De uno u otro modo –algunos en escasas ocasiones y otros en frecuentes situaciones– nos enfrascamos en un “runrún” en la cabeza que nos impide tomar decisiones y con ello dejamos ir una oportunidad que quizá se cruzó temporalmente en nuestro camino. No podemos decir que perder un “chance” para hacer algo, sea el “principio del fin…”, pero el que consecutivamente seamos pasivos ante las posibilidades de cambio y crecimiento que la vida nos ofrece, es un problema.

¿Cuál será una de las más frecuentes razones para entrar en este “ir y venir” mental que no nos permite tomar decisiones y emprender nuevas acciones? Algo que muchos de nosotros experimentamos es el miedo al fracaso y al error, y de la mano de eso, al temor al ridículo y a la humillación.

¡Pero si de chicos todos aprendimos lo que aprendimos cayéndonos! Sí, cayéndonos literalmente. El aprender a caminar, por ejemplo, fue tambaleándonos, y entre sentonazos y cocazos, fuimos sosteniendo el paso y dominando el andar. Cuando niños explorábamos nuestro entorno sin temor a fracasar, con decisión y curiosidad, y con motivación a descubrir cosas nuevas y a aprender de dichos descubrimientos.

La mayoría de los aprendizajes de la vida nos implican esa misma actitud: intentar, errar, corregir, aprender y empezar de nuevo. ¿Conoces a algún niño que en el primer tropezón decidió sentarse y claudicar para siempre? Si ese fuera el caso ¡la humanidad estaría sentada! Con el correr de los años y los condicionamientos y experiencias tempranas, se nos dificulta sostener este natural abordaje ante el fracaso que implica todo cambio en la vida.

La necesidad de pensar que el error es algo inevitable en nuestro crecimiento es importante pues no hay forma de conquistar algo nuevo en un solo intento y para siempre. Y esto aplica a cualquier experiencia nueva, diferente, desconocida que nos amenaza porque no sabemos si podremos con ella, si nos gustará, y si saldremos airosos del intento.

No hay duda de que los elogios –o los regaños– recibidos de nuestros padres cuando niños nos influyeron en poder lidiar –mejor o peor– con las situaciones desconocidas y retadoras. Aún así, hemos de asimilar que todo cambio implica un salto a lo desconocido y con ello una necesidad de salirnos de nuestra zona de confort, de tolerar la ansiedad que esto produce y de retarnos a nosotros mismo. Además, hemos de sumar la presión del entorno por hacer “tal o cual cosa” en vez de “tal o cual otra”, y de esa forma obtener o no su aprobación.

Y es que cuando nos equivocamos tememos obtener desaprobación, rechazo, juicio o incluso ridiculización. Estas experiencias, según el grado de gravedad, pueden dejarnos una huella que nos dificulte actuar con mayor apertura y naturalidad ante lo nuevo y asumir los riesgos medidos como parte inevitable de la vida. Es correcto ser cauteloso y no actuar de forma temeraria e irresponsable, pero cuando uno necesita cambiar y progresar en la vida, no hay modo más que arriesgar.

Vivir exige un mínimo de audacia, ya que no existen las certezas absolutas, solo hay probabilidades. Además, siempre que se elige algo se renuncia a otra cosa: no se puede tener todo y siempre. Por eso darnos permiso a cometer errores es una verdadera forma de experimentar y elegir un camino hacia la liberación. Introducir pequeños cambios y avanzar paso a paso, rectificando y continuando, es la única forma de empezar.

 

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Vivimos un mundo que se ha hecho sedentario. Utilizamos más la mente que el cuerpo y pensamos que pensar es suficiente para crear, y en un sentido sí.

