El “fast love”, fácil y rápido, así como la “fast food”, está de moda. Es por eso que las parejas difícilmente duran más de lo que el enamoramiento les pueda dar. El enamoramiento se puede dar en un “flechazo” pero el amor se cuece “a fuego lento”.

Por eso considero que el “propedéutico” individual que nos prepara para elegir una pareja mejor y fluir bien en el intercambio amoroso ha de ser considerado.

Aquí te comparto algunas preguntas que señalan los prerrequisitos imprescindibles para construir una buena vida de pareja.

 

1. ¿Me conozco? El autoconocimiento te permite elegir mejor y también respetar tus necesidades, intereses y valores dentro de la relación. Ver a qué puedes renunciar y que estás dispuesto a negociar y qué no.

 

2. ¿Tengo una forma de ganarme la vida? Es importante entrar a una relación con la competencia de abastecerte de lo suficiente para vivir y ser menos vulnerable al control del otro. La independencia económica también favorece la igualdad en las negociaciones.

 

3. ¿Me siento con suficiente autonomía emocional? “No solo de pan vive el hombre”. La autonomía emocional es la capacidad de legitimar tus deseos, necesidades, intereses, valores y los límites que necesitas poner al otro para poder satisfacer tus requerimientos básicos. La autonomía emocional te facilita respetarte sin tener que romper, distanciarte o cerrarte del todo a tu pareja.

 

4. ¿Mi vida tiene sentido? Conocer mis pasiones y sueños, capacidades y aptitudes más allá de mi relación de pareja hace del amor parte de mi proyecto de vida pero no mi único propósito en la vida. Una existencia con sentido propio es la que facilita que el amor florezca en libertad y aumente el tamaño de tus alas para expenderte y disfrutar.

 

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Se valora tanto el amor y la vida de pareja, de forma personal y social, que muchas veces sostenemos relaciones lastimosas, pobres, aburridas, conflictivas, por no decir violentas, con tal de vivir “de a dos”.

Un buen amor debe aportar a la vida personal, no restar, por eso una relación que quita la paz y genera permanente intranquilidad, que limita nuestro mundo de posibilidades en vez de aumentar las alternativas de vida, que genera malestar, aburrimiento y dolor, que bloquea la ternura y las manifestaciones de afecto, que impide el disfrute personal, de pareja y de la vida en general, y que nos lleva a retroceder en todas las áreas de la vida –individual, social, económica, cultural– es una relación que de amorosa tiene muy poco. Pero ¿por qué permanecemos ahí?

 

Razones para sostener una relación infeliz

 

1. Rectificar una mala elección

En ocasiones hacemos una apuesta amorosa, quizás incluso yendo en contra de las opiniones de nuestro entorno, y el hecho de “demostrar” al mundo (o a nosotros mismos) que no nos equivocamos nos lleva a perseverar, con intentos infructuosos y costos altos.

 

2. Creencias erróneas sobre el amor

Rodeados aún por ideas románticas sobre la vida de pareja –el amor, si es verdadero, todo lo puede, todo lo soporta, es sacrificado, y ha de ser eterno– nos aferramos a comprobar que lo nuestro es y ha sido amor, y que esa “fuerza amorosa” transformará los conflictos en encuentros gratificantes. El verdadero amor, si bien conserva algo de enamoramiento, se construye sobre la realidad, no sobre ideales inalcanzables.

 

3. La “matrimania”

La sociedad glorifica y privilegia la vida de pareja. Es de mayor estatus estar emparejado que estar “solo”, y si lo estás en una relación matrimonial, heterosexual y con descendencia, te posicionas en el “top” del “top”. Bella DePaulo, investigadora norteamericana sobre la soltería, acuñó el termino “solterismo”. En su libro Singlism explica que al igual que otros “ismos” como el clasismo, sexismo, racismo, el solterísimo sitúa a las personas sin pareja en un estatus menor de quienes sí la tienen. Y bueno, ¿a quién no le gustan los privilegios?, aunque con frecuencia los costos de sostenerlos sean la frustración permanente, la pérdida de energía, si no es que el desequilibrio emocional y físico.

