Un día me desperté, me miré al espejo y no me reconocí. A los 3 años de haber tenido a mi primer hijo y 4 años de estar casada, había en mí una tristeza muy profunda, un desencanto y una desilusión que en aquel entonces no tenía nombre. ¿Cómo había llegado hasta aquí en estos 8 años de relación?, ¿cómo me fui debilitando? Era una tristeza no compartida con las personas cercanas a mí, silenciada, y vivida en mucha soledad y vergüenza. Esto fue el parteaguas para darme cuenta que llevaba un vida paralela a la de mi esposo: él era “muy feliz” y yo todo lo contrario. Necesitaba ayuda.

El “fast love”, fácil y rápido, así como la “fast food”, está de moda. Es por eso que las parejas difícilmente duran más de lo que el enamoramiento les pueda dar. El enamoramiento se puede dar en un “flechazo” pero el amor se cuece “a fuego lento”.

Por eso considero que el “propedéutico” individual que nos prepara para elegir una pareja mejor y fluir bien en el intercambio amoroso ha de ser considerado.

Aquí te comparto algunas preguntas que señalan los prerrequisitos imprescindibles para construir una buena vida de pareja.

 

1. ¿Me conozco? El autoconocimiento te permite elegir mejor y también respetar tus necesidades, intereses y valores dentro de la relación. Ver a qué puedes renunciar y que estás dispuesto a negociar y qué no.

 

2. ¿Tengo una forma de ganarme la vida? Es importante entrar a una relación con la competencia de abastecerte de lo suficiente para vivir y ser menos vulnerable al control del otro. La independencia económica también favorece la igualdad en las negociaciones.

 

3. ¿Me siento con suficiente autonomía emocional? “No solo de pan vive el hombre”. La autonomía emocional es la capacidad de legitimar tus deseos, necesidades, intereses, valores y los límites que necesitas poner al otro para poder satisfacer tus requerimientos básicos. La autonomía emocional te facilita respetarte sin tener que romper, distanciarte o cerrarte del todo a tu pareja.

 

4. ¿Mi vida tiene sentido? Conocer mis pasiones y sueños, capacidades y aptitudes más allá de mi relación de pareja hace del amor parte de mi proyecto de vida pero no mi único propósito en la vida. Una existencia con sentido propio es la que facilita que el amor florezca en libertad y aumente el tamaño de tus alas para expenderte y disfrutar.

 

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Se valora tanto el amor y la vida de pareja, de forma personal y social, que muchas veces sostenemos relaciones lastimosas, pobres, aburridas, conflictivas, por no decir violentas, con tal de vivir “de a dos”.

Un buen amor debe aportar a la vida personal, no restar, por eso una relación que quita la paz y genera permanente intranquilidad, que limita nuestro mundo de posibilidades en vez de aumentar las alternativas de vida, que genera malestar, aburrimiento y dolor, que bloquea la ternura y las manifestaciones de afecto, que impide el disfrute personal, de pareja y de la vida en general, y que nos lleva a retroceder en todas las áreas de la vida –individual, social, económica, cultural– es una relación que de amorosa tiene muy poco. Pero ¿por qué permanecemos ahí?

 

Razones para sostener una relación infeliz

 

1. Rectificar una mala elección

En ocasiones hacemos una apuesta amorosa, quizás incluso yendo en contra de las opiniones de nuestro entorno, y el hecho de “demostrar” al mundo (o a nosotros mismos) que no nos equivocamos nos lleva a perseverar, con intentos infructuosos y costos altos.

 

2. Creencias erróneas sobre el amor

Rodeados aún por ideas románticas sobre la vida de pareja –el amor, si es verdadero, todo lo puede, todo lo soporta, es sacrificado, y ha de ser eterno– nos aferramos a comprobar que lo nuestro es y ha sido amor, y que esa “fuerza amorosa” transformará los conflictos en encuentros gratificantes. El verdadero amor, si bien conserva algo de enamoramiento, se construye sobre la realidad, no sobre ideales inalcanzables.