Nuestros pensamientos –decía Elisa Cano, mi adorada maestra de meditación– son química en acción. Si pienso algo que me entusiasma, que me aporta placer, que me da paz, mis glándulas generan sustancias que me generan bienestar y salud: endorfinas, dopamina, serotonina. De lo contrario, si me dedico a pensar en catástrofes, resentimientos e imposibilidades, pues sobra decir que mi cuerpo producirá bilis, adrenalina, cortisol y que me intoxico de estas sustancias generando a la larga una experiencia no solo de cansancio y depresión, sino de otros padecimientos físicos que pueden ir desde el insomnio y el cansancio crónico, pasando por un síndrome de colon irritable hasta un debilitamiento del sistema inmunológico con todo lo que esto, en temas de salud, pueda implicar.

Por esto es importante adquirir hábitos de pensamientos que nos generen energía y optimismo. No se trata de “ser felices” las veinticuatro horas del día, pero sí de entrenar nuestra mente a trabajar (o detenerse) a nuestro favor. A continuación, te comparto algunas prácticas que te pueden ser de utilidad:

 

1. Afina tu interpretación

Es imposible llegar siempre al fondo y meollo de la realidad; la vida tiene muchos significados, aún así, explicar la realidad con base en creencias erróneas, malos entendidos, “dimes y diretes” o mitos familiares, lejos de afinar nuestra percepción, distorsionan la experiencia. Preguntar, leer, recibir retroalimentación y consultar a un especialista, son algunas opciones que pueden introducir nueva información a nuestro pensamiento y por lo tanto encontrar mejores explicaciones a lo que pensamos.

2. Toma acción

En caso de pensamientos intrusivos tóxicos que –entre paréntesis– pocas veces tienen relación con lo que realmente va a pasar, es importante hacer una acción rápida y contundente para detenerlos. Levántate de la cama, llama por teléfono a un amigo, prende tu Spotify y escucha música, salte a caminar, ¡prepárate un café! Cambia tu foco de atención con una acción y detén tu conversación mental viciada.

3. Aprende a respirar

Los pensamientos obsesivos son producto y generador de ansiedad. Un ritmo de respiración profunda que baje de la zona torácica y llene el abdomen, sostenida durante 8 minutos, logra bajar el ritmo cardiaco y la agitación. Calmarse respirando profundamente ayuda a detener un cerebro agitado por pensamientos “sin ton ni son”.

4. Genera experiencias emocionalmente correctivas

Los sentimientos dejan mayor huella que los pensamientos, se instalan en un área cerebral.  El poder atravesar un miedo, desafiar un prejuicio, poner un límite a alguien, compartir una tristeza o poner sobre la mesa un enojo, puede sacarlo de la cabeza y confrontarlo con la realidad. La experiencia emocional de ver que aquello no tiene “ni pies ni cabeza”, que lo temido no ocurre o lo pensado no lastima a nadie, incluso que la persona que nos escucha no se altera al escucharte, cambia el estado emocional propio y por lo tanto impacta el pensamiento que generaba la desazón.

 

5. Permanece en el presente con tus sentidos

Usar al cien nuestra vista, olfato, gusto y tacto, centrando nuestra atención en la sensación y percepción, es también una manera de mantenernos fuera de una cabeza galopante. Del mismo modo el uso propositivo de la imaginación y la fantasía evocando emociones de momentos reconfortantes, trayendo la ilusión de la situación que se acercan y anhelamos, son formas de desafiar los pensamientos que distorsionan la realidad.

Los pensamientos son como piedras que se lanzan a un lago y que generan ondas que se extienden afectando nuestro mundo y nuestro entorno. Rehabilitar nuestros hábitos distorcionados de pensar es posible. Podemos escoger nuestro foco de atención e invertir nuestra energía en diseñar experiencias, realizar acciones y construir narrativas más acordes a lo que queremos ser y deseamos vivir. Y si de vez en vez se te escapa una piedrita, respira, y vuelve a empezar…

 

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“Los padres de más éxito en su misión son aquellos que tienen la rara habilidad de meterse detrás de los ojos del niño y que logran ver lo que él ve, pensar lo que él piensa y sentir lo que él siente. Al final, los que saben interpretar el significado que yace detrás de su comportamiento”

Gottman

 

Los niños constituyen el recurso más preciado de la humanidad. Sin embargo por el modo de proceder humano parecería que otros recursos son más importantes: se estudia afanosamente para construir casas, administrar negocios, interpretar leyes, hasta que un día se afronta en completa ignorancia la tarea de educar a nuestros hijos.

