Si en algo se siente compleja la vida amorosa en la actualidad es en la duda permanente respecto a haber elegido a la persona “correcta”. Personas correctas hay muchas pero lo importante es elegir a una con la que podamos construir un rico proyecto de vida de pareja sin tener que anular nuestro proyecto personal o incluso sin tener que anularnos a nosotros mismos.

¿Cómo podemos “verificar” que la relación que tenemos nos nutre, es sólida, amorosa y lo suficientemente buena? Te regalo algunos puntos que te permitirán valorar tu propia relación, y en vez de estar constantemente dudando de la elección realizada, te permitas disfrutar y crecer con quien está junto a ti, o bien, emprender un camino de retirada.

  1. Compatibilidad sexual. Sin necesidad de experimentar permanentemente “chispazos e incendios pasionales” su intercambio erótico y sexual tiende a ser disfrutado por ambos.
  2. Intimidad compartida. Consideras a tu pareja un buen amigo o amiga, no la única, pero sí alguien con quien compartes sentimientos profundos, ayuda mutua, escucha, respeto y confianza. Cuentan el uno con el otro.
  3. Crecimiento conjunto. La relación te facilita desafiar los propios temores y limitaciones y te invita a crecer. La convivencia saca lo mejor de cada uno de ustedes y te permite construir mejores opciones de vida. La pareja te abre puertas.
  4. Aceptación mutua. Si bien toda relación tiene sus roces, reconoces que tu pareja te conoce y te acepta como eres. Del mismo modo, tu no empeñas todos tus esfuerzos en hacer que ella o él cambie y se adapte a lo que tu quieres. La perfección no existe, por lo tanto conocer sus defectos y limitaciones facilita el manejo de su relación.
  5. Discusión productiva. Los inevitables conflictos pueden ser puestos sobre la mesa, cuestionados, resueltos o negociados sin insultos, manipulaciones y revanchas. 
  6. Diversión potenciada. Cuando están juntos disfrutan más la vida. Las idas al cine, las visitas a un museo, los viajes realizados, las comidas compartidas, son espacios de placer para los dos. 
  7. Celos bajo control. Si bien en ocasiones la incertidumbre normal ante la posibilidad de perder a la pareja genera cierto desasosiego, la relación no transcurre entre persecuciones enfermizas, cuestionamientos agotadores, dudas perennes, y estrategias de control. Existe una confianza básica en tu pareja y un respeto a sus espacios individuales.
  8. Decisiones entretejidas. Aunque cada uno toma decisiones individuales en ciertas áreas de su vida personal, muchas de las decisiones tomadas no solo consideran al otro, sino que son decisiones que atañen a ambos y que por tanto los dos tienen “voz y voto”. Cuando uno solo de los miembros de la pareja ostenta el poder y el otro se somete, se abre la puerta del resentimiento y se pone en riesgo la satisfacción y la estabilidad de la relación. 
  9. Visión a futuro. Nada asegura que el amor dure “eternamente”, pero cuando piensas a futuro visualizas una vida compartida con tu pareja actual. El nosotros es parte de tu proyecto de vida.
  10. Opinión positiva. Aunque en ocasiones haya diferencias y disgustos, consideras a tu pareja una persona que vale la pena, inteligente, con buenas actitudes, con una personalidad estable y positiva. Te gusta quién y cómo es.

 

No todo es “miel sobre hojuelas” en el amor, pero estar con la persona correcta te permite encontrarle, hasta en los momentos difíciles, mejor sabor a la vida.

 

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La violencia doméstica ––a diferencia de los actos que escuchamos a diario en las noticias sobre abusos callejeros, robos en transportes públicos, asesinatos a diestra y siniestra que se refiere a una violencia social– es aquella que se da dentro de los hogares donde se supondría que los miembros de la familia se mantienen en resguardo del maltrato.

Esta violencia se da en cualquier hogar sin distinguir razas, países, educación y estrato socioeconómico. La violencia doméstica generalmente se invisibiliza y minimiza porque al hablar de violencia, los integrantes de la familia piensan en agresiones físicas. Por eso es común que esta violencia se dé en forma silenciosa y dejando estragos en quienes reciben el maltrato.

