La pérdida de algo valioso siempre presenta un reto. Dejar ir algo que consideramos importante para nuestra vida nos requiere hacer uso de nuestros recursos para salir adelante. Esto es, una parte de la persona que recibe un choque, sufre y se mira abatida, dañada, fragmentada, mientras que otra parte, aquella que es pieza de su “deseo de vivir”, reúne la energía restante en el individuo y lo lleva a encontrar sentido donde el dolor podría mostrar que ya no lo hay.

Una pérdida nunca es igual a otra. Existen pérdidas que podríamos considerar más duras que otras, sin que ninguna de ellas sea más o menos importante. Hay pérdidas que no dejan “lugar a dudas”, es decir, existen ciertas circunstancias en ellas que nos dejan ver que “no hay marcha atrás”. Volviendo al ejemplo de líneas arriba, mirar morir a un familiar que ha pasado por una larga agonía representa el punto final, la pérdida en sí. La muerte, en este caso, es la conclusión, tanto como puede ser un divorcio, un despido, una mudanza, una migración, una renuncia, etc. La conclusión en un proceso de pérdida permite enfrentársele de mejor manera, puesto que se ha alcanzado el “suceso detonante”, el momento que, quizá, tanto temíamos pero que indica, también, un nuevo comienzo, el banderazo de salida para comenzar con la propia recuperación.

Sin embargo, existen también otro tipo de pérdidas. El término “pérdida ambigua”, el cual habremos de acreditar a la psicoanalista y terapeuta familiar Pauline Boss, define estas otras pérdidas, a saber, aquellas donde no existe, como en las descritas líneas arriba, un punto concluyente, aquellas donde se encuentra una enorme carga de ambigüedad, de incertidumbre y el sentimiento sólido de no conclusión. Como integrar lo siguiente: pienso que una mudanza, un divorcio, sí son pérdidas ambigúas

Este tipo de pérdida se relaciona con todos aquellos sucesos donde, si bien sabemos que algo cambió y que nuestra vida no volverá a ser la misma, existe un fantasma que nos permite pensar que “las cosas quizás se puedan resolver”. Este tipo de pérdida se encuentra en casos como la desaparición o el secuestro de un familiar, la separación de una pareja sin un final explícito, o bien, enfermedades de orden mental o incapacitantes que, aunque no acaban con la vida de quien las padece, los hace estar ausentes de la vida de quien los rodea. Pensemos en un paciente en coma, de quien los médicos no pueden asegurar con total certeza la muerte o la recuperación. Quienes se encuentren a su alrededor –amigos, familiares, pareja- sentirán ciertamente su pérdida, pero esta no es concluyente: la muerte no le ha alcanzado, pero su existencia se encuentra en una especie de limbo que no permite, entre otras cosas, seguir adelante a sus cercanos.

En todos los casos de pérdida ambigua, salvando las diferencias específicas, existe algo en común: la confusión, la indeterminación, en fin, la ambigüedad, y con ella el estrés que la misma genera. Al no existir algo que nos de certeza del preciso final, algo palpable, la vida se vuelve física y emocionalmente agotadora y profundamente inestable: lo rutinario, la cotidianeidad, se vuelven tensos, siempre a la espera de “una señal”: una llamada, una visita, el timbre sonando anunciando alguna noticia, una mueca, una mirada. Las personas que sufren la pérdida ambigua van por la vida esperando y, de cierto modo, fantaseando, jugando con las posibilidades o inventando realidades donde las cosas van bien.

Esta inestabilidad no podría menos que acarrear problemas psicológicos delicados. Las personas que se ven inmersas en una pérdida ambigua sufren de constante ansiedad, insomnio o sueño intranquilo, depresión, padecimientos psicosomáticos e incluso enfermedades físicas derivadas del alto agotamiento emocional. A esto se aúna la longevidad de los padecimientos: si bien en una pérdida “normal” existe un conjunto de síntomas que denotan un estrés post-traumático, en la pérdida ambigua estos síntomas permanecen indefinidamente ante la posibilidad de una solución real. Así, el ir y venir entre la desesperación y frustración y la esperanza y la fantasía crean en el individuo un sufrimiento de mayor complejidad.

Ante esa terrible exigencia emocional que significa la pérdida ambigua, quien la padece tiene un camino, si bien no es el mayor consuelo ni la panacea: aprender a vivir con la ambigüedad. Esto no significa demeritar el sufrimiento o solicitar el olvido y la indiferencia. Como un dolor crónico que viene y va, a veces ante ciertos climas o ciertas circunstancias, quienes se enfrentan a una pérdida ambigua encuentran en el tiempo y el esfuerzo un camino hacia la integración en su vida de la incertidumbre. Repetimos: no una resignación, no un olvido, sino una nueva forma de vida donde la inestabilidad, la ambigüedad y la esperanza se vuelven constitutivos del carácter y la cotidianeidad de la persona, dando lugar ya no a las fantasías, sino a una esperanza prudente que convive con las posibilidades y las probabilidades realistas.

Migración de identidad

Michael White, trabajador social, terapeuta familiar y creador junto con David Epston, habla de la migración de identidad como un proceso en el que la persona se mueve de una forma de ser inoperante, lastimosa o caduca, a una identidad actualizada y preferida. Esta migración se da por etapas, en tanto que consideramos que el cambio es más un proceso y no un evento. La resiliencia, con el rescate de las propias competencias, sueños, y valores, permite atravesar las etapas que describiremos a continuación con el fin de instalarnos en esa nueva identidad de manera más enriquecedora.

  •  Fase de separación o de rompimiento con la vida que han conocido hasta el momento.
  • Fase intermedia, en que lo familiar está ausente y nada significa lo mismo que significada antes.
  • Fase de reincorporación: se ha llegado a un nuevo lugar en la vida. Una vez más estás “en casa” contig mismos y con una manera de vivir. Recuperas la sensación de tener conocimientos y herramientas para vivir.

No podemos dejar de recordar que no todas las pérdidas de la vida son iguales, no todos los retos nos exigen el mismo esfuerzo y la misma transición, y la vida actual nos lleva a atravesar dificultades nuevas, las cuales rompen aquellas cosas que tomábamos como seguras o confiables en la vida.

A mí me gusta comer, variado y mucho, además seguidito, ya sea en mi casa, en la calle, incluso cuando voy a casa de mi tía Lencha. Lo disfruto, lo procuro y lo comparto. Y si estoy satisfecha y no voy a pedir nada más, me gusta que me cuenten de qué va un platillo, me narren cómo se prepara y me inviten a comerlo en la próxima ocasión. Si  bien algunas personas me ven curiosito (sobre todo por aquel horrendo prejuicio machista de que para ser mujer me cabe un poquito de más), generalmente envidian el disfrute que en ello pongo. Yo me desconcierto un poco con aquellos a los que les gusta siempre lo mismo, a la misma hora, con el mismo plato, en el mismo lugar y con la misma gente… pero mientras disfruten también (y no sea causado por una neurosis empedernida) bienvenidos los gustos y placeres de cada quien.

