Recuerdo muy bien a un paciente cuyo motivo de consulta fue concreto y particular: “Doctora, recomiéndeme buena bibliografía para aprender a ligar”.

Roberto, tras un divorcio y tres intentos nada afortunados de acercarse a mujeres que le llamaban la atención, se dio a la tarea de “estudiar” sobre el asunto antes de volver a ponerse en circulación. Después de escuchar los relatos sobre sus intentos de acercamiento (unos regulares y otros ciertamente poco adecuados), le recomendé, para responder a su petición, dos librillos y le propuse unas cuantas sesiones para apoyarlo en su nueva faena.

“Doctora –insistía- es que eso de no ser guapo ya de entrada es una desventaja, agréguele mi timidez y las inseguridades que me dejó mi separación”.

Muchos de quienes terminamos una relación amorosa nos hemos sentido –como Roberto- en una situación similar, y algunos solteros establecidos que tienen ganas de emparejarse lo han experimentado también. Es que ligar es mucho más que conseguir que alguien llanamente se fije en ti o que se enamore como en cuento de hadas; es inclusive más que lograr una conquista para una buena noche debajo de las sábanas. Ligar es, a mi juicio, conseguir que alguien que te interesa se interese también por ti. Y para que eso suceda no hay fórmulas mágicas, ni secretos ocultos: es más una cuestión de práctica y autoconocimiento. “Se hace camino al andar”.

Esta época, como no es difícil notar, vive obsesionada con las relaciones amorosas, con gustar a los demás, con encajar, con pasar un buen rato. Vivimos vueltos locos por el sexo, por llamar la atención y por brillar. Todo lo anterior tiene su lado positivo, no lo niego, pero la condición humana no puede reducirse sólo a eso. Nos olvidamos que los otros no son sólo posibles parejas, posibles compañeros sexuales o seres que pueden ser cazados con una buena estrategia. Quizá devolver su imagen humana a los demás, como un otro que puede hacerme crecer y a quien puedo hacer crecer, es el primer paso antes de emprender cualquier tipo de relación.

Es por esto que resulta muy importante conocernos mejor, saber qué esperamos de los demás pero, sobre todo, tener claro quiénes somos y qué podemos aportar a los demás. ¡Alinea tus aspiraciones con tus posibilidades!, y de entrada sufrirás menos decepciones. Y es que eso de sentir que mereces más, tienes más y puedes más de lo que es en verdad, es el camino directo a la frustración. No se trata de que te conformes con cualquier encuentro como “premio de consolación”, pero sí de tener un justo conocimiento de tus alcances y  sobre todo de qué es lo que puedes ofrecer. A partir de eso podrás emparejar con personas con formas de vida, principios y perspectivas acordes con las tuyas.

Hay varios procedimientos para conseguir pareja: uno es la fascinación, sinónimo de parálisis, de dependencia, y a veces incluso de subordinación. Otro es la agresión, que no necesita sinónimos, y finalmente se abre el campo de la seducción. Para ligar hay que aprender a seducir.

La seducción es lograr que el otro se fije en mí, que se interese por mi y que de, una u otra manera, se vincule conmigo. Seduciendo logro introducirme en la vida del otro y así formar parte tanto de su memoria como de sus futuros deseos. Seducir no es sólo cuestión sensorial o sexual, es una forma de hacerte parte de la vida de alguien más.

Ligar en este sentido exige unas estrategias particulares: considerar que el otro es un ser único y hacerlo sentir como tal. Hacer del ligue un intercambio de ideas, de gustos y de intereses, poniendo sobre la mesa los tuyos e interesándote por los del otro también. Generar un ambiente de intimidad mostrando quién eres, sin develar de entrada todo de ti. Evitar la “victimización”, las frases trilladas donde expones cuán dura ha sido tu vida amorosa: ¡las víctimas mueven a la compasión más veces que al deseo! Poner límites suficientes para que el otro sepa que estás disponible y dispuesto, pero no a sus pies. Y sobre todo generar espacios de diversión, de juego, de disfrute, de placer…

Podrá sonar soso pero, después de todo, es mostrarte tal cual eres, no para “quedar bien” con alguien, sino para probar cuán agradable es el mutuo acercamiento. Al final, ¿cómo podría sostenerse una relación con alguien que no guste de quién eres genuinamente?

Y, por favor, ¡no finjas!, haz con tus verdaderas virtudes tu mayor campo de acción. Si no, como dice Geraldy: “Seducimos valiéndonos de mentiras y pretendemos ser amados por nosotros mismos”. Y esa es, no lo dudes, la maniobra menos efectiva.

Algunas investigaciones, un poco de sentido común y observación, y las calles de la Ciudad de México y sus alrededores, dejan ver que la vida en individual está en franco crecimiento. Distintas formas de relacionarse y enfrentarse a la vida aparecen en esta era que parece ser una distinta cada día y la s1ngularidad es una de ellas, quizá la más novedosa e interesante. Se pronostica que para mediados de siglo una tercera parte de los hogares mexicanos serán unipersonales. Eso sin mencionar las cifras en otros países, que van a la avanzada con el fenómeno urbano del “single”.

Es evidente que en los últimos tiempos, los humanos hemos migrado de un estilo de vida comunitario a una rampante individualización. Hace no tantas décadas considerar esta alternativa de vida era simplemente “impensable”: antaño no había forma de sobrevivir en individual, es más, las personas sólo se concebían a sí mismas como “parte de”. De no ser por ese estrecho intercambio entre nuestros ancestros, la conservación y construcción de la humanidad se hubiera frustrado.

