Conocernos y valorarnos a nosotros mismos es fundamental para fortalecer nuestra salud mental.  Las experiencias que conforman nuestra vida –tanto de la interacción con el ambiente, como con las demás personas e incluso con nosotros mismos– nos permiten aprender sobre el mundo y dicho aprendizaje es necesario para resolver cada desafío que se nos presenta. Ese conocimiento y la valoración de nuestra propia persona nos permite construir nuestro carácter y una imagen de quiénes somos. La autoestima es, precisamente, la impresión que tenemos de nosotros mismos, basados en las experiencias y sentimientos que hemos ido interiorizando a lo largo de nuestra vida.

Podemos creer que somos inteligentes, obstinados, valientes, cobardes, etc., o bien, podemos sentir gusto o disgusto por nuestra imagen personal.

Poseer una autoestima sana nos permite sentirnos capaces de dar salida a las situaciones que la cotidianeidad nos demanda día a día: crear relaciones sólidas, lidiar con el sufrimiento, ser autónomos, desarrollarnos profesionalmente, etc., así como vivenciarnos como merecedores de amor y respeto. Podemos creer que somos inteligentes, obstinados, valientes, cobardes, etc., o bien, podemos sentir gusto o disgusto por nuestra imagen personal. Todas estas auto-concepciones y valoraciones personales son ingredientes de la autoestima y nos permiten saber si tenemos una autoestima alta o baja.

La autoestima es el concepto que tenemos de nosotros mismos, pero ¿cómo se forma? Tomando conciencia de nuestros atributos personales y usándolos oportuna e inteligentemente. Tales atributos personales son rasgos, aptitudes, capacidades o habilidades que todos poseemos y que podemos desarrollar y mejorar por nosotros mismos. La autoestima se empieza a construir desde los primeros años de vida de una persona, y es el resultado de la interacción física y emocional que tiene un niño con su círculo más cercano, es decir, sus padres o aquellos que se encargan de cuidarlo y procurarlo. Con el paso del tiempo, esta interacción genera una sensación de aceptación, de satisfacción personal y consciencia de que es valioso ser recíprocos con quienes nos han dado amor.

LA AUTOESTIMA POSEE DOS COMPONENTES BÁSICOS:

  • La autoeficacia o competencia: El sentimiento de capacidad personal, la confianza en uno mismo, el sentimiento de ser capaz de enfrentar los retos de la vida de manera responsable y madura. Sentirse competente proporciona una sensación de satisfacción al saberse capaz de resolver los problemas de manera reflexiva e inteligente.
  • La auto-dignidad o mérito: El sentimiento de valor personal, la confianza de que se tiene valor como individuo. Valorarse a uno mismo nos permite apreciarnos, dar cuenta que merecemos amor y felicidad, de tal modo que buscamos satisfacer nuestras necesidades básicas y construir una vida más agradable y exitosa.

La integración de ambos conceptos en nuestra vida diaria requiere de un gran esfuerzo que nos permite crecer y mejorar nuestra vida. La mejor forma de crecer como personas es cuestionar nuestras actitudes y pensamientos, enfrentar prejuicios y atrevernos a romper esquemas. Si a la autoestima le sumas el desarrollo de tus propios atributos, estarás en el camino de la seguridad personal. Cuidar de nuestro estado emocional no es menos importante que cuidar de nuestro cuerpo, de hecho, nuestra salud mental tiene efectos en nuestra salud física y la ciencia cada día avanza más en la búsqueda de la conexión real entre nuestras emociones y las enfermedades que adquirimos.

Así, la autoestima es una herramienta importante con la que contamos para enfrentar la vida. Re-pensarla, reconocerla y trabajar sobre ella resulta crucial frente a las demandas y cambios de nuestro tiempo, pues parece respirarse en el ambiente una gran incertidumbre e insatisfacción en lo que la gente hace, en cómo se siente, en cómo vive y en cómo ve el futuro.

¡Me escapé unos días! Camino y camino por Ámsterdam (en la mente se me cruza la imagen de Forrest Gump corriendo, pero no: ni tan desaforada, ni tan adolorida del alma… ni con tantos seguidores), respiro un aire frío, ajeno… el viento arrebatado despeina mi cabeza. Escucho conversaciones, no las entiendo.

Observo construcciones sobrias, me reflejo en distintos canales a cada esquina. Miro aparadores centelleantes, personas caminando y bicicletas, ¡muchas bicicletas circulando!, y maniobras inusitadas realizadas sobre ellas: paraguas que se abren y cierran al ritmo de la lluvia, celulares tecleándose, niños montados sobre pecho y espalda del conductor, lecturas de folletos al vuelo y uno que otro dúo de ciclistas pedaleando en paralelo con animadas charlas… café incluido.

Integro las imágenes, las suelto y sigo caminando. Pausada y rítmicamente, camino y camino. El aire, que sopla fiero sobre mi cara, termina por conquistarme y empieza a darse en mí ese curioso prodigio, ése que en México de vez en vez extraño por lo imposible que me resulta experimentarlo en lo cotidiano: me descontextualizo. Experimento la sublime sensación de salirme de cualquier trama, de todo escenario, de cada representación; de no tener un referente puntual que me encadene, de prescindir de las miradas que me hacen ajustarme a cualquier rol.

No hay un texto que seguir: no soy madre, no soy amiga, no soy pareja, ni terapeuta, ni expositora, ni hija, ni hermana. Tampoco dirijo nada, no tengo que exhortar a nadie. Sólo soy mujer, con lo mucho que eso implica; pero, desligada de toda referencia, puedo ser a ratos lo que ya he sido y también lo que nunca he sido. Puedo ser lo que deseo y lo que detesto (al menos por un instante). Y sólo yo lo sé, y lo gozo…

Me expando, me desempolvo, me libero. Nadie me conoce, a nadie conozco, y en este paréntesis temporal me reconozco un poco más. ¿Tan liberador puede ser desapegarse del texto de los de más y reconocer, reescribir y apropiarse del propio?

