisión deben ser “guapas”: es asumir que la razón por la que están donde están es por su físico.

 

4. El hombre paga la cuenta presuponiendo que es lo que se espera de él e incluso el mesero la pone en el lugar del hombre: ¿qué es lo que se está diciendo entre líneas al asumir que el hombre se hace cargo de la cuenta?

 

5. Asumir que la vida familiar le corresponde a la mujer y el hombre puede “apoyar”, como si fuera una labor auxiliar: no se asume la igualdad en distribución de responsabilidades y construcción de constantes acuerdos entre las parejas.

 

6. No hablar entre hombres de feminismo pensando que es un tema solamente de mujeres: el rol de los hombres en la promoción de la equidad de género es igual de importante.

7. Que en la cama se anteponga el placer sexual del hombre: para que una relación sexual sea satisfactoria se requiere considerar muchos más factores que el placer sexual de uno solo.

8. Describir a una mujer como “poco femenina” o “fuerte”: como si la fuerza fuera una cualidad exclusivamente de los hombres.

 

 

¿El tomar acciones para seguir reduciendo esa brecha de género es exclusivamente labor de las mujeres? ¡Por supuesto que no!

Se necesitan hombres conscientes de la complejidad del tema que caminen en esta lucha codo a codo con las mujeres. Porque el alzar la voz y tomar acciones, seas mujer u hombre, implica el cuestionar paradigmas y enfrentarte a la mirada social, y esta acción no solo beneficia a las mujeres, sino a los hombres también.

 

 

 

Es muy importante reconocer los hábitos que te auto sabotean. Muchas veces lo que te ha permitido estar donde estás hoy no es lo que te facilitará llegar a donde quieres. Tendemos a actuar en piloto automático repitiendo conductas que podemos creer que son parte de nuestro carácter.

¿Por qué aun sabiendo qué se quiere y qué se necesita cambiar es tan difícil hacerlo?

Creencias  que atascan:

  1. La ambición es mala: Las mujeres con un “high profile” son generalmente criticadas de ser muy ambiciosas y demasiado interesadas para ser confiables.
  2. Ser una buena persona implica no desilusionar a nadie: Por lo tanto para vivirte como buena persona requieres negarte a ti misma para no “traicionar” a los demás, y así no sentir la culpa y la vergüenza de defraudar.

Estas creencias se basan en la idea de que las mujeres han de priorizar las necesidades de los demás por encima de los propios. Y de las creencias surgen los hábitos…

 

Hábitos que impiden a las mujeres lograr sus metas:

1.Esperar que los otros de forma espontánea se den cuanta y premien tus contribuciones: Tú necesitas ser la promotora de ti misma. No es suficiente trabajar mucho y dejar que el trabajo “hable por sí solo”, también hay que comunicarlo.

2. Construir más que aprovechar las relaciones: Las mujeres somos especialistas en construir relaciones, pero pocas veces las construimos para catapultar nuestras ambiciones. Aprovechar relaciones es:

  • Reciprocidad: “Ayúdame y te ayudo”, explícita o implícitamente.
  • Conseguir tácticas para acciones a corto plazo y estrategias para logros a largo plazo.
  • Es intencional. Estableces las relaciones con un propósito especifico a diferencia de cuando construyes una amistad. Ofrece recompensas medibles y concretas y no como en la amistad que son subjetivas.

No tienes menos poder que los demás y no es un abuso aprovechar una relación: busca el ganar-ganar y arriésgate.

3.La trampa de la perfección:

  • Crea estrés en ti y en los que te rodean.
  • Te atasca en detalles y te distrae de la perspectiva más amplia.
  • Los pequeños errores te derrumban.

A los hombres ejecutivos se les premia más por ser atrevidos y correr riesgos y a las mujeres por su precisión y corrección lo cual crea mucho temor a cometer errores.

Existe un perfeccionismo saludable, pero no impide delegar con responsabilidad; prioriza en vez de acaparar la acción, sobrecargándote, para que todo salga “perfecto”. ¡Confía en los demás!