Si recorremos la historia reciente, recordaremos que es a partir de la modernidad que triunfan valores antes despreciados: progreso, comunicación, felicidad, libertad, y por supuesto, individualidad. Se deja atrás el oscurantismo y el teocentrismo de la Edad Media para retomar al hombre como centro del universo y a la razón como eje para combatir la ignorancia, la tiranía y la superstición. Con el triunfo del capitalismo en el siglo XIX queda coronada la primacía del individuo.

La culminación de la individualidad se gesta en el siglo XX con un cúmulo de avances tecno-científicos nunca antes vistos, así como la cuna de movimientos sociales que cambiaron nuestra manera de pensar: la revolución sexual con la legitimación del placer invitó a los individuos a explorar sus cuerpos y cuestionar sus relaciones a favor de la satisfacción personal. El movimiento feminista empoderó a las mujeres y las posicionó en la vida pública tras años de enclaustramiento doméstico.

Basta recordar que, de manera particular las mujeres, requerían de un hombre que las sostuviera pues no tenían manera de independizarse. La soltería en general era mal vista y de dudosa reputación. Y la vida individual, si bien ya venía gestándose como estructura posible, se veía de forma negativa: como egoísmo, patología y desubicación.

Pero hoy, si bien la vida de pareja en muchos contextos sigue siendo “la norma”, cada vez son más las personas que quieren una vida individual, que la disfrutan, y que se construyen a través de ella. Ni la crisis económica de los últimos tiempos está pudiendo parar esta tendencia: hombres y mujeres eligen un hogar ocupado por ellos, y nadie más.

Pero ¿qué factores concretos detonaron el nacimiento de este estilo de vida individual? Eric Klinenberg, sociólogo de la Universidad de Nueva York, en su libro “Going Solo”, destaca los siguientes.

  • El incremento de la esperanza de vida. Debido a la longevidad atravesamos más ciclos a lo largo de la vida: vivimos solos, convivimos en pareja, retomamos de nuevo la individualidad.
  • La ya mencionada incorporación de las mujeres al mercado laboral. Hoy las mujeres no necesitan de un hombre para subsistir y si están en pareja y las cosas no marchan bien se pueden divorciar. Cada vez más mujeres rechazan la vida diaria con un hombre: generalmente en el marco de la pareja tradicional han encontrado un obstáculo para el éxito y la autonomía, y es que desde la cuna han sido “condicionadas” para ponerse al servicio de los demás, cosa que, poco a poco, se descubre como un rol obsoleto.
  • Los jóvenes que no quieren compartir vivienda ni comprometerse en una relación estable: además de posponer o renunciar a la paternidad o maternidad, tienen una estabilidad financiera que les permite vivir en individual.
  • La revolución en las comunicaciones. Con el Internet y las redes sociales se facilita el contacto permanente con los demás y se disipa la sensación de “soledad”.

Estos factores empujan a superar el antiguo estigma del “soltero” o el “solitario”, y resaltan los privilegios de la vida individual. ¡Y es que los privilegios son muchos! Además de la conquista del espacio y el tiempo personal, los “solos” pueblan los rincones de las ciudades y llenan de vida los espacios públicos. Forman grupos con personas que comparten intereses y valores. Gastan más en ellos: asisten al gimnasio, toman clases de arte, asisten a espectáculos varios y viajan con cierta regularidad. Ser “solo” hoy tiene incluso un sesgo de éxito y s1ngularidad.

No todos los s1ngulares son iguales, un estilo de vida individual se percibe diferente según la edad de la persona. Marie France Hirigoyen en su libro “Las Nuevas Soledades” hace algunas distinciones. Entre los 20 y los 35 años las personas solas aún esperan el encuentro del “gran amor”, pero la prolongación de los estudios y la falta de estabilidad laboral, hace que los “compromisos” relacionales se pospongan.

Entre los 35 y 45 años particularmente las mujeres se cuestionan el tema de la maternidad. Algunas profesionistas con puestos de alto rango esperan el límite biológico para considerar embarazarse. Tanto hombres como mujeres experimentan esta etapa como un estado pasajero.

Después de los 45 años, llega a menudo la individualidad de los divorciados, que tras años de relaciones que dejaron de tener sentido para ellos, retoman su vida autónoma priorizando sus deseos, intereses y valores.

Algunos “séniors” entre 60 y 75 siguen siendo muy activos. Varios aún gustarían de tener una relación pero muy pocos anhelan formalizar. Otros prefieren su absoluta individualidad: si tienen hijos sortean tiempo con ellos y tiempo con las amistades. La mayoría se permiten gustos estereotipados.

Sin embargo, no todo en la s1ngularidad es agradable y simple. Existen muchos retos a superar si se quiere buscar una vida individual más satisfactoria. Es necesario que los solteros se busquen a sí mismos, enfrentándose a estereotipos y prejuicios sociales. Algunos de los más comunes y propagados son los siguientes:

  1. Pensar que la vida de pareja es la norma.
  2. Idealizar la vida en pareja.
  3. Superar la imagen “negativa” que en algunos contextos aun tiene la vida individual.
  4. Explotar el valor de la interioridad que se da en la individualidad.
  5. Cuestionar el malestar que genera pensar “estoy solo porque soy raro, o porque no me sé relacionar.

