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Una pareja tóxica genera pensamientos, sentimientos y conductas en la persona que convive con ella

¿Cuáles observas en ti para detectarlos a tiempo?

  1. Confusión de tener razón en enojarte o exagerar.
  2. Intranquilidad y estrés permanente.
  3. Miedo de pedir algo o decir lo que sientes.
  4. Echarle más ganas y hacer lo que te piden para agradar.
  5. Pasmarte y no responder ante sus quejas y maltratos.
  6. Dar muchas explicaciones y justificaciones de lo que quieres o te gusta para que no se enoje.
  7. Pedirle permiso para hacer lo que deseas o necesitas.
  8. Pedir perdón constante por “errores” que no llegan ni a serlo.
  9. Sentirte culpable y responsable de que lo perturbas.
  10. Dejar de realizar cosas que te gustaban para no crear conflictos.
  11. Aislarte para no darle motivos de queja.
  12. Empiezas a sentirte con mucho enojo, tristeza e incluso depresión.

 

Al final todo esto genera una sensación de desvalimiento e impotencia que te dificulta cambiar la situación. La sensación de minusvalía e incompetencia se ha apoderado de ti.

 

¿Cómo salir del hoyo?

  • Darte cuenta

Notar que estás en una situación de riesgo.

  • Reconocer las situaciones que te llevaron a confundirte

Pensar el amor como tu proyecto de vida, pensar que nadie más te va a querer, urgencia de tener pareja, ser satélite de las necesidades de los demás.

  • Fortalecer tus redes de apoyo

Recuperar los amigos y familiares que dejaste.

  • Asegurarte una independencia económica

Ésta además de resolver muchas cosas, te facilita una autonomía emocional que es la legitimización de tus necesidades, deseos, intereses y valores.

  • Resistirte al sometimiento

Realizar pequeñas acciones de resistencia para detener el maltrato a ver si la otra persona reacciona.

  • Pedir ayuda psicológica y si es necesario legal
  • Y si nada cambia, acudir a otros recursos para dejar esa relación.

 

 

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Lealtades Familiares Invisibles

 

Generalemte llegamos al mundo cargando maletas de temor, de ambición, de avaricia, de tristeza, de nuestros ancestros. Pareciera que ellos quisieran seguir perpetuando sus historias a través de nuestras vidas. Este equipaje puede ser de nuestros propios padres o bien de familiares de generaciones anteriores que pasaron sus ideales, penas y deseos a los que les hemos seguido.

Si examináramos con detenimiento la mayoría de nuestros miedos, de nuestros deberes, de las formas de ver el amor, las creencias sobre el trabajo, la muerte y las personas, descubriríamos que pocas veces están basados en nuestras propias experiencias de vida. Un poco de reflexión y observación nos permitiría identificar que el miedo ante la escasez económica, o la culpa ante la libertad sexual, o el recelo a los que son de otra sangre, raza, preferencia sexual o religión pertenece a alguno de los que nos precedió.

Todas estas experiencias, aprendizajes, o respuestas que dieron a sus pasadas vidas nos alcanzan y nos modelan a través de un sin fin de mitos, patrones, dichos, incluso castigos, que limitan nuestra forma de vivir y de actuar.

 

¿Qué son las lealtades invisibles?

Las familias, por inercia, se repiten a sí mismas. Influyen en sus miembros heredándoles el significado que han dado a la existencia.

La lealtades familiares son fibras invisibles pero resisentes que mantienen unidas a las familias a través de comportamientos complejos en las relaciones de unos con otros. Las interacciones familiares buscan por medio de consejos, manipulaciones, chantajes, premios y exhortaciones, transmitir de manera consciente o inconsciente lo que consideran que es bueno para la preservación de sus integrantes y para la unión familiar.

Así, gran parte de nuestra historia personal se construye por significados y recuerdos transmitidos, que pueden o no ser útiles y constructivos para nuestra presente situación, relación o profesión.

 

Construir la propia historia

Si bien no es necesario tirar por la borda todo lo heredado, sí podemos reconocer –por el efecto que tienen algunas relaciones familiares así como por nuestras formas de tomar decisiones importantes– que requerimos construir nuestra propia historia tomando lo que consideramos de valor, adecuación y utilidad de nuestras familias de origen y replanteando lo que nos hace sufrir o simplemente no nos funciona en la actualidad.

