Una pareja tóxica genera pensamientos, sentimientos y conductas en la persona que convive con ella

¿Cuáles observas en ti para detectarlos a tiempo?

  1. Confusión de tener razón en enojarte o exagerar.
  2. Intranquilidad y estrés permanente.
  3. Miedo de pedir algo o decir lo que sientes.
  4. Echarle más ganas y hacer lo que te piden para agradar.
  5. Pasmarte y no responder ante sus quejas y maltratos.
  6. Dar muchas explicaciones y justificaciones de lo que quieres o te gusta para que no se enoje.
  7. Pedirle permiso para hacer lo que deseas o necesitas.
  8. Pedir perdón constante por “errores” que no llegan ni a serlo.
  9. Sentirte culpable y responsable de que lo perturbas.
  10. Dejar de realizar cosas que te gustaban para no crear conflictos.
  11. Aislarte para no darle motivos de queja.
  12. Empiezas a sentirte con mucho enojo, tristeza e incluso depresión.

 

Al final todo esto genera una sensación de desvalimiento e impotencia que te dificulta cambiar la situación. La sensación de minusvalía e incompetencia se ha apoderado de ti.

 

¿Cómo salir del hoyo?

  • Darte cuenta

Notar que estás en una situación de riesgo.

  • Reconocer las situaciones que te llevaron a confundirte

Pensar el amor como tu proyecto de vida, pensar que nadie más te va a querer, urgencia de tener pareja, ser satélite de las necesidades de los demás.

  • Fortalecer tus redes de apoyo

Recuperar los amigos y familiares que dejaste.

  • Asegurarte una independencia económica

Ésta además de resolver muchas cosas, te facilita una autonomía emocional que es la legitimización de tus necesidades, deseos, intereses y valores.

  • Resistirte al sometimiento

Realizar pequeñas acciones de resistencia para detener el maltrato a ver si la otra persona reacciona.

  • Pedir ayuda psicológica y si es necesario legal
  • Y si nada cambia, acudir a otros recursos para dejar esa relación.

 

 

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“Los padres de más éxito en su misión son aquellos que tienen la rara habilidad de meterse detrás de los ojos del niño y que logran ver lo que él ve, pensar lo que él piensa y sentir lo que él siente. Al final, los que saben interpretar el significado que yace detrás de su comportamiento”

Gottman

 

Los niños constituyen el recurso más preciado de la humanidad. Sin embargo por el modo de proceder humano parecería que otros recursos son más importantes: se estudia afanosamente para construir casas, administrar negocios, interpretar leyes, hasta que un día se afronta en completa ignorancia la tarea de educar a nuestros hijos.

 

La sociedad exige un entrenamiento y preparación para todo tipo de trabajo relacionado con los niños: maestros, psicólogos, entrenadores, etcétera., pero en ocasiones las personas más importantes en la vida de los niños, los padres y las madres, asumimos la labor de educar a nuestros hijos sin ningún entrenamiento especial. Acometemos la tarea más difícil y absorbente, que dura las 24 horas del día, durante muchos años, en tranquila y completa ignorancia: ¡el primer niño que muchos de nosotros conocemos de cerca es nuestro propio hijo!

Agreguemos que vivimos en una época con demasiadas exigencias, cambios acelerados y retos particulares: Hoy, como padres y madres de familia enfrentamos desafíos que muy probablemente la generación de nuestros padres y abuelos no tuvo que sortear.

¿Qué aspectos son centrales para un desarrollo integral que lleve a los niños a desarrollar su potencial y a sentirse seguros de sí mismos? El manejo de las emociones como camino de autoconocimiento y reflexión, y la disciplina eficaz.

Las investigaciones han demostrado que los niños y las niñas educados por padres y madres que valoran y guían sus emociones, pero que al mismo tiempo tienen límites claros al instaurar una disciplina adecuada, hacen un mejor papel en diversas áreas de su vida.