Mas, lo primordial en esa búsqueda es descubrir la energía y la inspiración que produce la vida en s1ngular, es decir, la soledad debe poder ser una oportunidad de reencuentro con uno mismo, no un obstáculo o una forma de vida resignada e insatisfactoria.

No podemos negar que la vida individual incluye la paradoja entre dos cosas muy humanas: cierto sufrimiento por lo que podría parecer una cotidiana falta de compañía y el goce de una buena dosis de paz y libertad.  Con todo y los logros de la tan preciada conquista, la experiencia misma tiene de pronto un toque surrealista: ¿Será real lo que vivimos en estas nuevas s1ngularidades? ¿Son acaso un cúmulo de sueños de los que vamos a despertar? Yo digo que no “abramos la puerta” a las irrupciones de aquellos que aún estigmatizan la vida en “solo”, y dejémonos envolver por el discreto encanto de una vida individual…

 

 

Un engaño puede ser una bala directo al corazón o un rasguño, pero en cualquiera de los casos, es una herida que duele y debe ser atendida, pues la lucha entre la pasión y la razón puede destrozar todo a su alrededor.

Hablar de infidelidad es muy complejo, pues no podemos reducir un evento con tantos matices a un tema de “causa-efecto”, donde existen una víctima y un villano. No todas las infidelidades son iguales. Algunas parten de necesidades personales no satisfechas; en ocasiones son francos impulsos que permiten liberar ansiedad en etapas de transición o adaptación crítica; en otras, son síntomas claros de una relación en crisis.

Sin importar ante qué tipo de infidelidad nos encontremos ¿cómo puedes manejar lo negativo de su impacto y salir bien librado de su consecuente dolor? Los siguientes puntos pueden ser la guía que te ayude a enfrentar esta etapa, entendiendo primero que no a todos les afecta de la misma manera la infidelidad:

  1. Sal del shock inicial
. El descubrimiento de una infidelidad produce un efecto traumático que es preciso trabajar.
 De nada sirve actuar con violencia ni tomar decisiones precipitadas. La madurez emocional es fundamental para saber enfrentar situaciones impactantes.
  2. Restaura, paso a paso, la confianza.
 Aunque la situación es incómoda, desconcertante y dolorosa, la relación puede rescatarse.
 Llegado el momento, establece una comunicación abierta; no dejes que pase mucho tiempo. Si te atreves a preguntar lo que no debes, te arriesgas a escuchar lo que no quieres. No sirve hablar del amante ni buscarlo, ni mencionarlo a cada rato, ni comparar, pues esto genera más humillación y hostilidad e impide la recuperación.
  3. Experimenta el dolor.
 Confía en la recuperación y permítete sentir enojo, culpa, tristeza, miedo… todo. La infidelidad puede ser un parteaguas para mejorar la relación de pareja o, con mucha seguridad, una forma de conocerte mejor a ti mismo y crecer como individuo.
  4. Revisa tu relación.
 Evita etiquetarte en el papel de víctima o de villano; reflexiona en la parte que te toca, pues casi siempre es asunto de dos.
  5. Decídete por una buena relación o por una buena terminación.
 Si eliges continuar pero no puedes dejar de mencionar lo sucedido, es mejor poner distancia. Si optas por terminar la relación, el enojo y el rencor te facilitarán el alejamiento, pero no es la mejor manera de cerrar. Un final sin rencores y odios es una buena opción para volver a empezar en paz y, en caso de tener hijos, siempre será mejor para ellos.
  6. Trabaja en tu madurez personal.
 A mayor seguridad personal, menor impacto de la infidelidad, tan sencillo como eso. Recuerda que la infidelidad o la falta de lealtad no pueden resumirse en un simple “¿qué hice mal yo?”.

Recuerda que siempre que las cosas van más allá de lo que puedes manejar, es pertinente buscar ayuda profesional. Una infidelidad puede ser un momento de dolor profundo y cambios rotundos en la vida, pero saber enfrentarlo maduramente, con responsabilidad y calma puede ser la fórmula para que el dolor, si es que no es menor, al menos sea más transitable y, sobre todo, nos deje aprendizajes valiosos que van mucho más allá del trillado “no volver a tropezar con la misma piedra”.

Cuando el corazón da para más de uno…

Tradicionalmente se ha constreñido nuestra mirada sobre las relaciones erótico afectivas a moldes raros, penalizando en nosotros el deseo y el placer e idealizando románticamente el amor. Se nos han implantado, a partir de la constante repetición, infinidad de creencias, prejuicios y demás postulados instituidos por el orden económico y social, buscando evitar lo diferente, uniformándonos para que “marchemos” todos iguales y ordenaditos.

Pero los cambios sociales en general son cada vez más evidentes e ineludibles. Uno de esos cambios es la aparición del poliamor. Y digo aparición no por que sea algo nuevo, sino porque en últimos tiempos se ha puesto mayor atención a esta práctica.

El poliamor significa, básicamente, amor entre muchos pero, definitivamente, esto no significa orgías, tríos lúdicos contratados, ni intercambios de parejas. Todas estas prácticas son más bien expresiones transgresoras de la sexualidad costumbrista que algunas parejas incluyen en sus rituales sexuales de vez en vez para ponerles “sal y pimienta”. La poliamoría (como también suele llamársele) menos aún implica infidelidades sistemáticas o amantes clandestinos.