 

¿Qué es la violencia doméstica?

Cualquier palabra, acto u omisión de un miembro de la familia hacia otro con el fin de controlarlo, someterlo y acotarlo causándole –como efecto– algún daño. En general, quien abusa tiene mayor poder, edad, dinero, fuerza o rango en la jerarquía familiar, y si bien la mayoría de los casos incluye la violencia de género, de hombres a mujeres, también se da de los mayores a los menores, o de los adultos jóvenes a los adultos mayores.

El agresor usa la violencia para imponer sus deseos, generar temor y conseguir lo que desea desde un lugar de poder que dificulta a la víctima oponerse y deslindarse. La violencia familiar se tiende a silenciar, tanto porque se normaliza, así como por vergüenza, temor al juicio externo y o a las miradas con desprecio o incredulidad –al darse entre personas del mismo grupo familiar–.

Sobra decir que las familias ­–aún de forma extraña y contraproducente– buscan cuidarse a sí mismas; por eso es común que busquen proteger al agresor. ¿Qué haría una madre con hijos pequeños sin el abastecimiento de su pareja maltratadora? ¿Cómo saldría un niño adelante sin la presencia de su madre, aunque ella sea quien lo golpea?

 

Tipos de violencia doméstica

La violencia se manifiesta de diferentes formas, unas más difíciles que detectar que otras, pero todas generadoras de potentes daños en la integridad física, mental y en ocasiones económica de las personas.

– Violencia física

 

Ataque físico directo. Desde pellizcos y empujones, hasta golpes contundentes que pueden terminar con la vida de quien los recibe.

Violencia emocional

 

Es más sutil que la física, pero no por eso menos peligrosa, ni lastimosa. Implica gritos, insultos, indiferencias, intimidaciones, chantajes, burlas, manipulaciones y prohibiciones con el fin de disminuir y debilitar a la víctima y dominarla.

– Violencia psíquica

La violencia psíquica o maltrato psicológico está íntimamente ligada a la violencia emocional. Lo que la distingue de aquella es que quien la ejerce actúa de manera ambigua, convenciendo a la víctima de que su forma de razonar y sentir es equivocada y que todo lo que hace, lo hace “por su bien”. Esto lleva a quién la padece a un estado de confusión y desequilibro mental.

– Violencia económica

Evitar que obtenga y mantenga un trabajo; hacer pedir dinero; tomar su dinero; no dejar que conozca o tenga acceso a la información del ingreso familiar.

– Violencia sexual

Incluye tocamientos y caricias no deseadas; contacto sexual forzado; violación; acusar de infidelidad; humillar y objetivar su cuerpo; restringir acceso a atención de su salud reproductiva; forzar a tomar parte en sexo no deseado; amenazar con tener sexo con algún otro(a); coaccionar a tener sexo.

 

Efectos

Los casos de violencia dejan múltiples heridas psicológicas, materiales y a veces físicas en los afectados. Entre ellas son comunes los estados de estrés y angustia que pueden derivar en francos cuadros de depresión.

La experiencia de confusión y debilitamiento que pudieran parecer “menores”, hacen que las personas sometidas a estas situaciones tengan dificultad para reconocer y verbalizar lo que están viviendo, y superar el temor a pedir ayuda.

 

Para salir del hoyo…

En estos casos el apoyo externo es necesario para detener la violencia y al mismo tiempo recuperarse de la misma. Quienes son víctimas de estos tratos no son responsables de las conductas del agresor, pero sí de poner a salvo su integridad física y mental.

Los acompañamientos psicológicos, legales y psicosociales no solo facilitan salir de la situación de riesgo sino sanar los efectos psíquicos y emocionales resultantes de este tipo de experiencias.

 

 

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¿Quién dijo que son las mujeres cougar quienes van a la “caza”, como si los “cazados” fueran víctimas indefensas? Entre las pumas hay mujeres sofisticadas y atractivas que se permiten gozar del sexo fuera de relaciones institucionales y sin sentimientos de culpa.

