John Gottman, psicólogo clínico e investigador norteamericano, quien por cuatro décadas ha estudiado el divorcio y la estabilidad matrimonial, nos dice que se puede pronosticar una ruptura amorosa cuando en la vida de pareja se usan los siguientes “ingredientes” en la comunicación:

 

1. CRÍTICA

La crítica consiste en utilizar palabras negativas sobre el carácter y personalidad de la otra persona: enjuicia, culpa y difama al otro. “Eres un flojo, siempre te levantas tarde”.

 

2. DESPRECIO

Se refiere a cualquier afirmación que busca poner al otro en un lugar de inferioridad en la relación con el fin de hacerlo menos: sarcasmo, escepticismo, insultos, gestos y burla. Corregir la forma de hablar del otro y hacerle gestos con la cara es el ingrediente más agresivo porque contiene amenazas y provocaciones desde un lugar de superioridad. “Sí me levanto tarde, ¿y?, deja de fregarme, o ¿acaso vas a denunciarme por eso?”

 

3.  ACTITUD DEFENSIVA

Ante la crítica y el desprecio uno quiere defenderse: “El problema eres tú, no yo”. Cuando nos sentimos rechazados es frecuente el no asumir la responsabilidad de nada, ni siquiera cuestionamos la participación en el problema, y todo lo regresamos al otro para defendernos. “No hice el depósito porque tú no me avisaste a tiempo”. Con la actitud defensiva nadie gana pues cada uno se afianzan en su posición rígida.

 

4. ACTITUD EVASIVA

Ante la imposibilidad de diálogo y ya con desgaste acumulado, uno de los dos se distancia y actúa como si no le importara lo que el otro dice. La actitud evasiva muestra un cuerpo cerrado que no da señales de interés y apertura al diálogo.

 

Todos usamos este tipo de planteamientos en ciertos momentos, pero no siempre con la misma frecuencia. Para contrarrestarlos existen antídotos:

  • Contra la crítica hay que usar la queja auténtica que permite externar de manera asertiva lo que necesitamos y lo que nos lastima sin criticar y juzgar al otro.
  • Contra el desprecio, la admiración al otro. Vernos como iguales y no desde una actitud de superioridad. En vez de ver al otro desde arriba hacia abajo, hay que observarlo con genuina humildad y reconocimiento.
  • Contra la actitud defensiva, asumir responsabilidad. Gestionar qué parte del desencuentro tiene que ver con mi actitud y mis creencias, y hacerme cargo de qué y cómo actuar.
  • Contra la actitud evasiva, aprender a calmarse para no retirarse. El estrés muchas veces nos rebasa y nos lleva a aislarnos, a no escuchar, con el fin de no experimentar y de acabar con el mal rato. Es esencial tranquilizarnos para poder retomar una conversación en la que podamos dialogar e intercambiar.

 

 

 

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Retos y vericuetos de la vida en pareja hoy

En ocasiones no cuestionamos el porqué y el para qué de la vida en pareja, a veces incluso lo banalizamos, y pocas veces nos preguntamos de dónde viene este gusto, este deseo de hacer pareja, o acaso ¿esa necesidad?

Una primera reflexión sobre el tema deriva de entender cómo hemos evolucionado como especie a través de los años.

La extendida época de crianza tuvo consecuencias particulares en las relaciones de los hominidos ancestrales, una que nos interesa en relación al tema de la pareja es la necesidad de la hembra de cierta protección y seguridad durante la crianza.

Por otra parte, la postura erguida les permitía copular frente a frente favoreciendo el establecimiento de un reconocimiento y gusto en el intercambio sexual, esto unido a la desaparición de periodo de celo en las hembras y el desarrollo de orgasmos en las mismas, aumentó la frecuencia de las cópulas y el gusto por un compañero particular. El sexo y el erotismo no son solo fisiológicos, son relacionales también.

Si bien en la actualidad la pareja no se funda en la importancia de la reproducción, producción y sobrevivencia como antaño, aún parece una constante en la vida de las personas la búsqueda de una relación particular que de manera especial nos abra opciones en la vida, nos genere una seguridad básica, y nos nutra de compañía, gozo y afecto.