Los niños guiados emocionalmente por sus padres:

  • Forman amistades más fuertes.
  • Se desempeñan mejor en la escuela.
  • Aprenden a lidiar más efectivamente con sus estados de ánimo (humor) y tienen menos emociones negativas.

  • Se recuperan más rápidamente de eventos conflictivos.
  • Se enferman menos.

  • Disfrutan más la vida.

 

Ser un padre emocionalmente inteligente permite:

  • Distinguir el propio mundo emocional.
  • Interactuar con los hijos cuando las emociones se ponen en juego.
  • Ayudar a los hijos a reconocer sus sentimientos y emociones y ponerles nombre.
  • Reflexionar y actuar en consecuencia de manera oportuna y constructiva.

 

No podemos dejar de señalar que en la base de la educación de nuestros hijos y nuestras hijas debe estar el amor, pero el amor por sí mismo no es suficiente. Los padres dedicados, cálidos e involucrados con la crianza, tienen actitudes específicas en relación con sus propias emociones y las de sus hijos, al tiempo que desarrollan un escenario de normas claras, adecuadas y explícitas que contienen a sus hijos y les dan seguridad.

 

 

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Retos y vericuetos de la vida en pareja hoy

En ocasiones no cuestionamos el porqué y el para qué de la vida en pareja, a veces incluso lo banalizamos, y pocas veces nos preguntamos de dónde viene este gusto, este deseo de hacer pareja, o acaso ¿esa necesidad?

Una primera reflexión sobre el tema deriva de entender cómo hemos evolucionado como especie a través de los años.

La extendida época de crianza tuvo consecuencias particulares en las relaciones de los hominidos ancestrales, una que nos interesa en relación al tema de la pareja es la necesidad de la hembra de cierta protección y seguridad durante la crianza.

Por otra parte, la postura erguida les permitía copular frente a frente favoreciendo el establecimiento de un reconocimiento y gusto en el intercambio sexual, esto unido a la desaparición de periodo de celo en las hembras y el desarrollo de orgasmos en las mismas, aumentó la frecuencia de las cópulas y el gusto por un compañero particular. El sexo y el erotismo no son solo fisiológicos, son relacionales también.

Si bien en la actualidad la pareja no se funda en la importancia de la reproducción, producción y sobrevivencia como antaño, aún parece una constante en la vida de las personas la búsqueda de una relación particular que de manera especial nos abra opciones en la vida, nos genere una seguridad básica, y nos nutra de compañía, gozo y afecto.

Hoy se privilegia el gusto por estar con el otro, la necesidad de un intercambio de ternura y afectos, y de ayuda cotidina. El eje de la vida amorosa ha cambiado, pero el deseo por vivir en pareja parece que no.

Por otro lado, y también como efecto de la larga época de crianza que requerimos para conquistar la autonomía, mencionamos que venimos de una historia primaria de apego con la madre: en los primeros años de vida, si tuvimos suerte, dispusimos al menos por un tiempo de algún cuidador que fue “solo para nosotros” y que estuvo atento a satisfacer todas nuestras necesidades.

Lo digamos o no, seamos concientes o no, muchos deseamos una vida de pareja que nos recuerde, nos perpetúe, o remplace, esa unicidad. Quizás por eso podemos decir que al amor adulto siempre nos deja insatisfechos, porque por buena que sea la relación amorosa que generemos, nadie puede ni tiene la obligación de colmarnos como lo hicieron, bien o mal, nuestros cuidadores primarios en esos primeros momentos de vida.

No podemos dejar de señalar, que la búsqueda –a veces frenética– de una relación amorosa, también se correlaciona con una sociedad que privilegia la vida de pareja sobre la vida individual.

Insistimos que si bien en el pasado, las necesidades de reproducción, producción, y sobrevivencia hacían imperiosa la unión conyugal y la convivencia familiar, en la actualidad los requerimentos de la vida moderna son diferentes, y los deseos, necesidades y valores de los sujetos del siglo XXI también lo son.

