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Hoy más que nunca los prejuicios y tabúes sexuales van “pasando a la historia”, aún así las parejas modernas batallan por la falta de deseo sexual. Pareciera que en la era de las comunicaciones y la tecnología, –entre diversos factores– uno de los culpables de la falta de deseo es el internet en todas su presentaciones. La atención frenética a las redes sociales, la búsqueda de nuevas aplicaciones, la información no atendida en periódicos, mails, whatsapps, entre una y mil posibilidades más, no solo nos hacen perdernos de algunos orgasmos sino de posponer indefinidamente ricas conversaciones que antaño acompañaban a las parejas antes de dormir.
En un era de “superindividualidad” reforzada por la atención constante a los diversos gadgets con todas sus variedades, la falta de diágolo nocturno entre las parejas impide actualizar su relación día a día. Dejar de compartir de manera ligera y natural las actividades realizadas durante el día, de intercambiar las impresiones sobre las experiencias vividas, de develar los sueños conquistados o de permitir asomarse a los temores enfrentados, nos está privando de cierta complicidad nocturna que antaño era casi inevitable intercambiar.

Quienes aún practicamos estos intercambios conversacionales en la cama experimentamos que funcionan como pegamento emocional pues son un “ir y venir” de escucha, de contención, de interés y de acompañamiento que fortalece la sensación de pertenciencia, de valía, de interés y de contención amorosa.

Sin duda uno puede tener charlas íntimas con su pareja en un restaurante silencioso, o bien durante el desayuno si es que los niños ya se han ido a la escuela, pero aún así la recámara conjunta y, de manera particular, la cama compartida, contienen un significado especial en la vida conyugal. Si este espacio se apropia por los dos y se adecúa con elementos relajantes como una luz tenue y quizás un incienso de suave aroma, habrán grandes posibilidades de generar un ambiente de conexión y una conversación íntima.

El objetivo de un encuentro así es fomentar la complicidad y atenuar el distanciamiento, por esta razón, el dormitorio es adecuado para cualquier tema. Sin duda la vida se compone de momentos buenos y de situaciones complicadas, pero ¿no podremos elegir lugares menos íntimos (la cocina, la sala, etcétera) para temas rasposos que implican otra energía y en ocasiones técnicas de negociación?

Sobra decir que las charlas de almohada no han de ser siempre “miel sobre hojuelas”, también pueden ser de utilidad para aclarar algunos malentedidos y una que otra diferencia. Agrego además que hablar de “nosotros” –en el comedor, en la cama o en la cocina– siempre implica asumir responsabilidad sobre lo que uno “pone sobre la mesa” y sobre la forma en que uno maneja los propios sentimientos, pero aún así pienso que un terreno tan íntimo como la cama puede ser más un vehículo para conectar que para resolver, y ¿por qué no?, para calentar el ambiente en el sentido literal de la palabra.

El sexo, así como las conversaciones, son formas de vincularnos. Y si crees –como yo– que hay formas distintas de desnudarnos, como conversar, entonces sabrás que para hacer el amor no siempre necesitarás quitarte la ropa.

¡Salte de ahí!

 

No todas las personas somos igual de sociables, pero en mayor o menor grado a casi todos nos gusta tener éxito en nuestros intercambios con otras personas. Para lograr relaciones interpersonales satisfactorias –ya sea para una convivencia trivial en la cola del cine, para una jornada de trabajo o para construir una vida en pareja– existen actitudes que facilitan los encuentros, la interacción y por eso las hemos de desarrollar.

“La crónica de un fracaso anunciado”

Lo que no se debe hacer:

 1. Victimizarte

Si te victimizas para que te comprendan y consideren, te funcionará un tiempo breve. Esta actitud se agota rápido como estrategia para llamar la atención. Alguien que se muestra como víctima de sus circunstancias, da lástima, pero resulta poco interesante y atractivo. La mayoría de las personas gustamos de estar con gente positiva y alegre, y esto no significa negar los problemas sino mostrarnos con una actitud de aceptación y responsabilidad ante la propia vida. No podemos dedicarnos a culpar a nuestros padres, a la economía, y al destino de lo que nos acontece. Si bien existen circunstancias que nos condicionan a ser o actuar de determinada forma, siempre queda un espacio de acción que nos permite no solo activar el cambio sino también adoptar una actitud de resiliencia y resolución. Trabajemos con las variables que están a nuestro alcance para transformar lo que no nos gusta de nosotros y nuestra vida y hagámonos cargo de nuestra forma de pensar, sentir y actuar.