 

3. La “matrimania”

La sociedad glorifica y privilegia la vida de pareja. Es de mayor estatus estar emparejado que estar “solo”, y si lo estás en una relación matrimonial, heterosexual y con descendencia, te posicionas en el “top” del “top”. Bella DePaulo, investigadora norteamericana sobre la soltería, acuñó el termino “solterismo”. En su libro Singlism explica que al igual que otros “ismos” como el clasismo, sexismo, racismo, el solterísimo sitúa a las personas sin pareja en un estatus menor de quienes sí la tienen. Y bueno, ¿a quién no le gustan los privilegios?, aunque con frecuencia los costos de sostenerlos sean la frustración permanente, la pérdida de energía, si no es que el desequilibrio emocional y físico.

 

4. Dependencia económica

Quienes simplemente no tienen forma de sostener una independencia económica tampoco tienen la alternativa de elegir permanecer o dejar una relación. Generalmente son más las mujeres quienes se encuentran en esta situación: por hacer del amor y la familia su principal o único proyecto de vida renuncian a una profesión y a un trabajo quedando rezagadas del mundo laboral y dependientes de sus parejas. Esto sin nombrar las reales desigualdades de género que ofrecen mayores y mejores posibilidades de trabajo a los hombres y sobrecargan a las mujeres con tareas domésticas y de crianza.

 

5. Falta de autonomía emocional

Requerir permanentemente la afirmación de la pareja, su acompañamiento permanente, su anuencia para tomar cualquier decisión, impide tener la claridad necesaria para poder reconocer los propios valores, intereses, y deseos, y la fortaleza interna para legitimizarlos y hacerlos valer. Las personas inmaduras psíquicamente se comportan como niños que requieren de la validación y apoyo del otro para hacer elecciones en la vida, desde las más insignificantes hasta las de relevancia mayor.

 

6. Miedo a la soledad

La soledad tiene mala fama, quizás porque se le confunde con el aislamiento. Estar aislado es no contar con vínculo alguno que, como seres sociales, nos aporte afecto y apoyo. En cambio la soledad, que se necesita aun viviendo en pareja, es un estado de mayor individualidad que, bien entendido y aprovechado, permite el silencio interior, el conocimiento personal y la reflexión profunda, todos indispensables para construir la vida que se quiere. Agrego, que nuestra sociedad posmoderna, como bien dice Marie France Hirigoyen en su libro Las Nuevas Soledades, nos impele a alternar a lo largo, valga la redundancia, de nuestra larga vida, periodos de emparejamiento y periodos de soledad.

 

7. Simple confort

Somos generaciones comodinas y con poca voluntad, preferimos el “más vale malo por conocido que el bueno por conocer”. El confort no solo adormece la consciencia sino que imposibilita la conducta creativa. Nos quejamos por lo que tenemos o no tenemos pero no realizamos las acciones necesarias para vivir como queremos.

 

8. Temor al fracaso

Las relaciones tienen vida propia, y como entidad vital recorren un ciclo. El amor, ya sea por una situación de muerte o de rompimiento, nunca durará toda la vida. Terminar una relación desde la decisión no es fracasar, es simplemente aceptar que el amor terminó su ciclo y dio lo que podía dar. Lo que sí ha de considerarse un fracaso es sostener algo que no tiene puntos de acoplamiento, o bien terminarlo de forma innecesariamente irresponsable y  El dolor es inevitable,  en cambio la violencia y la venganza no.

 

9. Desconocimiento de los procesos de cambio

Lo que se puede cambiar en una relación de pareja rara vez se da a base de explicaciones interminables, convencimientos insistentes, sacrificios permanentes, quejas fastidiosas, e incluso, violencias. Pensamos muchas veces que cuando nuestra pareja “se de cuenta” o “nos entienda”, cambiará y estaremos bien. El cambio inicia por la propia transformación y esto implica desafiarnos a nosotros mismos, a nuestras creencias, hábitos, temores, y comodidades. Cuando estemos realmente preparados para perder una relación, estaremos en mejores condiciones de poner y ponernos los límites necesarios que permitan transformarla. Y más allá de la posibilidad de actualizar la pareja, aseguraremos el recuperarnos a nosotros mismos.