 

4. Dependencia económica

Quienes simplemente no tienen forma de sostener una independencia económica tampoco tienen la alternativa de elegir permanecer o dejar una relación. Generalmente son más las mujeres quienes se encuentran en esta situación: por hacer del amor y la familia su principal o único proyecto de vida renuncian a una profesión y a un trabajo quedando rezagadas del mundo laboral y dependientes de sus parejas. Esto sin nombrar las reales desigualdades de género que ofrecen mayores y mejores posibilidades de trabajo a los hombres y sobrecargan a las mujeres con tareas domésticas y de crianza.

 

5. Falta de autonomía emocional

Requerir permanentemente la afirmación de la pareja, su acompañamiento permanente, su anuencia para tomar cualquier decisión, impide tener la claridad necesaria para poder reconocer los propios valores, intereses, y deseos, y la fortaleza interna para legitimizarlos y hacerlos valer. Las personas inmaduras psíquicamente se comportan como niños que requieren de la validación y apoyo del otro para hacer elecciones en la vida, desde las más insignificantes hasta las de relevancia mayor.

 

6. Miedo a la soledad

La soledad tiene mala fama, quizás porque se le confunde con el aislamiento. Estar aislado es no contar con vínculo alguno que, como seres sociales, nos aporte afecto y apoyo. En cambio la soledad, que se necesita aun viviendo en pareja, es un estado de mayor individualidad que, bien entendido y aprovechado, permite el silencio interior, el conocimiento personal y la reflexión profunda, todos indispensables para construir la vida que se quiere. Agrego, que nuestra sociedad posmoderna, como bien dice Marie France Hirigoyen en su libro Las Nuevas Soledades, nos impele a alternar a lo largo, valga la redundancia, de nuestra larga vida, periodos de emparejamiento y periodos de soledad.

 

7. Simple confort

Somos generaciones comodinas y con poca voluntad, preferimos el “más vale malo por conocido que el bueno por conocer”. El confort no solo adormece la consciencia sino que imposibilita la conducta creativa. Nos quejamos por lo que tenemos o no tenemos pero no realizamos las acciones necesarias para vivir como queremos.

 

8. Temor al fracaso

Las relaciones tienen vida propia, y como entidad vital recorren un ciclo. El amor, ya sea por una situación de muerte o de rompimiento, nunca durará toda la vida. Terminar una relación desde la decisión no es fracasar, es simplemente aceptar que el amor terminó su ciclo y dio lo que podía dar. Lo que sí ha de considerarse un fracaso es sostener algo que no tiene puntos de acoplamiento, o bien terminarlo de forma innecesariamente irresponsable y  El dolor es inevitable,  en cambio la violencia y la venganza no.

 

9. Desconocimiento de los procesos de cambio

Lo que se puede cambiar en una relación de pareja rara vez se da a base de explicaciones interminables, convencimientos insistentes, sacrificios permanentes, quejas fastidiosas, e incluso, violencias. Pensamos muchas veces que cuando nuestra pareja “se de cuenta” o “nos entienda”, cambiará y estaremos bien. El cambio inicia por la propia transformación y esto implica desafiarnos a nosotros mismos, a nuestras creencias, hábitos, temores, y comodidades. Cuando estemos realmente preparados para perder una relación, estaremos en mejores condiciones de poner y ponernos los límites necesarios que permitan transformarla. Y más allá de la posibilidad de actualizar la pareja, aseguraremos el recuperarnos a nosotros mismos.

 

Así, y confiando que a partir de estos 9 puntos sacarán sus propias conclusiones, afirmo junto con mi buen amigo Antoni Bolinches en su libro Amor al Segundo Intento: “Las buenas relaciones son para disfrutarlas (yo agrego: para cuidarlas, alimentarlas y acrecentarlas), y las malas son para terminarlas”. Y es que no podemos terminar una relación por cualquier cosa, pero ¿vale la pena sostenerla a pesar de todo?