2. Ofenderte de todo

Ya sea porque tienes una sensibilidad aguda, un ego inmenso o una necesidad extrema de ser tomado en cuenta, el esperar siempre que te halguen, inviten, acepten y festejen, te mantendrá en una permanente sensación de que lo que recibes de los demás no es suficiente. En la base de esta conducta está el sentirnos “especiales” y merecedores de todo, o por el contrario una infravaloración personal que nos hace hipersensibles a ciertas indiferencias o desaires. El sentirnos heridos con facilidad implica que recibimos todo de manera personal, pero ni somos el centro del universo, ni podemos hacer responsables a los demás de nuestras reacciones exageradas ante eventos que son parte de la vida misma.

3. Ir de verdadazo en verdadazo

La sinceridad es un valor siempre y cuando lo que digamos esté dirigido a la persona correcta, en el momento preciso y de manera adecuada. No podemos andar por la vida dando opiniones sin que nos las soliciten. Las personas que “no tienen filtro” y alardean de ser muy directas, no solo pueden lastimar a quienes están cerca de ellas sino generar el rechazo de las personas con quienenes conviven. Tenemos derecho a pensar y sentir una variedad de cosas, pero no podemos “escupirlas” para desahogarnos o para asincerarnos. Hemos de ser sinceros pero sensatos.

4. Pensar que celar al otro es valorarlo

Quien quiere al otro para sí –sea su familiar, enamorado, colega o amigo– creyendo que así construye una “relación especial” única y total que puede excluir a los otros, termina generando intercambios obsesivos, controladores, asfixiantes y destructivos. La obsesión celosa que piensa que la otra persona todo lo puede tener conmigo y nada necesita más allá de mí, manifiesta un temor excaerbado al abandono y a la posibilidad de ser comparado e infravalorado. Solo es desde el despliegue de nuestras fortalezas, competencias y virtudes que podemos hacer que quienes nos interesan se interesen también por nosotros. El poseer al otro es hacer de ese otro un objeto de nuestra pertenencia y no un sujeto de intercambio igualitario.

5. Demandar halagos constantes

Cuando necesitamos desesperadamente la validación de los demás es porque nostros no nos reconocemos como valiosos y competentes. No es responsabilidad de nadie llenarnos de cumplidos, piropos y halagos para alimentar nuestra autoestima y sostener nuestro ego. El amor propio sano, la aceptación de uno mismo, y el cuidado a nuestras necesidades no significa ser ni egoísta, ni vanidoso, sino desarrollar la posibilidad de valorarnos positivamente. Esto evitará requerir de manera frenética el reconocimiento ajeno, y es que la adicción al halago es una demanda que termina por ahuyentar a nuestras amistades.

6. Hablar mal de la gente

No hay duda de que todos tenemos un juicio sobre el comportamiento de las demás personas, pero dedicarte a criticar a otras personas con las que convives durante tu convivencia con alguna de ellas puede crear la suspicacia de que a sus espaldas también “despotricarás” de ella. Uno puede generar molestias y opiniones en la relación con los demás, pero hemos de saber cómo, cuándo y con quién ventilarlas. El necesitar reafirmarse o hacerse notar hablando mal de los demás solo da cuenta de una dificultad para poner límites a los otros de modo que no actúen en detrimento de nosotros mismos o bien de una incapacidad de vivir la vida que queremos y por tanto dedicarnos a juzgar la vida de los demás.