Hace unos días me invitaron a un programa de radio, solicitando mi opinión de un tema puntual: las mujeres cougar. Al minuto de haber aceptado, recibí material que documentaba el tema, por si no sabía de lo que me estaban hablando. ¡Cómo no voy a saber! A mis “algunos años” sería candidata idónea para sumarme a las filas de las “mujeres puma”, tan criticadas… ¿tan envidiadas?

Se les llama cougar a aquellas mujeres maduras que, habiendo rebasado los 30, 40 o 50 años, buscan hombres jóvenes, entre 6 y 15 años menores que ellas. El término podría ser peyorativo: cougar da la idea de mujeres depredadoras que van a la “caza” de hombres jóvenes: “carne fresca”. Es curioso que este modelo de conquista, tan común entre los varones –y no sólo aceptado, sino con frecuencia festejado–, en el territorio femenino cause resquemor. ¿Será que ni hombres, ni mujeres hemos superado la imagen de mujer madre, asexuada y pasiva?

Hace un par de años en una reunión, una amiga comentaba sobre una conocida mayor que nosotras: “Salí de dar un seminario en la facultad y vi pasar a las hijas de Julia. Roberto (maestro) comentó algo sobre la belleza de las chicas, a lo que Félix (otro joven profesor) contestó con voz intensa: “¿Pero acaso no han visto a su mamá?, ¡para mí es más interesante y atractiva que las dos hijas juntas!”.

Así que, ¿quién dijo que son las mujeres cougar quienes van a la “caza”, como si los “cazados” fueran víctimas indefensas? Los varones que gustan de relacionarse con mujeres mayores no quieren ser como “el resto de los hombres”. Les gustan los retos, son irreverentes y algo transgresores. De sus encuentros con ellas obtienen aprendizaje: se adentran en un mundo que de otra manera les sería inaccesible y quedan libres de tomar las riendas de la relación. Adquieren madurez y confianza a través de estas experiencias, que van desde una cana al aire hasta una relación estable.

 

De las mujeres cougar se dice “que son mujeres divorciadas y fracasadas” o que “temen envejecer”. Sin duda todos capoteamos con mayor o menor elegancia las rupturas amorosas y el transcurrir de la edad, pero generalizar y descartar su opción como inválida, sería tanto como simplificar una realidad que se antoja nueva, compleja y estimulante para incursionar.

Entre las pumas hay mujeres seguras de sí mismas que disfrutan su madurez, independientes económicamente y libres de prejuicios. Mujeres sofisticadas y atractivas que se permiten gozar del sexo fuera de relaciones institucionales y sin sentimientos de culpa. Mujeres que han vivido suficiente para elegir nuevos modos y nuevos modelos. Pocas quieren casarse, de ahí que estas experiencias, más que impedirles envejecer, les permiten transitar con mayor plenitud ese proceso. Son mujeres fascinantes física y mentalmente, arrojadas, bien plantadas…

Sobra decir, que la mujer, en términos generales, alcanza su plenitud sexual a una edad más tardía que los hombres, y que éstos, siendo más jóvenes, pueden aprender y disfrutar de ellas al tiempo que están en condiciones de darles “batalla”.

El fenómeno de las cougar no es banal: es un paso más en el tema de la equidad de género. No se trata de una mera reacción a ciertas prerrogativas masculinas, sino una conquista más entre la diversidad de opciones disponibles para elegir y experimentar.

¿Ejemplos de mujeres cougar? La lista es inagotable: Madonna, Demi Moore, Mariah Carey, y muchas amigas cercanas que por razones obvias no voy a mencionar. ¿Desventajas? Sí, como en todos los encuentros amorosos hay desafíos, pero también muchas ventajas y disfrutes… Quizá el reto sería dejar de estigmatizar el suceso e integrarlo al repertorio erótico y amoroso posible, deseable, entre otros muchos más…

 

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El mundo actual nos hace pensar que podemos tener, lograr, y disfrutar más de lo que es humanamente posible. No, no somos súper héroes, ni todopoderosas. Aún así tenemos un gran margen de acción para tener una vida plena y satisfactoria, claro está, siempre que adecuemos nuestras aspiraciones a nuestras posibilidades, y nuestras acciones a nuestros objetivos.