Hoy se privilegia el gusto por estar con el otro, la necesidad de un intercambio de ternura y afectos, y de ayuda cotidina. El eje de la vida amorosa ha cambiado, pero el deseo por vivir en pareja parece que no.

Por otro lado, y también como efecto de la larga época de crianza que requerimos para conquistar la autonomía, mencionamos que venimos de una historia primaria de apego con la madre: en los primeros años de vida, si tuvimos suerte, dispusimos al menos por un tiempo de algún cuidador que fue “solo para nosotros” y que estuvo atento a satisfacer todas nuestras necesidades.

Lo digamos o no, seamos concientes o no, muchos deseamos una vida de pareja que nos recuerde, nos perpetúe, o remplace, esa unicidad. Quizás por eso podemos decir que al amor adulto siempre nos deja insatisfechos, porque por buena que sea la relación amorosa que generemos, nadie puede ni tiene la obligación de colmarnos como lo hicieron, bien o mal, nuestros cuidadores primarios en esos primeros momentos de vida.

No podemos dejar de señalar, que la búsqueda –a veces frenética– de una relación amorosa, también se correlaciona con una sociedad que privilegia la vida de pareja sobre la vida individual.

Insistimos que si bien en el pasado, las necesidades de reproducción, producción, y sobrevivencia hacían imperiosa la unión conyugal y la convivencia familiar, en la actualidad los requerimentos de la vida moderna son diferentes, y los deseos, necesidades y valores de los sujetos del siglo XXI también lo son.

A veces no estamos dispuestos a pagar ciertos costos y asumir ciertas renuncias para vivir de a dos, pero aún así se deja todavía sentir el estigma en relación a la soltería y la vida “en solo”; el privilegiar la vida de pareja sigue ejerciendo su inercia y con ella se despliega una fuerte presión a quienes viven en soltería.

Para desarrollar el potencial personal, necesitamos contactarnos a nosotros mismos al tiempo que nos relacionamos con otros seres humanos; a veces esos “otros” son una pareja concreta, pero en ocasiones son un círculo de amigos, o un grupo de colegas, con frecuencia la propia familia y demás seres queridos que siempre han estado cerca de nosotros. Todos condimentan con “sal y pimienta” el día a día de nuestras vidas y dan calor y cobijo a nuestro corazón.

 

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Hoy más que nunca los prejuicios y tabúes sexuales van “pasando a la historia”, aún así las parejas modernas batallan por la falta de deseo sexual. Pareciera que en la era de las comunicaciones y la tecnología, –entre diversos factores– uno de los culpables de la falta de deseo es el internet en todas su presentaciones. La atención frenética a las redes sociales, la búsqueda de nuevas aplicaciones, la información no atendida en periódicos, mails, whatsapps, entre una y mil posibilidades más, no solo nos hacen perdernos de algunos orgasmos sino de posponer indefinidamente ricas conversaciones que antaño acompañaban a las parejas antes de dormir.
En un era de “superindividualidad” reforzada por la atención constante a los diversos gadgets con todas sus variedades, la falta de diágolo nocturno entre las parejas impide actualizar su relación día a día. Dejar de compartir de manera ligera y natural las actividades realizadas durante el día, de intercambiar las impresiones sobre las experiencias vividas, de develar los sueños conquistados o de permitir asomarse a los temores enfrentados, nos está privando de cierta complicidad nocturna que antaño era casi inevitable intercambiar.

Quienes aún practicamos estos intercambios conversacionales en la cama experimentamos que funcionan como pegamento emocional pues son un “ir y venir” de escucha, de contención, de interés y de acompañamiento que fortalece la sensación de pertenciencia, de valía, de interés y de contención amorosa.

Sin duda uno puede tener charlas íntimas con su pareja en un restaurante silencioso, o bien durante el desayuno si es que los niños ya se han ido a la escuela, pero aún así la recámara conjunta y, de manera particular, la cama compartida, contienen un significado especial en la vida conyugal. Si este espacio se apropia por los dos y se adecúa con elementos relajantes como una luz tenue y quizás un incienso de suave aroma, habrán grandes posibilidades de generar un ambiente de conexión y una conversación íntima.