 

La sociedad exige un entrenamiento y preparación para todo tipo de trabajo relacionado con los niños: maestros, psicólogos, entrenadores, etcétera., pero en ocasiones las personas más importantes en la vida de los niños, los padres y las madres, asumimos la labor de educar a nuestros hijos sin ningún entrenamiento especial. Acometemos la tarea más difícil y absorbente, que dura las 24 horas del día, durante muchos años, en tranquila y completa ignorancia: ¡el primer niño que muchos de nosotros conocemos de cerca es nuestro propio hijo!

Agreguemos que vivimos en una época con demasiadas exigencias, cambios acelerados y retos particulares: Hoy, como padres y madres de familia enfrentamos desafíos que muy probablemente la generación de nuestros padres y abuelos no tuvo que sortear.

¿Qué aspectos son centrales para un desarrollo integral que lleve a los niños a desarrollar su potencial y a sentirse seguros de sí mismos? El manejo de las emociones como camino de autoconocimiento y reflexión, y la disciplina eficaz.

Las investigaciones han demostrado que los niños y las niñas educados por padres y madres que valoran y guían sus emociones, pero que al mismo tiempo tienen límites claros al instaurar una disciplina adecuada, hacen un mejor papel en diversas áreas de su vida.

Los niños guiados emocionalmente por sus padres:

  • Forman amistades más fuertes.
  • Se desempeñan mejor en la escuela.
  • Aprenden a lidiar más efectivamente con sus estados de ánimo (humor) y tienen menos emociones negativas.

  • Se recuperan más rápidamente de eventos conflictivos.
  • Se enferman menos.

  • Disfrutan más la vida.

 

Ser un padre emocionalmente inteligente permite:

  • Distinguir el propio mundo emocional.
  • Interactuar con los hijos cuando las emociones se ponen en juego.
  • Ayudar a los hijos a reconocer sus sentimientos y emociones y ponerles nombre.
  • Reflexionar y actuar en consecuencia de manera oportuna y constructiva.

 

No podemos dejar de señalar que en la base de la educación de nuestros hijos y nuestras hijas debe estar el amor, pero el amor por sí mismo no es suficiente. Los padres dedicados, cálidos e involucrados con la crianza, tienen actitudes específicas en relación con sus propias emociones y las de sus hijos, al tiempo que desarrollan un escenario de normas claras, adecuadas y explícitas que contienen a sus hijos y les dan seguridad.

 

 

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Retos y vericuetos de la vida en pareja hoy

En ocasiones no cuestionamos el porqué y el para qué de la vida en pareja, a veces incluso lo banalizamos, y pocas veces nos preguntamos de dónde viene este gusto, este deseo de hacer pareja, o acaso ¿esa necesidad?

Una primera reflexión sobre el tema deriva de entender cómo hemos evolucionado como especie a través de los años.

La extendida época de crianza tuvo consecuencias particulares en las relaciones de los hominidos ancestrales, una que nos interesa en relación al tema de la pareja es la necesidad de la hembra de cierta protección y seguridad durante la crianza.

Por otra parte, la postura erguida les permitía copular frente a frente favoreciendo el establecimiento de un reconocimiento y gusto en el intercambio sexual, esto unido a la desaparición de periodo de celo en las hembras y el desarrollo de orgasmos en las mismas, aumentó la frecuencia de las cópulas y el gusto por un compañero particular. El sexo y el erotismo no son solo fisiológicos, son relacionales también.

Si bien en la actualidad la pareja no se funda en la importancia de la reproducción, producción y sobrevivencia como antaño, aún parece una constante en la vida de las personas la búsqueda de una relación particular que de manera especial nos abra opciones en la vida, nos genere una seguridad básica, y nos nutra de compañía, gozo y afecto.

