Leyendo la entrevista que hizo la Revista S1NGULAR a Cecilia Suárez hace algunos años ya, me llamó la atención un libro que la artista citó varias veces y recomendó insistentemente el libro: Las Nuevas Soledades de Marie France Hirigoyen. El tema de entrada me cautivó por obvias razones, y ahí me tienen en la red investigando más a fondo su contenido, para darme finalmente a la caza del texto hasta dar con él.

Pues sí, lo que la autora trasmite lo vivo cotidianamente en mi vida personal y en mi trabajo con infinidad de solteros y solteras del siglo XXI. Y es que la soledad se ha convertido en un fenómeno social en aumento y de creciente importancia. Sorprende que, si bien las interacciones entre los individuos –y mucho en parte al influjo de las redes– se han vuelto permanentes por no decir invasivas, una infinidad de personas experimentan un doloroso sentimiento de aislamiento –ya sea que vivan solas o acompañadas–. Esto sin puntualizar que son muchos quienes toman ya la decisión, tal cual, de vivir en soltería.

Esta realidad es, y lo constatamos día a día, fruto de una profunda transformación en las relaciones entre hombres y mujeres que aún no llega a su fin. Si bien las mujeres hemos adquirido una nueva autonomía, tanto en la vida sexual como en la vida laboral, nuestra independencia aún no se integra del todo en las mentalidades, ni de los hombres, ni de nosotras mismas. ¡Cómo no se generarán entonces crisis tanto en los roles femeninos como en los masculinos! Y con estas crisis un empobrecimiento galopante de los vínculos amorosos.

La desorientación la vemos día a día en las rupturas matrimoniales –sobre todo por iniciativa de la mujer– o bien en la dureza de las relaciones de pareja y el sobreesfuerzo que requieren éstas para su sostenimiento y realización.

A todo esto, me pregunto: ¿cuál es el gran temor ante la soledad que experimentamos más de cerquita y con mayor conciencia que antes? A mí en lo personal, vivir “en solo” me hace experimentarme más vulnerable: contactar con más frecuencia mi finitud, mis temores y mis carencias, pero también me aporta un cúmulo de energía, de conciencia, de gozo y de inspiración.

Quizás la clave del dilema consista en vivir la soledad como una elección –nos haya sorprendido o la hayamos conquistado– sin dejar por eso de estar disponibles para el otro. ¿Será que la verdadera intimidad implica ante todo disponibilidad de nuestra parte? Favorecer desde nuestro interés el verdadero encuentro, advertir si el otro se encuentra bien o no, si quiere estar o se prefiere retirar, hablar o callar… Nos quejamos de la soledad, pero invisibilizamos que muchas veces, no estamos –ni queremos estar– disponibles para los demás.

Tener o no tener pareja deja de ser la clave de la ecuación, sobre todo en un mundo donde es preferible invertir a la vez en varios vínculos que respondan a las diferentes facetas de nuestra personalidad. En este nuevo modo de vida se deseará tener una pareja probablemente, pero habrán además varias personas que sean importantes para nuestro diario vivir.

Confirmo que la soledad vivida así es una fuente de plenitud, un medio para librarnos de la superficialidad de una sociedad que tiende a ser dominada por el narcisismo y el culto a los resultados inmediatos, y un antídoto contra el aislamiento que sin duda marchita nuestra humana naturaleza gregaria, erótica y emocional.

 

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Ofrecer alternativas no sólo a mujeres

 

Es un hecho que vivimos en un mundo en donde el poder esta aún predominantemente en manos de los hombres. Si bien el feminismo ha ido clamando la igualdad entre hombres y mujeres,  ha también dedicado esfuerzos importantes por denunciar acosos sexuales y reclamar derechos reproductivos de las mujeres – todas cuestiones impostergables- , su propuesta también busca visibilizar la misoginia.

 

Sumado a eso, el feminismo nos ofrece hoy un abanico con distintas alternativas que abren más y mejores posibilidades  para enriquecer nuestra vida y construirnos como las mujeres que somos.

 

Estas nuevas perspectivas generan espacios diversos para las mujeres de todos los contextos, clases, tallar y razas para habitar el mundo siendo quienes son. Por ejemplo; ante el estereotipo de la mujer alta, blanca y delgada, las marcas de ropa amplían sus repertorios con cuerpos femeninos más reales. O ante las “historias de vidas perfectas” en redes sociales –con mujeres perfectas por supuesto- surgen blogs que promueven la aceptación personal y la integración de nuestras ansiedades y defectos.

 

Las mujeres nos movemos;  ¿será que los hombres pueden encontrar las mismas alternativas de cuestionamiento respecto a los estereotipos masculinos que promueve el patriarcado?