El objetivo de un encuentro así es fomentar la complicidad y atenuar el distanciamiento, por esta razón, el dormitorio es adecuado para cualquier tema. Sin duda la vida se compone de momentos buenos y de situaciones complicadas, pero ¿no podremos elegir lugares menos íntimos (la cocina, la sala, etcétera) para temas rasposos que implican otra energía y en ocasiones técnicas de negociación?

Sobra decir que las charlas de almohada no han de ser siempre “miel sobre hojuelas”, también pueden ser de utilidad para aclarar algunos malentedidos y una que otra diferencia. Agrego además que hablar de “nosotros” –en el comedor, en la cama o en la cocina– siempre implica asumir responsabilidad sobre lo que uno “pone sobre la mesa” y sobre la forma en que uno maneja los propios sentimientos, pero aún así pienso que un terreno tan íntimo como la cama puede ser más un vehículo para conectar que para resolver, y ¿por qué no?, para calentar el ambiente en el sentido literal de la palabra.

El sexo, así como las conversaciones, son formas de vincularnos. Y si crees –como yo– que hay formas distintas de desnudarnos, como conversar, entonces sabrás que para hacer el amor no siempre necesitarás quitarte la ropa.

La pérdida de deseo sexual es un mal generalizado en nuestro tiempo. La explicación de esta realidad deriva de distintos factores, entre ellos la erotización extrema de la cultura en la que vivimos, la conquista de una libertad sexual que se vive más como obligación que como derecho y  el ejercicio de una sexualidad como prácitca de consumo, y por tanto de uso, sino es que de abuso entre seres humanos. La saturación y el sinsentido se presentan como efectos inminentes del acceso fácil, superficial  y sobrevalorado a las relaciones sexuales.

Sin embargo existe un factor que se visualiza poco y está relacionado con el reparto inequitativo de las tareas domésticas, de la crianza de los hijos, y del cuidado emocional de quienes nos rodean. Las mujeres hemos sido socializadas para ser satélites de las vidas de los otros posicionándonos como las provedoras físicas y afectivas de nuestros seres queridos (y a veces otros no tan queridos). Es difícil medir el tiempo que se dedica a estas actividades, si bien hay cifras que arrojan el tiempo que implica la realización de dichas tareas, y que se suma a las horas de trabajo formal remunerado que muchas mujeres desempeñan. Ser las encargadas del bienestar emocional de nuestros hijos, padres, hermanos y parejas –entre otros- no es algo que se pueda contabilizar en “horas mujer” en tanto que implica en buena parte el empeño de nuestra propia energía emocional y mental para poner atención, intención y luego acción al bienestar de las personas que cuidamos y contenemos.

Alguien se preguntará ¿qué tiene que ver todo esto con la pérdida del deseo? ¿no se supone que el ejercicio de la sexualidad genera un bienestar físico y mental?. La respuesta inmediata sería sí, pero la libido es energía y la extrema carga emocional y mental de las mujeres genera mucho estrés y por lo tanto drena mucha  energía, ¿de dónde y cómo vamos a extraer el deseo si la energía nos falta para llevar a cabo –prever, anticipar, organizar, resolver y gestionar- todas las actividades mencionadas?

Muchas mujeres dicen “me gusta mi pareja, extraño la vida sexual que tenía, lo quiero, pero a las diez de la noche ¡no quiero sexo por favor!”. Esto en el mejor de los casos, porque a esto cabe sumar que la experiencia de inequidad genera resentimiento. Una vez más, se deja sentir el peso de una sobre-responsabilidad en algo que se intuye  -o se reclama con pocos efectos positivos- una responsabilidad común. El extremo llega a casos en que la mujer, siendo la proveedora económica principal de la familia, es también la proveedora principal (sino es que única) de los afanes domésticos y emocional.