No hablo de adoptar una postura de resignación, esto implicaría tolerar pasivamente lo que “nos tocó”. Menos aún supongo que hemos de “tragarnos” creencias erróneas y adaptarnos a roles asignados que nos limitan y nos acotan. Para mí el camino a la libertad implica aceptar y actuar con base en realidades.

Aceptar es vivir en el presente, asumir su movimiento y promover el curso del mismo validando nuestros deseos, necesidades, intereses y valores. Y actuar significa realizar acciones concretas que nos permitan asumir el protagonismo de la propia vida. El nudo que genera la dependencia es justo ir como veletas moviéndonos por donde “el viento nos lleve” y someternos a los deseos (y a veces neurosis) de quienes nos rodean con casi ningún margen de elección de nuestro porvenir.

 

¿Por qué anhelamos tanto la conquista de la libertad?

El hilo conductor del psiquismo humano es reconocernos y legitimarnos como “sujetos deseantes”. Así como el esqueleto sostiene y estructura al cuerpo, la capacidad de desear es el eje que configura nuestra identidad y da sentido y significado a nuestro proyecto de vida. ¿Qué quiero? ¿Qué necesito? ¿Qué sueño?

Es fácil sucumbir a los deseos ajenos con el fin de agradar, de sentir que pertenecemos y de experimentar así cierta seguridad. De manera particular, la sociedad patriarcal nos ha entrenado a las mujeres para descifrar los deseos ajenos (de padres, maridos e hijos) a tal punto de dificultarnos –sino hasta imposibilitarnos en ocasiones– descifrar los propios. A los hombres se les impulsa más a escuchar sus deseos y necesidades, siempre enmarcados en el paradigma del “éxito” masculino que implica fuerza, productividad y pobreza emocional.

Conquistar la libertad requiere que dirijamos la mirada a nosotros mismos, que busquemos nuestros deseos postergados y nuestros entusiasmos no indagados. Cuando carecemos de práctica para ser el eje de nuestras decisiones, vivimos como barcos sin timón que solo navegamos rutas a favor de los otros.

 

Obstáculos para la conquista de la libertad

Siempre es un buen momento para soltar mandatos impuestos para dar cabida a deseos personales e ilusiones relegadas, pero también para cuestionar nuestras relaciones que muchas veces nos atrapan y nos limitan. Muchos hemos cultivado –por las razones, temores, ilusiones que sean– vínculos basados o en la dependencia económica o en la dependencia afectiva.

      ¿Cómo se muestra?

  • Disfrazada de amor incondicional.
  • Como búsqueda de permiso y aprobación.
  • Necesitando la “mirada del otro” como punto de referencia para orientarnos sin permitirnos andar a “campo traviesa” por el camino que consideremos mejor para nosotros.
  • Con la intolerancia a las propias dificultades atribuidas a nuestra “incapacidad” y no a nuestra falta de práctica.
  • Buscando la perfección para ser queridos. De manera particular las mujeres pensamos que para ser amadas hemos de ser afectivamente dependientes, físicamente necesitadas y psíquicamente vulnerables. Esto nos lleva a reclamar a los hombres cosas que no nos pueden dar.

Todo esto nos dificulta comportarnos como personas autónomas aún cuando demos muestras de independencia y tengamos recursos propios ya sean afectivos, económicos o profesionales.

 

Diferencia entre independencia económica y autonomía emocional.

La primera es la disponibilidad de recursos económicos propios que nos permitan tener un margen de acción real. La segunda es la posibilidad de utilizar dichos recursos económicos para legitimizar y gestionar –con base en decisiones de criterio propio que impliquen una evaluación de las alternativas posibles– los propios deseos, necesidades, sueños, intereses y valores. Y esto nos regresa a lo dicho al inicio, no se puede ni todo, ni siempre, pero sí lo suficiente para construir una vida plena.

Así, si bien la independencia económica no es garantía de autonomía, sí es condición necesaria –insuficiente– para la autonomía emocional.

 

¿Cómo conquistar la libertad?

  1. Trabajando. Generar un ingreso económico a través del desarrollo y uso de nuestras competencias y capacidades.
  2. Realizando un arduo trabajo psíquico para saber qué es adecuado o no para nosotros.
  3. Siendo creativos y arrojados para generar un programa propio que aún no existe.