 

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Si en algo se siente compleja la vida amorosa en la actualidad es en la duda permanente respecto a haber elegido a la persona “correcta”. Personas correctas hay muchas pero lo importante es elegir a una con la que podamos construir un rico proyecto de vida de pareja sin tener que anular nuestro proyecto personal o incluso sin tener que anularnos a nosotros mismos.

¿Cómo podemos “verificar” que la relación que tenemos nos nutre, es sólida, amorosa y lo suficientemente buena? Te regalo algunos puntos que te permitirán valorar tu propia relación, y en vez de estar constantemente dudando de la elección realizada, te permitas disfrutar y crecer con quien está junto a ti, o bien, emprender un camino de retirada.

  1. Compatibilidad sexual. Sin necesidad de experimentar permanentemente “chispazos e incendios pasionales” su intercambio erótico y sexual tiende a ser disfrutado por ambos.
  2. Intimidad compartida. Consideras a tu pareja un buen amigo o amiga, no la única, pero sí alguien con quien compartes sentimientos profundos, ayuda mutua, escucha, respeto y confianza. Cuentan el uno con el otro.
  3. Crecimiento conjunto. La relación te facilita desafiar los propios temores y limitaciones y te invita a crecer. La convivencia saca lo mejor de cada uno de ustedes y te permite construir mejores opciones de vida. La pareja te abre puertas.
  4. Aceptación mutua. Si bien toda relación tiene sus roces, reconoces que tu pareja te conoce y te acepta como eres. Del mismo modo, tu no empeñas todos tus esfuerzos en hacer que ella o él cambie y se adapte a lo que tu quieres. La perfección no existe, por lo tanto conocer sus defectos y limitaciones facilita el manejo de su relación.
  5. Discusión productiva. Los inevitables conflictos pueden ser puestos sobre la mesa, cuestionados, resueltos o negociados sin insultos, manipulaciones y revanchas. 
  6. Diversión potenciada. Cuando están juntos disfrutan más la vida. Las idas al cine, las visitas a un museo, los viajes realizados, las comidas compartidas, son espacios de placer para los dos. 
  7. Celos bajo control. Si bien en ocasiones la incertidumbre normal ante la posibilidad de perder a la pareja genera cierto desasosiego, la relación no transcurre entre persecuciones enfermizas, cuestionamientos agotadores, dudas perennes, y estrategias de control. Existe una confianza básica en tu pareja y un respeto a sus espacios individuales.
  8. Decisiones entretejidas. Aunque cada uno toma decisiones individuales en ciertas áreas de su vida personal, muchas de las decisiones tomadas no solo consideran al otro, sino que son decisiones que atañen a ambos y que por tanto los dos tienen “voz y voto”. Cuando uno solo de los miembros de la pareja ostenta el poder y el otro se somete, se abre la puerta del resentimiento y se pone en riesgo la satisfacción y la estabilidad de la relación. 
  9. Visión a futuro. Nada asegura que el amor dure “eternamente”, pero cuando piensas a futuro visualizas una vida compartida con tu pareja actual. El nosotros es parte de tu proyecto de vida.
  10. Opinión positiva. Aunque en ocasiones haya diferencias y disgustos, consideras a tu pareja una persona que vale la pena, inteligente, con buenas actitudes, con una personalidad estable y positiva. Te gusta quién y cómo es.

 

No todo es “miel sobre hojuelas” en el amor, pero estar con la persona correcta te permite encontrarle, hasta en los momentos difíciles, mejor sabor a la vida.

 

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El papel de la suegra ha tenido un impacto histórico en la vida de las familias. Las mujeres durante años, hemos sido educadas para hacernos cargo del mundo de los afectos, de lo doméstico, de los cuidados hacia los demás, si bien esto va cambiando, sigue habiendo familias y, en particular, mujeres que están identificadas y posicionadas completamente en este rol.

