Todos sabemos lo que es ser un “control freak” y tener que estar en todo para poder controlarlo todo. Sin duda, cierto grado de control da estructura a la vida y nos ayuda  a sobrevivir; sentir que entre nuestras manos está el timón de nuestra vida nos permite tener el poder necesario para cuidar de nosotros y enfrentar los desafíos básicos que todo existir conlleva.

Pero ¿qué pasa cuando ese control va más allá de nuestros asuntos y posibilidades y busca inmiscuirse en la vida de los demás? La mayoría de quienes se dan el permiso de controlar la vida, los cuerpos, las decisiones y las relaciones de las personas que los rodean, acostumbran justificarse afirmando que lo “hacen por el bien del otro”: para cuidarlo, para ahorrarle problemas, para allanarle el camino, en fin, razones van y vienen para adjudicarse el derecho de arrebatar a los demás sus decisiones vitales..

 

Entiendo que en ciertas circunstancias hemos de ejercer un grado de poder sobre otros, pero siempre adecuado a las circunstancias, a su etapa evolutiva y sobre todo al rol de responsabilidad que tengamos nosotros en ese contexto y con esa persona.

 

El control bien ejercido, tanto si estamos en una dirección empresarial como si ejercemos de padres de un adolescente, dará contención a los demás, producirá resultados positivos y permitirá el desarrollo de los involucrados. Pero cuando de lo que estamos hablando es de limitar la vida de nuestros hijos adultos, de nuestra  pareja, familiares, incluso amigos y empleados de manera inoportuna para ellos, estamos saltándonos límites y desacreditando las competencias y recursos que las personas tienen para manejar su vida y con ello el derecho a aprender de sus errores, el afrontar las consecuencias de sus actos y por supuesto, el discrepar de nuestros gustos, valores y deseos.

 

¿Será que esta necesidad de control involucra más nuestras limitaciones y temores que el genuino deseo de ayudar? Cuando la conducta de los demás nos produce ansiedad, nos genera malestar y nos resulta amenazante –ya sea porque desafía nuestras creencias, pone en tela de juicio nuestros valores, perturba nuestra estabilidad, y nos enfrenta a nuestros miedos– aplicamos el control como estrategia para preservar nuestro equilibrio sino es que nuestro confort y comodidad.

 

¿No es “más fácil” controlar a los demás que poner sobre la mesa un problema galopante y abordarlo? ¿No es verdad que en ocasiones el hecho de controlar al otro nos evita decir lo que queremos, nombrar lo que nos molesta y pedir lo que necesitamos? Impedir que la vida de cada quien tome su propio curso  y por supuesto de confrontar directa y frontalmente cuando la situación amerite una reflexión oportuna, da cuenta de la capacidad de manejar nuestros propios temores y de cuidar al otro desde el amor y el respeto.

El “control freak” teme perder el control propio. Empecemos a soltar el control dejando ir algo pequeño, examinando qué nos pasa antes y después del evento, y finalmente reflexionando qué ganancia secundaria nos daba controlar esa situación. Este ejercicio nos permitirá aprender mucho más de nosotros mismos y establecer relaciones enriquecedoras al dejar que los otros elijan cómo vivir su vida. Y es que al final de cuentas la única vida que tenemos por vivir, es la nuestra.

 

 

 

 

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Tenemos encima las fiestas decembrinas y junto con ellas el “gusto y el susto” de sentir que también se nos “viene encima” todo el ejército familiar. Acercándose los eventos navideños se hace inevitable el deseo de muchos de poner al día las relaciones “archivadas”a lo largo del año y con tal objetivo promovemos cenas, intercambios, visitas, inculos viajes de corta, mediana o larga duración. Y entre los múltiples festejos esperados parece que uno de los más gratificantes, y también más desafiantes, es la reunión con nuestra propia familia.

            La familia acostumbra ser una fuente de apoyo, cariño y diversión, pero al mismo tiempo puede mostrar la otra “cara de la moneda” y desatar en nosotros un ramillete de abogios, enojos, conjuros y ansiedad. En nuestro diario vivir  seguramente alternamos con aquellos familiares con quienes nos sentimos más identificados y cómodos, pero a la hora de los eventos “multitudinarios” caemos en cuenta que tenemos que convivir con “todo el gremio” sin poder escoger con quién sí y con quién no.

Si bien algunas familias promueven más que otras el crecimiento y el bienestar de sus integrantes, todas encarnan una serie de patrones de conducta y de dinámicas relacionales que se reactivan cuando sus miembros se vuelven a juntar.  Sin duda algunas familias que son francamente tóxicas y lastimosas (de ellas escribiré más adelante), pero considero que abusamos del tan trillado término “familias disfuncionales” cuando lo que queremos señalar son algunas actitudes, “locurillas” y acciones de nuestros familiares que nos incomodan y hasta nos llegan a hacer enojar. Y es que si le “rascamos” un poco, todos vamos a encontrar conductas “raritas” en nuestra parentela, que no por ser “comunes y corrientes” (a veces más corrientes que comunes)  son fáciles de entender y manejar.  Por eso pensemos con cierta aceptación que de “poetas y locos, todos tenemos un poco” y veamos cómo capotear tales situaciones en esta Navidad.