 

Así, y confiando que a partir de estos 9 puntos sacarán sus propias conclusiones, afirmo junto con mi buen amigo Antoni Bolinches en su libro Amor al Segundo Intento: “Las buenas relaciones son para disfrutarlas (yo agrego: para cuidarlas, alimentarlas y acrecentarlas), y las malas son para terminarlas”. Y es que no podemos terminar una relación por cualquier cosa, pero ¿vale la pena sostenerla a pesar de todo?

 

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Existen malestares psíquicos, que tienen efectos físicos y pueden confundirnos en cuanto a lo que estamos padeciendo.

¿Qué es la ansiedad y qué es la depresión?

Tanto la ansiedad como la depresión son maneras de responder a situaciones externas y a situaciones internas.  La ansiedad, de manera particular es una respuesta automática ante alguno o varios estímulos que activan un mecanismo adaptativo de nuestro organismo y lo preparan para “luchar o huir”, es decir para actuar a favor de “la sobrevivencia”. La depresión por su parte está más relacionada con una tristeza profunda y enquistada que impide, a quien la sufre, seguir adelante con su vida ordinaria. Generalmente ante una ansiedad sostenida o una pérdida intempestiva se activa un sistema de “conservación de energía” que nos lleva a deprimirnos.

Causas de la depresión

La depresión tiene orígenes genéticos, bioquímicos y psicológicos. Se le considera de  origen endógeno cuando ningún hecho concreto la desencadena; valorar experiencias negativamente, sentir miedos constantes ante el futuro o vivir en un estrés por el mundo que nos rodea, puede generarnos una depresión.

La depresión también aparece ante eventos justificables que la desencadenan, una pérdida de un ser querido, un rompimiento amoroso, una traición laboral o un cambio que pudiendo ser positivo genera una crisis de adaptación.  Atravesar estos duelos y acomodar estas transiciones nos permitirá salir de una depresión.

Los síntomas más frecuentes de la depresión son la tristeza, el insomnio, un cansancio inexplicable, la baja del deseo sexual, la apatía y la tristeza, entre otros.

 

Causas de la ansiedad

Por su parte la ansiedad también se asocia a factores genéticos (hereditarios y familiares), neurobiológicos (a áreas del cerebro y sustancias orgánicas del mismo), psicológicas, sociales y culturales. Experimentar un trastorno de ansiedad se correlaciona con frecuencia con una predisposición de personalidad sumada a los factores derivados del entorno.

Una persona ansiosa percibe como peligrosos eventos y realidades que no lo son, y los síntomas que la acompañan son reacciones fisiológicas como la hiperventilación con o sin mareos, la tensión muscular, el aumento de la frecuencia cardiaca, sudoraciones, y la dilatación de las pupilas. Cuando podemos controlar estas manifestaciones la ansiedad pasa, pero de lo contrario podemos experimentar un “ataque de ansiedad”.

 

La ansiedad y la depresión, siendo “primas” no son lo mismo. Pueden manifestarse juntas o separadas. Una puede llevar a la otra y por tanto hay que diferenciarlas para poder trabajar con ellas y manejarlas o superarlas. Un buen diagnóstico es indispensable para ver el grado de su influencia en nuestro desempeño y bienestar así como para saber cómo tratarlas. En ocasiones basta trabajar en terapia para conocer sus causas y cambiar nuestras conductas, a veces se requiere un entrenamiento para poder sorterlas y “ponerlas a raya”, y en ocasiones se requiere una intervención médica para apoyar a nuestro organismo a reestablecer el equilibrio bioquímico que impide nuestra recuperación.

 

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Si en algo se siente compleja la vida amorosa en la actualidad es en la duda permanente respecto a haber elegido a la persona “correcta”. Personas correctas hay muchas pero lo importante es elegir a una con la que podamos construir un rico proyecto de vida de pareja sin tener que anular nuestro proyecto personal o incluso sin tener que anularnos a nosotros mismos.