Entendiendo esto, podemos imaginar que cuando un hijo varón se casa (pensando por ahora en una relación heterosexual), la madre, siguiendo esta línea, considera que va a ser ella la que va a dar el toque del estilo de vida familiar de la nueva pareja, el modo de resolver las tareas domésticas, las indicaciones de cómo cuidar los afectos de la nueva familia, los tips para velar por el adecuado cuidado de su hijo, ¡ni qué decir de la forma de educar a sus nietos si los hay! En fin, muchas “súper suegras” se consideran las encargadas de enseñar a las nueras cómo construir un hogar.

Es ahí, evidentemente, donde puede comenzar el jaloneo entre las dos mujeres que se identifican con ese rol, que se viven como cuidadoras y que se consideran encargadas de lo emocional, para ver a cuál de las dos les hace caso el hijo-esposo. Sobra decir, que más allá de que me parezca importante que una mujer empoderada viva a su pareja como mutuamente responsable de esos roles con ella, a la suegra ya no le corresponde jugar ese rol: a la suegra, que ya fue madre, que ya lleva camino recorrido, le toca entender que la nueva familia de su hijo no va a vivir como ella quiere, que no replicarán sus valores, que la pareja que inicia encontrarán su propio estilo de vida, y que se equivocarán y repensarán como asimilar y aprender del error.

Siguiendo en esta línea, valdría la pena decir, que un hijo adulto que no obedece plenamente a sus padres, que se alía con su pareja, que no acata ciégamente los mandatos maternos y familiares, da cuenta de una buena educación, pues una educación exitosa lleva a la autonomía, a la toma de consciencia, a un pensamiento independiente, y a la construcción de nuevos modelos de vida adecuados a los retos presentes y a las personas que los desafían. Se vale –y suma como parte de la integridad personal– ser buen hijo: respetuoso, considerado, generoso, conectado; pero un hijo que idolatra a su madre o padre, generalmente es mal padre o mala pareja, pues cumple una función de pareja o padre de sus propios padres.

Dicho lo anterior, ¿cómo se puede ser una buena suegra?:

  1. Se debe considerar si las intromisiones en la pareja de su hijo responden más que a su “buena voluntad”, no se deben resolver los problemas propios en otra parte.
  2. Las buenas suegras aprenden que los límites pueden ser oportunidades para “jubilarse” de un estilo de ser madre que está caduco ya. Estos vínculos sanos equlibran la cercanía/distancia entre las familias.
  3. Una suegra buena entiende y tolera que la nuera y el hijo prueben métodos, hagan sus pininos y tropiecen en el transcurso del tiempo. Da su opinión cuando se la piden, y a manera de propuesta, no de juicio, ni de mandato, y mucho menos de manipulación.
  4. Una buena suegra tiene un proyecto de vida personal, no puede hacer de su hijo y de la familia de su hijo su proyecto de vida.
  5. Las buenas suegras trabajan sus propias carencias y dolores del pasado para no querer resolverlos a través de sus hijos que están viviendo otra situación de vida diferente a la propia.
  6. Quizás algunas cosas bien pensadas, con estrategias bien planeadas, pueden ser aclaradas con su nuera, pero los reclamos y enojos de una madre debe manejarlos con su hijo, directamente. Ciertamente, la relación madre e hijo siempre se puede actualizar, mejorar o perdonar, pero entrar en una dinámica agresiva suegra-nuera es desgastante: por un lado, puede hacer que el hombre se distancie de las cuestiones domésticas, pensando que son problemas que solo corresponden a las partes en disputa (problemas de “viejas”) y, por otro, en realidad siempre es más fácil resolver algo directamente con el hijo, y que el hijo aprenda a poner límites a su propia madre y a llegar acuerdos con su esposa si es necesario. Cuando una relación suegra-nuera se daña, difícilmente es reparable.