 

¿Soy libre?

La verdadera libertad es la conciencia progresiva de tener cierto control sobre la propia vida, con un aumento de la confianza personal y un sentimiento de satisfacción y competencia.

Esto se manifiesta a través de:

  • Intensificar relaciones de genuina intimidad con otras personas.
  • Llevar a cabo actividades que impulsan nuestro desarrollo personal y mejoran nuestra imagen corporal para aumentar nuestra seguridad.
  • Tomar en serio nuestros intereses privados.
  • Desarrollar una vocación/profesión significativa.
  • Experimentar sentimientos de eficacia y autoridad.

En síntesis, ser libres en tomarnos en serio el proceso de hacernos protagonistas de la propia vida.

 

 

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Una pareja tóxica genera pensamientos, sentimientos y conductas en la persona que convive con ella

¿Cuáles observas en ti para detectarlos a tiempo?

  1. Confusión de tener razón en enojarte o exagerar.
  2. Intranquilidad y estrés permanente.
  3. Miedo de pedir algo o decir lo que sientes.
  4. Echarle más ganas y hacer lo que te piden para agradar.
  5. Pasmarte y no responder ante sus quejas y maltratos.
  6. Dar muchas explicaciones y justificaciones de lo que quieres o te gusta para que no se enoje.
  7. Pedirle permiso para hacer lo que deseas o necesitas.
  8. Pedir perdón constante por “errores” que no llegan ni a serlo.
  9. Sentirte culpable y responsable de que lo perturbas.
  10. Dejar de realizar cosas que te gustaban para no crear conflictos.
  11. Aislarte para no darle motivos de queja.
  12. Empiezas a sentirte con mucho enojo, tristeza e incluso depresión.

 

Al final todo esto genera una sensación de desvalimiento e impotencia que te dificulta cambiar la situación. La sensación de minusvalía e incompetencia se ha apoderado de ti.

 

¿Cómo salir del hoyo?

  • Darte cuenta

Notar que estás en una situación de riesgo.

  • Reconocer las situaciones que te llevaron a confundirte

Pensar el amor como tu proyecto de vida, pensar que nadie más te va a querer, urgencia de tener pareja, ser satélite de las necesidades de los demás.

  • Fortalecer tus redes de apoyo

Recuperar los amigos y familiares que dejaste.

  • Asegurarte una independencia económica

Ésta además de resolver muchas cosas, te facilita una autonomía emocional que es la legitimización de tus necesidades, deseos, intereses y valores.

  • Resistirte al sometimiento

Realizar pequeñas acciones de resistencia para detener el maltrato a ver si la otra persona reacciona.

  • Pedir ayuda psicológica y si es necesario legal
  • Y si nada cambia, acudir a otros recursos para dejar esa relación.

 

 

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Lealtades Familiares Invisibles

 

Generalemte llegamos al mundo cargando maletas de temor, de ambición, de avaricia, de tristeza, de nuestros ancestros. Pareciera que ellos quisieran seguir perpetuando sus historias a través de nuestras vidas. Este equipaje puede ser de nuestros propios padres o bien de familiares de generaciones anteriores que pasaron sus ideales, penas y deseos a los que les hemos seguido.

Si examináramos con detenimiento la mayoría de nuestros miedos, de nuestros deberes, de las formas de ver el amor, las creencias sobre el trabajo, la muerte y las personas, descubriríamos que pocas veces están basados en nuestras propias experiencias de vida. Un poco de reflexión y observación nos permitiría identificar que el miedo ante la escasez económica, o la culpa ante la libertad sexual, o el recelo a los que son de otra sangre, raza, preferencia sexual o religión pertenece a alguno de los que nos precedió.

Todas estas experiencias, aprendizajes, o respuestas que dieron a sus pasadas vidas nos alcanzan y nos modelan a través de un sin fin de mitos, patrones, dichos, incluso castigos, que limitan nuestra forma de vivir y de actuar.

 

¿Qué son las lealtades invisibles?

Las familias, por inercia, se repiten a sí mismas. Influyen en sus miembros heredándoles el significado que han dado a la existencia.