¿Cómo podemos “verificar” que la relación que tenemos nos nutre, es sólida, amorosa y lo suficientemente buena? Te regalo algunos puntos que te permitirán valorar tu propia relación, y en vez de estar constantemente dudando de la elección realizada, te permitas disfrutar y crecer con quien está junto a ti, o bien, emprender un camino de retirada.

  1. Compatibilidad sexual. Sin necesidad de experimentar permanentemente “chispazos e incendios pasionales” su intercambio erótico y sexual tiende a ser disfrutado por ambos.
  2. Intimidad compartida. Consideras a tu pareja un buen amigo o amiga, no la única, pero sí alguien con quien compartes sentimientos profundos, ayuda mutua, escucha, respeto y confianza. Cuentan el uno con el otro.
  3. Crecimiento conjunto. La relación te facilita desafiar los propios temores y limitaciones y te invita a crecer. La convivencia saca lo mejor de cada uno de ustedes y te permite construir mejores opciones de vida. La pareja te abre puertas.
  4. Aceptación mutua. Si bien toda relación tiene sus roces, reconoces que tu pareja te conoce y te acepta como eres. Del mismo modo, tu no empeñas todos tus esfuerzos en hacer que ella o él cambie y se adapte a lo que tu quieres. La perfección no existe, por lo tanto conocer sus defectos y limitaciones facilita el manejo de su relación.
  5. Discusión productiva. Los inevitables conflictos pueden ser puestos sobre la mesa, cuestionados, resueltos o negociados sin insultos, manipulaciones y revanchas. 
  6. Diversión potenciada. Cuando están juntos disfrutan más la vida. Las idas al cine, las visitas a un museo, los viajes realizados, las comidas compartidas, son espacios de placer para los dos. 
  7. Celos bajo control. Si bien en ocasiones la incertidumbre normal ante la posibilidad de perder a la pareja genera cierto desasosiego, la relación no transcurre entre persecuciones enfermizas, cuestionamientos agotadores, dudas perennes, y estrategias de control. Existe una confianza básica en tu pareja y un respeto a sus espacios individuales.
  8. Decisiones entretejidas. Aunque cada uno toma decisiones individuales en ciertas áreas de su vida personal, muchas de las decisiones tomadas no solo consideran al otro, sino que son decisiones que atañen a ambos y que por tanto los dos tienen “voz y voto”. Cuando uno solo de los miembros de la pareja ostenta el poder y el otro se somete, se abre la puerta del resentimiento y se pone en riesgo la satisfacción y la estabilidad de la relación. 
  9. Visión a futuro. Nada asegura que el amor dure “eternamente”, pero cuando piensas a futuro visualizas una vida compartida con tu pareja actual. El nosotros es parte de tu proyecto de vida.
  10. Opinión positiva. Aunque en ocasiones haya diferencias y disgustos, consideras a tu pareja una persona que vale la pena, inteligente, con buenas actitudes, con una personalidad estable y positiva. Te gusta quién y cómo es.

 

No todo es “miel sobre hojuelas” en el amor, pero estar con la persona correcta te permite encontrarle, hasta en los momentos difíciles, mejor sabor a la vida.

 

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La violencia doméstica ––a diferencia de los actos que escuchamos a diario en las noticias sobre abusos callejeros, robos en transportes públicos, asesinatos a diestra y siniestra que se refiere a una violencia social– es aquella que se da dentro de los hogares donde se supondría que los miembros de la familia se mantienen en resguardo del maltrato.

Esta violencia se da en cualquier hogar sin distinguir razas, países, educación y estrato socioeconómico. La violencia doméstica generalmente se invisibiliza y minimiza porque al hablar de violencia, los integrantes de la familia piensan en agresiones físicas. Por eso es común que esta violencia se dé en forma silenciosa y dejando estragos en quienes reciben el maltrato.

 

¿Qué es la violencia doméstica?

Cualquier palabra, acto u omisión de un miembro de la familia hacia otro con el fin de controlarlo, someterlo y acotarlo causándole –como efecto– algún daño. En general, quien abusa tiene mayor poder, edad, dinero, fuerza o rango en la jerarquía familiar, y si bien la mayoría de los casos incluye la violencia de género, de hombres a mujeres, también se da de los mayores a los menores, o de los adultos jóvenes a los adultos mayores.