7. Repeler la sana retroalimentación

La mirada de los demás a veces puede ser reconfortante en su natural aprecio por nosotros pero también puede ser confrontante en tanto que nos devela áreas de oportunidad que hemos de trabajar. No somos perfectos, y contar con gente que de manera oportuna y constructiva nos hace notar errores que podemos trabajar. Obviamente no es grato que nos señalen nuestras limitaciones, pero quien al tiempo que aprecia nuestras virtudes puede también dejarnos ver nuestros defectos, es alguien que se interesa por nosotros de manera integral. Un buen amigo nos permitirá tener una visión más precisa de quienes somos, de ahí la importancia de desarrollar la apertura interna y la fortaleza emocional para abrirnos a la retroalimentación de quien nos conoce y aprecia.

 

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Nuestras relaciones son parecidas al sistema solar. Si tú eres el “sol”, ¿en qué órbita se ubica cada quien? Poner a alguien en un lugar que no le corresponde genera problemas. Ser consciente de la cercanía–distancia que cada relación requiere te permite alejarte y acercarte sin necesidad de huir o entrar en círculos viciosos con cada persona.

Mitos alrededor de la Maternidad

 

Tengo cuatro, hijos, ¡cómo de que no! Y con el correr del tiempo me doy cuenta que nadie me advirtió, nadie me explicó y nadie me previno de la misión que estaba por emprender. Todo lo contrario, si bien yo veía a mi madre bastante estresada en la vida diaria, pensé que muchos de sus pesares tenían más que ver con mi padre que con nosotras cuatro –mis hermanas y yo–, porque ella (sumada a la voz de mi padre) decía que nosotras éramos su vida. Aún así no olvido el día que sentadas en el silloncito de mi recámara le pregunté: “Ma, ¿es muy difícil dar a luz?”, y ella me contestó: “Olvida el parto ¡lo que viene después!”. Y sí, eso bien que lo entendí justo después, cuando mis hijos brincaban en mi cama y en mi cabeza y yo quería encerrarme en el baño y ponerme –con chocolate en mano y tapones en los oídos– a leer.

       La maternidad está exaltada como un evento determinantemente “realizador” en la vida de las mujeres. Con el discurso de la “naturaleza femenina” y el “instinto materno”, muchas de nosotras dudamos de nuestra ambivalente experiencia a la hora de querer tener hijos y durante su larga y extenuante educación. Afortunadamente, en la actualidad la mayoría de las mujeres podemos integrar en nuestro campo de posibilidades diversos planes para conformar nuestro proyecto de vida personal. Pero no dejamos de sentir –en el ambiente, en las canciones, en las miradas, y en las preguntas de nuestras propias mamás– la presión con respecto a la importancia de ser madres y las bondades de la maternidad.

Ser madre es una elección, no una vocación natural ni un destino único. Todo ser humano nace de una madre, pero ninguna mujer nace con la vocación a la maternidad tatuada. Por eso, y como seres culturales más allá de nuestra estructura biológica, la maternidad no es una vocación femenina universal, menos aún un camino único de realización personal.

Independientemente del deseo, gusto, y competencia que cada mujer tenga para realizar y ejercer estas funciones, muchas mujeres, a medio camino, nos encontramos en una encrucijada de sentimientos, limitaciones y cansancios que nos hacen dudar de la decisión tomada de ser madres años atrás.

Es que la maternidad es una entrega constante, un acto de dar vida con absoluta generosidad, y está bien, es una invitación a “estirar” nuestra estructura de carácter, a madurar y a dejar de ladito el ego, pero en un mundo donde se privilegia la satisfacción personal, esta capacidad de dar –no desde la abnegación, pero sí desde la entrega y la renuncia a favor del otro– es algo poco común.

