Con riesgo de que me digan que con qué derecho me pongo a opinar de lo que ellos piensan y sienten, me atrevo a preguntar dónde y cómo están viviendo los varones el hecho de que las mujeres nos hemos movido de lugar…

Ya lo dice mejor Sergio Sinay, –escritor, especialista en psicología masculina y en vínculos humanos– en su libro Esta noche no, querida: “Apagado el fuego de la revolución sexual y superado el clímax de la liberación femenina, muchos se preguntan en qué papel ha quedado el hombre, o más aún, dónde está ahora la masculinidad”.

Soy madre de cuatro varones adultos a los cuales observo en su cotidiano devenir, y quienes –seguramente influenciados por la propia experiencia de vida en el microcosmos de una familia que ha transitado el quiebre de exigencias y presiones de roles de género estereotipados–, hoy cuestionan, experimentan, gozan y sufren, diversas maneras de ser hombre, con pocos modelos de identificación.

Sin duda, a muchos hombres jóvenes hoy en día, la manera de ser hombre de sus referencias masculinas cercanas no les hace mayor sentido ni les otorga buenos resultados; y con certeza, para muchos hombres mayores –mientras sus mujeres toman nuevas posiciones–, sus modelos masculinos se vuelven obsoletos y sus privilegios de género se derrumban (junto con el patriarcado) mientras ellos se viven en completa desorientación.

Algunos de ellos, ante este terremoto, aún buscan salida en las ancestrales catacumbas del machismo, otros más sensibles toman la bandera de las mujeres; pero entre estas dos reacciones queda vacía la silla de la verdadera masculinidad.

¿Habrá nuevas maneras de ser varón en esta sociedad? ¿Cuál será el camino para construir una masculinidad que no exija analfabetismo emocional, abandono de sueños, aislamiento afectivo, productivismo frenético, desencuentro con las mujeres, relación superficiales con otros hombres, síntomas orgánicos alarmantes, y con todo esto: estrés, hermetismo y frustración?

Las últimas décadas de transformación femenina son loables para la transformación de la plataforma en que se sustentan las relaciones humanas de hoy; pero no es suficiente si no se acompaña de un cambio de lo masculino. ¿Dónde están los hombres de hoy? La respuesta más simple sería decir que están atados por exigencias y mandatos que los inmovilizan, que los bloquean emocionalmente, y que paralizan sus impulsos más genuinos al tiempo que impiden el despliegue de sus auténticos recursos.

Crear una nueva masculinidad depende de los hombres: de encontrar una identidad que no se defina por el mero patrón de las imágenes pasadas, sino que cada vez exista una mayor capacidad de desarrollar sus propias creencias y modos de acción, y de no repetir estructuras heredadas sino de fundar día a día las propias para las siguientes generaciones.

Esta tarea incluye sentimientos ambivalentes tanto para hombres como para las mujeres, síntoma que también da cuenta de que está llegando una nueva masculinidad.

 

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Sí, a ellos también…

 

Me gustan los hombres, mucho, y disfruto su compañía. Además, soy madre de cuatro varones, hoy adultos todos, y ha sido un privilegio acompañarlos a crecer y ser testigo de la construcción de su masculinidad.

Por esto y por más, hoy hablo a los hombres. No a los propositivamente evasores, ni a los negligentemente indiferentes. Menos aún a los agresores y a los abusivos. De ellos se encargarán las redes sociales, el fracaso repentino, la soledad apremiante, y con suerte –y pronto– las leyes.

Hoy hablo a la mayoría de los hombres, a todos aquellos que escuchan perplejos y desconcertados lo que infinidad de mujeres resisten, acusan y reclaman.

Sobra decirles que ni las mujeres somos siempre víctimas ni que ellos son siempre victimarios, y que defiendo a “capa y espada” que en el territorio del deseo y de la sexualidad, no todo se puede –ni se quiere– expresar siempre con palabras: la incertidumbre de la danza seductora –con un tipo de mirada y el roce de una mano– son parte del encanto del erotismo.

Pero nada de esto deja fuera la premisa de que la mayoría de ustedes ha invisibilizado, y que a muchos ha dado la idea de que nosotras podemos ser territorio de dominio, de uso, de conquista. En un mundo patriarcal y en México, país particularmente machista, se ha educado a los hombres bajo la idea de que las mujeres son “cosas” de las que pueden servirse, poniendo en el centro de la interacción su propio deseo y no el consentimiento y el deseo de nosotras.