Las excusas y explicaciones a esta situación son generalmente las mismas “es que mi ‘naturaleza’  femenina me lo facilita”, “me tardo mucho más si se lo tengo que explicar, mejor lo hago”, “se lo pido pero lo hace mal y de mala gana, prefiero no pelear”. Y el resultado termina siendo la sobrecarga y la falta de deseo sexual.

Muchas parejas llegan a consulta argumentando que desean renovar el deso que tenían, y terminamos trabajando de la vida dentro de casa con su particular inequidad. Así, el problema de raíz no es la cama, sino quien la tiende y echa las sábanas a lavar. Claro, existen disfunciones sexuales, problemas hormonales y falta de técnicas y rituales novedosos para actualizar el repertorio sexual, pero también se tiene que estar dispuesto a cuestionar “todas las reglas” del juego amoroso para reactivar la anticipación del disfrute y gozar de una más frecuente, satisfactoria y lúdica sexualidad .

 

Cómo dejar de ser y sentirte víctima

La tristeza, el dolor y el enojo son experiencias humanas, todos —en distintos grados y en diversos momentos de la vida— experimentamos esos sentimientos. Sin embargo es característico de quienes se posicionan como víctimas acallar la ira y el enojo: les resulta más “fácil” esconderse en la “tristeza” pasiva del dolor, que reconocer el proprio malestar y actuar en consecuencia.

Es por eso que las personas víctimas tienden a ser pasivo agresivas, pues a mayor frustración, mayor desencanto y mayor acumulación de resentimiento que tiene que salir de alguna manera “velada”. El enojo “enterrado” puede ser hacia uno mismo por falta de seguridad y de competencia o hacia los demás por algún hecho que nos haya lastimado. En ambos casos la idea de “victimizarse” es la forma de sanar o de saldar cuentas crea la estrategia manipulativa de las personas que se victimizan.
Es importante hacer consciente esta estrategia inconsciente ya que en la base de la misma está el temor y la dificultad de reconocer nuestro enojo y actuar –oportuna y constructivamente – en consecuencia.

¿Qué toca hacer a quien se siente atrapado en su victimez? Adoptar medidas para cambiar las situaciones que nos producen infelicidad o insatisfacción y aceptar las que no tienen remedio. Esto implica y requiere un cambio de actitud y nuevos caminos de acción…

Tips para dejar de victimizarse

  • Suelta la idea de que la vida “te debe”. La vida no es justa, la vida no te debe nada, y aunque te lo debiera, no te lo va a pagar.
  • Reconoce los sentimientos que experimentas, sobre todo la tristeza y el enojo.
  • Descubre el significado de lo que estás sintiendo ¿miedo, celos, confusión?
  • Detecta los pensamientos auto-destructivos en torno a tus emociones y cuestiona el sistema de creencias que lo sustentan.
  • Mientras no puedas pensar y sentir diferente, al menos, antes de reaccionar, detén la acción. Pero intenta accionar de una forma distinta, aunque sea un cambio pequeñísimo, esto te ayudará a vivirte diferente, y luego a pensar y sentir de manera distinta.
  • Revisa tu forma de comunicarte. Deja de decir “no es justo”, “tengo derecho a…”, “las cosas deberían de ser “así y no asa”. Estas palabras solo justifican la ira y te atan a los sentimientos de frustración como si alguien estuviera obligado a satisfacer tus necesidades.
  • Distingue la empatía de la conmiseración. Una cosa es comprenderte y otra “tirarte al piso”
  • Sé asertivo. Di lo que sientes, necesitas y valoras.
  • Aprende a poner límites claros, y a decir NO ante lo que no puedes o no quieres.
  • Descubre tus gustos, intereses, habilidades y deseos, y encuentra acciones que te permitan desplegarlos y respetarlos.
  • Recupera seguridad personal a través de las pequeñas acciones que apuntan a respetar tus anhelos, tus necesidades y sus valores.
  • ¡Aprende a ser resiliente! Para superar las dificultades y aceptar tu vulnerabilidad tienes que creer en tu propia fuerza interior, la cual implica desarrollar la convicción de que serás capaz de encarar lo que sea que estés viviendo, con recursos propios o con apoyo externo.