 

El punto de ser una suegra perfecta es ser una mujer realizada, madura, que ubica su papel en el rol familiar, que entiende lo que es la autonomía y que si no la ha alcanzado todavía, está en momento de alcanzarla. Además a ella le corresponde, como persona con más experiencia de vida, y mayor rango de responsabilidad, manejar esta situación de forma más inteligente.

 

Una mujer construirá junto con su pareja una sólida relación de pareja, no por las batallas ganadas a la suegra, sino por su apuesta a la propia madurez y a la solidez construida en su nueva relación. Pero ojo, el papel del hijo es central en esta triada: un hombre que se abstiene de definir su postura a favor de su pareja y sigue “exaltando” de manera desbordada el rol de su propia mamá, favorecerá el crecimiento del conflicto, el distanciamiento y la ruptura de su propia relación.

 

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Una pareja tóxica genera pensamientos, sentimientos y conductas en la persona que convive con ella

¿Cuáles observas en ti para detectarlos a tiempo?

  1. Confusión de tener razón en enojarte o exagerar.
  2. Intranquilidad y estrés permanente.
  3. Miedo de pedir algo o decir lo que sientes.
  4. Echarle más ganas y hacer lo que te piden para agradar.
  5. Pasmarte y no responder ante sus quejas y maltratos.
  6. Dar muchas explicaciones y justificaciones de lo que quieres o te gusta para que no se enoje.
  7. Pedirle permiso para hacer lo que deseas o necesitas.
  8. Pedir perdón constante por “errores” que no llegan ni a serlo.
  9. Sentirte culpable y responsable de que lo perturbas.
  10. Dejar de realizar cosas que te gustaban para no crear conflictos.
  11. Aislarte para no darle motivos de queja.
  12. Empiezas a sentirte con mucho enojo, tristeza e incluso depresión.

 

Al final todo esto genera una sensación de desvalimiento e impotencia que te dificulta cambiar la situación. La sensación de minusvalía e incompetencia se ha apoderado de ti.

 

¿Cómo salir del hoyo?

  • Darte cuenta

Notar que estás en una situación de riesgo.

  • Reconocer las situaciones que te llevaron a confundirte

Pensar el amor como tu proyecto de vida, pensar que nadie más te va a querer, urgencia de tener pareja, ser satélite de las necesidades de los demás.

  • Fortalecer tus redes de apoyo

Recuperar los amigos y familiares que dejaste.

  • Asegurarte una independencia económica

Ésta además de resolver muchas cosas, te facilita una autonomía emocional que es la legitimización de tus necesidades, deseos, intereses y valores.

  • Resistirte al sometimiento

Realizar pequeñas acciones de resistencia para detener el maltrato a ver si la otra persona reacciona.

  • Pedir ayuda psicológica y si es necesario legal
  • Y si nada cambia, acudir a otros recursos para dejar esa relación.

 

 

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Algunos amores no matan, pero pueden hacerte pomada…

 

¿Qué es la autoestima?

La autoestima no es un sentimiento ni un pensamiento, es la experiencia de vivirte con auto competencia –con capacidades y recursos para afrontar los desafíos que la vida te presenta– y con auto valía –como alguien merecedor de amor, cuidado y atención–.

 

¿Qué es el apego?

Los seres humanos somos seres gregarios, es decir, requerimos de los demás y además para sentirnos seguros nos apegamos y creamos vínculos que nos generan una sensación de pertenencia y seguridad. Nuestro sistema de apego consiste en un cúmulo de emociones y conductas que nos impulsan a querer permanecer junto a nuestros seres queridos para que nos proporcionen protección, afecto y seguridad.

 

Nuestro estilo de apegarnos a una pareja

Todo nuevo amor es un amor antiguo, porque se correlaciona con nuestra primera relación de amor –o desamor– que es la que tuvimos con nuestros cuidadores primarios, generalmente nuestros padres. Este vínculo primigenio influirá nuestra forma de amar en la edad adulta. ¿Necesitaremos demasiado amor? ¿Temeremos la distancia y la separación? ¿Nos confundiremos fácilmente entre la experiencia de amor y abuso? O más aún ¿Nos adaptaremos a relaciones que mezclan el amor y el abuso?