Crecer es reescribir y reinventar nuestra vida con guiones alternativos a la historia de nuestra predecesores, honrrando el pasado pero resignificando nuestro presente. Esta reinvención no requiere ni de la ausencia ni de la presencia de sus autores originales, pero sí de la posibilidad de ir devolviendo simbólicamente a cada quien su historia y de ir abriéndonos a la construcción de una trama adecuada a quienes somos hoy.

Solo un concienzudo trabajo interior unido a límites claros pero compasivos con el exterior, nos permitirá soltar las cargas que no nos corresponden y aligerar el equipaje que requerimos para vivir mejor.

 

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Algunos amores no matan, pero pueden hacerte pomada…

 

¿Qué es la autoestima?

La autoestima no es un sentimiento ni un pensamiento, es la experiencia de vivirte con auto competencia –con capacidades y recursos para afrontar los desafíos que la vida te presenta– y con auto valía –como alguien merecedor de amor, cuidado y atención–.

 

¿Qué es el apego?

Los seres humanos somos seres gregarios, es decir, requerimos de los demás y además para sentirnos seguros nos apegamos y creamos vínculos que nos generan una sensación de pertenencia y seguridad. Nuestro sistema de apego consiste en un cúmulo de emociones y conductas que nos impulsan a querer permanecer junto a nuestros seres queridos para que nos proporcionen protección, afecto y seguridad.

 

Nuestro estilo de apegarnos a una pareja

Todo nuevo amor es un amor antiguo, porque se correlaciona con nuestra primera relación de amor –o desamor– que es la que tuvimos con nuestros cuidadores primarios, generalmente nuestros padres. Este vínculo primigenio influirá nuestra forma de amar en la edad adulta. ¿Necesitaremos demasiado amor? ¿Temeremos la distancia y la separación? ¿Nos confundiremos fácilmente entre la experiencia de amor y abuso? O más aún ¿Nos adaptaremos a relaciones que mezclan el amor y el abuso?

 

La pareja y la autoestima

Existen relaciones que aunque nos den seguridad y sensación de ser amados también incluyen comportamientos poco empáticos, conductas desdeñosas, escasas muestras de cariño y ocasionales demostraciones de preocupación por nuestro bienestar. En estos intercambios, alguno de los miembros se interesa por controlar al otro y de esa manera sentirse seguro de no perderlo, de no sentirse amenazado por sus competencias, de ser “más” y destacar a costa de su bienestar emocional.

 

  • Indicadores que atentan contra tu autoestima
  1. Gritos en público o en privado.
  2. Amenazas contra ti, tus seres queridos o tus propiedades.
  3. Burlas, sarcasmos e ironías lastimosas sobre tu aspecto, hobbies, amistades o trabajo, incluso haciéndote blanco de “chistes” para que otros se rían de ti.
  4. Te interrumpe y corrige cuando hablas, no te deja hablar de lo que a ti te interesa.
  5. Críticas sobre tu físico, tu forma de vestir, de hablar, de caminar.
  6. No llega a acuerdos contigo, los impone.
  7. Mentiras y manipulaciones. 
  8. Minimización e invisibilización de tus sentimientos, deseos o puntos de vista. Cuando deseas platicar evade diciendo que no tiene tiempo o cambia rápidamente de conversación.
  9. Te cela con persecuciones, reclamos, preguntas inquisitivas y reclamos.
  10. Te culpa de sus malestares y errores.
  11. Te voltea las cosas cuando tú eres quien reclama algo.
  12. Condiciona su amor y su permanencia en la relación para que seas de la forma que desea y que necesita.
  13. Distanciamiento físico y sexual porque ya no le atraes, o bien forzamiento a realizar conductas sexuales o actividades que no te gustan.

Estas formas de actuar, ya sean más o menos explícitas y burdas, son todas acciones humillantes que te hacen dudar de tus capacidades y competencias, y te hacen sentir poco merecedor de amor y respeto. Bajan la seguridad personal y por lo tanto tu autoestima.