¿Pero qué tal a la hora del sexo, del amor y del erotismo? La cosa cambia: la cuestión de la variedad de encuentros, gustos, estímulos y deseos se vuelven “perversiones”, sino es que algunas transgresiones se catalogan como francas desviaciones y patologías. ¡Ah, cuánta moralidad en un espacio que puede ser tan tan gozoso, lúdico, diverso y vinculante! Yo no soy quién para entrar en detalles de preferencias y orientaciones, pero de que la sexualidad hegemónica se toma como referente absoluto, qué ni qué.  Y así, vivimos en un mundo heterocéntrico, falocéntrico, heteronormativo y binomial (palabrillas domingueras que hay que incorporar): y todo lo que no es claramente hombre o mujer estrictamente distinguido, se borra; si el poder y la autoridad no se centra en el “macho”, se desprecia; si lo que se practica no va acorde a la “naturaleza” reproductiva, se juzga. Y en tanto que la heterosexualidad se toma como “lo normal”, la gente –en la familia, en la escuela, en el trabajo y en los bailongos- va suponiendo (y suplicando) que quien se nos ponga enfrente, mientras no exprese explícitamente lo contrario, será heterosexual.

No olvido la metida de pata de mi papá la semana pasada en la fiesta de 40 de mi primo Carlos. Al ver a un bebé hermoso arrullado en brazos de su padre, le dice: “qué lindo chiquito, ¿pero dónde está su mamá?”. A lo que el orgulloso padre contesta: “señor, Juan es mi pareja, somos dos papás”. Y mi papá con cara de “what” se dio la media vuelta y no dijo más (afortunadamente a sus 84 ha adquirido cierta prudencia). Pero como él, ¡centenas! Y cuando te sales del “cuadrito” ¿cómo se te trata, cómo se te habla, cómo se te evalúa?

¿Desde dónde es que nadie piensa que la heterosexualidad sea “anómala”? ¿Por qué asumir que quien disfruta, elije y explora otros caminos tiene que tener alguna tuerca mal? Si las multitudes mexicanas disfrutan a discreción los tamales de chile, de mole, de dulce, de elote, de raja, con o sin ajonjolí, ¿no podemos soltar la necesidad de prohibir o juzgar la existencia de diferencias en la cama y en el corazón? Y es que aún hoy cargando esta “lápida” circulan miles de congéneres que no se ubican en la norma y sobrevienen a tanta carga poniendo resistencia o actuando con resignación.

A mí que no me digan que “la naturaleza dice” o que “la esencia clama”. Querer explicar el “para qué” de todo es una manía sencilla para desacreditar conductas válidas: no todo tiene un para qué. Muchas cosas de lo humano son producto de la evolución –como el apéndice y el himen que hoy de poco sirven-. Lo que sirve, se usa, lo que no sirve y no molesta ahí está, y lo que no sirve y estorba, con permiso… Y como la sexualidad y los amores son también producto de lo social, son tanto más flexibles que lo que los sistemas de “salud” prescriben (me atrevo a afirmar que si le buscamos “chichis a las hormigas” bien poquitos de nosotros seríamos sanos sanos). Y bien sabemos que lo que platicamos que hacemos en la cama es mucho menos de lo que realmente practicamos en ella

La sexualidad no es fija,  la construimos durante toda la vida y así podemos movernos –más menos-  en un continuo entre homos, heteros, bis y j, y z demás. Así que de  adaptarme y resignarme a las circunstancias que imponen un discurso heterosexual hegemónico, yo prefiero cambiarlas y transitar por mi versátil barrio integrando, disfrutando y atestiguando la diversidad.

 

 

 

 

 

 

“El único viaje es el viaje interior”

 Rainer Maria Rilke

 Escribo frente a una ventana estrechita que da a un hermoso jardín rectangular lleno de flores coloridas y diversas plantas aromáticas. Alquilé este acogedor espacio dentro de una casa estilo inglés en una ciudad estadounidense, y todos los días me siento un buen rato en mi escritorio blanco, al interior del cuartito blanco que me asignaron  – blancas las paredes, blancas la cabecera, blancos los muebles, blanco el edredón que cubre la cama y blanca la página que está frente a mi – con la cabeza en blanco también, a escribir sin prisa alguna.

Estoy en una pequeña capital norteamericana: tranquila, suficiente, rodeada de montañas con restos de nieve que dejó el invierno y llena de espacios verdes que enmarcan las calles en este verano caliente. Y no es que haya llegado aquí tras largas deliberaciones sobre donde pasar mi periodo vacacional, sino porque el destino me arrojó aquí inesperadamente y ahora me doy a la tarea de retarlo construyendo con su jugarreta un destino personal. La Fontaine dijo que “Una persona suele encontrar su destino en el camino que eligió para evitarlo”, yo agrego que siempre que creo haber aprendido lo forma más oportuna para vivir, mi vida cambia, y tengo que descartar planes, reaprender estrategias, considerar opciones desconocidas y reconstruirme.

Difícilmente hubiera elegido este lugar para vacacionar pero ya que he sido yo elegida por el lugar mismo, me dispongo a descubrir el trayecto que estoy invitada a recorrer. Abro la venta y respiro un aire tibio, lleno de olores de jardín, ajeno a mi y al mismo tiempo mío y solo mío. Me lleno de energía. Integro imágenes y sensanciones, luego las suelto. Pienso poco, siento mucho. Cierro los ojos y vuelvo a respirar, y a kilómetros de mi mundo empieza a darse ese asombroso fenómeno que permiten los espacios desconocidos, esa sensación que en el día a día es imposible experimentar: fuera de contexto me vivo diferente, soy yo y al tiempo soy muchas otras más, y ante mi se presenta una historia no escrita, algo por diseñar, por descubrir, por precisar.

Y aquí, en mi silla blanca, en mi blanca habitación, con la mente en blanco, no puedo mentirme mucho: amplío mis perspectivas, entiendo de lo que estoy escapando, y me dispongo a descubrir lo que quiero, lo que puedo, lo que sueño hoy. Confirmo en la distancia que puedo ser más extranjera de mi misma en mi propia tierra, y que las tierras lejanas pueden ayudarme a adueñarme de versiones de mi que en el diario vivir se esconden, se minimizan, y mueren a punta de ser ignoradas. Me reconozco, me cuestiono, me expando. ¿Será que los destinos de viaje importan menos como lugares en sí que como creadores de experiencias transformadoras?

No dejo de recordar – por ejemplo – viajes de compras al extranjero que hoy confundo unos de otros, que resuenan en mi con aturdimiento, y que nubladamente vienen a mi recuerdo sin mayor trascendencia vital. Y no es que la vida toda se trate de “sumergirnos en las profundidades”, pero hay viajes bien planeados que no .tienen ningún efecto reparador.

Sigo escribiendo, y mientras me pierdo en las letras me voy encontrando a mi misma. En tanto desconozco lo que cada día me depara, comprendo el sentido del camino que recorro. Al acercarme a gente desconocida, reconozco una humanidad compartida, compasiva, y doy cabida a aspectos de mi que vivo como vergonzosos, dolientes, y que he intentado –con poca fortuna- desterrar. Experimentando la sublime sensación de salirme de cualquier trama y liberándome de todo referente puntual que me encadene, me desempolvo, me libero.  Como Julien Green confirmo que “ni siquiera el mejor explorador del mundo hace viajes tan largos como aquel hombre que desciende a las profundidades de su corazón”.

Penetro en mi alma y voy rescatando saberes enterrados, los honro. Comienzo a descifrar mis contradicciones, asumo temblorosamente mis temores, integro con aplomo mis dolores, dejo ir mis empecinamientos, y descanso –por un rato- del tiempo cuando corre de prisa, de los otros que me atrapan en el día a día, y de esa parte de me aprisiona desde la prisa, la costumbre y la falta de flexibilidad.