Integrar estas actitudes favorece un proceso de transformación que sustituye una actitud pasiva y un comportamiento basado en el poder negativo. Practicar con pequeñas acciones estos tips te permitirá colocarte en una posición de fuerza para afrontar activamente tu vida y desarrollar tu el poder personal.

Insisto, la vida no es fácil pero la madurez consiste en hacerse cargo del propio dolor, de trabajarlo y de atravesarlo airosamente. Superar la actitud de víctima te permitirá tomar las riendas de tu vida.

La verdad más poderosa de la experiencia amorosa consiste en su posibilidad de transformarnos. Su existencia nos permite desde superar heridas pasadas hasta desarrollar nuestro potencial humano al máximo. Bueno, esto si estamos hablando de construir un buen amor, lo cual toma tiempo, algunas caídas, y mucha experiencia asimilada que nos vaya acercando a la madurez.

Un amor lo suficientemente bueno es aquel que es sólido en su unión sin que se deteriore con la individualidad. Muchas veces este balance no es entendido debido a las ideas sobre el amor romántico que prevalecen en nuestra sociedad. El amor como concepto que circula en canciones, revistas, películas y novelas, exalta el ideal de fusión y de completud.

Por otro lado, los vínculos humanos se han fragilizado gracias a la tendencia a la fugacidad, la superficialidad y la falta de compromiso. La ideología consumista provoca que el amor parezca un consumo guiado por lo que vemos en las redes sociales, una necesidad de conexión y posesión más que de relación. Este tipo de amor es una simulación de un eterno presente que se sustenta más en el “aglutinamiento” físico y emocional, que en la genuina intimidad, sustituyendo la mutualidad necesaria entre los amantes por una rígida y pesada codependencia.

En las relaciones amorosas que se viven desde nuestro ser adulto, el “nosotros” coexiste con una individualidad íntegra. Ambos danzan de manera dinámica y fluida ya que esta experiencia nos lleva a integrar en cierta forma al otro, a que su cercanía sume a nuestra vida, a transformarnos a través de él y por él, y al mismo tiempo, a seguir diferenciándonos uno del otro para no renunciar a ser nosotros mismos.

Este pasaje de “El Profeta” de Gibran Jalil describe de forma maestra, precisa y bella el complejo equilibrio entre intimidad e independencia:

 

“Amaos uno a otro, mas no hagáis del amor una prisión.
… dejad que en vuestra unión crezcan los espacios.
Y dejad que los vientos del cielo dancen entre vosotros.
Llenaos mutuamente las copas, pero no bebáis sólo en una.
Compartid vuestro pan, mas no comáis de la misma hogaza.
Cantad y bailad juntos, alegraos, pero que cada uno de vosotros conserve la soledad para retirarse a ella a veces.
Hasta las cuerdas de un laúd están separadas, aunque vibren con la misma música.
Ofreced vuestro corazón, pero no para que se adueñen de él.
Porque sólo la mano de la Vida puede contener vuestros corazones.
Y permaneced juntos, más no demasiado juntos:
Porque los pilares sostienen el templo, pero están separados.

Y ni el roble ni el ciprés crecen el uno a la sombra del otro.”

 

 

Que así sea…

Enredarse con un casado…

 

 

Si no lo hemos vivido en carne propia, todos conocemos a alguna que, por alguna u otra razón, ha caído en esta “tentación” de lo prohibido, visto desde el pensamiento religioso tradicional, claro está. Por la razón que sea:

 

  • Porque no lo sabía…
  • Porque eran compañeros de trabajo…
  • Porque no conocía a la otra…
  • Porque pasaban mucho tiempo juntos…

 

Siempre están rondando la cabeza cuestionamientos que aún sabiendo que probablemente no llevará a ningún lado lo que está ocurriendo, hacen que la tercera en la ecuación se mantenga ahí. Cuestionamientos en donde se cuela la ilusión y que se agarran de expectativas futuras (siempre futuras, ya que el presente no da para más…):

 

  • ¿Dejaré de ser “la otra”?
  • ¿Me quiere o sólo me utiliza?
  • ¿Por qué no me dijo que estaba comprometido?
  • ¿Y sí la va a dejar para estar conmigo?