Hoy se privilegia el gusto por estar con el otro, la necesidad de un intercambio de ternura y afectos, y de ayuda cotidina. El eje de la vida amorosa ha cambiado, pero el deseo por vivir en pareja parece que no.

Por otro lado, y también como efecto de la larga época de crianza que requerimos para conquistar la autonomía, mencionamos que venimos de una historia primaria de apego con la madre: en los primeros años de vida, si tuvimos suerte, dispusimos al menos por un tiempo de algún cuidador que fue “solo para nosotros” y que estuvo atento a satisfacer todas nuestras necesidades.

Lo digamos o no, seamos concientes o no, muchos deseamos una vida de pareja que nos recuerde, nos perpetúe, o remplace, esa unicidad. Quizás por eso podemos decir que al amor adulto siempre nos deja insatisfechos, porque por buena que sea la relación amorosa que generemos, nadie puede ni tiene la obligación de colmarnos como lo hicieron, bien o mal, nuestros cuidadores primarios en esos primeros momentos de vida.

No podemos dejar de señalar, que la búsqueda –a veces frenética– de una relación amorosa, también se correlaciona con una sociedad que privilegia la vida de pareja sobre la vida individual.

Insistimos que si bien en el pasado, las necesidades de reproducción, producción, y sobrevivencia hacían imperiosa la unión conyugal y la convivencia familiar, en la actualidad los requerimentos de la vida moderna son diferentes, y los deseos, necesidades y valores de los sujetos del siglo XXI también lo son.

A veces no estamos dispuestos a pagar ciertos costos y asumir ciertas renuncias para vivir de a dos, pero aún así se deja todavía sentir el estigma en relación a la soltería y la vida “en solo”; el privilegiar la vida de pareja sigue ejerciendo su inercia y con ella se despliega una fuerte presión a quienes viven en soltería.

Para desarrollar el potencial personal, necesitamos contactarnos a nosotros mismos al tiempo que nos relacionamos con otros seres humanos; a veces esos “otros” son una pareja concreta, pero en ocasiones son un círculo de amigos, o un grupo de colegas, con frecuencia la propia familia y demás seres queridos que siempre han estado cerca de nosotros. Todos condimentan con “sal y pimienta” el día a día de nuestras vidas y dan calor y cobijo a nuestro corazón.

 

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Con riesgo de que me digan que con qué derecho me pongo a opinar de lo que ellos piensan y sienten, me atrevo a preguntar dónde y cómo están viviendo los varones el hecho de que las mujeres nos hemos movido de lugar…

Ya lo dice mejor Sergio Sinay, –escritor, especialista en psicología masculina y en vínculos humanos– en su libro Esta noche no, querida: “Apagado el fuego de la revolución sexual y superado el clímax de la liberación femenina, muchos se preguntan en qué papel ha quedado el hombre, o más aún, dónde está ahora la masculinidad”.

Soy madre de cuatro varones adultos a los cuales observo en su cotidiano devenir, y quienes –seguramente influenciados por la propia experiencia de vida en el microcosmos de una familia que ha transitado el quiebre de exigencias y presiones de roles de género estereotipados–, hoy cuestionan, experimentan, gozan y sufren, diversas maneras de ser hombre, con pocos modelos de identificación.

Sin duda, a muchos hombres jóvenes hoy en día, la manera de ser hombre de sus referencias masculinas cercanas no les hace mayor sentido ni les otorga buenos resultados; y con certeza, para muchos hombres mayores –mientras sus mujeres toman nuevas posiciones–, sus modelos masculinos se vuelven obsoletos y sus privilegios de género se derrumban (junto con el patriarcado) mientras ellos se viven en completa desorientación.

Algunos de ellos, ante este terremoto, aún buscan salida en las ancestrales catacumbas del machismo, otros más sensibles toman la bandera de las mujeres; pero entre estas dos reacciones queda vacía la silla de la verdadera masculinidad.

¿Habrá nuevas maneras de ser varón en esta sociedad? ¿Cuál será el camino para construir una masculinidad que no exija analfabetismo emocional, abandono de sueños, aislamiento afectivo, productivismo frenético, desencuentro con las mujeres, relación superficiales con otros hombres, síntomas orgánicos alarmantes, y con todo esto: estrés, hermetismo y frustración?