 

Aunque te resistas a aceptarlo…

 

Lo quieras o no, lo creas o lo nieges, te guste o no te guste, tú, de una u otra forma participas en lo que pasa en la vida de tu familia. Ya sea porque le echas muchas ganas para que todo sea “miel sobre hojuelas”, porque te echas “en reversa” para evitar estar los domingos con ellos, o porque le echas “leña al fuego” para ver si de verdad te quiere tu papá, tu presencia o tu distancia, tu opinión o tu silencio, tu gracia o tu antipatía, tienen un impacto en toda la dinámica familiar. Y sí, las reuniones familiares activan los viejos rencores, las férreas competencias, los inatendidos reclamos, y a veces hasta las lágrimas de mamá. ¡Es que nunca falta el hermano que llega tarde y todos tienen que esperarlo para iniciar la cena!, o la cuñada incómoda con gestos de disgusto que no puede disimular,  el abuelo al que se le pasaron las copas, la prima que se hizo “güey” con el regalo, hasta tu hijo que se aburrió antes de tiempo y se puso a molestar…

Las dinámicas familiares tienen su propia inercia más allá de los buenos deseos de sus integrantes, pero aún así, un pequeño cambio en tu conducta –como parte del sistema familiar- puede hacer que algo mínimamente varíe, o al menos que tu puedas  -entre pavo, regalos, y villancicos- sentirte más cómodo y poder “alguito” disfrutar.

 

Tips para no tirar tu terapia a la basura en quince días.

Las fiestas navideñas, con sus viajes, posadas y cenas, se tienen que preparar; esto permitirá que las celebraciones fluyan más civilizadamente y de algún modo tú te puedas acomodar mejor. Así que dividamos el asunto en “tres tiempos” -antes, durante y después-  y reflexionemos sobre algunas estrategias que pueden serte de utilidad en cada etapa de la celebración.

 

Antes…

Podemos sobrevivir, incluso disfrutar las fiestas navideñas, si nos tomamos el tiempo de anticipar ciertas situaciones y nos preparamos mentalmente para saberlas afrontar.

  • Escribe tu carta a Santa Claus y suéltalaaaaaaa. Tómate algunos momentos para reflexionar tranquilamente qué quisieras que ocurriera en esos días y qué temes que llegue a pasar. La mayoría de nosotros, cuando nos reunimos con nuestros familiares, tenemos la expectativa –clara o sutil- de que “en esta ocasión” sí nos escucharán, sí repararán el daño que nos hicieron, y sí reconocerán los logros que hemos alcanzado. ¡Renuencia a tus sueños! Y suelta el frenético deseo de que todos se comuniquen con honestidad, de que la mayoría esté de acuerdo contigo en lo que consideras medular, o al menos de que dejen de repetir la misma cantaleta de reclamo que les gusta poner sobre la mesa año con año.
  • Prepárate a dar “tres pasitos para atrás”. Cuando convivimos con nuestra familia tendemos a regresar “inconscientemente” a nuestra infancia. Quizá tus padres o tus hermanos querrán colocarte en el papel que jugabas a tus13 años de edad, pero que los demás no te vean como la persona que eres hoy no significa que tú tengas que comportarte como lo hacías a los 13. No es necesario que trates de convencer a nadie de quién eres en el presente pero tampoco te has de desvivir para cumplir con las expectativas de los demás. Y recuerda, si “patinas” con alguna reacción que no sea la que te hubiera gustado mostrar, no te juzgues de forma muy severa: unos cuantos intercambios en una cena o en una vacación no significa que no hayas roto creencias y patrones familiares que ya no te son de utilidad.
  • Recuerda que ¡es temporal!. Es probable que en estas fiestas cada miembro de la familia asuma el papel incómodo que siempre ha representado en el guión familiar: la tía que interrumpe, interrumpirá; el hermano resentido, se quejará; la madre abnegada, se desmoronará; la cuñada protagonista, protagonizará. No te des a la tarea de transformar a tu familia en unos días que pasarán tarde o temprando porque el pavo se te va a enfriar y las vacaciones a terminar.
  • Organiza lo que te sea posible. No pretender “cambiar al mundo en 7 días” no significa dejar “en manos del destino” todo lo que va a ocurrir; cero planeación  puede ser el principio de la ecatombe. Propón un plan concreto para poder lleva a cabo una organización suficientemente sólida; dejar muchos cabos sueltos puede generar contigencias complejas de sortear. Si los festejos incluyen un viaje valdrá la pena asegurarse de los itinerarios, costos y acomodos del grupo. Una reunión previa de organización puede alinear expectativas, dividir responsabilidades entre todos y dejar espacios libres para las diversas necesidades de los viajantes. Que cada uno tenga alguna función aligera el trabajo y promueve una actitud de colaboración que hace que todos si impliquen en el plan y se sientan parte del desarrollo del evento. Sin duda la elección de espacios neutrales facilitará no invadir el territorio de nadie y favorecerá que todos tengan que limitar sus conductas para mostrarse, al menos temporalmente, de forma más civilizada. Obvio que los espacios amplios y abiertos tienen ventajas sobre los pequeños y apiñados: los niños pueden correr sin disturbar a otros, los jóvenes escuchar su música en algún rincón del lugar, los adultos formar grupos de charla y juego, y las personas mayores -si lo requieren- retirarse a descansar. Incluso, la prima intensa puede “perderse en el horizonte” al lado del sobrino aburrido y tú echarte una charla con quien te plazca sin que llegue a interrumpirte tu mamá.
  • Anticipa establecer límites. Asumiendo que los eventos navideños podrán tener sus momentos rasposos, es importante que pienses en algunas estrategias que te preserven durante la convivencia. Puedes planear desde alejarte de algunos familiares que realmente te irritan, hasta porgramar tiempos fuera cuando te sientas desbordado. Distinguir con quién sí puedes convivir pero solo en espacios grupales, reconocer qué personas son las que te dan paz, definir cuáles lugares puedes ocupar en caso de cansancio, definir qué tipo de intimidad quieres compartir y con quién, así como escoger qué palabras –educadas pero contundentes- puedes decir cuando alguien se exceda contigo, son limites planeados que te darán seguridad. Es muy importante pensar en estas alternativas antes del encuentro familiar para que no te tomen por sorpresa los “descolones” de tus parientes. Poder preparar opciones que te protejan y aseguren los límites que necesitas te permitirá explayarte con comodidad durante la convivencia. Incluso, cosas tan conretas como llevar tu propio coche o avisar que tienes que retirarte a determinada hora, son precauciones anticipatorios que previenen una explosión. Y recuerda, siempre es mejor “abandonar el escenario” que arriesgarse a una confrontación sin “ton ni son”.