4.La esclavitud a agradar: Querer que todos a tu alrededor se sientan bien y te quieran puede ser un problema ya que no te permite actuar con autoridad. Además, puedes dejar de ser buena aliada o ser poco confiable porque te limita excesivamente la opinión de los demás. Poder leer las necesidades ajenas tiene ventajas, pero querer ser siempre motivadora, conectada y comunicadora con todos puede ser una limitante.

5.Minimizarte: Achicarte, agarrar el último asiento, encogerte de brazos y piernas, agacharte, etc. perjudica tu habilidad de proyectar autoridad y poder. Lo mismo con el lenguaje diciendo “perdón, solo digo algo rápido”, o bien hablando de un “nosotros” cuando lo que toca es decir “Yo”. Así das la imagen de que lo tuyo es menos importante y no quieres quitarles el tiempo.

6.Dejar que tu radar te distraiga: Las organizaciones privilegian la observación de laser: poner foco a lo central. Es importante aprender a replantearte la información que notas. Esto no implica escoger entre los pensamiento que vienen a tu mente y lo que quieres comunicar sino integrar toda la información de tu cerebro izquierdo y derecho y poner foco a lo que en ese momento quieres hacer.

Empieza con una cosa a la vez:

Hay hábitos a los que te apegas porque te sirvieron en el pasado. Es difícil reconocer que lo que una vez fue útil hoy puede no servirte porque las conductas familiares las sentimos parte de nosotras mismas. Pero dejarlas ir o usarlas solo cuando es necesario ayuda a crecer.

Es necesario que cada vez más y más mujeres se posicionen en puestos de poder y de influencia. Espero que estas ideas te ayuden a llegar al lugar que quieres en tu rama de experiencia, en tu trabajo y en tu organización para que así seas una mujer que pueda hacer una diferencia positiva en nuestro mundo.

 

 

 

o   No define su masculinidad ni su valor por patrones culturales sino por los valores que él escoge.

o   No tolera ningún tipo de desigualdad en razón del sexo.

o   Está dispuesto a renunciar a los “privilegios de ser hombre” que mantienen a la mujer bajo las ideas de subordinación (sueldos más altos, puestos mejores, derecho a decidir o tener el control remoto).

o   Busca replantear sus valores, esquemas, mecanismos, conductas y pensamientos de manera muy honesta, emprendiendo un camino de auto-conocimiento emocional.

o   Comprende que no basta con las palabras y que es necesario apoyar que activamente las justas reivindicaciones de las mujeres.

o   Ya no acepta continuar con un papel secundario en las labores del hogar y en el cuidado de los hijos. Busca involucrarse de manera igualitaria y directa.

o   Está dispuesto a preguntar a las mujeres y está listo para escuchar sus demandas, sus historias y sus puntos de vista, por difícil que sea.

o   No busca decir “eso no es violencia”, “están exagerando”, “ahora resulta que todo es violencia”. Trata de comprender por qué las mujeres lo viven así y busca desarrollar modos de ser que no impliquen explotación ni abuso.

o   Está aprendiendo a no ver a los otros hombres sólo como competidores. Busca establecer con su propio género relaciones cercanas y solidarias.

o   No da por hecho que él no es macho. Por el contrario, está pendiente de cuándo está actuando de acuerdo a los patrones culturales con los que creció y ahora busca cambiar.

o   Sabe que se requiere de mucho valor para desafiar su historia personal, donde probablemente haya culpas por haber lastimado mujeres. Está consciente de que la única forma de romper estos patrones y cambiar, es asumir la responsabilidad, tratar de reparar el daño y trabajar por el cambio.

o   Sabe que una parte importante de su vida, es reconocerse vulnerable y expresar lo que siente.

o   Es consciente de que una de las trampas del privilegio es creer que tener privilegios conviene. La injusticia no le conviene a nadie.

o   Asume al 100% la responsabilidad de parar todo tipo de violencia e intimidaciones que ejerce contra las mujeres. Las que se cometen en privado y las que
se ejercen en los espacios públicos. Desde las visibles y explicitas, hasta las más sutiles y encubiertas.