En el silencio de los días, buceo en mis profundidades hasta que rescato partes únicamente mías. Y complacientemente experimento que empiezo a extrañar las miradas de los otros: reflejos que también me construyen, que también necesito. Pero cada día cuando despierto en la soledad de la distancia, me pregunto, como Marcela Serrano en Lo que está en mi corazón: ¿Puede haber una sensación más excitante (y atemorizante a la vez) para una mujer, que la de sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?

Por eso, de vez en cuando, como una escultora con cincel en mano, me retiro para tantearme a solas y rescatar lo oculto que, desde siempre, ha estado labrado en el centro de mi corazón.

¿Puede haber una sensación más excitante (y atemorizante a la vez) para una mujer, que la de sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?

El estado civil es una noción técnica que nos diferencia y distingue no solo legalmente de los demás, sino en las fiestas, en las casas, en el cine, en los trabajos, en los restaurantes y en las transacciones comerciales… es decir, en la manera de ser vistos y tratados en la vida en general.

Soltero, del latín solitarius, el que no está casado. Casado, el que ha contraído matrimonio. Viudo, al que se le ha muerto su cónyuge y no ha vuelto a casarse. Divorciado, persona cuyo vínculo matrimonial ha sido disuelto. Separado, el que ha interrumpido la vida en común con su cónyuge, conservando el vínculo matrimonial. Y ahora, como novedad hay quienes agregan “conviviente”, con quien comúnmente se vive, para identificar a aquellos que se comparten en una vida de pareja carente de formalidad… ¿Carente de formalidad?

Parece que reconocer “la convivencia” como estado civil implica una posición realista en relación a los nuevos comportamientos amorosos y sin duda reivindica una nueva posibilidad de amar: comprometida pero sin casa ­–sin casamiento–, distinto, fácil unas veces –y en otras no tanto–, creativo, relajante en ocasiones, cansado también. Pero una manera más, una posibilidad que se vale, que cuenta, que sí es amor, que no puede entrar en la categoría binaria de “fácil o difícil”, “buena o mala”, “comprometida o informal”, es mucho más que eso… mucho más…

No hay duda que a lo largo de la vida podemos ir alterando nuestra parada en el mundo, ya sea porque lo decidimos o porque nos lo decidieron, pero pocas personas en la actualidad serán de una u otra manera y vivirán de uno u otro modo. Por eso cabe la pregunta ¿ser o estar? Uno no es ni casado, ni soltero, ni viudo o divorciado… Estoy casada, estoy soltera o me estoy divorciando y me vivo distinto, pienso diferente y requiero cosas y relaciones diversas dependiendo de esto que estoy atravesando. Y es que el estado civil no es una manera de ser sino una forma de estar, en un lugar, en un tiempo, con uno mismo, con alguien o con los demás.

Hay quienes a capa y espada quieren conservar el mismo estado “para siempre” y se resisten a que cambie, se extinga, se trastoque. Cuánta confusión y dolor en aquellos que dicen: “¡yo siempre seré el esposo de…, aunque ella se haya ido!”. O bien de quienes afirman: “que aquello vivido con aquella, terminó y no solo hoy ya no es nada, ¡sino que nunca lo fue!”. Más aún los que regresando a la soltería, por gusto o por disgusto, dicen que ¡casados nunca más!

¿Será que en realidad uno pasa de ser casado a ser divorciado, cierra la carpeta del matrimonio y “tan tán”? ¿Se puede, siendo soltero de nuevo, olvidar las vivencias de una vida compartida y pensar: “borrón y cuenta nueva” y ya? ¿Acaso las huellas de un divorcio dejan de ocupar un espacio en nuestra existencia y ser un parte aguas que tiñe el camino de volver a empezar? ¿Es posible que una nueva pareja, “convivente” o lo que sea, tenga nada de “casamiento” y de conyugalidad?

En estricto sentido, sólo puedo tener un estado civil que “es” y “debe ser” reconocido por la ley civil. Bueno sí, el estado civil no es plural, es alternativo: uno u otro y por tanto excluyente: o estas casado o estas soltero, o eres viuda o bien eres divorciada… Pero la experiencia de vida no es así, y si bien uno a lo largo de la vida porta diversos estados civiles y se reconoce claramente en uno de ellos, la momentaneidad de los mismos es diferente a la realidad de la experiencia toda: uno nunca deja de llevar a cuestas lo que fue y lo que vivió, y no sólo porque se traslapan las vivencias en el cuerpo y en el corazón, sino porque a veces los hijos, en ocasiones los amigos, quizás ¿mi ex?,  o ¿mi next?, y muchas veces uno mismo, ameritan malabares para ubicarnos: soltando roles, sumando papeles, dividiendo responsabilidades, aprendiendo posicionamientos, conjugando, integrando, entendiendo…

Pasar de un estado civil a otro es una evolución poco pacífica pero sí pausada, que requiere reconocimientos externos y acomodos internos. Sin duda imperan las reglas sociales y la necesidad de los demás de ser esto o ser lo otro, pero toma su tiempo la transformación interna que integra todas las experiencias vividas, con sus sabores y desencantos. No hay que olvidar que el tiempo siempre tira pa’ lante, no se puede regresar, y aun continuando nuestra aventura de vida, siempre queda algo de nostalgia, mucho de aprendizaje, suficientes recuerdos, y con suerte bastantes cosas que agradecer.