La lealtades familiares son fibras invisibles pero resisentes que mantienen unidas a las familias a través de comportamientos complejos en las relaciones de unos con otros. Las interacciones familiares buscan por medio de consejos, manipulaciones, chantajes, premios y exhortaciones, transmitir de manera consciente o inconsciente lo que consideran que es bueno para la preservación de sus integrantes y para la unión familiar.

Así, gran parte de nuestra historia personal se construye por significados y recuerdos transmitidos, que pueden o no ser útiles y constructivos para nuestra presente situación, relación o profesión.

 

Construir la propia historia

Si bien no es necesario tirar por la borda todo lo heredado, sí podemos reconocer –por el efecto que tienen algunas relaciones familiares así como por nuestras formas de tomar decisiones importantes– que requerimos construir nuestra propia historia tomando lo que consideramos de valor, adecuación y utilidad de nuestras familias de origen y replanteando lo que nos hace sufrir o simplemente no nos funciona en la actualidad.

Crecer es reescribir y reinventar nuestra vida con guiones alternativos a la historia de nuestra predecesores, honrrando el pasado pero resignificando nuestro presente. Esta reinvención no requiere ni de la ausencia ni de la presencia de sus autores originales, pero sí de la posibilidad de ir devolviendo simbólicamente a cada quien su historia y de ir abriéndonos a la construcción de una trama adecuada a quienes somos hoy.

Solo un concienzudo trabajo interior unido a límites claros pero compasivos con el exterior, nos permitirá soltar las cargas que no nos corresponden y aligerar el equipaje que requerimos para vivir mejor.

 

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Con riesgo de sonar egoísta, cosa particularmente despreciable en boca de casi cualquier mujer –de quienes se espera toda entrega y toda generosidad– afirmo que pocas experiencias me han resultado tan gratificantes, liberadoras y expansivas, como tener mi “habitación propia”.

En 1928, Virginia Woolf, escritora y feminista inglesa, fue invitada a dar unas charlas sobre el tema de la mujer, y ante la pregunta “¿Qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas?”, ella contestó de manera realista y valiente: “independencia económica y una habitación propia”.

De ahí surge su ensayo titulado con el mismo nombre, donde Woolf construye un discurso real y al mismo tiempo metafórico sobre los derechos de la mujer, tanto en lo referente a su expresión a través de las letras, como a su vida cotidiana.

Recordemos que por aquellos tiempos –y por aquellos rumbos– sólo hacía nueve años que se le había concedido el voto a la mujer, por no mencionar otras peculiaridades en relación al género femenino. Hoy, habiendo transcurrido casi cien años, aún me encuentro con mujeres enajenadas que desean y que necesitan una habitación propia.

En la mañana conversaba con mi amiga Karla quien afligida me compartía que cargaba con la responsabilidad de cuidar a su padre. Karla está divorciada, tiene profesión, sueños, dos hijos adolescentes, hobbies, cargas económicas, amigas, y algunas otras cosillas más. Su papá, con más de 75 años a cuestas, una viudez mal asimilada, dos rodillas en franca decadencia y una depresión viento en popa, se recarga del todo en Karla dado que sus otros dos hijos varones, “bien casados”, andan en lo suyo y tienen muchas cosas que hacer. Me pregunto yo: ¿tienen más cosas que hacer que Karla?

Como Karla hay muchas que asumen responsabilidades de más. Y es que esta identidad femenina, construida desde lo relacional: “ser para los otros y en función de los otros”, aplaudida por la sociedad,  exigida a veces por nuestros seres cercanos, consentida sin cuestionar por nosotras mismas –tenga el costo que tenga y en espera de que así nos quieran más y mejor– nos convierte en heroicas y necesarias a los ojos de los demás, en buenas y responsables antes nuestros propios ojos, y en una madeja de nervios y frustraciones para nuestras necesidades y deseos más profundos.

Me pregunto, a través de la voz de Marcela Serrano “¿puede haber una sensación más excitante (y atemorizante, a la vez, lo reconozco) para una mujer, que el sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?”