Haré algunas distinciones que nos permitirán comprender la ambivalencia de esta experiencia tan compleja:

  • La maternidad no es un instinto ni un llamado de la naturaleza, es una decisión.
  • Decidir ser madre nunca es una elección “pura” en tanto que se nos cruzan de manera consciente e inconsciente los mandatos sociales y las presiones de nuestro entorno que exaltan la idea romántica de la maternidad.
  • La maternidad genera sentimientos encontrados de amor y odio, de suficiencia y de incapacidad y es normal. Pero una cosa es sentirlos y otra es actuar en detrimento de los hijos con conductas hirientes o negligentes.
  • Uno puede no gustar de la maternidad y sí querer a sus hijos. Es más, se puede congeniar más con un hijo que con otro, manejar los sentimientos, y no lastimar su personalidad.
  • Los hijos no necesitan una madre abnegada, víctima, sacrificada y de tiempo completo, porque su frustración –y no su experiencia de satisfacción– será lo que más reciban de ella.
  • Los hijos requieren de un vínculo sólido que les permita saberse mirados, aceptados, apreciados y amados, teniendo aseguradas sus necesidades básicas físicas y emocionales, y eso les es bueno y suficiente. Una mujer que trabaje sus contradicciones y carencias, e integre un proyecto de vida estimulante del que forman parte sus hijos, está mejor capacitada para construir un vínculo de tal solidez.

 

Sobra decir que todo se agudiza cuando en el día a día, y a falta de apoyos públicos, se tiene que malabarear para ejercer la maternidad y al mismo tiempo sostener un trabajo remunerado, cuando se carece de sistemas de apoyo recibidos del entorno en general y de los padres en particular, y cuando no existen bases económicas que aseguren una estabilidad básica para sacar adelante a los hijos.

Aun así, y con mis hijos invitándome a desayunar por el día de las madres, mi corazón se siente satisfecho, porque los quiero, y con mi amor confirmo que un hijo no puede ser tu único proyecto vital porque ese “sueño” no solo va a limitar tu crecimiento, sino porque –tarde o temprano– se lo vas a cobrar.

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“Las mayores conquistas son las victorias psicológicas”

 

Vivimos en la era del cambio acelerado y la incertidumbre permanente. Las altas exigencias y diversidad de opciones que plantea un mundo globalizado, tecnológico, y digital nos imponen marchas forzadas y estados sostenidos de estrés. El imperativo de estar informados, actualizados y bien conectados, genera un “cocktail” que deriva en una ansiedad galopante.

La ansiedad es uno de los grandes males que caracteriza a la sociedad posmoderna. Insomnio, palpitaciones, desvanecimientos, sudoración en las manos, falta de apetito o exceso del mismo, miedos irracionales y quedar pasmados de forma recurrente, son algunos de los síntomas de este malestar que se filtra de manera inadvertida en la vida de quienes lo padecen minando su bienestar y su eficacia.

La adaptación a una vida acelerada y la posibilidad de transformarla en ritmos y territorios menos demandantes, será producto de muchos factores que habrán de conjuntarse en lo económico, político, social y cultural, de los cuales, tendremos pocos efectos en nuestra corta existencia, ya que esta nueva tendencia sigue “in crescendo”. Pero el afrontamiento del día a día, si bien puede ser acompañado por paleativos generados en el orden de lo público, será una tarea individual de las personas en sus vidas.

Existen tres elementos que resultan de vital importancia para mantener la ansiedad “a raya”: desarrollar la confianza en uno mismo, aprender a gestionar las emociones, ejercitarse en el manejo del estrés.

 

    La confianza en uno mismo crece y se consolida reconociendo nuestras competencias y haciendo uso de ellas. Si revisamos los retos que hemos ya superado a lo largo de la vida, nos daremos cuenta que somos buenos para diversas cosas, que poseemos habilidades y capacidades importantes, y que gracias a ellas hemos salido airosos de algunas circunstancias adversas, por pequeñas que hoy nos parezcan. Apropiarnos de estos logros refuerza la experiencia de agencia personal: “soy bueno y puedo lograr cosas”.

Las competencias reconocidas se pueden fortalecer y exponenciar a través de pequeñas acciones que nos permitan seguir ejercitándolas e incluso desplegando otras nuevas: hacer una llamada para consultar algo, atender un nuevo cursillo, realizar alguna lectura, pueden ser herramientas de perfeccionamiento. Las metas a corto plazo y de baja dificultad son óptimas puertas de inicio que no admiten grandes excusas al tiempo que sí van creando hábitos nuevos y enriquecedores. Nuestro cerebro es tan plástico, que las pequeñas acciones sostenidas en el tiempo crean nuevas conexiones neuronales que confirman la idea de que somos capaces, ¡porque lo somos!