A veces no estamos dispuestos a pagar ciertos costos y asumir ciertas renuncias para vivir de a dos, pero aún así se deja todavía sentir el estigma en relación a la soltería y la vida “en solo”; el privilegiar la vida de pareja sigue ejerciendo su inercia y con ella se despliega una fuerte presión a quienes viven en soltería.

Para desarrollar el potencial personal, necesitamos contactarnos a nosotros mismos al tiempo que nos relacionamos con otros seres humanos; a veces esos “otros” son una pareja concreta, pero en ocasiones son un círculo de amigos, o un grupo de colegas, con frecuencia la propia familia y demás seres queridos que siempre han estado cerca de nosotros. Todos condimentan con “sal y pimienta” el día a día de nuestras vidas y dan calor y cobijo a nuestro corazón.

 

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Leyendo la entrevista que hizo la Revista S1NGULAR a Cecilia Suárez hace algunos años ya, me llamó la atención un libro que la artista citó varias veces y recomendó insistentemente el libro: Las Nuevas Soledades de Marie France Hirigoyen. El tema de entrada me cautivó por obvias razones, y ahí me tienen en la red investigando más a fondo su contenido, para darme finalmente a la caza del texto hasta dar con él.

Pues sí, lo que la autora trasmite lo vivo cotidianamente en mi vida personal y en mi trabajo con infinidad de solteros y solteras del siglo XXI. Y es que la soledad se ha convertido en un fenómeno social en aumento y de creciente importancia. Sorprende que, si bien las interacciones entre los individuos –y mucho en parte al influjo de las redes– se han vuelto permanentes por no decir invasivas, una infinidad de personas experimentan un doloroso sentimiento de aislamiento –ya sea que vivan solas o acompañadas–. Esto sin puntualizar que son muchos quienes toman ya la decisión, tal cual, de vivir en soltería.

Esta realidad es, y lo constatamos día a día, fruto de una profunda transformación en las relaciones entre hombres y mujeres que aún no llega a su fin. Si bien las mujeres hemos adquirido una nueva autonomía, tanto en la vida sexual como en la vida laboral, nuestra independencia aún no se integra del todo en las mentalidades, ni de los hombres, ni de nosotras mismas. ¡Cómo no se generarán entonces crisis tanto en los roles femeninos como en los masculinos! Y con estas crisis un empobrecimiento galopante de los vínculos amorosos.

La desorientación la vemos día a día en las rupturas matrimoniales –sobre todo por iniciativa de la mujer– o bien en la dureza de las relaciones de pareja y el sobreesfuerzo que requieren éstas para su sostenimiento y realización.

A todo esto, me pregunto: ¿cuál es el gran temor ante la soledad que experimentamos más de cerquita y con mayor conciencia que antes? A mí en lo personal, vivir “en solo” me hace experimentarme más vulnerable: contactar con más frecuencia mi finitud, mis temores y mis carencias, pero también me aporta un cúmulo de energía, de conciencia, de gozo y de inspiración.

Quizás la clave del dilema consista en vivir la soledad como una elección –nos haya sorprendido o la hayamos conquistado– sin dejar por eso de estar disponibles para el otro. ¿Será que la verdadera intimidad implica ante todo disponibilidad de nuestra parte? Favorecer desde nuestro interés el verdadero encuentro, advertir si el otro se encuentra bien o no, si quiere estar o se prefiere retirar, hablar o callar… Nos quejamos de la soledad, pero invisibilizamos que muchas veces, no estamos –ni queremos estar– disponibles para los demás.

Tener o no tener pareja deja de ser la clave de la ecuación, sobre todo en un mundo donde es preferible invertir a la vez en varios vínculos que respondan a las diferentes facetas de nuestra personalidad. En este nuevo modo de vida se deseará tener una pareja probablemente, pero habrán además varias personas que sean importantes para nuestro diario vivir.

Confirmo que la soledad vivida así es una fuente de plenitud, un medio para librarnos de la superficialidad de una sociedad que tiende a ser dominada por el narcisismo y el culto a los resultados inmediatos, y un antídoto contra el aislamiento que sin duda marchita nuestra humana naturaleza gregaria, erótica y emocional.