 

Durante…

  • La Navidad no es el inicio de “la vida eterna”. El evento que está iniciando tiene principio y fin, así que recuerda que estarás “cautivo” por unas horas, en algunos eventos, y por ciertos días, nada más. Este “paréntesis” no será eterno, de hecho es una “pequeña rebanada de pastel” de tu vasta vida. ¡El festejo antes que después se acabará!.
  • Suelta el control. Ya planeaste, ya anticipaste, ya preparaste, ahora es momento de “dejarte ir”. Navegar a “favor de la corriente” será algo que facilite los intercambios familiares. Eso no significa que no tengas a mano tu “chaleco salvavidas”, pero sí que entiendas que no todo saldrá como lo deseas tú. Recuerda que cualquier intento por controlar lo que los otros hagan o digan te pone bajo su control. Solo puedes controlar lo que tu piensas y sientes, y por supuesto tus reacciones.
  • Abróchate el cinturón de seguridad. Que los demás no reaccionen como tu quieras no significa que tú tengas que bailar a su “son”. Ningún imprevisto tiene por qué llevarte a abdicar a tu propio código de valores, a renunciar a tus medidas de seguridad y a echar en saco roto tus estrategias de escape. Ante lo inesperado no necesitas esforzarte demasiado en agradar a todos, menos aún en convencerlos de quién eres y de lo que quieres lograr. Acepta también las posturas de los demás sin argumentar tu desaprobación cuando nadie te lo esté solicitando; más aún, si alguien pide tu punto de vista en algo que te parece inadmisible, se sincero pero sensato, y si sabes que “abrir la boca” te meterá en aprietos, recuerda que siempre puedes aprender el valioso efecto del silencio.
  • Mantente presente en el presente. Poder regresar tu mente al instante que estás viviendo es central para no retroceder a tu infancia ni pronosticar catástrofes futuras. Limítate a responder a lo que está ocurriendo en ese puntual momento: escucha con frescura lo que te dicen y observa con curiosidad lo que ocurre. Las “jiribillas” que quiera hacer tu mente déjalas para tu terapia en enero. Es común querer actuar conforme a la película que pasa por tu cabeza y dejar de habitar el presente que acontece frente a ti. ¡Estate en el aquí y el ahora!
  • Pon en marcha tu plan de acción. Convive con quien quieres, siéntate donde te sientas a gusto, sal a respirar si lo necesitas, di no cuando tengas que poner un límite y retírate cuando requieras descansar. Si algo empieza a descomponerse más de la cuenta aplica la técnica “de cuerpo presente” y literalmente desconecta tu mente; que no puedas abandonar físicamente el lugar no significa que no puedas “apagar el “switch” (incluso conectarte a tu celular) y trasportarte a otro lugar. Siempre es mejor que te digan que no “pelas” a que les “pegas”. Si  te sientes demasiado perturbado por algo de lo ocurrido, no se trata de reprimirlo y olvidarlo,  escribe alguna nota con el tema que te aflige, ya habrá tiempo de retomarlo en otro momento, con la persona adecuada y en un mejor lugar.
  • Mira con nuevos lentes. Deja abierta la posibilidad de sorprenderte al ver en alguien alguna actitud diferente, por pequeña que esta sea puede ser un paso para que tú también te motives a mostrarte de manera distinta y modificar así –aunque sea en algo muy sencillo- la trama de la interacción familiar. Pequeñas diferencias sostenidas construyen con el tiempo historias nuevas. Prepárate por tanto a observar con curiosidad. Además, si nada de lo que pasa te resulta muy conveniente, mira como si fueras el espectador de una tragicomedia en el teatro; ya tendrás la posibilidad de compartir los “diálogos” en alguna cena de amigos o de desahogar tus pesares en otra convivencia familiar. Sin duda toda actividad grupal resulta interesante cuando planeas describirla de manera cómica con alguien: ya narrarás la historia de quién fue el más desgraciado de todos los comensales, o de alguno que se dedicó a quejarse de todo lo que ocurrió, o más aún del que no dejó de protagonizar y a todos quitó la palabra –y el pan- de la boca.
  • Disfruta lo disfrutable. Seguramente habrá dos o tres cosas que no podrás volver a gozar hasta el año que viene. ¿Los romeritros que prepara tu abuela? ¿La visita de tu prima que vive en Madagascar? ¿La música de temporada que te recuerda momentos entrañables? Un par de buenas cosas pueden cautivar suficientemente tus sentidos para detenerte en ellas y disfrutar.
  • Anímate a imporvisar. Hasta en el teatro surgen imprevistos por lo que no es extraño que en los encuentros familiares salgan temas inesperados que te puedan provocar. Es importante que te prepares para sacar algún “as de la manga” que pueda aydarte desde a contestar “que tu no escuchaste lo que dijeron”, a cambiar el tema poniéndo sobre la mesa el último partido del América, hasta fingir un fuerte malestar estomacal y decir con “mucha pena” que te vas a tener que retirar. Lo importante es que NO te dejes llevar a una discusión que acabará en desastre.
  • Mira el reloj de tanto en tanto. Si llegas un poquito más temprano podrás acomodarte en el lugar que mejor te siente y con la persona que hayas planeado ya. Recuerdas que vas como “La Cenicienta” con hora límite para tu partida; así que ¡escápate cuando escuches las campanadas de tu reloj!