No pretendo afirmar, con este “ir y venir” de pensamientos y palabras, que cuando se han habitado diferentes territorios amorosos, se puede ir por el mundo dando dobles mensajes a los otros y a uno mismo; tampoco se trata de jugar a que se tiene todo y se puede más. El tema es recopilar nuestra experiencia y, sin pelearnos con su contradicción y ambivalencia, entendernos como seres complejos, aderezar la vida y abordarla hasta donde sea posible, con sencillez y simplicidad.

Por contradictorio que parezca, en algunos casos puede resultar lícito, maduro y hasta adecuado utilizar una mentira. ¿Cómo no confundir el auto-engaño del oportuno ocultamiento de una verdad? Conoce estos síntomas internos que te permitirán saber si mentiste de manera oportuna y constructiva o bien por enojo, conveniencia o descuido.

Si las mentiras son pocas y decirlas te produce una sensación interna de paz por haber hecho lo correcto, seguramente es una buena mentira.

Sé consciente de que puedes asumir, en caso necesario, las consecuencias de la verdad que pretendes ocultar y, aún así, prefieres utilizar la mentira.

El efecto de un uso esporádico de la mentira, ha de permitirte que te sientas congruente y seguro de tu conducta, y no un farsante que quiere esconder quién es y lo que hace.

Podemos considerar buena aquella mentira que surge de la parte madura de quien la dice y genera más beneficios al que la recibe que a quien la dice.

Si mientes de manera oportuna y adecuadamente, estarás buscando cuidar al otro, o a la relación, de lo contrario estarías hablando de una mentira “en defensa propia”, comprensible si sabes que lo que hiciste generará daños mayores a tu persona.

Para elegir entre una mentira que evita un sufrimiento innecesario y una verdad que lo genera, deberás detenerte a reflexionar en consciencia para después decidir.

En cualquier circunstancia, las personas maduras mienten poco, lo hacen bien y les da buenos resultados. Por su parte las personas inmaduras mienten mucho, lastiman a los demás y tienen malos resultados.

Podemos seguir en este ir y venir de mentiras y verdades, el tema es inagotable, el camino sinuoso. Mentir o no mentir… usa tu conciencia, y es que solo tú tienes la respuesta correcta.

¿Cómo se percibe a los hombres? Supuestamente, ¿qué sí y qué no pueden hacer? No sólo las mujeres se enfrentan con prejuicios y dificultades por su género, y, aunque en definitiva la lucha de equidad e histórica es muy distinta para ellas que para ellos, los hombres también tienen que luchar contra la idea de una masculinidad impuesta por ciertas ideas.

Lo que se cree que es “ser hombre” o “ser mujer” son construcciones que se crean en la sociedad y en cada cultura. Por ejemplo, según estas ideas, para ser hombre es necesario no hacer, ni decir, ni sentir como una mujer (y viceversa), ideas que se basan en conductas estereotipadas, generalmente misóginas, prepotentes e incluso violentas.

Según esto, de los hombres se espera:

  • Destrezas en el deporte, los negocios, la política y demás espacios públicos de la vida social.
  • Obligación a buscar siempre estatus y poder.
  • Que sean “héroes”: mostrar que serían capaces de cualquier cosa para “salvar” a una mujer.
  • Derecho de ejercer el poder sobre las otras personas que tienen menos poder que ellos (mujeres, niñas, niños, personas adultas mayores).
  • Exigir que las otras personas satisfagan sus deseos y necesidades, así como a gozar de privilegios para decidir y hacer lo que deseen.
  • Incluso un permiso explícito o tácito de que utilicen la violencia como forma de control.
  • Que sean sexualmente activos y poderosos.
  • La obligación de ser proveedores, protectores, procreadores y a
  • Que se “desconecten” o, al menos, que no muestren sus sentimientos.

¿Y así tendría que ser a fuerza? ¿Habrá otras formas de vivir como varón que no exijan pobreza afectiva y aislamiento emocional?

Los 5 primeros pasos para abrir brecha

1.- Las palabras y más allá de ellas

Muchos hombres no han sido educados para estar en contacto con su sensibilidad, por ello, en la medida en que encuentren las formas de relacionarse afectivamente, tendrán mucho más para expresar a través de las palabras sin sentirse por eso menos hombres.

Aunque también hay que tomar en cuenta la expresión masculina a través de la acción y del silencio: si bien en ocasiones hay un silencio que deja a los hombres solos con sus sufrimientos, dudas y temores, existe otro que es inherente a su masculinidad que va acompañado de actos conmovedores y acciones solidarias, ese silencio cómodo que se instala cuando varios varones están en acción expresándose sin palabras.

2.- El derecho a ejercer la paternidad

La paternidad, a diferencia de la maternidad, se mantiene en un perfil bajo. Pocos hombres reflexionan y se cuestionan sobre ella: la sociedad ni lo aplaude, ni lo solicita; cuanto más, al ser padres se “certifica” su potencia sexual. Pero la paternidad como elección no es un deber sino un derecho, un derecho que atañe a padres y a hijos.

3.- La conquista de la soledad

Se dice que los varones no tienen mucha resistencia a la soledad, quizás porque la que comúnmente experimentan es la de haberlo perdido todo tras divorcios, despidos y derrotas económicas. En dichas condiciones tienden a escapar en busca de alguien, ¡de quien sea!, o a entrar en el estatus de “fracasados solitarios”. Pero la soledad entendida como elección propicia la confrontación personal para reconocer las propias sensaciones, necesidades y sentimientos, así como para desarrollar aspectos postergados.

A mí que no me digan que “la naturaleza dice” o que “la esencia clama”: muchas cosas de lo humano son producto de la evolución (como el apéndice y el himen que hoy de poco sirven

4.- ¿Escojo cuando coj…?