 

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Con riesgo de sonar egoísta, cosa particularmente despreciable en boca de casi cualquier mujer –de quienes se espera toda entrega y toda generosidad– afirmo que pocas experiencias me han resultado tan gratificantes, liberadoras y expansivas, como tener mi “habitación propia”.

En 1928, Virginia Woolf, escritora y feminista inglesa, fue invitada a dar unas charlas sobre el tema de la mujer, y ante la pregunta “¿Qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas?”, ella contestó de manera realista y valiente: “independencia económica y una habitación propia”.

De ahí surge su ensayo titulado con el mismo nombre, donde Woolf construye un discurso real y al mismo tiempo metafórico sobre los derechos de la mujer, tanto en lo referente a su expresión a través de las letras, como a su vida cotidiana.

Recordemos que por aquellos tiempos –y por aquellos rumbos– sólo hacía nueve años que se le había concedido el voto a la mujer, por no mencionar otras peculiaridades en relación al género femenino. Hoy, habiendo transcurrido casi cien años, aún me encuentro con mujeres enajenadas que desean y que necesitan una habitación propia.

En la mañana conversaba con mi amiga Karla quien afligida me compartía que cargaba con la responsabilidad de cuidar a su padre. Karla está divorciada, tiene profesión, sueños, dos hijos adolescentes, hobbies, cargas económicas, amigas, y algunas otras cosillas más. Su papá, con más de 75 años a cuestas, una viudez mal asimilada, dos rodillas en franca decadencia y una depresión viento en popa, se recarga del todo en Karla dado que sus otros dos hijos varones, “bien casados”, andan en lo suyo y tienen muchas cosas que hacer. Me pregunto yo: ¿tienen más cosas que hacer que Karla?

Como Karla hay muchas que asumen responsabilidades de más. Y es que esta identidad femenina, construida desde lo relacional: “ser para los otros y en función de los otros”, aplaudida por la sociedad,  exigida a veces por nuestros seres cercanos, consentida sin cuestionar por nosotras mismas –tenga el costo que tenga y en espera de que así nos quieran más y mejor– nos convierte en heroicas y necesarias a los ojos de los demás, en buenas y responsables antes nuestros propios ojos, y en una madeja de nervios y frustraciones para nuestras necesidades y deseos más profundos.

Me pregunto, a través de la voz de Marcela Serrano “¿puede haber una sensación más excitante (y atemorizante, a la vez, lo reconozco) para una mujer, que el sentirse fuera del alcance de los demás, de los cercanos que la aman pero que simultánea y sutilmente la ahogan?”

Me pregunto también parafraseando a Woolf “¿cómo no desear una habitación propia, con un cerrojo pesado y hermoso que impida que las imparables irrupciones nos alejen de nosotras mismas? ¡Y tanto mejor un departamento propio, y suficiente dinerillo en la cartera, y tiempo, más tiempo!  Un cuerpo para una misma, un corazón más vivo y una mente –que estando más tranquila– pueda entonces sí, compartirse de manera suave y gozosa con los demás.

Las mujeres hemos nadado contracorriente, y seguimos en este esfuerzo por lograr la equidad. Encontremos espacios de recreo, de placer, de descanso, de crecimiento, sin duda ellos nos construirán en mujeres integras, donde el amor que demos no nos restará fuerza, ni libertad.

 

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De uno u otro modo –algunos en escasas ocasiones y otros en frecuentes situaciones– nos enfrascamos en un “runrún” en la cabeza que nos impide tomar decisiones y con ello dejamos ir una oportunidad que quizá se cruzó temporalmente en nuestro camino. No podemos decir que perder un “chance” para hacer algo, sea el “principio del fin…”, pero el que consecutivamente seamos pasivos ante las posibilidades de cambio y crecimiento que la vida nos ofrece, es un problema.

¿Cuál será una de las más frecuentes razones para entrar en este “ir y venir” mental que no nos permite tomar decisiones y emprender nuevas acciones? Algo que muchos de nosotros experimentamos es el miedo al fracaso y al error, y de la mano de eso, al temor al ridículo y a la humillación.