Entiendo que la mayoría de ustedes estén confundidos, hoy necesitamos cuestionarnos muchas cosas. Existe una intensa lucha por la equidad por lo que es necesario que quede fuera la necesidad de usar la sexualidad para obtener un trabajo, un permiso o una vacación, o peor aún, para evitar un maltrato físico o verbal. Es un tema sensible culpar a las mujeres de estas prácticas cuando hombres y mujeres hemos estado atrapados en el sistema patriarcal que las promueve.

Sabemos también que hay conductas masculinas torpes o groseras que no son mal intencionadas, menos aún delitos, aún así nos hacen sentir mal. Nada justifica el avance sobre nuestro cuerpo sin estar seguros del consentimiento, y además del “no es no”, verbal, hay también señales no verbales que dan cuenta de nuestro acuerdo o desacuerdo. Es importante que las reconozcan y las respeten. Sin duda en la danza de los sexos puede haber contextos que crean confusión y malos entendidos, pero dado el abuso histórico sobre nosotras y el privilegio de poder que ustedes han gozado, insisto, no se puede dar nada por sentado.

Es muy concreto el meollo de nuestras demandas: el consentimiento mutuo, pero éste es difícil de ejercer mientras ustedes ejerzan el poder de manera unilateral y se sientan con el derecho de meterse con el cuerpo de la otra. La inequidad imperante nos deja en desventaja para “retirarnos del escenario”, poner límites y consensuar. Muchas de las ocasiones en las que lo hemos hecho las consecuencias han sido diversas en grado y forma: desde un silencio atroz por más de una semana, hasta un despido laboral, un golpe, mil amenazas, o una violación.

Hoy hablo a los hombres porque es urgente que testifiquen y señalen cuando otro hombre se apropie del cuerpo de una mujer a través de acoso pero también de una mirada lasciva o de un piropo no pedido: esos que se lanzan solo porque se puede, porque la otra es una mujer que se me atraviesa, o porque es mi compañera de trabajo o subordinada o amiga sin que haya un contexto que lo permita.

Hoy hablo a los hombres porque necesitamos su consciencia y su trabajo activo para no minimizar ni normalizar desde del hostigamiento “sutil” hasta los francos malos tratos.

Por todo esto nos apremia manifestar que no somos territorios de conquista. Todos somos tierra para sembrar y cosechar semillas.

El mundo emocional de los hombres ha sido un tópico poco explorado, intencionalmente evitado, y generalmente mal descifrado. Estereotipadamente se les etiqueta “de ser menos emocionales que las mujeres”, y de sólo tener permiso para sentir enojo, rabia, ira, exasperación y poca tolerancia: emociones todas para ejercer poder, y para posicionarse como hombres fuertes, valientes, y en control. Poco se les permite mostrarse tristes o con miedo, emociones asociadas a la vulnerabilidad y -por lo tanto- a la feminidad.

Y ciertamente, la imagen masculina que retrata la cultura occidental es que los hombres son fuertes y dominantes, lo cual se considera sinónimo de no mostrar -y de preferencia ni siquiera sentir- los sentimientos. Pero esconder la afectividad y capotear la sensibilidad no significa que las emociones no se presenten en ellos. Y si bien no hay duda que -sobre todo en las nuevas generaciones de hombres- se está redefiniendo la forma de vivir la afectividad a favor de que los varones muestren lo que sienten, sigue viéndose como algo “inquietante” y de hecho no siempre necesario y por tanto inusual.

Más que entrar en una explicación histórica de cómo, cuándo y por qué se condicionó a los hombres a este “analfabetismo” emocional, conviene mirar hacia el futuro y preguntarnos: ¿Es posible y deseable para los hombres aprender a integrar su dimensión emocional?

La respuesta es sencilla: sí. Las diferencias en cuanto a la expresión afectiva entre hombres y mujeres no son genéticas o “evolutivas”, sino aprendidas de lo que los diferentes sistemas sociales nos han impuesto. Y esto significa claramente que podemos aprender a manejar las emociones de otra forma.

Cada vez se promueve más que los hombres aprendan a ser más conscientes de su mundo emocional y sean más abiertos a expresar sus sentimientos con personas con quienes sientan una cercanía particular. Uno de los beneficios más notables de no suprimir los sentimientos es disminuir la sensación de soledad, tan común en los hombres que no se vinculan emocionalmente con quienes les rodean. El aislamiento que produce la incapacidad de compartir con alguien lo que se siente está asociado con la depresión, la adicción, la enfermedad y la muerte prematura.