La página en blanco sobre el escritorio blanco dentro de mi blanca habitación se va tiñendo de colores, se va llenando de vida. Y complacientemente experimento que de a poco empiezo a extrañar las miradas de los míos y los quehaceres de mis rutinas. Por eso de vez en vez he de dejarme ir a donde el destino me lleve y hacer de un aparente viaje sin propósito un recorrido que me devuelva a mi.

Te odio,

Amor mío…

“Te querré siempre, y de no lograrlo – o de conseguirlo a medias -, te amaré y te odiaré por toda la eternidad”. A veces lo que prevalece en las relaciones de pareja no es el buen amor, sino la unión perenne, la permanencia a fuerzas y el pegoteo fatigoso. ¿Que esto te lleva a sufrir? Sí. ¿Que una vida de pareja así se puede gozar? Muy a ratos. ¿Que el verdadero amor es siempre felicidad? No. Pero hay de casos a casos: pienso, sólo para poner un ejemplo, en la inagotable relación de Mariana y Pablo – ambos profesionistas, cuarentones, y extrovertidos – quienes llevan viviendo juntos más de 12 años, y pasan de las más largas discusiones nocturnas, (con reclamos, llantos, desvelos) a la más apasionada encamada con queso, champagne y amanecer de cuerpos trenzados sobre el sillón de suede que han puesto en el salón recibidor. Pero ahora no hablaremos de ellos.

No hay duda que al inicio de cualquier relación amorosa mostramos nuestro lado más amable, a veces por temor a desilusionar a nuestra pareja, pero comúnmente como “paquete incluido” del enamoramiento que exalta de forma natural nuestras mejores actitudes y nuestros más loables sentimientos. La idealización mutua permite que el otro tome -de eso que dejamos a la luz- lo que necesita su propio ego enamorado, logrando así un “sube y baja” de gozos, suspiros y encantos, que facilitan el inicio de una relación.

Pero el tiempo va haciendo su tarea y los deberes y la convivencia continua –cuando no un hijo, una suegra o el pago de la hipoteca- desvanecen el idilio del comienzo y van poniendo al enamoramiento su punto final: donde lo que era pura alegría y cuidado mutuo, empieza a filtrarse el desencanto, el resentimiento y la frustración.

Esto es propio de toda pareja que transita el encanto del engolosinamiento mutuo, pero en el trayecto amoroso algunos llegan a edificar una relación que vale la pena y otros descubren, con menor o mayor frustración, que la pareja no marcha y que se aproxima la fecha de caducidad de la relación. En esta encrucijada hay quienes dan gracias por lo vivido y no sin cierto dolor terminan lo iniciado; pero existen algunos que se empeñan en recuperar a toda costa la gratificación del “papaloteo” inicial y en sostener de cualquier modo la relación.

Se puede amar y odiar al mismo tiempo.

 El mundo afectivo se caracteriza por integrar una diversidad de emociones y sentimientos. Las emociones son un “radar” que capta los estímulos exteriores en el cuerpo, son reacciones básicas de supervivencia, mientras que los sentimientos pertenecen a la mente y dan cuenta del significado que damos a lo que acontece en nuestro entorno con base en un sistema de creencias familiar y cultural.

Nuestra estructura psíquica nos permite experimentar al mismo tiempo una gama contradictoria de afectos. Esta experiencia se torna compleja en tanto que la cultura ha categorizado las emociones como “buenas y malas” dependiendo del efecto placentero o desagradable que produce en nosotros y en los demás. Es por esto que como personas “civilizadas” nos hemos dado a la tarea de acallar aquellas experiencias afectivas que son “negativas”, capotearlas “como vayamos pudiendo” y mostrar sólo los sentimientos “lucidores y agradables”.

Cabe aclarar –por si queda alguna duda – que sentir lo que sea que sintamos no es ni bueno ni malo, de hecho son las acciones realizadas con dichos sentimientos las que sí conllevan un atributo moral. La vivencia de un espectro diverso y contradictorio de  afectos no es en sí un “problema” (si bien esta experiencia sostenida en el tiempo sí desgasta y confunde de manera particular), lo que sí complica su manejo es que su intensidad y frecuencia te lleven a reacciones y desmanes que tengan a la relación de pareja en una permanente “montaña rusa”. Una vida en común requiere de estabilidad, sensación de seguridad, frecuente disfrute y suficiente paz interior.

¿Qué caracteriza a las relaciones de amor y odio?

 Las relaciones de pareja son complicadas siempre, de eso no cabe duda. Las discusiones, los malos entendidos y las dificultades son parte de cualquier relación, incluso de las amistosas o familiares. Tal vez sin esta complejidad no las valoraríamos tanto: sacan una parte de nosotros que se esfuerza, que se compromete y que busca más. Pero, cuando el goce y solidez no se experimentan con suficiente frecuencia en un intercambio amoroso, podemos hablar ya de un problema y algunas parejas se niegan a cuestionar o a terminar la relación, generando roces permanentes y sentimientos ambivalentes que llevan al desgaste.

Son muchas las conductas y experiencias que caracterizan estos tortuosos intercambios “amorosos”:

  • Altas expectativas de que el otro satisfaga las propias carencias.
  • Intención frenética de que el otro me entienda y de que el otro cambie.
  • Incapacidad de tolerar la frustración que se genera ante la imposibilidad de lograrlo.
  • Intensidad emocional que lleva a experimentar todo lo que ocurre como algo “de vida o muerte” al tiempo que da una sensación de estar vivos y unidos.
  • Alto nivel pasional y con frecuencia una sexualidad compulsiva sin importar su calidad.
  • Dificultad para sostener por tiempo suficiente las negociaciones acordadas.
  • Discusiones cada vez más frecuentes e intensas, así como dificultad para detenerlas.
  • Deseo de fusión que se ve frustrado y ansiedad ante la distancia del amado.
  • Atrapamiento ante la imposibilidad de dejar al otro.
  • Miedo de perder a la pareja.

Estas particularidades –que si bien se dejan sentir de manera tenue en cualquier relación amorosa- dan una sensación de equilibrio precario en las relaciones de amor y odio: alternándose momentos de cierto alivio y entusiasmo (cuando la pareja muestra interés y cercanía) y de ansiedad y furia (cuando se ven frustrados los propios deseos y necesidades). Una lucha permanente entre amor/comunión y odio/frustración.

¿Qué personas son más proclives a construir este tipo de interacciones?

 Si bien todos  experimentar cierto grado de ambivalencia hacia una persona –hijos, padres, amigos, pareja-, algunas personas son más propensas a construir relaciones amorosas teñidas por esta permanente oscilación. Mencionemos diversos factores que predisponen a intercambios de amor-odio:

– Características temperamentales personales: sujetos que tienen personalidades intensas y tienden a experimentar vehementemente los sentimientos. Estas personas son particularmente sensibles a los estímulos del medio en general y a las señales que da su pareja en relación a ellas en particular. Hay quienes, además,  tienden -por su estructura de carácter- a fluctuar con mayor facilidad de estados de ánimo, lo cual acentúa la ambivalencia natural de toda relación. Con frecuencia estas personalidades son impulsivas y les cuesta trabajo reflexionar sobre el sentimiento que experimentan, actuando de manera casi automática como reacción a sus emociones básicas.

Es importante señalar que existen patologías bien descritas que generan específicas dificultades para cualquier interacción social y que –en caso de no ser tratadas adecuadamente-  dificultan o bien imposibilitan la construcción de relaciones estables. Podemos mencionar entre otras los trastornos limítrofes, el trastorno bipolar en todas sus variantes, el trastorno narcisista de la personalidad, entre otros, los cuales rebasan las complejidades de un temperamento intenso y hacen no sólo complicada sino sumamente lastimosa una relación.