 

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Hoy más que nunca los prejuicios y tabúes sexuales van “pasando a la historia”, aún así las parejas modernas batallan por la falta de deseo sexual. Pareciera que en la era de las comunicaciones y la tecnología, –entre diversos factores– uno de los culpables de la falta de deseo es el internet en todas su presentaciones. La atención frenética a las redes sociales, la búsqueda de nuevas aplicaciones, la información no atendida en periódicos, mails, whatsapps, entre una y mil posibilidades más, no solo nos hacen perdernos de algunos orgasmos sino de posponer indefinidamente ricas conversaciones que antaño acompañaban a las parejas antes de dormir.
En un era de “superindividualidad” reforzada por la atención constante a los diversos gadgets con todas sus variedades, la falta de diágolo nocturno entre las parejas impide actualizar su relación día a día. Dejar de compartir de manera ligera y natural las actividades realizadas durante el día, de intercambiar las impresiones sobre las experiencias vividas, de develar los sueños conquistados o de permitir asomarse a los temores enfrentados, nos está privando de cierta complicidad nocturna que antaño era casi inevitable intercambiar.

Quienes aún practicamos estos intercambios conversacionales en la cama experimentamos que funcionan como pegamento emocional pues son un “ir y venir” de escucha, de contención, de interés y de acompañamiento que fortalece la sensación de pertenciencia, de valía, de interés y de contención amorosa.

Sin duda uno puede tener charlas íntimas con su pareja en un restaurante silencioso, o bien durante el desayuno si es que los niños ya se han ido a la escuela, pero aún así la recámara conjunta y, de manera particular, la cama compartida, contienen un significado especial en la vida conyugal. Si este espacio se apropia por los dos y se adecúa con elementos relajantes como una luz tenue y quizás un incienso de suave aroma, habrán grandes posibilidades de generar un ambiente de conexión y una conversación íntima.

El objetivo de un encuentro así es fomentar la complicidad y atenuar el distanciamiento, por esta razón, el dormitorio es adecuado para cualquier tema. Sin duda la vida se compone de momentos buenos y de situaciones complicadas, pero ¿no podremos elegir lugares menos íntimos (la cocina, la sala, etcétera) para temas rasposos que implican otra energía y en ocasiones técnicas de negociación?

Sobra decir que las charlas de almohada no han de ser siempre “miel sobre hojuelas”, también pueden ser de utilidad para aclarar algunos malentedidos y una que otra diferencia. Agrego además que hablar de “nosotros” –en el comedor, en la cama o en la cocina– siempre implica asumir responsabilidad sobre lo que uno “pone sobre la mesa” y sobre la forma en que uno maneja los propios sentimientos, pero aún así pienso que un terreno tan íntimo como la cama puede ser más un vehículo para conectar que para resolver, y ¿por qué no?, para calentar el ambiente en el sentido literal de la palabra.

El sexo, así como las conversaciones, son formas de vincularnos. Y si crees –como yo– que hay formas distintas de desnudarnos, como conversar, entonces sabrás que para hacer el amor no siempre necesitarás quitarte la ropa.

¡Salte de ahí!

 

No todas las personas somos igual de sociables, pero en mayor o menor grado a casi todos nos gusta tener éxito en nuestros intercambios con otras personas. Para lograr relaciones interpersonales satisfactorias –ya sea para una convivencia trivial en la cola del cine, para una jornada de trabajo o para construir una vida en pareja– existen actitudes que facilitan los encuentros, la interacción y por eso las hemos de desarrollar.

