La pérdida de deseo sexual es un mal generalizado en nuestro tiempo. La explicación de esta realidad deriva de distintos factores, entre ellos la erotización extrema de la cultura en la que vivimos, la conquista de una libertad sexual que se vive más como obligación que como derecho y  el ejercicio de una sexualidad como prácitca de consumo, y por tanto de uso, sino es que de abuso entre seres humanos. La saturación y el sinsentido se presentan como efectos inminentes del acceso fácil, superficial  y sobrevalorado a las relaciones sexuales.

Sin embargo existe un factor que se visualiza poco y está relacionado con el reparto inequitativo de las tareas domésticas, de la crianza de los hijos, y del cuidado emocional de quienes nos rodean. Las mujeres hemos sido socializadas para ser satélites de las vidas de los otros posicionándonos como las provedoras físicas y afectivas de nuestros seres queridos (y a veces otros no tan queridos). Es difícil medir el tiempo que se dedica a estas actividades, si bien hay cifras que arrojan el tiempo que implica la realización de dichas tareas, y que se suma a las horas de trabajo formal remunerado que muchas mujeres desempeñan. Ser las encargadas del bienestar emocional de nuestros hijos, padres, hermanos y parejas –entre otros- no es algo que se pueda contabilizar en “horas mujer” en tanto que implica en buena parte el empeño de nuestra propia energía emocional y mental para poner atención, intención y luego acción al bienestar de las personas que cuidamos y contenemos.

Alguien se preguntará ¿qué tiene que ver todo esto con la pérdida del deseo? ¿no se supone que el ejercicio de la sexualidad genera un bienestar físico y mental?. La respuesta inmediata sería sí, pero la libido es energía y la extrema carga emocional y mental de las mujeres genera mucho estrés y por lo tanto drena mucha  energía, ¿de dónde y cómo vamos a extraer el deseo si la energía nos falta para llevar a cabo –prever, anticipar, organizar, resolver y gestionar- todas las actividades mencionadas?

Muchas mujeres dicen “me gusta mi pareja, extraño la vida sexual que tenía, lo quiero, pero a las diez de la noche ¡no quiero sexo por favor!”. Esto en el mejor de los casos, porque a esto cabe sumar que la experiencia de inequidad genera resentimiento. Una vez más, se deja sentir el peso de una sobre-responsabilidad en algo que se intuye  -o se reclama con pocos efectos positivos- una responsabilidad común. El extremo llega a casos en que la mujer, siendo la proveedora económica principal de la familia, es también la proveedora principal (sino es que única) de los afanes domésticos y emocional.

Las excusas y explicaciones a esta situación son generalmente las mismas “es que mi ‘naturaleza’  femenina me lo facilita”, “me tardo mucho más si se lo tengo que explicar, mejor lo hago”, “se lo pido pero lo hace mal y de mala gana, prefiero no pelear”. Y el resultado termina siendo la sobrecarga y la falta de deseo sexual.

Muchas parejas llegan a consulta argumentando que desean renovar el deso que tenían, y terminamos trabajando de la vida dentro de casa con su particular inequidad. Así, el problema de raíz no es la cama, sino quien la tiende y echa las sábanas a lavar. Claro, existen disfunciones sexuales, problemas hormonales y falta de técnicas y rituales novedosos para actualizar el repertorio sexual, pero también se tiene que estar dispuesto a cuestionar “todas las reglas” del juego amoroso para reactivar la anticipación del disfrute y gozar de una más frecuente, satisfactoria y lúdica sexualidad .

 

Enredarse con un casado…

 

 

Si no lo hemos vivido en carne propia, todos conocemos a alguna que, por alguna u otra razón, ha caído en esta “tentación” de lo prohibido, visto desde el pensamiento religioso tradicional, claro está. Por la razón que sea:

 

  • Porque no lo sabía…
  • Porque eran compañeros de trabajo…
  • Porque no conocía a la otra…
  • Porque pasaban mucho tiempo juntos…

 

Siempre están rondando la cabeza cuestionamientos que aún sabiendo que probablemente no llevará a ningún lado lo que está ocurriendo, hacen que la tercera en la ecuación se mantenga ahí. Cuestionamientos en donde se cuela la ilusión y que se agarran de expectativas futuras (siempre futuras, ya que el presente no da para más…):

 

  • ¿Dejaré de ser “la otra”?
  • ¿Me quiere o sólo me utiliza?
  • ¿Por qué no me dijo que estaba comprometido?
  • ¿Y sí la va a dejar para estar conmigo?