 

La pareja y la autoestima

Existen relaciones que aunque nos den seguridad y sensación de ser amados también incluyen comportamientos poco empáticos, conductas desdeñosas, escasas muestras de cariño y ocasionales demostraciones de preocupación por nuestro bienestar. En estos intercambios, alguno de los miembros se interesa por controlar al otro y de esa manera sentirse seguro de no perderlo, de no sentirse amenazado por sus competencias, de ser “más” y destacar a costa de su bienestar emocional.

 

  • Indicadores que atentan contra tu autoestima
  1. Gritos en público o en privado.
  2. Amenazas contra ti, tus seres queridos o tus propiedades.
  3. Burlas, sarcasmos e ironías lastimosas sobre tu aspecto, hobbies, amistades o trabajo, incluso haciéndote blanco de “chistes” para que otros se rían de ti.
  4. Te interrumpe y corrige cuando hablas, no te deja hablar de lo que a ti te interesa.
  5. Críticas sobre tu físico, tu forma de vestir, de hablar, de caminar.
  6. No llega a acuerdos contigo, los impone.
  7. Mentiras y manipulaciones. 
  8. Minimización e invisibilización de tus sentimientos, deseos o puntos de vista. Cuando deseas platicar evade diciendo que no tiene tiempo o cambia rápidamente de conversación.
  9. Te cela con persecuciones, reclamos, preguntas inquisitivas y reclamos.
  10. Te culpa de sus malestares y errores.
  11. Te voltea las cosas cuando tú eres quien reclama algo.
  12. Condiciona su amor y su permanencia en la relación para que seas de la forma que desea y que necesita.
  13. Distanciamiento físico y sexual porque ya no le atraes, o bien forzamiento a realizar conductas sexuales o actividades que no te gustan.

Estas formas de actuar, ya sean más o menos explícitas y burdas, son todas acciones humillantes que te hacen dudar de tus capacidades y competencias, y te hacen sentir poco merecedor de amor y respeto. Bajan la seguridad personal y por lo tanto tu autoestima.

 

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John Gottman, psicólogo clínico e investigador norteamericano, quien por cuatro décadas ha estudiado el divorcio y la estabilidad matrimonial, nos dice que se puede pronosticar una ruptura amorosa cuando en la vida de pareja se usan los siguientes “ingredientes” en la comunicación:

 

1. CRÍTICA

La crítica consiste en utilizar palabras negativas sobre el carácter y personalidad de la otra persona: enjuicia, culpa y difama al otro. “Eres un flojo, siempre te levantas tarde”.

 

2. DESPRECIO

Se refiere a cualquier afirmación que busca poner al otro en un lugar de inferioridad en la relación con el fin de hacerlo menos: sarcasmo, escepticismo, insultos, gestos y burla. Corregir la forma de hablar del otro y hacerle gestos con la cara es el ingrediente más agresivo porque contiene amenazas y provocaciones desde un lugar de superioridad. “Sí me levanto tarde, ¿y?, deja de fregarme, o ¿acaso vas a denunciarme por eso?”

 

3.  ACTITUD DEFENSIVA

Ante la crítica y el desprecio uno quiere defenderse: “El problema eres tú, no yo”. Cuando nos sentimos rechazados es frecuente el no asumir la responsabilidad de nada, ni siquiera cuestionamos la participación en el problema, y todo lo regresamos al otro para defendernos. “No hice el depósito porque tú no me avisaste a tiempo”. Con la actitud defensiva nadie gana pues cada uno se afianzan en su posición rígida.

 

4. ACTITUD EVASIVA

Ante la imposibilidad de diálogo y ya con desgaste acumulado, uno de los dos se distancia y actúa como si no le importara lo que el otro dice. La actitud evasiva muestra un cuerpo cerrado que no da señales de interés y apertura al diálogo.