Hay varones que aún piensan que ser “hombre” es que “aquello” que está debajo de su cintura responda cada vez que se requiera. Esta creencia da origen al mito de que en el sexo los hombres “siempre quieren y siempre pueden”.

Sin embargo, en el área sexual, las ideas de “producir y rendir” también están presentes como exigencias masculinas que hacen que los hombres teman recónditamente el no querer o el no poder tener sexo, pero éste es más que genitalidad. Es soltarse para sentir intensamente. Los sentidos también participan en la sexualidad, de ahí la importancia de desarrollar su sensibilidad. Además, integrar el sentimiento es un buen afrodisiaco.

5.- El compromiso con uno mismo

La dificultad masculina con el compromiso radica en la deficiente conexión con sus propias necesidades; distanciados de sus deseos y de su sensibilidad más profunda, se ven obligados a asumir compromisos (particularmente con las mujeres) desvinculados de sus ejes afectivos.

“¡En el servicio se encuentra la alegría!”, me repitieron las monjas durante los doce años que transité con ellas, en escuela de puras niñas, mis estudios preuniversitarios. El acento de la aseveración combinaba un matiz de exhortación benevolente con una entonación de mandato culpabilizador. Y de ahí pa´l real (y sin encontrar muchas veces la alegría) puesta al servicio de los otros, con ganas y con culpa, con rechazo y con orgullo del “deber cumplido”. Aprendizaje intensivo –con todo y condicionamiento operante (“¡qué tristeza!” externaba mi madre cuando no prestaba algún juguete a mis hermanas” o “¡qué vergüenza!” refunfuñaba Sor Inés al ver que no convidaba de mi lunch… “qué egoísta”, “qué individualista”… qué, qué, qué…)- para priorizar los deseos e intereses ajenos, por encima de mis propias necesidades, gustos y anhelos.

 

 

No pienso que vivir para “yo, mí, me, conmigo” sea la quintaesencia de la felicidad, pero a dar y a darse se aprende con la vida, como proceso de maduración que transita de un egocentrismo infantil al genuino altruismo adulto, y no como prescripción celestial y social.

Siendo mi familia un grupo de cuatro hermanas, la hazaña de convertirnos en “mujercitas honorables y de bien”, sumaba a la labor de la escuela, y lo de vivir para los demás parecía lo más natural del mundo: mi tía cuidaba a mi abuelo, mis tíos simplemente la visitaban; mi madre atendía a mi padre (y se apresuraba nerviosa a llegar antes que él a la casa si es que estaba haciendo algo fuera del hogar), mi abuela había de reunir a la familia en todos los festejos y “fiestas de guardar”, así se sintiera cansada o tuviera que negarse a alguna invitación más atractiva para ella. Hasta que un buen día no sé cómo ni de qué manera mi cabeza fantaseó con la idea de que “si yo hubiera nacido hombre…., podría tantas cosas más”. No soy transgénero, no va por ahí, simplemente las limitaciones y demandas que me imponía el contexto ”por mi naturaleza femenina”  me pesaban de más.

Porque la vida de cada mujer –soltera, casada, profesionista, ama de casa, con o sin hijos, hermana, maestra, puta, sacrificada, y demás–  se sigue dando dentro de las reglas del juego de la hegemonía patriarcal. 

Y es que con todo y lo logrado por mis ancestras feministas, las mujeres seguimos viviendo opresión (más o menos velada) en campos diversos pero con características comunes. ¿Por qué? Porque la vida de cada mujer –soltera, casada, profesionista, ama de casa, con o sin hijos, hermana, maestra, puta, sacrificada, y demás–  se sigue dando dentro de las reglas del juego de la hegemonía patriarcal. Estamos rodeadas e inmersas en mitos, creencias e ideologías patriarcales (por no decir en francas relaciones de poder desequilibrado) que nos dejan sin entender cómo, ni cuándo, ni dónde, perdimos nuestra autonomía y entregamos nuestra libertad. Atrapadas en esquemas que nos aprisionan y a veces entre muros que nos limitan, y aun así, muchas veces  cautivadas  por el amor –o el poder, o la fuerza, o la amenaza– de un hombre que nos va “dar” eso que no nos corresponde por ser mujeres…

Pero entre peras y manzanas, avances lentos y algunos retrocesos,  las mujeres seguimos jugando un papel de madresposas, término acuñado por Marcela Lagarde –antropóloga, feminista utópica como ella se define, y luchadora incansable de los derechos de la mujer–. En su libro “El Cautiverio de las Mujeres” describe el término y habla de la opresión aún activa de las mujeres en nuestro mundo. Lagarde nos explica que el objetivo impuesto a la mujer, su supuesto destino y principal realización es el ser madre y esposa, pero no de forma separada, sino al mismo tiempo, por eso Lagarde construye el término madresposa.

Con o sin hijos, con o sin marido, la realización personal de la mujer se prescribe y espera ejerciendo esos roles. La maternidad se privilegia y exalta a cualquier costo: la salud, el desarrollo personal y profesional, la autonomía económica, e incluso una falta de vocación que impulsa en ocasiones a vivir una maternidad que le resulta empobrecedora, son cuestiones “menores” ante su “llamado” maternal y conyugal.

Pero lo curioso de esta maternidad, es que no sólo se impone a la mujer que tiene hijos, sino también a aquellas que no los tienen pero que en sus labores “de mujeres” se espera el cuidado a los demás. Su ser “de y para los otros” se expresa en su actividad de reproducción y en su servidumbre voluntaria; así, todo lo que implique domesticidad –como la preparación de los alimentos, cuidado de la casa, abastecimiento de la misma, atención a los enfermos, y por supuesto el cuidado emocional de los miembros de la familia, eso sin considerar la socialización de los hijos, mantener las redes familiares, y los apoyos comunitarios–  son enlistados como su responsabilidad. Fungen sin duda como madres en las relaciones conyugales también, inclusive dando asistencia maternal a su pareja: de ahí el sustantivo “madresposa”, que implica su doble rol.