 

Despúes…

  • Tómate tu tiempo. No te culpes si necesitas uno o dos días de encerrón para recuperarte de la situación. ¿Qué tiene de malo un día de piyama conectado a tu mejor serie y con la ilusión de un bote de helado de turrón en tu refrigerador?. Sin duda los eventos navideños, aún en el mejor de los casos, nos roban energía, ¡cuánto más cuando sabes que las cosas implican un particular esfuerzo emocional sino es que una posible depresión!. Descansa, descansa y descansa….
  • Rebota con alguien. Poder compartir la experiencia con alguien que quieres y en quien confías, familiar o no, haya estado o no en la celebración, te ayudará a acomodar la experiencia. El poder comentar sensaciones, pensamientos, puntos de vista, te ayudará a dejar pasar asuntos de poca importancia, a no “sobre valorar” algunos comentarios molestos, a reconocer con aceptación lo que aún te lastima de tu familia y a reconocer lo que sí hay. El sentido del humor, si puedes echar mano de él,  no sobra en estos casos: poder reirte de ciertas situaciones trágicas es una forma resiliente de sobrevivir las decepciones familiares que difícilmente van a cambiar.
  • Regresa a tus rutinas. La vida diaria, bien armada, da contención. Saber que tenemos relaciones valiosas, intereses profundos y un proyecto de vida en proceso, nos da la experiencia de agencia personal. Retomar el ejercicio, continuar un proyecto laboral, reconectar con nuestra gente querida, nos regresará al estilo de vida que hemos construido y que nos da bienestar.

 

Por si todo sale mal

Podrá ocurrir también que las fiestas se tornen en “la pesadilla del año!. Quizá los temores que tenías se hagan realidad, tal vez la convivencia intensa te lleve a hacer y a decir lo que querías evitar, probablemente simplemente regreses a un estado de desesperación que pensabas haber superado. Si la pasas pésimo, no puedes aplicar nada de lo que preparaste, te peleas con alguien (o con varios) y no paras de llorar, considera solicitar ayuda profesional. No hay duda que un impacto tan desmedido tras las celebracines decembrinas da cuenta de que requieres seguir trabajando en tu situación familiar. Puede ser que aún no logres diferenciarte de tu familia de origen, y por eso se te dificulta poner la distancia necesaria –física y emocionale- para poder relacionarte civilizadamente con ella; a lo mejor aún tienes expectativas infantiles sobre lo que debieras recibir de tus seres queridos y no has asumido la responasbilidad de hacerte cargo de tu propio bienestar; podría estar ocurriendo también que –aun siendo económicamente independiente- en lo emocional no hayas conquistado la autonomía y dependas de que te confirmen demasiado y te quieran de una forma especial. Todas estas situaciones son oportunidades para seguir madurando y convirtiéndote en la persona adulta y autónoma que quieres ser. ¡Pide ayuda profesional!

 

¿Listo para dar un salto cuántico?

Si el simple hecho de leer este artículo te genera mucho pesar recuerda que estás a tiempo de “darle la vuelta al asunto” y que aún puedes festejar de forma distinta para librarte de la cena familiar. Quizá genuinamente este año quieras hacer otros planes, o tal vez la reflexión que has hecho a lo largo de esta lectura te deja saber que no estás listo para dicha convivencia familiar. En tal caso tienes tres opciones:

  • Opción leve: Invita al festejo a algún amigo que neutralice completamente la convivencia e impida la actuación de la dinámica familiar. Es mejor que “te vean feo” por eso y no porque se arme “la de San Quintín”.
  • Opción medium: Organiza, días antes o después, tu propio festejo con quien tengas compromiso de hacer algo o con quien quieras de corazón compartir (quizás solamente son tus padres, o un par de hermanos con quien la llevas bien) e informales que tienes otros planes para los días festivos pero que no quieres dejar de celebrar con ellos.
  • Opción top: Envía uno o dos o tres lindos regalos (¡o ninguno!) y discúlpate de manera cortés. Eres un adulto y no tienes por qué agradar a otros si eso tiene un costo alto para ti. Da prioridad a tus genuinas necesidades, no pidas permiso, no des explicaciones de más y decídete a no asistir. Honra tus necesidades y tus deseos y disfruta –a tu modo- la Navidad. Ni las fiestas decembrinas, ni tu vida toda, ha des estar definida por tu familia.

 

Cuándo lo indicado es (sin duda alguna) NO IR

Como decía en líneas anteriores, “de poetas y locos, todas las familias tienen un poco”. Pero no hay duda que existen familias francamente tóxicas, enfermas, destructivas, violentas y abusivas.  Las interacciones con este tipo de familias en general, o de algunos miembros en particular, debe ser muy restringido o limitado (no solo en Navidad sino ¡en la vida diaria!). Cualquier persona o interacción cuyo propósito sea someterte, acotar tu vida, lastimarnos, poseerte, controlarte, ya sea de manera verbal, no verbal, física, emocional, económica y mental, infringiendo daño a cualquier dimensión de tu persona, requiere de un límite contundente. Si bien no tienes obligación de cambiar a los demás y hacerles ver sus errores, sí tienes la responsabilidad de cuidar de ti y de no exponerte al maltrato, a la invisibilización, a la explotación, a la humillación y al desprecio.  Los contactos con las familias violentas deben limitarse a lo estrictamente indispensable (que pude ser muy poco o nulo). ¿Qué sentido tendría “festejar” con alguien que te lastima de manera descarada y aparentemente intencional?. No tienes ninguna obligación de responder con atenciones al maltrato, por el contrario, tienes la obligación de preservar tu integridad y tu dignidad.