Es importante parar las ideas negativas que irrumpen en nuestro cerebro y detienen nuestro avance: “no puedo”, “me falta tiempo”, “con esto no mejoraré”. ¿Cómo se paran estas creencias erróneas? ¡Parándolas! Desactivándolas. No evites el pensamiento, es imposible, pero entra y sal de él: distráete y repítete a ti mismo “esto que me digo es una creencia equivocada”, o bien “de nuevo la mente me quiere jugar chueco”. Sostente centrado en tu objetivo y avanzando en las pequeñas acciones que vas ejecutando. Si sabes lo que quieres lograr y mantienes tus acciones en esa línea, por pequeñas que éstas sean, irás haciendo conquistas importantes.

 

 

         Aprender a gestionar las emociones si bien no es una tarea fácil, también es entrenable. Manejar la presión, la ansiedad, el miedo, es una habilidad que se puede adquirir. Para conseguir esta capacidad es importante llevar a cabo ejercicios que te enseñen a respirar, a relajarte y a concentrarte. Respirar profunda, sostenida y pausadamente, obliga a bajar el ritmo cardiaco y por tanto a detener la ansiedad y el miedo. Por otra parte, reconocer el pensamiento que está tras la emoción imperante es otro recurso para erradicar la distorsión cognitiva que detona la ansiedad: por ejemplo, pensar que todos los jefes tienen que ser de carácter fuerte y pueden explotar puede generar una reacción ansiosa que no corresponde con lo que esta ocurriendo en una sala de juntas. El ejercicio, por otro lado, es un hábito fundamental relajante. Y sin duda la atención plena que implica poner foco e intensidad a lo que se está haciendo, elimina distracciones –físicas o mentales– que disparan temores y facilita permanecer en el aquí y el ahora.

 

    Por último, hablemos del manejo del estrés. Éste es la respuesta del organismo a la anticipación del futuro imaginado como amenazante, esto nos regresa de nuevo a la importancia de centrarse en el presente y mirar a los logros que se espera conseguir en el futuro, favoreciendo el sentimiento que generará la sensación de éxito. El poder vivenciar anticipadamente el logro no solo favorece la  motivación, sino que al mismo tiempo activa una química corporal que genera bienestar y positivismo. El pensamiento experimentado es química en acción.

De nada sirve rumiar los errores pasados, pero sí distinguir aquello que se puede controlar y aquello que no. Esta distinción ayuda a dejar de lado lo que está fuera de nuestra gestión e implicarnos en los factores que podemos manejar mejor. Ese sería el caso de prepararse antes de una presentación en el trabajo organizando con anticipación lo que se va a exponer, teniendo información actualizada, probando el material que se va a utilizar, durmiendo bien la noche anterior y siendo puntuales el día de la reunión. Fuera de tu control estará si asisten todos los participantes esperados, si llega de buen o mal humor el jefe, o si se va la luz.

 

Planear los pasos de lo que nos proponemos, lograr a tiempo la meta que visualizamos y hacer un manejo adecuado de la ansiedad, no nos asegura que todo saldrá a pedir de boca, pero si nos garantizará “tenernos de nuestro lado”, desarrollar nuestras competencias, disminuir el malestar y encontrar nuevos senderos para continuar el camino.

 

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Sí, a ellos también…

 

Me gustan los hombres, mucho, y disfruto su compañía. Además, soy madre de cuatro varones, hoy adultos todos, y ha sido un privilegio acompañarlos a crecer y ser testigo de la construcción de su masculinidad.

Por esto y por más, hoy hablo a los hombres. No a los propositivamente evasores, ni a los negligentemente indiferentes. Menos aún a los agresores y a los abusivos. De ellos se encargarán las redes sociales, el fracaso repentino, la soledad apremiante, y con suerte –y pronto– las leyes.

Hoy hablo a la mayoría de los hombres, a todos aquellos que escuchan perplejos y desconcertados lo que infinidad de mujeres resisten, acusan y reclaman.