El vivir para los demás, toda la vida, no puede menos que crear un hueco en el interior de las personas, en este caso las mujeres, que difícilmente se puede llenar complaciendo a otras personas a costa de los propios anhelos y valores. 

Lagarde señala que esta forma de vivir va acompañada siempre del deseo de ser amada, del deseo de ser sujeto y dejar de ser objeto. Este tipo de conducta lo despliegan solo seres infantilizados, con poca posibilidad de autonomía y de acción, en general personas oprimidas, dependientes vitales, siempre al servicio de los demás que son quienes tienen el dominio y dirigen la sociedad (los varones en general). Por eso, hoy más que nunca, –gracias a los avaneces en temas de equidad y libertad, a la celeridad de las comunicaciones, a la visibilización de la violencia y al develamiento y estudio del mecanismo patriarcal–  la mujer puede ver con mayor claridad la importancia de llegar a ser quien es, es decir, la importancia de encontrar el desarrollo personal dentro de ella misma, desplegando sus capacidades, virtudes, e intentando enfrentar sus defectos y temores. El vivir para los demás, toda la vida, no puede menos que crear un hueco en el interior de las personas, en este caso las mujeres, que difícilmente se puede llenar complaciendo a otras personas a costa de los propios anhelos y valores. Una persona que no se busca a sí misma, que no satisface sus necesidades y deseos más profundos, poco a poco va decayendo y despojándose de su auténtica humanidad. Así, la abnegación, la entrega, e incluso la tiranía maternal, son formas distintas de buscar un mismo fin: otorgarse a sí misma su lugar en el mundo, a través del reconocimiento ajeno de su valor como persona.

¿Cómo poder estar para el otro sin perderse a una misma? ¿Podrán estas nuevas generaciones compartir las funciones de cuidador/cuidadora y generar personalidades masculinas y femeninas más integradas? Yo, optimista crónica, confío que en eso estamos, a jalones y trompicones, pero con mayor conciencia y mayor responsabilidad. Y entonces sí, encontrar la valía del respeto y de la colaboración, de la flexibilidad de roles, de las negociaciones y de la verdadera satisfacción que otorga ese servir al otro desde la genuina entrega y no desde la imposición del sometimiento, el miedo, la carencia y la opresión.

Soy madre de cuatro varones adultos que cuestionan, experimentan, gozan y sufren diversas maneras de ser hombre, con pocos modelos de identificación. Con eso –que no es poca cosa–, sumado a mi vida de pareja(s) y mis largos años de estudio y trabajo profesional con infinidad de hombres “al borde de un ataque”, me atrevo a navegar por la incógnita de cómo y desde dónde están viviendo los varones esto de que las mujeres modernas se hayan movido de lugar.

Ya lo dice mejor Sergio Sinay, -escritor argentino, especialista en psicología masculina y en vínculos humanos- en su libro Esta noche no, querida: “Apagado el fuego de la revolución sexual y superado el clímax de la liberación femenina, muchos se preguntan en qué papel ha quedado el hombre, o más aún, dónde está ahora la masculinidad”. ¿Será que en la respuesta de este planteamiento radica el futuro de las relaciones de pareja?

Sin duda, a muchos varones jóvenes, la manera de ser hombre de sus hombres cercanos –padres, tíos, primos, jefes, o vecinos– hoy no les hace mayor sentido ni replicarla les otorga buenos resultados. Y con certeza, para muchos varones mayores, sus modelos masculinos se vuelven obsoletos y sus privilegios de género se derrumban, y mientras sus mujeres toman nuevas posiciones, ellos se viven en completa desorientación.

¿De qué se trata ser hombre en pleno siglo XXI? Parece que con todo y los avances en estudios sociológicos y psicológicos seguimos arrastrando confusiones ancestrales y demandas obsoletas que nada tienen que ver con lo que los hombres de hoy requieren, anhelan y valoran. Aquello de la modernización acarrea un tejido de culpas, deberes, traiciones, y frustraciones que difícilmente los varones alcanzan a percibir, digerir y a descartar. Y ahí van por la vida sintiéndonos entre raros, malos, medio enfermos y defectuosos porque en ocasiones eso de “la naturaleza masculina” no les acaba de cuajar.

No hay duda que hombres y mujeres no somos iguales, tenemos diferencias biológicas notables, y sin duda los recientes estudios de las neurociencias señalan diferencias precisas que nos distinguen. Todas estas desemejanzas se pueden usar no sólo como atractivo erótico, sino como complementos que generan una suma de potencialidades cuando ambos sexos las conjuntan. Pero en el contexto social en el que vivimos, se genera una sistema de jerarquías que hace distinciones entre lo femenino y lo masculino que nada tiene que ver con nuestras diferencias biológicas; este dominio masculino ha dado origen a un sistema de jerarquías que se extiende hacia los ámbitos culturales, políticos y sociales, y que se conoce como Patriarcado.

El Patriarcado es un sistema sociocultural en el cual se considera que los hombres deben tener el poder y mandar sobre las mujeres, tanto en la familia, en el trabajo, como en la sociedad. Este complejo sistema de jerarquías ha generado efectos directos en la forma en que hombres y mujeres entienden su identidad y sus formas de relacionarse, no solo a nivel de pareja, sino con sus familias, en sus trabajos, con sus amistades, y en general con ellos mismos y la sociedad.