 

Rediseñar tu vida tras sortear la Navidad

Ni la Navidad, y menos aún tu vida, han de estar definidas por tu familia. Desafiar los rituales familiares es uno de los retos más difíciles para cualquier ser humano: nuestra familia fue la primera forma de relación que experimentamos y el primer lente a través del cual conocimos el mundo. A través de ella aprendimos de qué se trata la vida y las relaciones. Pasados los festejos decembrinos adquirirás una nueva visión de quién eres tú y dónde están ellos; tendrás más claridad para definir a qué personas querrás tener cerca de ti, cómo distribuirás tu tiempo,  y de qué forma te concederás espacios de esparcimiento y descanso para tener la vida que deseas.

La Navidad, al igual que otros eventos importantes –bautizos, festejos de cumpleaños, incluso funerales- van a desencadenar recuerdos felices de tu pasado, nostalgía de experiencias compartidas y al mismo tiempo, pondrán de manifiesto situaciones que te generaron perturbación. Como niño tenías pocas opiciones de elección en tanto que dependías de las decisiones de tus progenitores, hoy cuentas con más cartas a tu favor para hacer las jugadas que desees en pro de tu bienestar y satisfacción. El camino que ya has andado por tu cuenta te permitirá rediseñar el mapa que te heredaron tus ansestros para transitar la vida con tus propias directrices.

Se puede amar a la familia que tenemos con las limitaciones que muestra. El tiempo, tu empeño y tus certeras elecciones te facilitarán aprovechar lo valioso que sí hay y limitar lo lastimoso que no quieres experimentar. Y lo más importante, se amable y paciente contigo mismo, pocas misiones vitales son tan largas y minuciosas como actualizar la relaciones en tu vida familiar.

 

 

Los diez mandamientos para esta navidad.

1.     No esperarás que todos la pasen “bomba”.
2.     Respirarás sostenidamente cuando alguien diga algo fuera de lugar.
3.     No intentarás contentar a los que están peleados desde hace tiempo.
4.     Recalentarás el bacalo cuando alguien quiera pedirte algo que te parece injusto.
5.     Renunciarás la noche del 24 a reclamar el reconocimiento que nunca te ha dado tu mamá.
6.     Pedirás disculpas si metes la pata.
7.     Evitarás las “rondas de sinceridad” con los parientes borrachos.
8.     Te retirarás a un cuarto cuando necesites recuperarte.
9.     Buscarás a quien más confianza le tengas si se te dan ganas de llorar.
10.  Emprenderás “una graciosa huida” cuando empiece a armarse un “pancho” aunque el protagonista sea tu papá.

 

Hoy que cumplo 58 vuelo para encontrarme con alguien que está poniendo “sal y pimenta“ a mi vida. Intuyo que mi presencia adereza también la suya, de lo contrario no me incluiría en su mesa, en su cama, en su casa, en su vida. Y mientras sobrevuelo distancias –físicas y emocionales– cierro los ojos y disfruto, me disfruto. Me experimento más cómoda que nunca habitando “a pierna suelta“ mi cuerpo, mi cabeza, mi corazón y mi alma. ¡Qué bienestar me reporta ser la persona que soy! ¡Qué largo trayecto recorrido para ocupar cada rincón de mi persona, y con todas mis limitaciones y retos, regocijarme de tenerme a mí misma!

Pareciera que en el diario correr de mis largos días el tiempo galopante se puede detener en este bienestar, y mientras subo y bajo, escribo y leo, trabajo y descanso, platico y escucho, la solidez de lo que me ancla a la vida me genera una satisfacción –sólida, integrada, elegida– que difícilmente recuerdo haber experimentado tiempo atrás.

 

No es que mi vida anterior haya sido un desasosiego sostenido –he vivido de todo y mucho: tantos logros maravillosos como pérdidas insustituibles– pero la satisfacción de haber podido romper prejuicios y creencias limitantes, la fortaleza adquirida al desafiar contextos asfixiantes y la energía ganada al haber potenciado capacidades, me regala una experiencia de plenitud, de satisfacción, de competencia, que se equipara con pocos  de los bienestares que la vida otorga.

 

Y me pregunto, ¿cómo es que he llegado a esta calma activa que me invita a trabajar más, a crecer más, a amar más, a disfrutar más y más? Es tanto junto pero nada en particular: mis sólidos y amorosos vínculos cercanos que me contienen y acompañan, mis quehaceres cotidianos que me mantienen interesadamente ocupada, son los proyectos futuros que me sacuden con intensa motivación, son los pequeños gustos intermitentes que detonan chispazos de placer entre una y otra cosa, son las guerras ganadas y las heridas sanadas, las nuevas posibilidades que descubro en el camino y que me hacen emprender una aventura más.

Reviso estos 58 años recorridos y no dejo de confirmar que la vida no es fácil pero también me convenzo de que sabiéndola entender y afrontar siempre puede mostrarse generosa. Siempre, sí siempre… Siempre ofrece algo más, un camino nuevo, una paz más honda, un encuentro más entrañable, una carcajada más profunda. Opciones, muchas opciones, unas externas y otras que brotan del interior de mí misma y que me permiten una elección más, nueva, diferente y rica.

 

Es la vida bien vivida la que me sigue sobrecogiendo y escogiendo. Y es por eso que yo te escojo también a ti, cada día, vida mía…

 

 

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La violencia doméstica ––a diferencia de los actos que escuchamos a diario en las noticias sobre abusos callejeros, robos en transportes públicos, asesinatos a diestra y siniestra que se refiere a una violencia social– es aquella que se da dentro de los hogares donde se supondría que los miembros de la familia se mantienen en resguardo del maltrato.