“La crónica de un fracaso anunciado”

Lo que no se debe hacer:

 1. Victimizarte

Si te victimizas para que te comprendan y consideren, te funcionará un tiempo breve. Esta actitud se agota rápido como estrategia para llamar la atención. Alguien que se muestra como víctima de sus circunstancias, da lástima, pero resulta poco interesante y atractivo. La mayoría de las personas gustamos de estar con gente positiva y alegre, y esto no significa negar los problemas sino mostrarnos con una actitud de aceptación y responsabilidad ante la propia vida. No podemos dedicarnos a culpar a nuestros padres, a la economía, y al destino de lo que nos acontece. Si bien existen circunstancias que nos condicionan a ser o actuar de determinada forma, siempre queda un espacio de acción que nos permite no solo activar el cambio sino también adoptar una actitud de resiliencia y resolución. Trabajemos con las variables que están a nuestro alcance para transformar lo que no nos gusta de nosotros y nuestra vida y hagámonos cargo de nuestra forma de pensar, sentir y actuar.

2. Ofenderte de todo

Ya sea porque tienes una sensibilidad aguda, un ego inmenso o una necesidad extrema de ser tomado en cuenta, el esperar siempre que te halguen, inviten, acepten y festejen, te mantendrá en una permanente sensación de que lo que recibes de los demás no es suficiente. En la base de esta conducta está el sentirnos “especiales” y merecedores de todo, o por el contrario una infravaloración personal que nos hace hipersensibles a ciertas indiferencias o desaires. El sentirnos heridos con facilidad implica que recibimos todo de manera personal, pero ni somos el centro del universo, ni podemos hacer responsables a los demás de nuestras reacciones exageradas ante eventos que son parte de la vida misma.

3. Ir de verdadazo en verdadazo

La sinceridad es un valor siempre y cuando lo que digamos esté dirigido a la persona correcta, en el momento preciso y de manera adecuada. No podemos andar por la vida dando opiniones sin que nos las soliciten. Las personas que “no tienen filtro” y alardean de ser muy directas, no solo pueden lastimar a quienes están cerca de ellas sino generar el rechazo de las personas con quienenes conviven. Tenemos derecho a pensar y sentir una variedad de cosas, pero no podemos “escupirlas” para desahogarnos o para asincerarnos. Hemos de ser sinceros pero sensatos.

4. Pensar que celar al otro es valorarlo

Quien quiere al otro para sí –sea su familiar, enamorado, colega o amigo– creyendo que así construye una “relación especial” única y total que puede excluir a los otros, termina generando intercambios obsesivos, controladores, asfixiantes y destructivos. La obsesión celosa que piensa que la otra persona todo lo puede tener conmigo y nada necesita más allá de mí, manifiesta un temor excaerbado al abandono y a la posibilidad de ser comparado e infravalorado. Solo es desde el despliegue de nuestras fortalezas, competencias y virtudes que podemos hacer que quienes nos interesan se interesen también por nosotros. El poseer al otro es hacer de ese otro un objeto de nuestra pertenencia y no un sujeto de intercambio igualitario.

5. Demandar halagos constantes

Cuando necesitamos desesperadamente la validación de los demás es porque nostros no nos reconocemos como valiosos y competentes. No es responsabilidad de nadie llenarnos de cumplidos, piropos y halagos para alimentar nuestra autoestima y sostener nuestro ego. El amor propio sano, la aceptación de uno mismo, y el cuidado a nuestras necesidades no significa ser ni egoísta, ni vanidoso, sino desarrollar la posibilidad de valorarnos positivamente. Esto evitará requerir de manera frenética el reconocimiento ajeno, y es que la adicción al halago es una demanda que termina por ahuyentar a nuestras amistades.

6. Hablar mal de la gente

No hay duda de que todos tenemos un juicio sobre el comportamiento de las demás personas, pero dedicarte a criticar a otras personas con las que convives durante tu convivencia con alguna de ellas puede crear la suspicacia de que a sus espaldas también “despotricarás” de ella. Uno puede generar molestias y opiniones en la relación con los demás, pero hemos de saber cómo, cuándo y con quién ventilarlas. El necesitar reafirmarse o hacerse notar hablando mal de los demás solo da cuenta de una dificultad para poner límites a los otros de modo que no actúen en detrimento de nosotros mismos o bien de una incapacidad de vivir la vida que queremos y por tanto dedicarnos a juzgar la vida de los demás.