En una sociedad patriarcal como la nuestra, las características asignadas a los diferentes sexos, así como las conductas que se esperan de ellos, posicionan a los hombres y a las mujeres en categorías opuestas claramente diferentes y difícilmente conciliables: para “ser hombre” es necesario no hacer, ni decir, ni sentir como una mujer, y para “ser mujer” no se ha de desear, pensar, menos aún comportarse como un hombre. Estas distinciones de género son rígidas y generalmente no corresponden a lo complejo de nuestra naturaleza humana y a la flexibilidad de funciones, roles y experiencias que podemos vivir, sea cual sea el sexo con el que hayamos nacido. Las construcciones sobre lo masculino y lo femenino surgen, cambian –o no–  en las sociedades y las culturas. Son definiciones dinámicas y nada tienen que ver con la “esencia, instinto o naturaleza” femenina y masculina.

Así, la masculinidad significa cosas distintas en diferentes personas, a diferentes edades, en distintas épocas y sociedades; adquiere características particulares dependiendo de la clase social, del capital social y cultural, de la identidad étnica o religiosa, de la edad, la preferencia y/o identidad sexual y el momento de la vida que se está transitando. Existen, entonces, tantas masculinidades como varones, favoreciendo que no todos los hombres sean iguales. Sin embargo, en el contexto patriarcal que vivimos, la masculinidad se ha constreñido a unas cuantas conductas estereotipadas generalmente misóginas, prepotentes e incluso violentas. Una masculinidad impuesta desde esta ideología no sólo pasa factura a mujeres, niños, niñas y jóvenes, sino también a los hombres, dificultándoles o coartándoles oportunidades de vidas más dignas y plenas.

No es fácil para los hombres percibir con claridad estas imposiciones culturales dado que su aún posición de poder en la mayoría de las esferas económicas, políticas, sociales y familiares, pone de manifiesto las ventajas de ser hombre y esconde los dolores de una malentendida masculinidad. Los hombres hoy están atrapados en exigencias y mandatos que los inmovilizan, que los bloquean emocionalmente y que paralizan sus impulsos más genuinos al tiempo que impiden el despliegue de sus auténticos recursos.

¿Habrá otras formas posibles de vivir como varón que no exijan pobreza afectiva y aislamiento emocional? ¿Se podrá ser un hombre “completo” sin tener que abandonar ilusiones por dedicarse a producir y a proveer a destajo? ¿Será posible estar en contacto íntimo con otros hombres y desencontrarse menos con las mujeres?. La historiadora y filósofa francesa Elisabeth Badinter, autora de La identidad masculina y participante de los movimientos feministas de mediados del siglo pasado, reconoce que “la adquisición de la identidad masculina es ardua y dolorosa, mucho más que para la niña adquirir la propia”. No basta nacer hombre, ¡hay que hacerse hombrecito!

Las últimas décadas de transformación femenina son loables para la transformación de la plataforma en que se sustentan las relaciones humanas de hoy; pero no es suficiente si no se acompaña de un cambio de lo masculino. Mientras las mujeres hemos adquirido nuevas posiciones en la vida pública, los hombres se han ido desorientando más y más. ¿Cómo tomar conciencia e iniciar este trayecto?

Adquirir la identidad masculina es tarea ardua pero que no se logra asumiendo lo “femenino”: la “cara oculta” de la masculinidad no es la de una mujer. Entonces el camino hacia una masculinidad integrada consiste en:

1.- La posibilidad de los varones de expresar esos atributos que les han sido negados por haber sido considerados características “femeninas”.

2.- El reconocer y respetar los modos individuales y auténticos, no regidos por mandatos y creencias, de expresar dichos atributos masculinos.

Y a partir de esta autenticidad, cada sexo se encargará de construirse primero a sí mismo, y –si se quiere– de encontrarse de manera integrada, después.

Comparto con James Hillman, que el intento de recuperar esta masculinidad “es el primer proceso social posmoderno”. Por eso, a mí que no me digan que “la naturaleza dice” o que “la esencia clama”: muchas cosas de lo humano son producto de la evolución. Lo que sirve, se usa, lo que no sirve y no molesta ahí está, y lo que no sirve y estorba, con permiso. Es tiempo de ser el hombre que quieres y necesitas ser.

Vengo de una familia formada por cuatro hermanas donde la hazaña de convertirnos en “mujeres de bien” implicaba vivir para, por, según, de, desde y tras los demás. Crecí observando de la manera más natural a mi tía cuidando a mi abuelo, mientras mis tíos procuraban visitarlo cada semana, a mi madre atendiendo a mi padre, mientras él se desplomaba en el sillón de su habitación y a mis primas renunciando a sus vacaciones para no dejar sola a su mamá.

Para mí, la infancia fue un aprendizaje intensivo para priorizar los deseos e intereses ajenos, por encima de mis propias necesidades, intereses, gustos y anhelos. Hasta que un buen día, sintiendo que mi mundo de posibilidades era demasiado angosto para mis anchos sueños, mi cabeza fantaseó con una idea: “si yo hubiera nacido hombre, podría tantas cosas más…”.

Si bien de esto ya han pasado unos años, no hay duda de que la vida de cada mujer, ya sea soltera, casada, profesionista, con o sin hijos, joven o entradita en años como yo, se sigue dando dentro de las reglas del juego de la hegemonía patriarcal: rodeadas e inmersas en mitos, creencias e ideologías patriarcales que la mayoría de nosotras no logramos entender.

“Si yo hubiera nacido hombre, podría tantas cosas más…”.

Hoy nos seguimos preguntando cómo, cuándo, dónde, o por qué, perdimos nuestra autonomía y entregamos nuestra libertad. ¿Cuál será el perfil de una mujer que maneja con suficiente maestría el arte de decir no? ¿Cuál será su historia, entrenamiento, genética, contexto, familia y “huevos cocinados”?