¡Pero si de chicos todos aprendimos lo que aprendimos cayéndonos! Sí, cayéndonos literalmente. El aprender a caminar, por ejemplo, fue tambaleándonos, y entre sentonazos y cocazos, fuimos sosteniendo el paso y dominando el andar. Cuando niños explorábamos nuestro entorno sin temor a fracasar, con decisión y curiosidad, y con motivación a descubrir cosas nuevas y a aprender de dichos descubrimientos.

La mayoría de los aprendizajes de la vida nos implican esa misma actitud: intentar, errar, corregir, aprender y empezar de nuevo. ¿Conoces a algún niño que en el primer tropezón decidió sentarse y claudicar para siempre? Si ese fuera el caso ¡la humanidad estaría sentada! Con el correr de los años y los condicionamientos y experiencias tempranas, se nos dificulta sostener este natural abordaje ante el fracaso que implica todo cambio en la vida.

La necesidad de pensar que el error es algo inevitable en nuestro crecimiento es importante pues no hay forma de conquistar algo nuevo en un solo intento y para siempre. Y esto aplica a cualquier experiencia nueva, diferente, desconocida que nos amenaza porque no sabemos si podremos con ella, si nos gustará, y si saldremos airosos del intento.

No hay duda de que los elogios –o los regaños– recibidos de nuestros padres cuando niños nos influyeron en poder lidiar –mejor o peor– con las situaciones desconocidas y retadoras. Aún así, hemos de asimilar que todo cambio implica un salto a lo desconocido y con ello una necesidad de salirnos de nuestra zona de confort, de tolerar la ansiedad que esto produce y de retarnos a nosotros mismo. Además, hemos de sumar la presión del entorno por hacer “tal o cual cosa” en vez de “tal o cual otra”, y de esa forma obtener o no su aprobación.

Y es que cuando nos equivocamos tememos obtener desaprobación, rechazo, juicio o incluso ridiculización. Estas experiencias, según el grado de gravedad, pueden dejarnos una huella que nos dificulte actuar con mayor apertura y naturalidad ante lo nuevo y asumir los riesgos medidos como parte inevitable de la vida. Es correcto ser cauteloso y no actuar de forma temeraria e irresponsable, pero cuando uno necesita cambiar y progresar en la vida, no hay modo más que arriesgar.

Vivir exige un mínimo de audacia, ya que no existen las certezas absolutas, solo hay probabilidades. Además, siempre que se elige algo se renuncia a otra cosa: no se puede tener todo y siempre. Por eso darnos permiso a cometer errores es una verdadera forma de experimentar y elegir un camino hacia la liberación. Introducir pequeños cambios y avanzar paso a paso, rectificando y continuando, es la única forma de empezar.

 

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Vivimos un mundo que se ha hecho sedentario. Utilizamos más la mente que el cuerpo y pensamos que pensar es suficiente para crear, y en un sentido sí.

Nuestros pensamientos –decía Elisa Cano, mi adorada maestra de meditación– son química en acción. Si pienso algo que me entusiasma, que me aporta placer, que me da paz, mis glándulas generan sustancias que me generan bienestar y salud: endorfinas, dopamina, serotonina. De lo contrario, si me dedico a pensar en catástrofes, resentimientos e imposibilidades, pues sobra decir que mi cuerpo producirá bilis, adrenalina, cortisol y que me intoxico de estas sustancias generando a la larga una experiencia no solo de cansancio y depresión, sino de otros padecimientos físicos que pueden ir desde el insomnio y el cansancio crónico, pasando por un síndrome de colon irritable hasta un debilitamiento del sistema inmunológico con todo lo que esto, en temas de salud, pueda implicar.

Por esto es importante adquirir hábitos de pensamientos que nos generen energía y optimismo. No se trata de “ser felices” las veinticuatro horas del día, pero sí de entrenar nuestra mente a trabajar (o detenerse) a nuestro favor. A continuación, te comparto algunas prácticas que te pueden ser de utilidad:

 

1. Afina tu interpretación

Es imposible llegar siempre al fondo y meollo de la realidad; la vida tiene muchos significados, aún así, explicar la realidad con base en creencias erróneas, malos entendidos, “dimes y diretes” o mitos familiares, lejos de afinar nuestra percepción, distorsionan la experiencia. Preguntar, leer, recibir retroalimentación y consultar a un especialista, son algunas opciones que pueden introducir nueva información a nuestro pensamiento y por lo tanto encontrar mejores explicaciones a lo que pensamos.