El agresor usa la violencia para imponer sus deseos, generar temor y conseguir lo que desea desde un lugar de poder que dificulta a la víctima oponerse y deslindarse. La violencia familiar se tiende a silenciar, tanto porque se normaliza, así como por vergüenza, temor al juicio externo y o a las miradas con desprecio o incredulidad –al darse entre personas del mismo grupo familiar–.

Sobra decir que las familias ­–aún de forma extraña y contraproducente– buscan cuidarse a sí mismas; por eso es común que busquen proteger al agresor. ¿Qué haría una madre con hijos pequeños sin el abastecimiento de su pareja maltratadora? ¿Cómo saldría un niño adelante sin la presencia de su madre, aunque ella sea quien lo golpea?

 

Tipos de violencia doméstica

La violencia se manifiesta de diferentes formas, unas más difíciles que detectar que otras, pero todas generadoras de potentes daños en la integridad física, mental y en ocasiones económica de las personas.

– Violencia física

 

Ataque físico directo. Desde pellizcos y empujones, hasta golpes contundentes que pueden terminar con la vida de quien los recibe.

Violencia emocional

 

Es más sutil que la física, pero no por eso menos peligrosa, ni lastimosa. Implica gritos, insultos, indiferencias, intimidaciones, chantajes, burlas, manipulaciones y prohibiciones con el fin de disminuir y debilitar a la víctima y dominarla.

– Violencia psíquica

La violencia psíquica o maltrato psicológico está íntimamente ligada a la violencia emocional. Lo que la distingue de aquella es que quien la ejerce actúa de manera ambigua, convenciendo a la víctima de que su forma de razonar y sentir es equivocada y que todo lo que hace, lo hace “por su bien”. Esto lleva a quién la padece a un estado de confusión y desequilibro mental.

– Violencia económica

Evitar que obtenga y mantenga un trabajo; hacer pedir dinero; tomar su dinero; no dejar que conozca o tenga acceso a la información del ingreso familiar.

– Violencia sexual

Incluye tocamientos y caricias no deseadas; contacto sexual forzado; violación; acusar de infidelidad; humillar y objetivar su cuerpo; restringir acceso a atención de su salud reproductiva; forzar a tomar parte en sexo no deseado; amenazar con tener sexo con algún otro(a); coaccionar a tener sexo.

 

Efectos

Los casos de violencia dejan múltiples heridas psicológicas, materiales y a veces físicas en los afectados. Entre ellas son comunes los estados de estrés y angustia que pueden derivar en francos cuadros de depresión.

La experiencia de confusión y debilitamiento que pudieran parecer “menores”, hacen que las personas sometidas a estas situaciones tengan dificultad para reconocer y verbalizar lo que están viviendo, y superar el temor a pedir ayuda.

 

Para salir del hoyo…

En estos casos el apoyo externo es necesario para detener la violencia y al mismo tiempo recuperarse de la misma. Quienes son víctimas de estos tratos no son responsables de las conductas del agresor, pero sí de poner a salvo su integridad física y mental.

Los acompañamientos psicológicos, legales y psicosociales no solo facilitan salir de la situación de riesgo sino sanar los efectos psíquicos y emocionales resultantes de este tipo de experiencias.

 

 

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¿Quién dijo que son las mujeres cougar quienes van a la “caza”, como si los “cazados” fueran víctimas indefensas? Entre las pumas hay mujeres sofisticadas y atractivas que se permiten gozar del sexo fuera de relaciones institucionales y sin sentimientos de culpa.

Hace unos días me invitaron a un programa de radio, solicitando mi opinión de un tema puntual: las mujeres cougar. Al minuto de haber aceptado, recibí material que documentaba el tema, por si no sabía de lo que me estaban hablando. ¡Cómo no voy a saber! A mis “algunos años” sería candidata idónea para sumarme a las filas de las “mujeres puma”, tan criticadas… ¿tan envidiadas?