Vivimos en un mundo patriarcal que siempre ha favorecido el status masculino. Aún así, y con todas las prerrogativas de género que tienen los hombres, hoy más que nunca vemos la figura del varón “desidealizada” por una desesperanzadora realidad que nos deja ver lo poco que han crecido en términos de madurez integral desde que las mujeres empezaron a irse “por la libre” en cuestiones de autoconocimiento, educación y autonomía.

Es común escuchar a muchas mujeres quejarse de los “hombres”, observar a muchos niños reclamar la presencia adulta y amorosa de un padre y a otros tantos hombres  decepcionarse entre ellos y de ellos mismos. ¿De qué va este estancamiento masculino que tiene a hombres, mujeres e infantes desencantados?

Si bien las relaciones humanas –de pareja, de trabajo, de amistad- vienen de un modelo jerárquico de mujer dominada / hombre dominante, las mujeres llevamos tres generaciones mejorándonos a nosotras mismas migrando de la subordinación al poder masculino a una autonomía. Atravesamos con esta transformación una situación crítica en la cual los grandes confundidos y pasmados son los varones.

¿Cómo entender la dificultad masculina de migrar también a una postura que esté a la altura de las mujeres más desarrolladas? Sobra decir que estar en un lugar de privilegio donde “per se” su valía estaba dada, hace que los hombres tengan que hacer un particular y primer esfuerzo por mirarse, auto-evaluarse e impulsar el propio cambio.

Así, la mayoría de los hombres se encuentran desorientados y desencantados, despojados de sus antiguos privilegios y sin caminos claros para la redefinición de su rol. En respuesta a estos cambios algunos de ellos, los menos, han asumido su condición de iguales con las mujeres y han trabajado en la construcción de una masculinidad integral que sin negar sus deseos, intereses y valores, sume con la fuerza femenina y facilite el encuentro con los y las otras. Otros cuantos, queriendo moverse de una añeja postura de poder, pero sin entender –ni aceptar- con claridad  el cambio  han intentado la adopción de una postura “feminista”, muchas veces poco entendida ni adaptada a su condición de hombres que los deja intentando, generalmente con poco éxito, una adaptación. Muchos otros, sintiéndose despojados de “lo que les pertenecía”, se muestran prepotentes, lo cual los lleva a actuar de manera incompetente, incluso, a ser impotentes. Sobra decir, que estos últimos en particular, pero todos en general, requieren ante la actitud superadora de la mujer, humildad de sí mismos.

De aquí surge el término Peter Pan, acuñado por Dan Kiley que se refiere al hombre que eternamente se comporta como un adolescente y se niega a posicionarse como un adulto a cargo.  En los “Peter Panes” se observa un claro desfase entre su edad cronológica y su madurez afectiva

Este “síndrome” se caracteriza por los siguientes comportamientos:

En su conducta:

  • Centrados en sí mismos.
  • Necesitan mucha atención.
  • Piden y esperan
  • No aceptan responsabilidad, se excusan ante sus fracasos culpando a otros.
  • Donjuanescos sin compromisos.
  • Incapaces o torpes para seducir.
  • Con frecuencia impulsivos.
  • Estallan con facilidad.

En su psique:

  • Baja autoestima (sensación de incompetencia y poca valía personal).
  • Inseguridad y falta de confianza en sí mismo.
  • Depresión y ansiedad.
  • Miedo a la soledad
  • Miedo al compromiso pensando que les resta libertad.
  • Insatisfacción de quienes son, de lo que tienen y de cómo los tratan.
  • Dificultad de reconocimiento y expresión de sentimientos

Solución ¡Madurar! ¿Fácil? No ¡Pero Posible!