 

 

Y no es que lo diga yo nada más… Según los expertos, las esperanzas para las amantes no son alentadoras ya que, en un triángulo amoroso, siempre llevan las de perder. La etapa de encantamiento en una relación dura entre dos meses y dos años. Tras eso, los hombres tienden a volver a sus hogares con sus esposas.

 

¡Pero sí pasa! (Poco pero pasa…)

Enredarse con un hombre comprometido ya le resta posibilidades de éxito a la

relación, cuando no se trata de algo destinado directamente al fracaso. Pero algunas

veces funciona; según estadísticas realizadas, sólo el 5% de las relaciones

extramaritales terminan en un compromiso formal con todas las de la ley.

 

Si ya lo conoce…

Cuando la amante lleva tiempo de ser “la otra”, sabe todos los trucos que él ideó para

poder estar con ella sin que la esposa se enterara. Sabe cómo es, cómo se comporta,

conoce todas las estrategias y mentiras que dijo. Así que sabe perfectamente cómo

miente y cómo se ideó la vida para poder estar con las dos.

 

Y es que una vez que ya se hizo, la mecánica es fácil de repetir, el problema es

que ahora la persona que está del otro lado ya sabe cómo es el juego porque ya lo

conoce, ya lo jugó y ya lo vivió, así que la cosa se presta a temores y complicaciones.

 

 

  

 

Infieles “por naturaleza”

Hay quienes no son monógamos; de hecho, la monogamia es más un contrato por razones diversas que algo característico y sustancial de nuestra especie humana. El tema no es luchar contra la no exclusividad sexual, sino ser claro en que “no se es hombre –o mujer- de una sola pareja”. La razón puede ser desde la experiencia misma de un nuevo encuentro, el placer del goce sexual, hasta el complemento emocional que da otra persona. Eso sin mencionar a los hombres abusivos que desde su poder patriarcal se permiten lo que no le permitirían ni a su pareja ni a su(s) amante(s). Así, una relación de un hombre casado con una amante puede o no llegar a una relación de mayor compromiso, pero no asegura tampoco la fidelidad en ella.

 

¿Sospechas de estar con alguien que te es infiel?

Hay algunas señales que pueden darte una idea más concreta de si es un problema de pareja que se está proyectando en una sospecha, o si en efecto, existe la posibilidad de que tu pareja te esté siendo infiel.

 

Las “señales”:

 Una obsesión repentina por el celular o las redes sociales.

 

 

 

 

 

 

 Hay un “espacio” de su vida en el que no te deja participar.

 Cada día tiene nuevas reuniones u obligaciones.

 Cuida su aspecto de forma repentina.

 De repente está más seguro de sí mismo.

 Encontrar cosas “raras”.

 

Para cerrar…

Cualquier relación amorosa en la más “óptima” circunstancia tiene el riesgo de

terminar; cuestionar si ésta relación ha llegado a su fin en tanto que resta más de lo

que da, es algo que el amante –cuando se siente más lastimado que enriquecido- tiene que valorar.

 

En el caso de las esposas corresponde valorar si una infidelidad es razón suficiente para terminar; hay de infidelidades a infidelidades, y es importante distinguir entre un encuentro de una noche ocasional que le cacharon a un constante engaño y manipulación. En fin… ese es otro tema.

 

Si bien las relaciones triangulares rara vez surgen propositivamente, la terminación

de las mismas, con todas las dificultades que representen, sí puede ser una decisión;

pocas cosas duelen tanto como perder un buen amor, pero cabe entonces hacerse la

pregunta ¿esto que estoy viviendo puedo considerarlo un buen amor? Posicionarse

como víctima desvalida, lejos de conmover a la pareja a decidirse por el tercero –en

caso de que sí contemple la opción– será un detonador de más problemas y de un

mayor deterioro de la relación.

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  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.