Me pregunto también parafraseando a Woolf “¿cómo no desear una habitación propia, con un cerrojo pesado y hermoso que impida que las imparables irrupciones nos alejen de nosotras mismas? ¡Y tanto mejor un departamento propio, y suficiente dinerillo en la cartera, y tiempo, más tiempo!  Un cuerpo para una misma, un corazón más vivo y una mente –que estando más tranquila– pueda entonces sí, compartirse de manera suave y gozosa con los demás.

Las mujeres hemos nadado contracorriente, y seguimos en este esfuerzo por lograr la equidad. Encontremos espacios de recreo, de placer, de descanso, de crecimiento, sin duda ellos nos construirán en mujeres integras, donde el amor que demos no nos restará fuerza, ni libertad.

 

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De uno u otro modo –algunos en escasas ocasiones y otros en frecuentes situaciones– nos enfrascamos en un “runrún” en la cabeza que nos impide tomar decisiones y con ello dejamos ir una oportunidad que quizá se cruzó temporalmente en nuestro camino. No podemos decir que perder un “chance” para hacer algo, sea el “principio del fin…”, pero el que consecutivamente seamos pasivos ante las posibilidades de cambio y crecimiento que la vida nos ofrece, es un problema.

¿Cuál será una de las más frecuentes razones para entrar en este “ir y venir” mental que no nos permite tomar decisiones y emprender nuevas acciones? Algo que muchos de nosotros experimentamos es el miedo al fracaso y al error, y de la mano de eso, al temor al ridículo y a la humillación.

¡Pero si de chicos todos aprendimos lo que aprendimos cayéndonos! Sí, cayéndonos literalmente. El aprender a caminar, por ejemplo, fue tambaleándonos, y entre sentonazos y cocazos, fuimos sosteniendo el paso y dominando el andar. Cuando niños explorábamos nuestro entorno sin temor a fracasar, con decisión y curiosidad, y con motivación a descubrir cosas nuevas y a aprender de dichos descubrimientos.

La mayoría de los aprendizajes de la vida nos implican esa misma actitud: intentar, errar, corregir, aprender y empezar de nuevo. ¿Conoces a algún niño que en el primer tropezón decidió sentarse y claudicar para siempre? Si ese fuera el caso ¡la humanidad estaría sentada! Con el correr de los años y los condicionamientos y experiencias tempranas, se nos dificulta sostener este natural abordaje ante el fracaso que implica todo cambio en la vida.

La necesidad de pensar que el error es algo inevitable en nuestro crecimiento es importante pues no hay forma de conquistar algo nuevo en un solo intento y para siempre. Y esto aplica a cualquier experiencia nueva, diferente, desconocida que nos amenaza porque no sabemos si podremos con ella, si nos gustará, y si saldremos airosos del intento.

No hay duda de que los elogios –o los regaños– recibidos de nuestros padres cuando niños nos influyeron en poder lidiar –mejor o peor– con las situaciones desconocidas y retadoras. Aún así, hemos de asimilar que todo cambio implica un salto a lo desconocido y con ello una necesidad de salirnos de nuestra zona de confort, de tolerar la ansiedad que esto produce y de retarnos a nosotros mismo. Además, hemos de sumar la presión del entorno por hacer “tal o cual cosa” en vez de “tal o cual otra”, y de esa forma obtener o no su aprobación.

Y es que cuando nos equivocamos tememos obtener desaprobación, rechazo, juicio o incluso ridiculización. Estas experiencias, según el grado de gravedad, pueden dejarnos una huella que nos dificulte actuar con mayor apertura y naturalidad ante lo nuevo y asumir los riesgos medidos como parte inevitable de la vida. Es correcto ser cauteloso y no actuar de forma temeraria e irresponsable, pero cuando uno necesita cambiar y progresar en la vida, no hay modo más que arriesgar.

Vivir exige un mínimo de audacia, ya que no existen las certezas absolutas, solo hay probabilidades. Además, siempre que se elige algo se renuncia a otra cosa: no se puede tener todo y siempre. Por eso darnos permiso a cometer errores es una verdadera forma de experimentar y elegir un camino hacia la liberación. Introducir pequeños cambios y avanzar paso a paso, rectificando y continuando, es la única forma de empezar.