7. Repeler la sana retroalimentación

La mirada de los demás a veces puede ser reconfortante en su natural aprecio por nosotros pero también puede ser confrontante en tanto que nos devela áreas de oportunidad que hemos de trabajar. No somos perfectos, y contar con gente que de manera oportuna y constructiva nos hace notar errores que podemos trabajar. Obviamente no es grato que nos señalen nuestras limitaciones, pero quien al tiempo que aprecia nuestras virtudes puede también dejarnos ver nuestros defectos, es alguien que se interesa por nosotros de manera integral. Un buen amigo nos permitirá tener una visión más precisa de quienes somos, de ahí la importancia de desarrollar la apertura interna y la fortaleza emocional para abrirnos a la retroalimentación de quien nos conoce y aprecia.

 

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La pérdida de deseo sexual es un mal generalizado en nuestro tiempo. La explicación de esta realidad deriva de distintos factores, entre ellos la erotización extrema de la cultura en la que vivimos, la conquista de una libertad sexual que se vive más como obligación que como derecho y  el ejercicio de una sexualidad como prácitca de consumo, y por tanto de uso, sino es que de abuso entre seres humanos. La saturación y el sinsentido se presentan como efectos inminentes del acceso fácil, superficial  y sobrevalorado a las relaciones sexuales.

Sin embargo existe un factor que se visualiza poco y está relacionado con el reparto inequitativo de las tareas domésticas, de la crianza de los hijos, y del cuidado emocional de quienes nos rodean. Las mujeres hemos sido socializadas para ser satélites de las vidas de los otros posicionándonos como las provedoras físicas y afectivas de nuestros seres queridos (y a veces otros no tan queridos). Es difícil medir el tiempo que se dedica a estas actividades, si bien hay cifras que arrojan el tiempo que implica la realización de dichas tareas, y que se suma a las horas de trabajo formal remunerado que muchas mujeres desempeñan. Ser las encargadas del bienestar emocional de nuestros hijos, padres, hermanos y parejas –entre otros- no es algo que se pueda contabilizar en “horas mujer” en tanto que implica en buena parte el empeño de nuestra propia energía emocional y mental para poner atención, intención y luego acción al bienestar de las personas que cuidamos y contenemos.

Alguien se preguntará ¿qué tiene que ver todo esto con la pérdida del deseo? ¿no se supone que el ejercicio de la sexualidad genera un bienestar físico y mental?. La respuesta inmediata sería sí, pero la libido es energía y la extrema carga emocional y mental de las mujeres genera mucho estrés y por lo tanto drena mucha  energía, ¿de dónde y cómo vamos a extraer el deseo si la energía nos falta para llevar a cabo –prever, anticipar, organizar, resolver y gestionar- todas las actividades mencionadas?

Muchas mujeres dicen “me gusta mi pareja, extraño la vida sexual que tenía, lo quiero, pero a las diez de la noche ¡no quiero sexo por favor!”. Esto en el mejor de los casos, porque a esto cabe sumar que la experiencia de inequidad genera resentimiento. Una vez más, se deja sentir el peso de una sobre-responsabilidad en algo que se intuye  -o se reclama con pocos efectos positivos- una responsabilidad común. El extremo llega a casos en que la mujer, siendo la proveedora económica principal de la familia, es también la proveedora principal (sino es que única) de los afanes domésticos y emocional.

Las excusas y explicaciones a esta situación son generalmente las mismas “es que mi ‘naturaleza’  femenina me lo facilita”, “me tardo mucho más si se lo tengo que explicar, mejor lo hago”, “se lo pido pero lo hace mal y de mala gana, prefiero no pelear”. Y el resultado termina siendo la sobrecarga y la falta de deseo sexual.

Muchas parejas llegan a consulta argumentando que desean renovar el deso que tenían, y terminamos trabajando de la vida dentro de casa con su particular inequidad. Así, el problema de raíz no es la cama, sino quien la tiende y echa las sábanas a lavar. Claro, existen disfunciones sexuales, problemas hormonales y falta de técnicas y rituales novedosos para actualizar el repertorio sexual, pero también se tiene que estar dispuesto a cuestionar “todas las reglas” del juego amoroso para reactivar la anticipación del disfrute y gozar de una más frecuente, satisfactoria y lúdica sexualidad .