¿Qué es madurar? Es la capacidad de auto observación, auto conocimiento y auto crítica. Es poder tolerar la frustración, posponer la gratificación, y cultivar la humildad. Hacerse cargo de los retos básicos de la vida (manejar el sufrimiento, cultivar sus relaciones, aprender a ganarse la vida), y conquistar la independencia económica y la autonomía emocional.

Ser maduro no significa ser aburrido, ni perder el entusiasmo y gusto por el placer propio de los niños, sino saber gestionar los deseos con los deberes,  asimilar las experiencias vividas aprendiendo del error y disfrutando los logros.

¿Qué caracteriza a los hombres que resultan más atractivos a las mujeres?

Los hombres que tienen la capacidad de mejorarse a sí mismos resultan muy atractivos para las mujeres. Acostumbradas a ser espectadoras de varones que se jactan de saberlo todo y de hacer todo bien, un hombre que se cuestiona, se corrige, reflexiona y se vulnera, genera en nosotras una magia especial.

Pero ojo, mientras las mujeres sigamos infantilizándonos esperando que alguien que nos rescate y nos traiga la felicidad al mismo tiempo siendo los satélites de los deseos y las necesidades de los hombres favoreceremos el síndrome de Peter Pan. ¡Dejemos de comportarnos como Wendy! Y fomentemos intercambios entre hombres y mujeres de verdad.

Cuando su madre o su padre van antes que tú…

Valdrá la pena que te preguntes si en una próxima relación te quieres relacionar con una mujer… o con una ¡niña!; con un hombre… ¡o con un niño de casa!. Los hijos adultos extremadamente “buenos” con sus padres o apegados en exceso a ellos, tienden a ser malas parejas y malos padres. Y no nos referimos a aquellos hijos que toman responsabilidad oportuna de un padre que lo requiere, sino a los que simplemente no pueden cortar “el cordón umbilical”.

Muchos de estos adultos tratan a sus padres de manera amable y compasiva, pero otros se quejan de ellos e incluso los regañan; pero el común denominador es que por la razón que sea se adjudicaron la función de cuidarlos y no quieren o no saben cómo decirles: “en otro momento, no puedo hoy”.

A este tipo de personas les denomino “hijos crónicos”, y otra de sus principales características es que que abiertamente necesitan la opinión o el consentimiento de sus padres para tomar decisiones: no dan un paso sin consultarles, invitarles, comentarles y hasta involucrarles.

Son personas que sienten, en primera instancia, que su verdadera familia es la casa paterna, y luego todos los que “llegaron después”. Por supuesto que en este “después”, estarás tú, y en muchas ocasiones, hasta sus propios hijos.

En cualquier circunstancia, el reto de vivir en pareja es suficientemente complejo como para que por añadidura, te unas a alguien que está tan apegado a sus padres que se le dificulte sortear los desafíos del amor y de una vida de pareja. Si algo caracteriza a la etapa adulta es la autonomía, y no solo económica, sino emocional también; alguien que no ha conquistado una dotación suficiente de independencia no está listo para hacer pareja y mucho menos para vivir con ella.

La vida en ocasiones plantea circunstancias difíciles, problemas dolorosos, retos desafiantes; seguro en etapas complicadas habrás sentido el deseo de que alguien te cuide y te rescate. Una pareja puede hacer la función “temporal” de contenerte haciendo un papel de “madre o padre” en momentos de crisis y debilidad. En un sentido, la vida de pareja ha de facilitarte y hacerte más llevadera la vida toda; pero ojo, ¡temporalmente!: mientras la crisis pasa y se retoma cierto equilibrio necesario para continuar.

Una relación amorosa que permanentemente juega roles paternos se verá lastimada en parte de su esencia que es la igualdad y el intercambio entre los amantes. Asumir rígidamente esos papeles dentro de la relación, afectará entre otras cosas, tu vida erótica; y es que ¡no se tienen relaciones sexuales con los padres!. Del mismo modo, una desigualdad jerárquica donde uno se encarga permanentemente del otro, irá erosionando paulatinamente la mutualidad propia del amor.