– Dependencia emocional: en ocasiones la intensidad conductual, más que ser producto de un temperamento como el descrito, da cuenta de una cualidad personal de necesidad y apego. Personalidades con apegos infantiles ansiosos o inseguros, es decir, personas que en su infancia fueron criadas por cuidadores o padres que no pudieron hacerles sentir confianza, que los atendían pero al mismo tiempo expresaban ambivalencia en el afecto que sentían por ellas, personas que se sintieron siempre amenazadas de ser abandonadas, o bien fueron abandonadas de hecho. Tienden a tener dificultad para sentirse seguras y confiar en su pareja, demandando que las confirmen en exceso y apegándose enfermizamente para adquirir certeza en la relación.

El miedo perenne a la pérdida lleva a la desconfianza constante, al chantaje emocional, a la manipulación, las culpas y las acusaciones perennes, generándose como efecto la contradicción entre la necesidad de la presencia amorosa que genera una sensación de bienestar (“amor”) y la frustración de nunca lograrlo en su totalidad (“odio”).

 – Creencias idealizadas sobre el amor: mucho daño nos ha hecho pensar que el amor todo lo puede y todo lo soporta. Las ideas románticas sobre la experiencia amorosa como sentimiento sublime, siempre grato, lleno de entrega incondicional, hace poner en la persona amada excesivas expectativas de satisfacción personal. El amor humano es limitado, más en una época en que la vida individual y el desarrollo personal son la constante de una sociedad que promueve y requiere de personas autónomas (con carreras profesionales propias, posibilidades de movilidad dada las necesidades del mercado, capacidad de autonomía física y emocional). A esto suma el impacto de un mundo posmoderno en el que no existen verdades absolutas ni modelos únicos de vida, lo cual en el plano amoroso se refleja en la búsqueda de esquemas de pareja únicos – tejiendo a punta de “acierto y error” – que más favorezcan la funcionalidad de cada relación particular.

Quizás la idea de “para siempre” a costa de lo que sea es una de las más dañinas en la vida amorosa. Lograr una relación para toda la vida pueda traer bienestar y seguridad a algunas parejas, pero si el costo de lograrlo va en detrimento de la integridad personal y de la fluidez de la relación, habría que cuestionar tal intención.

Presos de una cultura que favorece la fantasía del amor total, sospechamos que las personas que se relacionan de manera equilibrada, pausada y respetuosa, no se quieren ni se importan de verdad; pareciera que la madurez emocional y la autonomía se consideran egoísmo, indiferencia o falta de sensibilidad por la pareja. Hoy, el amor no puede ser “el único proyecto de la vida” como antes lo era, sobre todo en el caso de las mujeres que no tenían otra forma de sobrevivir. Es por ello necesario construir proyectos personales satisfactorios a los cuales la vida de pareja se sume, pero sin esperar de ella todo el sentido de vida y la  única fuente de realización personal.

– Influencia familiar: la forma en que entablamos relaciones – ya sea por elección, reacción o imitación – tiene que ver con la forma en que fuimos criados en nuestra familia de origen. Lo que vivimos en casa en nuestros primeros años de vida deja una impronta que nos hace sentir “en casa” con cierto tipo de intercambios e interacciones. Tendemos a repetir patrones aprendidos en la infancia y a establecer relaciones similares a las que vivimos con nuestros cuidadores primarios.

Si tenemos conciencia de que nuestros padres normalizaban las relaciones de amor-odio, es probable que consideremos que tal forma de vincularnos es normal y minimicemos el desgaste que produce; incluso podemos creer que no tener ese tipo de convivencia es por falta de verdadero amor. Desafiar las historias y pautas de conducta de nuestros ancestros es condición indispensable para la autonomía personal, la madurez emocional y la mejor elección de pareja.

– Contexto de cierto aislamiento o de recuperación: generalmente atribuimos a nuestra historia y a nuestro carácter las razones de nuestros apegos extremos y, sin duda, como lo hemos dicho, sí hay algo de eso. Sin embargo hay situaciones particulares y contextos en los que las relaciones amorosas son sustentos de “sobrevivencia” que permiten hacer transiciones importantes en la vida: experiencias de inmigración, de enfermedad, de duelos lastimosos. ¿Cómo criticar elecciones que permiten atravesar momentos de crisis como los mencionados? Quizás lo cuestionable es sostenerlas cuando la crisis ha pasado y la pareja está lista para decir adiós.

Los seres humanos hemos devenido en la especie que somos gracias a nuestra naturaleza gregaria y a nuestra capacidad solidaria. Sin duda la vida de pareja antaño tenía más que ver con la reproducción, producción y sobrevivencia que con el amor. Hoy, dos personas inicialmente unidas por el atractivo mutuo, el gusto por estar con el otro y el amor, pueden poco a poco y sin dar cuenta, construir agendas diferentes, emergidas de necesidades y momentos particulares en la vida de cada uno. Pasado el tiempo, estas agendas requerirán de la pareja o una actualización de la relación (de ser posible) o un agradecer lo vivido y un buen adiós.

Amor o adicción

¿Por qué es tan difícil romper las relaciones de amor y odio? Quizás a estas alturas de la lectura te darás cuenta que la complejidad de estos vínculos no hace tan sencilla su disolución. Muchas personas – como Mariana y Pablo a quienes citamos iniciando este texto – vienen a mi consultorio por problemas resultantes de una relación amor/odio extrema; es común escucharlas decir “me estoy ahogando en esta convivencia pero sin ella no podría vivir”, “una parte de mí sabe que no puedo seguir así pero no sé como terminarlo”.

El apego excesivo – como le llama Walter Riso, psicólogo de origen italiano especialista en Terapia Cognitiva – impide la creación de amores constructivos. Siguiendo a Riso, pienso que este tipo de vínculos genera una especie de adicción afectiva que tiene efectos potentes en la “subida y bajada” de las emociones experimentadas por las personas. La presencia del otro, “sustancia adictiva”, da una temporal sensación de plenitud existencial o de sobrevivencia en situaciones de carencia y reto extremo.

Los factores mencionados con anterioridad de alguna manera se entretejen y, a mayor presencia de ellos, mayor dificultad para soltar una relación contradictoria y desdichada. De la ternura a la agresión puede haber una distancia pequeña cuando se vive en esta ambivalencia y si bien la pareja aporta algún sentido a la vida, las interacciones fluctuantes sostenidas llevan al cansancio, a la desesperación y en muchos casos a la violencia.

¿Sobrevivencia o violencia?

 En ocasiones este tipo de relaciones se tornan violentas ante la imposibilidad de sostenerlas constructivamente o de terminarlas de forma civilizada. Cuando la gracia de cierta intensidad emocional se transforma en desgracia relacional, pueden aparecer episodios abusivos: desde indiferencia, burlas e ironías, hasta maltrato emocional y físico. Sobra decir que sostener en el tiempo un amor de este tipo no sólo impide la comunicación y el disfrute mutuo, sino que termina minando la libertad e igualdad para dar entrada a la posesión, el control, la amenaza, los celos, la asfixia, el empobrecimiento para ambos, todos efectos del trato violento.