Las últimas décadas de transformación femenina son loables para la transformación de la plataforma en que se sustentan las relaciones humanas de hoy; pero no es suficiente si no se acompaña de un cambio de lo masculino. ¿Dónde están los hombres de hoy? La respuesta más simple sería decir que están atados por exigencias y mandatos que los inmovilizan, que los bloquean emocionalmente, y que paralizan sus impulsos más genuinos al tiempo que impiden el despliegue de sus auténticos recursos.

Crear una nueva masculinidad depende de los hombres: de encontrar una identidad que no se defina por el mero patrón de las imágenes pasadas, sino que cada vez exista una mayor capacidad de desarrollar sus propias creencias y modos de acción, y de no repetir estructuras heredadas sino de fundar día a día las propias para las siguientes generaciones.

Esta tarea incluye sentimientos ambivalentes tanto para hombres como para las mujeres, síntoma que también da cuenta de que está llegando una nueva masculinidad.

 

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No todas las luchas se ganan, ni todas las batallas se luchan

 

Reaccionar a todo lo que nos rodea y querer que las cosas y las personas sean como nosotros queremos es un eterno nadar contracorriente: terminamos exhaustos y nos deja en desventaja con la vida.

Mi hijo, que es ansiosito como yo, me comentó que uno de sus buenos amigos lo exhortaba a unirse al club del tan complicado arte del “vale madrismo”: “¿si no puedes hacer nada para solucionarlo, para qué preocuparte?” Suena sencillo ¿verdad?. Pero aplicarlo tiene su empeño.

Vamos pues pasito a pasito a desmenuzar algunos puntos de la tan necesitada sabiduría Zen que nos dará algunas pautas para aprender a vivir mejor:

 

1.- En el día a día va a haber obstáculos e imprevistos. ¡Acéptalos!

Por más que quieras prevenir y controlar, hay un sin fin de elementos sobre los cuales no tienes influencia alguna y que sin duda impactan tu día a día. Más que instalarte en la queja diaria, asúmelo.

 

2.- Estar en una constante competencia con la vida es el camino a la infelicidad.

Está bien la conducta de desafiarte y lograr tus metas, pero esta actitud llevada al extremo puede causarte un vació y una angustia innecesaria. Como dicen por ahí, “es más rico, el que menos necesita”. ¡Y ojo! No confundas el disfrutar lo que tienes y lo que has logrado con el ser conformista.

 

 

3.- La vida es una constante búsqueda de soluciones.

Soluciones a problemas. Pero si quieres resolverlo todo, estás “frito”. Tienes que tener la claridad para decidir qué batallas luchar y cuáles no. A veces, la mejor de las decisiones es derrotarse para soltar el control.

 

 

4.- No le des tanto peso a esos problemas.

Sí. Date “chance” de que un poco te valga ma…. El mundo no se va a ir a ningún lado si te das un break de todo eso que crees que depende sólo de ti. Date un respiro y verás que las cosas toman diferente perspectiva.

 

5.- Lo que piensen los demás, es problema de los demás.

Si le pones mucho valor a lo que los demás opinen, creen o quieren de ti te la vas a pasar muy mal. Es mejor ponerle ese valor a lo que tú pienses de ti mismo. La retroalimentación del entorno te da un punto de referencia pero tienes que discernirla y tomar tu propia posición.

 

Y por último, pero no menos importante…

6.- El futuro no está secuestrado.

Seguramente ya has leído que la depresión es exceso de pasado y la ansiedad es exceso de futuro. ¡Y cuántos de nosotros no sentimos una ansiedad desbordada al pensar en el futuro!, La ansiedad altera la realidad y puede llegar a amargar la existencia. Confía en que el futuro, aún con sus dificultades, es prometedor y alentador.

Se puede aprender a vivir bien, porque la vida -aunque no es fácil-, si le agarras el modo, siempre es generosa.

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.