Y es que para construirnos como mujeres autónomas, muchas veces hemos de tolerar una ansiedad y culpa que ameritan poner límites, escucharnos a nosotras mismas, y decir sencillamente ¡no!; y legitimar nuestro derecho de negarnos a dar, ceder y conceder, lo que no podemos o no queremos dar. Una mujer que no se busca a sí misma, que no satisface sus necesidades y deseos más profundos, poco a poco se despoja de su auténtica humanidad. Una mujer que no se cuida a sí misma, da su poder a los demás.

Por lo pronto, confío en que “en eso estamos”, a jalones y trompicones pero con mayor conciencia y mayor responsabilidad. Para entonces sí, encontraremos la valía genuina de la entrega y el auténtico sentido del servicio, echando fuera la imposición del sometimiento, del miedo y de la opresión.

Se suele hablar de la “naturaleza femenina” y la “naturaleza masculina”. Y a santo de esa naturaleza, tanto hombres como mujeres sentimos la presión de ser, hacer, desear y sentir una cantidad de cosas que con frecuencia ni nos “nacen” tan naturalmente, ni nos hacen sentido alguno. Poner esto en cuestión, generalmente acarrea una advertencia o llamado de atención –más en un tono moral, que científico– que nos deja con un tejido de culpas, deberes, traiciones y frustraciones que nuestro fuero interno difícilmente alcanza a percibir, digerir y descartar. Y ahí vamos por la vida sintiéndonos entre raros, malos, enfermos y defectuosos porque en nuestro caso concreto eso de “la naturaleza femenina o masculina” no acaba de cuajar.

No hay duda que hombres y mujeres no somos iguales, tenemos diferencias biológicas notables, y sin duda los recientes estudios de las neurociencias señalan diferencias precisas que nos distinguen de manera particular. Todas estas desemejanzas generan una suma de potencialidades que se complementan cuando ambos sexos las conjuntan. Pero en el contexto social en el que vivimos, donde -por siglos- los hombres han dominado el espacio público y ejercido autoridad en el ámbito privado, se genera una sistema de jerarquías que hace distinciones entre lo femenino y lo masculino que nada tiene que ver con nuestras diferencias biológicas. Este dominio masculino ha dado origen a un sistema de jerarquías que se extiende hacia los ámbitos culturales, políticos y sociales; este se conoce como Patriarcado.

El Patriarcado es un sistema sociocultural en el cual se considera que los hombres deben tener el poder sobre las mujeres en el ámbito familiar, el trabajo y la sociedad. Si bien el patriarcado surgió mucho antes que apareciera el capitalismo, es precisamente con la aparición del último donde se refuerza y profundiza la división sexual del trabajo, atribuyendo a las mujeres el trabajo para el mantenimiento de la vida que va desde la reproducción, hasta el cuidado de los demás -incluyendo lo doméstico-, y a los hombres el trabajo para la producción de los medios de vida. Este complejo sistema de jerarquías ha generado efectos directos en la forma en que hombres y mujeres entienden su identidad y sus formas de relacionarse, no sólo a nivel de pareja, sino con sus familias, en sus trabajos, con sus amistades, y en general con ellos mismos y la sociedad.

SEXO Y GÉNERO

Actualmente existe una confusión respecto del género y el sexo femenino y masculino. Para entender cómo se gesta esta confusión tendremos que hacer algunas distinciones importantes entre lo que es el sexo y lo que es el género.

La palabra “sexo” se refiere a las características biológicas con las que nacemos: las personas nacemos hombres o mujeres, aunque hay algunas personas que han nacido con órganos sexuales de ambos sexos (los conocemos como hermafroditas).

Por su parte, el término “género” tiene que ver con lo que significa ser hombre o ser mujer dentro de una cultura y momento histórico específico: incluye las ideas, creencias, atribuciones, que se asignan a cada sexo. El género se basa en las diferencias sexuales para construir los conceptos “femenino” y “masculino”, los cuales determinan los comportamientos y oportunidades atribuidos y permitidos a cada sexo. Las ideas construidas en torno a lo propio de lo masculino y lo femenino a través del tiempo, pueden ser cuestionadas, replanteadas y cambiadas; no se nace con ellas, se aprenden.

En una sociedad patriarcal como la nuestra, las características que se atribuyen a los diferentes sexos, así como las conductas que se esperan de ellos, posicionan a los hombres y a las mujeres en categorías opuestas claramente diferentes y difícilmente conciliables. Por eso, para “ser hombre” es necesario no hacer, ni decir, ni sentir como una mujer. Y para “ser mujer” no se ha de desear, pensar, y menos aún comportarse como un hombre. Estas distinciones de género son rígidas y generalmente no corresponden con lo complejo de nuestra naturaleza humana y la flexibilidad de funciones, roles y experiencias que podemos vivir sea cual sea el sexo con el que hayamos nacido.

ESTEREOTIPOS DE GÉNERO

Cuando hablamos de estereotipos de género, nos referimos a las características y conductas que se esperan de los hombres o de las mujeres desde la construcción de género. Son generalizaciones, ideas simplificadas, descripciones parciales y distorsionadas sobre las características de hombres y mujeres, que terminan por vivirse como verdades absolutas.

En el contexto social en el que vivimos se han creado los estereotipos sobre cómo deben comportarse los hombres y las mujeres, sobre qué es femenino y qué es masculino. No hay duda que una cultura patriarcal legitima –a través de estas expectativas de comportamiento– un poder inequitativo, fomentando la creencia de la posición superior del varón respecto a la mujer y, por ende, el dominio de los unos sobre las otras.