La situación se complica cuando el equilibrio del poder en la pareja se pierde o bien nunca ha existido: la persona que tiene más privilegios – ya sea económicos, educativos, sociales, de género – tendrá mayor posibilidad de someter a la otra, quien se sentirá en desventaja de resistir el embate e, incluso, de dejar la relación. Lo que un día fue amor puede transformarse en un apego traumático matizado de indefensión y temor a la represalia ante la huida. De hecho quien tiene más poder en la relación puede hacer creer al miembro con menos prerrogativas que sus deseos, intereses o necesidades, o no tienen importancia o no podrán ser satisfechas fuera de la relación. Eso cuando no está la franca amenaza a su integridad física o mental si decide abandonar el vínculo.

Huir o perseverar

 ¿Cómo saber si la relación es suficientemente mala para terminarla o bien hay algo que hacer aún por ella? Existen indicadores que dan cuenta de que una relación aporta más estrés que bienestar:

  1. Empiezas a dudar de las percepciones que tienes en relación a lo que pasa en tu vida de pareja.
  2. Tienes más momentos de estrés que de tranquilidad.
  3. La relación amorosa te cierra más opciones –sociales, de intereses, de diversión, de trabajo, de aprendizaje- de las que te abre.
  4. Comienzas a creer que eres tú el único culpable de lo que pasa.
  5. Los sentimientos de ternura hacia el otro se tornan cada vez más en deseos de revancha, incluso de venganza.
  6. Confundes los actos abusivos del otro –controlar, perseguir, aleccionar, cuestionar, celar- con actos de cuidado e interés hacia ti.
  7. Son cada vez menos los momentos de disfrute con tu pareja.
  8. Tus sueños e intereses se ven truncados, pospuestos o imposibilitados.
  9. Te sientes más débil, cansado y limitado que al inicio de tu relación.
  10. Las interacciones con tu pareja te hacen sentir infantil e inmaduro.

Si tienes 5 o más de los síntomas de los aquí mencionados será difícil lograr mejorar tu vida de pareja sin ayuda externa, más si tu pareja no está dispuesta a hacer la parte que le corresponde para transformar la interacción. Seguramente has hecho intentos diversos para salir de este círculo vicioso, no tiene caso que sigas haciendo más de lo mismo pues con ello, lejos de que ocurra algo diferente, incrementarás las recaídas. Las buenas relaciones son para disfrutarlas y las malas para terminarlas, así es que a buscar ayuda eficaz y darte un tiempo razonable para valorar el cambio, o “pajaritos a volar”.

           

 

 

En pleno siglo XXI parece difícil afirmar, sobre todo en ciertos contextos sociales, que el machismo sigue “haciendo de las suyas”. No podemos dejar de reconocer que a 50 años de la segunda ola del movimiento feminista  se han abierto un sin fin de puertas que facilitan el posicionamiento de las mujeres en las esferas sociales, económicas, políticas y culturales y con ello se avanza en la conquista de una sociedad más igualitaria. Sin embargo, más allá de las cifras aún perturbadoras de explícita violencia de género,  las diferencias de poder en las relaciones interpersonales, particularmente entre hombres y mujeres, dejan estragos lastimosos en las vidas de todos los seres humanos.

Contrario a lo que muchos pensamos, el machismo no es una característica individual de algunos hombres, sino una forma de relación  que pretende el dominio de algunos sobre los demás, -no sólo hacia las mujeres, sino también hacia otros hombres, niños o subordinados-. En una sociedad machista, todos somos en cierto grado machistas, no sólo los varones; por tanto todos ejercemos un cierto grado de machismo en las relaciones en que ostentamos más poder.

La sutileza del machismo actual usa estrategias menos burdas: como una penetrante mirada, ciertos gestos que no requieren articular palabras o la simple falta de atención. Quien recibe estas conductas se siente disminuido, retado o ignorado: sin “violencia” ni disputa se establece “por arte de magia” una relación desigual en la que alguien domina al otro.

Los valores y patrones de conducta que se originan de los prejuicios de superioridad/inferioridad afectan todas las relaciones interpersonales: el amor y el sexo, la amistad y el trabajo, el tiempo libre y la política. Además, el hecho de que la mitad de la población –la femenina generalmente- sea relegada a un papel secundario en el hogar, el trabajo y la toma de decisiones, tiene cada vez más relevancia en la productividad y competitividad, en la salud y la educación y en la  representación política.

Muchas mujeres que viven “en un segundo plano” piensan que esta experiencia de subordinación es efecto de un problema personal de sus parejas, colegas o jefes y lo justifican diciendo: “es un poco brusco”, “es muy exigente”, “está muy presionado o tiene carácter fuerte”, y agregan: “es que tuvo un papá distante”, “su mamá fue muy dura con él”, “ así son los hombres”. Considerar el machismo un rasgo personal de un varón cercano lo hace invisible en cuanto a su carácter social. Casualmente son muchos los hombres que presentan ese “carácter fuerte”, por ello no podemos simplificar así un problema social tan ancestral como complejo.

Muchos varones desconocen el problema y se preguntan por qué las mujeres no ven las cosas como ellos. En su confusión piensan: “nadie entiende a las mujeres”; incluso afirman con “ingenuidad”: “yo no soy machista, qué bueno que las mujeres trabajen y estudien; yo a mi esposa la dejo hacer lo que quiera… bueno, mientras no me falte al respeto o descuide la casa”. Sobra mencionar los chistes machistas en relación a las mujeres subordinadas: en la oficina, en la casa, en la escuela, esos que al final afriman “que calladita se ve más bonita”.

Hay un sin fin de conductas que podríamos seguir citando que reflejan dominación y control: el poder de callar al otro, la espera en la antesala, la infantilización de la mujer al sobreprotegerla y pedirle que se reporte constantemente, la devaluación de lo doméstico, entre otras. Muchos hombres afirman no ser machos pues participan mucho en el trabajo de la casa; falta decir que ese “mucho” se mide en un marco de comparación a lo que realizan otros hombres, -amigos o familiares-, pero no en relación a lo que llevan a cabo sus propias parejas.

Para lograr el cambio no basta con mejorar la condición de las mujeres, se necesita cambiar todas las reglas del juego; el acallado feminismo sirve pero no es suficiente, falta el acuerdo y la participación de los hombres. ¿Cómo invitarlos a involucrarse si en casi todos los países se han resistido a este cambio?. A nivel teórico el discurso masculino está a favor de la mujer y de la igualdad de los sexos, pero en la práctica aún hay mucho que los varones deben descubrir, explorar, comprender y aprender, y al final, varios privilegios de género que reconocer y a los cuales tendrían que renunciar. Y, claro está, también hay mucho que las mujeres deben aprender de estas nuevas dinámicas sociales, que proporcionan libertades pero también responsabilidades diferentes.

No podemos cambiar las relaciones sociales sin cambiar las relaciones íntimas y esto no se podrá acometer mientras no cuestionemos la base de nuestra identidad como hombres y mujeres. La equidad requiere redefenir tanto la feminidad como la masculinidad: dejar de considerar a los sexos como opuestos, promover la libertad de adoptar conductas y actitudes del otro género y promover la flexibilidad para alternar los roles cuando se desee o se necesite. Y con esto, poder intercambiar de forma más justa, más humana, respetando la igualdad entre los sexos en medio de su particular diversidad.

¿Te has sentido alguna vez excluido o discriminado? ¿Por qué será que hay quienes son abusivos y agresivos con algunas personas pero con otras no? ¿Todos podemos abusar de nuestra posición de poder o sólo lo hace la gente “mala”?

Todas éstas preguntas resultan ser un buen comienzo para abordar el tema del abuso, sobre todo en una época y sociedad en las que, al mismo tiempo que se lucha por la equidad, se tienen cifras alarmantes de discriminación, violencia y abuso de poder. ¿Te las habías hecho antes?