 

Cómo dejar de ser y sentirte víctima

La tristeza, el dolor y el enojo son experiencias humanas, todos —en distintos grados y en diversos momentos de la vida— experimentamos esos sentimientos. Sin embargo es característico de quienes se posicionan como víctimas acallar la ira y el enojo: les resulta más “fácil” esconderse en la “tristeza” pasiva del dolor, que reconocer el proprio malestar y actuar en consecuencia.

Es por eso que las personas víctimas tienden a ser pasivo agresivas, pues a mayor frustración, mayor desencanto y mayor acumulación de resentimiento que tiene que salir de alguna manera “velada”. El enojo “enterrado” puede ser hacia uno mismo por falta de seguridad y de competencia o hacia los demás por algún hecho que nos haya lastimado. En ambos casos la idea de “victimizarse” es la forma de sanar o de saldar cuentas crea la estrategia manipulativa de las personas que se victimizan.
Es importante hacer consciente esta estrategia inconsciente ya que en la base de la misma está el temor y la dificultad de reconocer nuestro enojo y actuar –oportuna y constructivamente – en consecuencia.

¿Qué toca hacer a quien se siente atrapado en su victimez? Adoptar medidas para cambiar las situaciones que nos producen infelicidad o insatisfacción y aceptar las que no tienen remedio. Esto implica y requiere un cambio de actitud y nuevos caminos de acción…

Tips para dejar de victimizarse

  • Suelta la idea de que la vida “te debe”. La vida no es justa, la vida no te debe nada, y aunque te lo debiera, no te lo va a pagar.
  • Reconoce los sentimientos que experimentas, sobre todo la tristeza y el enojo.
  • Descubre el significado de lo que estás sintiendo ¿miedo, celos, confusión?
  • Detecta los pensamientos auto-destructivos en torno a tus emociones y cuestiona el sistema de creencias que lo sustentan.
  • Mientras no puedas pensar y sentir diferente, al menos, antes de reaccionar, detén la acción. Pero intenta accionar de una forma distinta, aunque sea un cambio pequeñísimo, esto te ayudará a vivirte diferente, y luego a pensar y sentir de manera distinta.
  • Revisa tu forma de comunicarte. Deja de decir “no es justo”, “tengo derecho a…”, “las cosas deberían de ser “así y no asa”. Estas palabras solo justifican la ira y te atan a los sentimientos de frustración como si alguien estuviera obligado a satisfacer tus necesidades.
  • Distingue la empatía de la conmiseración. Una cosa es comprenderte y otra “tirarte al piso”
  • Sé asertivo. Di lo que sientes, necesitas y valoras.
  • Aprende a poner límites claros, y a decir NO ante lo que no puedes o no quieres.
  • Descubre tus gustos, intereses, habilidades y deseos, y encuentra acciones que te permitan desplegarlos y respetarlos.
  • Recupera seguridad personal a través de las pequeñas acciones que apuntan a respetar tus anhelos, tus necesidades y sus valores.
  • ¡Aprende a ser resiliente! Para superar las dificultades y aceptar tu vulnerabilidad tienes que creer en tu propia fuerza interior, la cual implica desarrollar la convicción de que serás capaz de encarar lo que sea que estés viviendo, con recursos propios o con apoyo externo.

Integrar estas actitudes favorece un proceso de transformación que sustituye una actitud pasiva y un comportamiento basado en el poder negativo. Practicar con pequeñas acciones estos tips te permitirá colocarte en una posición de fuerza para afrontar activamente tu vida y desarrollar tu el poder personal.

Insisto, la vida no es fácil pero la madurez consiste en hacerse cargo del propio dolor, de trabajarlo y de atravesarlo airosamente. Superar la actitud de víctima te permitirá tomar las riendas de tu vida.

  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.