 

Ante la inquietud de niños, adolescentes y jóvenes adultos por encontrar respuestas a estos cambios sociales y por pertenecer -siendo quienes son con miedos y vulnerabilidades- en medio de la transformación de roles y de la confusión en la vida cotidiana, la mayoría de los hombres vuelven a encontrarse con alternativas que en realidad no hacen más que seguir promoviendo una cultura misógina con mujeres oprimidas y hombres alienados.

 

Abundan en las redes videos sobre cómo debe ser un hombre para ser exitoso, libros sobre cómo conquistar a mujeres y artículos con tips para “coger” más y a más; eso sin mencionar ciertas experiencias de trabajo donde algunos superiores  promueven una cultura competitiva y abusiva donde crecer implica “fregar” a quien se te interponga, y en casa las figuras parentales sugieren que “con dinero, baila el perro” (o la perra).

 

La lucha en contra de los estandartes machistas no se limita a derechos reproductivos y detención del acoso, que es la base –y es bastante-, pero abarca mucho más “sutilezas” que nos implican tanto a hombre como a mujeres.

 

Sí, entiendo que muchos varones temen perder privilegios patriarcales –y tener que dedicar más horas al trabajo del hogar, darse a la tarea de aprender a resultar atractivo y no manipulativo, compartir rangos de ingresos económicos laborales más equitativos-, pero también entiendo que muchos más están cansados de ser vistos como proveedores únicos, seres invulnerables que pueden con todo, y fortachones que solo quieren sexo y no les interesa la intimidad.

 

Para el futuro podemos prevenir iniciando a temprana edad con una educación feminista; en el presente, seguir desbancando creencias para acercarnos y disfrutarnos más.

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué sigue después de una ruptura amorosa, de una separación, de un divorcio?

 

Las separaciones amorosas generan una experiencia de ruptura caótica por lo que antes de continuar con la vida se necesita “recoger las piezas que se resquebrajaron en el camino”. Ser conscientes de la necesidad de atravesar un proceso de duelo y reacomodo de nuestra persona es requisito indispensable para salir airosos de esta vivencia.  Saber que no podemos saltarnos ciertos pasos, ciertas etapas, nos dispone a vivir el recorrido con mayor disposición, confianza y aceptación.

 

La vida, después de una separación amorosa, abre puertas que invitan no sólo a salir del caos, sino a crear una vida más rica, más interesante: una vida mejor. Caminar por este trayecto implica primero ubicar en dónde nos encontramos, cómo es que hemos llegado hasta este lugar y descubrir hacia dónde queremos dirigirnos.

 

Hay opciones relativamente “cómodas”, como evadir o negar lo que está ocurriendo. Estas estrategias, al alcance de la mano de todos, generan un “bienestar” temporal anestesiando el dolor, pero finalmente son opciones que llevan, sino a la frustración constante, sí a posponer la recuperación y, por tanto, la posibilidad de una vida más plena.

 

Existe un proceso de recuperación diseñado por especialistas para recorrer este camino. Éste se asemeja a la escalada de una montaña en distintas etapas. Es necesario ir avanzado por pasos, al ritmo requerido por cada quien, pero ni tan despacio que la vida de pronto se nos escurra de las manos, ni tan de prisa que cuando nos demos cuenta hayamos llegado a lugares extraños y peligrosos sin el equipo necesario para adaptarnos a ellos.

 

Podemos distinguir cinco etapas que facilitan para vivir cabalmente un duelo amoroso. La conquista de cada una te preparará para avanzar a la siguiente y aproximarte a la cima mencionada de una manera fortalecida.

 

  1. Salir del caos y retomar el equilibrio atravesando el duelo: aceptar el caos y retomar de a poco el equilibrio permitiéndote sentir el proceso de duelo.    

  2. Aprender a estar solo cómodamente: tu base eres tú. 

  3. Construir amistades sólidas.

  4. Iniciar relaciones amorosas de corta duración, experiencias que nos permitirán reaprender a amar y recuperar la confianza…                                                   

  1. Generar una relación estable de larga duración, o bien elegir la soltería como opción de vida, temporal o permanente.

 

 

Todos queremos ser felices, todos tenemos derecho a un grado suficiente de satisfacción y bienestar, pero tras un divorcio o una separación hemos de partir de la base que disfrutar la vida nos tomará algún tiempo. Después de haber recorrido el camino necesario para recuperarnos habremos aprendido del pasado, nos conoceremos mejor y desarrollaremos partes de nosotros mismos previamente desconocidas, paralizadas, reprimidas o simplemente ignoradas. Pero como todas las “intervenciones quirúrgicas”, el camino de la recuperación requiere de una convalecencia para sustituir el sentimiento de fracaso del pasado, por un anhelo y entusiasmo de vivir el presente y una confianza de lo bueno que falta por venir.