El abuso del poder no sólo se manifiesta con actos delictivos. Existen pequeñas acciones cotidianas que denotan abuso de poder: burlas, comentarios discriminatorios, exclusión, humillación, etc. Pero ¿qué es el poder?

El poder no es algo que se adquiere o posee, por eso no es posible guardarlo o dejarlo escapar. Por lo contrario, es una relación: una relación entre personas y entre instituciones, donde hay alguien que ejerce el poder y otro que se somete a él. Este sometimiento puede ser a partir de un acuerdo mutuo (como las relaciones Estado-ciudadano) o mediante la fuerza.

Y es evidente que este poder genera privilegios. Un privilegio es una especie de ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior. Esto es, cuando decimos que alguien posee privilegios, estamos asegurando que tal individuo tiene cierta ventaja sobre otros al habérsele “liberado” de realizar alguna obligación.

Los privilegios, en gran cantidad de ocasiones, son la antesala a la discriminación y el abuso de poder. Quizá el mejor método para enfrentarlo es la educación, tanto en casa como en las instituciones académicas. La familia y la escuela son los dos grandes responsables de formar ciudadanos que comprendan que ante todo somos seres humanos, seres vivos, que merecen una vida digna y con igualdad de derechos, libre de violencia y abuso.

Es importante identificar, nombrar, hacer visibles y denunciar los abusos. Hacer esto significa posicionarlos como un problema grave que afecta a quien los recibe (víctima), a quien los ejecuta (agresor) y a quien los presencia (testigo):

  • ¿Alguna vez alguien con más fuerza o poder te ha atacado u ofendido?, ¿qué circunstancia le dio la idea de que podía hacerlo?
  • ¿Alguna vez te burlaste de alguien por su forma de vestir o por su posición económica?, ¿qué te llevo a comportarte así?
  • ¿Alguna vez observaste que alguien lastimara a otra persona sólo por diversión, sólo “porque podía”?, ¿interviniste?

Las cifras de violencia en México obligan a sumar esfuerzos y estrategias para erradicar este problema. Comenzar desde el hogar y la escuela es indispensable para lograr una disminución de las conductas violentas existentes en la sociedad, desde este país hasta todo el mundo.

Si somos capaces de llevar a las aulas nuevas perspectivas de inclusión, ayudando a que los y las jóvenes interioricen la importancia de formar sociedades justas, incluyentes, compasivas y no violentas, estaremos renovando el papel que la escuela tiene en la educación de los y las niñas, más allá de conceptos teóricos y  de exámenes. Si somos capaces de crear conciencia en los padres y las madres de familia sobre la necesidad de enfrentar la crisis de valores mundial, educando desde los primeros años a tratar a los demás como iguales, estaremos reforzando el compromiso que la familia tiene como primer educador.

Tener un niño con capacidades especiales, si bien llena de retos y de experiencias ricas en significado a la familia, también genera un fuerte impacto emocional en cada uno de sus miembros. Las reacciones emocionales de cada uno de los miembros de la familia requieren ser escuchadas y atendidas, de esto depende que la vida familiar en general y el avance y bienestar del pequeño en particular se desarrolle de manera armónica.

Por eso resulta esencial, además de entender la realidad de nuestro hijo, sus necesidades particulares y su oportuno manejo, detenernos y hacernos algunas preguntas que comprometen nuestro mundo afectivo, que tocan nuestros sentimientos y nuestras emociones: ¿Cómo ha cambiado nuestra vida con la presencia de este niño? ¿Qué sentimos? ¿Nos vivimos solos, cansados, incluso avergonzados?

Todo niño enseña a sus papás a ser padres y a medida que aprendemos de ellos, nos sentimos suficientes y seguros. Si bien esto es de por sí una faena que en cualquier circunstancia requiere de tiempo, acoplamiento y conocimiento, en el caso de los niños con capacidades especiales este entrenamiento y este aprendizaje se convierten en un desafío especial.

El impacto que ejerce un niño con capacidades diferentes en su medio ambiente es como el de una piedra que cae al agua de un estanque produciendo una serie de ondas en forma de círculos concéntricos que impactan y se difunden hacia afuera hasta que todo el estanque se ve agitado.

Del mismo modo, las implicaciones de crianza y manejo que un niño con capacidades especiales necesita para desarrollarse de manera integral, tienen efectos en las relaciones de todos los miembros de la familia, siendo el impacto más fuerte a mayor cercanía con el niño, y difuminándose con los miembros que tienen menos responsabilidad y trato con el niño.

Por otro lado, si bien los padres cada vez participan más en la crianza de los hijos, más aún cuando el reto es especial, es común que sobrecargados por las exigentes demanda de proveer, y en este caso, demandas más pesadas por las consultas a especialistas, terapias indicadas y tratamientos requeridos, se viven como figuras periféricas, obligadas a cubrir todas las necesidades materiales que se presentan y destinadas a mostrarse como espectadores de la compleja relación madre e hijo. Así, no es de extrañar ver a padres que se sienten ignorados dentro del núcleo familiar, de manera particular por su pareja que está sobrecargada con el cuidado diario del hijo. Otros padres, desde esta postura de observadores, y sintiéndose excluidos pueden convertirse en jueces y cuestionadores del manejo y decisiones de la madre, así como del  estado de ánimo que ella muestra que como decíamos muchas veces se ve alterado. Otros más, en su imposibilidad de estar más cerca del hijo, intervienen a veces alterando protocolos y rutinas que la madre ha logrado instaurar con dificultad creando, además de malestar en la madre y  desconcierto en el hijo, una buena dosis de frustración personal al no poder participar de manera más activa.

Todas estas interacciones van creando una dinámica que sin duda impacta la relación de pareja en mayor o menor grado: los tiempos para dialogar, los momentos de diversión, los espacios para la cercanía física y afectiva pueden verse seriamente comprometidos. Los resultados de frustración, la falta de apoyo llegan a generar desacuerdos y distanciamiento en la pareja.

No podemos dejas de mencionar brevemente a los hermanos del chico con capacidades diferentes. Ellos también pueden manifestar de muchas formas viven el impacto, de muchas formas la incorporación de su realidad: algunos llaman la atención desarrollando conductas inadecuados  que pueden ir desde llamar la atención para ser visto de alguna forma disruptiva, desarrollar conductas regresivas (volver a mojar la cama, hacer berrinches), enfermedades psicosomáticas por un lado, hasta un intento de “invisibilidad” y extremo buen comportamiento, por el otro, negando las propias necesidades, con el fin de no dar más problemas en casa.