El poliamor hace referencia a relaciones abiertas consensuadas, en el entendido de que es posible amar, y mantener relaciones emocionales, íntimas o sexuales, con más de una persona y de forma duradera. Lo que predomina es el amor, no el sexo, si bien éste puede o no estar presente en el intercambio.

Como todo ideal, incluyendo la vida conyugal, la poliamoría es un acuerdo, una forma más socializada de amar que incluye prácticas honestas, responsables y éticas en el amor a varias personas al mismo tiempo. Quizás su desafío es la no posesión tan inflexible de las relaciones patriarcales que quieren hacer del cuerpo y del alma del otro una pertenencia propia. Alguno de los acuerdos poliamorosos existentes son:

  • Polifidelidad: acuerdos de fidelidad o exclusividad sexual entro los miembros que integral el grupo poliamoroso. Las relaciones amorosas y sexuales quedan confinadas al grupo definido, por tanto no se habla de un contrato con absoluta apertura sexual.
  • Poligamia: consistente en el acuerdo matrimonial con dos o más personas. Si quien tiene varias esposas es el varón se llama poligenia, y si lo es la mujer se llama poliandra.
  • Relaciones o matrimonios grupales: en este caso un grupo de 3 o más personas decide comprometerse en un matrimonio comunitario con convivencia domiciliaria y con responsabilidades comunes que incluyen la manutención del grupo, las responsabilidades doméstica y la crianza de los hijos.
  • Relaciones conexas: este acuerdo permite que cada persona tenga varias relaciones con diversos grados de importancias y acuerdos sin incluir la cohabitación.
  • Relaciones monopoliamorosas: consiste en la aceptación por mutuo acuerdo de los miembros de la pareja que sea sólo uno de ellos quien sostendrá relaciones conexas.
  • Clanes o tribus: este caso incluye redes complejas entre un grupo de personas con base en cuestiones culturales que permiten los intercambios amorosos entre sus miembros.

No hay normas fijas para vivir el poliamor. Si no las hay para vivir el matrimonio, si los acuerdos de dos relaciones de pareja nunca son iguales, la poliamoría tiene mucho camino aún por recorrer. Siguiendo esta idea, es necesario indicar que existen situaciones que, si no se consideran de antemano, llevan al fracaso rotundo y a la lastimadura de quienes participan en tal situación:

  • El autoengaño, por el cual, a pesar de la falta de amor, uno o ambos integrantes no se atreve a abandonar la pareja, permitiendo prácticas con las cuales, en el fondo, no está de acuerdo.
  • Mayor poder de alguno que presiona al otro para prácticas y relaciones compartidas.
  • Celos incontrolables.
  • Remitirse a la poliamoría como una especie de justificación ante una infidelidad descubierta.
  • Un temperamento extremadamente ansioso que requiere de certezas absolutas en las relaciones.
  • Atravesar una crisis de pareja, donde se piensa que con la poliamoría se va a solucionar un problema que tiene raíz en otro lado.
  • Demasiado apego a una vida “normal” basada en los convencionalismos sociales y la normatividad moral.

Sin una experiencia de vida, una madurez personal básica, un manejo adecuado de los celos, es imposible aceptar que la persona amada pueda amar a alguien más. Lograr ver a mi pareja como un sujeto que no me pertenece y no como un objeto que puedo poseer, manipular y controlar, ya es faena importante en muchas relaciones amorosas de a dos. Este reto se incrementa en las relaciones poliamorosas.

No podemos negar que los matrimonios convencionales estén en crisis. Muchas personas, ante el malestar amoroso, cuestionan en el silencio de su interioridad si  las cosas “tienen que ser” como son. Más aún,  infinidad de personas has sentido o bien experimentado el poliamor en la clandestinidad, o bien se han reprimido ante el deseo de vivenciarlo, generando resentimientos y reclamos a su pareja por verla como fuente de su frustración. Vivir la poliamoría, sea en la modalidad que sea, no es fácil, pero la monogamia forzada tampoco resulta bien.

Considero que la poliamoria, termina siendo –al igual que el feminismo y las nuevas masculinidades-  un movimiento de liberación humana.

“Las locuras que más se lamentan en la vida, son las que no se cometieron cuando se tuvo la oportunidad”

 Hellen Rowland

Soy saludable, responsable y consistente: “como frutas y verduras”, hago ejercicio tres veces por semana, no fumo, duermo lo suficiente, medito, tengo buenas amistades, y he conquistado una autonomía suficiente para hacer lo que me gusta hacer. Pero nada de eso me lleva al equilibrio y menos aún a la normalidad. Y es que “no solo de pan –y ejercicio, y meditación, y descanso- vive el hombre” ¿Qué me dicen de la psique, el cerebro y la salud emocional? ¡Ah cómo me ha dado por estudiar sobre   neurociencias, ondas paroxísticas, y demás! Y es que de pronto siento unos impulsos –deseos, temores, cansancios, arrojos-  que van en contra de toda norma y me resultan difíciles de domar.

¿Pero acaso ser medio atípica no es saludable? Salirte de lo adecuado, de lo esperado, de lo deseable, ¿da cuenta de falta salud emocional? Por muchos años, ¡décadas! me torturé comparándome con la media, que gozaba de lo típico, y se conformaba con lo habitual. Me esforzaba por pensar-sentir-hacer lo que las mayorías disfrutaban y por supuesto que me agotaba tratando de encajar.