 

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Vivimos un mundo que se ha hecho sedentario. Utilizamos más la mente que el cuerpo y pensamos que pensar es suficiente para crear, y en un sentido sí.

Nuestros pensamientos –decía Elisa Cano, mi adorada maestra de meditación– son química en acción. Si pienso algo que me entusiasma, que me aporta placer, que me da paz, mis glándulas generan sustancias que me generan bienestar y salud: endorfinas, dopamina, serotonina. De lo contrario, si me dedico a pensar en catástrofes, resentimientos e imposibilidades, pues sobra decir que mi cuerpo producirá bilis, adrenalina, cortisol y que me intoxico de estas sustancias generando a la larga una experiencia no solo de cansancio y depresión, sino de otros padecimientos físicos que pueden ir desde el insomnio y el cansancio crónico, pasando por un síndrome de colon irritable hasta un debilitamiento del sistema inmunológico con todo lo que esto, en temas de salud, pueda implicar.

Por esto es importante adquirir hábitos de pensamientos que nos generen energía y optimismo. No se trata de “ser felices” las veinticuatro horas del día, pero sí de entrenar nuestra mente a trabajar (o detenerse) a nuestro favor. A continuación, te comparto algunas prácticas que te pueden ser de utilidad:

 

1. Afina tu interpretación

Es imposible llegar siempre al fondo y meollo de la realidad; la vida tiene muchos significados, aún así, explicar la realidad con base en creencias erróneas, malos entendidos, “dimes y diretes” o mitos familiares, lejos de afinar nuestra percepción, distorsionan la experiencia. Preguntar, leer, recibir retroalimentación y consultar a un especialista, son algunas opciones que pueden introducir nueva información a nuestro pensamiento y por lo tanto encontrar mejores explicaciones a lo que pensamos.

2. Toma acción

En caso de pensamientos intrusivos tóxicos que –entre paréntesis– pocas veces tienen relación con lo que realmente va a pasar, es importante hacer una acción rápida y contundente para detenerlos. Levántate de la cama, llama por teléfono a un amigo, prende tu Spotify y escucha música, salte a caminar, ¡prepárate un café! Cambia tu foco de atención con una acción y detén tu conversación mental viciada.

3. Aprende a respirar

Los pensamientos obsesivos son producto y generador de ansiedad. Un ritmo de respiración profunda que baje de la zona torácica y llene el abdomen, sostenida durante 8 minutos, logra bajar el ritmo cardiaco y la agitación. Calmarse respirando profundamente ayuda a detener un cerebro agitado por pensamientos “sin ton ni son”.

4. Genera experiencias emocionalmente correctivas

Los sentimientos dejan mayor huella que los pensamientos, se instalan en un área cerebral.  El poder atravesar un miedo, desafiar un prejuicio, poner un límite a alguien, compartir una tristeza o poner sobre la mesa un enojo, puede sacarlo de la cabeza y confrontarlo con la realidad. La experiencia emocional de ver que aquello no tiene “ni pies ni cabeza”, que lo temido no ocurre o lo pensado no lastima a nadie, incluso que la persona que nos escucha no se altera al escucharte, cambia el estado emocional propio y por lo tanto impacta el pensamiento que generaba la desazón.

 

5. Permanece en el presente con tus sentidos

Usar al cien nuestra vista, olfato, gusto y tacto, centrando nuestra atención en la sensación y percepción, es también una manera de mantenernos fuera de una cabeza galopante. Del mismo modo el uso propositivo de la imaginación y la fantasía evocando emociones de momentos reconfortantes, trayendo la ilusión de la situación que se acercan y anhelamos, son formas de desafiar los pensamientos que distorsionan la realidad.

Los pensamientos son como piedras que se lanzan a un lago y que generan ondas que se extienden afectando nuestro mundo y nuestro entorno. Rehabilitar nuestros hábitos distorcionados de pensar es posible. Podemos escoger nuestro foco de atención e invertir nuestra energía en diseñar experiencias, realizar acciones y construir narrativas más acordes a lo que queremos ser y deseamos vivir. Y si de vez en vez se te escapa una piedrita, respira, y vuelve a empezar…

 

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  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.