Pero todo esto, que si bien puede parecer “el fin del mundo”, es el principio de una adaptación adecuada y a una vida llena de significados derivados de la convivencia con un hijo

Algunos tips que pueden ayudarte

A continuación puedes encontrar algunas ideas que pueden serte de utilidad para tener una mejor convivencia con tu hijo e hija en estas circunstancias. Seguro algunas ideas y alternativas de manejo dan resultados para romper ciertos círculos viciosos:

  • Reconoce lo que sientes y ponle nombre: miedo, tristeza, enojo, cansancio… No es lo mismo identificar lo que te pasa, a vivirte en una “nebulosa” de malestar emocional.
  • Date la oportunidad de sentirlo. Reconoce y valida que estas sensaciones y reacciones que experimentas ocurren y que son adecuadas dada la situación que estás viviendo. No eres mala madre, ni mal padre, te estás adaptando a una realidad.
  • Documéntate en relación a la realidad de tu hijo: el conocimiento da herramientas mientras que la negación y la ceguera agrandan las dificultades y cierra puertas.
  • Confía en que la situación será más manejable con el tiempo pues tu aceptación, tu capacitación y tu experiencia te habilitarán para dar respuestas adecuadas a lo que estás viviendo. Las crisis no son eternas, aunque la realidad no cambie sustancialmente, tu si te manejarás mejor.
  • No te aísles, crea redes con la gente que te rodea: amigos, familiares, asistentes, que pueda acompañarte, escucharte, ¡hasta echarte la mano si es necesario! Buscar también grupos de apoyo especializados en la situación que estás viviendo. Compartir con personas que han atravesado experiencias similares agiliza el proceso que estás viviendo.
  • Si te sientes rebasado pide ayuda profesional. Conversar con un especialista que te ayude a reconocer lo que te ocurre y a encontrar salidas siempre es un recurso que puedes utilizar.

Quizás uno de los temas más controvertidos en el territorio amoroso es el tema de la infidelidad. Cargada de un sabor a traición, humillación y abandono, las personas vivimos temiendo que nuestro amor, muestro amado, nuestro amante se líe sexualmente con alguien.

La fidelidad, en términos generales, se trata del cumplimiento de un acuerdo, la lealtad a una promesa realizada; de la fidelidad se derivan responsabilidades que no deberían ser incumplidas por ninguna de las partes; la exclusividad nos recuerda, quizá, a un contrato, a una especie de deber u obligación enmarcada en cuestiones legales.

Si, estando en una relación de pareja, tuviéramos garantías de no ser descubiertos, si no tuviéramos que dar nunca una explicación ¿desearíamos una vida sexual más variada? La respuesta sincera suele ser que sí.

 

Ahondemos un poco más en el tema, a través del siguiente video:

La fidelidad y la exclusividad, entonces, son un acuerdo pero no son lo mismo. Podemos concebir una relación fiel en la que se den relaciones extraconyugales y una relación infiel en la que estas no existan. Una vida de  pareja ha de ser capaz de expresar lo propio de las relaciones amorosas: mutualidad, fortaleza, unicidad e igualdad, pero lo que podemos o no hacer en relación a lo erótico y lo sexual, se define dependiendo del contrato amoroso que establezcamos.

Estos nuevos modelos amorosos no son fáciles de pactar ni de vivir, además, a más inmadurez personal y menos autonomía, más intensa es la sensación de miedo y humillación. Sin embargo, tampoco son fáciles las renuncias y represiones que a veces conlleva la vida monógama, y no solo eso, la pérdida del deseo que lo extremadamente doméstico y cerrado detona en la vida de la pareja.

Habría que preguntarnos, y responder con sinceridad ¿a qué somos fieles cuando somos fieles?:

¿Al pasado?, es decir, a la historia que hemos construido juntos a través de una sucesión de hechos y experiencias compartidas. A ese vínculo que queremos conservar, disfrutar, aumentar… Ningún valor puede construirse sin memoria -las relaciones amorosas la tienen-, ella es la que nos hace conectar el pasado con el presente y mantener un vínculo de compromiso.

¿Al presente?, a los deseos, intereses y valores que nos constituyen; a todo lo bueno, bello y verdadero de nuestra relación. A lo que hace que esté viva y continúe: la ternura, el deseo, el apego, lo cotidiano, un cierto enamoramiento, el compromiso…

¿O será que somos fieles al devenir de la relación en el futuro?, aun cuando ésta cambiará o terminará, reconociendo que siempre estaremos en la vida del otro y que el otro siempre será parte de nuestra vida, amando siempre el amor que nos tuvimos.

“¡En el servicio se encuentra la alegría!”, me repitieron las monjas durante los doce años que transité con ellas, en escuela de puras niñas, mis estudios preuniversitarios. El acento de la aseveración combinaba un matiz de exhortación benevolente con una entonación de mandato culpabilizador. Y de ahí pa´l real (y sin encontrar muchas veces la alegría) puesta al servicio de los otros, con ganas y con culpa, con rechazo y con orgullo del “deber cumplido”. Aprendizaje intensivo –con todo y condicionamiento operante (“¡qué tristeza!” externaba mi madre cuando no prestaba algún juguete a mis hermanas” o “¡qué vergüenza!” refunfuñaba Sor Inés al ver que no convidaba de mi lunch… “qué egoísta”, “qué individualista”… qué, qué, qué…)- para priorizar los deseos e intereses ajenos, por encima de mis propias necesidades, gustos y anhelos.

No pienso que vivir para “yo, mi me conmigo” sea la quintaesencia de la felicidad, pero a dar y a darse se aprende con la vida, como proceso de maduración que transita de un egocentrismo infantil al genuino altruismo adulto, y no como prescripción celestial y social.

Siendo mi familia un grupo de 4 hermanas, la hazaña de convertirnos en “mujercitas honorables y de bien”, sumaba a la labor de la escuela, y lo de vivir para los demás parecía lo más natural del mundo: mi tía cuidaba a mi abuelo, mis tíos simplemente la visitaban; mi madre atendía a mi padre (y se apresuraba nerviosa a llegar antes que él a la casa si es que estaba haciendo algo fuera del hogar), mi abuela había de reunir a la familia en todos los festejos y “fiestas de guardar”, así se sintiera cansada o tuviera que negarse a alguna invitación más atractiva para ella. Hasta que un buen día no se cómo ni de qué manera mi cabeza fantaseó con la idea de que “si yo hubiera nacido hombre…., podría tantas cosas más”. No soy transgénero, no va por ahí, simplemente las limitaciones y demandas que me imponía el contexto ”por mi naturaleza femenina”  me pesaban de más.

Y es que con todo y lo logrado por mis ancestras feministas, las mujeres seguimos viviendo opresión (más o menos velada) en campos diversos pero con características comunes. ¿Por qué? Porque la vida de cada mujer –soltera, casada, profesionista, ama de casa, con o sin hijos, hermana, maestra, puta, sacrificada, y demás-  se sigue dando dentro de las reglas del juego de la hegemonía patriarcal. Estamos rodeadas e inmersas en mitos, creencias e ideologías patriarcales (por no decir en francas relaciones de poder desequilibrado) que nos dejan sin entender cómo, ni cuándo, ni dónde, perdimos nuestra autonomía y entregamos nuestra libertad. Atrapadas en esquemas que nos aprisionan y a veces entre muros que nos limitan, y aun así, muchas veces  cautivadas  por el amor –o el poder, o la fuerza, o la amenaza -de un hombre que nos va “dar” eso que no nos corresponde por ser mujeres…

Pero entre peras y manzanas, avances lentos y algunos retrocesos,  las mujeres seguimos jugando un papel de madresposas, término acuñado por Marcela Lagarde –antropóloga, feminista utópica como ella se define, y luchadora incansable de los derechos de la mujer-. En su libro “El Cautiverio de las Mujeres”, describe el término y habla de la opresión aún activa de las mujeres en nuestro mundo. Lagarde nos explica que el objetivo impuesto a la mujer, su supuesto destino y principal realización es el ser madre y esposa, pero no de forma separada, sino al mismo tiempo, por eso Lagarde construye el término madresposa.

Con o sin hijos, con o sin marido, la realización personal de la mujer se prescribe y espera ejerciendo esos roles. La maternidad se privilegia y exalta a cualquier costo: la salud, el desarrollo personal y profesional, la autonomía económica, e incluso una falta de vocación que impulsa en ocasiones a vivir una maternidad que le resulta empobrecedora, son cuestiones “menores” ante su “llamado” maternal y conyugal.