Hoy muy orgullosamente afirmo que me salgo de la normalidad: soy impulsiva, hiperactiva, impaciente, inquietante, extravagante e imprudente. Me descubro muchas mañanas queriendo que la noche comience de nuevo siempre con el anhelo de seguir soñando en eso, y en ese, que me reportaron bastante bienestar. Entra entonces mi “super yo” y toma las riendas: me levanto a organizar lo que me depara la larga jornada que tengo por delante. Pero buscando la ropa del día me dan unas ganas locas de acomodar cajones y de tirar cosas que siento que me dejarían espacio para no se qué y que me aligerarían no se qué más ¡No es hora de hacer limpieza de armario! ¿Ay qué hago con este impulso sin control?.  O replanteo mi intensa jornada o la “picazón” de hacer también una quema de papeles inútiles no me dejará arrancar. Y entra un hijo a interrumpir mi desorden y le cambio el nombre y le pido con urgencia que me suba un café… Y suena el cel y brinco de contento pensando que es con quién soñé ¡y me frustro al ver que me llama a quién planté! Y así a jalones y empujones interiores marcha el día de maravilla… y acometo, y logro, y promuevo, y delego, y resuelvo, y termino un día más…

¿Será que de cuerdos y locos todos tenemos un poco? Yo digo que de locos sí: tenemos bastante, y varios de nosotros. Y esa temida locura  -según y cómo- puede dar un toque peculiar a la vida, siempre que se reconozca, se medio entienda, se “quasi” acepte y se sepa manejar.

A mí, como a Jack Kerouac, “las únicas personas que me agradan son las que están locas: locas por vivir, locas por hablar, locas por ser salvadas…” Y así, entre manías, obsesiones, ansiedades, paranoias, y compulsiones, arranco y termino el día, tratando, con mucho esfuerzo, que no “me tiren de a loca”, nada más.

 

Nos da miedo la soledad, y cuando no le tememos, nuestro entorno se encarga de que – tarde o temprano- eso nos ocurra. La soledad tiene muy mala fama, y junto con ella la soltería, que es la “encarnación” de la misma.

En una sociedad que privilegia nuestra naturaleza gregaria, y como “consecuencia obvia” la  vida matrimonial, estar solo, vivir a solas, está mal visto. La soledad es sinónimo de anomalía, fracaso, riesgo y sufrimiento.

Habiendo migrado a lo largo de los siglos de una sociedad comunitaria –por ser la única forma de asegurar la reproducción, producción, y sobrevivencia- donde la identidad se construía por la pertenencia al clan, a una sociedad que privilegia la individualidad, la conquista de la autonomía se hace el “sine qua non” de la actualidad.

 

Vivir en soledad no es sinónimo de aislamiento, primera distinción. El aislamiento nos remite a un estado de privación y exclusión en relación al entorno, así como de vacío interior. Estar aislados, dada nuestra naturaleza gregaria, es traumático y  de facto, imposible. Somos seres interdependientes, y nos necesitamos unos a otros, para satisfacer nuestras necesidades físicas, emocionales, intelectuales y sociales, así como para construir y enriquecer nuestro yo y proyectar nuestra existencia de forma trascendente. El aislamiento lleva a una depravación, a un deterioro, a una muerte, real o existencial. No así la soledad.

La soledad tampoco es sinónimo de desolación, estado en el cual lo que prima es la angustia, el dolor, la depresión. La desolación da cuenta de una pérdida irreparable, de una especie de orfandad: pero ¿qué se siente perdido cuándo se vive en soledad? ¿un status social? ¿un sueño?

Por su parte, la soledad es ese estado, tiempo, espacio,  en el cual la ausencia de otros permite la interacción con nosotros mismos. A falta de intermediarios, desarrollamos una relación con nosotros que permite un diálogo inaccesible rodeados de compañía.

Sobra decir que ontológicamente estamos solos: nacemos solos, morimos solos.  Integrar esta verdad, como experiencia vital, es faena que nos toma energía importante y sostenida a lo largo la vida.  Pero más allá de este cuestionamiento existencial inevitable, ¿qué hay de esa soledad que nos lleva al encuentro con nosotros mismos?, ¿cómo renunciar  a una soledad indispensable en la cual nos confrontamos y construimos?

La soledad es el único camino que nos lleva a la autonomía. Las experiencias que se dan sin participación de otros son necesarias para ejercer los derechos autónomos y conquistar la libertad. Cuando estamos solos nos pasan cosas interesantes que son imposibles de incubarse en compañía:

 

  • Nuestra actividad intelectual es diferente: hacemos conexiones distintas y unimos ideas fragmentadas.
  • Podemos, en vez de defender nuestras posturas ante otros, dudar de ellas. La duda desafía nuestro pensamiento dogmático.
  • Cuestionamos nuestros paradigmas.
  • Reconocemos competencias e intereses ignorados.
  • Replanteamos nuestros valores.
  • Escuchamos nuestros sueños y nuestros deseos que pudieran parecer imposibles estando acompañados.
  • Legitimamos, sin la anuencia de los demás, nuestra experiencia.
  • Superamos la necesidad permanente de ser confirmados por los demás.
  • Logramos diferenciarnos, sosteniendo la cercanía-distancia oportuna con los demás.