Sobra decirles que ni las mujeres somos siempre víctimas ni que ellos son siempre victimarios, y que defiendo a “capa y espada” que en el territorio del deseo y de la sexualidad, no todo se puede –ni se quiere– expresar siempre con palabras: la incertidumbre de la danza seductora –con un tipo de mirada y el roce de una mano– son parte del encanto del erotismo.

Pero nada de esto deja fuera la premisa de que la mayoría de ustedes ha invisibilizado, y que a muchos ha dado la idea de que nosotras podemos ser territorio de dominio, de uso, de conquista. En un mundo patriarcal y en México, país particularmente machista, se ha educado a los hombres bajo la idea de que las mujeres son “cosas” de las que pueden servirse, poniendo en el centro de la interacción su propio deseo y no el consentimiento y el deseo de nosotras.

Entiendo que la mayoría de ustedes estén confundidos, hoy necesitamos cuestionarnos muchas cosas. Existe una intensa lucha por la equidad por lo que es necesario que quede fuera la necesidad de usar la sexualidad para obtener un trabajo, un permiso o una vacación, o peor aún, para evitar un maltrato físico o verbal. Es un tema sensible culpar a las mujeres de estas prácticas cuando hombres y mujeres hemos estado atrapados en el sistema patriarcal que las promueve.

Sabemos también que hay conductas masculinas torpes o groseras que no son mal intencionadas, menos aún delitos, aún así nos hacen sentir mal. Nada justifica el avance sobre nuestro cuerpo sin estar seguros del consentimiento, y además del “no es no”, verbal, hay también señales no verbales que dan cuenta de nuestro acuerdo o desacuerdo. Es importante que las reconozcan y las respeten. Sin duda en la danza de los sexos puede haber contextos que crean confusión y malos entendidos, pero dado el abuso histórico sobre nosotras y el privilegio de poder que ustedes han gozado, insisto, no se puede dar nada por sentado.

Es muy concreto el meollo de nuestras demandas: el consentimiento mutuo, pero éste es difícil de ejercer mientras ustedes ejerzan el poder de manera unilateral y se sientan con el derecho de meterse con el cuerpo de la otra. La inequidad imperante nos deja en desventaja para “retirarnos del escenario”, poner límites y consensuar. Muchas de las ocasiones en las que lo hemos hecho las consecuencias han sido diversas en grado y forma: desde un silencio atroz por más de una semana, hasta un despido laboral, un golpe, mil amenazas, o una violación.

Hoy hablo a los hombres porque es urgente que testifiquen y señalen cuando otro hombre se apropie del cuerpo de una mujer a través de acoso pero también de una mirada lasciva o de un piropo no pedido: esos que se lanzan solo porque se puede, porque la otra es una mujer que se me atraviesa, o porque es mi compañera de trabajo o subordinada o amiga sin que haya un contexto que lo permita.

Hoy hablo a los hombres porque necesitamos su consciencia y su trabajo activo para no minimizar ni normalizar desde del hostigamiento “sutil” hasta los francos malos tratos.

Por todo esto nos apremia manifestar que no somos territorios de conquista. Todos somos tierra para sembrar y cosechar semillas.

La pérdida de deseo sexual es un mal generalizado en nuestro tiempo. La explicación de esta realidad deriva de distintos factores, entre ellos la erotización extrema de la cultura en la que vivimos, la conquista de una libertad sexual que se vive más como obligación que como derecho y  el ejercicio de una sexualidad como prácitca de consumo, y por tanto de uso, sino es que de abuso entre seres humanos. La saturación y el sinsentido se presentan como efectos inminentes del acceso fácil, superficial  y sobrevalorado a las relaciones sexuales.