 

Todos usamos este tipo de planteamientos en ciertos momentos, pero no siempre con la misma frecuencia. Para contrarrestarlos existen antídotos:

  • Contra la crítica hay que usar la queja auténtica que permite externar de manera asertiva lo que necesitamos y lo que nos lastima sin criticar y juzgar al otro.
  • Contra el desprecio, la admiración al otro. Vernos como iguales y no desde una actitud de superioridad. En vez de ver al otro desde arriba hacia abajo, hay que observarlo con genuina humildad y reconocimiento.
  • Contra la actitud defensiva, asumir responsabilidad. Gestionar qué parte del desencuentro tiene que ver con mi actitud y mis creencias, y hacerme cargo de qué y cómo actuar.
  • Contra la actitud evasiva, aprender a calmarse para no retirarse. El estrés muchas veces nos rebasa y nos lleva a aislarnos, a no escuchar, con el fin de no experimentar y de acabar con el mal rato. Es esencial tranquilizarnos para poder retomar una conversación en la que podamos dialogar e intercambiar.

 

 

 

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Retos y vericuetos de la vida en pareja hoy

En ocasiones no cuestionamos el porqué y el para qué de la vida en pareja, a veces incluso lo banalizamos, y pocas veces nos preguntamos de dónde viene este gusto, este deseo de hacer pareja, o acaso ¿esa necesidad?

Una primera reflexión sobre el tema deriva de entender cómo hemos evolucionado como especie a través de los años.

La extendida época de crianza tuvo consecuencias particulares en las relaciones de los hominidos ancestrales, una que nos interesa en relación al tema de la pareja es la necesidad de la hembra de cierta protección y seguridad durante la crianza.

Por otra parte, la postura erguida les permitía copular frente a frente favoreciendo el establecimiento de un reconocimiento y gusto en el intercambio sexual, esto unido a la desaparición de periodo de celo en las hembras y el desarrollo de orgasmos en las mismas, aumentó la frecuencia de las cópulas y el gusto por un compañero particular. El sexo y el erotismo no son solo fisiológicos, son relacionales también.

Si bien en la actualidad la pareja no se funda en la importancia de la reproducción, producción y sobrevivencia como antaño, aún parece una constante en la vida de las personas la búsqueda de una relación particular que de manera especial nos abra opciones en la vida, nos genere una seguridad básica, y nos nutra de compañía, gozo y afecto.

Hoy se privilegia el gusto por estar con el otro, la necesidad de un intercambio de ternura y afectos, y de ayuda cotidina. El eje de la vida amorosa ha cambiado, pero el deseo por vivir en pareja parece que no.

Por otro lado, y también como efecto de la larga época de crianza que requerimos para conquistar la autonomía, mencionamos que venimos de una historia primaria de apego con la madre: en los primeros años de vida, si tuvimos suerte, dispusimos al menos por un tiempo de algún cuidador que fue “solo para nosotros” y que estuvo atento a satisfacer todas nuestras necesidades.

Lo digamos o no, seamos concientes o no, muchos deseamos una vida de pareja que nos recuerde, nos perpetúe, o remplace, esa unicidad. Quizás por eso podemos decir que al amor adulto siempre nos deja insatisfechos, porque por buena que sea la relación amorosa que generemos, nadie puede ni tiene la obligación de colmarnos como lo hicieron, bien o mal, nuestros cuidadores primarios en esos primeros momentos de vida.

No podemos dejar de señalar, que la búsqueda –a veces frenética– de una relación amorosa, también se correlaciona con una sociedad que privilegia la vida de pareja sobre la vida individual.

Insistimos que si bien en el pasado, las necesidades de reproducción, producción, y sobrevivencia hacían imperiosa la unión conyugal y la convivencia familiar, en la actualidad los requerimentos de la vida moderna son diferentes, y los deseos, necesidades y valores de los sujetos del siglo XXI también lo son.