No hay manera de conquistar la autonomía y de ejercer la libertad sin la capacidad de estar solos. Incluso si cohabitamos con una pareja o en familia, requerimos de espacios de soledad creados propositivamente para acceder a este encuentro personal, desarrollar nuestra conciencia de “sí mismo”.

Ser autónomo es hacer de la soledad un espacio de goce, de creatividad, de reflexión y duda, de bienestar y crecimiento. Es transitar del deseo de libertad a la realización de acciones liberadoras. La fantasía mental de lo que podemos ser sólo se resuelve en la vida de forma práctica con acciones concretas: “estoy aquí, pienso esto, deseo tal cosa, me muevo hacia tal lugar, de esta forma…

Convertirnos en sujetos y autores de nuestra existencia implica asumir que estamos solos y con ello esperar y exigir compañía a cualquier costo.

No te vayas de esta vida sin haber tenido un encuentro contigo mismo.

 

El sexo, el erotismo y el amor son dimensiones diferentes dentro de las dinámicas de relaciones humanas de pareja. Con mucha frecuencia hablamos de sexo: “tener sexo, disfrutar el sexo, necesitar el sexo”, cuando queremos referirnos a distintas conductas que se sustentan en la sexualidad. En estricto sentido, hablar de sexo es hablar de las actividades y el placer que se deriva de nuestro ser biológico, concretamente de nuestra genitalidad. Se nace siendo “macho” o “hembra”: los hombres producen espermas, las mujeres producen óvulos y eso es los que determina su sexo.

Sin embargo, cuando hacemos referencia a nuestra vida sexual, generalmente pensamos en algo más complejo que lo biológico: imaginamos veladas sensuales, posiciones excitantes, fantasías inaccesibles, etc. En realidad, la sexualidad es mucho menos que eso porque, en sentido literal, el sexo es lo que tenemos en común con los animales: lo instintivo, lo genital, lo pulsional, lo que, básicamente, nos permite reproducirnos.

El erotismo por su parte,  junto con la seducción, la sensualidad y el amor, son fenómenos característicos de lo humano. Sin duda es la sexualidad  la dimensión en la que se asientan todas estas experiencias: sobre la sexualidad se asienta el erotismo, sobre el erotismo se asienta el enamoramiento y sobre el enamoramiento, se puede asentar –o no-  el amor.

Muchas veces al hablar de sexualidad, de lo que estamos hablando es justo de eso otro: de erotismo. Quizás esta distorsión es muy común entre las personas del siglo XXI. ¿Y qué es el erotismo? El erotismo es la elaboración cultural del sexo, el conjunto de posibilidades que las personas construimos sobre esa realidad biológica. El instinto se transforma en placer y el placer en erotismo: el erotismo surge del cultivo de la excitación, es la búsqueda intencionada del placer.

Para vivir un erotismo emancipador hemos de desarrollar nuestra capacidad de vivir la vulnerabilidad y la intimidad. Y ser vulnerable, ser íntimo, develarse, arriesgarse por el otro, es algo muy exigente. Somos cínicos o pichicatos cuando sostenemos que podemos tener relaciones eróticas sin  algún tipo de implicación emocional, por pequeña que sea. Cuando así lo creemos quizás lo que vivimos fue el sexo rápido de una “noche de copas”; o bien una relación poco satisfactoria de la cual decimos “fue sólo sexo”.

Bajo esa tónica, la realidad de “la mañana siguiente” con una persona recién conocida o que conocemos muy poco, es un lugar interesante de investigación de cómo nos relacionamos, del erotismo, de la sexualidad y de la intimidad. ¡Y es que se pasa abruptamente de no conocernos a compartir cosas privadas e íntimas!: dormir, el baño, el despertar… Lo que pasó, pasó, pero ahora nos regresa la conciencia y las preguntas:  “¿quiero salir corriendo?”, “¿disfruto del intercambio que aún sabe a placer?”, “¿anhelo conocer más a ese otro o sólo me alisto para decir adiós?”.

Sea cual sea el nivel de compromiso de la relación, el erotismo cabalmente practicado, deja un buen sabor de boca, a diferencia del consumo sexual despersonalizado y compulsivo. Cuando lo erótico se deshumaniza ocurre que el hastío o el desagrado aparecen rápidamente. El sexo o es erotismo o es muy poco. De hecho, el acto sexual no es necesario para tener una experiencia erótica integral. No es una necesidad como el hambre o la sed: es un deseo que expresa una disponibilidad emocional y, por tanto, física y psíquica.El placer sexual es el más fuerte de los placeres. La relación erótica a nivel corporal nos proporciona la experiencia más placentera que podemos sentir: el orgasmo Por eso tiene también la capacidad de crear las ligazones más fuertes. Si alguien nos generan placer erótico trataremos de encontrarlo una y otra vez. Cuando gozamos de la experiencia de un placer mutuo, tendemos  a querer establecer una relación duradera, capaz de resistir penas y de capotear dificultades. Es entonces que esta ligazón tiende a desencadenar otros fenómenos como el apego, el enamoramiento, la intimidad, incluso el amor…     

Sin duda el amor, una experiencia difícil de definir, inicia generalmente con la sincronía “química”: sería difícil amar a alguien cuyos olores, textura y sabor nos fuera desagradable.  De cualquier modo el amor se integra de muchos más ingredientes que el placer compartido a través del erotismo, incluso que la abrazadora experiencia del enamoramiento. A veces su puerta de entrada es la amistad, el intercambio intelectual, la cercanía emocional; surge después el deseo de interactuar, de adquirir mayor compromiso con la vida del otro.  Si la compatibilidad se constata, con el tiempo, cristalizaremos una relación y sostendremos encuentros sexuales.        Pero el amor también puede construirse al revés: en lugar de conocernos y luego tener relaciones sexuales, podemos empezar por lo erótico, y si va bien podríamos pensar en avanzar hacia un mayor conocimiento, que constate una armonía en nuestros sueños, en nuestras necesidades y en nuestro mundo de intereses y valores. Ambas direcciones, en el momento de construir vínculos, son válidas. Al final, el buen sexo tiene mucho de eros y, según dicen, es Eros el dios del amor.