Alfabetizarse emocionalmente no ocurre de un día para otro: se requiere consciencia del daño que hace enajenarse de los propios sentimientos y disposición para atravesar un proceso que permita contactarlos y expresarlos.

Hombres y mujeres nos beneficiamos si podemos contactar con nosotros mismos y vincularnos con los demás.

En cuántas escuelas, cuántas clases, cuántos libros, se habla de “la historia del hombre” como si el sexo y el género masculino fuese el único representante de la raza humana. Si bien a lo largo de la historia, el (des)orden social ha sido impuesto por el hombre a través de leyes, la ciencia, la política, la academia, las sociedades no siempre se vivieron desde esta “rigurosa” patriarcalidad.

En la época de los grupos de cazadores-recolectores existía una equidad y una horizontalidad entre hombres y mujeres en el manejo del día a día, si bien esta tenía una cierta distinción de roles. Estamos en otro momento y en otro contexto; sin lugar a dudas hemos avanzado como humanidad y los beneficios de esta transformación no los pongo en disputa, pero en términos de equidad de género el avance se da con más lentitud de la deseada.

Vivimos en una estructura patriarcal. El patriarcado es un sistema sociocultural en el cual se considera que los hombres deben tener el poder y mandar sobre las mujeres, tanto en la familia y el trabajo como en la sociedad en general.

Razones que apelan a la naturaleza como base de estas diferencias son muchas: “que si es porque los hombres tienen mayor corpulencia”, “que porque la esencia masculina es proveer”, “que es la naturaleza femenina la que necesita la maternidad”… Si con naturaleza nos referimos a cuestiones biológicas, solo el sexo –ser hembra o macho- cabe en esta categoría.

 

Y me cuestiono entonces, ¿el sexo y el género van de la mano?

 

El sexo, por definición, es la condición orgánica, masculina o femenina, de los animales y las plantas. Por su parte, el género es el grupo al que pertenecen los seres humanos, entendido desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico. Por lo tanto, el sexo es algo “fijo” -y lo pongo entre comillas porque existe la transexualidad-, mientras que el género es una construcción que va cambiando según la evolución de las sociedades y sus culturas.

La forma de ser hombre y ser mujer hoy trasciende creencias y constructos sociales que a lo largo de los años ha tejido el patriarcado: esa imposición histórica que da a los hombres el poder en todos los ámbitos. El patriarcado existe desde que las comunidades se hicieron sedentarias; es decir, desde que los humanos lograron establecerse en un lugar para dejar de ser cazadores-recolectores.

Hoy, el presente nos demanda cuestionar todas esas creencias para cambiar las prácticas cotidianas en los diferentes sistemas en los que nos desenvolvemos. Marina Castañeda, psicoterapeuta y conferencista, en su libro El machismo invisible, menciona tres ideas fundamentales sobre las cuales se sostiene el patriarcado:

 

  1. Lo masculino se contrapone a lo femenino: y no solo se contrapone, sino que es más. Por ejemplo: “los hombres son fuertes, las mujeres débiles.” “Ellos son racionales y ellas sensibles.”                            
  2. La superioridad en actividades relevantes: mayor poder para tomar ciertas decisiones como qué hacer con el dinero, o a dónde se van a mudar.                                                                                                   
  3. El imperio de ciertos valores que se consideran masculinos: en terminos generales, es más valioso ser de “x” manera. Es más valioso ser inteligente que ser sensible.                                                                 

El cambio en los hombres hacia la equidad supone beneficios directos para las mujeres cercanas a ellos, y esa equidad tiene también beneficios directos para los propios hombres. Ser un hombre más equitativo supone asumir mayores responsabilidades hacia el cuidado de las demás personas, pero también de uno mismo: aumenta la autoestima, favorece el crecimiento personal y aumenta la calidad en las relaciones tanto con las mujeres como con otros hombres, entre otras ventajas.

¿Hay otras formas posibles de vivir como varón en esta sociedad y en esta cultura que no exija pobreza afectiva, abandono de ilusiones, aislamiento emocional, productivismo a destajo, pérdida del contacto real con otros hombres, desencuentro con las mujeres -alarmantes síntomas orgánicos- y finalmente, estrés, desencanto y sobre todo silencio?

Una sociedad equitativa quita de los hombros, a ambos sexos, una carga terrible que el patriarcado, a lo largo de muchas generaciones, ha impuesto sobre los individuos desde el momento mismo de su nacimiento. Que bueno que todos nos vamos cansando, y entre incertidumbres y trompicones, vamos cambiando, también…