Se les llama cougar a aquellas mujeres maduras que, habiendo rebasado los 30, 40 o 50 años, buscan hombres jóvenes, entre 6 y 15 años menores que ellas. El término podría ser peyorativo: cougar da la idea de mujeres depredadoras que van a la “caza” de hombres jóvenes: “carne fresca”. Es curioso que este modelo de conquista, tan común entre los varones –y no sólo aceptado, sino con frecuencia festejado–, en el territorio femenino cause resquemor. ¿Será que ni hombres, ni mujeres hemos superado la imagen de mujer madre, asexuada y pasiva?

Hace un par de años en una reunión, una amiga comentaba sobre una conocida mayor que nosotras: “Salí de dar un seminario en la facultad y vi pasar a las hijas de Julia. Roberto (maestro) comentó algo sobre la belleza de las chicas, a lo que Félix (otro joven profesor) contestó con voz intensa: “¿Pero acaso no han visto a su mamá?, ¡para mí es más interesante y atractiva que las dos hijas juntas!”.

Así que, ¿quién dijo que son las mujeres cougar quienes van a la “caza”, como si los “cazados” fueran víctimas indefensas? Los varones que gustan de relacionarse con mujeres mayores no quieren ser como “el resto de los hombres”. Les gustan los retos, son irreverentes y algo transgresores. De sus encuentros con ellas obtienen aprendizaje: se adentran en un mundo que de otra manera les sería inaccesible y quedan libres de tomar las riendas de la relación. Adquieren madurez y confianza a través de estas experiencias, que van desde una cana al aire hasta una relación estable.

 

De las mujeres cougar se dice “que son mujeres divorciadas y fracasadas” o que “temen envejecer”. Sin duda todos capoteamos con mayor o menor elegancia las rupturas amorosas y el transcurrir de la edad, pero generalizar y descartar su opción como inválida, sería tanto como simplificar una realidad que se antoja nueva, compleja y estimulante para incursionar.

Entre las pumas hay mujeres seguras de sí mismas que disfrutan su madurez, independientes económicamente y libres de prejuicios. Mujeres sofisticadas y atractivas que se permiten gozar del sexo fuera de relaciones institucionales y sin sentimientos de culpa. Mujeres que han vivido suficiente para elegir nuevos modos y nuevos modelos. Pocas quieren casarse, de ahí que estas experiencias, más que impedirles envejecer, les permiten transitar con mayor plenitud ese proceso. Son mujeres fascinantes física y mentalmente, arrojadas, bien plantadas…

Sobra decir, que la mujer, en términos generales, alcanza su plenitud sexual a una edad más tardía que los hombres, y que éstos, siendo más jóvenes, pueden aprender y disfrutar de ellas al tiempo que están en condiciones de darles “batalla”.

El fenómeno de las cougar no es banal: es un paso más en el tema de la equidad de género. No se trata de una mera reacción a ciertas prerrogativas masculinas, sino una conquista más entre la diversidad de opciones disponibles para elegir y experimentar.

¿Ejemplos de mujeres cougar? La lista es inagotable: Madonna, Demi Moore, Mariah Carey, y muchas amigas cercanas que por razones obvias no voy a mencionar. ¿Desventajas? Sí, como en todos los encuentros amorosos hay desafíos, pero también muchas ventajas y disfrutes… Quizá el reto sería dejar de estigmatizar el suceso e integrarlo al repertorio erótico y amoroso posible, deseable, entre otros muchos más…

 

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Una pareja tóxica genera pensamientos, sentimientos y conductas en la persona que convive con ella

¿Cuáles observas en ti para detectarlos a tiempo?