En la Roma (barrio en donde vivo) es un agasajo caminar cualquier día, a cualquier hora, por casi cualquier calle, y observar cafecitos repletos de singulares, parques llenos de gente soltera paseando a sus mascotas, librerías atiborradas de “solos” y bicicletas pa’rriba y pa’bajo con mochila al hombro y sonrisa en boca: una grata diversidad de adultos jóvenes, medianos y no tan medianos, a todas luces solteros, haciendo brillar nuestra hermosa ciudad.

Sin embargo, este no es el caso de todos los solteros y solteras del siglo XXI. Conozco a algunos de ellos que no acaban de “darle el golpe” a este asunto de la singularidad: o porque no superan un rompimiento, o porque han tenido que renunciar a legítimos sueños que pensaban conquistar.

 

 

 

«Sin minimizar la riqueza que puede ofrecer una satisfactoria vida de pareja no dejo de señalar la primacía que se le ha dado sobre cualquier estilo de vida personal y familiar».

Sin minimizar los dolores que cada quien atraviesa en esta corta vida, me pregunto si las necesarias transiciones de la misma pueden congelarse en una nostalgia que parece no tener final. Sin duda, los buenos amores aportan crecimiento, contento y valor a la propia vida, y dejan antojo de “para siempre” como si el amor realmente pudiera eternizarse sin tener un punto final. Es aquí donde comienzan los desencantos y la dificultad de continuar.

Ya lo dice el poeta guatemalteco Cardoza y Aragón: “El amor es eterno mientras dura…”, y es quizá esa creencia de que el amor puede no terminar jamás la que nos deja, entre otras cosas, viviendo a la deriva de un pasado que no regresará. Sin minimizar la riqueza que puede ofrecer una satisfactoria vida de pareja no dejo de señalar la primacía que se le ha dado sobre cualquier estilo de vida personal y familiar.

«La vida posmoderna –lo queramos o no- apunta a una alternancia de etapas de soltería y etapas de emparejamiento: en una existencia que puede durar 70, 80, o 90 años, es difícil sostener vivo el primer amor».

¿Pero de qué se trata esta nostalgia amorosa que nos ata al pasado? Quizá la clave consiste en distinguir justamente la nostalgia y la melancolía.

La melancolía se vincula más con la tristeza que con sentimientos instalados en la vida de la persona pueden culminar en una depresión; mientras que la nostalgia es un recuerdo biográfico que da coherencia a la propia vida: a través de ella predominan los recuerdos de las relaciones valiosas permitiendo que las memorias negativas se transformen generalmente en narraciones positivas.

«Yo tengo la certeza de que se puede integrar a la vida una nostalgia en la que recordar el pasado nutra, motive, y genere satisfacción».

Así, a diferencia de la melancolía, la nostalgia se centra en los buenos recuerdos del pasado y no en los malos momentos del presente. Yo tengo la certeza de que se puede integrar a la vida una nostalgia en la que recordar el pasado nutra, motive, y genere satisfacción.

Harold McMillan afirma que hay que “…utilizar el pasado como trampolín y no como sofá”. Y es que mis suficientes años me han enseñado que el futuro tiene puertas abiertas a nuevas posibilidades, pero sobre todo que de “cualquier momento presente siempre se puede hacer algo mejor”.

Conocernos y valorarnos a nosotros mismos es fundamental para fortalecer nuestra salud mental.  Las experiencias que conforman nuestra vida –tanto de la interacción con el ambiente, como con las demás personas e incluso con nosotros mismos– nos permiten aprender sobre el mundo y dicho aprendizaje es necesario para resolver cada desafío que se nos presenta. Ese conocimiento y la valoración de nuestra propia persona nos permite construir nuestro carácter y una imagen de quiénes somos. La autoestima es, precisamente, la impresión que tenemos de nosotros mismos, basados en las experiencias y sentimientos que hemos ido interiorizando a lo largo de nuestra vida.

Podemos creer que somos inteligentes, obstinados, valientes, cobardes, etc., o bien, podemos sentir gusto o disgusto por nuestra imagen personal.

Poseer una autoestima sana nos permite sentirnos capaces de dar salida a las situaciones que la cotidianeidad nos demanda día a día: crear relaciones sólidas, lidiar con el sufrimiento, ser autónomos, desarrollarnos profesionalmente, etc., así como vivenciarnos como merecedores de amor y respeto. Podemos creer que somos inteligentes, obstinados, valientes, cobardes, etc., o bien, podemos sentir gusto o disgusto por nuestra imagen personal. Todas estas auto-concepciones y valoraciones personales son ingredientes de la autoestima y nos permiten saber si tenemos una autoestima alta o baja.