2. Toma acción

En caso de pensamientos intrusivos tóxicos que –entre paréntesis– pocas veces tienen relación con lo que realmente va a pasar, es importante hacer una acción rápida y contundente para detenerlos. Levántate de la cama, llama por teléfono a un amigo, prende tu Spotify y escucha música, salte a caminar, ¡prepárate un café! Cambia tu foco de atención con una acción y detén tu conversación mental viciada.

3. Aprende a respirar

Los pensamientos obsesivos son producto y generador de ansiedad. Un ritmo de respiración profunda que baje de la zona torácica y llene el abdomen, sostenida durante 8 minutos, logra bajar el ritmo cardiaco y la agitación. Calmarse respirando profundamente ayuda a detener un cerebro agitado por pensamientos “sin ton ni son”.

4. Genera experiencias emocionalmente correctivas

Los sentimientos dejan mayor huella que los pensamientos, se instalan en un área cerebral.  El poder atravesar un miedo, desafiar un prejuicio, poner un límite a alguien, compartir una tristeza o poner sobre la mesa un enojo, puede sacarlo de la cabeza y confrontarlo con la realidad. La experiencia emocional de ver que aquello no tiene “ni pies ni cabeza”, que lo temido no ocurre o lo pensado no lastima a nadie, incluso que la persona que nos escucha no se altera al escucharte, cambia el estado emocional propio y por lo tanto impacta el pensamiento que generaba la desazón.

 

5. Permanece en el presente con tus sentidos

Usar al cien nuestra vista, olfato, gusto y tacto, centrando nuestra atención en la sensación y percepción, es también una manera de mantenernos fuera de una cabeza galopante. Del mismo modo el uso propositivo de la imaginación y la fantasía evocando emociones de momentos reconfortantes, trayendo la ilusión de la situación que se acercan y anhelamos, son formas de desafiar los pensamientos que distorsionan la realidad.

Los pensamientos son como piedras que se lanzan a un lago y que generan ondas que se extienden afectando nuestro mundo y nuestro entorno. Rehabilitar nuestros hábitos distorcionados de pensar es posible. Podemos escoger nuestro foco de atención e invertir nuestra energía en diseñar experiencias, realizar acciones y construir narrativas más acordes a lo que queremos ser y deseamos vivir. Y si de vez en vez se te escapa una piedrita, respira, y vuelve a empezar…

 

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John Gottman, psicólogo clínico e investigador norteamericano, quien por cuatro décadas ha estudiado el divorcio y la estabilidad matrimonial, nos dice que se puede pronosticar una ruptura amorosa cuando en la vida de pareja se usan los siguientes “ingredientes” en la comunicación:

 

1. CRÍTICA

La crítica consiste en utilizar palabras negativas sobre el carácter y personalidad de la otra persona: enjuicia, culpa y difama al otro. “Eres un flojo, siempre te levantas tarde”.

 

2. DESPRECIO

Se refiere a cualquier afirmación que busca poner al otro en un lugar de inferioridad en la relación con el fin de hacerlo menos: sarcasmo, escepticismo, insultos, gestos y burla. Corregir la forma de hablar del otro y hacerle gestos con la cara es el ingrediente más agresivo porque contiene amenazas y provocaciones desde un lugar de superioridad. “Sí me levanto tarde, ¿y?, deja de fregarme, o ¿acaso vas a denunciarme por eso?”

 

3.  ACTITUD DEFENSIVA

Ante la crítica y el desprecio uno quiere defenderse: “El problema eres tú, no yo”. Cuando nos sentimos rechazados es frecuente el no asumir la responsabilidad de nada, ni siquiera cuestionamos la participación en el problema, y todo lo regresamos al otro para defendernos. “No hice el depósito porque tú no me avisaste a tiempo”. Con la actitud defensiva nadie gana pues cada uno se afianzan en su posición rígida.

 

4. ACTITUD EVASIVA

Ante la imposibilidad de diálogo y ya con desgaste acumulado, uno de los dos se distancia y actúa como si no le importara lo que el otro dice. La actitud evasiva muestra un cuerpo cerrado que no da señales de interés y apertura al diálogo.