Finalmente, invito a descartar como posible candidato amoroso a alguien, que por las razones que sean, no te reconozca como su pareja ante sus padres, tape tu existencia en su vida familiar y te coloque en un lugar de invisibilidad.

¿Será que una persona que no puede darte un lugar en su casa, si pueda dártelo en su corazón?. A reserva de que la situación de su vida familiar sea abierta y temporalmente caótica, que tú la conozcas y que esa postura te haga sentido por un tiempo determinado, la respuesta contundente será: ¡No!.

Las mujeres hemos hablado y, con más o menos acierto, nos hemos expresado y vamos siendo escuchadas. Son ya muchos años de manifestar lo que no queremos y de afirmar lo que necesitamos,  de señalar lo que nos lastima y de dar a conocer lo que anhelamos. Siglos de sumisión y exclusión nos han hecho congregarnos, apoyarnos, prepararnos y mostrarnos. Falta mucho por andar pero hemos conquistado territorios, derechos y autonomía.

¿Y los hombres? ¿Cómo se posicionan ante esta transición galopante que va amainando el patriarcado y en la cual van perdiendo privilegios, amores y paciencia? Soy madre de cuatro varones que se mueven entre varios mundos: el de la presión del entorno masculino que aún les señala –y exige-  “lo que es el éxito y la valentía propia de su ‘masculinidad’”; el de una madre feminista que no pierde la ocasión de señalar la injusticia y la violencia que día a día sigue salpicando, si no es que golpeando, nuestra feminidad; el de un mundo de mujeres jóvenes (y no tan jóvenes) que les piden cosas contradictorias, defienden argumentos ambivalentes y esperan amores imposibles de lograr.

¿Acaso esta transición sostenida nos tiene a todo mundo confundido y atarantado? Ale, el tercero, me dice que sigue sintiendo la presión del entorno por lograr un tipo de éxito económico que es “la carta de presentación” de su valía personal. Ber, el menor del grupo, se frustra porque muchas chicas interpretan su genuina sensibilidad como un “truco para conseguir algo carnal”: “madre, ¡qué afán de pensar que solo nos interesa el contacto físico!, yo busco la conexión emocional, las buenas charlas, la mutua comprensión”.  Diego no deja de compartirme, y de pronto de plano consultarme, cómo actuar ante situaciones concretas en donde el tema económico, el compromiso emocional, incluso las formas en el trato con mujeres, lo han hecho dudar de su proceder. Y bueno, Ro, el mayor de todos, a quien la cabeza nunca le para, estudia e investiga el tema, recalca lo que no todos sabemos: la mortalidad de más hombres que mujeres en temas de abuso de sustancias, pleitos callejeros, accidentes diversos y sin duda desde bajas por tener que ir a la guerra, hasta muertes prematuras por descuidos a su salud.

Pues sí, el patriarcado no solo afecta a las mujeres, los hombres también están pagando costos altos. ¡Es que eso de tener que ser siempre fuertes,  ricos y contenidos en la vida emocional…! Entre hombres es difícil mostrar debilidades y compartir los dolores del corazón. Controlar la esfera de lo público ha dejado a la deriva su mundo interno y muchas veces su vida personal. Y así se genera ese círculo que esclaviza a hombres y mujeres: si ellos no dan dinero no se sienten dignos de obtener amor, y si ellas no dan amor no aseguran una estabilidad en el mundo material. ¿Qué se van desmantelando estas premisas? Sí, pero más lento de lo que quisiéramos imaginar.

No se trata de que los varones adopten un modelo masculino que las mujeres implanten: hombres y mujeres somos diferentes y es momento de crear un propio y nuevo proyecto de masculinidad, apto para nuestros tiempos. Que hablen los hombres, muchas mujeres estamos listas para el cambio, y los queremos escuchar.