  1. Confusión de tener razón en enojarte o exagerar.
  2. Intranquilidad y estrés permanente.
  3. Miedo de pedir algo o decir lo que sientes.
  4. Echarle más ganas y hacer lo que te piden para agradar.
  5. Pasmarte y no responder ante sus quejas y maltratos.
  6. Dar muchas explicaciones y justificaciones de lo que quieres o te gusta para que no se enoje.
  7. Pedirle permiso para hacer lo que deseas o necesitas.
  8. Pedir perdón constante por “errores” que no llegan ni a serlo.
  9. Sentirte culpable y responsable de que lo perturbas.
  10. Dejar de realizar cosas que te gustaban para no crear conflictos.
  11. Aislarte para no darle motivos de queja.
  12. Empiezas a sentirte con mucho enojo, tristeza e incluso depresión.

 

Al final todo esto genera una sensación de desvalimiento e impotencia que te dificulta cambiar la situación. La sensación de minusvalía e incompetencia se ha apoderado de ti.

 

¿Cómo salir del hoyo?

  • Darte cuenta

Notar que estás en una situación de riesgo.

  • Reconocer las situaciones que te llevaron a confundirte

Pensar el amor como tu proyecto de vida, pensar que nadie más te va a querer, urgencia de tener pareja, ser satélite de las necesidades de los demás.

  • Fortalecer tus redes de apoyo

Recuperar los amigos y familiares que dejaste.

  • Asegurarte una independencia económica

Ésta además de resolver muchas cosas, te facilita una autonomía emocional que es la legitimización de tus necesidades, deseos, intereses y valores.

  • Resistirte al sometimiento

Realizar pequeñas acciones de resistencia para detener el maltrato a ver si la otra persona reacciona.

  • Pedir ayuda psicológica y si es necesario legal
  • Y si nada cambia, acudir a otros recursos para dejar esa relación.

 

 

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“Los padres de más éxito en su misión son aquellos que tienen la rara habilidad de meterse detrás de los ojos del niño y que logran ver lo que él ve, pensar lo que él piensa y sentir lo que él siente. Al final, los que saben interpretar el significado que yace detrás de su comportamiento”

Gottman

 

Los niños constituyen el recurso más preciado de la humanidad. Sin embargo por el modo de proceder humano parecería que otros recursos son más importantes: se estudia afanosamente para construir casas, administrar negocios, interpretar leyes, hasta que un día se afronta en completa ignorancia la tarea de educar a nuestros hijos.

 

La sociedad exige un entrenamiento y preparación para todo tipo de trabajo relacionado con los niños: maestros, psicólogos, entrenadores, etcétera., pero en ocasiones las personas más importantes en la vida de los niños, los padres y las madres, asumimos la labor de educar a nuestros hijos sin ningún entrenamiento especial. Acometemos la tarea más difícil y absorbente, que dura las 24 horas del día, durante muchos años, en tranquila y completa ignorancia: ¡el primer niño que muchos de nosotros conocemos de cerca es nuestro propio hijo!

Agreguemos que vivimos en una época con demasiadas exigencias, cambios acelerados y retos particulares: Hoy, como padres y madres de familia enfrentamos desafíos que muy probablemente la generación de nuestros padres y abuelos no tuvo que sortear.

¿Qué aspectos son centrales para un desarrollo integral que lleve a los niños a desarrollar su potencial y a sentirse seguros de sí mismos? El manejo de las emociones como camino de autoconocimiento y reflexión, y la disciplina eficaz.

Las investigaciones han demostrado que los niños y las niñas educados por padres y madres que valoran y guían sus emociones, pero que al mismo tiempo tienen límites claros al instaurar una disciplina adecuada, hacen un mejor papel en diversas áreas de su vida.

Los niños guiados emocionalmente por sus padres:

  • Forman amistades más fuertes.
  • Se desempeñan mejor en la escuela.
  • Aprenden a lidiar más efectivamente con sus estados de ánimo (humor) y tienen menos emociones negativas.

  • Se recuperan más rápidamente de eventos conflictivos.
  • Se enferman menos.

  • Disfrutan más la vida.

 

Ser un padre emocionalmente inteligente permite:

  • Distinguir el propio mundo emocional.
  • Interactuar con los hijos cuando las emociones se ponen en juego.
  • Ayudar a los hijos a reconocer sus sentimientos y emociones y ponerles nombre.
  • Reflexionar y actuar en consecuencia de manera oportuna y constructiva.