 

 

Y no es que lo diga yo nada más… Según los expertos, las esperanzas para las amantes no son alentadoras ya que, en un triángulo amoroso, siempre llevan las de perder. La etapa de encantamiento en una relación dura entre dos meses y dos años. Tras eso, los hombres tienden a volver a sus hogares con sus esposas.

 

¡Pero sí pasa! (Poco pero pasa…)

Enredarse con un hombre comprometido ya le resta posibilidades de éxito a la

relación, cuando no se trata de algo destinado directamente al fracaso. Pero algunas

veces funciona; según estadísticas realizadas, sólo el 5% de las relaciones

extramaritales terminan en un compromiso formal con todas las de la ley.

 

Si ya lo conoce…

Cuando la amante lleva tiempo de ser “la otra”, sabe todos los trucos que él ideó para

poder estar con ella sin que la esposa se enterara. Sabe cómo es, cómo se comporta,

conoce todas las estrategias y mentiras que dijo. Así que sabe perfectamente cómo

miente y cómo se ideó la vida para poder estar con las dos.

 

Y es que una vez que ya se hizo, la mecánica es fácil de repetir, el problema es

que ahora la persona que está del otro lado ya sabe cómo es el juego porque ya lo

conoce, ya lo jugó y ya lo vivió, así que la cosa se presta a temores y complicaciones.

 

 

  

 

Infieles “por naturaleza”

Hay quienes no son monógamos; de hecho, la monogamia es más un contrato por razones diversas que algo característico y sustancial de nuestra especie humana. El tema no es luchar contra la no exclusividad sexual, sino ser claro en que “no se es hombre –o mujer- de una sola pareja”. La razón puede ser desde la experiencia misma de un nuevo encuentro, el placer del goce sexual, hasta el complemento emocional que da otra persona. Eso sin mencionar a los hombres abusivos que desde su poder patriarcal se permiten lo que no le permitirían ni a su pareja ni a su(s) amante(s). Así, una relación de un hombre casado con una amante puede o no llegar a una relación de mayor compromiso, pero no asegura tampoco la fidelidad en ella.

 

¿Sospechas de estar con alguien que te es infiel?

Hay algunas señales que pueden darte una idea más concreta de si es un problema de pareja que se está proyectando en una sospecha, o si en efecto, existe la posibilidad de que tu pareja te esté siendo infiel.

 

Las “señales”:

 Una obsesión repentina por el celular o las redes sociales.

 

 

 

 

 

 

 Hay un “espacio” de su vida en el que no te deja participar.

 Cada día tiene nuevas reuniones u obligaciones.

 Cuida su aspecto de forma repentina.

 De repente está más seguro de sí mismo.

 Encontrar cosas “raras”.

 

Para cerrar…

Cualquier relación amorosa en la más “óptima” circunstancia tiene el riesgo de

terminar; cuestionar si ésta relación ha llegado a su fin en tanto que resta más de lo

que da, es algo que el amante –cuando se siente más lastimado que enriquecido- tiene que valorar.

 

En el caso de las esposas corresponde valorar si una infidelidad es razón suficiente para terminar; hay de infidelidades a infidelidades, y es importante distinguir entre un encuentro de una noche ocasional que le cacharon a un constante engaño y manipulación. En fin… ese es otro tema.

 

Si bien las relaciones triangulares rara vez surgen propositivamente, la terminación

de las mismas, con todas las dificultades que representen, sí puede ser una decisión;

pocas cosas duelen tanto como perder un buen amor, pero cabe entonces hacerse la

pregunta ¿esto que estoy viviendo puedo considerarlo un buen amor? Posicionarse

como víctima desvalida, lejos de conmover a la pareja a decidirse por el tercero –en

caso de que sí contemple la opción– será un detonador de más problemas y de un

mayor deterioro de la relación.

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.