 

Todos usamos este tipo de planteamientos en ciertos momentos, pero no siempre con la misma frecuencia. Para contrarrestarlos existen antídotos:

  • Contra la crítica hay que usar la queja auténtica que permite externar de manera asertiva lo que necesitamos y lo que nos lastima sin criticar y juzgar al otro.
  • Contra el desprecio, la admiración al otro. Vernos como iguales y no desde una actitud de superioridad. En vez de ver al otro desde arriba hacia abajo, hay que observarlo con genuina humildad y reconocimiento.
  • Contra la actitud defensiva, asumir responsabilidad. Gestionar qué parte del desencuentro tiene que ver con mi actitud y mis creencias, y hacerme cargo de qué y cómo actuar.
  • Contra la actitud evasiva, aprender a calmarse para no retirarse. El estrés muchas veces nos rebasa y nos lleva a aislarnos, a no escuchar, con el fin de no experimentar y de acabar con el mal rato. Es esencial tranquilizarnos para poder retomar una conversación en la que podamos dialogar e intercambiar.

 

 

 

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“Los padres de más éxito en su misión son aquellos que tienen la rara habilidad de meterse detrás de los ojos del niño y que logran ver lo que él ve, pensar lo que él piensa y sentir lo que él siente. Al final, los que saben interpretar el significado que yace detrás de su comportamiento”

Gottman

 

Los niños constituyen el recurso más preciado de la humanidad. Sin embargo por el modo de proceder humano parecería que otros recursos son más importantes: se estudia afanosamente para construir casas, administrar negocios, interpretar leyes, hasta que un día se afronta en completa ignorancia la tarea de educar a nuestros hijos.

 

La sociedad exige un entrenamiento y preparación para todo tipo de trabajo relacionado con los niños: maestros, psicólogos, entrenadores, etcétera., pero en ocasiones las personas más importantes en la vida de los niños, los padres y las madres, asumimos la labor de educar a nuestros hijos sin ningún entrenamiento especial. Acometemos la tarea más difícil y absorbente, que dura las 24 horas del día, durante muchos años, en tranquila y completa ignorancia: ¡el primer niño que muchos de nosotros conocemos de cerca es nuestro propio hijo!

Agreguemos que vivimos en una época con demasiadas exigencias, cambios acelerados y retos particulares: Hoy, como padres y madres de familia enfrentamos desafíos que muy probablemente la generación de nuestros padres y abuelos no tuvo que sortear.

¿Qué aspectos son centrales para un desarrollo integral que lleve a los niños a desarrollar su potencial y a sentirse seguros de sí mismos? El manejo de las emociones como camino de autoconocimiento y reflexión, y la disciplina eficaz.

Las investigaciones han demostrado que los niños y las niñas educados por padres y madres que valoran y guían sus emociones, pero que al mismo tiempo tienen límites claros al instaurar una disciplina adecuada, hacen un mejor papel en diversas áreas de su vida.

Los niños guiados emocionalmente por sus padres:

  • Forman amistades más fuertes.
  • Se desempeñan mejor en la escuela.
  • Aprenden a lidiar más efectivamente con sus estados de ánimo (humor) y tienen menos emociones negativas.

  • Se recuperan más rápidamente de eventos conflictivos.
  • Se enferman menos.

  • Disfrutan más la vida.

 

Ser un padre emocionalmente inteligente permite:

  • Distinguir el propio mundo emocional.
  • Interactuar con los hijos cuando las emociones se ponen en juego.
  • Ayudar a los hijos a reconocer sus sentimientos y emociones y ponerles nombre.
  • Reflexionar y actuar en consecuencia de manera oportuna y constructiva.

 

No podemos dejar de señalar que en la base de la educación de nuestros hijos y nuestras hijas debe estar el amor, pero el amor por sí mismo no es suficiente. Los padres dedicados, cálidos e involucrados con la crianza, tienen actitudes específicas en relación con sus propias emociones y las de sus hijos, al tiempo que desarrollan un escenario de normas claras, adecuadas y explícitas que contienen a sus hijos y les dan seguridad.

 

 

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Retos y vericuetos de la vida en pareja hoy

En ocasiones no cuestionamos el porqué y el para qué de la vida en pareja, a veces incluso lo banalizamos, y pocas veces nos preguntamos de dónde viene este gusto, este deseo de hacer pareja, o acaso ¿esa necesidad?