Esta violencia se da en cualquier hogar sin distinguir razas, países, educación y estrato socioeconómico. La violencia doméstica generalmente se invisibiliza y minimiza porque al hablar de violencia, los integrantes de la familia piensan en agresiones físicas. Por eso es común que esta violencia se dé en forma silenciosa y dejando estragos en quienes reciben el maltrato.

 

¿Qué es la violencia doméstica?

Cualquier palabra, acto u omisión de un miembro de la familia hacia otro con el fin de controlarlo, someterlo y acotarlo causándole –como efecto– algún daño. En general, quien abusa tiene mayor poder, edad, dinero, fuerza o rango en la jerarquía familiar, y si bien la mayoría de los casos incluye la violencia de género, de hombres a mujeres, también se da de los mayores a los menores, o de los adultos jóvenes a los adultos mayores.

El agresor usa la violencia para imponer sus deseos, generar temor y conseguir lo que desea desde un lugar de poder que dificulta a la víctima oponerse y deslindarse. La violencia familiar se tiende a silenciar, tanto porque se normaliza, así como por vergüenza, temor al juicio externo y o a las miradas con desprecio o incredulidad –al darse entre personas del mismo grupo familiar–.

Sobra decir que las familias ­–aún de forma extraña y contraproducente– buscan cuidarse a sí mismas; por eso es común que busquen proteger al agresor. ¿Qué haría una madre con hijos pequeños sin el abastecimiento de su pareja maltratadora? ¿Cómo saldría un niño adelante sin la presencia de su madre, aunque ella sea quien lo golpea?

 

Tipos de violencia doméstica

La violencia se manifiesta de diferentes formas, unas más difíciles que detectar que otras, pero todas generadoras de potentes daños en la integridad física, mental y en ocasiones económica de las personas.

– Violencia física

 

Ataque físico directo. Desde pellizcos y empujones, hasta golpes contundentes que pueden terminar con la vida de quien los recibe.

Violencia emocional

 

Es más sutil que la física, pero no por eso menos peligrosa, ni lastimosa. Implica gritos, insultos, indiferencias, intimidaciones, chantajes, burlas, manipulaciones y prohibiciones con el fin de disminuir y debilitar a la víctima y dominarla.

– Violencia psíquica

La violencia psíquica o maltrato psicológico está íntimamente ligada a la violencia emocional. Lo que la distingue de aquella es que quien la ejerce actúa de manera ambigua, convenciendo a la víctima de que su forma de razonar y sentir es equivocada y que todo lo que hace, lo hace “por su bien”. Esto lleva a quién la padece a un estado de confusión y desequilibro mental.

– Violencia económica

Evitar que obtenga y mantenga un trabajo; hacer pedir dinero; tomar su dinero; no dejar que conozca o tenga acceso a la información del ingreso familiar.

– Violencia sexual

Incluye tocamientos y caricias no deseadas; contacto sexual forzado; violación; acusar de infidelidad; humillar y objetivar su cuerpo; restringir acceso a atención de su salud reproductiva; forzar a tomar parte en sexo no deseado; amenazar con tener sexo con algún otro(a); coaccionar a tener sexo.

 

Efectos

Los casos de violencia dejan múltiples heridas psicológicas, materiales y a veces físicas en los afectados. Entre ellas son comunes los estados de estrés y angustia que pueden derivar en francos cuadros de depresión.

La experiencia de confusión y debilitamiento que pudieran parecer “menores”, hacen que las personas sometidas a estas situaciones tengan dificultad para reconocer y verbalizar lo que están viviendo, y superar el temor a pedir ayuda.

 

Para salir del hoyo…

En estos casos el apoyo externo es necesario para detener la violencia y al mismo tiempo recuperarse de la misma. Quienes son víctimas de estos tratos no son responsables de las conductas del agresor, pero sí de poner a salvo su integridad física y mental.

Los acompañamientos psicológicos, legales y psicosociales no solo facilitan salir de la situación de riesgo sino sanar los efectos psíquicos y emocionales resultantes de este tipo de experiencias.

 

 

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El papel de la suegra ha tenido un impacto histórico en la vida de las familias. Las mujeres durante años, hemos sido educadas para hacernos cargo del mundo de los afectos, de lo doméstico, de los cuidados hacia los demás, si bien esto va cambiando, sigue habiendo familias y, en particular, mujeres que están identificadas y posicionadas completamente en este rol.

Entendiendo esto, podemos imaginar que cuando un hijo varón se casa (pensando por ahora en una relación heterosexual), la madre, siguiendo esta línea, considera que va a ser ella la que va a dar el toque del estilo de vida familiar de la nueva pareja, el modo de resolver las tareas domésticas, las indicaciones de cómo cuidar los afectos de la nueva familia, los tips para velar por el adecuado cuidado de su hijo, ¡ni qué decir de la forma de educar a sus nietos si los hay! En fin, muchas “súper suegras” se consideran las encargadas de enseñar a las nueras cómo construir un hogar.

Es ahí, evidentemente, donde puede comenzar el jaloneo entre las dos mujeres que se identifican con ese rol, que se viven como cuidadoras y que se consideran encargadas de lo emocional, para ver a cuál de las dos les hace caso el hijo-esposo. Sobra decir, que más allá de que me parezca importante que una mujer empoderada viva a su pareja como mutuamente responsable de esos roles con ella, a la suegra ya no le corresponde jugar ese rol: a la suegra, que ya fue madre, que ya lleva camino recorrido, le toca entender que la nueva familia de su hijo no va a vivir como ella quiere, que no replicarán sus valores, que la pareja que inicia encontrarán su propio estilo de vida, y que se equivocarán y repensarán como asimilar y aprender del error.