 

Así, de los hombres se espera:

– Destrezas en el deporte, los negocios, la política y en todos los espacios públicos de la vida social.
– Manejo de los recursos, exposición ante los peligros y toma de decisiones “importantes”.
– Derecho de ejercer el poder sobre las otras personas que tienen menos poder que ellos (mujeres, niñas, niños, personas adultas mayores).
– Exigir que las otras personas satisfagan sus deseos y necesidades, así como a gozar de privilegios para decidir y hacer lo que deseen.
– Incluso un permiso explícito o tácito de que utilicen la violencia –verbal, emocional, económica, patrimonial, incluso hasta la física- como forma de control.
– Que sean proveedores, protectores, procreadores y autosuficientes.
– Se privilegia el cultivo de la razón, la fuerza, la valentía y el trabajo.
– Se fomenta la disociación de sus sentimientos para mostrar dureza y control y esconder los sentimientos de miedo, tristeza o vulnerabilidad.

Por otro lado, de las mujeres se espera:

– Cumplir ciertos roles o papeles sociales dentro de los ámbitos de la familia como ser madres, cuidadoras, comprensivas y nutridoras.
– Demostrar sus emociones y sentimientos antes que su inteligencia: alentándolas en el cultivo del sentimiento, la abnegación, la debilidad y la ternura.
– Satisfacer los deseos y necesidades de otras personas antes que las propias.
– Ser dependientes y subordinadas ante las decisiones de los hombres.
– Lucir como objeto de atracción sexual.

Estos atributos femeninos y masculinos tienen como resultado una diferencia social que genera un desequilibrio en las posibilidades y opciones de decisión para cada persona, pues cualquier cosa que se aleje de los atributos asignados, les hace sentir que no son “suficientemente hombres” o “buenas mujeres”, lo que deriva en temores e inseguridades frecuentes.

La idea de que el género, los roles de género y los estereotipos son construidos socialmente brinda el alivio de que se puede construir una forma distinta de ser hombre o mujer. ¿Cómo construirlo, desde dónde y para qué? Las respuestas las podemos encontrar en los conceptos de equidad e igualdad.

La igualdad se refiere a que todas las personas, sin distinción alguna, tenemos los mismos derechos y deberes frente al Estado y la sociedad en su conjunto. Y la equidad se refiere a la capacidad de ser equitativos y justos en relación al trato hacia las personas, teniendo en cuenta sus diferentes necesidades.

Los estereotipos hegemónicos de la cultura patriarcal constriñen tanto a mujeres como hombres, ya que estipulan cómo ser un hombre o cómo ser una mujer, y todo lo que no se adapte al estereotipo será señalado y discriminado. Si nos ubicamos dentro del marco de la igualdad y la equidad, las formas de ser hombre o mujer pueden propiciar una mayor comprensión personal y mutua, generando relaciones armónicas entre ambos.

Podemos hablar de ruptura matrimonial, pero de no de ruptura familiar. Tras un rompimiento amoroso, si hay hijos, la relación familiar sólo se transforma, ya que el vínculo familiar nunca termina.

Manejar bien esta transformación es una faena difícil pero alcanzable que nos permitirá seguir compartiendo y creciendo, ya no como pareja pero sí como padres.

 

La decisión de la separación es tomada por los padres, y aunque definitivamente tendrá efectos en sus hijos, esto no quiere decir que tengan derecho a esperar de ellos una actitud adulta o acciones que correspondan a las expectativas y deseos de sus padres

 

 

 

Parte central del éxito de un divorcio es lograr la seguridad y estabilidad de los hijos. Incluso podríamos afirmar que una pareja que atraviesa un rompimiento y logra convertirse en un equipo de padres que colaboran eficientemente, tiene altas posibilidades de rehacer su vida exitosamente. Esto porque asumen con responsabilidad la transformación de la relación familiar, independientemente de la relación amorosa que sostuvieron los padres.

Algunas de las cosas que dañan más a los hijos de padres divorciados y que, por ello, hay que tomar en cuenta y evitarlas, son las siguientes:

  • Quedar triangulados en medio de los problemas de los padres.
  • Estar involucrados en los pleitos legales.
  • Ser usados como mensajeros.
  • Darles falsas esperanzas de reconciliación matrimonial
  • Ser usados como elementos de venganza o de chantaje.
  • Ser forzados a tomar partido.
  • Que se les obstaculice o impida la relación con uno de los padres.
  • Que no se les escuche.
  • Que se les haga sentir culpables.
  • Que se los convierta en “los papas” de sus propios padres.

Tras el rompimiento de sus padres, los hijos atraviesan su propio e inevitable proceso de duelo, y el manejo adecuado del divorcio hará que dicho recorrido se limite a lo necesario y no a conductas que les compete a los adultos manejar.

La decisión de la separación es tomada por los padres, y aunque definitivamente tendrá efectos en sus hijos, esto no quiere decir que tengan derecho a esperar de ellos una actitud adulta o acciones que correspondan a las expectativas y deseos de sus padres.

Hoy tu reto como padre es lograr con tu ex la co-paternidad responsable, pues ésta asegurará que tus hijos puedan lidiar con las emociones resultantes del divorcio. Una cooperación positiva de los padres conservará el contacto emocional con sus hijos y el orden familiar, garantizando el sentido de pertenencia y seguridad que requieren para desarrollarse de manera saludable.

La paternidad es un camino de ida, es para siempre… Con cada hijo puedes construir una relación única, la cual crece y se recrea con cada etapa que atraviesen a lo largo de su vida.

Finalmente, la separación no coarta tu misión de preservar el vínculo amoroso con tu hijo: es tu derecho y es tu responsabilidad.