Una primera reflexión sobre el tema deriva de entender cómo hemos evolucionado como especie a través de los años.

La extendida época de crianza tuvo consecuencias particulares en las relaciones de los hominidos ancestrales, una que nos interesa en relación al tema de la pareja es la necesidad de la hembra de cierta protección y seguridad durante la crianza.

Por otra parte, la postura erguida les permitía copular frente a frente favoreciendo el establecimiento de un reconocimiento y gusto en el intercambio sexual, esto unido a la desaparición de periodo de celo en las hembras y el desarrollo de orgasmos en las mismas, aumentó la frecuencia de las cópulas y el gusto por un compañero particular. El sexo y el erotismo no son solo fisiológicos, son relacionales también.

Si bien en la actualidad la pareja no se funda en la importancia de la reproducción, producción y sobrevivencia como antaño, aún parece una constante en la vida de las personas la búsqueda de una relación particular que de manera especial nos abra opciones en la vida, nos genere una seguridad básica, y nos nutra de compañía, gozo y afecto.

Hoy se privilegia el gusto por estar con el otro, la necesidad de un intercambio de ternura y afectos, y de ayuda cotidina. El eje de la vida amorosa ha cambiado, pero el deseo por vivir en pareja parece que no.

Por otro lado, y también como efecto de la larga época de crianza que requerimos para conquistar la autonomía, mencionamos que venimos de una historia primaria de apego con la madre: en los primeros años de vida, si tuvimos suerte, dispusimos al menos por un tiempo de algún cuidador que fue “solo para nosotros” y que estuvo atento a satisfacer todas nuestras necesidades.

Lo digamos o no, seamos concientes o no, muchos deseamos una vida de pareja que nos recuerde, nos perpetúe, o remplace, esa unicidad. Quizás por eso podemos decir que al amor adulto siempre nos deja insatisfechos, porque por buena que sea la relación amorosa que generemos, nadie puede ni tiene la obligación de colmarnos como lo hicieron, bien o mal, nuestros cuidadores primarios en esos primeros momentos de vida.

No podemos dejar de señalar, que la búsqueda –a veces frenética– de una relación amorosa, también se correlaciona con una sociedad que privilegia la vida de pareja sobre la vida individual.

Insistimos que si bien en el pasado, las necesidades de reproducción, producción, y sobrevivencia hacían imperiosa la unión conyugal y la convivencia familiar, en la actualidad los requerimentos de la vida moderna son diferentes, y los deseos, necesidades y valores de los sujetos del siglo XXI también lo son.

A veces no estamos dispuestos a pagar ciertos costos y asumir ciertas renuncias para vivir de a dos, pero aún así se deja todavía sentir el estigma en relación a la soltería y la vida “en solo”; el privilegiar la vida de pareja sigue ejerciendo su inercia y con ella se despliega una fuerte presión a quienes viven en soltería.

Para desarrollar el potencial personal, necesitamos contactarnos a nosotros mismos al tiempo que nos relacionamos con otros seres humanos; a veces esos “otros” son una pareja concreta, pero en ocasiones son un círculo de amigos, o un grupo de colegas, con frecuencia la propia familia y demás seres queridos que siempre han estado cerca de nosotros. Todos condimentan con “sal y pimienta” el día a día de nuestras vidas y dan calor y cobijo a nuestro corazón.

 

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  • PLATICAS

    A través de una charla interactiva con su audiencia Tere Díaz pone “sobre la mesa” conceptos innovadores sobre el tópico tratado así como experiencias personales que le permitieron a ella atravesar retos personales a lo largo de su vida personal y profesional.

  • TALLERES

    Experiencia vivencial de tres horas que facilita el cambio personal. proceso de transformación. A través de actividades teórico prácticas que alternan la exposición de información relevante sobre el tema en cuestión con algunas dínamicas personales o grupales, Tere Díaz, siembra las semillas que permitirán a los y las participantes tomar consciencia de su situación, adquirir  herramientas emocionales y sociales para favoreces su crecimiento personal,  y activar  mediante acciones concretas el proceso de cambio.