Sin embargo existe un factor que se visualiza poco y está relacionado con el reparto inequitativo de las tareas domésticas, de la crianza de los hijos, y del cuidado emocional de quienes nos rodean. Las mujeres hemos sido socializadas para ser satélites de las vidas de los otros posicionándonos como las provedoras físicas y afectivas de nuestros seres queridos (y a veces otros no tan queridos). Es difícil medir el tiempo que se dedica a estas actividades, si bien hay cifras que arrojan el tiempo que implica la realización de dichas tareas, y que se suma a las horas de trabajo formal remunerado que muchas mujeres desempeñan. Ser las encargadas del bienestar emocional de nuestros hijos, padres, hermanos y parejas –entre otros- no es algo que se pueda contabilizar en “horas mujer” en tanto que implica en buena parte el empeño de nuestra propia energía emocional y mental para poner atención, intención y luego acción al bienestar de las personas que cuidamos y contenemos.

Alguien se preguntará ¿qué tiene que ver todo esto con la pérdida del deseo? ¿no se supone que el ejercicio de la sexualidad genera un bienestar físico y mental?. La respuesta inmediata sería sí, pero la libido es energía y la extrema carga emocional y mental de las mujeres genera mucho estrés y por lo tanto drena mucha  energía, ¿de dónde y cómo vamos a extraer el deseo si la energía nos falta para llevar a cabo –prever, anticipar, organizar, resolver y gestionar- todas las actividades mencionadas?

Muchas mujeres dicen “me gusta mi pareja, extraño la vida sexual que tenía, lo quiero, pero a las diez de la noche ¡no quiero sexo por favor!”. Esto en el mejor de los casos, porque a esto cabe sumar que la experiencia de inequidad genera resentimiento. Una vez más, se deja sentir el peso de una sobre-responsabilidad en algo que se intuye  -o se reclama con pocos efectos positivos- una responsabilidad común. El extremo llega a casos en que la mujer, siendo la proveedora económica principal de la familia, es también la proveedora principal (sino es que única) de los afanes domésticos y emocional.

Las excusas y explicaciones a esta situación son generalmente las mismas “es que mi ‘naturaleza’  femenina me lo facilita”, “me tardo mucho más si se lo tengo que explicar, mejor lo hago”, “se lo pido pero lo hace mal y de mala gana, prefiero no pelear”. Y el resultado termina siendo la sobrecarga y la falta de deseo sexual.

Muchas parejas llegan a consulta argumentando que desean renovar el deso que tenían, y terminamos trabajando de la vida dentro de casa con su particular inequidad. Así, el problema de raíz no es la cama, sino quien la tiende y echa las sábanas a lavar. Claro, existen disfunciones sexuales, problemas hormonales y falta de técnicas y rituales novedosos para actualizar el repertorio sexual, pero también se tiene que estar dispuesto a cuestionar “todas las reglas” del juego amoroso para reactivar la anticipación del disfrute y gozar de una más frecuente, satisfactoria y lúdica sexualidad .

 

Pasado el día internacional de la mujer y habiéndose dicho infinidad de cosas sobre nuestra condición desventajosa, me doy a la tarea, entre “chiste y broma” de agregar algunas cosillas. Unas más obvias que otras, algunas menos significativas, pero no por ello banales. Ser mujer hoy es un reto permanente y una conquista cotidiana, confío que estas reflexiones te lleven a considerar cómo quieres vivirte hoy y en qué requieres trabajar para lograrlo.

Otras gracias de ser mujer:

  • Somos Hacemos más interconexiones mentales, percibimos matices y hacemos más cosas a la vez.

  • Las ventajas de nuestro capital erótico que nos permite usar nuestra gracia, nuestro atractivo físico, nuestro cuerpo, para atraer, persuadir y sumar nuestro mundo de posibilidades. Una feminidad que integra la dimensión erótica más allá de nuestras cualidades empáticas, intuitivas y colaborativas.
  • La diversidad en el uso de la parafernalia. El permiso a adornarnos, ponernos, quitarnos, maquillarnos y emperifollarnos, mostrándonos así como más a gusto nos sentimos.