La autoestima es el concepto que tenemos de nosotros mismos, pero ¿cómo se forma? Tomando conciencia de nuestros atributos personales y usándolos oportuna e inteligentemente. Tales atributos personales son rasgos, aptitudes, capacidades o habilidades que todos poseemos y que podemos desarrollar y mejorar por nosotros mismos. La autoestima se empieza a construir desde los primeros años de vida de una persona, y es el resultado de la interacción física y emocional que tiene un niño con su círculo más cercano, es decir, sus padres o aquellos que se encargan de cuidarlo y procurarlo. Con el paso del tiempo, esta interacción genera una sensación de aceptación, de satisfacción personal y consciencia de que es valioso ser recíprocos con quienes nos han dado amor.

LA AUTOESTIMA POSEE DOS COMPONENTES BÁSICOS:

  • La autoeficacia o competencia: El sentimiento de capacidad personal, la confianza en uno mismo, el sentimiento de ser capaz de enfrentar los retos de la vida de manera responsable y madura. Sentirse competente proporciona una sensación de satisfacción al saberse capaz de resolver los problemas de manera reflexiva e inteligente.
  • La auto-dignidad o mérito: El sentimiento de valor personal, la confianza de que se tiene valor como individuo. Valorarse a uno mismo nos permite apreciarnos, dar cuenta que merecemos amor y felicidad, de tal modo que buscamos satisfacer nuestras necesidades básicas y construir una vida más agradable y exitosa.

La integración de ambos conceptos en nuestra vida diaria requiere de un gran esfuerzo que nos permite crecer y mejorar nuestra vida. La mejor forma de crecer como personas es cuestionar nuestras actitudes y pensamientos, enfrentar prejuicios y atrevernos a romper esquemas. Si a la autoestima le sumas el desarrollo de tus propios atributos, estarás en el camino de la seguridad personal. Cuidar de nuestro estado emocional no es menos importante que cuidar de nuestro cuerpo, de hecho, nuestra salud mental tiene efectos en nuestra salud física y la ciencia cada día avanza más en la búsqueda de la conexión real entre nuestras emociones y las enfermedades que adquirimos.

Así, la autoestima es una herramienta importante con la que contamos para enfrentar la vida. Re-pensarla, reconocerla y trabajar sobre ella resulta crucial frente a las demandas y cambios de nuestro tiempo, pues parece respirarse en el ambiente una gran incertidumbre e insatisfacción en lo que la gente hace, en cómo se siente, en cómo vive y en cómo ve el futuro.

¡Me escapé unos días! Camino y camino por Ámsterdam (en la mente se me cruza la imagen de Forrest Gump corriendo, pero no: ni tan desaforada, ni tan adolorida del alma… ni con tantos seguidores), respiro un aire frío, ajeno… el viento arrebatado despeina mi cabeza. Escucho conversaciones, no las entiendo.

Observo construcciones sobrias, me reflejo en distintos canales a cada esquina. Miro aparadores centelleantes, personas caminando y bicicletas, ¡muchas bicicletas circulando!, y maniobras inusitadas realizadas sobre ellas: paraguas que se abren y cierran al ritmo de la lluvia, celulares tecleándose, niños montados sobre pecho y espalda del conductor, lecturas de folletos al vuelo y uno que otro dúo de ciclistas pedaleando en paralelo con animadas charlas… café incluido.

Integro las imágenes, las suelto y sigo caminando. Pausada y rítmicamente, camino y camino. El aire, que sopla fiero sobre mi cara, termina por conquistarme y empieza a darse en mí ese curioso prodigio, ése que en México de vez en vez extraño por lo imposible que me resulta experimentarlo en lo cotidiano: me descontextualizo. Experimento la sublime sensación de salirme de cualquier trama, de todo escenario, de cada representación; de no tener un referente puntual que me encadene, de prescindir de las miradas que me hacen ajustarme a cualquier rol.

No hay un texto que seguir: no soy madre, no soy amiga, no soy pareja, ni terapeuta, ni expositora, ni hija, ni hermana. Tampoco dirijo nada, no tengo que exhortar a nadie. Sólo soy mujer, con lo mucho que eso implica; pero, desligada de toda referencia, puedo ser a ratos lo que ya he sido y también lo que nunca he sido. Puedo ser lo que deseo y lo que detesto (al menos por un instante). Y sólo yo lo sé, y lo gozo…

Me expando, me desempolvo, me libero. Nadie me conoce, a nadie conozco, y en este paréntesis temporal me reconozco un poco más. ¿Tan liberador puede ser desapegarse del texto de los de más y reconocer, reescribir y apropiarse del propio?

En el silencio de los días, buceo en mis profundidades hasta que rescato partes únicamente mías. Y complacientemente experimento que empiezo a extrañar las miradas de los otros: reflejos que también me construyen, que también necesito. Pero cada día cuando despierto en la soledad de la distancia, me pregunto, como Marcela Serrano en Lo que está en mi corazón: ¿Puede haber una sensación más excitante (y atemorizante a la vez) para una mujer, que la de sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?

Por eso, de vez en cuando, como una escultora con cincel en mano, me retiro para tantearme a solas y rescatar lo oculto que, desde siempre, ha estado labrado en el centro de mi corazón.

¿Puede haber una sensación más excitante (y atemorizante a la vez) para una mujer, que la de sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?