Siguiendo en esta línea, valdría la pena decir, que un hijo adulto que no obedece plenamente a sus padres, que se alía con su pareja, que no acata ciégamente los mandatos maternos y familiares, da cuenta de una buena educación, pues una educación exitosa lleva a la autonomía, a la toma de consciencia, a un pensamiento independiente, y a la construcción de nuevos modelos de vida adecuados a los retos presentes y a las personas que los desafían. Se vale –y suma como parte de la integridad personal– ser buen hijo: respetuoso, considerado, generoso, conectado; pero un hijo que idolatra a su madre o padre, generalmente es mal padre o mala pareja, pues cumple una función de pareja o padre de sus propios padres.

Dicho lo anterior, ¿cómo se puede ser una buena suegra?:

  1. Se debe considerar si las intromisiones en la pareja de su hijo responden más que a su “buena voluntad”, no se deben resolver los problemas propios en otra parte.
  2. Las buenas suegras aprenden que los límites pueden ser oportunidades para “jubilarse” de un estilo de ser madre que está caduco ya. Estos vínculos sanos equlibran la cercanía/distancia entre las familias.
  3. Una suegra buena entiende y tolera que la nuera y el hijo prueben métodos, hagan sus pininos y tropiecen en el transcurso del tiempo. Da su opinión cuando se la piden, y a manera de propuesta, no de juicio, ni de mandato, y mucho menos de manipulación.
  4. Una buena suegra tiene un proyecto de vida personal, no puede hacer de su hijo y de la familia de su hijo su proyecto de vida.
  5. Las buenas suegras trabajan sus propias carencias y dolores del pasado para no querer resolverlos a través de sus hijos que están viviendo otra situación de vida diferente a la propia.
  6. Quizás algunas cosas bien pensadas, con estrategias bien planeadas, pueden ser aclaradas con su nuera, pero los reclamos y enojos de una madre debe manejarlos con su hijo, directamente. Ciertamente, la relación madre e hijo siempre se puede actualizar, mejorar o perdonar, pero entrar en una dinámica agresiva suegra-nuera es desgastante: por un lado, puede hacer que el hombre se distancie de las cuestiones domésticas, pensando que son problemas que solo corresponden a las partes en disputa (problemas de “viejas”) y, por otro, en realidad siempre es más fácil resolver algo directamente con el hijo, y que el hijo aprenda a poner límites a su propia madre y a llegar acuerdos con su esposa si es necesario. Cuando una relación suegra-nuera se daña, difícilmente es reparable.

 

El punto de ser una suegra perfecta es ser una mujer realizada, madura, que ubica su papel en el rol familiar, que entiende lo que es la autonomía y que si no la ha alcanzado todavía, está en momento de alcanzarla. Además a ella le corresponde, como persona con más experiencia de vida, y mayor rango de responsabilidad, manejar esta situación de forma más inteligente.

 

Una mujer construirá junto con su pareja una sólida relación de pareja, no por las batallas ganadas a la suegra, sino por su apuesta a la propia madurez y a la solidez construida en su nueva relación. Pero ojo, el papel del hijo es central en esta triada: un hombre que se abstiene de definir su postura a favor de su pareja y sigue “exaltando” de manera desbordada el rol de su propia mamá, favorecerá el crecimiento del conflicto, el distanciamiento y la ruptura de su propia relación.

 

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Nuestras relaciones son parecidas al sistema solar. Si tú eres el “sol”, ¿en qué órbita se ubica cada quien? Poner a alguien en un lugar que no le corresponde genera problemas. Ser consciente de la cercanía–distancia que cada relación requiere te permite alejarte y acercarte sin necesidad de huir o entrar en círculos viciosos con cada persona.

Mitos alrededor de la Maternidad

 

Tengo cuatro, hijos, ¡cómo de que no! Y con el correr del tiempo me doy cuenta que nadie me advirtió, nadie me explicó y nadie me previno de la misión que estaba por emprender. Todo lo contrario, si bien yo veía a mi madre bastante estresada en la vida diaria, pensé que muchos de sus pesares tenían más que ver con mi padre que con nosotras cuatro –mis hermanas y yo–, porque ella (sumada a la voz de mi padre) decía que nosotras éramos su vida. Aún así no olvido el día que sentadas en el silloncito de mi recámara le pregunté: “Ma, ¿es muy difícil dar a luz?”, y ella me contestó: “Olvida el parto ¡lo que viene después!”. Y sí, eso bien que lo entendí justo después, cuando mis hijos brincaban en mi cama y en mi cabeza y yo quería encerrarme en el baño y ponerme –con chocolate en mano y tapones en los oídos– a leer.

       La maternidad está exaltada como un evento determinantemente “realizador” en la vida de las mujeres. Con el discurso de la “naturaleza femenina” y el “instinto materno”, muchas de nosotras dudamos de nuestra ambivalente experiencia a la hora de querer tener hijos y durante su larga y extenuante educación. Afortunadamente, en la actualidad la mayoría de las mujeres podemos integrar en nuestro campo de posibilidades diversos planes para conformar nuestro proyecto de vida personal. Pero no dejamos de sentir –en el ambiente, en las canciones, en las miradas, y en las preguntas de nuestras propias mamás– la presión con respecto a la importancia de ser madres y las bondades de la maternidad.

Ser madre es una elección, no una vocación natural ni un destino único. Todo ser humano nace de una madre, pero ninguna mujer nace con la vocación a la maternidad tatuada. Por eso, y como seres culturales más allá de nuestra estructura biológica, la maternidad no es una vocación femenina universal, menos aún un camino único de realización personal.