  • Podemos manejar más flexibilidad de roles. En la familia, en el trabajo, hasta en la cama. No nos pesan ni nos disminuyen las actividades “masculinas”.
  • La madurez adquirida -algo forzada- en tanto que muchas cosas nos cuestan más pues hemos nadado por años contra corriente y eso nos permite anticipar riesgos, tolerar la frustración y dar importancia a lo que realmente
  • Discúlpenme pero no voy a decir que el gozo de la maternidad. Tampoco digo que ser madre sea una desgracia pero en un mundo que no facilita esta faena, ser madre implica costos y renuncias altas. No toda mujer tiene la vocación a la maternidad y la elección de ser o no ser madre es una posibilidad de la hoy podemos gozar.

  • La capacidad de crear redes de amigas. Somos solidarias, conversadoras, consideradas y leales, en la mayoría de los casos, lo cual nos permite sentirnos conectadas y apoyadas entre nosotras. Las redes que creamos nos ayuda a solucionar problemas, criar hijos, cuestionar situaciones de vida, divertirnos juntas y crecer.
  • No nos molestan por hacer “cosas de hombres”, pocas nos molestamos si nos consideran “una mujer muy echada pa’lante”. Tan valioso es hacer cosas “de hombres” como “cosas de mujer”.
  • El disfrute de los pequeños placeres. Una charla amistosa, una caminata en el bosque, una siesta placentera, la lectura del periódico, son momentos gozosos para nosotras. No esperamos a que lleguen los grandes éxitos para disfrutar día a día de la vida, ni nos derrumbamos tan fácil por los fracasos cotidianos al punto de no poder disfrutar de una taza de café.

Desgracias de ser mujeres :

  • Que se dirijan primero a tu esposo, novio o incluso hijo, que a ti. ¿Quién dice que ellos deciden todo por nosotras?Hemos estado acalladas tantos años que aún hoy, de vez en vez, somos invisibilizadas .
  • Que te baje. Y tengas que ir a una larga junta de trabajo o quieras ir a nadar.
  • Las largas colas para ir al baño. ¡Suplico que haya más baños de mujeres que de hombres o que por favor los hagan mixtos ya!

  • La necesidad de admirar al otro en demasía para enamorarnos y la dificultad de disfrutar al par que tanto deseamos encontrar. Si nuestra pareja no es más rica, más alta, más grande, más madura, más, más, más, nos cuesta trabajo admirarla. La tan ansiada igualdad choca con la necesidad de protección y admiración hacia el ser amado.
  • Que te culpen si tu hijo tiene algún problema.Y es que nuestro rol de encargadas de la vida emocional de los que nos rodean hace de los problemas de nuestros hijos y a veces hasta de nuestra pareja, nuestra única responsabilidad.

  • El desfase emocional que hay con los hombres.Sobra decir que en cuanto a alfabetismo emocional somos más avanzadas y la falta de empatía masculina es un hueco en nuestras relaciones.
  • La sobrecarga que nos da el ser proveedoras emocionales de todos.Esta función ni se ve, ni se contabiliza, ni se nota; pero se exige y drena mucha de nuestra energía. Hemos de estar a cargo del bienestar afectivo de quienes nos rodean.
  • Tener en ocasiones que masculinizarnos para “sobrevivir “. O nos “amachamos” o nos “rechingamos”, pues aún la sociedad patriarcal favorece estratégias de competencia, dureza emocional, e individualismo, para poder triunfar.

  • ¡Cuánto nos cuesta movernos de lugares lastimosos con la creencia de que lastimaremos a los demás!
  • Que lo que en ellos se condona en nosotras se condena.Somos más severamente juzgadas por la sociedad. Sí, cuando un hombre toma o ejerce su libertad sexual es menos penalizado que una mujer en ese lugar. Lo mismo se podría decir de los hombres que se ausentan de casa por motivos de trabajo, se considera que es una cosa normal; en tanto que una mujer que da la misma importancia a su profesión que a su familia, se le puede tachar de “madre desnaturalizada”.
  • La exigencia en la belleza física, cuando sobrevaloran nuestra apariencia sobre nuestra inteligencia, y nos discriminan o critican por no tener la imagen femenina idea.

En fin, “arrieras somos y en el camino andamos” así que sigamos arando que todavía hay mucho por sembrar para cosechar una sociedad más justa, sostenida en el respeto a todos nosotros y en los intercambios en equidad.