A veces no estamos dispuestos a pagar ciertos costos y asumir ciertas renuncias para vivir de a dos, pero aún así se deja todavía sentir el estigma en relación a la soltería y la vida “en solo”; el privilegiar la vida de pareja sigue ejerciendo su inercia y con ella se despliega una fuerte presión a quienes viven en soltería.

Para desarrollar el potencial personal, necesitamos contactarnos a nosotros mismos al tiempo que nos relacionamos con otros seres humanos; a veces esos “otros” son una pareja concreta, pero en ocasiones son un círculo de amigos, o un grupo de colegas, con frecuencia la propia familia y demás seres queridos que siempre han estado cerca de nosotros. Todos condimentan con “sal y pimienta” el día a día de nuestras vidas y dan calor y cobijo a nuestro corazón.

 

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Hoy más que nunca los prejuicios y tabúes sexuales van “pasando a la historia”, aún así las parejas modernas batallan por la falta de deseo sexual. Pareciera que en la era de las comunicaciones y la tecnología, –entre diversos factores– uno de los culpables de la falta de deseo es el internet en todas su presentaciones. La atención frenética a las redes sociales, la búsqueda de nuevas aplicaciones, la información no atendida en periódicos, mails, whatsapps, entre una y mil posibilidades más, no solo nos hacen perdernos de algunos orgasmos sino de posponer indefinidamente ricas conversaciones que antaño acompañaban a las parejas antes de dormir.
En un era de “superindividualidad” reforzada por la atención constante a los diversos gadgets con todas sus variedades, la falta de diágolo nocturno entre las parejas impide actualizar su relación día a día. Dejar de compartir de manera ligera y natural las actividades realizadas durante el día, de intercambiar las impresiones sobre las experiencias vividas, de develar los sueños conquistados o de permitir asomarse a los temores enfrentados, nos está privando de cierta complicidad nocturna que antaño era casi inevitable intercambiar.

Quienes aún practicamos estos intercambios conversacionales en la cama experimentamos que funcionan como pegamento emocional pues son un “ir y venir” de escucha, de contención, de interés y de acompañamiento que fortalece la sensación de pertenciencia, de valía, de interés y de contención amorosa.

Sin duda uno puede tener charlas íntimas con su pareja en un restaurante silencioso, o bien durante el desayuno si es que los niños ya se han ido a la escuela, pero aún así la recámara conjunta y, de manera particular, la cama compartida, contienen un significado especial en la vida conyugal. Si este espacio se apropia por los dos y se adecúa con elementos relajantes como una luz tenue y quizás un incienso de suave aroma, habrán grandes posibilidades de generar un ambiente de conexión y una conversación íntima.

El objetivo de un encuentro así es fomentar la complicidad y atenuar el distanciamiento, por esta razón, el dormitorio es adecuado para cualquier tema. Sin duda la vida se compone de momentos buenos y de situaciones complicadas, pero ¿no podremos elegir lugares menos íntimos (la cocina, la sala, etcétera) para temas rasposos que implican otra energía y en ocasiones técnicas de negociación?

Sobra decir que las charlas de almohada no han de ser siempre “miel sobre hojuelas”, también pueden ser de utilidad para aclarar algunos malentedidos y una que otra diferencia. Agrego además que hablar de “nosotros” –en el comedor, en la cama o en la cocina– siempre implica asumir responsabilidad sobre lo que uno “pone sobre la mesa” y sobre la forma en que uno maneja los propios sentimientos, pero aún así pienso que un terreno tan íntimo como la cama puede ser más un vehículo para conectar que para resolver, y ¿por qué no?, para calentar el ambiente en el sentido literal de la palabra.

El sexo, así como las conversaciones, son formas de vincularnos. Y si crees –como yo– que hay formas distintas de desnudarnos, como conversar, entonces sabrás que para hacer el amor no siempre necesitarás quitarte la ropa.

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.