Pero lo curioso de esta maternidad, es que no sólo se impone a la mujer que tiene hijos, sino también a aquellas que no los tienen pero que en sus labores “de mujeres” se espera el cuidado a los demás. Su ser “de y para los otros” se expresa en su actividad de reproducción y en su servidumbre voluntaria; así, todo lo que implique domesticidad – como la preparación de los alimentos, cuidado de la casa, abastecimiento de la misma, atención a los enfermos, y por supuesto el cuidado emocional de los miembros de la familia, eso sin considerar la socialización de los hijos, mantener las redes familiares, y los apoyos comunitarios – son enlistados como su responsabilidad. Fungen sin duda como madres en las relaciones conyugales también, inclusive dando asistencia maternal a su pareja: de ahí el sustantivo “madresposa” que implica su doble rol.

Lagarde señala, que esta forma de vivir va acompañada siempre del deseo de ser amada, del deseo de ser sujeto y dejar de ser objeto. Este tipo de conducta lo despliegan solo seres infantilizados, con poca posibilidad de autonomía y de acción, en general personas oprimidas, dependientes vitales, siempre al servicio de los demás que son quienes tienen el dominio y dirigen la sociedad (los varones en general). Por eso hoy más que nunca – gracias a los avaneces en temas de equidad y libertad, a la celeridad de las comunicaciones, a la visibilización de la violencia y al develamiento y estudio del mecanismo patriarcal –  la mujer puede ver con mayor claridad la importancia de llegar a ser quien es, es decir, la importancia de encontrar el desarrollo personal dentro de ella misma, desplegando sus capacidades, virtudes, e intentando enfrentar sus defectos y temores. El vivir para los demás, toda la vida, no puede menos que crear un hueco en el interior de las personas, en este caso las mujeres, que difícilmente se puede llenar complaciendo a otras personas a costa de los propios anhelos y valores. Una persona que no se busca a sí misma, que no satisface sus necesidades y deseos más profundos poco a poco va decayendo y despojándose de su auténtica humanidad. Así, la abnegación, la entrega, e incluso la tiranía maternal, son formas distintas de buscar un mismo fin: otorgarse a sí misma su lugar en el mundo, a través del reconocimiento ajeno de su valor como persona.

¿Cómo poder estar para el otro sin perderse a una misma? ¿Podrán estas nuevas generaciones compartir las funciones de cuidador/cuidadora y generar personalidades masculinas y femeninas más integradas? Yo, optimista crónica, confío que en eso estamos, a jalones y trompicones, pero con mayor conciencia y mayor responsabilidad. Y entonces sí, encontrar la valía del respeto y de la colaboración, de la flexibilidad de roles, de las negociaciones y de la verdadera satisfacción que otorga ese servir al otro desde la genuina entrega y no desde la imposición del sometimiento, el miedo, la carencia y la opresión.

Recuerdo muy bien a un paciente cuyo motivo de consulta fue concreto y particular: “Doctora, recomiéndeme buena bibliografía para aprender a ligar”.

Roberto, tras un divorcio y tres intentos nada afortunados de acercarse a mujeres que le llamaban la atención, se dio a la tarea de “estudiar” sobre el asunto antes de volver a ponerse en circulación. Después de escuchar los relatos sobre sus intentos de acercamiento (unos regulares y otros ciertamente poco adecuados), le recomendé, para responder a su petición, dos librillos y le propuse unas cuantas sesiones para apoyarlo en su nueva faena.

“Doctora –insistía- es que eso de no ser guapo ya de entrada es una desventaja, agréguele mi timidez y las inseguridades que me dejó mi separación”.

Muchos de quienes terminamos una relación amorosa nos hemos sentido –como Roberto- en una situación similar, y algunos solteros establecidos que tienen ganas de emparejarse lo han experimentado también. Es que ligar es mucho más que conseguir que alguien llanamente se fije en ti o que se enamore como en cuento de hadas; es inclusive más que lograr una conquista para una buena noche debajo de las sábanas. Ligar es, a mi juicio, conseguir que alguien que te interesa se interese también por ti. Y para que eso suceda no hay fórmulas mágicas, ni secretos ocultos: es más una cuestión de práctica y autoconocimiento. “Se hace camino al andar”.

Esta época, como no es difícil notar, vive obsesionada con las relaciones amorosas, con gustar a los demás, con encajar, con pasar un buen rato. Vivimos vueltos locos por el sexo, por llamar la atención y por brillar. Todo lo anterior tiene su lado positivo, no lo niego, pero la condición humana no puede reducirse sólo a eso. Nos olvidamos que los otros no son sólo posibles parejas, posibles compañeros sexuales o seres que pueden ser cazados con una buena estrategia. Quizá devolver su imagen humana a los demás, como un otro que puede hacerme crecer y a quien puedo hacer crecer, es el primer paso antes de emprender cualquier tipo de relación.

Es por esto que resulta muy importante conocernos mejor, saber qué esperamos de los demás pero, sobre todo, tener claro quiénes somos y qué podemos aportar a los demás. ¡Alinea tus aspiraciones con tus posibilidades!, y de entrada sufrirás menos decepciones. Y es que eso de sentir que mereces más, tienes más y puedes más de lo que es en verdad, es el camino directo a la frustración. No se trata de que te conformes con cualquier encuentro como “premio de consolación”, pero sí de tener un justo conocimiento de tus alcances y  sobre todo de qué es lo que puedes ofrecer. A partir de eso podrás emparejar con personas con formas de vida, principios y perspectivas acordes con las tuyas.

Hay varios procedimientos para conseguir pareja: uno es la fascinación, sinónimo de parálisis, de dependencia, y a veces incluso de subordinación. Otro es la agresión, que no necesita sinónimos, y finalmente se abre el campo de la seducción. Para ligar hay que aprender a seducir.

La seducción es lograr que el otro se fije en mí, que se interese por mi y que de, una u otra manera, se vincule conmigo. Seduciendo logro introducirme en la vida del otro y así formar parte tanto de su memoria como de sus futuros deseos. Seducir no es sólo cuestión sensorial o sexual, es una forma de hacerte parte de la vida de alguien más.

Ligar en este sentido exige unas estrategias particulares: considerar que el otro es un ser único y hacerlo sentir como tal. Hacer del ligue un intercambio de ideas, de gustos y de intereses, poniendo sobre la mesa los tuyos e interesándote por los del otro también. Generar un ambiente de intimidad mostrando quién eres, sin develar de entrada todo de ti. Evitar la “victimización”, las frases trilladas donde expones cuán dura ha sido tu vida amorosa: ¡las víctimas mueven a la compasión más veces que al deseo! Poner límites suficientes para que el otro sepa que estás disponible y dispuesto, pero no a sus pies. Y sobre todo generar espacios de diversión, de juego, de disfrute, de placer…

Podrá sonar soso pero, después de todo, es mostrarte tal cual eres, no para “quedar bien” con alguien, sino para probar cuán agradable es el mutuo acercamiento. Al final, ¿cómo podría sostenerse una relación con alguien que no guste de quién eres genuinamente?

Y, por favor, ¡no finjas!, haz con tus verdaderas virtudes tu mayor campo de acción. Si no, como dice Geraldy: “Seducimos valiéndonos de mentiras y pretendemos ser amados por nosotros mismos”. Y esa es, no lo dudes, la maniobra menos efectiva.

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.