Independientemente del deseo, gusto, y competencia que cada mujer tenga para realizar y ejercer estas funciones, muchas mujeres, a medio camino, nos encontramos en una encrucijada de sentimientos, limitaciones y cansancios que nos hacen dudar de la decisión tomada de ser madres años atrás.

Es que la maternidad es una entrega constante, un acto de dar vida con absoluta generosidad, y está bien, es una invitación a “estirar” nuestra estructura de carácter, a madurar y a dejar de ladito el ego, pero en un mundo donde se privilegia la satisfacción personal, esta capacidad de dar –no desde la abnegación, pero sí desde la entrega y la renuncia a favor del otro– es algo poco común.

Haré algunas distinciones que nos permitirán comprender la ambivalencia de esta experiencia tan compleja:

  • La maternidad no es un instinto ni un llamado de la naturaleza, es una decisión.
  • Decidir ser madre nunca es una elección “pura” en tanto que se nos cruzan de manera consciente e inconsciente los mandatos sociales y las presiones de nuestro entorno que exaltan la idea romántica de la maternidad.
  • La maternidad genera sentimientos encontrados de amor y odio, de suficiencia y de incapacidad y es normal. Pero una cosa es sentirlos y otra es actuar en detrimento de los hijos con conductas hirientes o negligentes.
  • Uno puede no gustar de la maternidad y sí querer a sus hijos. Es más, se puede congeniar más con un hijo que con otro, manejar los sentimientos, y no lastimar su personalidad.
  • Los hijos no necesitan una madre abnegada, víctima, sacrificada y de tiempo completo, porque su frustración –y no su experiencia de satisfacción– será lo que más reciban de ella.
  • Los hijos requieren de un vínculo sólido que les permita saberse mirados, aceptados, apreciados y amados, teniendo aseguradas sus necesidades básicas físicas y emocionales, y eso les es bueno y suficiente. Una mujer que trabaje sus contradicciones y carencias, e integre un proyecto de vida estimulante del que forman parte sus hijos, está mejor capacitada para construir un vínculo de tal solidez.

 

Sobra decir que todo se agudiza cuando en el día a día, y a falta de apoyos públicos, se tiene que malabarear para ejercer la maternidad y al mismo tiempo sostener un trabajo remunerado, cuando se carece de sistemas de apoyo recibidos del entorno en general y de los padres en particular, y cuando no existen bases económicas que aseguren una estabilidad básica para sacar adelante a los hijos.

Aun así, y con mis hijos invitándome a desayunar por el día de las madres, mi corazón se siente satisfecho, porque los quiero, y con mi amor confirmo que un hijo no puede ser tu único proyecto vital porque ese “sueño” no solo va a limitar tu crecimiento, sino porque –tarde o temprano– se lo vas a cobrar.

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El mundo ha cambiado rápidamente, y entre los cambios más llamativos, controvertidos y dramáticos se encuentra la transformación de las mujeres. Hay un mar de mujeres en universidades y en especializaciones. El 47% de la fuerza de trabajo es femenina. Aún así, el porcentaje de empresas sin mujeres en la alta dirección ha caído de 36% a 27% en los últimos años.

¿Por qué las mujeres no tienen las mismas oportunidades laborales, las mismas compensaciones, la misma proyección de crecimiento y las mismas posiciones de liderazgo que los hombres? ¿Por qué seguimos hablando de empoderarlas si nunca antes el mundo les había abierto tantas puertas?

Seguimos viviendo en un mundo patriarcal que prioriza la visión masculina sobre la visión femenina. Las mujeres seguimos siendo educadas dentro de una sociedad androcéntrica que legitima la violencia y la diferencia laboral. En los espacios de trabajo, particularmente en los altos mandos, se continúan privilegiando las formas de pensar, comunicar y actuar “masculinas” por encima de aquellas intervenciones “femeninas” que incluyen la empatía, la colaboración, la intuición y la emoción. Éstas son consideradas de menor valor, de menor utilidad e incluso se perciben como obstáculos para el logro de objetivos y el crecimiento de la productividad.

En este pequeño artículo no desarrollaré un tratado sobre feminismo (aunque buena falta nos hace a todos entenderlo), pero sí haré un llamado generalizado a considerar que hombres y mujeres requerimos sumar competencias y perspectivas para generar mejores resultados laborales y mayor satisfacción personal.

No es lo mismo la inclusión de género que la inteligencia de género. La inteligencia de género no solo se forja con políticas de cumplimiento de cuotas, trabajos de tiempo flexible y empoderamiento a grupos de mujeres. La inteligencia de género consiste en la comprensión, aprecio y uso de los talentos y habilidades diferentes que hombres y mujeres aportan en el área laboral.

La inteligencia de género estudia las diferencias en los cerebros femenino y masculino así como de la química de hombres y mujeres efecto de los diferentes niveles hormonales, y sin privilegiar una cosa sobre las otra, considera que sumar estas diferencias es mejor que eliminarlas con un discurso de “igualdad a rajatabla”. Ante tanto abuso de poder masculino en el mundo patriarcal en el que vivimos, no es fácil  afirmar que ser iguales no significa ser idénticos. Sin duda faltan muchas políticas que faciliten el tema de la equidad, pero ¿por qué negar aquellas distinciones que suman y potencian el bienestar y la efectividad?

Las empresas que reconocen las distinciones biológicas sin construir sobre ellas estereotipados roles de género e integran estrategias laborales que faciliten que las mujeres ocupen cargos de poder, favorecen el trabajo colaborativo entre hombres y mujeres y aprovechan el efecto de dichos intercambios para el bienestar personal de sus equipos de trabajo y para el crecimiento  de la organización.

Me pregunto yo y le pregunto a usted- ¿Por qué nos sigue siendo tan difícil dar este paso?

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.