 

No podemos dejar de señalar que en la base de la educación de nuestros hijos y nuestras hijas debe estar el amor, pero el amor por sí mismo no es suficiente. Los padres dedicados, cálidos e involucrados con la crianza, tienen actitudes específicas en relación con sus propias emociones y las de sus hijos, al tiempo que desarrollan un escenario de normas claras, adecuadas y explícitas que contienen a sus hijos y les dan seguridad.

 

 

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Retos y vericuetos de la vida en pareja hoy

En ocasiones no cuestionamos el porqué y el para qué de la vida en pareja, a veces incluso lo banalizamos, y pocas veces nos preguntamos de dónde viene este gusto, este deseo de hacer pareja, o acaso ¿esa necesidad?

Una primera reflexión sobre el tema deriva de entender cómo hemos evolucionado como especie a través de los años.

La extendida época de crianza tuvo consecuencias particulares en las relaciones de los hominidos ancestrales, una que nos interesa en relación al tema de la pareja es la necesidad de la hembra de cierta protección y seguridad durante la crianza.

Por otra parte, la postura erguida les permitía copular frente a frente favoreciendo el establecimiento de un reconocimiento y gusto en el intercambio sexual, esto unido a la desaparición de periodo de celo en las hembras y el desarrollo de orgasmos en las mismas, aumentó la frecuencia de las cópulas y el gusto por un compañero particular. El sexo y el erotismo no son solo fisiológicos, son relacionales también.

Si bien en la actualidad la pareja no se funda en la importancia de la reproducción, producción y sobrevivencia como antaño, aún parece una constante en la vida de las personas la búsqueda de una relación particular que de manera especial nos abra opciones en la vida, nos genere una seguridad básica, y nos nutra de compañía, gozo y afecto.

Hoy se privilegia el gusto por estar con el otro, la necesidad de un intercambio de ternura y afectos, y de ayuda cotidina. El eje de la vida amorosa ha cambiado, pero el deseo por vivir en pareja parece que no.

Por otro lado, y también como efecto de la larga época de crianza que requerimos para conquistar la autonomía, mencionamos que venimos de una historia primaria de apego con la madre: en los primeros años de vida, si tuvimos suerte, dispusimos al menos por un tiempo de algún cuidador que fue “solo para nosotros” y que estuvo atento a satisfacer todas nuestras necesidades.

Lo digamos o no, seamos concientes o no, muchos deseamos una vida de pareja que nos recuerde, nos perpetúe, o remplace, esa unicidad. Quizás por eso podemos decir que al amor adulto siempre nos deja insatisfechos, porque por buena que sea la relación amorosa que generemos, nadie puede ni tiene la obligación de colmarnos como lo hicieron, bien o mal, nuestros cuidadores primarios en esos primeros momentos de vida.

No podemos dejar de señalar, que la búsqueda –a veces frenética– de una relación amorosa, también se correlaciona con una sociedad que privilegia la vida de pareja sobre la vida individual.

Insistimos que si bien en el pasado, las necesidades de reproducción, producción, y sobrevivencia hacían imperiosa la unión conyugal y la convivencia familiar, en la actualidad los requerimentos de la vida moderna son diferentes, y los deseos, necesidades y valores de los sujetos del siglo XXI también lo son.

A veces no estamos dispuestos a pagar ciertos costos y asumir ciertas renuncias para vivir de a dos, pero aún así se deja todavía sentir el estigma en relación a la soltería y la vida “en solo”; el privilegiar la vida de pareja sigue ejerciendo su inercia y con ella se despliega una fuerte presión a quienes viven en soltería.

Para desarrollar el potencial personal, necesitamos contactarnos a nosotros mismos al tiempo que nos relacionamos con otros seres humanos; a veces esos “otros” son una pareja concreta, pero en ocasiones son un círculo de amigos, o un grupo de colegas, con frecuencia la propia familia y demás seres queridos que siempre han estado cerca de nosotros. Todos condimentan con “sal y pimienta” el día a día de nuestras vidas y dan calor y cobijo a nuestro corazón.

 

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  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.